San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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martes, 7 de julio de 2015

LOS NOVÍSIMOS (Juicio particular)




Por juicio se entiende el estricto examen de toda nuestra vida ante el tribunal de Dios, seguido de la sentencia que decidirá nuestra suerte por toda la eternidad.

   Hay dos juicios: uno particular entre el alma y Jesucristo inmediatamente después de la muerte; y otro universal a final de los tiempos entre Jesucristo y todos los hombres reunidos. El Juicio Universal es una ratificación o confirmación del particular.


Certeza o pruebas de este Juicio

   Pruebas de fe. — En varios pasajes de la escritura hallamos sentencias, ejemplos o parábolas que prueban la realidad del juicio de Dios. He aquí algunas citas:

   Dice San Pablo: Está establecido que los hombres mueran una sola vez y que a la muerte siga el juicio.
   Jesucristo habló del juicio cuando dijo: Estad siempre preparados (para morir) porque a la hora que menos penséis el Hijo del hombre va a pediros cuenta de vuestra vida.
   Y en otra ocasión: Vigilad, pues, porque, ignoráis el día  y la hora (de la muerte y del juicio).
   También hacen a este propósito las parábolas del rico Epulón y Lázaro,  la del mayordomo injusto (Lucas, XVI, 1-9), de las diez vírgenes (Mat., XXV).

   Pruebas racionales. — 1) Dice Santo Tomás: El hombre puede ser considerado  como individuo aislado y como parte del género humano; luego debe someterse a un doble juicio: a) Uno particular en el cual sea premiado o castigado según sus obras, pero, sin que trascienda su sentencia. b) Otro juicio, universal en el que llegue a conocimiento de toda la sentencia merecida y todos alaben la justicia o misericordia de Dios. 2) Por analogía. – En toda sociedad bien constituida nunca se condena a un hombre sin antes juzgarlo; así también Dios, juez rectísimo y sapientísimo, juzga al hombre para que éste comprenda el motivo de su salvación o condenación. 3) Testimonio de los pueblos. – Aun los pueblos privados de la luz de la fe creían en un juicio de las almas. Se han hallado en las tumbas egipcias dibujos que representan ese juicio bajo el símbolo de una balanza donde es pesada el alma. El poeta Virgilio en su “Eneida” (libro sexto, versos 565 y siguientes) hace ver cómo las almas se presentan al juez Radamanto, quien las obliga a confesar sus delitos. Análogas creencias existen en los pueblos salvajes.

Celebración del Juicio.
   El juez será Jesucristo, según lo dijo Él mismo: El Padre no juzga a ninguno: mas todo el juicio ha dado al Hijo. La razón es porque Jesucristo ha sido nuestro Redentor y como a tal le corresponde pedirnos cuenta del uso que hemos hecho de su redención.
   Jesucristo cuando nos juzgue estará revestido ya no de los atributos de la misericordia, pero sí de la justicia: será un Juez justo que dará a las obras buenas y malas su verdadero valor; sabio, que todo lo conoce, hasta los más leves pensamientos; no podrá ser engañado como los jueces de la tierra; incorruptible, que no se deja desviar, como los jueces humanos, por premios o amenazas; inapelable, del cual no se puede apelar a otro juez superior para que cambie la sentencia.

   Lugar del juicio. — Donde la muerte sorprendiera al hombre, allí se levantará el tribunal del supremo Juez.
   Modo. — Dios iluminará el alma con una luz tan viva, que abarcará de una sola mirada todos los detalles de su vida, la fealdad y gravedad de sus pecados, como también la belleza y méritos de sus obras buenas.
   Materia. — Jesucristo nos juzgará sobre todo lo bueno y lo malo que hubiéramos hecho, a saber:

   a) El mal cometido, juzgado en sus causas, en su malicia, en sus efectos.
   b) El bien voluntariamente omitido (pecado de omisión) hecho con negligencia, practicado con hipocresía o por fines humanos, p. ej.: para ser visto, aplaudido, etc.
   c) Los escándalos dados a las almas, a los niños, a los criados, a los ignorantes.
  d) Las gracias de que se abusó: sacramentos, instrucciones, remordimientos, buenos ejemplos, enfermedades, reveses de fortuna, bienes materiales.

   Será tan riguroso este juicio, que apenas se salvará el justo. Dice San Pedro en su primera epístola: “Sí el justo a duras penas se salvará, ¿dónde irán el impío y el pecador? (IV, 18).

La sentencia.

   Terminado el juicio, Jesucristo pronunciará la sentencia, la cual es irrevocable, por cuanto no hay excusas que alegar; no hay defensor en quien esperar; no hay ya lugar a suplica porque con la muerte termina el tiempo de la misericordia y sólo queda estricta justicia.

   La sentencia para el alma justa será: Ven, alma bendita a poseer el reino que té está preparado desde el establecimiento del mundo” (Mat., XXV, 34).
   Si el alma no está purificada enteramente de sus faltas veniales o tiene algo que expiar, la enviará Dios al Purgatorio, de donde, acabada la expiación, subirá a la gloria.

