San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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miércoles, 13 de marzo de 2013

"Las almas que veneran y glorifican Mi misericordia no irán al infierno"




"...las almas que veneran y glorifican Mi misericordia de modo especial y sumérgelas en Mi misericordia. 

Estas almas son las que más lamentaron Mi Pasión y penetraron mas profundamente en Mi espíritu  Ellas son un reflejo viviente de Mi Corazón compasivo. 

Estas almas resplandecerán con un resplandor especial en la vida futura. Ninguna de ellas irá al fuego del infierno. Defenderé de modo especial a cada una en la hora de la muerte.

Jesús misericordiosísimo  cuyo Corazón es el amor mismo, acoge en la morada de Tu compasivísimo Corazón a las almas que veneran y ensalzan de modo particular la grandeza de Tu misericordia. Estas almas son fuertes con el poder de Dios Mismo.

En medio de toda clase de aflicciones y adversidades siguen adelante confiadas en Tu misericordia, y unidas a Ti, cargan sobre sus hombros a toda la humanidad. Estas almas no serán juzgadas severamente, sino que Tu misericordia las protegerá en la hora de la muerte.

El alma que ensalza la bondad de su Señor
Es por Él particularmente amada.
Está siempre al lado de la fuente viva
Y saca gracias de la Divina Misericordia.

Padre eterno, mira con misericordia a aquellas almas que glorifican y veneran Tu mayor atributo, es decir, Tu misericordia insondable y que están encerradas en el compasivísimo Corazón de Jesús. Estas almas son un Evangelio viviente, sus manos están llenas de obras de misericordia y sus corazones, desbordantes
de gozo, Te cantan, oh Altísimo, un cántico de misericordia.

Te suplico, oh Dios, muéstrales Tu misericordia según la esperanza y la confianza que han puesto en Ti. Que se cumpla en ellas la promesa de Jesús quien les dijo: A las almas que veneren esta infinita misericordia Mía, Yo Mismo las defenderé como Mi gloria durante sus vidas y especialmente en la hora de la muerte."

(D. 1224-1225)

jueves, 15 de noviembre de 2012

Santa Faustina es llevada al Purgatorio, al Infierno y al Cielo, para dar testimonio de los novísimos




Visión del Purgatorio

Mientras estaba en Skolimow, casi al final de su Postulantado, Santa Faustina le preguntó al Señor por quién mas debía orar y la noche siguiente tuvo esta visión. "Esa noche vi a mi ángel de la Guarda, quien me pidió que lo siguiera. En un momento me vi en un lugar lleno de fuego y de almas sufrientes. Estaban orando fervientemente por si mismas pero no era válido, solamente nosotros podemos ayudarlas. 



Las llamas que las quemaban no podían tocarme. Mi ángel de la guarda no me dejó sola ni un momento. Yo pregunté a las almas que es lo que mas las hacía sufrir. Ellas me contestaron que era el sentirse abandonadas por Dios... 



Vi a Nuestra Señora visitando a las almas del Purgatorio, la llamaban Estrella del Mar. Luego mi ángel guardián me pidió que regresáramos, al salir de esta prisión de sufrimiento, escuché la voz interior del Señor que decía: 



"Mi Misericordia no quiere esto, pero lo pide mi Justicia". 



Visión del Infierno 



Durante un retiro de ocho días en octubre de 1936, se le mostró a Sor Faustina el abismo del infierno con sus varios tormentos, y por pedido de Jesús ella dejó una descripción de lo que se le permitió ver: 


"Hoy día fui llevada por un Ángel al abismo del infierno. Es un sitio de gran tormento. ¡Cuán terriblemente grande y, extenso es!. Las clases de torturas que vi: La primera es la privación de Dios; la segunda es el perpetuo remordimiento de conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; la cuarta es el fuego que penetra en el alma sin destruirla -un sufrimiento terrible, ya que es puramente fuego espiritual,-prendido por la ira de Dios. La quinta es una oscuridad continua y un olor sofocante terrible. A pesar de la oscuridad, las almas de los condenados se ven entre ellos; la sexta es la compañía constante de Satanás; la séptima es una angustia horrible, odio a Dios, palabras indecentes y blasfemia. Estos son los tormentos que sufren los condenados, pero no es el fin de los sufrimientos. Existen tormentos especiales destinados para almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma pasa por sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionado con el tipo de pecado que ha cometido. Existen cavernas y fosas de tortura donde cada forma de agonía difiere de la otra. Yo hubiera fallecido a cada vista de las torturas si la Omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma encuentre una excusa diciendo que no existe el infierno, o que nadie a estado ahí y por lo tanto, nadie puede describirlo." El Señor fue preparando de esta forma el corazón de Santa Faustina para que por medio de su intercesión se salvaran muchas almas. 


