San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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jueves, 27 de diciembre de 2018

En el Infierno las almas se acusan especialmente de los pecados de impureza



Detalle del Juicio Final en la Catedral de Florencia


“Mientras estaba en aquel abismo, he visto precipitarse personas impuras y no se pueden decir ni comprender los horrendos rugidos que salían de sus bocas: “¡Maldición eterna! ¡Me he engañado! ¡Estoy perdida! ¡Permaneceré aquí para siempre! ¡Para siempre! ¡Para siempre! ¡Y ya no hay más remedio… maldita de mí!”. Una jovencita gritaba desesperadamente, imprecando contra las malas satisfacciones que había concedido en vida a su cuerpo y maldecía a sus padres que le habían dado demasiada libertad en el seguir la moda y las diversiones mundanas. Estaba condenada desde hacía tres meses”.
(Sor Josefa Menéndez)

martes, 7 de julio de 2015

SOBRE LAS CUATRO PRINCIPALES PUERTAS DEL INFIERNO (La cuarta puerta: La impureza) – Por San Alfonso María de Ligorio


La Cuarta Puerta del Infierno: la Impureza
(San Alfonso María de Ligorio)


Ésta es la puerta por la cual entra el mayor número de pecadores.

   Los impúdicos consideran que Dios tendrá piedad de este pecado, porque sabe que somos de carne. ¡Y qué! ¿Dios tiene compasión de este pecado? Más se lee en la Escritura que por este pecado envió Dios sobre la Tierra las más espantosas catástrofes. Observa San Jerónimo que leemos haberse Dios arrepentido de haber criado al hombre, en especial por el pecado de la carne. (Gen. 6.) Dios no ha castigado pecado alguno, ni aun sobre la Tierra, con tanto rigor como el de la impureza, dice Eusebio. (Ep. Ad dam.) En castigo de este pecado hizo caer fuego del cielo sobre cinco ciudades, y permitió que pereciesen en las llamas todos sus habitantes. Por causa de este pecado, principalmente, el diluvio universal destruyó todo el género humano, a excepción de la familia de Noé. Este es un vicio que ya castiga Dios a menudo en este mundo de una manera terrible.

   Ya que tú has querido olvidarme, dice el Señor, y me has abandonado por un miserable placer, quiero que aun en esta vida sufras la pena de tus crímenes.

   Dios ¿tiene compasión de este pecado? Atended que este delito es el que arrastra mayor número de almas al Infierno. Asegura San Remigio que la mayor parte de los condenados lo son por causa de este pecado. Del mismo sentir es el P Señeri, siguiendo a San Bernardo (T. 4, Serm. 21) y a San Isidoro  (L. 2, sent, c. 39). Santo Tomás dice que este pecado es muy agradable al demonio, porque, el que cae en este muladar del Infierno, queda pegado en él y no puede casi levantarse. Este vicio quita hasta la luz, y el pecador queda tan ciego, que casi llega a olvidarse de Dios, dice San Lorenzo Justiniano. (De lib. vit.f Os, v, 4.) Desconoce a Dios, no obedece ya ni a Dios ni a la razón; sólo obedece a la voz de los sentidos, que le arrastra a obrar como un bruto.

   Casi siempre los hábitos criminales se conservan hasta la muerte. Hállanse hombres de edad madura, viejos decrépitos, que tienen los mismos pensamientos y cometen los mismos pecados que cometían en su juventud. Así es cómo sus faltas se multiplican, y vienen a ser innumerables. Preguntad a este desdichado cuántas veces ha consentido en los malos pensamientos, y os contestará: ¿quién puede acordarse de ellos? Más si vos no sabéis el número de vuestros pecados, ya los sabe Dios, y no ignoráis vosotros que un solo pecado de mal pensamiento basta para precipitaros en el Infierno. ¿Qué será, pues, por tantas torpezas en las que se están revolcando estos desgraciados, como animales inmundos? ¡Oh espantoso pecado, cuántas almas precipitas en los Infiernos!
   Mas, Padre mío, ¿cómo hacerlo para resistir a tantas tentaciones? ¡Ah, yo soy muy débil!—Si sois débil, ¿por qué no os encomendáis a Dios y a la Santísima Virgen, que es la Madre de la pureza? ¿Para qué exponeros a las tentaciones? ¿Por qué no mortificáis vuestros ojos? ¿Por qué miráis objetos que excitan las tentaciones? ¿Por qué os abandonáis sin reserva al mal y a todas sus consecuencias, pues que la impureza conduce con frecuencia d otros pecados, como son los odios, los robos, y, sobre todo, las confesiones y las comuniones sacrílegas, o por efecto de reticencias o por defecto de contrición?