   La sentencia para el alma culpable será: “Apártate de mí, maldita, vete al fuego eterno que está aparejado para el diablo y para sus ángeles” (Mat., XXV, 41). En seguida el alma será precipitada en el infierno por toda la eternidad.

sábado, 22 de marzo de 2014

Explicación del Purgatorio según Santa Catalina de Génova


El alma cuando abandona el cuerpo y no encuentra la pureza para la que fue creada, se ve incapacitada de su unión con Dios. Catalina convencida de que solo el Purgatorio puede extirpar sus impurezas, anhela el Purgatorio para purificarse y poder presentarse completamente purificada ante el Señor. Dios: puro de una manera que ninguna mente humana puede concebir, donde la mínima mancha del alma es revelada ante tanta pureza.
El Señor le reveló el Purgatorio igual que el infierno, con la única diferencia que en el Purgatorio el alma ansía el purificarse para ir hacia Dios. Y en el infierno, el alma no desea purificarse ni unirse con Dios. Pero en cuanto al sufrimiento, Dios se lo reveló de igual forma.
El mayor dolor en el Purgatorio es ver que las puertas del cielo Dios las tiene abiertas para todos y que uno durante su tiempo en la vida terrenal, rechazó las purificaciones. En el purgatorio el alma puede ver el infinito amor y la infinita misericordia de Dios y las veces que le dimos la espalda por nuestros deseos y voluntades. Entonces, el alma misma reconoce y ve que aún el Purgatorio es demostración del infinito amor y misericordia de Dios.

sábado, 20 de julio de 2013

El Juicio Particuar según San Alfonso María de Ligorio


«Dame cuenta de tu administración» (Luc. XVI, 2)


De los bienes que hemos recibido de Dios, oyentes míos, bien sean dones de la naturaleza, o de la gracia, no somos dueños, de manera que podamos dispones de ellos a nuestro antojo, sino solamente administradores; por lo cual debemos emplearlos según la voluntad de Dios, que es el verdadero dueño de ellos y de nosotros mismos. De donde resulta, que hemos de darle cuenta de ellos a la hora de la muerte. Porque, como nos dice Jesucristo, por San Pablo, hemos de comparecer ante el tribunal de Dios, para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas acciones (II, Cor. v, 10). San Buenaventura comenta de este modo: «No eres dueño o administrador de las cosas que se te han confiado; y, por lo mismo, has de dar cuenta de ellas. Quiero haceros ver en la presente plática, el rigor con que se nos juzgará el último día de nuestra vida, cuando el alma, abandonando el cuerpo, se presente ante el tribunal de Dios, para ser juzgada por todas sus obras, buenas y malas.

Consideraremos, pues, el terror que se apoderará del alma:

Punto 1º: Cuando se presente a ser juzgada.

Punto 2º: Cuando sea examinada.

Punto 3º: Cuando sea condenada.

CUANDO SE PRESENTE A SER JUZGADA


1. Decretado está, dice San Pablo, que los hombres mueran sólo una vez, y que después sean juzgados. (Heb. IX, 27). Es de fe que hemos de morir, y que después de la muerte debemos ser juzgados de todas las acciones de nuestra vida. ¿Cuál será pues nuestro pavor y aturdimiento a la hora de la muerte, pensando en el juicio que nos espera luego que el alma se haya separado del cuerpo? Entonces se decide la causa de nuestra muerte, o de nuestra vida eterna; y al pasar el alma de esta vida terrena a la eternidad, la consideración de los pecados cometidos, el rigor del divino juicio, la incertidumbre de la salvación eterna, hacen temblar a los mismos santos. estando enferma Santa María Magdalena de Pazis, temblaba de miedo al acordarse del día del juicio; y animándola el confesor, le respondió: «¡Ah padre! Es terrible cosa tener que comparecer ante el tribunal de Jesucristo». También San Agatón, después de haber pasado tantos años haciendo penitencia en el desierto, temblaba diciendo: «¿Qué será de mi cuando sea juzgado?».

2. Es sentencia común de los teólogos, que el mismo momento y en el mismo sitio en que el alma se separa del cuerpo, se alza el divino tribunal, se examina el proceso, y pronuncia la sentencia del supremo juez Jesucristo, manifestando a cada alma todas sus obras buenas y malas, y el premio o castigo que merece por ellas. A este tribunal hemos de presentarnos todos, para dar cuenta de todos nuestros pensamientos, palabras, obras y deseos. Al tiempo de ser presentados algunos delincuentes ante los jueces de este mundo, se les ha visto bañados de un sudor frío dimanado del miedo que tenían. Se cuenta de un gentil llamado Pisón, que al presentarse ante el senado en traje de reo, fue tran grande su confusión, que se suicidó porque no pudo hacerse superior a ella. ¡Que pena tan grande es también para un súbdito, o para un hijo, tener que comparecer ante el príncipe, o ante el padre, que irritados los mandan llamar para dar cuenta de un delito cometido! ¡Oh, cuanto mayor será la pena y la confusión que tendrá el alma al comparecer ante Jesucristo irritado, por haberle ella despreciado mientras vivía!

