San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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lunes, 28 de octubre de 2013

Juicio Particular, Parusía y Juicio Final


El Juicio Particular, según el Santo Cura de Ars


 El Juicio Particular, según San Alfonso María de Ligorio


El Juicio Particular - Marino Restrepo



Juicio Particular, Parusía y Juicio Final
Padre José María Iraburu

viernes, 16 de noviembre de 2012

San Juan María Vianney y el Paraíso




Sobre el Paraíso
San Juan María Vianney - el Santo Cura de Ars - es recordado por la firme piedad y amor a la Iglesia con la que convirtió a todo un pueblo que hasta entonces llevaba una muy mala vida. Este discurso es el motor que para él mismo y sus contemporáneos sería motor de cambio y perfeccionamiento en la vida espiritual...


"Benditos, Oh Señor, aquellos que moran en Tu morada, ellos Te alabarán por siempre jamás"
¡Morar en el hogar del buen Dios, y disfrutar de Su Presencia, ser feliz con la felicidad de Su bondad, oh, eso sí que es felicidad, hijos míos! ¿Quién puede comprender la alegría y consolación que están disfrutando los santos en el Paraíso? San Pablo, que fue elevado al tercer cielo, nos cuenta que hay cosas allí que no nos puede revelar, y que no comprenderíamos... en efecto, hijos míos, jamás podremos formarnos una cabal idea sobre el Cielo hasta que lleguemos allí. Es un secreto oculto, una plenitud de secretas dulzuras, una alegría plena que puede experimentarse pero nuestra pobre lengua se ve imposibilitada a explicar. ¿Qué puede imaginarse como algo mayor que eso? El buen Dios mismo será nuestra recompensa: "Ego merces tua magna nimis". Yo soy tu recompensa, sobradamente mayor. ¡Oh, Dios! la felicidad que nos prometiste es tal que los ojos humanos no pueden verla, sus oídos no pueden escucharla, ni concebirla su corazón.
Sí, hijos, la felicidad del Cielo es incomprensible, es aquello con lo que Dios desea premiarnos. Dios, que es admirable en todas sus obras, lo será también cuando recompense al buen cristiano, cuya mayor felicidad consiste en obtener el Cielo. Tal posesión contiene toda bondad y excluye todo mal, el pecado está completamente lejos del Cielo, y todo dolor, toda miseria que son en realidad su consecuencia, quedan allí desterrados. ¡No más muerte! El buen Dios será en nosotros el Principio de la vida eterna. No más enfermedad, no más tristeza, no más penas ni dolor. Los afligidos, ¡regocíjense! Sus miedos y su llanto no irán más allá de la tumba... El buen Dios mismo enjugará vuestras lágrimas. ¡Regocíjense todos aquellos a quienes el mundo persigue y abruma! Pues sus penas pronto se disiparán, y por un momento de tribulación se les dará toda la gloria celestial. Regocíjense, ya que poseen todo lo bueno en la fuente única de toda bondad, el buen Dios mismo.
¿Puede alguien no ser feliz cuando lo tiene a Dios mismo, la felicidad y la bondad de Dios mismo, cuando ve a Dios como se ve a sí mismo?
Como dice San Pablo, hijos míos, ustedes verán a Dios cara a cara, porque ya no habrá velo o impedimento entre El y nosotros. Lo tendremos sin dificultad, y ya sin temor de perderlo. Lo amaremos ininterrumpidamente con un amor indiviso, porque El solamente ocupará íntegramente nuestro corazón. Lo amaremos incansablemente, descubriendo en El siempre nuevas perfecciones, penetrando en Su inmenso abismo de sabiduría, bondad, misericordia, justicia, grandeza y santidad, hasta sumergirnos en ello con dulce ansia.
Si un consuelo interior, si una gracia de Dios nos da tanto placer en este mundo, y ello disminuye nuestros problemas y nos ayuda a soportar nuestras cruces, así como los mártires tuvieron que soportar sus tormentos, ¿cómo será la felicidad del Cielo, donde tanta consolación y deleites son dados, no gota a gota, sino a torrentes?
Imaginémonos nosotros mismos, hijos míos, viviendo un eterno día siempre nuevo, siempre sereno, calmo, en la más deliciosa y perfecta sociedad. Qué alegría, qué felicidad, si pudiéramos tener sobre la tierra aunque sea unos pocos minutos a los ángeles, a la Santísima Virgen, al celestial Jesucristo a Quien siempre veremos... Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo frente a nosotros... Y no ya sólo a través de la fe, sino a plena luz del día, ¡en toda Su Majestad! ¡Qué felicidad ver así al buen Dios!
