San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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viernes, 16 de noviembre de 2012

La Virgen y Jesús le muestran a Amparo, vidente de Prado Nuevo de El Escorial, el cielo, el purgatorio y el infierno



LAS APARICIONES DE PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL, MADRID, ESPAÑA

Mensaje del día 2 de Febrero del 2.002, primer sábado de mes,
en Prado Nuevo de El Escorial. (Madrid)
LA VIRGEN:
Hija mía, aquí estoy otra vez como Madre de los afligidos, Madre de los pecadores. Sé, hija mía, que tu corazón está afligido, pues te has quedado huérfana de un director que tanto te ha ayudado, a lo largo de tantos años, hija mía, pero te ha preparado y, desde el Cielo, te seguirá ayudando y seguirá ayudando a esta Obra, que tanto y tanto ha amado.
PADRE ALFONSO MARÍA:
Dios permite que me veas, hija mía, que diferencia la del Cielo a la Tierra: aquí no valen los títulos, ni los nombramientos; aquí es todo a lo Dios ¡qué grandezas las del Cielo y ver el rostro de Dios! Cuántas almas llegan aquí, por ese lugar, con una vida perfecta, porque los hombres se llaman católicos practicantes, ¿pero cómo viven la doctrina...?
¡Qué maravillas las del Cielo cuanto he anhelado este lugar y este momento! No te quedas sola, desde aquí velare por ti. Luchad todos para venir a juntarnos todos: ¿Cómo los hombres pueden negar la existencia del Cielo y del Infierno? Y muchos pastores que niegan la existencia del Infierno no saben el mal que hacen a las almas; cuando se encuentren ante el atribunal de Dios... Hermanos ,sed sinceros en predicar el Evangelio tal como está escrito; que los hombres sepan las verdades. No tengáis temor de explicarles las verdades, porque cuánto se pierde en llegar aquí por no haberles dicho con claridad la existencia del Cielo y del Infierno. Qué grandezas las que hay aquí, qué diferencia en la Tierra a este lugar: en la Tierra todo atrae al hombre menos Dios y aquí sólo te atrae Dios. Esta grandeza infinita no la perdáis, hijos míos. ¡Cómo os atrevéis a no explicar las verdades!
LUZ AMPARO:
¡Ay, qué grandezas, Dios mío! ¡Ay, Padre, ayúdeme!
PADRE ALFONSO MARÍA:
Ya he llegado aquí a ver el rostro de Dios, qué alegría siente todo mi ser porque estoy impregnado de la divinidad de Dios participando de estas grandezas. ¡Que grandezas y cuánto he deseado este momento! Esta es la grandeza infinita por la que tiene que luchar el hombre, no hay otras grandezas en la Tierra mayor que ésta; dejad los halagos, vivid para Dios y no seáis centros, que los hombres son muy dados a hacernos centros; y no os dejéis embaucar por unas palmaditas, que es fácil, como no reflexionéis, de que el demonio os conquiste por la soberbia y la vanidad. Luchad, sólo Dios basta, amad a las criaturas pero Dios por encima de todas las cosas. ¡Cuántos se quedan sin llegar aquí, hijos míos, porque se han creído Dioses y todo lo que han hecho lo han hecho para su vanidad y su persona: no os dejéis conquistar por los hombres conquistad a los hombres para Dios y dejad que Dios conquiste vuestro corazón! Vivid una vida entregada, amad mucho esta Obra. En esta Obra iréis por camino de perfección, pero ¡Ay, cómo os dejéis halagar y dar palmaditas en la espalda!; no seáis centros, hijos míos, cuánto me sirvió esto a mí, aunque yo amaba mucho a mi Dios, pero cuánto bien me ha hecho. Ay, hija mía, lucha para que un día estemos juntos. He dirigido tu alma, hija mía, todo lo mejor que he podido para encaminarla a Dios; sigue por el camino perfecto, desprendido, y humíllate, hija mía, que todo el que se humille será ensalzado. No olvides todo lo que te he enseñado, y también gracias os doy por todos los bienes que he recibido de vosotros. Criaturas que os habéis entregado a Dios, es el mejor camino más perfecto y seguro. Que nadie os confunda, nadie. Estad siempre unidos y ninguno que sea mayor que otro. Amaos. Cuántas almas hay en este lugar participando de esta misma gracia, pero han tenido que ser humilladas y pisoteadas para llegar tan alto. Sé muy humilde, hija mía, no olvides mis consejos.
LA VIRGEN:
Otras almas están en este lugar. Este alma va a hablar porque Dios se lo permite.
ALMA DEL PURGATORIO:
Yo estoy aquí, en el Purgatorio, soy un alma que me entregué a Dios, pero no fui fiel a mi vocación y tenía otro lugar para ir, un lugar tenebroso, un lugar donde no existía la paz, donde no existe el amor, pero, por la misericordia de Dios, aquí estoy. Gracias a vuestras oraciones estoy esperando salir de un momento a otro de este lugar. Aunque es un lugar de purificación pero ¡somos tan felices purgando nuestras deudas! No cambiaríamos nada de la Tierra por el Purgatorio, pues hemos visto a Dios, desde lejos, nos ha abierto un rayito del Cielo y lo hemos visto y su Madre Santísima nos consuela. No queremos nada ni aspiramos nada que no sea Dios, que no sea la eternidad: estar con la Divina Majestad de Dios.
Nada cambiaríamos, aunque sufrimos para purificar nuestras culpas, por este lugar. Llevo aquí mucho tiempo, aunque mi tiempo no es vuestro tiempo, pero no importa el tiempo, importa el lugar donde voy a ir. Y otras muchas están purificándose, aunque es un lugar de dolor también es un lugar de gozo...
EL SEÑOR:
Mira los condenados.
LUZ AMPARO:
¡Qué horror!
ALMA CONDENADA:
No queremos saber nada ni de vosotros ni de Dios; no cambiaríamos las penas ni el dolor, para ir al Cielo. Nuestra misión es el odio, la destrucción, el desamor; es un tormento que no acabará nunca y nunca nos consumirá; es un fuego devorador que devora nuestras entrañas; pero somos malditos de Dios porque nosotros no hemos querido amarlo. Pero sí que quiero que aviséis a los hombres los tormentos tan grandes que hay en este lugar, para que no lleguen a él; así me lo ordena la voz de Dios... Pero por mí arrastraría a todos a este lugar donde se consumieran con el fuego, donde el odio, donde la destrucción, no dejan de existir. Todo es amargura, y nuestra misión es destruir a las almas.
LUZ AMPARO:
¡Qué horror!
ALMA CONDENADA:
Muchos llegamos aquí porque nadie ha querido decirnos la verdad y nosotros tampoco hemos querido comprenderla; era más fácil vivir en comodidad, en abundancia, en hacer cada uno lo que nos da la gana, sin hacer la voluntad de Dios. Este es nuestro sueldo, nos pagan para quien hemos trabajado; sentimos odio, desprecio. Si Dios nos dejara, destruiríamos el mundo. Sólo sentimos deseos de arrastrar a todos los hombres para que participen de este dolor.
LA VIRGEN:
Hija mía, ¿ves qué diferencia del amor al odio? Fíjate la paz que hay en este lugar y el odio, el desprecio, el rencor que hay en el otro; luchad, hijos míos, y no os dejéis conquistar por palabras que regalen vuestros oídos, por comodidades para vuestro cuerpo. Sed fieles a la voluntad de Dios, amad nuestros Corazones, hijos míos. Las almas buenas gozan de la misericordia tan grande que Dios ha tenido con ellas , porque han sido capaces de luchar, de desprenderse, de no aceptar vanidades, ni rencores, ni envidias, de ser pobres, humildes, de sacrificados, de imitar a Jesús en la Cruz y a María en Nazaret. ¿No has visto a tu padre espiritual, hija mía, qué gozoso está en la presencia de Dios? Toda su vida entregada a Dios desde muy niño; desde nueve años ya empezó su camino, hija mía.
EL SEÑOR:
Se entregó todo, por eso yo le di el premio a él y a ti; a él, de ser tu director espiritual y a ti, de aprender de él. Por eso pido a los hombres: acercaos a los Sacramentos, hijos míos, no os abandonéis en la oración, dejad el mundo y todas las vanidades que hay en el mundo y llevad un camino recto y seguro. En el mundo hay una crisis de fe que los hombres han perdido, porque todo lo ven bien. El hombre ha perdido la moral y el mundo está lleno de una inmoralidad: que nada es pecado, la carne la llevan en triunfo y te repito, hija mía, que los hombres quieren cambiar las leyes, no aceptándose cada uno como es, en el camino de la santidad, si no en la inmoralidad y adulterando su cuerpo: hombres con hombres, mujeres con mujeres . ¡Pero hasta dónde vais a llegar criaturas, que no respetáis la ley de Dios! Dios creó al hombre para procrear y a la mujer; no para gozar ni para placeres ni pasiones. El hombre lo ha olvidado; te repito, hija mía, esto parece Sodoma y Gomorra: ¡Hasta cuándo tiene Dios que avergonzarse de los hombres! Orad, hijos míos, orad, para no caer en tentación.
Acudid a este lugar, hijos míos, que sólo vengo a enseñar que cumpláis con el Evangelio tal como está escrito y no pongáis leyes cada uno a vuestro antojo. Orad, sacrificaos, hijos míos, acercaos al Sacramento de la Confesión y de la Eucaristía, para fortalecer vuestras almas; que los hombres están en una tibieza porque han dejado a Dios y cada día el demonio se está apoderando más de las almas, y los guías no ven la situación del mundo; ciegos, que vuestra soberbia no os deja ver ni aceptar que Dios se manifieste a los humildes para confundir a los soberbios y a los que se creen grandes y poderosos. Pedid, hijos míos, por ellos.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

La Virgen María y el infierno


LA VIRGEN MARÍA HABLA ACERCA DEL INFIERNO EN LASS APARICIONES MARIANAS DE PRADO NUEVO DEL ESCORIAL 
(apariciones aprobadas por la Iglesia en España). 

MENSAJE DEL DIA 2 DE DICIEMBRE DE 1995, PRIMER SABADO DE MES, EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID):  "...Yo pido a los hombres que amen un poco a nuestros Corazones, y vengo a enseñarles las verdades, a enseñarles a amar. Hijos míos, no seáis árboles estériles, sed árboles fértiles; allí donde estéis dad buen fruto, hijos míos. Yo vengo a enseñar el amor, la misericordia hacia los necesitados, pero los hombres viven entre los hombres sin conocerse y sin amarse, sin preocuparse del desvalido ni del que sufre. Hijos míos, tened misericordia de aquéllos que os extienden la mano. Mira mi Corazón, hija mía. 

AMPARO: ¡Qué amor sale de ese Corazón! ; ¡Oh, Dios mío, qué llamaradas de amor! 

EL SEÑOR: Hija mía, con un poquito de este amor que Yo doy a los hombres, si los hombres fuesen capaces de darme un poquito de amor y consolarme... pero ¿qué recibo, hija mía?, ingratitudes, desprecios, persecución; pero sería capaz de abrasar a la Humanidad con un poquito de este amor que sale de mi Corazón, hija mía. Yo, hija mía, doy este amor a los hombres, pero los hombres no abren su corazón para que penetre la gracia dentro de él. Hijos míos, ¡qué amor tan inmenso tengo a los hombres y qué poco amor recibo de ellos! 

AMPARO: ¡Ay, Señor!, ¡ay, qué Corazón!, ¡ay, de Fuego!... Eres el fuego que abrasa a la Humanidad... Si la Humanidad se dejase abrasar por ese fuego... ¡Ay qué grandeza, Dios mío!... ¡qué Corazón, Dios mío!... ¡Ay... que quema y abrasa! ¡Ay! 

EL SEÑOR: Así es el amor de Dios, hija mía, que abrasa a los hombres, pero los hombres, la mayoría, son bloques de hielo que no dejan derretir el hielo que llevan en su corazón con este volcán de fuego que tengo Yo dentro del mío. Hijos míos, cuántas gracias habéis recibido en este lugar y cuántos las habéis rechazado, hijos míos. Mira, hija mía, vas a ver una escena muy dolorosa... (Luz Amparo suspira, profundamente) ... ¿ves estas cinco jóvenes, hija mía? 

AMPARO: ¡Ay, sí!, estuve hablando con ellas. 

EL SEÑOR Cuatro de ellas perecieron en un accidente, hija mía; rechazaban tus palabras, decían que no existía el infierno. Ellas mismas te van a hablar, hija mía. 

ALMA CONDENADA Estamos aquí no por nuestra voluntad, sino por la voluntad de Dios. Si no, nosotros por nuestra voluntad no haríamos nada más que maldecir, pero Dios es el que quiere que venga a deciros que estamos condenadas. ¡Yo que decía que nadie había venido a decir que había infierno, que nadie me lo había dicho, que no lo creía y me reía junto con mis compañeras!; no creía en la existencia del infierno y me reí de todo, de la Iglesia, de los componentes de la Iglesia, de las palabras que tú me decías; acuérdate que te dije: "yo todavía no he visto ese infierno, tendrían que venir y verlo yo con mis propios ojos para creer en él"; pues aquí estoy gritando: ¡Estoy en el infierno! Me dejé llevar por los placeres, por mis gustos... 

AMPARO: ¡Ay, Dios mío! 

ALMA CONDENADA: Y aquí estoy sufriendo. Si no fuera porque Dios ha querido mandarme a decir la existencia de él... hay una barrera entre la Tierra y los Infiernos. Yo rechacé a Dios, renuncié a Dios, igual que mis compañeras. Una de ellas no está aquí, pero nosotros estamos aquí para toda la eternidad, maldiciéndonos y maldiciendo. Yo oí a muchos pastores que el infierno no existía, pero ni creía en la misericordia de Dios ni en la existencia del infierno. Yo viví mi vida junto con mis compañeras. Viví los placeres. Viví rodeada de comodidades. Todo lo quería alcanzar. Tenía ansias de vivir, del placer. ¡Maldita hora que no creí en el Evangelio ni en las palabras de Dios! Digo estas palabras porque Dios me hace decirlas, si no, os digo que sólo desearía arrastraros conmigo. 

AMPARO: ...¡Ay, ay, cómo los arrastran, unos a otros! 

ALMA CONDENADA: Éste es el deseo de los condenados: arrastrar almas. El Demonio lo muestra todo bello como nos lo mostró a nosotros, y caímos en su trampa; y nuestra soberbia, nuestra lujuria.. 

AMPARO: ..¡Ay, ay!, ¡Dios mío, ay Dios mío, tan jóvenes! 

EL SEÑOR: Ni juventud, ni vejez, hija mía. El hombre no respeta a Dios. 

AMPARO: ¡Ay qué tristeza, todo el que llegue a ese lugar, Dios mio! ¡Ay!, os lo decía, que creyerais en Dios; ¡ay, y os reíais de mis palabras! 

ALMA CONDENADA: ¡Pero no tengas compasión de nosotros, porque seguiremos maldiciéndoos y cuántas más palabras hayamos oído de vosotros, más os maldeciremos y nos maldeciremos unos a otros! Que sepáis que no estoy aquí por mi voluntad, que estoy aquí por la voluntad de Dios para gritaros: "¡Estoy en el infierno, estamos en el infierno!" No oréis por nosotros, no queremos oraciones ni plegarias, nuestros labios sólo pronunciarán maldición. 

AMPARO: ¡Ay qué tristeza, Dios mío, ay, Dios mío, ay, Dios mío! No permitas Dios mío, que se condenen las almas, Señor... Señor... 

EL SEÑOR: Ellas, hija mía, con su libertad se condenan. Yo no las condeno, hija mía. Mira -esta otra, también estaba entre ellas. Quedó con una hora de vida, y en esa hora de vida acudió a Dios y recordó el infierno y recordó la misericordia de Dios y pidió perdón a Dios de sus pecados y pedía las gracias que Dios dejó a los hombres para la salvación en la tierra; y mira, hija mía, está en un lugar donde pronto, con vuestras oraciones y sacrificios, saldrá de él. Mira dónde está, hija mía. 

AMPARO: ¡Ay, ahí también está sufriendo! 

