San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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jueves, 20 de julio de 2023

San Nicolás de Flue: "La Iglesia caerá y parecerá terminada, pero luego será exaltada victoriosamente delante de todos"

 


"La Iglesia será castigada porque la mayoría de sus miembros, superiores e inferiores, se volverán muy pervertidos. ”

La Iglesia caerá profundamente, hasta el punto de que parezca extinta, y la sucesión de Pedro y los otros apóstoles aparecerá terminada.

Pero después de eso, ella será exaltada victoriosamente delante de todos. ”

San Nicolás de Flüe

jueves, 31 de marzo de 2016

La Iglesia enseña que el Infierno existe y es eterno


Catecismo de la Iglesia Católica: 

1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12).

Fuente: http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p123a12_sp.html

lunes, 5 de agosto de 2013

Existencia del infierno



El fraile dominico francés P. Moliné, escribía…, Si se ha hecho casi imposible hablar del infierno a los cristianos, no es porque tienen miedo, sino porque no quieren tener miedo. Ya que no pueden soportar este dogma, porque no tienen confianza. Abrid el evangelio: encontraréis que habla del infierno, unas sesenta veces, veinte veces explícitamente, cuarenta veces indirectamente. Así tenemos que el señor profetizó: “Y dirá a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles”. (Mt 25,42).

“La Iglesia católica viene manteniendo íntegramente, durante veinte siglos, el dogma del terrible  infierno. La Iglesia no puede suprimir un solo dogma, como tampoco puede crear otros nuevos. Cuando el Papa define una verdad como dogma de fe, no crea un nuevo dogma. Simplemente se limita a garantizarnos, con su autoridad infalible, que no puede sufrir el más pequeño error, porque está regida y gobernada por el Espíritu Santo, que esa verdad ha sido revelada por Dios”. Y el Catecismo de la Iglesia católica, en su parágrafo 1033, nos dice: “Este estado de autoexclusión definitivamente de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno”

            En el análisis de la existencia del infierno, nos pasa lo mismo que con el demonio y la no aceptación de la existencia de este. Satanás, aquí también le conviene la ocultación, para facilitar mejor su labor, pero el infierno existe, está ahí y es dogma de fe su existencia para nosotros. Existencia esta, que cada vez que rezamos el Credo la estamos aceptando y proclamando. El Señor, nos ha dejado clara constancia de la existencia del  infierno, tal como ya hemos visto. Si del Cielo se habla poco, del Infierno se habla aún menos. Y al respecto hay errores muy difundidos: unos creen que el Infierno no existe. Otros creen que sí existe, pero que allí no va nadie, aduciendo que Dios es infinitamente bueno, pero olvidándose de que también es infinitamente justo y de que el mismo Jesucristo nos habló en varias ocasiones sobre la posibilidad que tenemos de condenarnos.

            De hecho, la existencia del infierno, es de los dogmas de nuestra fe que presenta mayor número citas que lo sustentan, en los textos de la Sagrada Escritura está reseñado el infierno, por cierto que aparece con diferentes nombres, tales como abismo, horno de fuego, fuego eterno, lugar de tormentos, lugar de tinieblas, gehena, muerte segunda, fuego inextinguible… y varios más.

            El Infierno forma parte, junto con el Cielo y el Purgatorio, de las opciones que nos esperan para la otra vida, aunque como sabemos del Purgatorio, se sale para ir al cielo, pero del infierno, jamás se sale es eterna su permanencia en el. Decía San Agustín que: Todo lo que tiene fin, es siempre breve. Pero el infierno carece de fin. Dante Alighieri, si obra “La divina comedia”, decía que en el infierno, había un reloj que no marcaba las horas y solo tenía un péndulo que constantemente decía: Nunca, Jamás.

            Entre los secretos que reveló la Santísima Virgen María a los pastorcitos de Fátima, está una visión del Infierno, que les dio en una de sus apariciones.  Decía Lucía, la vidente de Fátima que murió ya anciana en 2005: "Algunas personas, también piadosas, no quieren hablar a los niños pequeños sobre el Infierno, para no asustarlos. Sin embargo, Dios no dudó en mostrar el Infierno a tres menores y una de ellas contando apenas seis años". Por más que Lucía describe lo que ella y los otros dos videntes vieron, nos dice en sus memorias que: no es posible imaginar cómo es el Infierno. El Infierno es un lugar de dolor y horror, más de lo que podemos pensar y suponer, al que son arrojadas las almas que en la tierra desperdician las gracias de salvación que Dios en Su infinita Bondad, nos otorga a todos.