Los ángeles han estado contemplándolo desde el comienzo de la Creación y aún no están saciados, más bien sería una desdicha para ellos verse privados de El un solo instante. Jamás puede cansarnos la posesión del Cielo, poseer a Dios, el autor de todas las perfecciones. Al contrario, cuanto más lo poseemos más lo disfrutamos, más lo conocemos, mayor atracción y encanto descubrimos. Siempre lo veremos y más desearemos verlo, y gustar el placer de disfrutarlo, que jamás puede saciarse. Los benditos que están en la Divina Inmensidad, revelarán las delicias que les rodea y los embriaga. Tal es la felicidad a la cual el buen Dios nos destina.
Y todos podemos adquirir esta felicidad. Dios quiere la salvación del mundo entero. El nos ha ameritado el Cielo mediante Su muerte y el derramamiento de Su Sangre, lo que hace factible decir: "Jesucristo murió por mí, abrió el Cielo para mí, es mi herencia... Jesús me ha preparado un lugar, y sólo de mí depende llegar a ocuparlo. Vado vobis parare locum. Voy a preparar un lugar para ti. El buen Dios nos ha dado fe, y con esta virtud podemos obtener la vida eterna. Porque, aún cuando el buen Dios quiere la salvación para todos los hombres, la quiere particularmente para los cristianos que creen en Él: Qui credit, habeat vitam aeternam. El que crea, tendrá la vida eterna. Agradezcamos entonces, hijos míos, al buen Dios, regocijémonos, nuestro nombre está escrito en el Cielo, como los de los Apóstoles. Sí, están escritos en el libro de la Vida, y si así lo elegimos, estará allí por siempre, ya que tenemos los medios para alcanzar el Cielo.
La felicidad celestial, hijos míos, es fácil de adquirir, ¡el buen Dios nos ha provisto de tantos medios para hacerlo! Miren, no hay una sola criatura que no posea los medios para obtener a Dios, y si alguno de ellos se vuelve un obstáculo, es solo por nuestro abuso de ellos. Los bienes y las miserias en esta vida, aún los castigos, fueron puestos por Dios para castigar nuestras infidelidades y servir así a nuestra salvación.
El buen Dios, como dice San Pablo, hace que todas las cosas se tornen en bien, aún nuestras mismas faltas pueden sernos útiles, aun los malos ejemplos y las tentaciones. Lot fue salvado en medio de los idólatras. Todos los santos han sido tentados. Estas cosas están en las manos de Dios, y hay asistencia para alcanzar el Cielo, podemos recurrir a los Sacramentos, una fuente de toda bondad que nunca falla, una fuente de gracia provista por Dios mismo. Era fácil para los discípulos de Jesús la salvación, ya que tenían al Salvador Divino constantemente con ellos. ¿Es más difícil para nosotros asegurar la salvación nuestra, teniéndolo siempre con nosotros? Ellos tuvieron la felicidad de obtener lo que deseaban, lo que eligieran, ¿nosotros no?
Sí, porque poseemos a Jesús en la Eucaristía, Él está continuamente con nosotros, listo para otorgarnos lo que le pidamos, esperando sólo que lo hagamos. Si un hombre codicioso dispusiera de amplios medios para enriquecerse, ¿dudaría en hacerlo? ¿permitiría que se le escapara la oportunidad? ¿es que nosotros hacemos todo por este mundo y nada por el otro?
¡Qué labor, qué problema, qué cuidados y penurias sólo para juntar una pequeña fortuna! ¿De qué nos sirven todos esos bienes perecederos? Salomón, el más grande, rico y afortunado de los reyes, dijo desde lo alto de su más brillante fortuna: "He visto todas las cosas que han sido hechas bajo el sol, cuidado, todo es vanidad y vejación para el espíritu". Ésos son los bienes por los que trabajamos tanto, en vez de preocuparnos por los bienes celestiales. ¡Es vergonzoso que no nos ocupemos en adquirirlos y descuidemos los numerosos medios disponibles para alcanzarlos! Si la higuera fuera echada al fuego por no haber prodigado frutos por falta de cuidado... Si un siervo inútil fuera reprobado por haber escondido el talento recibido, ¿qué destino nos aguarda a quienes tan frecuentemente desaprovechamos las ayudas que podríamos utilizar para ir al Cielo, y las gracias que Dios nos ha dado? Apresurémonos entonces a reparar esas faltas del pasado y a procurar adquirir los méritos que nos hagan dignos de la Vida Eterna.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

El infierno es la consecuencia última del pecado libremente cometido y libremente no confesado




SELECCIÓN DE TEXTOS

Eternidad y enormidad de las penas
3028 Se hizo digno de pena eterna el hombre que aniquiló en si el bien que pudo ser eterno (SAN AGUSTIN, La Ciudad de Dios, 11).
3029 Y no se extinguirá la muerte, sino que será muerte sempiterna, y el alma no podrá vivir sin Dios, ni librarse de los dolores muriendo (SAN AGUSTIN, Ibídem 21, 3).