Visión del Cielo 



El 27 de noviembre de 1936, cuando la debilidad la llevó a la cama, escribió la siguiente visión del cielo: "Hoy día, estuve en el cielo en espíritu, y vi sus bellezas incomparables y la felicidad que nos espera para después de la muerte. Cómo todas las criaturas alaban y dan gracias a Dios sin cesar...Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero es siempre nueva, derramando felicidad para todas las criaturas. Dios me ha hecho entender que hay una cosa de un valor infinito a Sus ojos, y eso es, el amor a Dios; amor, amor y nuevamente amor, y nada puede compararse a un solo acto de amor a Dios. Dios en su gran majestad, es adorado por los espíritus celestiales, de acuerdo a sus grados de gracias y jerarquías en que son divididas, no me causó temor ni susto; mi alma estaba llena de paz y amor; y mientras más conozco la grandeza de Dios, más me alegro de que El sea El que es. Me regocijo inmensamente en Su grandeza y me alegro de que soy tan pequeña, ya que siendo tan pequeña, El me carga en Sus brazos y me aprieta a Su corazón"

sábado, 10 de noviembre de 2012

EL FUTURO CASTIGO DEL MALVADO: INEVITABLE E INTOLERABLE


"¿Estará firme tu corazón? ¿Serán fuertes tus manos en los días en que Yo proceda contra ti? Yo Yahvéh, he hablado, y lo haré" (Ez 22, 14). 
En la parte anterior de este capítulo, tenemos un terrible catálogo de los pecados de Jerusalem; como puedes ver desde el primero al decimotercer versículos. En el decimotercer versículo que precede al texto, Dios manifiesta Su gran descontento y temible cólera contra ellos por esas sus iniquidades. "He golpeado violentamente Mi mano contra la ganancia deshonesta que obtuviste, y en la sangre que derramaste." La expresión de que Dios golpea violentamente Su mano, significa la grandeza de Su cólera, que se está preparando, para ejecutar Su cólera y responder contra los crímenes atroces. Es una alusión a lo que vemos a veces en los hombres cuando son sorprendidos, viendo u oyendo hablar de una cierta ofensa horrible, o la mayoría de las veces, de una injuria intolerable, que altera mucho sus espíritus, y los anima con un gran resentimiento; en tal ocasión se alzarán en cólera y golpearán violentamente sus manos juntas, como expresión del furor de su indignación, y de la resolución completa de ser vengado contra los que lo han injuriado; como en Ezequiel 21:7 "Y cuando te dijeren: ¿Por qué gimes tú? dirás: Por una noticia que cuando llegue hará que desfallezca todo corazón, y toda mano se debilitará, y se angustiará todo espíritu, y toda rodilla será débil como el agua; he aquí que viene, y se hará, dice Yahvéh, el Señor". 

Entonces, en el texto, el castigo de esta gente se representa: 

1. La naturaleza de su castigo se representa más generalmente en que Dios tratará con ellos: Dios amenaza con tratar a los pecadores de Jerusalén. Los profetas no podían hacer nada con ellos. Dios les había enviado uno tras otro; pero esos pecadores eran demasiado fuertes para ellos, y golpearon a uno, y mataron a otro. Por lo tanto ahora Dios mismo se dispone a tratar con ellos. 

2. Su castigo se representa más determinado en tres cosas: lo intolerable, lo irremediable, y lo inevitable. (1.) lo intolerable: ¿Puede tu corazón aguantar? (2.) lo irremediable, o la imposibilidad de hacer cualquier cosa para su propia salvación: ¿Pueden tus manos ser fuertes? (3.) lo inevitable: "Yo, el Señor he hablado, y lo haré." Puesto que Dios ha decidido tratar con los pecadores impenitentes, ellos ni evitarán las miserias amenazadas, ni huirán, ni las resistirán. En la interpretación de esta doctrina 1. Demostraremos como Dios se implica en la empresa de tratar con los pecadores impenitentes. 2. Eso, por lo tanto, significa que no pueden evitar el castigo. 