   Si sois culpable de este pecado a no quiero arrancaros toda esperanza: salid, empero luego, de este estado infernal, ahora que Dios os ilumina y os tiende la mano para ayudaros. Huid desde este momento las ocasiones: sin esto, todo está perdido; los juramentos, las lágrimas, los propósitos, no sirven de nada. Quitad las ocasiones; encomendaos en seguida a Dios y a María, que es la Madre de la pureza. Cuando seáis tentado, no os entretengáis con la tentación: nombrad, invocad al instante a Jesús y a María. Sus Nombres sagrados ahuyentan el demonio, y apagan estos ardores infernales. Si el demonio no cesa de tentaros, continuad invocando a Jesús y a María, y a buen seguro que no sucumbiréis. Para arrancar de raíz este hábito, haced alguna práctica especial de piedad dirigida a María, rogadle con confianza. Por la mañana, al levantaros, rezad con fervor la oración angélica en honor de su pureza; haced lo propio al acostaros, y, sobre todo, penetraos bien de esta verdad: que si rehusáis actualmente la gracia de Dios y os obstináis en vuestro pecado, tal vez ¡ay! no os corregiréis de él jamás.

(Acto de dolor)

domingo, 10 de febrero de 2013

San Juan Bosco es llevado al infierno

En uno de sus sueños proféticos, San Juan Bosco es llevado al infierno. Allí ve, con asombro, a muchos de los jóvenes de su Oratorio. El guía que le lleva, le dice que las faltas contra el Sexto Mandamiento, son la mayor causa de condenación en el infierno. Le dice además que debe predicar contra la inmodestia, y que Dios no deja de conceder la gracia de la pureza a quien la pide de todo corazón. El guía advierte a San Juan Bosco que debe decirles que sus muchachos deben "cambiar de vida", es decir, deben "convertirse". Otra causa frecuente de condenación es el amor desordenado a las riquezas materiales, además de la gula y el ocio, lo cual hace faltar a la piedad y a la mansedumbre.


Película sobre uno de los sueños de San Juan Bosco sobre el infierno









domingo, 27 de enero de 2013

San Juan Bosco y el sueño de la Bestia que lleva jóvenes al infierno con el pecado de impureza


Sueños de San Juan Bosco: el Ataque de la Bestia, 1863

Don Bosco sueña con el ataque de un elefante a los alumnos, y aparece la Virgen gritando “venid a mi” y muchos jóvenes iban al amparo de aquel manto, que se extendía cada vez más y más. Los primeros en acudir a tal refugio fueron los jóvenes más buenos.
 
