San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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miércoles, 29 de mayo de 2019

Gravedad de la condenación eterna, la muerte sorprende a muchos que se condenan


Javier Navascués, el 27.05.19
De lo que hagamos en esta vida va a depender toda la eternidad. Eterna felicidad o eterno sufrimiento y desesperación. No hay más. Meditemos en el infierno, cuya existencia es dogma de fe para evitar por todos los medios condenarnos eternamente. Ahora es tiempo de merecer, de vivir santamente y de ganarnos el cielo con la ayuda de Dios y los medios de santificación que pone a nuestro alcance.

Hay que esforzarse por ser santo. No es descabellado pedir con humildad la gracia de no pasar por el purgatorio, cuyas penas son terribles o reducir lo máximo posible nuestra estancia allí, purgando nuestros pecados con oraciones, penitencias e indulgencias en esta vida. Aún así la diferencia con el infierno es abismal: las penas del purgatorio son finitas, las del infierno eternas.

El Doctor Eudaldo Forment, Catedrático de Metafísica, desde sus amplios conocimientos teológicos tomistas profundiza en la terrible realidad del infierno. Espero que sus explicaciones les sean de provecho y les sirvan para vivir con coherencia: ANTES MORIR QUE PECAR.


Se medita en los Ejercicios Espirituales Ignacianos que hay niños en el infierno por un sólo pecado mortal. Nosotros merecíamos el infierno por nuestros pecados, pero hemos tenido más oportunidades. No tentemos más a la Providencia de Dios. No es cosa de broma. Con la eternidad no se juega.


¿Qué nos enseña la Iglesia sobre el infierno? (eternidad de las penas, número y grado de las mismas)?

Le contestaré con mucho gusto con este párrafo del Catecismo de la Iglesia Católica: «La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno". La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira» (n. 1035).

En otro párrafo se había indicado que: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección» (n. 1033).

Debe tenerse en cuenta que el infierno, como enseñaba Santo Tomás, es el estado de los condenados y el lugar en que se encuentran. También que la Iglesia ha afirmado siempre que es dogma de fe, tanto su existencia, como la eternidad de todas penas y la desigualdad de ellas en proporción de las culpas por los pecados cometidos sin arrepentimiento y con obstinación en los mismos. Se comprende, porque son muchos los textos del Antiguo Testamento que lo afirman, e igualmente, en el Nuevo, también lo hacen, el Precursor y muchísimas veces el propio Cristo. También hablan del infierno San Pablo, San Pedro, San Judas, Santiago y el Apocalipsis.

¿En qué aspectos esenciales de la realidad del infierno profundiza Santo Tomás de Aquino en la Summa?

Para comprender la profunda explicación tomista debe advertirse que la eternidad de las penas de los condenados es un misterio revelado. No se puede, por tanto, demostrar racionalmente, pero es posible dar razones de su conveniencia. Santo Tomás da dos razones:

La primera es que el pecado mortal aleja de Dios, último fin y bien supremo del hombre, que hace perder así la gracia divina, que es lo que lleva a la vida eterna. El pecado mortal sin arrepentimiento es «un desorden, que, en sí mismo, es irreparable». Si el hombre permanece en pecado mortal y resiste hasta el último momento a la gracia y muere así impenitente con un desorden que no ha tenido fin, merece, por ello, una pena que tampoco lo tenga, es decir, una pena eterna. (S. Th., I-II, q. 87, a. 3, in c.).

La segunda razón que da el Aquinate está basada en la gravedad «cuantitativamente infinita» o inconmensurable del pecado (Ibíd., a. 4). Afirma que: «Es justo que quien en su propia eternidad pecó contra Dios, en la eternidad de Dios sea castigado». Explica que: «decimos que peca en su propia eternidad, no sólo por la continuidad del acto, que perdura en toda su vida, sino porque, habiendo puesto su fin en el pecado, tiene la voluntad de pecar siempre». De ahí que «los inicuos quisieran vivir siempre para permanecer siempre en su iniquidad» (Ibíd., a. 3, ad 1).

¿Hasta que punto es grave por tanto la condenación eterna y su irrevocabilidad?

Se advierte claramente su gravedad en la sentencia que pronunciará Cristo Salvador y Juez nuestro a los malos castigados: «Apartaos de Mí, malditos. Id al fuego eterno, que fue destinado para el diablo y sus ángeles» (Mat 25, 41)

Con la expresión «apartaos de Mí», se significa que se castiga con lo que se llama «pena de daño», que es la mayor pena que se pueda recibir. En primer lugar, porque es estar arrojado de la vista de Dios a la mayor distancia. En segundo lugar, porque no se tiene el consuelo de la esperanza que pueda redimirse ni finalizar nunca. Por último, en tercer lugar, porque se carecerá eternamente de la luz y el calor de la vida divina.

Con la de «malditos», se entiende que les perseguirá la justicia divina con toda clase de maldiciones. Aumenta con ello su pesar y desconsuelo, porque al ser apartados de la presencia de Dios no se les ha considerado dignos de alguna cosa buena por la que merecieran una bendición. No pueden así esperar nada que alivie su aflicción y desgracia.

El otro castigo que sigue está significado con el mandato «id al fuego eterno». A este otro tipo de castigo se denominan «pena de sentido», porque se sufre con los sentidos. Entre todos los tormentos está el del fuego. A estos sumos dolores sentidos se suma además el mal de saber que durará eternamente.

Por último, de las palabras finales «que fue destinado para el diablo y sus ángeles» se infiere que el castigo eterno de los condenados incluirá toda clase de penas. La razón es porque tendrán que soportar a los demonios, una malísima compañía. No tendrán ni el consuelo que podían tener en su vida terrenal del alivio de alguna persona, que sufriera también la misma desventura y que fuera afable y caritativo con él.

¿Por qué el hombre actual no medita sobre ello ni vive consecuentemente?

En nuestra época se habla poco de las penas eternas del infierno, al igual que de los otros novísimos o en lo que habrá de terminar nuestra vida terrena, desde el primero, la muerte hasta el último, el juicio final. Quizá por temor a intranquilizar o a asustar, o para no dar una imagen desagradable de la justicia divina. Además corren en los mismos católicos objeciones superficiales e incoherentes, que, a pesar de ello, se alejan de la enseñanza de siempre de la Iglesia. Sin embargo, vistos con los ojos de fe la consideración de las postrimerías es de gran utilidad para refrenar nuestras pasiones rebeldes a la razón y a la ley de Dios y así apartarnos del pecado. En la misma Escritura se dice: «En todas tus acciones acuérdate de los novísimos o postrimerías y no pecarás jamás» (Eclo 7, 40)». En definitiva, el negar estas verdades es colaborar con los que quieren descristianizar a la persona, a la familia y a la sociedad

Algún ejemplo práctico para poder comprender lo que es la eternidad del suplicio y evitar caer en él…

Si me permite pondré un ejemplo que daba el tomista Garrigou-Lagrange, profesor en Roma de Karol Wojtyla, el futuro papa Juan Pablo II, en los años de 1946 a 1948 y director de su tesis doctoral. Explicaba que a los privados de la visión divina, ello les proporciona tanta pena, que si fuera posible soportarían todos los dolores físicos con tal de no verse privados del gozo de Dios. Se lee en Santa Catalina de Sena que además se ven afectados del remordimiento de su conciencia, no por haber ofendido a Dios, sino por aquello a lo que les han llevado sus fatales decisiones. También de la vista del demonio, y del cuarto tormento del fuego, «fuego que abrasa y no consume. Y tanto es el odio que les devora que no pueden querer ni desear ningún bien». (Diálogo, c. 40). Finalmente el dominico francés ponía el siguiente ejemplo: es como un hombre que ha querido libremente arrojarse a un pozo negro y sin fondo en el que quedará aprisionado para siempre, aun sabiendo de antemano que jamás podrá salir de él.

Se evita caer en él o no caer en el pecado, con la gracia de Dios, que se nos da en los sacramentos. Con ella se evita la condena en el juicio de Dios, donde le tendremos que dar cuenta de nuestras malas obras, de nuestras palabras e incluso de nuestros pensamientos más profundos y escondidos. Ya desde ahora tendríamos que pedir siempre, como se hace en el antiguo himno de la misa de difuntos (Dies irae): «¡Dios mío, perdóname¡».

Javier Navascués Pérez
(http://www.infocatolica.com/blog/caballeropilar.php/1905270903-no-meditamos-lo-suficiente-en?fbclid=IwAR3d-UFPjblReWaA4wrx3kfAuHID1bUUQzgeMkoZLhdnJz0Am_2BGNd_emk)

lunes, 2 de abril de 2018

El Infierno existe, es real y el tormento del alma y del cuerpo para los condenados duran toda la eternidad



El Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1035 dice: “La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Inmediatamente después de la muerte, las almas de aquellos que mueren en un estado de pecado mortal descienden al infierno, donde sufren los castigos del infierno, el “fuego eterno”. El principal castigo del infierno es la separación eterna de Dios, en quien sólo el hombre puede poseer la vida y la felicidad para la cual fue creado y por la que anhela".

jueves, 20 de julio de 2017

Los santos y el Infierno



Muchos santos afirmaron haber tenido sobrenaturales visiones del infierno. Y, aunque la iglesia no se basa en ellas para formular doctrina, estas visiones deben recordarnos lo que nuestra fe ya enseña: el infierno es un lugar real y terrible, y la gente realmente puede llegar allí.

Santa Faustina, una gran santa del siglo XIX, dijo acerca de una sus visiones:

“Lo que he escrito no es más que una pálida sombra de las cosas que vi. Pero me di cuenta de una cosa: que la mayoría de las almas que hay no creían que hubiera un infierno. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí!  En consecuencia, pido aún más fervientemente por la conversión de los pecadores“

Así que arrepiéntete de tus pecados, vuelve al Señor y ayuda a otros a volver a Él.