3. Que no pueden en cualquier medida resistirse a él, o hacer ninguna cosa para su propia salvación una vez que son condenados. 

4. Que no pueden sobrellevarlo. 

5. Contestaré a una pregunta; y entonces procederé. 

I. Mostraré qué está implicado en la empresa de Dios para tratar con los pecadores impenitentes... otros no son capaces de tratar con ellos. Desprecian todos los medios usados con ellos por aquéllos designados para enseñarlos y para gobernarlos. No oyen a los padres, ni los consejos, ni los avisos de alerta, ni las reprobaciones de los representantes de la Iglesia. Se demuestran como obstinados y duros de corazón. Por lo tanto Dios decide tratar directamente con ellos y esto implica las cosas siguientes: 1. Dios mismo se ocupará de ellos y dará satisfacción a Su justicia con ellos. En este mundo, Dios muestra Su autoridad para guiarlos; y para requerir el sometimiento a Él. En Sus mandamientos Él es muy positivo, limitándose a requerirles el cumplimiento de tales y tales deberes, y prohibiendo tales y tales cosas contrarias a su deber. Pero no tienen ningún respeto por estos mandamientos. Dios continúa ordenando, y ellos continúan rebelándose. No hacen caso alguno de la autoridad de Dios. Dios amenaza, pero Lo desdeñan justificándose en que no hacen nada que deshonre a Dios; no perciben cuánto su comportamiento supone en la deshonra a Dios. Él les ofrece misericordia si ellos muestran voluntad de arrepentimiento y de volver a Sus mandamientos; pero desdeñan Su misericordia tanto como Su cólera. Dios los llama, pero ellos Lo rechazan. De esta forma, se hunden cada vez más profundamente en sus deudas, y al mismo tiempo imaginan que escaparán al pago de la deuda, e incluso maquinan para robar a Dios su deuda. Pero Dios ha decidido hacerse justicia a Sí mismo. Él contará con ellos; Él ha decidido rescatar las deudas que Le son debidas para que Le sean pagadas. Todos sus pecados se escriben en Su libro; ni uno de ellos se olvida, y cada uno debe ser pagado. Si Dios es bastante sabio, y bastante fuerte, Él tendrá satisfacción completa: Él exigirá lo Suyo. Él lo emprende como Su parte, como lo que le pertenece a Él, para hacerse justicia a Él mismo allí donde ha sido agraviado. Deuteronomio 7:10 "da el pago en persona al que le aborrece, destruyéndolo; y no se demora con el que le odia, en persona le dará el pago." 2. Él ha decidido justificar el honor de Su majestad. Su majestad que desdeñan. Oyen que Él es un gran Dios; pero desdeñan Su grandeza; miran por encima de Él llenos de desprecio, y Lo tratan en consecuencia. Oyen hablar de Él por el nombre de un gran Rey; pero no se atienen a Su autoridad, y la pisotean a veces por años enteros. Pero Dios no ha dejado el honor de Su majestad enteramente a su cuidado. Aunque ahora lo pisotean en el polvo, esto no es señal de que éste esté finalmente perdido. De hecho, si Dios lo hubiera dejado enteramente en sus manos, ya estaría perdido. Pero Dios no abandona Su honor y Su gloria a Sus enemigos; son demasiado preciosos a Sus ojos para descuidarlos así. Él se ha reservado su cuidado a Él mismo: Él verá como Su propia majestad dañada será justificada. Si el honor de Dios, que los pecadores pisotean, finalmente acaba en el polvo, será porque Él no es bastante fuerte para impedirlo. Sin embargo, Él ha advertido de lo contrario con un gran juramento en Números 14:21 "Mas tan ciertamente como vivo Yo, y Mi gloria llena toda la tierra." Los pecadores desdeñan a Su Hijo, y lo pisotean bajo sus pies. Pero Él verá si Él no puede hacer que aparezca la gloria de Su Hijo frente a ellos; para que toda la tierra pueda saber qué gran maldad es desdeñar al Hijo de Dios. Dios desea que todos los hombres y los ángeles, todo el cielo y toda la tierra, vean como Él es suficientemente fuerte para magnificarse sobre los pecadores que ahora lo desdeñan. Él desea que todo lo referente a ellos sea visible y que todos los hombres puedan verlo. 