 Y luego dice: “Vosotros que habéis escuchado mi voz y han escapado de los estragos del demonio, han visto y podido observar a sus compañeros pervertidos…”
No habiendo podido dar [San] Juan Don Bosco el aguinaldo el ultimo día del año a todos ¡os alumnos, por no encontrarse en casa, al regresar de Borgo Cornalese, el día cuatro de enero, que era domingo, les prometió que se lo daría en la noche de la fiesta de la Epifanía.
Era, pues, el 6 de enero de 1863 y todos los jóvenes, artesanos y estudiantes, reunidos en el mismo lugar, esperaban con ansiedad el suspirado aguinaldo.
Rezadas las oraciones, el buen padre subió a su tribuna y comenzó a decir así:
«Esta es la noche del aguinaldo. Todos los años cuando se aproximan las fiestas de Navidad suelo dirigir al Señor oraciones especiales, para que me inspire algún aguinaldo, que pueda servir para vuestro bien espiritual.
Pero este año he redoblado mis súplicas, puesto que el número de los jóvenes que me escuchan es mucho mayor. Pasó, sin embargo, el último día del año, llegó el jueves, el viernes y… nada de nuevo. En la noche del viernes fui a acostarme, cansado de las fatigas del día, pero no pude pegar un ojo en toda ella, de forma que por la mañana me encontraba medio muerto de cansancio. No perdí la serenidad por eso, antes bien, me alegré, pues sabía que cuando el Señor me va a manifestar algo, suelo pasar muy mal la noche precedente.
Continué mis ocupaciones en Borgo Cornalese y en la noche del sábado llegué entre vosotros. Después de confesar me fui a dormir, y debido al cansancio motivado por las pláticas y por las confesiones de Borgo y por lo poquísimo que había descansado las noches precedentes, me quedé dormido. Y aquí comienza el sueño que me ha de servir para daros el aguinaldo.
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Mis queridos jóvenes: Soñé que era día festivo, la hora del recreo después del almuerzo y que se divertían de mil maneras. Me pareció encontrarme en mi habitación con el caballero Vallauri, profesor de bellas letras. Habíamos hablado de algunos temas literarios y de otras cosas relacionadas con la religión; de pronto oigo a la puerta el tac-tac de alguien que llama.
Corro a abrir; era mi madre, muerta hacía seis años, que me dice asustada:
—Ven a ver, ven a ver.
—¿Qué hay?, —le pregunté—.
Sin más me condujo al balcón y he aquí que veo en el patio en medio de los jóvenes un elefante de colosal tamaño.
—Pero ¿cómo puede ser eso?, —exclamé—. ¡Vamos, vamos!
Y lleno de pavor miraba al caballero Vallauri y éste a mí como si nos preguntásemos la causa de la presencia de aquella bestia descomunal en medio de los muchachos. Sin pérdida de tiempo bajamos los tres al patio.
Muchos de Vosotros, como es natural, se habían acercado a ver al elefante. Este parecía de índole dócil; se divertía correteando con los jóvenes; los acariciaba con la trompa; era tan inteligente, que obedecía los mandatos de sus pequeños amigos como si hubiera sido amaestrado y domesticado en el Oratorio desde sus primeros años, de forma que numerosos jóvenes le acariciaban con toda confianza y le seguían por doquier. Mas no todos estaban alrededor de aquella bestia. Pronto vi que la mayor parte huían asustados de una parte a otra buscando un lugar de refugio, y que al fin entraban en la iglesia.
Yo también intenté penetrar en ella por la puerta que comunica con el patio, pero al pasar junto a la estatua de la Virgen, colocada cerca de la bomba, toqué la extremidad del manto de Nuestra Señora como para invocar su patrocinio, y entonces Ella levantó el brazo derecho. Vallauri quiso imitarme haciendo lo mismo por la otra parte y la Virgen levantó el brazo izquierdo.
Yo estaba sorprendido sin saber explicarme un hecho tan extraño.
Llegó entretanto la hora de las funciones sagradas y Vosotros se dirigieron todos a la iglesia. También yo entré en ella y vi al elefante de pie al fondo del templo cerca de la puerta.
Se cantaron las Vísperas y después de la plática me dirigí al altar acompañado de Don Alasonatti y de Don Savio para dar la bendición con el Santísimo Sacramento. Pero en el momento solemne en el que todos estaban profundamente inclinados para adorar al Santo de los Santos, vi, siempre al fondo de la iglesia en el centro del pasillo, entre las dos hileras de los bancos, al elefante arrodillado e inclinado, pero en sentido inverso, esto es, con la trompa y los colmillos vueltos en dirección a la puerta principal.