ALMA PURGANTE: Sí, estoy sufriendo, pero ¡gracias, gracias que me acordé de las últimas palabras!... Y aquí estoy esperando que Dios purifique todos mis pecados, pero yo quise recibir esa gracia y pedir perdón a Dios de todos ellos. Yo que había vivido tan mal, pensando en los placeres del mundo, olvidándome de Dios, en la última hora, Dios se apiadó de mi alma, porque yo sentí esa luz divina y me acordé del infierno y pedí perdón a Dios de todos mis pecados, y Dios me los perdonó; pero tengo que purificarlos; pero he visto el rostro de María. ¡Gracias! Orad por mí y orad por todos los que estamos aquí. Sólo os pido oraciones. Yo tengo que pagar mis culpas, Dios es justo y misericordioso. Os suplico oraciones, oraciones... Y, ¡gracias! 

EL SEÑOR: ¿Ves, hija mía, como las almas... la que abre sus labios para invocar mi Nombre recibe la gracia y la salvación eterna? Yo vine a derramar mi sangre por toda la Humanidad para la salvación de los hombres, pero muchos de los hombres la pisotean y me rechazan y me desprecian; pero aquéllos que abren sus labios y siento un poquito de amor en su corazón, mi Corazón se derrite por ellos para salvarlos. Por eso, soy misericordioso y soy juez. Y quiero que se hable de mi misericordia y de mi justicia. Sacerdotes míos, santos, los que seguís mi Evangelio, y los que sois perseguidos por los que confunden mi doctrina: sed valientes, tenéis una misión muy importante en la tierra; pastores de almas, enseñad como pastor que el pasto está en la Iglesia y que los hombres se salvan si quieren acudir a Ella. El que come mi Cuerpo y bebe mi Sangre tendrá vida eterna, pero hay muchos de vosotros que coméis mi Cuerpo y bebéis mi Sangre sacrílegamente; recibiréis condenación eterna. 

LA VIRGEN: Amad a nuestros Corazones y nuestros Corazones os inflamarán, pero dejaos, hijos míos, inflamar por nuestro amor, Yo soy Madre de los pecadores y quiero salvaros a todos. Acudid a este lugar que recibiréis muchas gracias, hijos míos, y amaos unos a otros como Cristo os amó, que dio su vida por vosotros, hijos míos. Mi Corazón Inmaculado reinará en toda la Humanidad. Acudid a Mí, que Yo os llevaré a mi Hijo, hijos míos. Amad mucho a la Iglesia. Amad al Santo Padre. Amad y pedid por los que la componen y por aquellos que se han desviado y más que pastores son asalariados, para que vuelvan al rebaño y no dejen a las ovejas. Las ovejas siempre tienen que tener un pastor para guiarlas a comer donde haya buenos pastos. 

Hijos míos, dedicaos a vuestro ministerio y no confundáis a las almas. Si no seguís el camino del Evangelio, no confundáis a las almas y salíos de ese camino para no dañar el rebaño. El pastor tiene que dedicarse a su rebaño. Pedid, hijos míos, para que los hombres cambien, pues en el mundo no hay paz porque Dios no está en él. ¡Ay, almas que tanto aman nuestros corazones!, no seáis ingratos y volved al camino de Cristo para predicar el Evangelio entero, sin mutilar; así ayudaréis más a las almas. No creáis, hijos míos, que porque tengáis los templos llenos es mejor para vosotros, sino hay que ver el fruto de los que van al templo. 

Pecadores, a todos os pido que por muy graves que sean vuestros pecados, Dios siempre está dispuesto a perdonarles, hijos míos. Acudid a Él. Frecuentad el Sacramento y haced visitas al Santísimo. 

¡Qué triste está Cristo en el Sagrario viendo que los hombres lo desprecian y lo rechazan! 

Yo voy detrás de vosotros, hijos míos, y sois vosotros los que tenéis que venir detrás de Mí; pero como también tengo una gran misericordia, quiero agotarla para salvaros. Sed humildes, hijos míos, y orad y desprendeos de las cosas materiales antes de que vuestro corazón deje de latir; estad muertos antes a las cosas que os apeguen y que sean obstáculo para llegar a Mí. Yo derramaré muchas gracias sobre todos vosotros, hijos míos. Oración, oración, hijos míos, y obras de amor y misericordia pido. Entregaos todos a mis obras.