3. ¡Cuán llena de espanto estará el alma, que se presente manchada con el pecado ante tan justo Juez, al verle la primera vez, y verle irritado! San Basilio dice: que la atormentará todavía más la vergüenza que el mismo fuego del Infierno. Cuando los hermanos de José oyeron la reprensión que él mismo les daba: Ego sum Joseph, quem vendidistis: «Yo soy José a quién vendistes»: Dice la  Escritura, que no podían responderle sobrecogidos de terror. ¿Qué responderá, pues a Jesucristo el pecador, cuando le diga: «Yo soy aquél tu Redentor y tu  Juez a quien tu despreciaste tanto». ¿Dónde huirá entonces el desgraciado, pregunta San Agustín, cuando vea sobre si al juez irritado, a sus pies abierto el Infierno, a un lado los pecados que lo acusan, y al otro los demonios que le arrastran al suplicio, y la conciencia que le despedaza interiormente? ¿Quizá entonces pensará hallar piedad? Pero, ¿como podrá esperar piedad, dice Eusebio Emiseno, cuando ante todas las cosas deberá dar cuenta del desprecio que hizo de la piedad que tuvo con él Jesucristo?

TERROR QUE TENDRÁ EL ALMA CUANDO SEA EXAMINADA


4. Luego que el alma e presenta al tribunal de Jesucristo, le dice éste justísimo Señor: «Dame ahora cuenta de todas las obras de tu vida». Dice el Apóstol, que para hacerse el alma digna de la salvación eterna, ha de confirmar su vida con la de Jesucristo. (Rom. VII, 29 et 30). Escribió San Pedro, que en el juicio recto que hará Jesucristo, «apenas se salvará el justo que haya observado la ley divina, perdonado a sus enemigos, respetando a los Santos, y siendo manso y casto de corazón». Y luego añade: «¿Cuál será la muerte del pecador y del impío?» (I. Petr. iv, 18). «¿Cómo se salvarán los vengativos y los blasfemos, los deshonestos, y los maldicientes?» «¿Y cómo se salvarán aquellos cuya vida ha sido siempre contraria a la vida de Jesucristo?».


5. El Juez, ante todas las cosas, pedirá cuenta al pecador de los beneficios y de las gracias que le hizo para salvarle, de las cuales él no quiso aprovecharse. Le pedirá cuenta de los años que le concedió para servir a Dios: Vocabit adversum me tempus (Threm. I, 15) y él los gastó en ofenderle. En seguida se la pedirá de los pecados. Los pecadores cometen las culpas, y luego se olvidan de ellas; pero no las olvida Jesucristo, que tiene contadas todas nuestras iniquidades, como dice Job: «Tú tienes sellados y guardados como en una arquilla mis delitos». (Job. XVI, 17). Y también nos dice que «el día de la cuenta tomará el Señor la antorcha para escudriñar todas nuestras obras»: Et erit in tempore illo; scrutabor Jerusalem in lucernis (Sophon. I, 12). Mendoza comenta estas palabras, diciendo: Lucerna omnes angulos permeat. «La luz de la antorcha penetra en todos los ángulos de la casa»; lo cual quiere decir, que Dios descubrirá todos los defectos de la conciencia, grandes y pequeños; porque entonces, como dice San Anselmo: «Se pedirán cuentas hasta de sus miradas»; y San Mateo: «De toda palabra ociosa». Omne verbum otiosum, quod locuti fuerint homines, reddent rationem de eo in die judicci. (Matth. XII, 36).


6. El profeta Malaquías dice, que «así como se purifica el oro, separándose de la escoria, así el día del juicio se examinarán todas nuestras acciones, y se castigarán las que no sean buenas y arregladas a la ley divina. Hasta las obras justas, como por ejemplo, las confesiones, las comuniones, las oraciones han de ser examinadas entonces». (Psalm. LXXIV, 3). Y si han de ser juzgadas las miradas y las palabras ociosas; ¿con cuánto rigor se juzgarán las acciones deshonestas, las blasfemias, las murmuraciones graves, los hurtos y los sacrilegios? «En aquél día», -dice San Jerónimo- «cada alma verá por sí misma con grande confusión suya toda la fealdad de sus acciones».


7. «Pesados están en fiel balanza los Juicios del Señor». (Prov. XVI, 11). En la balanza del Señor no se pesa la nobleza, ni la ciencia, sino la vida y las obras. El aldeano, el pobre y el ignorante serán premiados, si mueren en la inocencia; y el noble,  el rico y el literato serán condenados, si resultan reos en el juicio, como dijo Daniel al rey Baltasar: Appensus es in statera, et inventus es minus habens. (Dan. V, 27) El P. Alvarez comenta estas palabras, diciendo: «No entran en la balanza el oro ni el poder; solamente fue pesado el rey».