1) Beata Ana Catalina Emmerich: “Nadie podría contemplarlo sin temblar”

La Beata Ana Catalina Emmerich vivió a final del siglo 18 y principios del siglo 19 en el Sacro Imperio Romano. Fue una mística que afirmó haber tenido visiones de todo tipo de cosas espirituales. He aquí un extracto de una de sus visiones del infierno:

“El exterior del Infierno era horrible y espantoso; era un inmenso edificio de aspecto pesado, y el granito del que estaba formado, aunque negro, era de brillo metálico; y las puertas oscuras y pesadas fueron aseguradas con muchos cerrojos tan terribles que nadie podría contemplarlos sin temblar.

Gemidos profundos y gritos de desesperación pueden distinguirse claramente incluso cuando las puertas estaban bien cerradas; pero, ¡Quién puede describir los gritos y chillidos que estallaron uando se soltaron los tornillos terribles y las puertas se abrieron!; y, oh, ¡quién puede describir el aspecto melancólico de los habitantes de este lugar miserable! […]

Todo dentro de él es, por el contrario, cerrado, confuso, y lleno de gente; cada objeto tiende a llenar la mente con sensaciones de dolor y pena; la desesperación, como un buitre, roe cada corazón, y la discordia y miseria reinan alrededor. […] En la ciudad del Infierno no hay nada que ver, solo mazmorras sombrías, oscuras cavernas, desiertos espantosos, pantanos fétidos llenos de todas las especies imaginables de reptiles venenosos y repugnantes. […]

En el Infierno, hay escenas perpetuas de miserable discordia, y toda clase de pecado y corrupción, ya sea bajo las formas más horribles imaginables, o representadas por diferentes tipos de tormentos espantosos. Todo en esta morada triste tiende a llenar la mente de horror; ni una palabra de consuelo se escucha y ninguna idea consoladora es admitida; el único y tremendo pensamiento es la justicia que un Dios todopoderoso otorga a la nada maldita, acompañado de la convicción absorbente de que ellos la han merecido plenamente y esto agobia cada uno de sus corazones.

El vicio aparece en su verdadero aspecto, colores repugnantes y sombríos. Se despojó de la máscara bajo la cual se ocultaba en este mundo, y la víbora infernal es vista devorando los que lo han querido o fomentado. En una palabra, el Infierno es el templo de la angustia y la desesperación…”

2) Santa Teresa de Ávila: “En el fuego, y despedazada”

La gran mística del siglo 16 y Doctora de la Iglesia, afirma haber tenido esta experiencia del infierno:

“La entrada parecía ser un estrecho pasaje largo, como un horno, muy baja y oscura. El suelo parecía estar saturado con lodo, muy sucio, emanando olores pestilentes, y cubierto de bichos repugnantes. Al final era un lugar vacío en la pared, como un armario, y en éste me vi encerrada. […]

Sentí un fuego en mi alma. […] Mis sufrimientos corporales eran insoportables. He padecido los sufrimientos más dolorosos en esta vida… sin embargo, todos estos eran nada en comparación con lo que sentí entonces, sobre todo cuando vi que no habría ninguna interrupción, ni ningún fin a ellos. […]

No vi quién era el que me atormentaba, pero me sentí en el fuego, y me parecía estar como despedazada. Y lo repito, este fuego interior y la desesperación son los mayores tormentos de todos. […]

Yo no podía sentarme ni acostarme: no había espacio. Me pusieron como en un agujero en la pared; y esas paredes, terribles por sí mismas, me cercaban por todas partes. Yo no podía respirar. No había luz, todo era oscuridad. […]

Estaba tan aterrorizada por esa visión – y siento el terror en mí incluso ahora mientras estoy escribiendo – que a pesar de que esto tuvo lugar hace casi seis años, el calor natural de mi cuerpo se enfría por el miedo, incluso ahora, cuando pienso en ello […]

Fue esa visión que me llenó de la gran angustia que siento al ver a tantas almas perdidas, sobre todo las de los luteranos que fueron una vez miembros de la Iglesia por el bautismo – y también esta visión me dio los deseos más vehementes por la salvación de las almas; porque ciertamente creo que, para salvar aunque sea a un alma de esos tormentos abrumadores, yo de muy buena gana resistiría muchas muertes”.

3) San Juan Bosco: “Terror indescriptible”

En 1868, San Juan Bosco afirmó que había tenido un sueño sobre el infierno. Su narración completa es bastante larga, así que aquí compartimos sólo un breve fragmento:

“En cuanto crucé el umbral, sentí un terror indescriptible y no me atreví a dar un paso más. Delante de mí pude ver algo así como una inmensa cueva que desapareció gradualmente en huecos hundidos profundamente en las entrañas de la montaña. Todos estaban en llamas, pero el suyo no era un fuego terrenal con lenguas de fuego, sino que toda la cueva – paredes, techo, piso, hierro, piedras, madera y carbón – todo era un blanco resplandeciente a temperaturas de miles de grados. Sin embargo, el fuego no se incineraba, no se consumía. Yo simplemente no puedo encontrar palabras para describir el horror de la caverna.[…]

Mi guía tomó mi mano, me obligó a abrirla, y la apretó contra la primera de las mil paredes. La sensación era tan absolutamente insoportable que salté hacia atrás con un grito y me encontré sentado en la cama.

Mi mano estaba lastimada y seguí frotando para aliviar el dolor. Cuando me levanté esta mañana me di cuenta de que estaba hinchada. Tener mi mano apretada contra la pared, aunque sólo en un sueño, se sentía tan real que, más tarde, la piel de la palma de mi mano se peló.

Tenga en cuenta que he intentado no asustarte mucho, y por eso no he descrito estas cosas con todo su horror como las vi y como me impresionaron. Sabemos que Nuestro Señor siempre representó el infierno con símbolos porque, si hubiera descrito como realmente es, no lo habríamos comprendido. Ningún mortal puede comprender estas cosas”.

4) Sor Lucía de Fátima: “Gritos y gemidos de dolor y desesperación”

Sor Lucía de Fátima no es santa (ya que murió recientemente, en 2005), pero fue una de las videntes de Fátima en el siglo 20, una aparición aprobada en la Iglesia. Como parte de esa visión, ella dice que vio el infierno:

“Vimos, por decirlo así, un vasto mar de fuego. Sumido en este fuego, vimos a los demonios y las almas de los condenados.

Estos últimos eran como brasas transparentes en llamas, todos de bronce ennegrecido o bruñido, que tienen formas humanas. Ellos estaban flotando alrededor de un incendio, siendo elevadas en el aire por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo. Luego, ellos se replegaron por todos lados como las chispas producidas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación, que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo (esta debe haber sido la visión que me hizo gritar, según afirma la gente que me escuchaba).

Los demonios se distinguían de las almas de los condenados por sus formas horribles y repugnantes de animales espantosos y desconocidos, negros y transparentes como carbones ardientes”.

5) Santa María Faustina Kowalska: “Un lugar de gran tortura”

Santa María Faustina Kowalska, a menudo conocida simplemente como Santa Faustina, fue una monja polaca que afirmó tener un gran número de experiencias místicas en la década de 1930. He aquí un extracto de su diario acerca de una de sus visiones:

“Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel. Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión! Los tipos de tormentos que he visto: el primer tormento que constituye el infierno, es la pérdida de Dios; el segundo, el continuo remordimiento de conciencia; el tercero, aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento, es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual, incendiado por la ira divina; el quinto tormento, es la oscuridad permanente, un horrible, sofocante olor; y a pesar de la oscuridad los demonios y las almas condenadas se ven mutuamente y ven todos el mal de los demás y el suyo; el sexto tormento, es la compañía continua de Satanás; el séptimo tormento, es una desesperación tremenda, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias. Estos son los tormentos que todos los condenados padecen juntos, pero no es el fin de los tormentos.

Hay tormentos particulares para distintas almas, que son los tormentos de los sentidos: cada alma es atormentada de modo tremendo e indescriptible con lo que ha pecado. Hay horribles calabozos, abismos de tormentos donde un tormento se diferencia del otro. Habría muerto a la vista de aquellas terribles torturas, si no me hubiera sostenido la omnipotencia de Dios. Que el pecador sepa: con el sentido que peca, con ése será atormentado por toda la eternidad. Lo escribo por orden de Dios para que ningún alma se excuse diciendo que el infierno no existe o que nadie estuvo allí ni sabe cómo es. […]

He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe. Cuando volví en mí no pude reponerme del espanto, qué terriblemente sufren allí las almas”. (Diario de Santa Faustina, 741)
(http://es.churchpop.com/2016/06/05/5-santos-que-tuvieron-aterradoras-visiones-del-infierno/)

viernes, 6 de noviembre de 2015

P. Garrigou-Lagrange: la razón teológica de la eternidad de las penas del infierno



Hemos visto el progreso de la Revelación acerca de las penas del infierno. Según muchos teólogos, es muy probable que sólo los pecadores inveterados y empedernidos en la vida presente vayan al infierno (cf. II Petr., III, 9), porque“el Señor es paciente con nosotros, y no quiere que nadie perezca, sino que todos vuelvan a penitencia”.
Conviene, en primer lugar, considerar la razón de las penas ultraterrenas y, luego, la razón de la eternidad de las penas del infierno.

Ante todo, la justicia de Dios exige que los pecados no expiados en esta vida sean castigados en la otra. Como Juez Soberano de vivos y muertos, Dios se debe a sí mismo el dar a cada cual según sus obras. Esto se afirma con frecuencia en las Sagradas Escrituras (Eccl., XVI, 15; Math., XVI, 27; Rom., II, 6). Además, cómo Soberano Legislador, Rector y Remunerador de la sociedad humana, Dios debe dar a sus leyes una sanción eficaz.

Santo Tomás muestra muy bien (I, II, q. 87, a. 1) que quien se levanta injustamente contra el orden justamente establecido debe ser reprimido en nombre del principio mismo que se halla a la base de ese orden y vela por su mantenimiento. Es la extensión al orden moral y social de la ley natural de la acción y la reacción, según la cual la acción nociva reclama la represión que repara el daño causal. Por eso, el que obra libremente contra la voz de la conciencia merece el remordimiento, que su voz reprende; el que obra contra el orden social merece una pena infligida por el magistrado encargado de la custodia del orden social; el que obra contra la ley divina merece una pena infligida por Dios, bien en esta vida, bien en la futura. Se dan aquí tres órdenes manifiestamente subordinados.

