San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final

jueves, 12 de diciembre de 2013

Santos en el Infierno


Ana Catalina Emmerich

“Vi [ ... ] al Salvador acercarse, severo, al centro del abismo. El infierno se me apareció como una enorme caverna oscura, apenas iluminada por una luz tenue de brillo casi metálico. En la entrada se destacaban enormes puertas negras con cerraduras y cerrojos incandescentes. Los gritos de terror se elevaban sin cesar desde ese abismo tenebroso en el cual, de repente , se hundieron las puertas. Así pude ver un mundo horrible de desolación y oscuridad.
El infierno es una prisión de ira eterna, donde luchan los seres enfurecidos y desesperados. Mientras que en el cielo se disfruta de la alegría y se adora al Todopoderoso en jardines llenos de flores y frutas deliciosas que comunican la vida, en el infierno por el contrario se habita en mazmorras cavernosos, y se ven horribles desiertos e inmensos lagos llenos de monstruos espantosos que provocan un miedo horrible. Allí dentro hierve la discordia eterna y terrible de los condenados. En el cielo en cambio reina la unión de los Santos eternamente felices. El infierno, por el contrario, encierra cuanto el mundo produce de corrupción y de error; allí impera el dolor y se sufren por lo tanto suplicios en una indefinida variedad de manifestaciones y penas. Cada condenado tiene siempre presente este pensamiento: que los tormentos que padece, son el fruto natural y justo de sus fechorías.
Todo lo que se siente y ve de horrible en el infierno es la esencia, la forma interior del pecado descubierto, de aquella serpiente venenosa que devora a los que la cobijaron en su seno durante la prueba mortal. Todo esto se puede entender cuando uno se ve, pero no se puede expresar en palabras.
Cuando los ángeles, que escoltaban a Jesús, derribaron las puertas del infierno, se elevó como un torbellino de maldiciones , insultos, gritos y lamentos. Algunos ángeles habían arrojado más allá a una cantidad enorme de demonios, que deberían haber reconocido y adorado al Redentor. Esto constituía su mayor suplicio. Muchos de ellos fueron entonces encarcelados dentro de una esfera, que contenía muchos círculos concéntricos.
En el centro del infierno se hundía un abismo tenebroso, donde había sido precipitado Lucifer encadenado, el cual estaba inmerso en vapores oscuros. Todo sucedió según determinados arcanos divinos. Supe que Lucifer debía ser desencadenado durante algún tiempo, cincuenta o sesenta años antes del año 2000 después de Cristo, si no me equivoco. Algunos demonios en cambio deben ser soltados antes de esa época para castigar y exterminar a los mundanos. Algunos de ellos fueron desencadenados en nuestros días, otros lo serán pronto. Mientras escribo, veo ante mis ojos escenas del infierno tan horripilantes, que su sola visión me podría hacer morir”.



Sor Josefa Menéndez, mística perteneciente a la Sociedad del Sagrado Corazón, tuvo un carisma particular: Dios le permitió experimentar el infierno para que diera testimonio de su existencia, especialmente en este momento en el que es fuertemente rechazado. He aquí su experiencia: “En un instante estaba en el infierno, pero sin ser arrastrada como en otras ocasiones, tal como caen los condenados. El alma se precipita desde sí misma, se arroja como si deseara desaparecer de la vista de Dios, para poderlo odiar y maldecir. El alma se dejó caer en un abismo, del cual no se podía ver el fondo, que era inmenso [ ... ] .
He visto el infierno como siempre: cuevas y fuego. Aunque no se ven formas corporales, los tormentos destrozan a los condenados como si los cuerpos estuvieran presentes, y las almas se reconocen. Me sumergí dentro de un nicho de fuego y aplastada como entre placas candentes y como si hierros y picos encendidos se introdujeran en mi cuerpo. He sentido como si se quisiera –aunque sin lograrlo- arrancarme la lengua, lo que me reducía al extremo, con un dolor insoportable. Los ojos parecían salir de órbita, creo que a causa del fuego que los quemaba horriblemente. No se puede mover un dedo para buscar alivio, ni cambiar de posición; el cuerpo está como comprimido. Las oídos están aturdidos por los gritos confusos, que no cesan ni por un momento. Un olor repugnante y nauseabundo asfixia e invade todo, como si se quemase carne en putrefacción con brea y azufre. Todo esto lo he experimentado como en otras ocasiones, y aunque estos son terribles tormentos, serían nada si el alma no sufriera. Pero el alma sufre de una manera indescriptible. He visto algunas de estas almas condenadas rugir por el tormento eterno que saben que deben sufrir, especialmente en las manos. Creo que han robado, porque dijeron: “¿Dónde está ahora aquello que habías tomado? ¡Malditas manos!”. Otras almas acusaban a su propia lengua, los ojos... Cada alma acusaba a lo que había sido causa del pecado: “¡Bien pagadas están las delicias que te concedía, oh cuerpo mío…!”.
“Y eres tú, cuerpo, el que lo ha querido! (…) Por un instante de placer, una eternidad de dolor!”. Me parece que en el infierno las almas se acusan especialmente de pecados de impureza. Mientras estaba en aquel abismo, he visto precipitarse a los mundanos y no se puede decir ni comprender los gritos y rugidos que emitían: “¡Maldición eterna! ¡Me engañé! ¡Estoy perdido! ¡Estoy aquí para siempre , para siempre y ya no hay más remedio! ¡Maldita sea mi alma!”. Una niña gritaba desesperadamente, maldiciendo contra las malas satisfacciones otorgadas al cuerpo y maldecía también a los padres, que le habían dado demasiada libertad para seguir la moda y las diversiones mundanas. Estaba condenada desde hacía  tres meses. Todo esto que he escrito - concluye Sor Josefa Menéndez - no es sino “una sombra en comparación con lo que se sufre en el infierno”.