8. Entonces el infeliz pecador se verá acusado por el demonio, que, como dice San Agustín, «repetirán ante el tribunal de Jesucristo las palabras con que prometimos ser fieles; y nos echará en cara todo lo que hicimos, y en que día y hora pecamos». Nos recordará en efecto el demonio, todas nuestras malas obras, señalando el día y la hora en que las hicimos; y terminará la acusación y el proceso con estas palabras que el mismo Santo pone en boca del demonio: «Yo no sufrí como vos bofetadas y azotes por este ingrato; sin embargo, él os ha vuelto las espaldas a vos, que tanto padecisteis por salvarle, y se ha hecho esclavo mío». También se presentará a acusarle el Ángel custodio, como escribe Orígenes, y dirá: «Yo he trabajado tantos años a su lado; él, empero, despreció todos mis consejos e inspiraciones». Entonces pues, hasta los amigos despreciarán el alma condenada en el juicio. Y la acusarán sus mismos pecados, según San Bernardo, diciéndole: «Tú nos cometiste, obra tuya somos, no te abandonaremos». (Lib. Medit. cap. 2).


9. Veamos ahora que excusas podrá alegar el pecador. Dirá que la mala inclinación natural le indujo al mal; pero se le responderá, que si bien la carne le inclinaba al pecado, ninguno le violentaba para cometerle: antes al contrario, si hubiese recurrido a Dios cuando se veía tentado, el Señor le hubiera dado fuerzas para resistir por medio de su gracia. Con este fin Jesucristo instruyó los sacramentos; y no habiendo querido valernos de ellos, ¿ de quién podemos quejarnos sino de nosotros mismos? Por esto dice San Juan: «Ahora no tienen excusa de sus pecados» (Joann. XV, 22). Dirá para excusarse, que el demonio le tentó; pero San Agustín dice que el enemigo está atado con cadenas como un perro, y que no puede morder a ninguno sino al que se acerca a él con demasiada confianza. Puede el demonio ladrar, más no morder sino a aquél que se le acerque a él y le preste oídos. Ved, pues, cuán necio es aquél a quien muerde el perro que está atado a la cadena. Alegará quizá para excusarse el mal hábito, pero no le valdrá semejante excusa, porque el mismo San Agustín añade: que aunque es difícil resistir a los malos hábitos, sin embargo, si se quiere de veras, se vencen con la ayuda de Dios. «El Señor›, -como asegura San Pablo-, ‹no permite que ninguno sea tentado más allá de lo que puede resistir». (I.Cor. X. 13).


10. «¿Que será de mi, -decía Job-, cuando Dios habrá de venir a juzgar?» «¿Ni que podré responderle cuando me pregunte?» «¿Y que le responderé cuando me buscare?» ¿Que podrá responderle a Jesucristo el pecador? ¿Que ha de poder contestar cuando se vea convencido? Callará confuso, como calló el hombre que según San Mateo (22, 12) fue hallado sin el vestido nupcial. Toda iniquidad cerrará su boca. Entonces dice Santo Tomás de Villanueva, no habrá intercesores a quienes pueda recurrir. ¿Quién te salvará entonces? ¿Dios? Más ¿cómo podrá salvarte Dios, dice San basilio, si tú le despreciaste? El alma que sale de esta vida en pecado se condena a sí misma, aún antes de que se pronuncie la sentencia contra ella.

TERROR DEL ALMA CUANDO SEA CONDENADA


11. Cuanta será la alegría de un alma, cuando sea recibida por Jesucristo a la hora de la muerte con aquellas dulces palabras: «Siervo bueno y leal, ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho, ven a tomar parte en el gozo de tu Señor» (Matth. XXV, 21). Tan grande será la pena y desesperación del alma condenada que se vea desechada por el Juez con aquellas palabras. «Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno» (Ibid. 41). ¡Oh, que acento tan terrible será para ella una sentencia semejante! Pero hagamos oyentes míos, unas reflexiones sobre nuestra conducta antes de terminar esta plática. Dice Santo Tomás de Villanueva (Conc. 1, de Jud.) que muchos oyen hablar del juicio y de la condenación de los réprobos; pero hacen tan poco caso de ello, como si estuviesen seguros que no les ha de caber esta suerte, o como si el día del juicio no hubiese de llegar para ellos. Y añade: Pero ¡que locura es tener seguridad en una cosa tan peligrosa! Algunos aunque vivan en pecado, dice San Agustín, no pueden ni siquiera imaginarse que Dios quiera enviarlos al Infierno, y dicen: ¿Será cierto que Dios nos ha de condenar? No hijos, dice el Santo, no digáis eso: reflexionad que muchos condenados no creían que habían de ser enviados al Infierno, pero murieron en pecado, y fueron arrojados a él, según la amenaza de Ezequiel: «El fin llega, ya llega el fin… y yo derramaré sobre ti mi furor, y te juzgaré». (Ezech. VII, 2 et 3). Pecador que me escuchas, ¿quién sabe si el castigo está ya próximo, y tu te burlas en el pecado? ¿Quién no temblará oyendo aquellas palabras del Bautista? «Ya la segur está aplicada a la raíz del árbol; todo árbol que no produce buen fruto, será cortado, y echado al fuego». (Matth. III, 10) ¿Cuál es este árbol que no da buen fruto, sino el pecador que no sigue la recta senda que Jesucristo le trazó? Sigamos, oyentes míos, el consejo del Espíritu Santo, que dice: «Antes del juicio asegúrate de tu justicia». (Eccl. XVIII, 19) Esto es, antes de presentarnos ante el juez, ajustemos las cuentas. Busquemos a Dios ahora que podemos hallarle, porque vendrá tiempo en que querremos, y no podremos. «Me buscaréis, y no me hallaréis» (Joann. VII, 36); porque entonces ya habrá expirado el plazo que Dios nos ha concedido para hacer penitencia y asegurar nuestra salvación. Por eso dice San Agustín: que «al juez que ha de juzgarnos de ha de aplacar antes del juicio, pero no en el juicio». Ahora, ahora, oyentes míos, podemos aplacar a Jesucristo, enmendando nuestra vida, abandonando la senda de los vicios y recobrando la gracia divina que perdimos por la culpa; cuando empero nos presentemos al Juez, si nos encuentra en pecado, por lo mismo que es justo, se verá precisado a hacer justicia, y no habrá remedio alguno para nosotros. ¿De que os servirá entonces haber nacido en el seno del cristianismo? ¿De que los sacramentos instituidos por Jesucristo para vuestra salvación? ¿De que la sangre de Cristo derramada en el árbol sacrosanto de la cruz. De hacer más intolerables las penas del Infierno, pensando que pudisteis salvaros tan fácilmente, y os condenasteis por vuestra culpa. 