3030 Los malvados maldecirán eternamente el día en que recibieron el santo bautismo, los pastores que los instruyeron, los Sacramentos que se les fueron administrados. ¡AY! ¿qué digo?, este confesonario, este comulgatorio, estas sagradas fuentes, este púlpito, este altar, esa cruz, ese Evangelio o, para que lo entendáis mejor, todo lo que ha sido objeto de su fe, será objeto de sus imprecaciones, de sus maldiciones, de sus blasfemias y de su desesperación eterna (SANTO CURA DE ARS, Sobre el misterio).

3031 Sobre todo, considera la eternidad de las penas, pues ella sola basta para hacer el infierno insoportable. Si la picadura de una pulga en una oreja o el ardor de una ligera calentura es suficiente para que juzguemos larguísimo e insufrible el corto espacio de una noche, ¡qué espantosa será la noche de la eternidad con tantos tormentos! (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, I, 15).

3032 De manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allí pasar aquí. En esto hay un argumento contra los herejes, que dicen que habrán de tener término las penas, y que llegará día en que los pecadores podrán unirse con los justos y con Dios (TEÓFILO, en Catena Aurea, Vl, p. 254).

3033 A los mártires les parecía frío el fuego de los verdugos, porque tenían ante los ojos el huir de aquel que es eterno y nunca se extinguirá (Martirio de S. Policarpo, 10).

3034 Estando un día en oración, me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el infierno. Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado, y yo merecido por mis pecados. Ello fue en brevisimo espacio; mas, aunque yo viviese muchos años, me parece imposible olvidárseme [...], sentí un fuego en el alma, que yo no puedo entender cómo poder decir de la manera que es. Los dolores corporales tan insoportables, que, con haberlos pasado en esta vida gravísimos, y según dicen los médicos, los mayores que se pueden acá pasar (porque fue encogérseme todos los nervios cuando me tullí, sin otros muchos de muchas maneras que he tenido, y aún algunos, como he dicho, causados del demonio), no es todo nada en comparación con lo que allí sentí, y ver que habían de ser sin fin y sin jamás cesar. Esto no es nada, pues, nada en comparación del agonizar del alma, un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible y con tan desesperado y afligido descontento, que yo no sé cómo encarecerlo. Porque decir que es un estarse siempre arrancando el alma, es poco; porque aún parece que otro os acaba la vida, mas aquí el alma misma es la que se despedaza. El caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego interior, y aquel desesperamiento sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No veía yo quién me los daba, mas sentíame quemar y desmenuzar a lo que me parece, y digo que aquel fuego y desesperación interior es lo peor [...]; fue una de las mayores mercedes que el Señor me ha hecho, porque me ha aprovechado muy mucho, así para perder el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta vida, como para esforzarme a padecerlas y a dar gracias al Señor, que me libró, a lo que ahora me parece, de males tan perpetuos y terribles (SANTA TERESA, Vida, 32, 1-4).

3035 Hay infierno. --Una afirmación que, para ti, tiene visos de perogrullada--. Te la voy a repetir: ¡hay infierno! Hazme tú eco, oportunamente, al oído de aquel compañero... y de aquel otro (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino, n. 749).

3036 Todas estas cosas se dicen para que nadie pueda excusarse basado en su ignorancia, que únicamente cabría si se hubiera hablado con ambigüedad sobre el suplicio eterno (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. sobre los Evang.).

3037 Me amenazas con un fuego que sólo abrasa una hora y se extingue pronto; porque tú no conoces el fuego del juicio futuro y del eterno castigo que espera a los ateos (Martirio de San Policarpo, 10).

Pena de daño

3038 Esa pena será inmensa en primer lugar por la separación de Dios y de los buenos todos. En esto consiste la pena de daño, en la separación, y es mayor que la pena de sentido. Arrojad al siervo inútil a las tinieblas exteriores (Mt 25, 30). En la vida actual los malos tienen tinieblas por dentro, las del pecado, pero en la futura las tendrán también por fuera. Será inmensa, en segundo lugar, por los remordimientos de su conciencia [...]. Sin embargo, tal arrepentimiento y lamentaciones serán inútiles, pues provendrán no del odio de la maldad, sino del dolor del castigo.
En tercer lugar, por la enormidad de la pena sensible, la del fuego del infierno, que atormentará alma y cuerpo. Es este tormento del fuego el más atroz, al decir de los santos. Se encontrarán como quien se está muriendo siempre y nunca muere ni ha de morir; por eso se le llama a esta situación muerte eterna, porque, como el moribundo se halla en el filo de la agonía, así estarán los condenados [...]. En cuarto lugar, por no tener esperanza alguna de salvación. Si se les diera alguna esperanza de verse libres de sus tormentos, su pena se mitigaria; pero perdida aquélla por completo, su estado se torna insoportable (SANTO TOMÁS, Sobre el Credo, 12, 1. c., p. 1 13).