3. Él ha decidido someter a los pecadores impenitentes. Mientras están en este mundo sus corazones son muy insubordinados. Alzan sus cabezas y se conducen muy orgullosos y despectivos, y a menudo pecan con gran ostentación delante de todos los hombres. Blasfeman contra los cielos y sus lenguas pútridas recorren la Tierra. Prácticamente hablan como el Faraón: "¿Quién es el Señor? No conozco al Señor, por lo tanto no obedeceré Su voz." Job 4:1. "Dicen a Dios: parte de nosotros, porque no deseamos conocer Tus caminos." Algunos, que cubren su pecado con el fingimiento hipócrita, que muestran un aspecto de religiosidad y un comportamiento comedidos, tienen con todo, este espíritu que reina secretamente en sus pechos. A pesar de toda su demostración de justicia, y del buen aspecto externo, desdeñan a Dios en sus corazones, y tienen las armas de la guerra apuntando contra Él, porque son Sus enemigos secretos, y portan sus espadas bajo las vestimentas. Tienen corazones más orgullosos, más obstinados y rebeldes, están listos para alzarse en rebelión, para luchar contra Él, y encontrarle faltas con sus habladurías. Sus corazones están llenos de orgullo, de enemistad, de terquedad y de blasfemia, que trabajan en ellos de muchas maneras, mientras que se sientan bajo la predicación de la Palabra, y mientras que el espíritu de Dios se está esforzando con ellos; continúan siempre oponiéndose y resistiendo a Dios mientras viven en el mundo; nunca abandonan las armas de su rebelión. Pero Dios ha decidido tratar con ellos para someterlos; y esos corazones orgullosos y obstinados, que no se rinden al poder de la palabra de Dios, serán rotos por la potencia de Su mano. Si no están voluntariamente dispuestos con el Cetro de Oro, y no se rinden a los atractivos de Su amor, serán dirigidos con fuerza por la barra de hierro, lo quieran o no. A ellos, orgullosamente instalados en su propia justicia, y su propia voluntad contra Dios, Dios ha decidido defenestrarlos; y sin duda, Lo hará. Los que han decidido obrar ignorando que Dios los mira, ahora Lo verán. Sabrán que Él es Yahvéh. Ahora no quieren saber que Él es el Señor; pero lo sabrán, Isaías 26:11 "Yahvéh, tu mano está alzada, pero ellos no ven; verán al fin, y se avergonzarán los que envidian a tu pueblo; y a tus enemigos fuego los consumirá." Ahora los hombres impíos no solamente odian a Dios, sino que Lo menosprecian; no están asustados de Él. Pero, Él someterá su desprecio. Cuando Él venga a tomarlos en Su mano, todavía Lo odiarán; pero ya no Lo tomarán a la ligera; no menospreciarán Su poder como ahora; verán y sentirán hasta el infinito Su poder como para volver a menospreciar Su cólera; a partir de entonces, ya no Lo menospreciarán nunca jamás, ellos estarán infinitamente lejos de Él, ellos conocerán por experiencia propia que Su cólera no es en absoluto despreciable: Aprenderán esto a su costa, y ya nunca se podrán olvidar de Él. 4. Dios ha decidido rectificar sus juicios. Ahora no están convencidos de estas cosas que Dios les dice en Su palabra. Los ministros de la Iglesia se toman muchos esfuerzos para convencerlos, pero todo es en vano. Por lo tanto Dios