            Hay Santos que han tenido visiones o vivencias del Infierno: Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco y Santa Faustina Kowalska. En Cracovia el 20 de octubre de 1936, escribe la Santa Faustina, lo siguiente sobre el infierno: “Hoy, un Ángel me llevó a los precipicios del Infierno. Es un lugar de grandes torturas. ¡Es impresionante el tamaño y la extensión del sitio!

            “He aquí los tipos de torturas que vi: La primera tortura en que consiste el Infierno es la pérdida de Dios. La segunda es el remordimiento de conciencia perpetuo. La tercera es saber que esa condición nunca va a cambiar. La cuarta es el fuego que penetrará el alma sin destruirla, un sufrimiento terrible, ya que es un fuego puramente espiritual, encendido por la ira de Dios. La quinta tortura es la permanente oscuridad y un terrible hedor que sofoca, y que, a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven y ven toda la malignidad, tanto propia como de los demás. La sexta tortura es la compañía constante de satanás. La séptima tortura es la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras horrendas, las maldiciones y las blasfemias”.
         “Estas son las torturas que sufren en general todos los condenados, pero éste no es el fin del sufrimiento. Hay torturas especiales destinadas a las almas en particular. Son los tormentos de sus sentidos. Cada alma pasa por sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la manera en que han pecado”.
         “Hay cavernas y fosos de tortura en la que cada tipo de agonía es diferente. Yo hubiera muerto con la simple visión de esas torturas, si no hubiera sido porque la omnipotencia de Dios me sostenía”.
          “Que sepa el pecador que será torturado por toda la eternidad en aquellos sentidos que utilizó para pecar”. “Estoy escribiendo esto por mandato de Dios, para que ninguna alma pueda excusarse diciendo que no existe el Infierno, o que nadie ha estado allí, y que por tanto no puede saberse cómo es”.
        “Yo, la Hermana Faustina, por orden de Dios, he visitado los abismos del Infierno, para poder hablar a las almas sobre esto y para poder dar testimonio de su existencia. He recibido el mandato de Dios de dejarlo por escrito. “Los demonios están llenos de odio hacia mí, por esto. Lo que he escrito es sólo una sombra pálida de las cosas que vi allí. Pero sí noté una cosa: que la mayoría de las almas que están allí son las que se han negado a creer en el Infierno.”

            Coinciden los Teólogos en que la más horrenda de las penas del Infierno es la pérdida definitiva y para siempre del fin para el cual hemos sido creados los seres humanos: la posesión y el gozo de Dios, viéndolo "cara a cara". Ya que sólo Dios puede satisfacer el ilimitado deseo de felicidad que El mismo ha puesto en nuestra alma para ser satisfecho sólo por El, puede comprenderse cuán grande puede ser la pena de no poder disfrutar de lo que se denomina la Visión Beatífica. Para resumir esta pena en palabras de San Agustín, "es tan grande como grande es Dios". Jesucristo también nos da algunas descripciones del Infierno, en el que otro de los tormentos es el sentido de eternidad. Es un sitio de fuego, pero es un fuego que no se extingue, sino que es eterno, sin descanso, sin tregua, sin fin... para siempre... "Los malvados... los arrojará en el horno ardiente. Allí será el llanto y el rechinar de dientes" (Mt 13,42)."Y a ese servidor inútil échenlo en la oscuridad de allá afuera: allí habrá llanto y desesperación" (Mt 25,30). "Malditos: aléjense de Mí, al fuego eterno" (Mt 25,41).