Terminada la función, quise salir inmediatamente al patio para ver lo que sucedía; pero como tuve que atender en la sacristía a alguien que me quería comunicar una noticia, hube de detenerme un poco.
Mas he aquí que poco después me encuentro bajo los pórticos mientras ustedes reanudaban en el patio sus juegos. El elefante, al salir de la iglesia, se dirigió al segundo patio, alrededor del cual están los edificios en obra. Tengan presente esta circunstancia, pues en aquel patio tuvo lugar la escena desagradable que voy a contarles seguidamente.
De pronto vi aparecer allá al final del patio un estandarte en el que se veía escrito, con caracteres cubitales: Sancta María, succurre míseris. Los jóvenes formaban detrás procesionalmente. Cuando de repente y sin que nadie lo esperara, vi al elefante que al principio parecía tan manso, arrojarse contra los circunstantes dando furiosos mugidos y cogiendo con la trompa a los que estaban más próximos a él, los levantaba en alto, los arrojaba al suelo, pisoteándolos y haciendo un estrago horrible. Mas a pesar de ello, los que habían sido maltratados de esa manera no morían, sino que quedaban en estado de poder sanar de las heridas espantosas que les produjeran las acometidas de la bestia.
La dispersión entonces fue general: unos gritaban; otros lloraban; otros, al verse heridos pedían auxilio a los compañeros, mientras, cosa verdaderamente incalificable, algunos jóvenes a los que la bestia no había hecho daño alguno, en lugar de ayudar y socorrer a los heridos, hacían un pacto con el elefante para proporcionarle nuevas víctimas.
Mientras sucedían estas cosas (yo me encontraba en el segundo arco del pórtico junto a la bomba), aquella estatuita que ven allá ([San] Juan Don Bosco indicaba la estatua de la Santísima Virgen) se animó y aumentó de tamaño; se convirtió en una persona de elevada estatura, levantó los brazos y abrió el manto, en el cual se veían bordadas, con exquisito arte, numerosas inscripciones. El manto alcanzó tales proporciones que llegó a cubrir a todos los que acudían a guarnecerse debajo de él: allí todos se encontraban seguros. Los primeros en acudir a tal refugio fueron los jóvenes más buenos, que formaban un grupo escogido, pero al ver la Santísima Virgen que muchos no se apresuraban a acudir a Ella, les gritaba en alta voz:
—Venite ad me omnes!
Y he aquí que la muchedumbre de los jóvenes seguía afluyendo al amparo de aquel manto, que se extendía cada vez más y más.
Algunos, en cambio, en vez de acogerse a él, corrían de una parte otra, resultando heridos antes de ponerse en seguro. La Santísima Virgen, angustiada, con el rostro encendido, continuaba gritando, pero cada vez eran más raros los que acudían a Ella.
El elefante proseguía causando estragos, y algunos jóvenes, manejando una y dos espadas, situándose en una y otra parte, dificultaban a los compañeros que se encontraban en el patio, amenazándolos o impidiéndoles que acudiesen a María. A los de las espadas el elefante no les molestaba lo más mínimo.
Algunos de los muchachos que se habían refugiado cerca de la Virgen animados por Ella comenzaron a hacer frecuentes correrías; y en sus salidas conseguían arrebatar al elefante alguna presa, y trasportaban al herido bajo el manto de la estatua misteriosa, quedando los tales inmediatamente sanos. Después, los emisarios de María volvían a emprender nuevas conquistas. Varios de ellos, armados con palos, alejaban a la bestia de sus víctimas, manteniendo a raya a los cómplices de la misma. Y no cesaron en su empeño aun a costa de la propia vida, consiguiendo poner a salvo a casi todos.
El patio aparecía ya desierto. Algunos muchachos estaban tendidos en el suelo, casi muertos. Hacia una parte, junto a los pórticos, se veía una multitud de jóvenes bajo el manto de la Virgen. En otra, a cierta distancia, estaba el elefante con diez o doce muchachos que le habían ayudado en su labor destructora, esgrimiendo aún insolentemente en tono amenazador sus espadas. Cuando he aquí que el animal, irguiéndose sobre las patas posteriores, se convirtió en un horrible fantasma de largos cuernos; y tomando un amplio manto negro o una red, envolvió en ella a aquellos miserables que le habían ayudado, dando al mismo tiempo un tremendo rugido. Seguidamente los envolvió a todos en una espesa humareda y abriéndose la tierra bajo sus pies desaparecieron con el monstruo.