Dice Platón en uno de sus más bellos diálogos, el Gorgias, que la mayor desgracia de un criminal es permanecer impune, y que si él conociese su verdadero bien, diría espontáneamente a sus jueces: “Soy yo quien ha cometido este delito: infligidme la pena que he merecido, para que, con la aceptación voluntaria de la pena, pueda volver a entrar en el orden de la justicia que he violado”. Tan sublime concepción se aplica prácticamente, por modo sobrenatural, por la gracia divina en el tribunal de la Penitencia, y después en el Purgatorio, donde las almas se consideran felices pagando sus deudas con la justicia divina y expiando libremente sus culpas.

De ese modo se explican las penas de ultratumba. Pero ¿por qué han de ser eternas las del infierno?

* * *

Observemos primero que esta eternidad de las penas de los réprobos no puede ser apodícticamente demostrada.

Es un misterio revelado: misterio de justicia, consecuencia de un misterio de iniquidad: el pecado mortal, no seguido de arrepentimiento. Ahora bien: los misterios de iniquidad, junto con sus consecuencias, son más oscuros que los misterios de la gracia, puesto que son oscuros en sí mismos y no sólo respecto a nosotros. Los misterios de la gracia, en cambio, son en sí mismos suficientemente luminosos, y oscuros sólo para nosotros, a causa de la debilidad de nuestro espíritu, semejante al ojo del ave nocturna cuando se coloca frente al sol. Por el contrario, los misterios de iniquidad son oscuros incluso en sí mismos, no solamente para nosotros: son las mismas tinieblas. Este es el caso, sobre todo, de la impenitencia final, de que es la consecuencia el infierno. Y como no se puede demostrar apodícticamente ni la posibilidad, ni la existencia del misterio de la Santísima Trinidad, de la Encarnación redentora, de la vida eterna, así no se puede demostrar apodícticamente la eternidad de las penas.

Se pueden dar, sin embargo, razones de conveniencia, que constituyen argumentos probables, muy profundos y que siempre se pueden profundizar más, sin llegar nunca a transformarlos en argumentos demostrativos; al modo como, en otro orden, se pueden multiplicar los lados de un polígono inscrito en la circunferencia y, sin embargo, el polígono jamás llegaría a identificarse con la circunferencia misma.

* * *

Las principales razones de conveniencia de las penas son las presentadas porSanto Tomás (I, II, q. 87, a. 3 y 4), es, a saber: que el pecado mortal, sin arrepentimiento, es un desorden irreparable, y es, además, una ofensa cuya gravedad es inconmensurable.

El pecado, dice él, merece una pena porque arruina un orden justamente establecido, y en tanto que dure este desorden el pecador merece sufrir la pena debida a la culpa. Ahora bien, este desorden es irreparable, si el principio vital del orden ha sido destruido; por ejemplo, el ojo no puede ser curado si el principio mismo de la vista está destruido, y el organismo entero es incurable cuando es herido de muerte. Ahora bien: el pecado mortal aleja al Hombre de Dios, su último fin, y le hace perder la gracia, principio y germen de la vida eterna. He ahí, por tanto, un desorden irreparable, que por su propia naturaleza dura siempre.

Sin duda que, de hecho, por una misericordia especial, Dios levanta, a menudo, al pecador de su miseria en el curso de su vida terrena; pero si él resiste en el último momento y muere en la impenitencia final, el pecado mortal permanece en el alma como desorden habitual, que dura sin fin; y merece, por tanto, una pena que, también ella, dura siempre.

* * *

Una segunda razón de conveniencia de la eternidad de la pena se funda en que el pecado mortal, como ofensa a Dios, tiene una gravedad sin medida, en cuanto que niega prácticamente a Dios la dignidad infinita de Fin último y de supremo Bien del hombre: supremo bien al que antepone el pecador un bien finito, amándose a sí mismo más que a Dios, aun cuando el Altísimo sea infinitamente mejor que él. Santo Tomás, I, II, q. 87, a. 4; III, q. 1, a. 2, ad. 2; Suppl-, q. 99, a. 1.

La ofensa es, en efecto, tanto más grave cuanto más elevada es la dignidad de la persona ofendida. Es más grave injuriar a un magistrado o a un obispo que faltar al primero con que uno se encuentra en la calle. Ahora bien: la dignidad del Bien Soberano es infinita; el pecado mortal, que niega prácticamente a Dios esta dignidad suprema, tiene, pues, como ofensa una gravedad sin límites, y para repararlo fueron precisos el acto de amor y los sufrimientos de Dios hecho hombre, el acto teándrico de una persona divina encarnada. Pero, si el beneficio inmenso de la Encarnación redentora es desconocido y despreciado, como acontece en el pecado mortal no cancelado por el arrepentimiento, entonces el pecador, por esa ofensa de una gravedad sin medida, merece una pena también sin medida; es la pena eterna del daño, o de la privación de Dios, Bien infinito: pena que, en cuanto a la duración, es también ella infinita. “No puede serlo por su intensidad, porque la criatura no es capaz de ello.” El pecador ha querido separarse definitivamente de Dios, y se verá privado de Dios eternamente.

En cuanto al amor desordenado del bien finito antepuesto a Dios, ése merece la pena de sentido, que es finita en cuanto es privación de un bien finito; pero, según la Revelación, durará también eternamente, ya que el pecador se ha fijado en ese miserable bien para siempre y queda prisionero de su pecado y juzga siempre de acuerdo con su desdichada inclinación. Es como un hombre que ha querido arrojarse a un pozo para siempre, aun sabiendo de antemano que jamás habría de poder salir de él.

* * *

Se debe y se puede añadir otra razón de conveniencia por parte de Dios. Decíamos más arriba que Dios, como Soberano Legislador, Rector y Juez de vivos y muertos, se debe a sí mismo el confirmar sus leyes con una sanción eficaz. En otras palabras, Dios no puede ser impunemente despreciado por los impíos obstinados. Ahora bien: si las penas del infierno no fuesen eternas, el pecador obstinado podría perseverar en la rebelión, sin que sanción alguna reprimiese su orgullo. De ese modo, sería a su rebelión a la que competiría decir la última palabra. Como muy bien se expresa el P. Monsabré: “Trasladar al orden moral la negación de la eternidad de las penas es oscurecer la noción del bien y del mal, la cual únicamente se nos manifiesta a la luz de este terrible dogma”. Conferencias de Nuestra Señora, 1889, 98.a Conferencia.

Por fin, si la bienaventuranza, que es la recompensa de los justos, es eterna, conviene que lo sea también el castigo de los malos. Iguales deben ser la recompensa del mérito y la pena para el pecado. Como la misericordia eterna se manifiesta sobre todo por un lado, el esplendor de la eterna justicia se manifiesta por el otro. Es lo que dice San Pablo (Rom., IX, 22): “Si Dios, queriendo mostrar su cólera (o justicia divina) y hacer conocer su poder, ha tolerado (o permitido), con gran paciencia, vasos de cólera dispuestos para la propia perdición, y si ha querido, otrosí, hacer conocer las riquezas de su gloria respecto a los vasos de misericordia que ha preparado para la gloria, ¿dónde está la justicia?” La justicia, igual que la misericordia, al ser ambas infinitas, exige manifestarse en una duración sin límites.

Tales son las principales razones de conveniencia de este dogma revelado. Y siempre pueden ser ulteriormente profundizadas

“LA VIDA ETERNA Y LA PROFUNDIDAD DEL ALMA”

Garrigou-Lagrange O.P.

martes, 7 de julio de 2015

LOS NOVÍSIMOS (Juicio particular)




Por juicio se entiende el estricto examen de toda nuestra vida ante el tribunal de Dios, seguido de la sentencia que decidirá nuestra suerte por toda la eternidad.

   Hay dos juicios: uno particular entre el alma y Jesucristo inmediatamente después de la muerte; y otro universal a final de los tiempos entre Jesucristo y todos los hombres reunidos. El Juicio Universal es una ratificación o confirmación del particular.


Certeza o pruebas de este Juicio

   Pruebas de fe. — En varios pasajes de la escritura hallamos sentencias, ejemplos o parábolas que prueban la realidad del juicio de Dios. He aquí algunas citas:

   Dice San Pablo: Está establecido que los hombres mueran una sola vez y que a la muerte siga el juicio.
   Jesucristo habló del juicio cuando dijo: Estad siempre preparados (para morir) porque a la hora que menos penséis el Hijo del hombre va a pediros cuenta de vuestra vida.
   Y en otra ocasión: Vigilad, pues, porque, ignoráis el día  y la hora (de la muerte y del juicio).
   También hacen a este propósito las parábolas del rico Epulón y Lázaro,  la del mayordomo injusto (Lucas, XVI, 1-9), de las diez vírgenes (Mat., XXV).

   Pruebas racionales. — 1) Dice Santo Tomás: El hombre puede ser considerado  como individuo aislado y como parte del género humano; luego debe someterse a un doble juicio: a) Uno particular en el cual sea premiado o castigado según sus obras, pero, sin que trascienda su sentencia. b) Otro juicio, universal en el que llegue a conocimiento de toda la sentencia merecida y todos alaben la justicia o misericordia de Dios. 2) Por analogía. – En toda sociedad bien constituida nunca se condena a un hombre sin antes juzgarlo; así también Dios, juez rectísimo y sapientísimo, juzga al hombre para que éste comprenda el motivo de su salvación o condenación. 3) Testimonio de los pueblos. – Aun los pueblos privados de la luz de la fe creían en un juicio de las almas. Se han hallado en las tumbas egipcias dibujos que representan ese juicio bajo el símbolo de una balanza donde es pesada el alma. El poeta Virgilio en su “Eneida” (libro sexto, versos 565 y siguientes) hace ver cómo las almas se presentan al juez Radamanto, quien las obliga a confesar sus delitos. Análogas creencias existen en los pueblos salvajes.