 Despertad, pues, de este letargo criminal en que os tiene adormecidos el demonio: volveos a Jesucristo, a quien habéis abandonado por seguir a Lucifer; y os recibirá de nuevo en su amistad, y os abrazará amoroso, como abrazó su padre al Hijo pródigo del Evangelio, que volvió a la casa paterna cuando se vió perdido y sin recurso en el mundo, oprimido del hambre, y del gusano roedor de la conciencia.

miércoles, 13 de febrero de 2013

El Juicio particular y el Juicio final


El Juicio particular y el Juicio final

Significado que tiene decir: "El fín del mundo", el "Juicio particular" y el "Juicio final".


El Juicio particular y el Juicio final

Todos hemos deseado en algunos momentos de nuestra vida, ser jueces de los demás. Opinamos con facilidad acerca de su vida juzgando si hicieron bien o mal. Sin embargo, nos cuesta trabajo pensar que nosotros también vamos a ser juzgados al final de nuestra vida y que nuestros actos, por más secretos que hayan sido, van a trascender más allá del momento en el que los hicimos.

¿Qué sucede con el alma después de la muerte?

Los cristianos encontramos en el Evangelio algunos pasajes que nos hablan acerca del destino del alma. Específicamente, en la parábola del pobre Lázaro (Lucas 16, 22) y en las palabras que Cristo dirige al buen ladrón, crucificado junto a Él (Lucas 23, 43). 

Al morir, nuestra alma se separará de nuestro cuerpo. Se presentará ante Dios para recibir, de acuerdo con lo que nosotros mismos hayamos elegido en la vida terrena, la recompensa o el castigo eterno. 

El Juicio Particular

Al morir, tendremos un Juicio Particular. En este juicio nos encontraremos ante Jesucristo y ante nuestra vida: todos nuestros actos, palabras, pensamientos y omisiones quedarán al descubierto. 

Suena dramático, pero es real. Si nos encontramos en gracia de Dios, nuestra eternidad feliz empezará en ese momento. Si morimos en una actitud de rechazo total y voluntario a Dios, en pecado mortal, entonces empezará para nosotros el castigo eterno, el infierno.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos habla de la “retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe” (n. 1021). El destino del alma será diferente para cada uno de nosotros, de acuerdo a cómo hayamos utilizado nuestro tiempo de vida en la Tierra.

Hay muchas personas que dicen: “Yo me voy a salvar, pues nunca he hecho el mal a nadie”. Hay que tener cuidado, pues ese día no se nos juzgará sólo por el mal que no hayamos hecho, sino también por el bien que hayamos dejado de hacer. Debemos preocuparnos no sólo por evitar hacer el mal, sino por hacer el bien a todo el que nos rodea. Si no hacemos el bien a los demás, llegaremos al juicio con las manos vacías y “no aprobaremos el examen”.

El Juicio Particular, como su nombre lo dice, será para cada uno de nosotros en lo personal. En éste, Dios nos preguntará: “¿Cuánto amaste?” Y cada uno de nosotros tendrá que responder a esta pregunta. Dios espera que cada uno de nuestros actos sea hecho por amor .

San Juan de la Cruz tiene una frase que dice: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor”.


El Juicio Final

El Juicio Final lo tendremos al final de los tiempos, cuando Jesús vuelva a venir glorioso a la Tierra. En él, todos los hombres seremos juzgados de acuerdo a nuestra fe y a nuestras obras. 

La resurrección de todos los muertos, “de los justos y de los pecadores”, precederá al Juicio Final. Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación (Juan 5, 28-29). 