3039 Además de todos estos tormentos, hay otro todavía mayor, que es la privación y pérdida de la gloria de Dios, de la cual los condenados están excluidos para siempre. Si Absalón juzgó que el estar privado de ver el amable rostro de su padre David era más penoso que su destierro, ¿cuál será, Dios mío, la pena de estar para siempre privado de ver vuestro dulce y suave rostro? (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, I,15).

3040 La pena del infierno es insufrible, es verdad; pero si alguno fuera capaz de imaginar diez mil infiernos, nada sería el sufrimiento en comparación de la pena que produce el haber perdido el cielo y ser rechazado por Cristo (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Hom. sobre S. Mateo 28).

3041 Si fuese sólo la Justicia la que ha cavado el abismo, aún tendría remedio, pero es el Amor quien lo ha cavado; esto es lo que quita toda esperanza. Cuando se es condenado por la Justicia, se puede recurrir al Amor; pero cuando se es condenado por el Amor, ¿a quién recurrir? ¡Tal es la suerte de los condenados! El Amor que ha dado por ellos toda su sangre, es el mismo Amor que les maldice. ¡Cómo! ¿Habría venido un Dios aquí abajo por vosotros, habría tomado vuestra naturaleza, hablado vuestra lengua, curado vuestras heridas, resucitado vuestros muertos; habría sido El mismo muerto en la Cruz para que, después de todo esto, penséis que os es lícito blasfemar y reír, y caminar sin temor, desposarse con todas las disoluciones? Oh, no. Desengañaos, el amor no es un juego, no se es amado impunemente por un Dios, no se es amado impunemente hasta la muerte. No es la Justicia la que carece de misericordia, es el Amor quien os condena. El amor --lo hemos experimentado en demasía-- es la vida o la muerte; y si se trata del amor de Dios, es la vida eterna o la muerte eterna (LACORDAIRE, Conferencias de Nuestra Señora, 72).

Pena de sentido

3042 LOS condenados están en el abismo infernal como dentro de una ciudad malaventurada, en la cual sufren indecibles tormentos en todos los sentidos y miembros; porque como emplearon en el pecado todos sus miembros y sentidos, sufrirán en todos ellos las penas correspondientes al pecado. Los ojos, por sus licenciosas e ilícitas miradas, sufrirán la horrible visión de los demonios y del infierno; los oídos, por haberse deleitado con discursos malos, jamás oirán otra cosa que llantos, lamentos y desesperaciones, y así de los restantes (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, 1, 15).

3043 Entre aquellos que irán al infierno habrá diferencias de tormentos: [...] quien se condena [...] queda hecho hijo del infierno por cada una de las especies de pecados que comete, de manera que así como el justo tendrá aumento de gloria según sus méritos, así el pecador tendrá una pena en el infierno proporcionada, según el número de sus pecados (ORIGENES, en Catena Aurea, val. lll, pp. 117-118).

3044 Se nos dice que en aquel lugar habrá llanto y crujir de dientes; de suerte que allí rechinarán los dientes de los que, mientras estuvieron en este mundo, se gozaban en su voracidad; llorarán allí los ojos de aquellos que en este mundo se recrearon con la vista de cosas ilícitas; de modo que cada uno de los miembros que en este mundo sirvió para la satisfacción de algún vicio, sufrirá en la otra vida un suplicio especial (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 38 sobre los Evang.).

Los cuerpos de los condenados

3045 El castigo eterno producirá en los cuerpos cuatro taras contrarias a las dotes de los cuerpos gloriosos. Serán oscuros: Sus rostros, caras chamuscadas (Is 13, 8). Pasibles, si bien nunca llegarán a descomponerse, puesto que constantemente arderán en el fuego pero jamás se consumirán: Su gusano no morirá, y su fuego no se extinguirá (Is 66, 24). Pesados y torpes, porque el alma estará allí como encadenada: Para aprisionar con grillos a sus reyes (Ps 149, 8). Finalmente, serán en cierto modo carnales, tanto en alma como el cuerpo: Se corrompieron los asnos en su propio estiércol (Joel I, 17) (SANTO TOMÁS, Sobre el Credo, 11, 1. C., P. 109).