Al finalizar esta horrible escena miré a mi alrededor para decir algo a mi madre y al caballero Vallauri, pero no los vi.
Me volví entonces a María, deseoso de leer las inscripciones bordadas en su manto, y vi que algunas estaban tomadas literalmente de las Sagradas Escrituras, y otras un poco modificadas. Leí estas entre otras muchas:
Qui elucidant me, vitam aetemam habebunt: qui me invenerit, inveniet vitam; si quis est parvulus veniat ad me; refugium peccatorum; salus credentium; plena omnis pietatis, mansetúdinis et misericordiae. Beati qui custodiunt vias meas.
Tras la desaparición del elefante todo quedó tranquilo. La Virgen parecía como cansada por su mucho gritar. Después de un breve silencio dirigió a los jóvenes la palabra, diciéndoles bellas frases de consuelo y de esperanza; repitiendo la misma sentencia que ven bajo aquel nicho, mandadas escribir por mí: Qui elucidant me, vitam aetemam habebunt. Después dijo:
—Vosotros que habéis escuchado mi voz y han escapado de los estragos del demonio, han visto y podido observar a sus compañeros pervertidos.
¿Quieren saber cuál fue la causa de su perdición? Sunt colloquia prava: las malas conversaciones contra la pureza, las malas acciones a que se entregaron después de las conversaciones inconvenientes. Vieron también a sus compañeros armados de espadas: son los que procuran su ruina alejándolos de Mí; los que fueron la causa de la perdición de muchos de sus condiscípulos. Pero quos diutius expectat durius damnat. Aquellos a los cuales espera Dios durante más largo tiempo, son después más severamente castigados; y aquel demonio infernal, después de envolverlos en sus redes, los llevó consigo a la perdición eterna. Ahora ustedes, márchense tranquilos, pero no olviden mis palabras: Huyan de los compañeros que son amigos de Satanás; eviten las conversaciones malas, especialmente contra la pureza; pongan en Mí una ilimitada confianza, y mi manto les servirá siempre de refugio seguro.
Dichas estas y otras palabras semejantes, se esfumó y nada quedó en el lugar que antes ocupara, a excepción de nuestra querida estatuita.
Entonces vi aparecer nuevamente a mi difunta madre; otra vez se alzó el estandarte con la inscripción: Sancta María, succurre míseris. Todos los jóvenes se colocaron en orden detrás de él y así procesionalmente dispuestos, entonaron la loa: Alaba a María ¡oh, lengua fiel!
Pero pronto el canto comenzó a decaer; después desapareció todo aquel espectáculo y yo me desperté completamente bañado en sudor. Esto es cuanto soñé.
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«¡Oh hijos míos! Deduzcan ustedes mismos el aguinaldo: los que estaban bajo el manto, los que fueron arrojados por los aires, los que manejaban la espada se darán cuenta de su situación si examinan sus conciencias. Yo solamente les repetiré las palabras de la Santísima Virgen: Venite ad me, omnes, recurrid todos a Ella; en toda suerte de peligros invoquen a María, y les aseguro que serán escuchados. Por lo demás, los que fueron tan cruelmente maltratados por la bestia, hagan el propósito de huir de las malas conversaciones, de los malos compañeros; y los que pretendían alejar a los demás de María, que cambien de vida o que abandonen esta casa. Quien desee saber el lugar que ocupaba en el sueño, que venga a verme a mi habitación y yo se lo diré. Pero lo repito: los ministros de Satanás, que cambien de vida o que se marchen. ¡Buenas noches!»
Estas palabras fueron pronunciadas por [San] Juan Don Bosco con tal unción y con tal emoción, que los jóvenes, pensando en el sueño, no le dejaron en paz durante más de una semana. Por las mañanas las confesiones fueron numerosísimas y después del desayuno un buen número se entrevistó con el siervo de Dios, para preguntarle qué lugar ocupaba en el sueño misterioso.
Que no se trataba de un sueño, sino más bien de una visión, lo había afirmado indirectamente [San] Juan Don Bosco mismo, al decir: «Cuando el Señor quiere manifestarme algo, paso…, etc…. Suelo elevar a Dios especiales plegarias, para que me ilumine…»
Y después, al prohibir que se bromease sobre el tema de esta narración.