 Beata María Serafina Micheli
 (el encuentro con Lutero)
Lutero había dicho que “ni siquiera los ángeles podrían desafiar su doctrina”, lo cual es “Vanidad de vanidades”, como dice la Biblia.
En 1883, Sor María Serafina Micheli (1849-1911), beatificada el 28 de mayo de 2011, se encontraba de paso en Eisleben, Sajonia, ciudad natal de Lutero, con motivo del centenario de su nacimiento. Encontrando una Iglesia cerrada, comenzó a rezar en las escaleras, pero un ángel le advirtió que era una iglesia luterana protestante y le hizo ver a Lutero en el infierno, con sus padecimientos. Así cuenta la historia: mientras rezaba el ángel de la guarda se le apareció y le dijo: “Levántate, porque esta es una iglesia protestante”. Luego añadió: “Quiero que veas el lugar donde fue condenado a Martín Lutero y el castigo que sufre en castigo de su orgullo”.
 “Después de estas palabras vi una horrible vorágine de fuego, en la cual eran horriblemente atormentadas un incalculable número de almas. En el fondo de esta vorágine había un hombre, Martín Lutero, que se distinguía de los otros: estaba rodeado por demonios que lo obligaban a estar de rodillas y todos, munidos de martillos, se esforzaban, pero en vano, en clavarle un clavo en la cabeza.
La hermana pensaba: “Si la gente viera esta escena dramática, con toda seguridad no le tributaría honores, recuerdos, conmemoraciones y festejos a tal personaje”. Más tarde, cuando se presentó la oportunidad, recordaba a sus hermanas en religión el vivir en la humildad y escondidas a los ojos del mundo. Estaba convencida de que Martín Lutero fue castigado en el infierno, especialmente a causa del primer pecado capital, el orgullo.
¡Atención! Con esto no queremos erigirnos en jueces de Lutero, no sabemos si está o no en el infierno. La pedagogía de Dios va más allá de la curiosidad que a menudo nos anima, y no es este –la curiosidad vana- el mensaje que Dios quiere darnos a través de sus santos, sino el evitar aquello que puede condenar nuestras almas, el pecado mortal.
Decimos con el salmista: “Señor, mi corazón no es soberbio ni altivos mis ojos, no estoy en busca de grandes cosas, más allá de mis fuerzas” (Sal 130).
Ofrecemos a Dios nuestra “nada”: la incapacidad, las dificultades, el desánimo, la desilusión, las incomprensiones, las tentaciones, las caídas y la amargura de todos los días. Más bien nos reconocemos pecadores, necesitados de su misericordia. Jesús, precisamente porque somos pecadores, nos pide que abramos el corazón y nos dejemos amarnos por Él.