            Nos decía el Papa Juan Pablo II, sobre el Infierno y la condenación eterna, que: "quienes se obstinan en no abrirse al Evangelio, se predisponen a una ruina: “…ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2Ts 1,9)

            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

jueves, 30 de mayo de 2013

El Papa Francisco y el diablo


Lo cita continuamente. Lo combate sin tregua. No lo considera en absoluto un mito, sino una persona real, el enemigo más insidioso de la Iglesia 

de Sandro Magister





ROMA, 13 de mayo de 2013 – En la predicación del Papa Francisco hay un tema que aparece con una frecuencia sorprendente: el diablo.

El mismo tema se repite con una frecuencia similar en el Nuevo Testamento. Sin embargo, la sorpresa permanece, aunque sólo sea porque con sus continuas referencias al diablo el Papa Jorge Mario Bergoglio se aleja de la predicación actual de la Iglesia, que sobre él calla o lo reduce a metáfora.

Es más, está tan difundida la minimización del diablo que ésta proyecta su sombra sobre las mismas palabras del Papa. Hasta ahora la opinión pública, tanto católica como laica, ha mostrado despreocupación ante su insistencia sobre el diablo o, como máximo, indulgente curiosidad.

En cambio, una cosa es cierta. Para el Papa Bergoglio el diablo no es un mito: es una persona real. En una de sus homilías matutinas en la capilla de la Domus Sanctae Marthae dijo que no sólo hay odio en el mundo hacia Jesús y la Iglesia, sino que detrás de este espíritu del mundo está "el príncipe de este mundo":

"Con su muerte y resurrección Jesús nos ha rescatado del poder del mundo, del poder del diablo, del poder del príncipe de este mundo. El origen del odio es éste: estamos salvados y ese príncipe del mundo, que no quiere que seamos salvados, nos odia y hace nacer la persecución que desde los primeros tiempos de Jesús continua hasta hoy".

Hay que reaccionar ante el diablo – dice el Papa – como hizo Jesús, que "respondió con la palabra de Dios. Con el príncipe de este mundo no se puede dialogar. El diálogo entre nosotros es necesario; es necesario para la paz, es una actitud que debemos tener entre nosotros para escucharnos, para entendernos. Y debe mantenerse siempre. El diálogo nace de la caridad, del amor. Pero con ese príncipe no se puede dialogar; se puede solamente responder con la palabra de Dios que nos defiende".

Francisco habla del diablo demostrando que tiene muy claro en su mente sus fundamentos bíblicos y teológicos.

Y precisamente para refrescar la mente sobre dichos fundamentos ha intervenido en "L'Osservatore Romano" del 4 de mayo el teólogo Inos Biffi, con un artículo que recorre la presencia y el papel del diablo en el Antiguo y el Nuevo Testamento, tanto en lo que ha sido revelado y es evidente, como en lo que aún pertenece a un "panorama escondido" y, en definitiva, a los "inescrutables caminos" de Dios.

Reproducimos este artículo a continuación, que concluye con una crítica a la ideología corriente que "banaliza" la persona del diablo.

Ideología contra la cual Bergoglio hace un llamamiento a todos a la realidad.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Santa Margarita María de Alacoque y el Purgatorio



De la autobiografía de la Confidente del Sagrado Corazón de Jesús extractamos impactantes vivencias con las almas penitentes


Es notable en Santa Margarita María de Alacoque - cuyos escritos y revelaciones han sido tan aprobados por la Iglesia - su continuo trato con las almas del purgatorio. Nos limitaremos a copiar varios casos de los que narra en su autobiografía (que escribió por obediencia, con el mandato además de no quemarla, como había hecho otras veces con otras).
"Se presentó repentinamente delante de mí una persona, hecha toda un fuego, cuyos ardores tan vivamente me penetraron, que me parecía abrasarme con ella. Me dijo que era el religioso benedictino que me había confesado una vez y me había mandado recibir la comunión, en premio de lo cual Dios le había permitido dirigirse a mí para obtener de mí algún alivio en sus penas. Me pidió que ofreciese por él todo cuanto pudiera hacer y sufrir durante tres meses. Me dijo que la causa de sus grandes sufrimientos era, ante todo, porque había preferido el interés propio a la gloria divina, por demasiado apego a su reputación; lo segundo, por la falta de caridad con sus hermanos; y lo tercero, por el exceso del afecto natural que había tenido a las criaturas y de las pruebas que de él les había dado en las conferencias espirituales, lo cual desagradaba mucho al Señor. 


