San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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jueves, 18 de septiembre de 2014

Sueño de Don Bosco: Las confesiones y los lazos del demonio
























«El día 4 de abril don Bosco contó el siguiente sueño a todos los jóvenes reunidos en el salón de estudio después de las oraciones de la noche:
«Me encontraba cerca de la puerta de mi habitación, y al salir miré a mi alrededor y me vi en la iglesia, en medio de una muchedumbre tal de jóvenes, que el templo parecía completamente abarrotado. Estaban allí los alumnos del Oratorio de Turín, los de Lanzo, los de Mirabello y otros muchos a los cuales no conocía. No rezaban, sino que parecía que se estaban preparando para confesar. Una cantidad inmensa de ellos asediaba mi confesionario, esperándome, debajo del púlpito.
Yo, después de haber observado un poco, me puse a considerar cómo conseguiría confesar a tantos muchachos. Pero después temí estar dormido, soñando, y, para cerciorarme de que no lo estaba, comencé a palmotear y sentía el ruido; y, para asegurarme aún más, alargué el brazo y toqué la pared, que está detrás de mi pequeño confesionario. Seguro ya de que estaba despierto, me dije:
-Ya que estoy aquí, confesemos.
Y comencé a confesar.
Pero pronto, al ver a tantos jóvenes, me levanté para ver si había otros confesores que me ayudasen; y, no encontrando ninguno, me dirigí a la sacristía en busca de algún sacerdote que quisiese escuchar confesiones. Y he aquí que vi por una parte y por otra a algunos jóvenes que llevaban al cuello una cuerda que les apretaba la garganta.
-¿Por qué tenéis esa cuerda al cuello? Quitáosla, les dije.
Pero no me respondían y se quedaban mirándome con fijeza.
-Vamos, repetí a alguno; quítate esa cuerda.
El joven, al cual yo había dado esta orden, se avino a ello, pero me dijo:
-No me la puedo quitar; hay uno detrás que la sujeta. Venga a ver.
Volví entonces la mirada con mayor atención hacia aquella multitud de muchachos y me pareció ver sobresalir por detrás de las espaldas de muchos de ellos dos larguísimos cuernos. Me acerqué un poco más para ver mejor, y, dando la vuelta por detrás del que tenía más cerca, vi un horrible animal, de hocico monstruoso, forma de gatazo y largos cuernos, que apretaba aquel lazo. La bestia aquella bajaba el hocico, lo escondía entre las patas delanteras, y se encogía como para que no le viesen. Yo me dirigí a aquel joven víctima del monstruo y a algunos otros preguntándoles sus nombres, pero no me quisieron responder; al preguntarle a aquel feo animal se encogió aún más. Entonces dije a un joven:
-Mira, ve a la sacristía y dile al P. Merlone que te dé el acetre del agua bendita.
El muchacho volvió pronto con lo que yo le había pedido, pero entre tanto yo había descubierto que cada uno de los jóvenes tenía a sus espaldas un servidor tan poco agraciado como el primero y que, éste, también se agazapaba.
Yo temía estar aún dormido. Tomé entonces el hisopo y pregunté a uno de aquellos gatazos:
-Dime: ¿quién eres?
El animal, que no dejaba de mirarme, alargó el hocico, sacó la lengua y después se puso a rechinar los dientes como en actitud de arrojarse sobre mí.
-Dime inmediatamente qué es lo que haces aquí ¡bestia horrible! Ya puedes enfurecerte todo lo que quieras, que no te temo. ¿Ves? Con esta agua te voy a dar un buen baño.
El monstruo siempre agazapado me miraba; después comenzó a hacer contorsiones con el cuerpo de tal forma, que las patas de atrás le llegaban a tocar los hombros por delante. Y de nuevo quería arrojarse sobre mí. Al mirarlo detenidamente vi que tenía en la mano varios lazos.
-¡Vamos! Dime: ¿qué haces aquí?
Y al decir esto, levanté el hisopo. Hizo él unas contorsiones y quería huir.
-No te escaparás, continué diciendo; te ordeno que te quedes aquí.
Lanzó una serie de gruñidos y me dijo:
-¡Mira!
Y me enseñó los lazos.
-Dime qué son esos tres lazos, añadí; ¿qué significan?
-¿No lo sabes? Desde aquí, me dijo, con estos tres lazos obligo a los jóvenes a que se confiesen mal: de esta manera llevo conmigo a la perdición a la décima parte del género humano.
-¿Cómo? ¿De qué manera?
-¡Oh! No te lo diré porque tú se lo descubrirás.
-¡Vamos! Quiero saber qué significan estos tres lazos. ¡Habla! De lo contrario te echaré encima el agua bendita.
-Por favor, envíame al infierno pero no me eches esa agua.
-En nombre de Jesucristo, pues.
El monstruo, contorsionándose espantosamente, respondió:
-El primer modo con que aprieto este lazo es haciendo callar a los jóvenes los pecados en la confesión.
-¿Y el segundo?
-El segundo, incitándoles a que se confiesen sin dolor.
-»Y el tercero:
-El tercero no te lo quiero decir.
-¿Cómo? ¿Que no me lo quieres decir? Entonces te rociaré con agua bendita.
-No; no hablaré; y comenzó a gritar desaforadamente: ¿Es que no te basta? ¡Ya he dicho demasiado!
Y tornó a enfurecerse.
-Quiero que me lo digas para comunicárselo a los Directores.
Y repitiendo la amenaza levanté el brazo. Entonces comenzó a despedir llamas por sus ojos, después unas gotas de sangre y dijo:
-El tercero es no hacer propósito firme y no seguir los consejos del confesor.
-¡Bestia horrible!, le grité por segunda vez.
Y mientras quería preguntarle otras cosas e intimarle a que me descubriese la manera de remediar un mal tan grande y hacer vanas sus artimañas, todos los otros horribles gatazos, que hasta entonces habían procurado pasar desapercibidos, comenzaron a producir un sordo murmullo, después prorrumpieron en lamentos y gritos contra el que había hablado provocando una sublevación general.
Yo, al contemplar aquella revuelta, y convencido de que no sacaría ya ventaja alguna de aquellos animales, levanté el hisopo y arrojando el agua bendita sobre el gatazo que había hablado, le dije:
-¡Ahora, vete!
Y desapareció.
Después eché agua bendita por todas partes. Entonces, haciendo un grandísimo estrépito, todos aquellos monstruos se dieron a una precipitada fuga, unos por una parte, otros por otra. Y al producirse aquel ruido me desperté y me encontré en mi lecho.
¡Oh, queridos jóvenes, cuántos de los que yo jamás habría sospechado, tenían el lazo al cuello y el gatazo a las espaldas! Ya sabéis qué simbolizan esos tres lazos. El primero, que sujeta a los jóvenes por el cuello, simboliza el callar pecados en la confesión. El lazo les obliga a cerrar la boca para que no se confiesen del todo: o bien para que digan de ciertos pecados que cometieron cuatro veces que solamente incurrieron en ellos tres. El que tal hace, falta contra la sinceridad de la misma manera que el que calla pecados. El segundo lazo es la falta de dolor; y el tercero la falta de propósito. Por tanto, si queremos romper estos lazos y arrebatarlos de las manos del demonio, confesemos todos nuestros pecados y procuremos sentir un verdadero dolor de ellos y hagamos un firme propósito de obedecer al confesor.
Aquel monstruo, poco antes de montar en cólera, me dijo también:
-Observa el fruto que los jóvenes sacan de las confesiones. El fruto principal de ellas debe ser la enmienda; si quieres conocer si yo tengo a los jóvenes sujetos con los lazos, observa si se encomiendan o no.
Debo añadir que quise también que el demonio me dijera por qué se ponía detrás, a las espaldas de los jóvenes, y me respondió:
-Para que no me vean y poderlos arrastrar más fácilmente a mi reino.
Pude comprobar que eran muchísimos los que tenían a las espaldas aquellos monstruos, más de los que yo hubiera sospechado.
Dad a este sueño el alcance que queráis; lo cierto es que he querido observar y comprobar si era cierto cuanto he soñado y he sacado como consecuencia que se nos ofrece una verdadera realidad. Aprovechemos, pues, la ocasión que se nos ofrece de ganar la indulgencia plenaria, haciendo una buena confesión y una santa comunión. Hagamos lo posible por vernos libres de estos lazos del demonio.
El Padre Santo concede indulgencia plenaria a todos los que, el día del quincuagésimo aniversario de su primera misa, el próximo domingo, día 11 de abril, confesados y comulgados, rueguen según la intención de la Santa Iglesia. El sábado tendrá una audiencia privada del Padre Santo el caballero Oreglia, el cual le ofrecerá el Álbum con la firma de todos los alumnos del Oratorio y de las demás casas.
Mientras tanto mirad si, tiempo atrás, habéis cumplido las condiciones necesarias para hacer una buena confesión: yo os encomendaré a todos el domingo en la santa misa.»
Memorias Biográficas de Don Bosco. Volumen 9. Capítulo 47.

domingo, 27 de enero de 2013

San Juan Bosco y el sueño de la Bestia que lleva jóvenes al infierno con el pecado de impureza


Sueños de San Juan Bosco: el Ataque de la Bestia, 1863

Don Bosco sueña con el ataque de un elefante a los alumnos, y aparece la Virgen gritando “venid a mi” y muchos jóvenes iban al amparo de aquel manto, que se extendía cada vez más y más. Los primeros en acudir a tal refugio fueron los jóvenes más buenos.
 
 Y luego dice: “Vosotros que habéis escuchado mi voz y han escapado de los estragos del demonio, han visto y podido observar a sus compañeros pervertidos…”
No habiendo podido dar [San] Juan Don Bosco el aguinaldo el ultimo día del año a todos ¡os alumnos, por no encontrarse en casa, al regresar de Borgo Cornalese, el día cuatro de enero, que era domingo, les prometió que se lo daría en la noche de la fiesta de la Epifanía.
Era, pues, el 6 de enero de 1863 y todos los jóvenes, artesanos y estudiantes, reunidos en el mismo lugar, esperaban con ansiedad el suspirado aguinaldo.
Rezadas las oraciones, el buen padre subió a su tribuna y comenzó a decir así:
«Esta es la noche del aguinaldo. Todos los años cuando se aproximan las fiestas de Navidad suelo dirigir al Señor oraciones especiales, para que me inspire algún aguinaldo, que pueda servir para vuestro bien espiritual.
Pero este año he redoblado mis súplicas, puesto que el número de los jóvenes que me escuchan es mucho mayor. Pasó, sin embargo, el último día del año, llegó el jueves, el viernes y… nada de nuevo. En la noche del viernes fui a acostarme, cansado de las fatigas del día, pero no pude pegar un ojo en toda ella, de forma que por la mañana me encontraba medio muerto de cansancio. No perdí la serenidad por eso, antes bien, me alegré, pues sabía que cuando el Señor me va a manifestar algo, suelo pasar muy mal la noche precedente.
Continué mis ocupaciones en Borgo Cornalese y en la noche del sábado llegué entre vosotros. Después de confesar me fui a dormir, y debido al cansancio motivado por las pláticas y por las confesiones de Borgo y por lo poquísimo que había descansado las noches precedentes, me quedé dormido. Y aquí comienza el sueño que me ha de servir para daros el aguinaldo.
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Mis queridos jóvenes: Soñé que era día festivo, la hora del recreo después del almuerzo y que se divertían de mil maneras. Me pareció encontrarme en mi habitación con el caballero Vallauri, profesor de bellas letras. Habíamos hablado de algunos temas literarios y de otras cosas relacionadas con la religión; de pronto oigo a la puerta el tac-tac de alguien que llama.