 San Juan Bosco
San Juan Bosco: conducido por su ángel de la guarda hacia el valle de las sombras...
San Juan Bosco tuvo una visión del infierno que él contó así a los jóvenes: “Me encontré con mi guía (el Ángel de la Guarda) en el fondo de un precipicio que terminaba en un valle oscuro. En ese momento aparece un inmenso edificio, que tenía una puerta altísima, cerrada. Tocamos el fondo del precipicio, un calor sofocante me oprimía, un humo espeso, casi verde, se levantaba sobre los murallones del edificio, junto con llamas sanguinosas. Le pregunté: “¿Dónde estamos?”. “Lee –me dijo mi guía- la inscripción en la puerta”. Había algo escrito que decía: “Ubi non est redemptio!”, es decir, “¡Donde no hay redención!”.
Mientras tanto, vi caer en ese abismo [ ... ] primero un joven, después otro, y todavía otro más; todos tenían escrito en la frente su propio pecado. Exclamó el guía: “Esta es la causa principal de estos condenaciones: los malos compañeros, los malos libros y los hábitos perversos”.
Los infelices eran jóvenes conocidos por mí. Le pregunté: “Pero entonces es inútil que se trabaje con los jóvenes, si tantos terminan así?”. ¿Cómo impedir tanta ruina?”. “Aquellos que has visto, todavía están vivos, pero ésta es su situación actual y si muriesen, ¡vendrían aquí sin duda!”.
Después entramos en el edificio, se corría con la velocidad del rayo. Leí esta inscripción: “¡Ibunt ignem impía en Aeternum!”, es decir: “¡Los impíos irán al fuego eterno!”. “¡Ven conmigo!”, agregó el guía. Me tomó de la mano y me llevó a una puerta, que se abrió. Se me presentó a la vista una especie de caverna inmensa, llena de fuego; aquel fuego sobrepasaba los miles y miles de grados de calor.
No puedo describir esta cueva en toda su espantosa realidad . Mientras tanto, de repente, vi a los jóvenes caer en la caverna de fuego. El guía dijo: “La transgresión del sexto mandamiento es la causa de la ruina eterna de muchos jóvenes”. “Pero si han pecado, sin embargo se han confesado”. “Ellos confesaron sus pecados, pero los pecados contra la virtud de la pureza los han confesado mal o los han callado”. Por ejemplo, uno había cometido cuatro o cinco de estos pecados, pero él dijo que sólo dos o tres. Hay quienes han cometido uno en la infancia y han tenido siempre vergüenza de confesarlo, o lo confesaron mal y no dijeron nada. Otros no tuvieron dolor ni propósito de enmienda; otros, en vez de hacer un examen de conciencia, estudiaban maneras de engañar al confesor. Y quien muere con esa resolución, elige ser del número de los réprobos y así será por toda la eternidad [ ... ].
“Y ahora, ¿quieres ver porqué la misericordia de Dios que te ha traído hasta aquí?”. El ángel levantó un velo y vi un grupo de jóvenes de este Oratorio, a quienes yo conocía a todos, condenados por este delito. Entre ellos estaban los que aparentemente poseen un buen comportamiento. Continuó el ángel: “¡Predica por todas partes contra la inmodestia!”. Luego hablamos por cerca de media hora sobre las condiciones necesarias para hacer una buena confesión y concluyó: “¡Cambiar de vida, cambiar de vida!”. Ahora -añadió el amigo- que has visto los tormentos de los condenados, es necesario que pruebes tú también un poco de infierno!”. Habiendo salido del horrible edificio, el guía me agarró la mano y me hizo tocar la última pared externa; dí un grito [...]. Terminada la visión, me di cuenta de que mi mano estaba hinchada y por una semana estuve vendado”.

María de Santa Cecilia romana
Sor María de Santa Cecilia Romana: esta beata también tuvo la oportunidad de ver el lugar al que nunca querríamos ir.
La Beata Sor Mary S. Cecilia Romana (Dina Belanger , Quebec , Canadá , 30 de abril 1897 - Sillery , Quebec , Septiembre 4, 1929), beatificada el 20 de marzo de 1993, llegó a las alturas de la vida mística en su breve vida terrena. A los 4 años fue fuertemente impresionado por el diablo y el infierno, viendo a los demonios en movimiento constante y agitado. Entendió entonces que el pecado es una sugestión diabólica.
En su autobiografía, escrita bajo obediencia, habla como si viviera una experiencia aterradora del diablo y el infierno. Esta es la historia de un encuentro con el Señor el 07 de abril de 1927: “Desde el 20 de marzo, la enfermedad me obliga a estar en cama. Esta mañana, antes de la comunión, el Señor me ha presentado el tema de mis consideraciones para estos dos días, es decir, “el dolor infligido a su Corazón agonizante a causa de la inutilidad de sus sufrimientos para un gran número de almas”. “En el momento de la comunión me ha dado su cáliz bendito. Durante la acción de gracias me mostró, en espíritu, a aquellos que, por millones y millones, corrían hacia la perdición eterna, seguiendo a Satanás. Y Él, el Salvador, rodeado de un pequeño número de almas fieles, estaba sufriendo, pero en vano, por todos aquellos pecadores. Su corazón veía caer, de a miles de ellos, en el infierno. En este punto le dije: “Jesús mío, de parte tuya, tu redención fue completa; pero entonces ¿qué puede faltar, desde el momento en que tantas almas se pierden?”. Él respondió: “La razón es que las almas piadosas no se asocian suficientemente a mis sufrimientos”.