Muy difícil me sería el poder explicar cuánto tuve que sufrir en estos tres meses. Porque no me abandonaba un momento, y al lado donde él se hallaba me parecía verle hecho un fuego, y con tan vivos dolores, que me veía obligada a gemir y llorar casi continuamente. Movida de compasión mi superiora, me señaló buenas penitencias, sobre todo disciplinas, porque las penas y sufrimientos exteriores que por caridad me hacían éstas sufrir aliviaban mucho las otras. Al fin de los tres meses le vi de bien diferente manera: colmado de gozo y gloria, iba a gozar de su eterna dicha". 


Una religiosa fallecida mucho tiempo antes le insiste: "Tú estás ahí en tu cama muy a gusto; pero mírame a mí acostada en un lecho de llamas, en donde sufro penas intolerables. Me mostró en efecto aquel lecho horrible que me hace estremecer cuantas veces lo recuerdo. Estaba lleno por debajo de puntas agudas e incandescentes que le penetraban la carne. 


Me desgarran - añadió - el corazón con peines de hierro candente, lo que constituye mi mayor dolor, por los pensamientos de murmuración y desaprobación contra mis superiores, en que me detuve; mi lengua (que siento como si continuamente me la arrancaran) está comida de los gusanos en castigo de las palabras que he dicho contra la caridad. Tengo la boca toda ulcerada por mi falta de silencio y los labios hinchados y carcomidos de úlceras. ¡Ah, cuánto desearía que todas las almas consagradas a Dios pudieran verme en tan terrible tormento! ¡Si pudiera hacerles sentir la magnitud de mis dolores y de los que están preparados a las que viven con negligencia en su vocación, sin duda que caminarían con más fervor en su camino de la exacta observancia y cuidarían de no caer en las faltas que a mí me producen tan terribles tormentos! 


Un día de exactitud en el silencio de toda la comunidad, curaría mi boca ulcerada. Otro pasado en la práctica de la caridad, sin hacer ninguna falta contra ella, curaría mi lengua; y otro en que no se dijese una palabra de crítica ni de desaprobación contra la superiora, curaría mi corazón desgarrado". 


A otra hermana ayudó la santa a cuidarla en su última enfermedad. Por tres veces se arrojó de la cama y una exclamó: "¡Estoy perdida!". Después de muerta se le apareció y dijo "que durante su agonía Satanás le dio tan furiosos asaltos por tres veces, que estuvo algún tiempo sin saber si se condenaba o se salvaba, hasta que la Santísima Virgen vino a arrancarla de las garras del demonio". Y en otra ocasión le añadió: "¡Oh, hermana mía, qué tormentos tan rigurosos sufro!, y aunque padezca por varias cosas, hay tres que me hacen sufrir más que todo lo demás: 


La primera es el voto de obediencia que he observado tan mal, pues no obedecía más que en aquello que me agradaba, y semejantes obediencias no sirven más que de condenación delante de Dios. 


La segunda es el voto de pobreza, pues no quería que nada me faltase, proporcionando varios alivios a mi cuerpo. ¡Ah, qué caro pago ahora las caricias excesivas que le he hecho, y qué odiosas son a los ojos de Dios las religiosas que quieren tener más de lo que es verdaderamente necesario y que no son completamente pobres! 


La tercera cosa es la falta de caridad, y por haber sido causa de desunión, y haberla tenido con las otras; y por esto, las oraciones que aquí se hacen no se me aplican y el Sagrado Corazón de Jesucristo me ve sufrir sin compasión, porque yo no la tuve de aquellos a quienes veía sufrir". 


El 2 de mayo de 1683 escribía (carta XXIII): "Esta mañana, domingo del Buen Pastor, dos de mis buenas amigas pacientes han venido a decirme adiós en el momento de despertarme, y que éste era el día en que el Soberano pastor las recibía en su redil eterno, con más de un millón de otras almas, en cuya compañía marchaban con cánticos de alegría inexplicables. Cuán transportada está mi alma de alegría, porque cuando les hablaba me parecía que las veía poco a poco abismadas y como sumergirse en la gloria".