mismo los convencerá, y lo hará eficazmente. Ahora no quedarán convencidos de la verdad de todo lo Divino. Tienen, de hecho, convencimiento en los argumentos fijados anteriormente; oyen y ven bastante para convencerlos; tan propensos son a la incredulidad y al ateísmo, lo Divino nunca se les aparece como verdadero. Pero de aquí en adelante Dios hará que les parezca verdadero. Ahora están siempre dudando de la verdad de las Escrituras, preguntando si son la palabra de Dios, y si las amenazas de la Escritura son verdaderas; pero Dios está decidido a convencerlos de que esas amenazas se convertirán en realidades, y Él les hará saber que son verdades, de modo que nunca jamás vuelvan a dudar. Serán convencidos por la dura experiencia. Ahora siempre se están preguntando si hay algún lugar como el infierno. Oyen mucho sobre él, pero se les aparece siempre como un sueño. Pero Dios hará que se les aparezca de otra manera que como un sueño... Ahora ellos hablan a menudo sobre las vanidades del mundo; pero podemos también predicar a las bestias, persuadirlas de la vanidad de las cosas terrenales. Pero Dios decidirá convencerlos de esto; Él, de aquí en adelante, les dará una convicción completa de todo ello, de modo que tengan un sentido fuerte de la vanidad de todas estas cosas. Ahora los ministros de la Iglesia hablan a menudo a los pecadores de la gran importancia de poner interés en Cristo, y de que es algo muy necesario. También hablan de la locura de aplazar el cuidado de sus almas, y cuanto se refiere a ellas para mejorar sus oportunidades de salvación. Pero las instrucciones de los ministros de la Iglesia no los convencen, por lo tanto Dios mismo emprenderá la tarea de convencerlos. Los pecadores impenitentes, mientras están en este mundo, oyen cuan terrible es el infierno. Pero no creen que sea tan terrible como los ministros de la Iglesia les representan. No pueden pensar que durante toda la eternidad sufrirán brutales y horribles tormentos. Pero les enseñarán y serán plenamente convencidos, de que las representaciones que los ministros dan de esos tormentos, conforme a la palabra de Dios, no son ninguna falacia; y que la cólera de Dios es de hecho tan terrible como declaran. Puesto que Dios ha decidido tratar con los pecadores para rectificar sus juicios en estas materias, Él lo hará a conciencia; porque Su trabajo es perfecto cuando Él decide hacer cosas. Él no las hace por mitades; por lo tanto cuando Él obre con los pecadores, los convencerá eficazmente, de modo que nunca estén en el peligro de la recaída en sus errores anteriores nunca más. Él los convencerá de su locura y estupidez en mantener las nociones tales que ahora mantienen. Así Dios ha decidido tratar con los impíos obstinados. Mantienen sus ideas en una gran confusión; pero no debemos estar consternados por ello: Esperemos, y veremos que Dios rectificará las cosas. Los pecadores no continuarán siempre rebelándose y desdeñando con impunidad. El honor de Dios a su debido tiempo será justificado; y serán sometidos y condenados, y rendirán cuentas. No hay pecado, no tanto como una palabra ociosa que hablen, por la que no deban rendir cuenta a Él; Mateo 12:36 "Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del Juicio." Y sus pecados deben ser completamente equilibrados, y recompensados, y obtener satisfacción. Porque el juicio contra sus obras malvadas no se ejecuta rápido, sus corazones se consagran completamente en hacer el mal. Con todo Dios es un juez justo; Él verá que el juicio será ejecutado a su debido tiempo. 