 Verónica Giuliani


Santa Verónica Giuliani describe la repulsión que le dan las almas condenadas.
Santa Verónica Giuliani (27 de diciembre 1660 - 9 de julio 1727) vivió en el monasterio de las Clarisas de Città di Castello, y narra así sus visiones del infierno: “Me pareció que el Señor me hacía ver un lugar oscurísimo; pero en el que igualmente había un incendio como si se tratara de un gran horno. Había llamas y fuego, pero no se podía ver la luz; sentí gritos y ruidos, pero no podía ver nada; salía hedor y humo horribles, pero no hay , en esta vida, algo con lo que se puede comparar.
En este punto, Dios me dió una comunicación acerca de la ingratitud de las criaturas, y de cómo aborrece este pecado. Y aquí se me mostró todo flagelado, azotado, coronado de espinas, con una pesada cruz en el hombro.
Entonces me dijo: “Mira y ve bien este lugar que nunca terminará. Está, para el tormento, mi justicia y mi desprecio riguroso”.
Mientras tanto, me pareció oír un ruido fuerte. Aparecieron muchos demonios: todos, con cadenas, sostenían animales de diversas especies. Estas bestias, repentinamente, se convirtieron en criaturas (hombres), pero tan espantosas y horribles, que me daban más terror que los mismos demonios. Yo estaba temblando de pies a cabeza, y me quería acercar adonde estaba el Señor. Pero a pesar de que había poco espacio, nunca pude acercarme más. El Señor estaba chorreando sangre, y estaba bajo aquel grave pesado. ¡Oh Dios! Querría haber recoger su Sangre y tomar la Cruz. En un instante, aquellas criaturas se convirtieron, una vez más, en forma de animales y, a continuación, todos fueron precipitados en aquel lugar oscurísimo, y mientras eran precipitados, maldecían a Dios y a los santos.
Me pareció que el Señor me hiciese entender que aquel lugar era el infierno y que esas eran almas muertas y, por el pecado, se habían convertido en bestias; entre ellos había también religiosos […].
Y yo tenía delante mío todos mis pecados [ ... ]. Sentía un incendio de fuego, pero no podía ver las llamas; sentía alguno que soplaba sobre mí, pero no veía a nadie. De repente, sentí como una llama de fuego que venía hacia mí, y yo sentía que me golpeaban, pero no veía nada. ¡Oh! ¡Qué pena! ¡Qué tormento! No puedo describirlo, e incluso el solo recordarlo, me hace temblar. Al final, en tanta oscuridad, me pareció ver un poco de luz como por el aire. Poco a poco, se dilató y agrandó. Me parecía que me librara de estas penas, pero no veía nada”.
Otra visión del infierno es del 17 de enero de 1716. La santa narra que en ese día fue transportada por algunos ángeles al infierno: “En las profundidades del abismo vi un trono monstruoso, hecha de demonios aterradores. En el centro había una silla formada por los jefes del abismo. Satanás se sentaba encima en su horror indescriptible y desde allí observaba a todos los condenados. Los ángeles me dijeron que la visión de Satanás constituye el tormento del infierno, así como la visión de Dios constituye el deleite del Paraíso. Mientras tanto, me di cuenta que el silencio almohadón de la silla era Judas y otras almas desesperadas como él. Le pregunté a los ángeles si quiénes eran aquellas almas y tuve esta terrible respuesta: “Ellos eran prelados religiosos y dignatarios de la Iglesia”. Y en ese abismo, vio precipitar una lluvia de almas. Y una voz grita: “Siempre será así. Siempre, siempre, siempre”. Verónica es conducida ante la presencia de Lucifer. El tiene a su alrededor a las almas que más gracias recibieron del cielo, pero que nada hicieron por Dios, por su gloria; y los tiene bajo sus pies, como una almohada, golpeando continuamente las almas de aquellos que faltaron a sus votos”. “¡Vete fuera, intrusa, que aumentas nuestros tormentos!”, le grita furioso a sus ministros. Una vez sacada del infierno, Verónica repite aterrorizada: “¡Oh, justicia de Dios, cuán poderosa eres!”.