Corro a abrir; era mi madre, muerta hacía seis años, que me dice asustada:
—Ven a ver, ven a ver.
—¿Qué hay?, —le pregunté—.
Sin más me condujo al balcón y he aquí que veo en el patio en medio de los jóvenes un elefante de colosal tamaño.
—Pero ¿cómo puede ser eso?, —exclamé—. ¡Vamos, vamos!
Y lleno de pavor miraba al caballero Vallauri y éste a mí como si nos preguntásemos la causa de la presencia de aquella bestia descomunal en medio de los muchachos. Sin pérdida de tiempo bajamos los tres al patio.
Muchos de Vosotros, como es natural, se habían acercado a ver al elefante. Este parecía de índole dócil; se divertía correteando con los jóvenes; los acariciaba con la trompa; era tan inteligente, que obedecía los mandatos de sus pequeños amigos como si hubiera sido amaestrado y domesticado en el Oratorio desde sus primeros años, de forma que numerosos jóvenes le acariciaban con toda confianza y le seguían por doquier. Mas no todos estaban alrededor de aquella bestia. Pronto vi que la mayor parte huían asustados de una parte a otra buscando un lugar de refugio, y que al fin entraban en la iglesia.
Yo también intenté penetrar en ella por la puerta que comunica con el patio, pero al pasar junto a la estatua de la Virgen, colocada cerca de la bomba, toqué la extremidad del manto de Nuestra Señora como para invocar su patrocinio, y entonces Ella levantó el brazo derecho. Vallauri quiso imitarme haciendo lo mismo por la otra parte y la Virgen levantó el brazo izquierdo.
Yo estaba sorprendido sin saber explicarme un hecho tan extraño.
Llegó entretanto la hora de las funciones sagradas y Vosotros se dirigieron todos a la iglesia. También yo entré en ella y vi al elefante de pie al fondo del templo cerca de la puerta.
Se cantaron las Vísperas y después de la plática me dirigí al altar acompañado de Don Alasonatti y de Don Savio para dar la bendición con el Santísimo Sacramento. Pero en el momento solemne en el que todos estaban profundamente inclinados para adorar al Santo de los Santos, vi, siempre al fondo de la iglesia en el centro del pasillo, entre las dos hileras de los bancos, al elefante arrodillado e inclinado, pero en sentido inverso, esto es, con la trompa y los colmillos vueltos en dirección a la puerta principal.
Terminada la función, quise salir inmediatamente al patio para ver lo que sucedía; pero como tuve que atender en la sacristía a alguien que me quería comunicar una noticia, hube de detenerme un poco.
Mas he aquí que poco después me encuentro bajo los pórticos mientras ustedes reanudaban en el patio sus juegos. El elefante, al salir de la iglesia, se dirigió al segundo patio, alrededor del cual están los edificios en obra. Tengan presente esta circunstancia, pues en aquel patio tuvo lugar la escena desagradable que voy a contarles seguidamente.
De pronto vi aparecer allá al final del patio un estandarte en el que se veía escrito, con caracteres cubitales: Sancta María, succurre míseris. Los jóvenes formaban detrás procesionalmente. Cuando de repente y sin que nadie lo esperara, vi al elefante que al principio parecía tan manso, arrojarse contra los circunstantes dando furiosos mugidos y cogiendo con la trompa a los que estaban más próximos a él, los levantaba en alto, los arrojaba al suelo, pisoteándolos y haciendo un estrago horrible. Mas a pesar de ello, los que habían sido maltratados de esa manera no morían, sino que quedaban en estado de poder sanar de las heridas espantosas que les produjeran las acometidas de la bestia.
La dispersión entonces fue general: unos gritaban; otros lloraban; otros, al verse heridos pedían auxilio a los compañeros, mientras, cosa verdaderamente incalificable, algunos jóvenes a los que la bestia no había hecho daño alguno, en lugar de ayudar y socorrer a los heridos, hacían un pacto con el elefante para proporcionarle nuevas víctimas.
Mientras sucedían estas cosas (yo me encontraba en el segundo arco del pórtico junto a la bomba), aquella estatuita que ven allá ([San] Juan Don Bosco indicaba la estatua de la Santísima Virgen) se animó y aumentó de tamaño; se convirtió en una persona de elevada estatura, levantó los brazos y abrió el manto, en el cual se veían bordadas, con exquisito arte, numerosas inscripciones. El manto alcanzó tales proporciones que llegó a cubrir a todos los que acudían a guarnecerse debajo de él: allí todos se encontraban seguros. Los primeros en acudir a tal refugio fueron los jóvenes más buenos, que formaban un grupo escogido, pero al ver la Santísima Virgen que muchos no se apresuraban a acudir a Ella, les gritaba en alta voz:
—Venite ad me omnes!
Y he aquí que la muchedumbre de los jóvenes seguía afluyendo al amparo de aquel manto, que se extendía cada vez más y más.
Algunos, en cambio, en vez de acogerse a él, corrían de una parte otra, resultando heridos antes de ponerse en seguro. La Santísima Virgen, angustiada, con el rostro encendido, continuaba gritando, pero cada vez eran más raros los que acudían a Ella.
El elefante proseguía causando estragos, y algunos jóvenes, manejando una y dos espadas, situándose en una y otra parte, dificultaban a los compañeros que se encontraban en el patio, amenazándolos o impidiéndoles que acudiesen a María. A los de las espadas el elefante no les molestaba lo más mínimo.
Algunos de los muchachos que se habían refugiado cerca de la Virgen animados por Ella comenzaron a hacer frecuentes correrías; y en sus salidas conseguían arrebatar al elefante alguna presa, y trasportaban al herido bajo el manto de la estatua misteriosa, quedando los tales inmediatamente sanos. Después, los emisarios de María volvían a emprender nuevas conquistas. Varios de ellos, armados con palos, alejaban a la bestia de sus víctimas, manteniendo a raya a los cómplices de la misma. Y no cesaron en su empeño aun a costa de la propia vida, consiguiendo poner a salvo a casi todos.
El patio aparecía ya desierto. Algunos muchachos estaban tendidos en el suelo, casi muertos. Hacia una parte, junto a los pórticos, se veía una multitud de jóvenes bajo el manto de la Virgen. En otra, a cierta distancia, estaba el elefante con diez o doce muchachos que le habían ayudado en su labor destructora, esgrimiendo aún insolentemente en tono amenazador sus espadas. Cuando he aquí que el animal, irguiéndose sobre las patas posteriores, se convirtió en un horrible fantasma de largos cuernos; y tomando un amplio manto negro o una red, envolvió en ella a aquellos miserables que le habían ayudado, dando al mismo tiempo un tremendo rugido. Seguidamente los envolvió a todos en una espesa humareda y abriéndose la tierra bajo sus pies desaparecieron con el monstruo.
Al finalizar esta horrible escena miré a mi alrededor para decir algo a mi madre y al caballero Vallauri, pero no los vi.
Me volví entonces a María, deseoso de leer las inscripciones bordadas en su manto, y vi que algunas estaban tomadas literalmente de las Sagradas Escrituras, y otras un poco modificadas. Leí estas entre otras muchas:
Qui elucidant me, vitam aetemam habebunt: qui me invenerit, inveniet vitam; si quis est parvulus veniat ad me; refugium peccatorum; salus credentium; plena omnis pietatis, mansetúdinis et misericordiae. Beati qui custodiunt vias meas.
Tras la desaparición del elefante todo quedó tranquilo. La Virgen parecía como cansada por su mucho gritar. Después de un breve silencio dirigió a los jóvenes la palabra, diciéndoles bellas frases de consuelo y de esperanza; repitiendo la misma sentencia que ven bajo aquel nicho, mandadas escribir por mí: Qui elucidant me, vitam aetemam habebunt. Después dijo:
—Vosotros que habéis escuchado mi voz y han escapado de los estragos del demonio, han visto y podido observar a sus compañeros pervertidos.
¿Quieren saber cuál fue la causa de su perdición? Sunt colloquia prava: las malas conversaciones contra la pureza, las malas acciones a que se entregaron después de las conversaciones inconvenientes. Vieron también a sus compañeros armados de espadas: son los que procuran su ruina alejándolos de Mí; los que fueron la causa de la perdición de muchos de sus condiscípulos. Pero quos diutius expectat durius damnat. Aquellos a los cuales espera Dios durante más largo tiempo, son después más severamente castigados; y aquel demonio infernal, después de envolverlos en sus redes, los llevó consigo a la perdición eterna. Ahora ustedes, márchense tranquilos, pero no olviden mis palabras: Huyan de los compañeros que son amigos de Satanás; eviten las conversaciones malas, especialmente contra la pureza; pongan en Mí una ilimitada confianza, y mi manto les servirá siempre de refugio seguro.
Dichas estas y otras palabras semejantes, se esfumó y nada quedó en el lugar que antes ocupara, a excepción de nuestra querida estatuita.
Entonces vi aparecer nuevamente a mi difunta madre; otra vez se alzó el estandarte con la inscripción: Sancta María, succurre míseris. Todos los jóvenes se colocaron en orden detrás de él y así procesionalmente dispuestos, entonaron la loa: Alaba a María ¡oh, lengua fiel!
Pero pronto el canto comenzó a decaer; después desapareció todo aquel espectáculo y yo me desperté completamente bañado en sudor. Esto es cuanto soñé.
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«¡Oh hijos míos! Deduzcan ustedes mismos el aguinaldo: los que estaban bajo el manto, los que fueron arrojados por los aires, los que manejaban la espada se darán cuenta de su situación si examinan sus conciencias. Yo solamente les repetiré las palabras de la Santísima Virgen: Venite ad me, omnes, recurrid todos a Ella; en toda suerte de peligros invoquen a María, y les aseguro que serán escuchados. Por lo demás, los que fueron tan cruelmente maltratados por la bestia, hagan el propósito de huir de las malas conversaciones, de los malos compañeros; y los que pretendían alejar a los demás de María, que cambien de vida o que abandonen esta casa. Quien desee saber el lugar que ocupaba en el sueño, que venga a verme a mi habitación y yo se lo diré. Pero lo repito: los ministros de Satanás, que cambien de vida o que se marchen. ¡Buenas noches!»
Estas palabras fueron pronunciadas por [San] Juan Don Bosco con tal unción y con tal emoción, que los jóvenes, pensando en el sueño, no le dejaron en paz durante más de una semana. Por las mañanas las confesiones fueron numerosísimas y después del desayuno un buen número se entrevistó con el siervo de Dios, para preguntarle qué lugar ocupaba en el sueño misterioso.
Que no se trataba de un sueño, sino más bien de una visión, lo había afirmado indirectamente [San] Juan Don Bosco mismo, al decir: «Cuando el Señor quiere manifestarme algo, paso…, etc…. Suelo elevar a Dios especiales plegarias, para que me ilumine…»
Y después, al prohibir que se bromease sobre el tema de esta narración.
Pero aún hay más.
En esta ocasión el mismo siervo de Dios escribió en un papel los nombres de los alumnos que en el sueño había visto heridos, de los que manejaban la espada y de los que esgrimían dos; y enseñó la lista a Don Celestino Durando, encargándole de vigilarlos. Don Durando nos proporcionó dicha lista, que tenemos ante la vista, los heridos son 13, a saber: los que probablemente no se refugiaron bajo el manto de la Virgen; los que manejaban una espada eran 17; los que esgrimían dos, se reducían a tres. Una nota al lado de un nombre indica un cambio de conducta. Hemos de observar también que el sueño, como veremos más adelante, no se refería solamente al tiempo presente, sino también al futuro.
