San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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lunes, 31 de marzo de 2014

Testimonio de que el infierno existe


Una huella ardiente como recordatorio .

El siguiente es el relato sobre cómo un hombre que debía estar muerto, apareció en la habitación de una dama, la tomó de la muñeca quemándola hasta el hueso, pronunciando estas palabras: “¡Hay un infierno!”

Este incidente es referido por un honorable sacerdote y superior de una comunidad religiosa. Este sacerdote tuvo los detalles de la historia a partir de una estrecha relación de una dama quien se lo contó.
En el momento de este relato, el día de Navidad de 1859, esta persona aún estaba viva y tenía aproximadamente cuarenta años de edad, por lo tanto no se menciona ningún nombre en el registro de este evento para proteger la identidad de las personas.

UNA VIUDA MUNDANA CON UN AMANTE
La mujer en cuestión en esta historia estaba viviendo en Londres, en el invierno de 1847-1848.Ella era viuda, de alrededor de veintinueve años de edad, muy rica y mundana.
Entre los jóvenes que la visitaban estaba joven señor de mala conducta que la cortejaba y con quien ella eventualmente cometió una serie de pecados.
Una noche estaba en la cama leyendo una novela cuando el reloj dio la una en punto. Ella apagó la vela y estaba a punto de dormirse cuando, para su gran sorpresa, se dio cuenta de un brillo extraño de la luz que venía de la puerta del salón, que se extendió poco a poco a su habitación.
HAY UN INFIERNO
Estupefacta en un primer momento y sin saber qué era aquello, comenzó a alarmarse, cuando vio que la puerta de la habitación se abría lentamente y el joven señor, el socio de sus desórdenes, entró en el cuarto.
Antes de que tuviera tiempo de decir una sola palabra, él la agarró por la muñeca izquierda, y con una voz silbante, le dijo en inglés: “¡Hay un infierno!”, el dolor que de repente sintió en su brazo fue tan grande que inmediatamente se desmayó.
LAS HUELLAS
Cuando volvió en sí, alrededor de una media hora después, inmediatamente llamó a su doncella. Esta última, al entrar, notó un fuerte olor a quemado.
 Acercándose a su señora que estaba desesperada y casi no podía hablar, notó de inmediato en la muñeca una quemadura tan profunda que el hueso estaba al descubierto, y la carne casi toda consumida.
Por otra parte, señaló que, desde la puerta del salón a la cama y de regreso de la cama a la misma puerta, la alfombra llevaba las marcas de pasos de un hombre, que habían quemado las fibras de la alfombra.
Según las instrucciones de su ama, ella abrió la puerta del salón y allí se encontró con más huellas sobre la alfombra.
SU AMANTE HABÍA MUERTO
Al día siguiente, la infeliz señora aprendió, con un terror que fácil imaginar, que en esa misma noche, hacia la una de la mañana, su amigo, había sido encontrado borracho medio muerto debajo de la mesa, y que sus sirvientes lo habían llevado a su habitación, y que había muerto por intoxicación etílica en los brazos de ellos.
NO SE SABE SI LA MUJER SE CONVIRTIÓ
No sé a ciencia cierta, añadió el sacerdote superior, si la terrible lección convirtió el corazón de esa desgraciada mujer, pero lo que sí sé es que ella todavía está viva y que, para ocultar de la vista las huellas de su ominosa quemadura, lleva en la muñeca izquierda, como un brazalete, y un anillo de oro ancho, que ella no se despega de día o de noche.
Lo repito: tengo todos estos detalles de su pariente cercano, una cristiana seria, a cuya palabra presto la mayor creencia. Afirma que de esta historia nunca se habla, incluso en la familia, y que sólo se me confió a mi, suprimiendo todo nombre propio.
A pesar del anonimato bajo el que se ha puesto de manifiesto esta aparición y debe ser envuelta, parece imposible, dice un escritor, poner en duda la autenticidad de los terribles detalles.
Fuentes: Mystics of the Church, Signos de estos Tiempos

jueves, 30 de enero de 2014

Un sueño que revela cómo el poder de la Cruz triunfa sobre el Infierno en el Infierno mismo



Enero de 2014, Argentina.
 (Anónimo)
"Me encuentro en un lugar en tinieblas. La oscuridad es absoluta, y sin embargo, puedo ver la Cruz que llevo en mis manos. La Cruz es de color claro y está delante de mis ojos, a la altura de mis ojos, y es lo único que puedo ver. El resto es tinieblas absolutas. No veo nada, solo la Cruz. Puedo escuchar tres clases de sonidos, que provienen de tres direcciones distintas: hacia abajo, un griterío ensordecedor, como de mucha gente gritando cosas que no se entienden; en el aire, unos chillidos también ensordecedores, muy similares a los de los murciélagos de la tierra -sin ser murciélagos-; los chillidos expresan terror ante la presencia de la Cruz; hacia el fondo, alaridos de terror y desesperación de un solo ser, de una sola creatura, frente a la Cruz. Por gracia de Dios, en todo momento me encuentro tranquilo, sin temor alguno, protegido por la Cruz de Jesús. Me despierto con el chillido similar al de los murciélagos resonando en los oídos".

Interpretación del sueño:

-El lugar en tinieblas es el Infierno.
-El griterío ensordecedor y confuso que proviene de abajo, pertenece a los condenados.
-Los chillidos similares a los murciélagos, pero que no son murciélagos, son demonios, por dos motivos: porque están "en el aire" y porque expresan terror ante la Cruz de Cristo.
 -El ser que aúlla y da alaridos de terror y desesperación ante la Cruz de Jesús es el demonio, ser indigno de toda compasión y misericordia, que experimenta, aun en las profundidades del Infierno, la omnipotencia del poder divino que emana de la Cruz.  
-El sueño me recuerda una afirmación de Santa Teresa de Ávila: "Antes tenía miedo a los demonios, pero con la Cruz de Jesús, ahora son ellos los que me tienen miedo a mí".
-El sueño es una clara confirmación del himno de Filipenses 2, 6-11, en donde se exalta a Jesús como el Kyrios, el Señor de la gloria: 
"Al nombre de Jesús toda rodilla se doble 
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre".
-Por lo tanto, no solo son verdaderas las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: "Las puertas del Infierno no prevalecerán sobre la Iglesia" (Mt 16, 18), sino que además es verdad que Él ha derrotado, desde la Cruz, al Infierno para siempre, y que ese triunfo se manifiesta victorioso y arrollador hasta en las entrañas más profundas del Infierno.

sábado, 20 de julio de 2013

El Juicio Particuar según San Alfonso María de Ligorio


«Dame cuenta de tu administración» (Luc. XVI, 2)


De los bienes que hemos recibido de Dios, oyentes míos, bien sean dones de la naturaleza, o de la gracia, no somos dueños, de manera que podamos dispones de ellos a nuestro antojo, sino solamente administradores; por lo cual debemos emplearlos según la voluntad de Dios, que es el verdadero dueño de ellos y de nosotros mismos. De donde resulta, que hemos de darle cuenta de ellos a la hora de la muerte. Porque, como nos dice Jesucristo, por San Pablo, hemos de comparecer ante el tribunal de Dios, para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas acciones (II, Cor. v, 10). San Buenaventura comenta de este modo: «No eres dueño o administrador de las cosas que se te han confiado; y, por lo mismo, has de dar cuenta de ellas. Quiero haceros ver en la presente plática, el rigor con que se nos juzgará el último día de nuestra vida, cuando el alma, abandonando el cuerpo, se presente ante el tribunal de Dios, para ser juzgada por todas sus obras, buenas y malas.