Pero aún hay más.
En esta ocasión el mismo siervo de Dios escribió en un papel los nombres de los alumnos que en el sueño había visto heridos, de los que manejaban la espada y de los que esgrimían dos; y enseñó la lista a Don Celestino Durando, encargándole de vigilarlos. Don Durando nos proporcionó dicha lista, que tenemos ante la vista, los heridos son 13, a saber: los que probablemente no se refugiaron bajo el manto de la Virgen; los que manejaban una espada eran 17; los que esgrimían dos, se reducían a tres. Una nota al lado de un nombre indica un cambio de conducta. Hemos de observar también que el sueño, como veremos más adelante, no se refería solamente al tiempo presente, sino también al futuro.
Sobre la realidad del sueño, los mismos jóvenes fueron los mejores testigos. Uno de ellos decía: «No creía que [San] Juan Don Bosco me conociese tan bien; me ha manifestado el estado de mi alma, y las tentaciones a que estoy sometido, con tal precisión, que nada podría añadir».
A otros dos jóvenes, a los cuales [San] Juan Don Bosco aseguraba haberlos visto con la espada, se les oyó exclamar: «¡Ah, sí, es cierto; hace tiempo que nos hemos dado cuenta de ello; lo sabíamos!» Y cambiaron de conducta.
Un día, después del desayuno, hablaba de su sueño y tras haber manifestado que algunos jóvenes se habían marchado y otros tendrían que hacerlo, para alejar las espadas de la casa, comenzó a comentar la astucia de los tales, como él la llamaba; y a propósito de ello refirió el siguiente hecho:
Un joven escribió hace poco tiempo a su casa endosando a las personas más dignas del Oratorio, como superiores y sacerdotes, graves calumnias e insultos. Temiendo que [San] Juan Don Bosco pudiese leer aquella carta, estudió y encontró la manera de que llegase a manos de sus parientes sin que nadie lo pudiese impedir. Después del desayuno lo llamé; se presentó en mi habitación y tras de hacerle recapacitar sobre su falta, le pregunté el motivo que le había inducido a escribir tantas mentiras. El negó descaradamente el hecho; yo le dejé hablar, después, comenzando por la primera palabra, le repetí toda la carta.
Confundido y asustado, se arrojó llorando a mis pies, diciendo:
—Entonces ¿mi carta no ha salido?
—Sí, —le respondí—; a esta hora está en tu casa; debes pensar en la reparación.
Algunos preguntaron al [Santo] cómo lo había sabido; pero [San] Juan Don Bosco respondió sonriendo con una evasiva.
He aquí lo que nos dicen las Memorias Biográficas sobre uno de los personajes que intervienen en este sueño: el caballero Vallauri:
Otro personaje celoso, defensor de los propios méritos, incapaz de admitir opiniones contrarias a las suyas, era el célebre Tomás Vallauri, doctor en Bellas letras. Pariente del difunto médico Vallauri, había conocido en el domicilio de este a [San] Juan Don Bosco.
El profesor había hecho públicas algunas ideas propias, algún juicio, sobre los autores latino-cristianos, injuriándoles al asegurar que, siendo la finalidad de los mismos la enseñanza y defensa de la religión, habían descuidado e incluso adulterado la lengua. Este artículo cayó en manos de [San] Juan Don Bosco, el cual estudió la manera de rectificar el criterio de su autor. La ocasión no se hizo esperar, habiendo venido el profesor Vallauri a visitarle, el [Santo] comenzó a hablarle en estos términos:
—Me satisface grandemente el haber llegado a conocer un escritor, cuyo nombre es famoso ya en toda Europa y que honra tanto a la Iglesia con sus obras.
Vallauri, observando la mirada bonachona de [San] Juan Don Bosco, le interrumpió diciéndole:
—¿Quiere acaso darme un zurriagazo?
—Mire, señor profesor -—continuó [San] Juan Don Bosco-—, basándome en su criterio, quiero manifestarle simplemente mi pensamiento: Vos sostenéis que ¡os autores latino-cristianos no escribieron con elegancia sus obras; mientras que a San Jerónimo se le compara por su modo de escribir con Tito Livio, a Lactancio con Cicerón y a otros con Salustio y con Tácito. [San] Juan Don Bosco no añadió más: Vallauri reflexionó un poco y después añadió:
—[San] Juan Don Bosco, tiene razón; dígame qué es lo que debo corregir; obedeceré ciegamente. Es la primera vez que someto mi juicio al de otro.
Y desde aquel día solía repetir al hablar de [San] Juan Don Bosco:
—¡Estos son los sacerdotes que me agradan! ¡Gente sincera!