Alfonso M. de Ligorio
San Alfonso María de Ligorio: “Si los hombres muestran poca paciencia ya sobre la tierra... ¿cómo harán para luego soportar las llamas del infierno por toda la eternidad?”.
En su obra: “Preparación para la muerte”, dice así el santo: “¿Qué será, cuando Dios en la muerte dirá a los réprobos: “Vete, que no quiero verte más”. “Abscondam faciem ab eo, et invenient eum et omnia mala” (Deut 31 . 17). “Ustedes (dirá Jesús los condenados en el último día) ya no sois más míos, Yo no soy más vuestro”. (..) Los condenados dirán a los demonios: “Guarda, ¿qué de la noche? “Custodio, quid de nocte?” (Is 21, 11​). ¿Cuándo termina? ¿Cuándo terminan estas tinieblas, estos gritos, estos hedores, estas llamas, estos tormentos? Y se les contesta: “Nunca, nunca”. ¿Y cuánto van a durar? “Siempre, siempre”. Oh, Señor, da luz a tantos ciegos, que al pedírseles que no se condenen, responden: “En fin de cuentas, si voy al infierno, paciencia, no importa”. ¡Oh Dios, ellos no tienen paciencia para sentir un poco de frío, ni para estar en una habitación caliente, ni para sufrir un golpe; pero luego tendrán paciencia para estar en un mar de fuego, golpeados por los demonios y abandonados por Dios y por todos por toda la eternidad! (…) Pero, ¿cómo –dirá un no creyente-, qué clase de justicia es esta? ¿Castigar un pecado, que dura un momento, con un castigo eterno? Pero, ¿cómo (respondo yo) puede tener la audacia un pecador de ofender a un Dios de infinita majestad por el gusto de un momento? Incluso en el juicio humano (dice Santo Tomás, I. 2 . Q. 87. a. 3) la pena no se mide según la duración del tiempo, sino según la cualidad del delito... (.. ) La muerte en esta vida es lo que más temen los pecadores, pero en el infierno será la cosa más deseada” (Ap 9, 6).

El extraño (e inquietante) caso del prof. Diocrè

Pintura que representa el caso del prof. Diocrè.
Cuánto bien bien pueda hacer el pensamiento del infierno, nos lo dice lo sucedido en los funerales de un famoso maestro de la Sorbona de París, Raymond Diocrè. El episodio, clamoroso, fue , en palabras del P. Tomaselli , reportado y analizado con rigor en todos sus detalles . Esto es lo que sucedió: a la muerte del profesor, que tuvo lugar en París, se prepararon funerales solemnes en la iglesia de Notre-Dame. Asistieron profesores y hombres de la cultura, autoridades eclesiásticas y civiles, además de discípulos del difunto y fieles de todas las clases sociales. El cuerpo, colocado en el centro de la nave, estaba cubierto con un simple velo. Se comenzó a recitar el oficio de difuntos. Cuando se llegó a las palabras: “Responde mihi : Quantas habeo iniquitates et peccata...”, es escuchó una voz sepulcral salir de debajo del velo: “¡Por el justo juicio de Dios, he sido acusado!”​.
Con consternación se quitó el velo, pero el cuerpo estaba quieto y sin movimiento. Se reinició el oficio interrumpido, en medio de la conmoción general. Cuando se llegó al mismo versículo anterior, el cadáver se levantó a la vista de todos y gritó: "¡Por el justo juicio de Dios he sido juzgado!”.
El terror y el espanto se apoderaron de todos. Algunos médicos se acercaron al cadáver que se había sumergido nuevamente en la más absoluta inmovilidad, pero solo pudieron constataron que el profesor estaba realmente muerto.
En este punto, no tuvieron ánimo para continuar con el funeral y decidieron continuarlo al día siguiente. Las autoridades eclesiásticas no sabían qué hacer: algunos decían que estaba condenado y no se podía rezar por él; otros dijeron que todavía no había certeza de la condena, a pesar de haber sido acusado y juzgado. El obispo ordenó que se reiniciara la recitación del oficio de difuntos. Pero cuando se llegó nuevamente al mismo versículo, el cadáver se levantó y gritó: “¡Por el justo juicio de Dios he sido condenado al infierno para siempre!”.

Ya no había ninguna duda: el difunto había sido condenado. El funeral terminó y se pensó que era mejor no sepultar el cadáver en el cementerio común. Entre los presentes se encontraba un cierto Bruno, discípulo y admirador de Diocrè, que quedó profundamente conmovido por lo que había pasado. A pesar de que era ya un buen cristiano, decidió dejarlo todo y dedicarse a la penitencia. Con él, otros tomaron la misma decisión. Bruno se convirtió en el fundador de la Orden de los Cartujos o trapense, orden que se encuentra entre las más estrictas de la Iglesia Católica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario