
"El infierno consiste en la condenación eterna de quienes, por libre elección, mueren en pecado mortal" (Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, 212)
San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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lunes, 25 de febrero de 2019
viernes, 2 de marzo de 2018
Tres grandes enemigos han formado alianza para condenar su alma al infierno después de su muerte, los cuales son: el mundo, el demonio y la carne.
Tres grandes enemigos han formado alianza para condenar su alma al infierno después de su muerte, los cuales son: el mundo, el demonio y la carne.
Usted vive en la tierra por un motivo muy claro: amar y servir a Dios Nuestro Señor en esta vida para verle y gozarle en la eternidad.
Después de la muerte hay dos caminos para Usted: el cielo o el infierno; Usted después de su muerte será un santo o un demonio para siempre.
El fin de su vida, sus tres grandes enemigo, lo que pasará con Usted después de la muerte; no esta sujeto a su elección, no se trata si Usted gusta o no gusta, sencillamente es una realidad, Usted esta en una guerra ineludible.
Querer vivir en paz, tranquilo, sin problemas es una ilusión e ignorancia: 'Vita hominum militia est', la vida del hombre es milicia sobre la tierra, escribe el santo Job.
ANOTACIONES
1º ¿QUÉ ES USTED? ¿POR QUÉ VIVE AQUÍ Y AHORA?
Usted por el santo bautismo, por la fe verdadera y por la gracia de Dios es hijo adoptivo de Dios; por lo cual debe consagrar su vida a salvar su alma amando a Dios por sobre todas las cosas, incluso sobre Usted mismo, renunciando a todo lo que le aparta de Dios.
Usted vive para hacerse santo o demonio; el camino para el cielo es la cruz, la tribulación, la abnegación, la lucha del día a día.
La multitud de las personas, incluso de los malos católicos, están infestados de las ideas del mundo, del demonio y de la carne, que les dicen: Dios es tan bueno que todos se van a salvar sin hacer nada, hay que vivir a gusto, tranquilos, cada quien su vida y al morir todos al cielo aunque no se confiesen y no recen.
2º SE DEBE TRABAJAR EN USTED.
Un error generalizado es querer dirigir el mundo, corregir a los demás, señalar, criticar, olvidándose de lo más importante: su santificación de Usted. "Vela sobre ti, despiértate a ti, amonéstate a ti, y, sea de los otros lo que fuere, no te descuides de ti." Imitación de Cristo, Libro I, capítulo 25.
El cielo o el infierno no es un juego de azar, un deseo, una ilusión; aquí las cosas cuestan y se debe trabajar con inteligencia, con voluntad y con muchísima fe en la palabra de Dios.
El trabajo se materializa en oración de la mañana y de la noche, santo Rosario, confesión bien hecha, santa misa verdadera, estudio de la doctrina católica, apartarse de lo que le aparta de Dios.
Importante: con echarle la culpa a los demás, con gritos, enojos, tristezas, llanto u olvido de la realidad, las cosas del alma se empeoran; ocupa ubicarse en la realidad y empezar por Usted, olvídese del mundo entero, Usted arregle su vida, nunca será mucho o exageración.
3º EL SANTO ROSARIO.
Debe pensar en serio, tomar decisiones como persona madura, dejar las ilusiones piadosas, las fantasías o ilusiones, y ubicarse 'hic et nunc' aquí y ahora; Usted si no trabaja y si no le echa ganas puede ser un demonio después de su muerte.
Le aconsejo piadosamente, rezar todos los días el Santo Rosario, busque la mejor hora del día, donde Usted este tranquilo, mente fría, y pueda elevar su alma a Dios sin prisas, con atención y devoción.
Con tan sólo el rezo del Santo Rosario bien hecho todos los días, Usted puede salvar su alma, ser un santo después de su muerte por el poder de la Bienaventurada Siempre Virgen María.
"Aún cuando os hallaseis en el borde del abismo o tuvieseis ya un pie en el infierno; aunque hubieseis vendido vuestra alma al diablo; aun cuando fueseis un hereje endurecido y obstinado como un demonio, tarde o temprano os convertireis, con tal que recéis devotamente todos los días el Santo Rosario hasta la muerte." San Luis María G. de Montfort, El Secreto del Rosario.
Ánimo hermano pecador, a trabajar en bien de nuestra salvación eterna con el Santo Rosario, no se desanime por sus pecados involuntarios, poco a poco las cosas se van a componer mientras no abandone el Santo Rosario.
Dios le bendiga.
martes, 1 de diciembre de 2015
Efectos admirables de la confesión
Discípulo. —Padre, La confesión, además del perdón de los pecados, ¿proporciona también otras ventajas?