Celebración del Juicio.
   El juez será Jesucristo, según lo dijo Él mismo: El Padre no juzga a ninguno: mas todo el juicio ha dado al Hijo. La razón es porque Jesucristo ha sido nuestro Redentor y como a tal le corresponde pedirnos cuenta del uso que hemos hecho de su redención.
   Jesucristo cuando nos juzgue estará revestido ya no de los atributos de la misericordia, pero sí de la justicia: será un Juez justo que dará a las obras buenas y malas su verdadero valor; sabio, que todo lo conoce, hasta los más leves pensamientos; no podrá ser engañado como los jueces de la tierra; incorruptible, que no se deja desviar, como los jueces humanos, por premios o amenazas; inapelable, del cual no se puede apelar a otro juez superior para que cambie la sentencia.

   Lugar del juicio. — Donde la muerte sorprendiera al hombre, allí se levantará el tribunal del supremo Juez.
   Modo. — Dios iluminará el alma con una luz tan viva, que abarcará de una sola mirada todos los detalles de su vida, la fealdad y gravedad de sus pecados, como también la belleza y méritos de sus obras buenas.
   Materia. — Jesucristo nos juzgará sobre todo lo bueno y lo malo que hubiéramos hecho, a saber:

   a) El mal cometido, juzgado en sus causas, en su malicia, en sus efectos.
   b) El bien voluntariamente omitido (pecado de omisión) hecho con negligencia, practicado con hipocresía o por fines humanos, p. ej.: para ser visto, aplaudido, etc.
   c) Los escándalos dados a las almas, a los niños, a los criados, a los ignorantes.
  d) Las gracias de que se abusó: sacramentos, instrucciones, remordimientos, buenos ejemplos, enfermedades, reveses de fortuna, bienes materiales.

   Será tan riguroso este juicio, que apenas se salvará el justo. Dice San Pedro en su primera epístola: “Sí el justo a duras penas se salvará, ¿dónde irán el impío y el pecador? (IV, 18).

La sentencia.

   Terminado el juicio, Jesucristo pronunciará la sentencia, la cual es irrevocable, por cuanto no hay excusas que alegar; no hay defensor en quien esperar; no hay ya lugar a suplica porque con la muerte termina el tiempo de la misericordia y sólo queda estricta justicia.

   La sentencia para el alma justa será: Ven, alma bendita a poseer el reino que té está preparado desde el establecimiento del mundo” (Mat., XXV, 34).
   Si el alma no está purificada enteramente de sus faltas veniales o tiene algo que expiar, la enviará Dios al Purgatorio, de donde, acabada la expiación, subirá a la gloria.

   La sentencia para el alma culpable será: “Apártate de mí, maldita, vete al fuego eterno que está aparejado para el diablo y para sus ángeles” (Mat., XXV, 41). En seguida el alma será precipitada en el infierno por toda la eternidad.

miércoles, 1 de enero de 2014

Nuestro Señor Jesucristo a Luz Amparo (Prado Nuevo): "Piensa que el infierno está lleno de pecadores y que es para toda una eternidad"


13 DE NOVIEMBRE DE 1981

HABLA EL SEÑOR:

"Sí, hija mía, aquí está tu Padre Celestial como te dije en el primer día de mi aparición. Soy tu Padre Celestial; ya lo sé que sufres mucho, hija mía; fíjate si no voy a saber Yo qué tormentos tan horribles son esos y todo sufrirlo por la humanidad tan desagradecida, hija mía. Ya lo sé que no se merecen nada de esto, hija mía, pero hay que salvarlos, hay que salvarlos a costa de lo que sea, hija mía, óyeme, mi Corazón víctima se cansa de la ingratitud de mis amados hijos. No te hablo de la maldad de los impíos, sino de la malicia de los cristianos.

Voy a relatarte abiertamente la situación del mundo para que comprendas el por qué de mi pasión mística como víctima inmolada por el mundo, como Rey mártir de mi caridad por las almas y como Dios desdeñado de mis criaturas. He empleado toda mi sabiduría, hija mía, en proporcionar todos los medios de adquirir el gozo de mi reino eterno, toda mi ternura en atraerlos, mi bondad y mi misericordia, mis riquezas, mi magnificencia y mi amor; pero no quieren nada, son ingratos. He hecho por todos lo que hubiera hecho por mis propios hijos, hija mía, no se merecen nada. Todo lo que he hecho por ellos, por todos en general, lo he hecho, como lo he hecho con mis elegidos; lo hice por uno y lo hice por todos en general y para todos dí mi ejemplo en el camino de este mundo. Por todos ascendí a los cielos volviendo al seno del Padre y por todos hice el milagro de la consagración de la Eucaristía, para permanecer aquí con ellos. Para todos estoy, no sólo para unos, encerrado en ese Sacramento día y noche, triste, sufriendo. Por todos instituí mi sacerdocio privilegiado y para todos la Iglesia santa con sus auxilios de indefectible virtud y de única esperanza de eternidad. Hija mía, para todos di mis palabras de salvación y de vida que guarda el santo Evangelio de la ley de la gracia y del amor; y con toda claridad la manifesté en aquellas palabras: "Amaos los unos a los otros." Lo dije en un lenguaje para que todos me entendiesen. Y os dije: "Permaneced todos unidos, permaneced en Mí para que seamos una sola cosa, para que seamos una sola cosa como mi Padre y Yo lo somos." Pero, hija mía, ¿qué han hecho de mi palabra, de mi doctrina, de mis deseos, sino mofa, crímenes y traición?

Mira, hija mía, se formó mi amada Iglesia, se erigió y se extendió mi reino en las almas; pero el eterno enemigo entró en la raza maldita para apoderarse de todos, se apoderó de toda la raza. También vino a poner la división en la familia, la cual surgiendo bandos, comenzó a minarse entre sí.

No me quejo del enemigo ni de sus secuaces, porque todos ellos son malditos; me quejo de los que, siendo míos, han secundado la acción del mal. El enemigo, hija mía, quiere seducir y no sabe cómo.

Acordaos siempre de mis palabras, porque si no os hubiera advertido. . ., pero estoy constantemente advirtiéndoos. Si no os hubiera advertido seríais menos responsables, pero ahora, ¿de qué os excusaréis, hijos míos?, no podéis excusaros.

Está cerca el día postrero, hija mía, y ese día postrero vendré como Juez. ¿Acaso no se lo he dicho a mi Iglesia santa?, ¿no les he socorrido con pastores? No he dejado de derramar milagros por todas partes, de derramar amor; y ellos no han querido recibir con corazón puro todas estas cosas. Claro, todos estos ¿sabes cuáles son?, los ingratos, los desagradecidos.

Hija mía, diles que todavía están a tiempo, que vengan a Mí todos, como les dije en una ocasión: "Venid a Mí todos los que estéis cargados que Yo os ayudaré a descargaros." Venid arrepentidos y contritos, haciendo esfuerzos para superar las tendencias malignas de vuestras pasiones y de las seducciones que el mundo, el demonio y la carne os presentan, como lo hizo Satán un día en el Paraíso con vuestros primeros Padres naturales.

Diles que cuando Yo les invito a que vengan a Mí, es con espíritu de cambiar la mala vida de los vicios, de los pecados, de la incredulidad, de la malicia, de las comodidades refinadas con las que cada día habéis rodeado vuestra vida humana; porque los humanos, precisamente, son los que deben sobrenaturalizar sus acciones imitándome a Mí cuando me hice humano; que busqué desde el primer momento hasta el último de mi vida el sacrificio, la pobreza, la humildad, la incomodidad en todo. Por eso nací una noche de invierno en medio de los hielos y sobre pajas de un pesebre de animales, para ofrecer a mi Padre el sacrificio reparador y propiciatorio de pagar a la Justicia Divina por vuestros pecados, hijos míos. Todos, pues, hija mía, estáis obligados a amarme; que por eso bajé a vosotros haciéndome semejante a vosotros en todos los momentos, menos en el pecado.

Diles a la juventud, hija mía, lo que es el verdadero amor; diles que se acerquen a Mí; que en silencio, con fe en mi presencia en mi Eucaristía, me pidan que les revele el secreto de la felicidad del corazón humano en esta vida y en la eternidad. Hija mía, revélales cuán dichosa te ha hecho a ti mi amor y que no hay amor que haga feliz si no está injertado en mi amor. Sí, hija mía, avísaselo a todos.

Mira, hija mía, hoy Satanás está celebrando su fiesta en la profundidad del infierno; lo vas a ver: mira las cavernas cómo están llenas de malditos, de pecadores, de injustos, cómo se rebozan en el fango, son espíritus malignos, hija mía. Piensa que el infierno está lleno de pecadores y que es para toda una eternidad. Hay quien piensa que ¿cómo Dios siendo misericordioso les va a mandar ese castigo? Sí, hija mía, es misericordioso mi Padre Eterno, pero es justo y a cada uno le da lo que se merece. Mira cuántos espíritus del mal hay en medio; las almas de los pecadores cómo están sufriendo torturas, hija mía, por sus pecados. Aquí no existe la muerte, sin embargo, en las moradas del cielo existe la vida de la gracia, hija mía. Cuantos quisieran morir para no sufrir. Mira hija mía. Mira hija mía, vas a ver una parte del Cielo para que no te horrorices, no te quede ese sabor tan malo. Hija mía, mira que felicidad, mira que dulzura, mira que paz, mira que alegría; aquí no hay envidias, no hay sufrimiento, todo es amor. Donde Yo estoy no puede haber nunca sufrimiento, hija mía, donde está Satanás con sus secuaces no hay nada más que tormentos y sufrimientos. Avísales a todos, diles que se conviertan, que no quiero que se condenen; díselo hija mía, díselo a todos.

Sé humilde, hija mía, ofrece tus sufrimientos, haz un poco más de oración. Diles a los que están contigo que estoy muy contento con ellos, que cumplan muy bien con mis mensajes, que sigan de la forma que siguen, que también son hijos predilectos míos porque han tenido la oportunidad de ver todo esto. Diles que Dios cuando hace una cosa sabe cómo la hace, dónde la hace, de qué forma. Que sean humildes también, que la humildad es la base principal para llegar al Cielo, díselo a todos, hija mía.