Consideraremos, pues, el terror que se apoderará del alma:

Punto 1º: Cuando se presente a ser juzgada.

Punto 2º: Cuando sea examinada.

Punto 3º: Cuando sea condenada.

CUANDO SE PRESENTE A SER JUZGADA


1. Decretado está, dice San Pablo, que los hombres mueran sólo una vez, y que después sean juzgados. (Heb. IX, 27). Es de fe que hemos de morir, y que después de la muerte debemos ser juzgados de todas las acciones de nuestra vida. ¿Cuál será pues nuestro pavor y aturdimiento a la hora de la muerte, pensando en el juicio que nos espera luego que el alma se haya separado del cuerpo? Entonces se decide la causa de nuestra muerte, o de nuestra vida eterna; y al pasar el alma de esta vida terrena a la eternidad, la consideración de los pecados cometidos, el rigor del divino juicio, la incertidumbre de la salvación eterna, hacen temblar a los mismos santos. estando enferma Santa María Magdalena de Pazis, temblaba de miedo al acordarse del día del juicio; y animándola el confesor, le respondió: «¡Ah padre! Es terrible cosa tener que comparecer ante el tribunal de Jesucristo». También San Agatón, después de haber pasado tantos años haciendo penitencia en el desierto, temblaba diciendo: «¿Qué será de mi cuando sea juzgado?».

2. Es sentencia común de los teólogos, que el mismo momento y en el mismo sitio en que el alma se separa del cuerpo, se alza el divino tribunal, se examina el proceso, y pronuncia la sentencia del supremo juez Jesucristo, manifestando a cada alma todas sus obras buenas y malas, y el premio o castigo que merece por ellas. A este tribunal hemos de presentarnos todos, para dar cuenta de todos nuestros pensamientos, palabras, obras y deseos. Al tiempo de ser presentados algunos delincuentes ante los jueces de este mundo, se les ha visto bañados de un sudor frío dimanado del miedo que tenían. Se cuenta de un gentil llamado Pisón, que al presentarse ante el senado en traje de reo, fue tran grande su confusión, que se suicidó porque no pudo hacerse superior a ella. ¡Que pena tan grande es también para un súbdito, o para un hijo, tener que comparecer ante el príncipe, o ante el padre, que irritados los mandan llamar para dar cuenta de un delito cometido! ¡Oh, cuanto mayor será la pena y la confusión que tendrá el alma al comparecer ante Jesucristo irritado, por haberle ella despreciado mientras vivía!

3. ¡Cuán llena de espanto estará el alma, que se presente manchada con el pecado ante tan justo Juez, al verle la primera vez, y verle irritado! San Basilio dice: que la atormentará todavía más la vergüenza que el mismo fuego del Infierno. Cuando los hermanos de José oyeron la reprensión que él mismo les daba: Ego sum Joseph, quem vendidistis: «Yo soy José a quién vendistes»: Dice la  Escritura, que no podían responderle sobrecogidos de terror. ¿Qué responderá, pues a Jesucristo el pecador, cuando le diga: «Yo soy aquél tu Redentor y tu  Juez a quien tu despreciaste tanto». ¿Dónde huirá entonces el desgraciado, pregunta San Agustín, cuando vea sobre si al juez irritado, a sus pies abierto el Infierno, a un lado los pecados que lo acusan, y al otro los demonios que le arrastran al suplicio, y la conciencia que le despedaza interiormente? ¿Quizá entonces pensará hallar piedad? Pero, ¿como podrá esperar piedad, dice Eusebio Emiseno, cuando ante todas las cosas deberá dar cuenta del desprecio que hizo de la piedad que tuvo con él Jesucristo?

TERROR QUE TENDRÁ EL ALMA CUANDO SEA EXAMINADA


4. Luego que el alma e presenta al tribunal de Jesucristo, le dice éste justísimo Señor: «Dame ahora cuenta de todas las obras de tu vida». Dice el Apóstol, que para hacerse el alma digna de la salvación eterna, ha de confirmar su vida con la de Jesucristo. (Rom. VII, 29 et 30). Escribió San Pedro, que en el juicio recto que hará Jesucristo, «apenas se salvará el justo que haya observado la ley divina, perdonado a sus enemigos, respetando a los Santos, y siendo manso y casto de corazón». Y luego añade: «¿Cuál será la muerte del pecador y del impío?» (I. Petr. iv, 18). «¿Cómo se salvarán los vengativos y los blasfemos, los deshonestos, y los maldicientes?» «¿Y cómo se salvarán aquellos cuya vida ha sido siempre contraria a la vida de Jesucristo?».


5. El Juez, ante todas las cosas, pedirá cuenta al pecador de los beneficios y de las gracias que le hizo para salvarle, de las cuales él no quiso aprovecharse. Le pedirá cuenta de los años que le concedió para servir a Dios: Vocabit adversum me tempus (Threm. I, 15) y él los gastó en ofenderle. En seguida se la pedirá de los pecados. Los pecadores cometen las culpas, y luego se olvidan de ellas; pero no las olvida Jesucristo, que tiene contadas todas nuestras iniquidades, como dice Job: «Tú tienes sellados y guardados como en una arquilla mis delitos». (Job. XVI, 17). Y también nos dice que «el día de la cuenta tomará el Señor la antorcha para escudriñar todas nuestras obras»: Et erit in tempore illo; scrutabor Jerusalem in lucernis (Sophon. I, 12). Mendoza comenta estas palabras, diciendo: Lucerna omnes angulos permeat. «La luz de la antorcha penetra en todos los ángulos de la casa»; lo cual quiere decir, que Dios descubrirá todos los defectos de la conciencia, grandes y pequeños; porque entonces, como dice San Anselmo: «Se pedirán cuentas hasta de sus miradas»; y San Mateo: «De toda palabra ociosa». Omne verbum otiosum, quod locuti fuerint homines, reddent rationem de eo in die judicci. (Matth. XII, 36).


6. El profeta Malaquías dice, que «así como se purifica el oro, separándose de la escoria, así el día del juicio se examinarán todas nuestras acciones, y se castigarán las que no sean buenas y arregladas a la ley divina. Hasta las obras justas, como por ejemplo, las confesiones, las comuniones, las oraciones han de ser examinadas entonces». (Psalm. LXXIV, 3). Y si han de ser juzgadas las miradas y las palabras ociosas; ¿con cuánto rigor se juzgarán las acciones deshonestas, las blasfemias, las murmuraciones graves, los hurtos y los sacrilegios? «En aquél día», -dice San Jerónimo- «cada alma verá por sí misma con grande confusión suya toda la fealdad de sus acciones».


7. «Pesados están en fiel balanza los Juicios del Señor». (Prov. XVI, 11). En la balanza del Señor no se pesa la nobleza, ni la ciencia, sino la vida y las obras. El aldeano, el pobre y el ignorante serán premiados, si mueren en la inocencia; y el noble,  el rico y el literato serán condenados, si resultan reos en el juicio, como dijo Daniel al rey Baltasar: Appensus es in statera, et inventus es minus habens. (Dan. V, 27) El P. Alvarez comenta estas palabras, diciendo: «No entran en la balanza el oro ni el poder; solamente fue pesado el rey».


8. Entonces el infeliz pecador se verá acusado por el demonio, que, como dice San Agustín, «repetirán ante el tribunal de Jesucristo las palabras con que prometimos ser fieles; y nos echará en cara todo lo que hicimos, y en que día y hora pecamos». Nos recordará en efecto el demonio, todas nuestras malas obras, señalando el día y la hora en que las hicimos; y terminará la acusación y el proceso con estas palabras que el mismo Santo pone en boca del demonio: «Yo no sufrí como vos bofetadas y azotes por este ingrato; sin embargo, él os ha vuelto las espaldas a vos, que tanto padecisteis por salvarle, y se ha hecho esclavo mío». También se presentará a acusarle el Ángel custodio, como escribe Orígenes, y dirá: «Yo he trabajado tantos años a su lado; él, empero, despreció todos mis consejos e inspiraciones». Entonces pues, hasta los amigos despreciarán el alma condenada en el juicio. Y la acusarán sus mismos pecados, según San Bernardo, diciéndole: «Tú nos cometiste, obra tuya somos, no te abandonaremos». (Lib. Medit. cap. 2).


9. Veamos ahora que excusas podrá alegar el pecador. Dirá que la mala inclinación natural le indujo al mal; pero se le responderá, que si bien la carne le inclinaba al pecado, ninguno le violentaba para cometerle: antes al contrario, si hubiese recurrido a Dios cuando se veía tentado, el Señor le hubiera dado fuerzas para resistir por medio de su gracia. Con este fin Jesucristo instruyó los sacramentos; y no habiendo querido valernos de ellos, ¿ de quién podemos quejarnos sino de nosotros mismos? Por esto dice San Juan: «Ahora no tienen excusa de sus pecados» (Joann. XV, 22). Dirá para excusarse, que el demonio le tentó; pero San Agustín dice que el enemigo está atado con cadenas como un perro, y que no puede morder a ninguno sino al que se acerca a él con demasiada confianza. Puede el demonio ladrar, más no morder sino a aquél que se le acerque a él y le preste oídos. Ved, pues, cuán necio es aquél a quien muerde el perro que está atado a la cadena. Alegará quizá para excusarse el mal hábito, pero no le valdrá semejante excusa, porque el mismo San Agustín añade: que aunque es difícil resistir a los malos hábitos, sin embargo, si se quiere de veras, se vencen con la ayuda de Dios. «El Señor›, -como asegura San Pablo-, ‹no permite que ninguno sea tentado más allá de lo que puede resistir». (I.Cor. X. 13).


10. «¿Que será de mi, -decía Job-, cuando Dios habrá de venir a juzgar?» «¿Ni que podré responderle cuando me pregunte?» «¿Y que le responderé cuando me buscare?» ¿Que podrá responderle a Jesucristo el pecador? ¿Que ha de poder contestar cuando se vea convencido? Callará confuso, como calló el hombre que según San Mateo (22, 12) fue hallado sin el vestido nupcial. Toda iniquidad cerrará su boca. Entonces dice Santo Tomás de Villanueva, no habrá intercesores a quienes pueda recurrir. ¿Quién te salvará entonces? ¿Dios? Más ¿cómo podrá salvarte Dios, dice San basilio, si tú le despreciaste? El alma que sale de esta vida en pecado se condena a sí misma, aún antes de que se pronuncie la sentencia contra ella.

TERROR DEL ALMA CUANDO SEA CONDENADA


11. Cuanta será la alegría de un alma, cuando sea recibida por Jesucristo a la hora de la muerte con aquellas dulces palabras: «Siervo bueno y leal, ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho, ven a tomar parte en el gozo de tu Señor» (Matth. XXV, 21). Tan grande será la pena y desesperación del alma condenada que se vea desechada por el Juez con aquellas palabras. «Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno» (Ibid. 41). ¡Oh, que acento tan terrible será para ella una sentencia semejante! Pero hagamos oyentes míos, unas reflexiones sobre nuestra conducta antes de terminar esta plática. Dice Santo Tomás de Villanueva (Conc. 1, de Jud.) que muchos oyen hablar del juicio y de la condenación de los réprobos; pero hacen tan poco caso de ello, como si estuviesen seguros que no les ha de caber esta suerte, o como si el día del juicio no hubiese de llegar para ellos. Y añade: Pero ¡que locura es tener seguridad en una cosa tan peligrosa! Algunos aunque vivan en pecado, dice San Agustín, no pueden ni siquiera imaginarse que Dios quiera enviarlos al Infierno, y dicen: ¿Será cierto que Dios nos ha de condenar? No hijos, dice el Santo, no digáis eso: reflexionad que muchos condenados no creían que habían de ser enviados al Infierno, pero murieron en pecado, y fueron arrojados a él, según la amenaza de Ezequiel: «El fin llega, ya llega el fin… y yo derramaré sobre ti mi furor, y te juzgaré». (Ezech. VII, 2 et 3). Pecador que me escuchas, ¿quién sabe si el castigo está ya próximo, y tu te burlas en el pecado? ¿Quién no temblará oyendo aquellas palabras del Bautista? «Ya la segur está aplicada a la raíz del árbol; todo árbol que no produce buen fruto, será cortado, y echado al fuego». (Matth. III, 10) ¿Cuál es este árbol que no da buen fruto, sino el pecador que no sigue la recta senda que Jesucristo le trazó? Sigamos, oyentes míos, el consejo del Espíritu Santo, que dice: «Antes del juicio asegúrate de tu justicia». (Eccl. XVIII, 19) Esto es, antes de presentarnos ante el juez, ajustemos las cuentas. Busquemos a Dios ahora que podemos hallarle, porque vendrá tiempo en que querremos, y no podremos. «Me buscaréis, y no me hallaréis» (Joann. VII, 36); porque entonces ya habrá expirado el plazo que Dios nos ha concedido para hacer penitencia y asegurar nuestra salvación. Por eso dice San Agustín: que «al juez que ha de juzgarnos de ha de aplacar antes del juicio, pero no en el juicio». Ahora, ahora, oyentes míos, podemos aplacar a Jesucristo, enmendando nuestra vida, abandonando la senda de los vicios y recobrando la gracia divina que perdimos por la culpa; cuando empero nos presentemos al Juez, si nos encuentra en pecado, por lo mismo que es justo, se verá precisado a hacer justicia, y no habrá remedio alguno para nosotros. ¿De que os servirá entonces haber nacido en el seno del cristianismo? ¿De que los sacramentos instituidos por Jesucristo para vuestra salvación? ¿De que la sangre de Cristo derramada en el árbol sacrosanto de la cruz. De hacer más intolerables las penas del Infierno, pensando que pudisteis salvaros tan fácilmente, y os condenasteis por vuestra culpa. 



 Despertad, pues, de este letargo criminal en que os tiene adormecidos el demonio: volveos a Jesucristo, a quien habéis abandonado por seguir a Lucifer; y os recibirá de nuevo en su amistad, y os abrazará amoroso, como abrazó su padre al Hijo pródigo del Evangelio, que volvió a la casa paterna cuando se vió perdido y sin recurso en el mundo, oprimido del hambre, y del gusano roedor de la conciencia.

lunes, 18 de marzo de 2013

Una huella ardiente del infierno: un recordatorio para toda la vida


El siguiente es el relato sobre cómo un hombre que debía estar muerto, apareció en la habitación de una dama, la tomó de la muñeca quemándola hasta el hueso, pronunciando estas palabras: “¡Hay un infierno!”


Este incidente es referido por un honorable sacerdote y superior de una comunidad religiosa. Este sacerdote tuvo los detalles de la historia a partir de una estrecha relación de una dama quien se lo contó.
En el momento de este relato, el día de Navidad de 1859, esta persona aún estaba viva y tenía aproximadamente cuarenta años de edad, por lo tanto no se menciona ningún nombre en el registro de este evento para proteger la identidad de las personas.
UNA VIUDA MUNDANA CON UN AMANTE
La mujer en cuestión en esta historia estaba viviendo en Londres, en el invierno de 1847-1848.Ella era viuda, de alrededor de veintinueve años de edad, muy rica y mundana.
Entre los jóvenes que la visitaban estaba joven señor de mala conducta que la cortejaba y con quien ella eventualmente cometió una serie de pecados.
Una noche estaba en la cama leyendo una novela cuando el reloj dio la una en punto. Ella apagó la vela y estaba a punto de dormirse cuando, para su gran sorpresa, se dio cuenta de un brillo extraño de la luz que venía de la puerta del salón, que se extendió poco a poco a su habitación.
HAY UN INFIERNO
Estupefacta en un primer momento y sin saber qué era aquello, comenzó a alarmarse, cuando vio que la puerta de la habitación se abría lentamente y el joven señor, el socio de sus desórdenes, entró en el cuarto.
Antes de que tuviera tiempo de decir una sola palabra, él la agarró por la muñeca izquierda, y con una voz silbante, le dijo en Inglés: “¡Hay un infierno!”, el dolor que de repente sintió en su brazo fue tan grande que inmediatamente se desmayó.
LAS HUELLAS
Cuando volvió en sí, alrededor de una media hora después, inmediatamente llamó a su doncella. Esta última, al entrar, notó un fuerte olor a quemado.
 Acercándose a su señora que estaba desesperada y casi no podía hablar, notó de inmediato en la muñeca una quemadura tan profunda que el hueso estaba al descubierto, y la carne casi toda consumida.
Por otra parte, señaló que, desde la puerta del salón a la cama y de regreso de la cama a la misma puerta, la alfombra llevaba las marcas de pasos de un hombre, que habían quemado las fibras de la alfombra.
Según las instrucciones de su ama, ella abrió la puerta del salón y allí se encontró con más huellas sobre la alfombra.
SU AMANTE HABÍA MUERTO
Al día siguiente, la infeliz señora aprendió, con un terror que fácil imaginar, que en esa misma noche, hacia la una de la mañana, su amigo, había sido encontrado borracho medio muerto debajo de la mesa, y que sus sirvientes lo habían llevado a su habitación, y que había muerto por intoxicación etílica en los brazos de ellos.
NO SE SABE SI LA MUJER SE CONVIRTIÓ
No sé a ciencia cierta, añadió el sacerdote superior, si la terrible lección convirtió el corazón de esa desgraciada mujer, pero lo que sí sé es que ella todavía está viva y que, para ocultar de la vista las huellas de su ominosa quemadura, lleva en la muñeca izquierda, como un brazalete, y un anillo de oro ancho, que ella no se despega de día o de noche.
Lo repito: tengo todos estos detalles de su pariente cercano, una cristiana seria, a cuya palabra presto la mayor creencia. Afirma que de esta historia nunca se habla, incluso en la familia, y que sólo se me confió a mi, suprimiendo todo nombre propio.
A pesar del anonimato bajo el que se ha puesto de manifiesto esta aparición y debe ser envuelta, parece imposible, dice un escritor, poner en duda la autenticidad de los terribles detalles.
Fuentes: Mystics of the Church, Signos de estos Tiempos

sábado, 10 de noviembre de 2012

"De los castigos del infierno que Nuestro Señor usó como advertencia" (autor anónimo, 1601)


De los castigos del infierno que nuestro Señor usó como advertencia para todos aquellos que viven en pecado 

"Uno de los medios principales que nuestro Señor utilizó a menudo para refrenar los corazones de los hombres, y traerlos a la obediencia de Sus mandamientos, fue poner ante sus ojos las plagas y los castigos horribles que están preparados para las personas rebeldes y transgresoras de Su ley. Porque aunque la esperanza de las recompensas que se prometen al bueno en la vida venidera, pueden movernos mucho hacia Él: con todo nos movemos comúnmente más con las cosas que nos sean molestas, que con las que nos son agradables: incluso lo vemos por experiencia diaria, nos disgustan más las lesiones hechas contra nosotros, que nos encantamos con cualquier honor, y nos preocupa más la enfermedad, que el alivio de la salud y por la incomodidad de la enfermedad, venimos a entender el significado de la salud, pues una cosa que hemos perdido, se percibe después de forma más sensible. 

Por esta causa hizo nuestro Señor en épocas lejanas uso de todo lo que esto significa más que cualquier otro método de conversión, como aparece lo más claramente posible en las Escrituras de los profetas, las cuales están advirtiéndonos por todas partes de las terribles amenazas del pecado, con las cuales nuestro Señor desea inculcar un sano terror en los corazones de los hombres, para refrenarlos y someterlos bajo obediencia de Su ley. Y para este extremo ordenó al profeta Jeremías, que tomase un libro en blanco, y escribiese en él todas las amenazas y calamidades que Él le había revelado, a partir del primer día que comenzó a hablar con él, hasta esa hora presente, y esas palabras debía leerlas literalmente en la presencia de toda la gente, para ver si el destino de todos ellos se movía hacia el arrepentimiento, y cambiaban su vida anterior, de forma que Él pudiera también cambiar la determinación de Su cólera, dispuesta a ejecutarse sobre ellos. Y las Sagradas Escrituras dicen que cuando el profeta había hecho según como Dios Todopoderoso le ordenó, y había leído todas esas amenazas en presencia de la gente, y de los gobernantes; se presentó tal miedo y terror entre ellos, que quedaron atónitos, asustados como jamás imaginaran, mirando unos las caras de los otros, asombrados del gran miedo que también habían concebido con esas palabras. Éste fue uno de los medios principales que Dios todopoderoso utilizó con los hombres en la época de la ley escrita, y así Él hizo también en la época de la gracia: en la cuál, el santo apóstol dijo que, de la misma forma que se revela la justicia, para que se revele a los hombres la forma de obrar de Dios, existe también una indignación y una cólera, por la que Él castigará al injusto: por esta causa, San Juan Bautista (el precursor glorioso de nuestro salvador Cristo) fue enviado, con esta misión y embajada a predicar al mundo, que el hacha fue puesta ya en la raíz del árbol, y que cada árbol que no dé buen fruto, debe ser talado y arrojado al fuego. Él dijo por otra parte, Otro viene al mundo más poderoso que él, que lleva en Su mano un aventador, para aventar y limpiar su suelo, y que Él guardaría el grano en su granero, mientras la paja se quemará en un fuego que nunca se apagará. Ésta era la predicación y la embajada que el santo precursor de nuestro salvador Jesucristo trajo al mundo. 

Y tan grande era el trueno de estas palabras, y el terror que infundió en los corazones de los hombres tan terrible, que acudieron a él gentes de todos los estados y condiciones, incluso de los mismos fariseos y publicanos, y también soldados (que entre todos los demás eran los más disolutos, y los que tenían menos cuidado de sus conciencias) y todos ellos exigieron a ese hombre santo, que determinase qué debían hacer para lograr la salvación, y escapar de esas terribles amenazas que él anunció ante ellos, tan grande era el miedo que habían concebido. Y ésto es lo que (querido hermano cristiano) hago en el presente (en el favor de Dios todopoderoso) entregándote este mensaje, aunque no con el mismo fervor del espíritu, ni la santidad de vida pero -que es lo que más importa en este caso- sí con la misma verdad y certeza; porque tanto la fe como el Evangelio que San Juan Bautista entonces predicó, es incluso ahora nuestra misma enseñanza. Ahora, si estás deseoso de entender en pocas palabras, cuan grande es el castigo con el que Todopoderoso Dios amenazó en sus Santas Escrituras al pecador, lo que se puede decir lo más rápidamente posible a propósito de este tema es lo siguiente: que como la recompensa del bueno es la bondad universal, también así el castigo del malvado es la maldad universal, que comprende en ella todos los males que existen. Para una mejor comprensión, debemos observar, que todos los males de esta vida son males determinados, y por lo tanto no atormentan todos nuestros sentidos en general, sino solamente uno, o alguno de ellos. Podemos tomar ejemplo de las enfermedades de nuestro cuerpo, vemos, que uno padece una enfermedad en sus ojos, otro en sus oídos; uno está enfermo en el corazón, otro en el estómago, algún otro en su cabeza. Y los hombres tan diversos están enfermos en las partes diversas del cuerpo, de forma que ninguna de todas estas enfermedades se producen generalmente en todos los miembros del cuerpo, solamente en alguna parte de ellos. 

Vemos qué dolor solamente una de estas enfermedades puede provocarnos, y cómo resulta dolorosa una noche para un hombre que ha enfermado de cualquiera de estas enfermedades, sí, aunque no sea nada más sino un pequeño dolor en un diente. Ahora pongamos el caso, de un hombre convaleciente de una enfermedad tan universal, que no tenga ninguna parte de su cuerpo, ninguna articulación, ningún miembro o sentido libre de su propio dolor, sino que al mismo tiempo e instante sufra el mayor tormento sostenido en su cabeza, en sus ojos, y los oídos, en sus dientes, y estómago, en su hígado y corazón: y para ser corto, en todo el resto de sus miembros y articulaciones de su cuerpo, y después se tienda de esta guisa estirado en su cama, doliéndose con estas penas y tormentos, cada miembro de su cuerpo tiene su tormento y dolor determinados: ¿Él (digo) que debe acostarse tan dolido y afligido, qué grandes tormentos y penas de mente y cuerpo (piénsalo) debe soportar? ¿Oh, qué cosa podría hombre alguno imaginar más desgraciada, y más digna de compasión? Seguramente, si vieses un perro así atormentado y afligido en la calle, sus mismos dolores moverían tu corazón a tener compasión de él. Ahora, así es (mi querido hermano cristiano, si cualquier comparación se puede hacer entre ellos) como se sufre en ese maldito y horrible lugar del infierno, y no solamente durante el espacio de una noche, sino eternamente, para siempre jamás. Como los hombres malvados han ofendido a Dios todopoderoso con todos sus miembros y sentidos, y han hecho una armadura con todos ellos para servir al pecado, hasta que así Su voluntad lo ordene, estarán allí atormentados cada uno de ellos con su tormento apropiado. Allí los ojos insensibles del pecador serán atormentados con la terrible visión de los diablos: los oídos con la confusión de gritos y lamentaciones horribles que allí serán oídos: la nariz con el hedor intolerable del lugar, feo, asqueroso, y repugnante; el gusto, con el hambre y la sed más insaciables; el tacto, y todos los miembros del cuerpo con el fuego extremadamente ardiente. La imaginación será atormentada por la concepción de las penas presentes: la memoria, tratando de importar los placeres de Más Allá: el entendimiento, considerando qué ventajas se pierden, y qué miserias sin fin están por venir. La Sagrada Escritura nos advierte de esta multiplicidad de castigos que caerán sobre nosotros cuando afirma: San Mateo 15. Salmo 10. Que en el infierno habrá hambre, sed, llanto, lamentaciones, rechinar de dientes, espadas de doble filo, espíritus creados para la venganza, serpientes, gusanos, escorpiones, martillos, ajenjo, agua pútrida, el espíritu de la tempestad, y otras cosas semejantes. 

Donde se nos muestran (como en una figura) la multiplicidad y el terror espantoso de los tormentos y de los dolores más horribles que existen en ese lugar maldito. Habrá además oscuridad interior y exterior, de cuerpo y de alma, muchísimo más obscura que la oscuridad de Egipto, que podía ser sentida incluso con las manos, Éxodo. 10. Habrá fuego también, no como este fuego de aquí, que atormenta un poco, y pronto finaliza, sino un fuego como el de ese lugar maldito, que atormenta lo inimaginable y nunca se acaba. ¿Siendo esto la verdad, qué mayor espanto puede narrarse para aquellos que creen y confiesan que esto es verdad, y sin embargo vivan con la negligencia y el descuido más extraños posibles? ¿Qué camino y qué dolores un hombre no estaría dispuesto a soportar para escapar incluso un día solamente, sí, incluso una hora, de estos tormentos? ¿Y si entonces, comprendiendo la imposibilidad de escapar de los grandes dolores y los tormentos horribles y sin fin, por qué aguantan tan poco un breve camino como es seguir en la Tierra el ejercicio de la virtud? Seguramente, la consideración de esta materia podría hacer que cualquier alma pecadora temiese y aún temblase, en caso de que fuese considerada profundamente. Y si entre el número tan grande de dolores, hubiera alguna esperanza de final o de interrupción momentánea, sería una cierta clase de alivio: pero no es así. Cuando las puertas se han cerrado, finaliza también toda expectativa de alivio o de esperanza. En toda clase de dolores y de calamidades que existen en este mundo, hay siempre una posibilidad para que el paciente pueda recibir una cierta clase de alivio a sus dolores, a veces la razón, a veces un clima benigno, a veces sus amigos, a veces el saber que otras personas padecen la misma enfermedad, y (en los menos casos posibles) la esperanza de un fin próximo puede animarlo a veces algo: en el infierno solamente existen estos dolores y miserias más horribles, y todas las puertas del alivio están cerradas, y todas las comodidades están anuladas definitivamente, el desgraciado pecador no puede esperar remedio a sus infinitas penas de ninguna manera, ni del cielo, ni de la tierra, ni del tiempo, ni del presente, ni de cualquier época que pueda venir, o de ningún otro medio imaginable. 

Las almas condenadas piensan que todos los hombres están tirando los dardos contra ellas, y que todas las criaturas han conspirado contra ellas, y que incluso ellos mismos son crueles contra sí mismos. Ésta es la señal de socorro con la que los pecadores se lamentan, tal como afirmó el profeta al decir: Los dolores del infierno me han cercado por todo mi alrededor, y las trampas de la muerte me sitiaron: Para cualquier lado que miran o dan vuelta sus ojos, los rodean continuamente ocasiones de dolor y de pena, y ninguna de cualquier alivio o comodidad. Las vírgenes sabias (decía el evangelista) que estaban preparadas a la puerta del novio, entraron adentro, y las puertas fueron bloqueadas inmediatamente. Oh esperando eternamente, oh recinto inmortal, oh puerta de toda bondad que nunca más será abierta otra vez. Para decirlo más llanamente, la puerta del perdón, de la misericordia, de la bondad, de la gracia, de la intercesión, de la esperanza, y del resto de las maravillas, se cierra para siempre jamás. Seis días y ya no más maná se recolectará, pero el séptimo día, que era el día del sábado, ningún maná podía ser hallado: y por lo tanto él ayunará por siempre, pues no había hecho a su debido tiempo su provisión de alimento. 

El necio (decía el hombre sabio) no labrará su tierra en invierno por miedo al frío, y por lo tanto deberá mendigar su pan en el verano, y ningún hombre se lo dará para comer. Y en otro lugar él decía: Ese que siega en verano, es un hijo sabio, pero ese que se dedica a dormir en esa misma estación, es un hijo de la confusión. Qué confusión mayor puede haber que la de ese desgraciado y sufrido hombre rico, que cayó en una necesidad tan extrema que pidió (sí, y pida por siempre inútilmente) solamente una gota de agua, y nunca la obtendrá. Quién no se conmueve con esa petición del desgraciado condenado, que gritó, oh padre Abraham ten compasión de mí, y envía aquí abajo a Lázaro, con la punta de su dedo mojada en agua, y toque mi lengua, porque estas llamas horribles me atormentan de manera insoportable. ¿Qué petición más pequeña se podía desear en el infierno que ésta? Él no hace una petición de un vaso de agua, ni, que Lázaro remoje su mano entera en agua, ni siquiera (lo cual estaría de más pedir) solicita tanto como un dedo entero, sino solamente la punta del dedo meñique, para que pueda mojar su lengua abrasada; pero incluso esto no le sería concedido. 

Como puedes percibir, la puerta de toda bondad se cierra rápidamente, y de forma universal y definitiva, hasta el punto de que este rico condenado y maldito por siempre no podría obtener ni siquiera una ínfima petición como esa. De modo que en cualquier parte en que los condenados pongan sus ojos, y dondequiera que estiren sus manos, no encontrarán ninguna manera de alivio, nunca jamás, ni la más pequeña. Y de la misma forma que el náufrago que se encuentra en el medio del mar a punto de ahogarse, ya que no encuentra donde apoyar sus pies, intenta nadar hacia adelante ayudándose de sus brazos en una tarea totalmente inútil (porque a donde quiera que nade, sólo encontrará agua líquida y fina, ninguna tierra sólida) así mismo ocurrirá con los malditos en el infierno, cuando se ahoguen en ese mar profundo de infinitas miserias, se esforzarán y lucharán siempre contra la muerte, sin encontrar ningún socorro o pequeño rincón donde puedan reclinarse a descansar. Ésta es una de las mayores penas con las que los réprobos serán atormentados en ese lugar maldito: porque si estos tormentos tuvieran una duración limitada por cierto tiempo, aunque sean mil, sí, cien mil millones de años, esto supondría un cierto alivio para ellos, porque nada es perfectamente grande, y siempre en todo caso tendrá un final más o menos lejano: pero no. No tienen siquiera este pobre y miserable alivio: bien al contrario, sus dolores serán iguales para siempre en proporción con la eternidad de Dios Todopoderoso, y la duración de sus miserias equivalente a la eternidad de la gloria de Dios. Tanto como vivirá Dios Todopoderoso, tanto así durará la muerte de los malditos: y cuando Dios Todopoderoso deje de ser Dios, entonces también ellos dejarán de ser como son. ¡Oh muerto en vida, oh muerte inmortal! No sé si puedo llamarla vida o muerte: Porque si es vida ¿cuando sobreviene la muerte? ¿Y si es muerte, cuanto dura? Sin embargo, no es ni una ni otra, porque en ambos casos existe algo bueno: en la vida existe la muerte y en la muerte existe un final (que es un gran alivio al afligido) pero en el abismo no existe muerte ni final alguno. ¿Qué clase de cosa tenemos entonces? Tenemos lo peor de la vida y lo peor de la muerte; de la muerte tenemos el tormento sin fin y de la vida tenemos la continuidad para siempre jamás. ¡Oh, composición amarga, Oh doloroso vaciado de la copa de Señor! de la que todos los pecadores de la tierra beberán su parte. 

Ahora, continuando con esta eternidad, desearía (mi querido hermano cristiano) que fijases un rato los ojos en la consideración de un pequeño asunto: se trata de que compruebes como hasta lo que parece más sencillo resulta finalmente insoportable si lo alargamos lo suficiente en el tiempo. Y el intento hazlo lo mejor que puedas, considera por un momento los dolores que un hombre enfermo padece en una desgraciada noche, especialmente si lo afligen con cualquier dolor vehemente o enfermedad sostenida. Fíjate en como tiembla y tose en su cama, qué inquieto está, que larga y tediosa resulta una noche a su lado, cómo por su causa contamos todas y cada una de las horas del reloj, y cuanto tiempo parece alargarse cada hora, cómo pasa el tiempo deseando que pasen las horas y amanezca; lo cual no parece ser lo mejor para ayudarlo a curarse de su enfermedad. ¿Si éste entonces resulta un tormento tan grande, que clase de tormento será (piénsalo) esa noche eterna en el infierno, donde no habrá ninguna mañana, ni tampoco ninguna esperanza de ver amanecer el día? ¡Oh, oscuridad más que oscura! ¡Oh, noche eterna! ¡Oh, noche maldita incluso por la boca de Dios Todopoderoso y de todos sus santos! cuanto deseará uno ver la luz, y nunca la verá, ni una sóla vez, nunca más volverá a disfrutar de la suave luz de la mañana. Considera entonces qué clase de tormento será éste, vivir una noche eterna tal que ésta sea, acostado no en una cama suave (como la del hombre enfermo) sino en un horno ardiente, candente, lanzando horribles, rabiosas llamaradas de fuego. ¿Qué hombros pueden soportar estos espantosos ardores? ¿Si nos parece como cosa intolerable tener solamente cierta parte de nuestros pies parados sobre una cacerola de carbones ardientes, durante un espacio de tiempo suficiente para recitar el Padrenuestro, qué debe ser (piénsalo) tener el cuerpo y el alma ardiendo en medio de esos fuegos que rabian llamaradas candentes y eternas en el infierno, en comparación con las cuales, los fuegos de este mundo no son sino pinturas toscas? ¿Hay ingenio o juicio en este mundo? ¿Tienen los hombres sus sentidos activos? ¿Entienden lo que significan estas palabras? ¿O son por casualidad persuadidos de que ésto son solamente fábulas de poetas? ¿O piensan que eso no les pertenece a ellos, sino que fue destinado solamente para otros? Nada de ésto pueden afirmarlo, pues nuestra fe no deja la menor duda al respecto de que la mayoría de la humanidad lo heredará. 