Maestro. —Muchísimas y sorprendentes. Todos nosotros tenemos tres enemigos implacables, funestísimos y obstinados, los cuales día y noche, continuamente ponen acechanzas a nuestras almas. Son ellos: la concupiscencia, el demonio y el mundo. Desde la niñez hasta la tumba, siempre nos persiguen, en todas partes, y en toda edad y condición apresan víctimas. ¡Ay del que no se previene con esta divina medicina de la confesión!
D. — ¿Y la confesión es suficiente para vencer a estos enemigos?
M. —Una confesión aislada no, es menester que se repita con frecuencia. Estos enemigos mortificados una vez con la confesión no mueren, sino que de nuevo, con multiplicada saña, acometen después, transforman y multiplican los lazos para ocasionarnos peores daños. ¡Oh, cuántos sinceramente convertidos, recaen bien pronto en los mismos pecados de antes!
San Felipe Neri refiere de un jovencito que se le presentó resuelto a dejar a toda costa ciertos pecados impuros, a los que estaba habitado. Le oyó amablemente su confesión, y viendo la firme voluntad que tenía de enmendarse, le absolvió en nombre de Jesucristo, y le dijo que se fuese tranquilo; más en cualquier momento en que recayera, que volviese inmediatamente a confesarse. Al día siguiente he ahí de nuevo aquel jovencito a los pies de San Felipe.
— Padre, el demonio ha sido más fuerte que yo. He caído en el mismo pecado.
— ¿Estás arrepentido?
— Sí Padre.
— Pues bien, yo te absuelvo, ve en paz: más después de la primera recaída vuelve de nuevo a caer. Al tercero, al cuarto, al quinto día hételo, de hinojos a los pies del santo a confesar sus acostumbradas recaídas, y en esta forma se repitió el caso por doce o trece veces con intervalos más o menos largos, hasta que, finalmente triunfó de su defecto y llegó a ser tan puro y casto, que San Felipe le recibió entre sus hijos, convertido en celoso apóstol.
Así que la confesión, repetida constantemente, acaba por ser más fuerte que el demonio, vence al demonio impuro de sus más obstinados asaltos.
D. —Padre, ¿se repiten tales casos de recaídas?
M. —Frecuentemente, en los adultos y sobre todo en los jóvenes.
D. —Y entonces, ¿qué hacer?
M. —Entonces es necesario repetir cada vez o inmediatamente la confesión. Así como no basta una sola inyección para matar el microbio del tifus o de la tisis, tampoco no basta una sola confesión para esterilizar el microbio de la concupiscencia, que circula en nuestra sangre. La confesión tiene fuerza especialísima contra la sensualidad, tanto que, como dicen eminentes personajes, casi no se puede creer que sean castos, sino aquellos que se confiesan, sea cual fuere su estado o condición. Podrá ser que se esté lejos de ciertos excesos, pero no se tendrá la absoluta integridad de costumbres sin la confesión frecuente.
D. — ¿Será por esto, que se la recomienda tanto, especialmente a la juventud?
M. —Por eso es precisamente, puesto que manifiesta mayormente toda la eficacia victoriosa de la confesión. En este terreno virgen es en donde se revela propiamente como talismán preservativo de la juventud. ¡Oh, cuan bello espectáculo presenta a los ojos de Dios y de los hombres tanta multitud de jóvenes, desde temprano acostumbrados a la frecuencia de este sacramento!
D. — ¿Tenían, pues, razón San José B. Cottolengo y San Juan Bosco de inculcarla tanto en sus institutos?
M. —Sí, por cierto. Don Bosco, y con él todos los mejores educadores, han comprendido que si se quiere preservar eficazmente a la encantadora infancia de ambos sexos de la pérdida de la inocencia no existe otro medio más seguro que la confesión frecuente.
D. —Si no me engaño, también el Papa San Pío X decretó ciertas cosas respecto a la confesión de los niños, ¿no es verdad, Padre?
M. —Bendita mil veces la santa y gratísima memoria de este vigilante Pontífice, que para remediar tantos abusos y costumbres aviesas, introducidas a raíz de cavilosas y perjudiciales interpretaciones, por decreto del 8 de mayo de 1910, estableció que la edad para la confesión y comunión de los niños es aquella en la cual el niño empieza a tener uso de razón, es decir, aún antes de los siete años; y que la costumbre de no admitir a la confesión y de no absolver a los niños que ya llegaron al uso de la razón, es absolutamente reprobable, cargando toda la responsabilidad sobre los padres, sobre el confesor, sobre los maestros y sobre el Párroco.