Sí, hija mía, verás a mi Madre, la verás un segundo. Adiós, hija, cumplid con los mensajes de mi Madre y los mensajes de vuestro Padre Celestial. Adiós." 

jueves, 15 de noviembre de 2012

San Pedro de Jeremías y el infierno





¿HA VENIDO ALGUIEN DESDE EL INFIERNO ALGUNA VEZ PARA DECIRNOS COMO ES?


La respuesta a la pregunta del título de este artículo es un enfático "¡sí!"


San Pedro de Jeremías, un dominico que estaba estudiando leyes en la Universidad de Bolonia, y se encontraba a punto de recibir su doctorado, cuando, una noche, oyó un fuerte golpe en la ventana de su habitación. Como estaba en el tercer piso del edificio, no entendió que pudo causar los golpes. Un sentimiento de temor se apoderó de él.
Como los golpes persistían, gritó: "¿Quién está golpeando?"
Inmediatamente, una voz respondió: "Pedro, soy yo, tal-y-tal, tu pariente. Después de haber recibido mi doctorado en leyes, me hice un famoso abogado. Para mi desgracia, me encargué de la defensa de causas injustas para adquirir honor y riquezas a expensas de mi conciencia. Y luego me he encontrado a mi mismo sin un abogado que me defendiese ante Dios. Estoy condenado; ¡Estoy condenado por toda la eternidad! Dios me ha enviado para darte este aviso.
Huye, huye de los tribunales de los hombres si deseas ser absuelto ante el tribunal de Dios!"
Horrorizado, Pedro decidió cambiar la dirección de su vida. Hizo un voto de castidad y tras rezar para pedir luces para su espíritu, entró en la Orden de los Dominicos. Tras su muerte, a causa de su santidad y milagros, fue beatificado.
Esta historia real está relatada en el Anuario Dominico Sobre Hechos de los Santos.

La existencia del infierno, el dogma de fe más nombrado en las Sagradas Escrituras



¿Cómo se sabe que el Infierno existe?
El Infierno es una de las realidades más cuestionadas y atacadas, tal vez por un mecanismo de evasión del justo castigo que espera a los que ofendamos a Dios y dejemos de aprovechar la oportunidad y las oportunidades que El mismo nos da de arrepentirnos para perdonarnos, y así poder llegar, no al Infierno, sino al Cielo.
Respecto del Infierno hay errores muy difundidos: unos creen que el Infierno no existe. Otros creen que sí existe, pero que allí no va nadie, aduciendo que Dios es infinitamente bueno. Pero no hay que olvidar que Dios es, al mismo tiempo, infinitamente justo. Recordemos, también, que el propio Jesucristo nos habló en varias ocasiones sobre la posibilidad que tenemos de condenarnos. Y no sólo nos habló de esa posibilidad, sino que, además, varias veces nos describió ese lugar de castigo eterno. He aquí algunas descripciones por boca de Jesús:
"Los malvados ... los arrojará en el horno ardiente. Allí será el llanto y el rechinar de dientes" (Mt. 13, 42). "Y a ese servidor inútil échenlo en la oscuridad de allá afuera: allí habrá llanto y desesperación" (Mt.25,30). "Malditos: aléjense de Mí, al fuego eterno" (Mt. 25, 41).
Coinciden los Teólogos en que la más horrenda de las penas del Infierno es la pérdida definitiva y para siempre del fin para el cual hemos sido creados los seres humanos: la posesión y el gozo de Dios, viéndolo "cara a cara". Ya que únicamente Dios puede satisfacer el ilimitado deseo de felicidad que El mismo ha puesto en nuestra alma para ser satisfecho sólo por El, puede comprenderse cuán grande puede ser la pena de no poder disfrutar de lo que se denomina la Visión Beatífica. Para resumir esta pena en palabras de San Agustín, "es tan grande como grande es Dios".
Otro de los tormentos del Infierno es el sentido de eternidad. Es un sitio de fuego, pero es un fuego distinto al que conocemos en la tierra, pues afectará nuestra alma y nuestro cuerpo, pero no nos destruirá. Es un fuego que no se extingue, ni extingue, sino que es eterno, sin descanso, sin tregua, sin fin ... para siempre ... "El fuego no se apaga, pues han de ser salados con fuego", nos dijo Jesucristo (Mc. 9, 48-49). Significa esto que el fuego funciona como la sal: es un fuego que conserva y que penetra todo nuestro ser, pues cuerpo y alma recibirá el tormento del infierno.
Y estos horrores del Infierno no deben servir para desviar la atención. Los horrores del infierno no son para que pensemos ¡qué malo es Dios! sino para darnos cuenta del horror del pecado.
El Infierno es una realidad innegable. De hecho, el Infierno es de creencia obligatoria para los Católicos, y es de los dogmas de nuestra fe que presenta mayor número de textos de la Sagrada Escritura que lo sustentan, en los cuales por cierto aparece con diferentes nombres (abismo, horno de fuego, fuego eterno, lugar de tormentos, tinieblas exteriores, gehena, muerte segunda, fuego inextinguible etc.). En resumidas cuentas, el Infierno forma parte, junto con el Cielo y el Purgatorio, de las opciones que nos esperan después de esta vida terrena.
Entre los secretos que reveló la Santísima Virgen María a los pastorcitos de Fátima, está una visión del Infierno, que les dio en una de sus apariciones. Dice Lucía, la única vidente de Fátima que aún vive: "Algunas personas, también piadosas, no quieren hablar a los niños pequeños sobre el Infierno, para no asustarlos. Sin embargo, Dios no dudó en mostrar el Infierno a tres menores y una de ellas contando apenas seis años".
Por más que Lucía describe lo que ella y los otros dos videntes vieron (cfr. Memorias de Lucía), no es posible imaginar cómo es el Infierno. El Infierno es un lugar de dolor y horror -más de lo que podemos pensar, suponer o describir- al que son arrojadas las almas que en la tierra desperdician las gracias de salvación que Dios en su infinita Bondad, nos otorga a todos.
La Voluntad de Dios es que todos los hombres lleguen a disfrutar de la Visión Beatífica. Dios no predestina a nadie al Infierno. Para que alguien se condene es necesario que tenga una aversión voluntaria a Dios, un enfrentamiento o una rebeldía contra El y, además, que persista en esa actitud hasta el momento de la muerte (cfr. CIC #1037).
Hemos nacido y vivimos en esta tierra para pasar de esta vida a la eternidad. Y allí habrá o "Vida Eterna" en el Cielo, al que podemos llegar directamente o pasando antes por un tiempo de purificación en el Purgatorio ... o habrá "muerte eterna" en el Infierno.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Palabras de Satán durante los exorcismos para liberar a Antoine Gay





Hay muchas cosas que decirte, esto me fatiga, preferiría ser destruido antes que decírtelo, esto me da demasiada vergüenza decírtelo: mis sufrimientos van siempre en aumento. ¡Oh! Estoy forzado a alabarte, ¡Oh Soberano Maestro! Tus criaturas están forzadas a alabarte y reconocen tu poder y tu bondad, pero también tu justicia terrible, pues es terrible caer en las manos de un Dios vengador!
(El demonio pronunciaba estas palabras en un tono lamentable, capaz de hacer temblar.) Oh mortales que no reflexionáis ¿habéis pensado alguna vez en la caída de vuestros primeros padres? Yo os pregunto de qué medio mi infame rey (Lucifer) se ha servido para perderlos; él se ha servido de la sensualidad, si reflexionaseis bien en ello, seríais todos hombres de penitencia, esto ya no es una broma, es vuestro Dios quien me fuerza a decíroslo; reflexionad un momento y veréis como los hombres se pierden y si esto no es siempre para satisfacer su miserable cuerpo. 


Nosotros, los demonios, hemos querido también satisfacernos, y tentamos hacer pecar a los hombres como nosotros mismos hemos pecado también. 


¿Qué no ha podido ya hacer Dios que Él no cesa de hacer aún cada día en favor de los hombres, ¡en favor incluso de los más ingratos! Pero el hombre se prefiere a sí mismo antes que a Dios, y Dios a menudo lo abandona a sí mismo, y estando así abandonado, los demonios lo conducen y los demonios son sus amos, a pesar de que Dios sea siempre el Amo de todas las criaturas.


Aquel que quiere ser amado por Dios, debe humillarse sin cesar, considerándose menos que la nada: la nada no ha ofendido jamás al Soberano Maestro. El alma penitente gime sin cesar, no quiero decir que llora lágrimas materiales, sino gemidos de un corazón que se arrepiente ante Dios, porque el demonio no puede crear problemas a esta alma, la cual a pesar de gemir, su corazón está contento, ella desearía no haber conocido jamás el pecado; considerando la gloria del Todopoderoso, esa se grita a sí misma: "Miserable criatura, como he osado ofenderos a Vos, yo que soy menos que un gusano; yo os he ultrajado, Gloria Infinita, ¡que mi corazón sea demolido por el dolor! ¡Que mis ojos se inunden de lágrimas! ¡Oh, Sabiduría Incomprensible! ¿Cómo habéis podido sufrirme en ese momento en el que he pecado, donde os he ultrajado con tanta audacia? ¡yo lloro por los ojos del poseso! ¿Es necesario que sirva yo sirva de instrumento para instruir a los hombres, yo que estoy rabidoso por perderlos? ¡Oh, Soberano Maestro, destrúyeme, despedázame, o hazme salir del cuerpo de este hombre, o reenvíame al abismo; permíteme que me manifieste de una manera fuerte, extraordinaria, para dejar asombrados a estos ingratos mortales, permíteme hablar toda suerte de lenguas, decir los apellidos y nombres de las personas, de desvelar lo que está más oculto, de hacerlo ver desnudo, para la confusión de los malvados y malvadas! Permíteme atacar con fuerza a varios de estos que se dicen pastores, pero que no son más que lobos. Permíteme hacer ver como ellos pierden a los fieles perdiéndose a sí mismos, como ellos atacan al pastor y al rebaño, porque el Soberano Amo es el Gran Pastor.