En la Biblia podemos leer cómo será este juicio en Mateo 25, 31.32.46: Lo que sucederá ese día, de acuerdo con la narración de Jesucristo, será como un examen de aquello que nos caracteriza como personas humanas: nuestra capacidad de amar.

En ese día saldrán a la luz todas nuestras acciones y se verá el amor hacia los demás que pusimos en cada una de ellas.

Este amor será el que nos juzgará:

"Venid benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber…"

"Id malditos al fuego eterno… porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber…" 

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “El Juicio Final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena” (n. 1039).

El juicio final es la prueba de que Dios es infinitamente justo y ha dispuesto todo con sabiduría para que la verdad se conozca y se aplique la justicia en cada hombre con el destino eterno que él mismo se haya merecido. 

Algunas personas piensan que no hay que preocuparse por eso de los juicios, pues creen que Dios va a salvar a todos los hombres al final de los tiempos porque es infinitamente bueno y nos ama. 

Es verdad que Dios es muy bueno, pero también es muy justo y respeta nuestra libertad. Cuando nosotros estamos en pecado mortal, libremente le hemos dicho a Dios que “no nos interesa salvarnos”. Si morimos en este estado, Dios respetará nuestra decisión. El hombre, con su libertad, alcanza la recompensa o el castigo eterno.

Frente a Cristo se conocerá la verdad de la relación de cada hombre con Dios. 
El Juicio Final revelará que la justicia de Dios triunfa sobre todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte. 

Reflexionar tanto en el Juicio Particular como en el Juicio Final nos recuerda que mientras tengamos vida, tenemos oportunidad de alcanzar nuestra salvación. Cada día nos ofrece la posibilidad de amar a Dios y a los que nos rodean, de perdonar a los que nos ofenden, de vivir cristianamente.


¿Cuándo será el juicio final?

El mismo Jesucristo nos aclaró que ni siquiera Él conoce el día ni la hora en que se llevará a cabo este acontecimiento, sino sólo Dios Padre. Así que no debemos dejarnos engañar por personas que pretenden conocer la fecha del fin del mundo. No debemos preocuparnos por intentar conocer esa fecha, sino sólo por estar siempre bien preparados, pues no sabemos en qué momento sucederá.

Para profundizar, puedes leer el Catecismo de la Iglesia Católica núm. 668 - 682, 1021-1023, 1038-1042, 2831 

viernes, 16 de noviembre de 2012

San Alberto Magno y el Purgatorio



Diversas personas oyeron decir, no una, sino muchas veces, a Alberto Magno, Ministro General que fue de Predicadores, de cierto hombre cuya vida era de buen ejemplo, y en los ojos de todos, buena y santa, que, estando enfermo, y de enfermedad muy penosa, que rogó a Dios con lágrimas que con la muerte pusiese fin a tanto mal y tormento como padecía en aquella enfermedad. Apareciósele un ángel, y díjole que Dios había oído su oración, y que le daba a escoger, o que estuviese tres días en Purgatorio, o un año la enfermedad que tenía, y que, cumplido, iría luego al Cielo. El enfermo, que sentía la pena presente y no tenía experiencia de la ausente, dijo:


- Yo quiero morir luego, y no sólo tres días, sino cuanto más fuere la voluntad de Dios ser atormentado en el Purgatorio.


- Sea como dices -dijo el ángel.


Y en la misma hora murió, y su alma fue a Purgatorio. Pasó un día, y visitóle el ángel en su tormento, diciéndole:


-¿Cómo te va, alma que escogiste tres ddías de Purgatorio por no padecer un año de enfermedad?


Respondióle la alma:


-¿Y vos sois ángel? No debéis serlo, quue los ángeles no engañan. Me dijiste que estaría tres días en estas penas, y han pasado muchos años y no me veo libre de ellas.


El ángel le dijo:


- No los muchos años, sino lo terrible del tormento te fuerza a decir lo que dices, porque de los tres días sólo uno has estado en Purgatorio. Mas si te agrada hacer nueva elección, tu cuerpo no está aún sepultado, puedes volver a él, y por un año padecer la enfermedad que tenías.


Respondió el alma:


- No sólo un año, sino hasta la fin del mundo quiero más padecer el tormento y pena de la enfermedad que los dos días que quedan de Purgatorio.


Fue vuelta el alma al cuerpo, y no sólo padeció con paciencia la enfermedad, sino que refiriendo a muchos lo que le había sucedido, los exhortó a penitencia. Lo dicho es de Gulielmo, en el libro De Apibus.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