Y nuestro salvador Cristo mismo, quien es por siempre verdadero, gritó en su Evangelio que "el cielo y la tierra pasarán, pero Mis palabras no pasarán". A esta miseria seguirá otra tan grande, que consiste en que los dolores continuarán siempre en un mismo grado, sin ninguna clase de interrupción, o disminución. Todas las cosas que están bajo alcance del cielo, se mueven y dan vuelta alrededor del mismo cielo, y nunca están paradas en un estado o ser, sino que estan continuamente ascendiendo o descendiendo. El mar y los ríos tienen su fluir continuo, los tiempos, las edades, y la fortuna mutable de hombres y de reinos están por siempre en movimiento continuo. No hay fiebre tan ferviente que no decline, ni ninguna pena siempre sostenida, sino que después de haber aumentado mucho, a continuación disminuye inmediatamente. Para ser breve, todas las tribulaciones y las miserias se empequeñecen y se desgastan con el transcurrir del tiempo, y, como dice el refrán, nada se seca antes que las lágrimas. Solamente en el infierno ese dolor es siempre fresco, sólo allí la fiebre nunca decrece, sólo allí el calor extremo no decrece ni de mañana ni de noche. En la época del diluvio de Noé, Dios Todopoderoso llovió cuarenta días y cuarenta noches, continuamente, sin cesar sobre la tierra, y ésto fue suficiente para ahogar el mundo entero. Igualmente, en ese atormentado lugar del infierno, lloverá venganza eterna, y los dardos de la furia caerán sobre este lugar maldito por siempre, sin cesar ni siquiera un minuto ni un solo momento. ¿Ahora, qué tormento puede ser mayor y más espantoso que sufrir continuamente de esta manera, sin ninguna clase de alteración o de cambio? Una carne nunca es tan delicada, que sin embargo en caso de que nos alimentemos continuamente con ella, en un tiempo corto nos resultará muy repugnante, ninguna carne puede ser más preciosa y delicada de lo que era el maná, que Dios Todopoderoso envió a los Israelitas en el desierto, pero porque comieron continuamente de él, se volvieron reacios a su sabor y, sí, les provocaba vómitos. 

El camino que es todo llano (dicen) cansa más más que cualquier otro, porque la variedad (sí incluso en el castigo) es siempre una clase de alivio. Dime entonces, si las cosas que son agradables y sabrosas, cuando se repiten demasiado, son también una ocasión para la repugnancia y el dolor: ¿qué clase de repugnancia será la causada por los más espantosos dolores y tormentos del infierno, que continúan eternamente de la misma manera? ¿Qué querrían las criaturas condenadas y malditas, cuando se ven allí, tan completamente aborrecidas y abandonadas por Dios Todopoderoso, sino desear de Él simplemente la remisión de algún pecado, para atenuar algo sus tormentos? Y cúan grande será la furia y la rabia que allí concebirán contra Él, que nunca ya dejarán de maldecir y blasfemar continuamente Su nombre santo. A todos estos dolores, también se agrega el dolor de ese roedor eterno, el ingenio, el gusano de la conciencia, que la Sagrada Escritura menciona a menudo, "su gusano nunca morirá, y su fuego nunca será apagado". Este gusano es la rabia furiosa, el pesar y el remordimiento amargos, sin fruto alguno, que el malvado tendrá siempre en el infierno, trayendo a su memoria las oportunidades y el tiempo que tenía, cuando estaba en este mundo, para escapar de esos penosísimos y horribles tormentos, y cómo no aprovechó las oportunidades que se le presentaron. Y por lo tanto cuando el desgraciado pecador se vea a sí mismo atormentado y vejado por todas partes, recordará cuantos días y años malgastó en vanidades, pasatiempos inútiles, y placeres efímeros; y cómo a menudo le anunciaron el peligro del infierno, y con que poco respeto se tomó el tema: ¿Qué pensará? ¿Qué angustia y dolor anidarán en su corazón? ¿Acaso no has leído en el Evangelio las advertencias sobre el infierno, de que allí se llora y se lamenta, y se rechinan los dientes? El hambre de Egipto duró solamente siete años, pero en el infierno durará eternamente. En Egipto encontraron un remedio, aunque con grandes dificultades y esfuerzos, pero para esto, ningún remedio será encontrado. Aquél fue redimido con dinero y ganado, pero esto no se puede nunca redimir con ninguna forma de intercambio. Este castigo no se puede perdonar, este dolor no se puede intercambiar, esta sentencia no puede ser revocada. Oh, si quisieses y pudieses considerar cómo cada condenado al infierno, sigue allí siendo atormentado y que es torturado, que llora, y que se lamenta, y que dice: ¡Oh, que desgraciado y desafortunado soy, cúanto tiempo y oportunidades he dejado pasar en vano! ¿Es que no veía lo que tenía delante de los ojos? ¿Cómo me cegaron las cosas banales del presente? ¿Cómo dejé pasar los fructíferos años de la abundancia, y no me enriquecí (espiritualmente)? Si hubiese vivido entre infieles y paganos, habría creído que nada habría de ganar en la vida, simplemente nacer y morir, entonces puede ser que haya tenido cierta clase de excusa, y podría haber dicho, no sabía qué estaba permitido y qué prohibido: pero para tanto tiempo como he vivido entre cristianos, y era incluso uno de ellos, yo sostenía un artículo de mi propia creencia, que cuando la hora me llegase no tendría que dar cuentas sobre lo que había hecho de mi vida: además también como desechaba la predicación diaria y la enseñanza continua de los embajadores de Dios, además como hice caso omiso de todas estas advertencias, y que muy encariñado me persuadí de que el cielo estaba preparado para mí, aunque no tomé ninguna medida para ir a parar a él: ¿qué merecen los que han conducido así su vida? Oh, las furias infernales, vienen a destrozarme en pedazos, y devorar mis intestinos, porque así lo tengo justamente merecido, yo he merecido el hambre eterna, viendo que no me proveí a mí mismo mientras tenía tiempo. 