D. —De modo que según usted, la confesión frecuente ¿sería indispensable a todos, chicos y grandes?
M. —Sí, la confesión frecuente es indispensable a todos; y tengan todos presente, que si quieren vencer al mortal enemigo del alma, si quieren preservarse de todo género de impureza, si quieren que sus subordinados consigan tales victorias, deben ir a confesarse, llevar a confesarse, mandar que vayan a confesarse.
¡Pruébenlo y verán cuan poderoso es Jesús!
Un día se presenta a San Juan Bosco un sacerdote, párroco de un importante pueblo de Monferrato, el cual echándose a sus pies y besándole la mano, prorrumpió en abundante llanto. El Santo lo levántala y amorosamente se puso a interrogarle por la causa de tanta angustia.
—Don Bosco, le dice el sacerdote, estoy resuelto a abandonar mi parroquia, veo que soy incapaz de hacer el menor bien; mis fatigas son correspondidas siempre con la mayor indiferencia y frialdad. Abunda la blasfemia, las palabras obscenas, la profanación de los días festivos, las malas costumbres, el baile, el escándalo. Le suplico, Don Bosco, que me aconseje lo que debo hacer.
— ¿Desde cuánto tiempo sucede esto?
— Desde muchos años, y va siempre de mal en peor.
— ¿Ha rogado, ha procurado que rueguen otros?
— ¡Figúrese, Padre, si he rogado! He hecho novenas, votos, mas todo ha sido inútil.
— ¿Y a la Iglesia, a los Sacramentos, acuden?
— A la Iglesia vienen bastantes, también se frecuentan los Sacramentos; más después…
–– ¿Se hacen bien las confesiones?
–– ¡Ay! Este es mi mayor temor y mi mayor pena.
— Pues bien. Haga esto. Vuélvase tranquilo a casa, desde ahora en adelante no predique otra cosa que sobre la excelencia de la confesión, la importancia de la confesión bien hecha.
Obedeció aquel celoso sacerdote y después de tres años, encontrándose con el mismo Don Bosco en una sala de espera de la estación de Asti, se le hincó otra vez a los pies, y besándole muchas veces la mano con afectuosa efusión no acababa de darle gracias por tan luminoso consejo: “Lo he puesto en práctica, le decía, y mi parroquia se transformó como por encanto; gusto a cada momento de nuevas e indecibles consolaciones”.
D. —Don Bosco era santo, ¿no es así Padre?
M. —Era un hombre lleno de espíritu de Dios, conocedor del mundo, profundo escrutador de los corazones y, como Felipe Neri, celoso propugnador de la confesión frecuente, la cual si hoy en día no se practica cuanto fuera de desear, y no siempre con el debido fruto, es porque no se conoce suficientemente.
La confesión, además de ser el más grande remedio, es también el milagroso sacramento que bastaría por sí solo para contener al mundo entero.
D. — ¿Es posible?
M. —He aquí una muestra en un hecho histórico de la vida de Don Bosco.
En el año 1855. S. Juan Bosco había predicado tres días de ejercicios espirituales a los jóvenes de la Generala de Turín, que es un instituto correccional de díscolos. Cuando los hubo confesado todos, pidió y obtuvo, después de mucha insistencia del mismo ministro Urbano Ratazzi, de llevarlos en corporación, en número de trescientos cincuenta, a paseo hasta el parque real de Stupinigi, distante cuatro millas de Turín. La más bulliciosa alegría reinó hasta la tarde; y cuando los volvió a llevar a casa en el mayor orden, se vio que ninguno había faltado al llamarle. Imposible imaginarse el asombro de todos al ver como un pobre sacerdote solo, sin guardias, ni carabineros, hubiera podido mantener ordenados y sumisos a tan gran número de corrigendos, cuando no bastaban para ello los más severos reglamentos ni las más rigurosas celdas. Es que no sabían que el gran secreto de Don Bosco era la confesión, y que la confesión vale mucho más como medio educativo, que todos los regimientos de carabineros y guardias reales.
D. —Verdaderamente, Padre, la confesión es poderosa. ¡Oh, si los padres se valieran de tan rico tesoro, cuánto mejor se educaría la juventud, y cuánto mayor respeto, obediencia y moralidad se tendría en la familia!
M. —Sin duda de ninguna clase. Efectivamente, no temo exagerar si digo, que entre cien personas que frecuentan la confesión y lo hacen con sincera voluntad de progresar difícilmente se encontrará un pecado mortal; y por el contrario, confesando sólo dos que raramente se confiesan, difícilmente dejarán de encontrarse pecados mortales.
D. —Al modo como una casa que se barre con frecuencia, como un vestido que se cepille a menudo, como la cara, cuando se lava todos los días, se mantienen pulcros, así sucede con el alma que se confiesa con frecuencia, ¿no es verdad, Padre?