Sobre la realidad del sueño, los mismos jóvenes fueron los mejores testigos. Uno de ellos decía: «No creía que [San] Juan Don Bosco me conociese tan bien; me ha manifestado el estado de mi alma, y las tentaciones a que estoy sometido, con tal precisión, que nada podría añadir».
A otros dos jóvenes, a los cuales [San] Juan Don Bosco aseguraba haberlos visto con la espada, se les oyó exclamar: «¡Ah, sí, es cierto; hace tiempo que nos hemos dado cuenta de ello; lo sabíamos!» Y cambiaron de conducta.
Un día, después del desayuno, hablaba de su sueño y tras haber manifestado que algunos jóvenes se habían marchado y otros tendrían que hacerlo, para alejar las espadas de la casa, comenzó a comentar la astucia de los tales, como él la llamaba; y a propósito de ello refirió el siguiente hecho:
Un joven escribió hace poco tiempo a su casa endosando a las personas más dignas del Oratorio, como superiores y sacerdotes, graves calumnias e insultos. Temiendo que [San] Juan Don Bosco pudiese leer aquella carta, estudió y encontró la manera de que llegase a manos de sus parientes sin que nadie lo pudiese impedir. Después del desayuno lo llamé; se presentó en mi habitación y tras de hacerle recapacitar sobre su falta, le pregunté el motivo que le había inducido a escribir tantas mentiras. El negó descaradamente el hecho; yo le dejé hablar, después, comenzando por la primera palabra, le repetí toda la carta.
Confundido y asustado, se arrojó llorando a mis pies, diciendo:
—Entonces ¿mi carta no ha salido?
—Sí, —le respondí—; a esta hora está en tu casa; debes pensar en la reparación.
Algunos preguntaron al [Santo] cómo lo había sabido; pero [San] Juan Don Bosco respondió sonriendo con una evasiva.
He aquí lo que nos dicen las Memorias Biográficas sobre uno de los personajes que intervienen en este sueño: el caballero Vallauri:
Otro personaje celoso, defensor de los propios méritos, incapaz de admitir opiniones contrarias a las suyas, era el célebre Tomás Vallauri, doctor en Bellas letras. Pariente del difunto médico Vallauri, había conocido en el domicilio de este a [San] Juan Don Bosco.
El profesor había hecho públicas algunas ideas propias, algún juicio, sobre los autores latino-cristianos, injuriándoles al asegurar que, siendo la finalidad de los mismos la enseñanza y defensa de la religión, habían descuidado e incluso adulterado la lengua. Este artículo cayó en manos de [San] Juan Don Bosco, el cual estudió la manera de rectificar el criterio de su autor. La ocasión no se hizo esperar, habiendo venido el profesor Vallauri a visitarle, el [Santo] comenzó a hablarle en estos términos:
—Me satisface grandemente el haber llegado a conocer un escritor, cuyo nombre es famoso ya en toda Europa y que honra tanto a la Iglesia con sus obras.
Vallauri, observando la mirada bonachona de [San] Juan Don Bosco, le interrumpió diciéndole:
—¿Quiere acaso darme un zurriagazo?
—Mire, señor profesor -—continuó [San] Juan Don Bosco-—, basándome en su criterio, quiero manifestarle simplemente mi pensamiento: Vos sostenéis que ¡os autores latino-cristianos no escribieron con elegancia sus obras; mientras que a San Jerónimo se le compara por su modo de escribir con Tito Livio, a Lactancio con Cicerón y a otros con Salustio y con Tácito. [San] Juan Don Bosco no añadió más: Vallauri reflexionó un poco y después añadió:
—[San] Juan Don Bosco, tiene razón; dígame qué es lo que debo corregir; obedeceré ciegamente. Es la primera vez que someto mi juicio al de otro.
Y desde aquel día solía repetir al hablar de [San] Juan Don Bosco:
—¡Estos son los sacerdotes que me agradan! ¡Gente sincera!