Merezco no cosechar, porque no he sembrado: Soy digno de ser indigente, porque no he llenado mi almacén; Merezco que mi petición sea denegada, porque cuando el pobre me pidió a mí, yo rechacé ayudarlo: He merecido el suspiro y el lamento para siempre y cuando Dios sea Dios; He merecido, este es el gusano de la conciencia, roeré las entrañas de la mina por siempre jamás, recordándome el poco placer que he gozado, y la gran felicidad que he perdido, y cuan lejos está lo que podría haber ganado, renunciando a lo poco que no renuncié. Éste es ese gusano inmortal que nunca morirá, sino que yacerá eternamente royendo en las entrañas del malvado, y es posiblemente uno de los dolores más terribles que pueden ser imaginados. Quizás pienses que no se puede añadir nada más a lo que ya se ha dicho. Pero el brazo poderoso de Dios seguramente no dejará de castigar a sus enemigos: todos estos dolores descritos hasta ahora, se relacionan generalmente a todos los condenados: pero además de estos dolores generales, hay también otros dolores particulares, que cada condenado sufrirá en clase diversa, según la calidad de su pecado. Y de acuerdo a esta proporción, el arrogante y el orgulloso allí serán rebajados y caerán de su gran confusión. El codicioso será conducido a la gran necesidad: el glotón rabiará con hambre y sed continuas. El lujurioso se quemará en las mismas llamas que él mismo ha encendido. Y los que tienen todas las horas de su vida ocupadas en placeres y pasatiempos, vivirán allí en la lamentación y el dolor continuos. 

Pero como los ejemplos tienen mucha fuerza para mover nuestros corazones, traeré solamente uno para este propósito, para que algo de esta materia pueda ser mejor percibido. Se escribe de cierto hombre santo, que vio (en espíritu) los dolores de un hombre licencioso y mundano de esta manera: Primero vio cómo los diablos que estaban presentes en la hora de su muerte, cuando él entregó su espíritu, arrebataron su alma con gran regocijo, e hicieron con ella un regalo al príncipe de las tinieblas, que entonces se sentaba en una silla de fuego, esperando la llegada de este presente. Inmediatamente después de ser presentado ante él, se levantó de su asiento, y dijo al alma maldita que le concedía la preeminencia de ese asiento honorable, porque él había sido un hombre de honor, y fue siempre muy afectuoso a tal honor. En consecuencia después de esto lo colocaron, gritando y lamentándose en su honorable tormento, allí aparecieron ante él otros dos diablos más feos, y le ofrecieron una taza llena del licor más amargo y más apestoso imaginable, y le obligaron a bebérselo todo a la fuerza; le dijeron, has sido un amante de vinos delicados y licores, prueba ahora de este nuestro vino, esto es lo que utilizamos para beber en este lugar. Inmediatamente después vinieron otros dos, con dos trompetas ardientes, y las fijaron en sus oídos, y comenzaron a soplar de ellos llamas de fuego, diciendo, esta melodía la tenemos reservada para ti y para los que en el mundo se deleitaron con la trova y las canciones sensuales: y llegaron repentinamente otros diablos, que portaban víboras y serpientes, que lanzaron sobre el pecho y el vientre de ese desgraciado pecador, diciéndole, que como se había deleitado grandemente con los abrazos sensuales y las lujurias impuras de las mujeres, él ahora debía solazarse con estos reptiles repulsivos, en vez de esas lujurias y placeres licenciosos, de los que él tanto había gozado en el mundo. 

Cuando se castiga al pecador (como dijo el profeta Isaías en el capítulo 47), se da la medida por la medida hasta el fin, de forma que en tan gran variedad y proporción de castigos, el orden y la sabiduría de la justicia de Dios, pudo más claramente manifestarse. Dios Todopoderoso mostró esta visión en espíritu a este hombre santo para el anuncio y la instrucción, no significa que en el infierno estas cosas se hagan en conjunto tan materialmente, sino que a través de ellas podamos entender de una cierta manera la variedad y la multiplicidad de los dolores que allí aguardan a los condenados. No sé como algunos de los paganos han llegado a tener cierto conocimiento de todo esto: en un discurso de un poeta sobre esta multiplicidad de los dolores infernales, afirmaba que en el infierno él tenía cien bocas y otras tantas lenguas, aunque se expresaba con una voz tan fuerte como el hierro, de forma que no era capaz ni de expresar su propio nombre. Un poeta habló de esto, pero verdaderamente en esto él habló más como un profeta o un evangelista que como un poeta. ¿Ahora entonces, si todo este mal es más que seguro que vendrá algún día, qué hombre es aquel, que ve todo esto tan claramente con los ojos de su fe, que no pasará la página y comenzará a preverse contra ese tiempo venidero? ¿En qué se convierte ahora el juicio de los hombres? ¿Donde está su ingenio? ¿Sí, donde está al menos el amor por sí mismo, la búsqueda al menos de su propio beneficio, y el miedo ante cualquier pérdida? ¿Podemos pensar que los hombres se han convertido en bestias que sólo se preocupan del presente? ¿O quizás han menguado tanto su vista, que ya no pueden mirar lo que hay delante de ellos? Necio (dijo Isaías) Oh, ciego y sordo, abre los ojos que puedes ver, ¿quién es ciego sino mi esclavo? ¿Y quién es sordo sino aquel al cual he enviado a mis mensajeros? ¿Y quién es ciego, sino quien él mismo se vende como esclavo? ¿Tú que has visto muchas cosas, no sufres al tomar en consideración todo esto? ¿Tú que tienes las orejas alertas, no darás crédito a todo lo que oyes? ¿Si no crees en esto, como te considerarás un cristiano? ¿Si crees en todo esto, pero no prevees para cuando te llegue la hora, como va alguien a pensar que eres un hombre razonable? Aristóteles dijo, esto es la diferencia entre la opinión y la imaginación, que solamente una imaginación no es suficiente para causar miedo, pero una opinión sí lo es: porque si me imagino que una casa puede caer sobre mí, no es bastante para asustarme, a menos que crea o tenga una opinión de que ésto será un hecho: entonces ya es suficiente para asustarme. Y de aquí viene el miedo que los asesinos siempre tienen, por causa de la suspicacia que conciben de que sus enemigos acechan esperando por ellos. Si entonces la simple opinión y la suspicacia del peligro puede causar el mayor miedo, cómo es que la certeza y la creencia de tantas y tan terribles y tan grandes miserias (las cuales son más seguras que cualquier opinión) no te hacen temer. Si percibes que durante muchos años llevaste una vida licenciosa y llena de pecado, y esto aún perdura, de acuerdo con toda esta justicia, estás condenado a padecer estos tormentos horribles en el infierno: si también, como conjetura probable, no tienes intención o probabilidad de enmienda en los años que te quedan por delante, y sigues en la misma ruta de los precedentes, debo advertirte que estás ante un manifiesto peligro, ¿No estás en absoluto asustado; especialmente, en vista del estado pecaminoso en el que vives, y de los dolores y de los tormentos horribles que te esperan, y del tiempo que ya has perdido, y del remordimiento sin fin que soportarás entre los tormentos más espantosos del infierno? Seguramente va más allá de todo sentido común y concepto de la razón humana, considerar que puede haber tan negligente, voluntariosa, gruesa, y descuidada ceguera, capaz de entrar y de arraigar tan profundamente en el alma del hombre". 

Publicado por primera vez en 1601. Autor Desconocido.