La confesión sacramental frecuente para evitar el infierno y ganar el cielo



ADVERTENCIA:
Si usted no está en estado de gracia salvo EN ESTE MOMENTO, se encuentra a sólo un latido del corazón del Infierno. ¡Se encuentra en el MAYOR PELIGRO que existe en el universo!
Jesús Cristo, el Hijo de Dios, describió el Infierno como:
El lugar al cual la MAYORIA de las personas irán después de la muerte (Mt. 7:13,14). [Querido lector, si usted es como la mayoría, ¡USTED terminará también en ese lugar horrible!]
Un lugar de tinieblas en donde habrá llanto, gemido y crujir de dientes (Mt. 24:51; 25:30).
Un lugar que debemos evitar aunque tuviéramos que perder partes físicas de nuestro cuerpo (Mt. 18:8,9).
Un lugar preparado para el diablo y sus ángeles. (Mt. 25:41 cf. Apoc. 20:10).
Un lugar en donde el fuego no se apaga. (Marc. 9:43-48).
Un lugar de lamento, tormento en fuego y ninguna agua (Luc. 16:19-31).
El LAGO DE FUEGO (la muerte segunda) es:
Un lago de fuego y azufre (Apoc. 21:8).
Donde la muerte y el infierno serán lanzados (Apoc. 20:14).
Donde el humo de los allí atormentados permanece para siempre y no encuentran reposo (Apoc. 14:11).
El Infierno NO es:
Esta vida presente, un mito, real sólo si crees que existe, invento de la imaginación, un lugar en el que vas a divertirte con tus amigos, la tumba, o sólo para personas como Charles Manson, Adolf Hitler, los ladrones o asesinos.
¿Quiénes serán lanzados a ese FUEGO ETERNO?
Aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida (Apoc. 20:15).
Los cobardes, los incrédulos, los viles, los asesinos, los inmorales sexuales, los que practican la magia y la hechicería, los idólatras, los mentirosos, los adúlteros, los afeminados, los que practican el homosexualismo, los ladrones, los avaros, los borrachos, los caluminadores, y los estafadores (Apoc. 21:8; 1 Cor. 6:9,10). Vea también Gal. 5:19-21.
Los que no han nacido de nuevo (Jn. 3:3-7).
Los que no han perdonado a los que han pecado contra ellos (Mt. 6:14,15; 18:22-35).
Los que comienzan con Jesucristo, pero no permanecen en Él porque luego creen y aceptan un equivocado plan de salvación (1 Jn. 2:24,25; 2 Jn. 9; Gal. 5:2,4; 1 Cor. 15:1,2).
Aquellos que no producen fruto (Mt. 25:14-46; Jn. 15:5,6), los que no permanecen hasta el fin (Mt. 10:22 cf. Jn. 6:66) o no siguen creyendo, sino que se "apartan" en el tiempo de la PRUEBA (Luc. 8:13 cf. Mt. 13:21). [La Persecucion, de una u otra forma, es una PRUEBA que sobreviene a TODOS los santos (2 Tim. 3:12; Luc. 6:22; Jn. 15:20).]
Todos los que reciban la marca de la bestia y adoren su imagen durante el tiempo del Anticristo, incluyendo aquellos que una vez fueron Cristianos pero que NO resistieron pacientemente ni permanecieron fieles a Jesucristo (Apoc. 14:9-12; 13:8-10).
Todo lo que cause pecado y TODOS lo que practican el mal (Mt. 13:41,42).
Los amadores de sí mismos, los que rechazan la verdad, y siguen el mal (Rom. 2:8).
Para ser perdonado y escapar del TORMENTO ETERNO:
Arrepiéntase de sus pecados y deposite al 100% TODA SU CONFIANZA en Jesucristo para la salvación de su alma (Luc. 13:3,5; Hech 20:21; 26:20). Procure siempre mantener su conciencia limpia (Hech. 24:16). Sígale a Él sin avergonzarse, en medio de tiempos de maldad (Marc. 8:38). "Somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio" (Heb. 3:14). Apague el TV, lea y relea el Nuevo Testamento ajustando su conducta y sus valores a los de la Biblia. ¡CREE EN DIOS POR ENCIMA DE CUALQUIER OTRA COSA QUE HAYAS APRENDIDO!
La Biblia es la Palabra de Dios. En ella Dios nos dice lo que desea que sepamos, incluyendo la salvación. (2 Tim. 3:15-17). Su DESTINO ETERNO en el cielo o en el infierno depende de lo que haga usted con el mensaje de la Biblia. La gente que está ahora mismo en el infierno darían cualquier cosa por la oportunidad que usted tiene en este momento para salvarse. ¡No deje pasar esta oportunidad! PREPÁRESE PARA LA MUERTE HOY. Mañana será muy tarde. Pídale a Jesucristo que le perdone y sígale de todo corazón hasta la muerte.
Jesucristo es el UNICO Salvador, Esperanza y Camino al Padre. Si usted le rechaza o se aparta para no seguirle más, ciertamente no podrá escapar del infierno. Si usted fue salvo una vez, pero luego le dio la espalda a Dios, arrepiéntase y levántese de su actual condición (Luc. 15:24,32).
¡Renuncie a Sus Pecados -- CONFIE 100% EN CRISTO Hoy!