viernes, 16 de noviembre de 2012

Santa María Magdalena dei Pazzi y el Purgatorio



¿CÓMO ES EL PURGATORIO?
Durante un éxtasis previo a su muerte, Santa Magdalena de Pazzi tuvo la gracia de ver y visitar el Purgatorio. Recorriendo las diversas estancias preparadas pro la Misericordia y Justicia divinas, la santa de la pureza comprendió la Santidad de Dios y la maldad del pecado. He aquí como nos describe este santo lugar.


Contaremos un suceso que aconteció a Santa Magdalena de Pazzi - una Carmelita florentina - tal como fue relatado por el Padre Cepari en la historia de la vida de la santa.
Un tiempo antes de su muerte, que tuvo lugar en 1607, la sierva de Dios, Magdalena de Pazzi, se encontraba una noche con varias religiosas en el jardín del convento, cuando entró en éxtasis y vio el Purgatorio abierto ante ella. Al mismo tiempo, como ella contó después, una voz la invitó a visitar todas las prisiones de la Justicia Divina, y a ver cuán merecedoras de compasión son esas almas allí detenidas.
En ese momento se la oyó decir: "Sí, iré". Consintió así llevar a cabo el penoso viaje. De hecho, a partir de entonces caminó durante dos horas alrededor del jardín, que era muy grande, parando de tiempo en tiempo. Cada vez que interrumpía su caminata, contemplaba atentamente los sufrimientos que le mostraban. Las religiosas vieron entonces que, compadecida, retorcía sus manos, su rostro se volvió pálido y su cuerpo se arqueó bajo el peso del sufrimiento, en presencia del terrible espectáculo al que se hallaba confrontada.
Entonces comenzó a lamentarse en voz alta, "¡Misericordia, Dios mío, misericordia! Desciende, oh Preciosa Sangre, y libera a estas almas de su prisión. ¡pobres almas! Sufren tan cruelmente, y aún así están contentas y alegres. Los calabozos de los mártires en comparación con esto eran jardines de delicias. Aunque, hay otras en mayores profundidades. Cuán feliz debo estimarme al no estar obligada a bajar hasta allí".
Sin embargo descendió después, porque se vio forzada a continuar su camino. Cuando hubo dado algunos pasos, paró aterrorizada y, suspirando profundamente, exclamó, "¡Qué! ¡Religiosos también en esta horrenda morada! ¡Buen Dios! ¡Cómo son atormentados! ¡Oh, Señor!". Ella no explicó la naturaleza de sus sufrimientos, pero el horror que manifestó en contemplarles le causaba suspiros a cada paso. Pasó de allí a lugares menos tristes. Eran los calabozos de las almas simples y de los niños que habían caído en muchas faltas por ignorancia. Sus tormentos le parecieron a la santa mucho más soportables que los anteriores. Allí sólo había hielo y fuego. Y notó que las almas tenían a sus ángeles guardianes con ellas, lo que las fortalecía enormemente en su presencia; pero vio también demonios de horribles formas que acrecentaban sus sufrimientos.
Avanzando unos pocos pasos, vio almas todavía más desafortunadas que las pasadas, y entonces se oyó su lamento, "¡Oh! Cuán horrible es este lugar; está lleno de espantosos demonios e increíbles tormentos! ¿Quiénes, oh Dios mío, son las víctimas de estas crueles torturas? Están siendo atravesadas por afiladas espadas, y son cortadas en pedazos". A esto se le respondió que eran almas cuya conducta había estado manchada por la hipocresía.