M. – Muy cierto.
Padre Luis José Chiavarino
jueves, 30 de octubre de 2014
Papa Francisco: el diablo no es un mito, se combate con el arma de la verdad
La vida cristiana es “un combate” contra el demonio, el mundo y las pasiones de la carne. Es lo que ha afirmado Papa Francisco en la Misa matutina celebrada en Santa Marta. El Pontífice, comentando una cita de la Carta del Apóstol San Pablo a los Efesios, afirmó que el diablo existe y nosotros “debemos luchar contra él” con “la armadura” de la verdad.
“Fuerza y valentía”. Papa Francisco ha centrado su homilía en las palabras de San Pablo que, dirigiéndose a los Efesios, “desarrolla en un lenguaje militar la vida cristiana”. El Pontífice ha destacado que “la vida en Dios se debe defender, se debe luchar para llevarla adelante”. Se necesitan fuerza y valentía “para resistir y anunciar”. Para “ir adelante en la vida espiritual”, afirmó, se debe combatir. No es un simple desencuentro, no, es un “combate continuo”. Francisco ha recordado que son tres “los enemigos de la vida cristiana”: “el demonio, el mundo y la carne”, es decir nuestras pasiones, “que son las heridas del pecado original”. Cierto, observó, “la salvación que nos da Jesús es gratuita”, pero estamos llamados a defenderla:
“¿De qué debo defenderme?¿qué debo hacer? ‘ponerme la armadura de Dios’, nos dice Pablo, es decir lo que es de Dios nos defiende, para resistir las insidias del diablo. ¿Esta claro? Claro. No se puede pensar en una vida espiritual, en una vida cristiana, sin resistir las tentaciones, sin luchar contra el diablo, sin vestir esta armadura de Dios, que nos da la fuerza y nos defiende”.
San Pablo, prosiguió el Papa, destaca “que nuestra batalla” no es contra las cosas pequeñas, “si no contra los principados y las potencias, es decir contra el diablo y los suyos”.
“Pero a esta generación, y a muchas otras, se les ha hecho creer que el diablo es un mito, una figura, una idea, la idea del mal. El diablo existe y nosotros debemos luchar contra é. Lo dice Pablo ¡no lo digo yo! La Palabra de Dios lo dice. Pero no nos convencemos. Y después Pablo explica cómo es esta armadura de Dios, que son varias armaduras que componen esta gran armadura de Dios. Y él dice: ‘Permaneced firmes, por tanto, permaneced firmes al lado de la verdad’. Esta es una armadura de Dios: la verdad”.
“El diablo, dijo, es el mentiroso, el padre de los mentirosos, el padre de la mentira”. Y como San Pablo, afirmó que es necesario tener “a los flancos la verdad, vistiendo la coraza de la justicia”. Por tanto, afirmó que “no se puede ser cristiano, sin trabajar continuamente para ser justos. No se puede”. Una cosa que “nos ayudaría mucho”, dijo, “sería preguntarnos” si creo o no creo. “Si creo un poco sí y un poco no”. ¿Soy un poco mundano y un poco creyente? Y destacó que “sin fe no se puede seguir adelante, no se puede defenderla salvación de Jesús”. Necesitamos “el escudo de la fe”, porque “el diablo no nos lanza flores”, sino “flechas incendiarias”, para matarnos. Francisco exhortó, por tanto, a tomar el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios”. E invitó a rezar constantemente, a velar “con oraciones y súplicas”.
“La vida es una milicia. La vida cristiana es una lucha, una lucha bellísima. Porque cuando el Señor vence en cada paso de nuestra vida, nos da una alegría, una felicidad grande: esa alegría porque el Señor ha vencido en nosotros, con la gratuidad de su salvación. Pero sí, somos un poco vagos, no, en la lucha, y nos dejamos llevar por las pasiones, por algunas tentaciones. ¡Y porque ¡todos somos pecadores! Pero no os desaniméis, Valentía y fuerza porque ¡el Señor está con nosotros!”.
sources: RADIO VATICANO
sábado, 22 de marzo de 2014
Batalla entre el Amor Divino y el amor propio de Santa Catalina de Génova

Catalina describía el amor propio como el odio propio, decía que el amor propio es el anzuelo puesto por el diablo para hacernos caer y la estrategia para traer el mal al mundo.
El alma absorbida por el amor propio se dirige a la total ruina espiritual. Sorda y ciega para la Verdad, condena su ser voluntariamente, abriéndose camino al Purgatorio o a la eterna agonía del infierno. Para ella el amor propio causa mayor muerte que la muerte de nuestro propio cuerpo, pues nos aparta del Amor Divino, de la Verdad y de la verdadera Voluntad de Dios. "La mejor manera de amar al Señor de una forma plena es olvidándose de uno mismo", insistía.
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