Esto me mata porque me obliga a trabajar contra mí mismo. Estoy abatido, tan abatido que por el aspecto del poseso, veis el abatimiento del demonio (en efecto, el cuerpo del pobre afligido sentía esta profunda aflicción al punto que estaba conturbado y abatido).
Yo atacaré con fuerza el ocultismo y la magia.
Aquel que sabe renunciar a sí mismo para humillarse a los pies de la Majestad Divina y posternarse en espíritu y de corazón a los pies de la divina María, Dios le insuflará su espíritu, lo alumbrará con sus divinas luces, le hará observar fielmente sus deberes, se servirá de él para iluminar a los otros y lo conducirá a una eternidad de felicidad que ningún espíritu humano puede comprender, él alabará incesantemente a su Dios, y dirá: "Oh Dios infinitamente grande, infinitamente santo, infinitamente justo, infinitamente bueno, Vos no despreciáis a la más miserable de todas vuestras criaturas. ¿Qué he hecho yo para merecer las gracias que me concedéis? Indigno que soy. No tengo lágrimas de sangre para llorar todas mis ingratitudes y todas las ofensas que he tenido la maldición de cometer contra Vos yo que soy menos que una mosca, he osado, indigno que soy, ultrajaros. ¡Oh Grandeza Suprema!, dadme la contricción perfecta de todos mis pecados, haced que sufra todos los tormentos imaginables antes que volver a caer en esos desórdenes deplorables que me hacen gemir continuamente. Oh divina María, es a vos a quien me dirijo con una entera confianza, vos que no abandonáis a nadie, que tenéis tan profundamente grabada en el corazón la salvación de los hombres y a quien Dios no puede rehusar nada de todo lo que vos le pedís, acogedme bajo vuestra grande y poderosa protección. Si aceptáis concederme mis humildes oraciones, ni todo el infierno podrá dañarme. Vos sois de alguna manera señora de mi suerte, yo puedo decir que mi suerte está entre vuestras manos; si vos me abandonáis, estaré perdido y sin recursos; pero no, vos sois demasiado buena para defraudar a aquellos que esperan en vos; orad, orad por mí a la Santísima Trinidad y yo estoy seguro de mi salvación. ¡Ah! ¡Querría poder hacer conocer a todos los habitantes de la Tierra, querría poder anunciar por todas partes vuestra gloria, vuestra bondad y vuestro poder! Esto que yo no puedo hacer, deseo que las inteligencias celestes lo hagan y que los demonios mismos sean forzados a publicar que sois la jefa de obra de las manos divinas, que tenéis el poder de Dios en las manos, que sois terrible a los demonios y que todo os está sometido. Vos sois la criatura incomparable, vos sola sois virgen y madre, vos habéis dado al mundo el Redentor, vos sois un rango aparte con san José, vos estáis al lado de las tres adorables personas de la Trinidad, vos sois pues más elevada que todos los ángeles y todos los santos, vos sois verdaderamente divina. Yo espero en vos, yo creo firmemente que todos los poderes infernales no podrán triunfar sobre mí. Así sea. Que todos los ángeles y todos los santos os bendigan eternamente".




Que vayan a los asilos a buscar locos que dictasen una oración similar. He aquí una prueba de que ellos están más locos que el poseso: los locos la respetan, ellos la desprecian (Por estas palabras, el demonio hace alusión a aquellos que hicieron meter al poseso en un asilo psiquiátrico en Lyon: Antiquaille.)




Yo digo, Oh Dios de toda majestad, que tú eres grande, que tú eres poderoso, que tú eres bueno, pero que tú eres terrible para los demonios. Yo estoy forzado por ti, o Soberano Señor, a instruir a los hombres a mi pesar, yo que soy uno de sus infames seductores.
Qué bueno eres hacia los mortales que no reconocen ni tu poder ni tu bondad ni tu justicia. ¿Qué más puedes hacer que no hagas ya por los hombres? Tú haces sin cesar nuevos prodigios que la mayor parte desperdician, ellos se enfurecen contra tus órdenes, contra tu bondad, contra tu poder, y en lugar de reflexionar, de humillarse delante de ti y de hacer penitencias, no contentos con perderse, arrastran con ellos cantidad de almas en el camino de la perdición;
Tú me fuerzas, oh soberano Señor, a mí, tu enemigo, Isacarón, querubín caído, a predicar la verdad. Pero cantidad de personas no creen incluso que existan los demonios; ellos se ríen de aquello que debería hacerles temblar y estremecerse, son tan materialistas que no quieren creer en ninguna cosa sobrenatural, se colocan del lado de los demonios, pisan bajo los pies tus divinas leyes, tus palabras más sagradas del santo Evangelio y viven por debajo de los brutos animales.




Nosotros somos fuertes contra los débiles que están con nosotros, y somos débiles contra los fuertes que son de Dios.


Si quieres salvarte, pon todo esto en práctica para tu beneficio; pero recuerda que yo pondré todos mis esfuerzos para impedírtelo; yo haré todo lo que pueda para perderte.




Yo no puedo impedirme a mí mismo el atormentar a los hombres en mi orgullo infame, que a pesar mío es necesario que satisfaga. Nosotros somos perros rabiosos y no podemos impedirnos el lanzar a los hombres al mal, es más fuerte que nosotros.




Considera al animal más grande que existe en el mar, la ballena, supón que unas moscas quieren pegarse a su cuerpo, he aquí lo que somos nosotros en relación al poder de tu Dios




Nosotros no tenemos nada más que hacer; hacemos todo lo que queremos, los hombres son nuestros, nosotros los conducimos como un pastor que conduce a los rebaños, e incluso ellos corren como locos detrás de los demonios, tan materialistas son.




Sobre 52 personas que se conviertan del vicio de impureza, solamente 3 se convierten del pecado de orgullo [por 52 personas que dejarán de cometer pecados sexuales, sólo tres dejarán de cometer pecados de orgullo.]




Nosotros acabamos por perder las almas haciendo que se realicen malas primeras comuniones.




¡Querría ser aniquilado, estoy lleno de orgullo! Soy el infernal Isacarón, el demonio de la impudicia.
Él explica con que alegría y que jovialidad seduce a las almas; entonces él produjo sobre la cara del poseso una sonrisa de malicia infernal.
Aquí, dice, he aquí una jovencita simple y cándida, yo dirijo a su familia un joven que tiene un aspecto bueno, afable, que se hace el devoto: es un hipócrita, él la seduce y yo triunfo.




En otra circunstancia, el demonio clamaba contra las seducciones del mundo; gemía de rabia y de desesperación, porque estaba obligado a hablar contra sí mismo, después, moviendo los ojos del poseso, vociferó: "¡A Santa Magdalena, yo creía que realmente la perdería!" y hoy es una gran santa". Él explica como es necesario alejarse del mundo y añadió: "estos son dardos que lanzo contra mí mismo".


Y añadió que el texto de esta posesión también sería propagado.




Un día Isacarón profería execrables blasfemias contra Dios, la Santa Virgen, San José y los santos ángeles, y decía cosas infames que sólo el infierno puede vomitar; entonces alguien le habló de la eternidad. Él vociferó:


"¡Oh eternidad!" "¡Oh, terrorífica cosa!"


Pronunciaba esta palabra, eternidad, de manera que parecía helarse de terror. De golpe, se inyectaba de una rabia espantosa exigiendo el aniquilamiento de su ser con una enegía asombrosa y una gran vehemencia de lenguaje; él decía entre otras palabras: "¡que Dios, la santa Virgen, san José, los santos ángeles, y todos los santos que están en el cielo, que Satán y sus legiones, todo el infierno desencadenado, todos los hombres, todos los seres creados, todo lo que tiene vida se lige contra mí, Isacarón, para aniquilarme, que todo lo que tenga vida me maldiga!" Rugía como un león furioso, era espantoso oírlo. Después, gritaba con un gesto imponente: "Mortales que me escucháis, aprovechad esta enseñanza: es vuestro Dios quien me fuerza a decir que esta advertencia es más fuerte que la de ayer y debería evitaros incluso la sombra del pecado."


Enseguida el demonio dice:


"he merecido mi suerte, si supiese que alguien quisiera apiadarse de mí, querría poder devorarlo; quiero lamentarme, pero no quiero que se lamente nadie por mí."


En otra ocasión, dice:
"yo no tengo el arrepentimiento de haberme rebelado contra Dios, pero sí tengo el arrepentimiento de haber sido expulsado del Cielo."




Lo que me causa desolación es pensar que el fin de los tiempos se aproxima y que ya no podremos hacer el mal ni perder a las almas: el abismo será vuelto a cerrar sobre nosotros. Ahora nosotros tenemos una cierta libertad, Satán está desde hace un cierto tiempo sobre la Tierra, él será pronto encadenado. Desde que ha sido desencadenado, la Tierra ha cambiado de aspecto; se blasfema el nombre del Señor, el santo día del domingo es profanado, el desorden es terrorífico, la impiedad aumenta todos los días. El mal es mucho más grande de lo que se piensa: no se puede hacer ni una idea de ello desde que Satanás está sobre la Tierra, y él está aquí desde el 26 de enero de 1846.




Que la Iglesia se fortifique por la paz, que se defienda por la unidad, que se una por la caridad.
En el fin de los tiempos habrá toda clase de signos: la cruz debe aparecer en los aires; la cruz será plantada por todas partes; nosotros los demonios seremos eliminados por un tiempo de la faz de la Tierra; yo no conozco su duración, pero entonces los hombres serán felices.




Si meditáis bien sobre la vida de vuestro Salvador, y sobre la de su santa Madre, yo os propongo el desafío de buscarle a Dios la más ligera falta. He aquí lo que el gran Maestro me ordena deciros.




Tu arzobispo de París (Mgr Affre) es un santo, él practicaba la virtud y hacía penitencia en secreto, está en el cielo, es un modelo, es un gran santo, ha muerto mártir de la caridad: su alma no ha estado en el purgatorio: ha subido derecha al cielo.




El demonio dice también algunas palabras sobre las grandes cualidades de San Luis  Hablaba de su caridad, y de las virtudes que practicaba en la Tierra lavando los pies a los pobres y dándoles limosna incluso dentro de su palacio, después de haberlos servido a la mesa con sus propias manos.