Cielo:
¡Es Real y Puede Ser Suyo!
El Señor Jesús le dijo al que fuera una vez ladrón, pero se arrepintió y fue perdonado, "De cierto te digo, hoy estarás conmigo en el PARAISO" (Luc. 23:43).
¿Cómo Es?
Alegría y gozo eterno -- la tristeza y el lamento huirán (Isa. 35:10).
Cántico, alabanza, y adoración a Dios (Apoc. 5:9-14; 19:1-8).
No habrá más muerte, ni lamento, ni llanto, ni dolor, ni maldición, ni oscuridad, ni maldad (Apoc. 20:10; 21:4; 22:1-5). No habrá necesidad de hospitales, ni de policías, ni de cárceles, cementerios ni ambulancias.
Habrá perfecta paz en el reino animal durante el reino milenial (Isa. 11:6-9).
Cielos nuevos y tierra nueva (Isa. 65:17; 66:22; 2 Ped. 3:13; Apoc. 21:1).
La Nueva Jerusalem seá de oro puro, medirá aproximadamente de 1,400 a 1,500 millas de alto, largo y ancho, tendrá paredes de jaspe, calles de oro, y puertas de perla que nunca serán cerradas (Apoc. 21:15-27). El Arquitecto y Constructor de la Santa Ciudad será Dios mismo (Heb. 11:10). No habrá necesidad del sol ni de luna para alumbrar "porque el Cordero es su luz" (Apoc. 21:23; 22:5). El río del agua de vida, el árbol de la vida, y el trono de Dios y del Cordero estarán en la ciudad (Apoc. 22:1-5).
"Ganancia" y "superior por mucho" en comparación con esta vida (Fil. 1:21,23).
Preparada para los que aman a Dios (Sant. 2:5) y los justos (Mt. 25:34-40). 


¿Cómo Puede USTED Ir Al Cielo Cuando Muera?
Vaya directa y sinceramente a Jesucristo, como lo hizo el ladrón que encontró perdón (Luc. 23:42,43 cf. Jn. 5:39,40). Dios conoce su corazón, así que debe ser sincero.
Ame a Jesucristo más que a sus padres, esposo o esposa, hijos, hermanos, hermanas, y aún su propia vida (Mt. 10:37; Luc. 14:26). Jesucristo dijo, "El que no abandone todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo" (Luc. 14:33).
Niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígale (Luc. 9:23).
Esté dispuesto a morir físicamente por Jesucristo si fuera necesario (Mt. 10:39; Luc. 17:33; Apoc. 12:11).
Persista en hacer el bien para que Dios le conceda vida eterna (Rom. 2:7).
Siembre para el Espíritu y cosechará vida eterna (Gal. 6:8,9).
Obedézcale a Él porque Él es la fuente de salvación eterna para todos lo que le obedecen (Heb. 5:9).
Viva para Cristo ahora (Fil. 1:21).
El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida (1 Jn. 5:12).
¿Cuán Importante Es SU Salvación?
La vida eterna es más importante que el dinero, que cualquier relación amorosa, que los amigos, la fama, la popularidad, el poder o ganar todo el mundo. No venda su alma por estas cosas (Marc. 8:36). ¡SU SALVACIÓN ES TAN IMPORTANTE COMO ES LA ETERNIDAD DE LARGA! Su fidelidad a Cristo ahora (o su infidelidad) le afectará por los próximos cien años y durante toda la eternidad. Muchas personas han tenido que pasar tiempo en prisión, han perdido sus trabajos, sus esposos o esposas, amigos, familia, posesiones materiales, sus propias vidas, etc. para obtener o retener la salvación.
¡Usted tal vez tenga que pagar el mismo precio antes de que su vida, la cual es como una "prueba o examen," termine (Apoc. 2:10,11)! ¡USTED ESTÁ BATALLANDO POR LA ETERNIDAD -- por su alma eterna y las de otros! Vaya a Dios en sus términos y permanezca fiel a Él. Es la más importante acción que hará en esta vida. Jesucristo dijo, "Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar y NO podrán" (Luc. 13:24). Manténgase puro (1 Tim. 5:22), apartado de los ídolos (1 Jn. 5:21), de la contaminación del mundo (Sant. 1:27), y evite toda clase de mal (1 Tes. 5:22). No le dé tanta importancia a las cosas de este mundo, porque son todas pasajeras. Resista la tentación a pecar. 

MANTÉNGASE EN GUARDIA CONTRA LOS FALSOS MAESTROS (Testigos de Jehová, Mormones, etc.). ¡No acepte lo que usted escucha en la TV, en la radio, en los púlpitos o libros heréticos! Mucho de lo que se enseña a través de esos canales es en parte cierto y EN PARTE FALSO. ALGUNAS ENSEÑAZAS SON PURO VENENO PARA SU ALMA.
Jesucristo dijo, "Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la obedecen" (Luc. 8:21). El Apóstol Pablo dijo, "Los que son de Cristo han crucificado su naturaleza pecaminosa con sus pasiones y deseos" (Gal. 5:24). Aquellos que realmente entran al reino son descritos como "sus llamados, sus escogidos y FIELES SEGUIDORES" (Apoc. 17:14). No Le niegue, o Él le negará a usted (Mt. 10:33 cf. Luc. 12:4,5). Vea 2 Ped. 1:5-10. Lea, medite, memorice y ACTUE SOBRE LAS ESCRITURAS, especialmente en el Nuevo Testamento.
¡Ponga Su Corazón En Las COSAS DE ARRIBA!


¡Dios te bendiga!