Avanzando un poquito más, vio una gran multitud de almas que eran golpeadas y aplastadas bajo una gran presión, y entendió que eran aquellas almas que habían sido impacientes y desobedientes durante sus vidas. Mientras las contemplaba, su mirada, sus suspiros, todo en su actitud estaba cargado de compasión y terror.
Un momento después su agitación aumentó, y pronunció una dolorosa exclamación. Era el calabozo de las mentiras el que se abría ante ella. Después de haberlo considerado atentamente, dijo, "Los mentirosos están confinados a este lugar en la vecindad del Infierno, y sus sufrimientos son excesivamente grandes. Plomo fundido es vertido en sus bocas; los veo quemarse, y al mismo tiempo, temblar de frío".
Luego fue a la prisión de aquellas almas que habían pecado por debilidad, y se le oyó decir: "Había pensado encontrarlas entre aquellas que pecaron por ignorancia, pero estaba equivocada: ustedes se queman en un fuego más intenso".
Más adelante, ella percibió almas que habían estado demasiado apegadas a los bienes del mundo, y habían pecado de avaricia.
"Qué ceguera", dijo, "las de aquellos que buscan ansiosamente la fortuna perecedera! Aquellos cuyas antiguas riquezas no podían saciarlos suficientemente, están ahora atracados en los tomentos. Son derretidos como el metal en un horno".
De allí pasó a un lugar donde las almas prisioneras eran las que se habían manchado de impureza. Ella las vio en tan sucio y pestilente calabozo, que la visión le produjo náuseas. Se volvió rápidamente para no ver tan horrible espectáculo.
Viendo a los ambiciosos y a los orgullosos, dijo, "Contemplo a aquellos que deseaban brillar ante los hombres; ahora están condenados a vivir en esta espantosa oscuridad".
Entonces le fueron mostradas las almas que tenían la culpa de ingratitud hacia Dios. Estas eran presa de innombrables tormentos, y se encontraban ahogadas en un lago de plomo fundido, por haber secado con su ingratitud la fuente de piedad.
Finalmente, en el último calabozo, ella vio a aquellos que no se habían dado a un vicio en particular, sino que, por falta de vigilancia apropiada sobre sí mismos, habían cometido toda clase de faltas triviales. Allí observó que estas almas tenían que compartir el castigo de todos los vicios, en un grado moderado, porque esas faltas cometidas sólo alguna vez las hacen menos culpables que aquellas que se cometen por hábito.
Después de esta última estación, la santa dejó el jardín, rogando a Dios nunca tener que volver a presenciar tan terrible espectáculo: ella sentía que no tendría fuerza para soportarlo. Su éxtasis continuó un poco más y, conversando con Jesús, se le oyó decir: "Dime, Señor, el por qué de tu designio de descubrirme esas terribles prisiones, de las cuales sabía tan poco, y comprendía aún menos... ¡Ah! Ahora entiendo; deseaste darme el conocimiento de Tu infinita santidad, para hacerme detestar más y más la menor mancha de pecado, que es tan abominable ante Tus ojos".