Isacarón siendo forzado a trabajar contra él mismo, vociferaba: "¡es una crueldad para un esclavo flagelarse él mismo!" y añadía con cólera: "¡Oh Gran Señor, tú no quieres destruirme, si yo tuviera el poder, te destruiría!"




El buen Dios testimonia una gran bondad hacia los hombres enviando infames demonios sobre la tierra para advertirlos.






Los apóstoles vinieron a decir a su Salvador: Maestro, hemos encontrado un hombre que no es de los nuestros y que expulsa a los demonios en tu nombre, ¿es necesario impedírselo? No, dice Jesús, dejadlo hacer: aquel que que está conmigo no puede estar contra mí.
Jesús dice a sus apóstoles y a sus discípulos: "id por toda la Tierra, enseñad a las naciones, bautizadlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los que crean serán salvados, los que no crean serán condenados. He aquí los milagros que harán los que crean: ellos expulsarán los demonios en mi nombre..."




Santa Solange, hija de un viticultor de Berry -Francia- tenía un gran poder sobre los espíritus del infierno, por su sola presencia ella liberaba a los poseídos.
Idem con Santa Genoveva, la virgen de Nanterre, que liberó así a los posesos en Tours y en Troyes.




San Ulrich rehusó un día, por humildad, exorcizar a una mujer que estaba posesa, pero una vez que rezó por ella, fue sanada.




El concilio de Laodicea ordena que nadie exorcice a los demonios en las casas o en las iglesias, antes de haber sido consagrado por el obispo; y el séptimo canon del cuarto concilio de Cartago decreta que el exorcista recibirá de las manos del obispo un libro donde se contendrán los exorcismos, y que el obispo, al dárselos, le dirá: "coged este libro y grabadlo bien en vuestra memoria, y recibe el poder de imponer las manos sobre los poseídos o los catecúmenos." Ver el ritual romano de 1816.


"El clero no se ocupa ya de las personas que están afligidas por las posesiones y las obsesiones; demasiados sacerdotes son más ignorantes que los niños sobre esta situación sobrenatural; están en una ceguera terrible, hasta el punto de impedir a las personas creer sobre lo sobrenatural diabólico, a pesar de que los demonios, por la boca de los posesos, les hayan dado pruebas numerosas y de diversas maneras."




El demonio "cerilla de impureza", querubín, se hizo conocer por primera vez en Loudun [Localidad de Francia en la que tuvo lugar un larguísimo y famoso exorcismo masivo que afectó a las monjas de un convento].


La ciencia no sirve demasiado a menudo más que para la pérdida del hombre, antes se vivía para Dios, hoy se vive para el mundo.




¡Maldito sea Satán, cuyo orgullo nos perdió! ¡Malditos sean los hombres! ¡Yo maldigo todo, sí, yo me maldigo a mí mismo! ¡maldita sea la eternidad! ¡oh! ¡la eternidad! ¡la eternidad! ¡la execrable eternidad! ¡Oh! ¡Eternidad! ¡Eternidad! ¡Eternidad! ¡Nuestro más cruel tormento!
Oh mortales que me escucháis, profería el demonio con una voz doliente, aprovechad estos avisos, humillaos delante de vuestro Dios, practicad la más sublime virtud: la santa humildad; sí, ponedla en práctica y ganaréis el Paraíso.




Se hacen fracasar muchas conversiones. He revelado los pecados a una cantidad de personas, sus confesores son la causa de que ellos no crean en mi misión impidiéndoles creer en esta posesión.




Cuando he dicho a los sacerdotes que dejen de trabajar el domingo y profanar la Sangre del Soberano Maestro, no han querido tenerlo en cuenta.




Nosotros los demonios, no podemos dejar a los hombres en paz. Incluso cuando vuestro Dios os aflige, oh buenas almas, estáis contentas, estáis en paz.




Un orgulloso se aflige de cualquier pequeña cosa que ataque su orgullo: no puede dormir; pero aquél que es humilde acepta todo pacientemente, se humilla en todas las cosas ante Dios.




¡Habitantes de la Tierra! Vosotros no tenéis más que una cosa que temer: el pecado. El hambre, la sed, la muerte, no son nada, ¡sólo el pecado es terrible! Desde que estoy en el cuerpo de este viejo, los consejos que estoy obligado a dar no han sido nunca malos.




Prefiero tener en mis garras a un sacerdote que a seis mil laicos, al perderse, él pierde a los otros.




Es necesario que tengáis una gran confianza hacia vuestro Dios, la santa Virgen, y san José, del cual el culto será universal.
Dios no rehusó a san José ninguna de todas las gracias que él pidió, pero él las pidió todas por las manos de la Madre de Dios, el canal de gracia y de bendición. Y él obtuvo tanta gracia como la excelente Virgen María. Permaneced siempre bajo la buena protección de María, de José y de los santos ángeles, y obtendréis el paraíso.




Sobre las cuestiones de liturgia y el culto divino, el demonio vociferó: "¡cuán necesarias eran esas alabanzas!" "¡Que agradables son para Dios!"


Esta posesión es la más extraordinaria que nunca haya existido, el poseído ha sufrido ya dos inmolaciones: la primera por su estancia en el hospital psiquiátrico y la segunda es una enfermedad que yo le he dado, una enfermedad diabólica.


Tu harás bien en hacer rezar por el poseso, ya has sido advertido; te diría muchas cosas porque has hecho rezar por el poseso y Dios te lo recompensará mucho más de lo que crees: tendrás parte en todas las oraciones que harás hacer y las personas que recen, sus oraciones serán mucho más meritorias que si ellas rezasen por ellas mismas.
Dios recompensa hasta un vaso de agua que se da en Su nombre; Él tiene en cuenta hasta un pensamiento, un deseo de hacer el bien, incluso cuando no se pueda llevar a cabo. No dudes de esto.


Yo no quiero decir nada a "x", yo no quiero decirle nada más, él sacará demasiado provecho de todo lo que le diré. Habría preferido que no viniese más aquí, si hubiera podido romperle los brazos y las piernas, lo habría hecho de muy buena gana.




Un día, el demonio tomó aparte a la persona que escribió por primera vez estas notas: "querría romperte los brazos y las piernas, si hubiera podido, esto te prueba la fuerza de vuestro Dios y nuestra debilidad, si yo pudiera impedirte escribir, incluso te rompería los dedos.




El demonio explicó que el cristiano no debe enorgullecerse de nada, sino de atribuírselo todo a Dios. Él demostrará perfectamente que nosotros debemos atribuírselo todo a Dios; nosotros no podemos hacer nada bueno por nosotros mismos; que los dones, las gracias que Él nos hace son Su obra, no nuestra; que nosotros no podemos nada sin Él; que nosotros Le debemos todo, porque nosotros somos Sus criaturas.
"Manteneos fuertemente unidos a María, esta poderosa Reina del Cielo que es el terror de los demonios, y no pereceréis. Invocad a menudo a san Jose, él está por encima de los querubines y los serafines, tiene un gran poder.




¡Qué bondadoso es vuestro Dios! ¡Cuántas atenciones tiene por vosotros! ¡Cuánto os ama vuestro Dios, cuya bondad es infinita y que hace predicar la verdad por infames demonios para atraer a los hombres hacia Él!


¡El mal es monstruoso, está en su máximo apogeo, nunca ha sido tan grande! ¡Qué numerosos son los malos cristianos, así como los nuevos fariseos! Nos aproximamos al fin de los tiempos, y si se ha observado bien, se habrán ya detectado los signos precursores. Humillaos y haced penitencia, sino pereceréis todos, ha dicho vuestro Salvador, tened una gran contrición de vuestras faltas pues el pecado es extremadamente terrible porque ofende a un Dios tan inmenso. La ofensa está en relación al Poder contra el cual se comete, y entonces uno se convierte en un gran criminal. Rezad al pie de la cruz de vuestro divino Salvador, que no es más que amor por los hombres.




Yo, demonio, cuando estoy en toda mi rabia, en todas mis furias, cuando se me pone un pequeño niño en los brazos, aún así estoy obligado a calmarme en presencia de la inocencia y a respetar a las personas devotas a Dios. Los impíos creen que nos dan placer pecando o dándose la gloria de ser pecadores. ¡Infelices! No sospechan que desde ese momento nosotros nos convertimos en sus más crueles enemigos; y nosotros nos contenemos para demostrárselo después en el infierno, ¡pues nos volvemos para sus almas como tigres deseosos de devorarlos!




Algunas veces, el demonio conducía al poseído por los bosques y lo desnudaba, allí le hacía cortar ramas de los árboles para hacer esculturas con las ramas. No fue permitido que nadie lo encontrase en esta situación impúdica.




A menudo el demonio obligaba a su poseso a ayunar o le hacía comer comida que no sería tirada ni a los perros. A menudo se jactaba de las tribulaciones que hacía soportar al poseso: "le he hecho comer una buena sopa al poseso, era una sopa hecha hacía mucho tiempo, tenía la espuma de la podredumbre encima, y le hice poner un poco de vinagre dentro. He aquí una receta de Isacarón."




San José ha sido concebido sin pecado, y ha subido al cielo en cuerpo y alma; san José tiene la segunda plaza (entre las criaturas). Él está al lado de María y por encima de los serafines".
Después el demonio pronunció esta salutación en honor de san José: 


"Yo os saludo José,
lleno de gracias,
Jesús y María están contigo;
Vos sois bendito entre todos los hombres
y Jesús, el fruto único de las entrañas de la Santísima Virgen María, es bendito."




Hay 20 personas poseídas en Perpiñan, esta ciudad es muy mala, nosotros, los demonos de impureza, gobernamos en parte la ciudad y no solamente la ciudad, sino también la diócesis. Ésta es la verdad.




A su pesar, el poder de Dios hace hablar al demonio como un apóstol de la Verdad.


(cf. "Yo soy... la Verdad y la vida")




Digo en nombre del Soberano Maestro que el espiritismo es todo diabólico. Que está hecho para perder al género humano; es una gran innovación de los demonios para perder a los hombres, yo estoy obligado a trabajar para su destrucción.




Isacarón hizo unas reflexiones muy remarcables sobre la humildad, la caridad y la contrición que un cristiano debe tener de sus faltas, después añadió: "siguiendo estos consejos se podría evitar ir al purgatorio". El demonio vociferó contra la manera en que se está dentro de las iglesias y habló en estos términos: "se diría que los fieles asisten como si no tuviesen nada que pedir; permanecen con la frente alta con una postura hipócrita, farisea, en lugar de humillarse y posternarse ante Dios.




Sed diligentes en las ocasiones de hacer todo lo que esté bien. Si tenéis un pensamiento bueno, es porque procede de Dios: ejecutadlo enseguida; si queréis hacer una limosna, hacedla enseguida, no digáis  "es demasiado, no debería dar tanto". Todos vuestros buenos pensamientos vienen de Dios, vosotros no podéis nada por vosotros mismos.




El orgullo es una bestia feroz que no se puede aplacar; es como un perro rabioso que está forzado a morder. Y cuando las personas que quieren consagrarse a Dios entran en esta vía, hacemos todo para perderlas.




En una circunstancia, Isacarón sonrió diabólicamente, de una forma imposible de describir, como al recordar una falta que él había querido hacer cometer; continuó su sonrisa infernal durante mucho tiempo y clamaba: "el bien me horroriza, yo me deleito en el mal."




"Los ángeles fieles desean más vuestra salvación que nosotros los demonios vuestra perdición. El que quiere recibir mucha gracia debe ser humilde y rezar a san José, los santos ángeles... No se puede hacer una idea de las ventajas que le reportará: progresará en la virtud".




El demonio atormenta al poseso y le impide rezar y decir el rosario.




Todas las distracciones que tenéis sea estando en la iglesia, sea en vuestras oraciones, proceden de los demonios, nos ponemos rabiosos cuando os vemos hacer el bien. Cuando ya habéis salido de la iglesia, os dejamos tranquilos.




Se le decía: "tu no puedes nada contra Dios".
Él respondía: "tengo más poderes de los que imaginas".




Los padres y madres responderán de sus hijos, alma por alma, y no podrán salvarse si éstos se pierden por culpa de su padre y madre.




¡Infeliz de mí! que los demonios, que todos los tormentos de los condenados caigan sobre mí, a fin de aniquilarme. Que todos los sufrimientos de las criaturas caigan sobre mí a la vez. ¡Que todas las criaturas del Creador me maldigan! ¡Que sea maldito Belcebú y todas sus sucias criaturas  Que por el poder de Dios, que me extinga al instante a los pies del poseso y a los vuestros. ¡Vosotros no podéis comprender que sufro más de sesenta veces de lo que sufriría en el infierno! Es María quien me ha hecho venir. ¡Malditos sean los diablos y los imitadores de los demonios!




El confesor del poseso le dió permiso para hacer disciplinas dos días seguidos, el demonio confesó que había sido muy humillado por ello.




En conciencia, se debe testimoniar la verdad cuando existen pruebas y ninguna autoridad tiene el poder de impedirlo; esto es válido para las pruebas de la posesión. Dios lo quiere. Estas cosas son dichas en nombre del Soberano Maestro.
No es necesario asustarse de los dichos de los hombres, sino imitar a su Dios que no dejará sin recompensa ni la más pequeña cosa hecha a uno de los Suyos. Cuando falta la caridad hacia el prójimo, uno se vuelve culpable.




No hay golpe tan fatal como la humildad de vuestro Salvador; cuando el poseso quiere meditar sobre este tema, me destroza, me hace sufrir horriblemente. Cuando reza por sus enemigos, me destroza, me martiriza.




De ordinario el demonio no quería decir nada sin que algunos testigos estuviesen presentes


"Soy yo, decía, que estoy forzado a hacer venir a los testigos, no obstante de lo malvado que soy. Mi Señor no es un maestrillo, es el Señor de los señores, el Grande entre los grandes, Aquél que lo es todo."
Los demonios de orgullo son los más fuertes y los más temibles: se deslizan de una manera imperceptible, poneos en guardia contra ellos.




¡Infelices los falsos devotos! ¡Infelices los ateos! ¡Pobres de todos aquellos que pertenecen a las sectas y que permanecen extraños a la santa religión, oh Eterno y Todopoderoso!


¡Infame Satán! Estos son rayos contra ti y contra todos tus infames demonios de orgullo: eres tú quien ha inventado todas estas falsas doctrinas; tú te haces servir de tus hijos, que has llenado con tu maldito orgullo, para seducir a la mayor parte del universo; pero bien pronto vas a ser confundido por el Eterno, el Todopoderoso; ¡lo veo encolerizado de una manera terrible! Estás humillada, oh grande e infame bestia.




El hombre de perdición está en tu poder: harás actuar a ese gran loco dándole una parte de tu poder, que le será bien pronto retirado; ¡seductor abominable! ¿Qué vas a hacer, maldito Anticristo? ¿Vas pues a trabajar para la perdición de los otros? ¡Y en recompensa serás colocado al lado del rey del infierno! ¡Oh! ¡Qué bello lugar! ¡Abominable loco!




Benditos aquellos que te permanezcan fieles, oh Jesucristo, verdadero Dios y por consiguiente, verdadero y único Cristo, verdadero Hijo de Dios, creador de todas las cosas, verdadero redentor de los hombres.
Tú quieres que todas las naciones sean iluminadas por Ti, Soberano Maestro. Tú quieres que tu Santísima Cruz sea plantada en medio de todas las naciones. A la nación judía la vas a iluminar bien pronto; ya le has hecho aparecer algunas trazas de luz, mientras que espesas tinieblas rodean a muchos infelices católicos, porque están conducidos por nuevos fariseos.
¡Malditos vosotros, nuevos fariseos, si no cambiáis de conducta!


Ved como uno de vuestros seductores es forzado a gritar contra vosotros, soy yo Isacarón, el cerdo infernal.
Y tu maldito Belcebú, estoy forzado por el Gran Maestro a atacarte con fuerza, ¡maldito príncipe de los demonios de avaricia! Porque estoy asociado contigo para perder a los hombres, sabes que el Todopoderoso quiere que nuestro infame imperio caiga en la ruina. ¡Malditos aquellos que hacen pactos contigo! Malditos por consiguiente los magos y magas, que nosotros seducimos de una manera horrible.
Oh Gran Maestro me has hecho ya gritar contra el espiritismo, me has hecho combatirlo con fuerza, me has hecho probar que es diabólico y todo eso delante de un gran número de personas. Quieres oh Todopoderoso que el espiritismo sea abolido. Lo que es horrible a tus ojos es que existan sacerdotes, tan cegados por nosotros, espíritus infernales, que hacen este detestable oficio (espiritista) y dejan creer al pueblo que no hay ningún mal en él. También hay gente que se hace sanar por el diablo que posee al medium. Yo declaro pues con fuerza que el espiritismo es una invención del diablo.


¡Oh Soberano Maestro, ellos te han abandonado para seguirnos! ¿qué habéis hecho malditos? ¡Habéis abandonado al Maestro cuya bondad es infinita, para daros a nosotros, malditos esclavos! Estáis terriblemente locos, nosotros no tenemos más que tormentos inconcebibles para ofreceros, una pestilencia espantosa.
¿No veis que somos los ejecutores de las venganzas divinas? ¿Pero a quien estoy hablando, yo, Isacarón, maldito cerdo infernal? Hablo a aquellos que el infame Satán tiene marcados, a esos orgullosos incrédulos que se parecen de alguna manera a aquél que los posee de una manera invisible, y sin duda de buena gana.




¡Maldito Satán tú no te has perdido solo, tú eres la causa de que un tercio de los ángeles se haya condenado por haberte obedecido! ¡Maldita bestia! Esos que tú gobiernas tampoco se pierden solos, ellos arrastran una parte considerable de pobres infelices con ellos. ¡Apartaos malditos! En nombre del Soberano Maestro, no devoréis por más tiempo a los pobres corderos que os son confiados, pedid al Soberano Médico la cura de la peste de la que estáis contagiados; arrojad a los pies el orgullo del cual Satán os nutre, mirad la imagen de vuestro Soberano Redentor, humillaos a Sus pies y bien pronto Satán se llevará el veneno con el que os nutre a vosotros.




Dios permite el mal para el bien espiritual de los hombres, para hacerlos volver hacia sí mismos en introspección de forma que así puedan volver a Él. No es un mal signo cuando Dios envía males. En Su misericordia, entonces Él hace ver que es necesario unirse perfectamente a Él y reflexionar en estas palabras: "no os inquietéis por el alimento, ni por el vestido: buscad el reino de Dios y el resto os será dado por añadidura". Vosotros todo esto lo veis muy bien por todas las personas que Dios aflige para hacer que ganen muchos más méritos. En cuanto a esos que viven en las riquezas y las delicias, es a menudo un mal signo.






Es María quien me fuerza a haceros ver la nulidad de las cosas de este mundo. No olvidéis jamás que las cruces son preferibles a todos los honores y a todas las ventajas. ¿Por qué pues preferir su pérdida a su felicidad? La felicidad no está aquí abajo, es necesario por consiguiente buscar la felicidad en Dios, aquél que posee a Dios, posee el tesoro de los tesoros, el bien de todos los bienes. Aquél que posee a Dios, posee todo. ¡Qué insensatos son los hombres!
Es nescesario consolaros y uniros con fuerza a María: ella os obtendrá grandes gracias.
Es necesario tomar por protector a san José, y tener una gran devoción a los santos ángeles.




A propósito del libro del padre Franchi "Tratado del amor del desprecio de sí mismo" superior de los filipenses de Florencia, Italia:


"No busques leer este libro. Este libro no puede llevarme..."




¡Sin humildad, no hay Dios, sino un amo inexorable y terrible! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos los orgullosos! ¡Maldito yo, Isacarón! Es el orgullo, la ingratitud y la desobediencia los que me han hecho caer de querubín, un cerdo horrible: transformación vergonzosa, transformación abominable, que hace..."


(El demonio hablaba demasiado rápido, las notas fueron imposibles)