Ahora vengo. 

II. Para mostrar, por lo tanto, que los pecadores impenitentes no evitarán su castigo... Dios ha decidido infligirlo; Él se ha ocupado de hacerlo; Él lo toma como Su trabajo, como lo que Le pertenece plenamente a Él, y podemos esperarlo de Él. Si Él ha jurado por Su vida, que Él lo hará; y si Él tiene poder suficiente; si Él es el Dios vivo, lo veremos hecho sin duda alguna. Y Dios declaró que Él castigará a los pecadores impenitentes, es manifiesto en muchas Escrituras; como Deuteronomio 32:41 "Sí, afilaré Mi reluciente espada, Y echaré mano del juicio, Yo tomaré venganza de mis enemigos, Y daré la retribución a los que me aborrecen." Éxodo 34:7 "y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado." Nahum 1:3 "Yahvéh es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable." Dios dice en el texto, "Yo, el Señor, lo he dicho, y lo haré;" lo que no deja lugar alguno a la duda del cumplimiento real hasta su límite más extremo, de las amenazas sobre los hombres impíos. Algunos malvados se consuelan a sí mismos diciendo que Dios amenazó con castigos muy terribles a los hombres impíos a causa de sus pecados, pero creen que en Su corazón Él nunca se propone satisfacer sus amenazas, sino solamente aterrorizarlos, y los asusta mientras que viven. Pero Dios, infinitamente santo, no es un hombre que pueda mentir, y que hable palabras inútiles. Por ello, Él Se completa a sí mismo de este modo: Yo el Señor lo he hablado, y lo haré; No solamente he amenazado, sino que tengo la voluntad de cumplir Mis amenazas. ¿Al mismo tiempo que decía estas palabras, Él sabía secretamente que aunque Él había hablado, Él se propuso no cumplir lo que estaba diciendo? ¿Quién es ese con atrevimiento suficiente para mantener tal blasfemia horrible en su corazón? No; no te dejes autoconvencer, impenitente pecador, de tan vana y absurda locura. Si de hecho fuese solamente un hombre, un ser de la misma impotencia y mutabilidad semejante a nosotros mismos quien hubiese decidido tratar con ellos; quizás pudiesen autonvencerse con alguna razón de que podrían encontrar algún medio para evitar el castigo amenazado. Pero desde que un omnisciente, omnipotente e inmutable Dios ha decidido, inútiles son todas esas esperanzas. No hay ni de lejos esperanza de que puedan robar el cielo, aunque mueran inconvertidos. No hay esperanza de que puedan engañar a Dios por cualquier demostración falsa de arrepentimiento y de fe, y se lleven el cielo por error; los ojos de Dios son como una llama de fuego; ven perfectamente a través de cada hombre; hasta lo más íntimo del corazón está completamente abierto para Él. No hay esperanza de escapar al castigo amenazado hundiéndose en la nada de la muerte, como brutos animales. Por supuesto, muchos hombres impíos desean esto en sus lechos de muerte. Pues si fuese así, la muerte no sería nada para ellos en comparación con lo que ahora tienen reservado. Pero todos tales deseos son inútiles. No hay esperanza de escaparse sin avisar cuando salgan del cuerpo. No hay esperanza de que Dios, por causa de la multiplicidad de asuntos que Le ocupan la mente, decida pasarlos por alto, y no tomar cuentas cuando mueran; de modo que sus almas se deslicen lejos en secreto, y se oculten en algún rincón apartado, y así escapar de la venganza divina. No hay esperanza de que no serán echados a faltar en medio de la muchedumbre en el día del Juicio, y que puedan tener oportunidad de ocultarse un poco en alguna cueva o guarida de las montañas, o en cualquier agujero secreto de la tierra; y mientras, no serán echados en falta, a causa de las muchas cosas que serán los objetos de atención general en ese día... Tampoco existe esperanza alguna de que puedan apretarse entre la multitud de los santos a derecha del Juez, y así ir al cielo sin ser descubiertos... Ni existe esperanza alguna de que Dios alterará Su mente, o Su voluntad arrepintiéndose de lo que Él dijo; porque Él no es hijo de un hombre que miente y se arrepiente. ¿Que Él lo dijo y Él no lo hará? ¿Él lo dijo, y Él no lo hará bien? ¿Cuándo Dios decidió emprender alguna cosa y falló? 

Ahora vengo. 

III. Para demostrar, como los pecadores impenitentes no pueden evitar los castigos amenazados; ni pueden hacer cosa alguna para librarse de ellos, o para soportarlos. Esto está implícito en esas palabras del texto: ¿puede tu mano ser fuerte? Está en nuestras manos que hagamos y logremos cosas por nosotros mismos. Pero el impío en el infierno no tendrá ninguna fuerza de manos para lograr ninguna cosa para sí mismo, o usarla para procurarse su libertad o cualquier grado de alivio. 1. No. Él no será capaz en ese conflicto de superar a su enemigo, ni de liberarse a sí mismo. Dios, que entonces tratará directamente con ellos, y se ceñirá con fuerza para ejecutar Su cólera, será su enemigo y actuará Su parte como enemigo; y no habrá ninguna fuerza para oponérsele. Los que viven negligentes de sus almas bajo la luz de los Evangelios, actúan como si supusieran que después deben poder hacer aquí su parte buena con Dios. 1 Corintios 10:22 "¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?" pero no tendrán ningún poder, ninguna fuerza para resistir esa Omnipotencia, que será liberada contra ellos. 2. No tendrán ninguna fuerza en sus manos para hacer ninguna cosa para apaciguar a Dios, o al menos para disminuir la furia de Su cólera. No podrán ofrecer ninguna satisfacción: no podrán procurar la compasión de Dios. Aunque griten, Dios no los oirá. No encontrarán nada para ofrecer a Dios, para comprar ningún favor, o pagar ninguna parte de su deuda. 3. No podrán encontrar cualesquiera amigos que intercedan con Dios para ellos. Tenían la oferta de un Mediador en este mundo; a menudo se lo ofrecieron; pero no tendrán ninguna oferta de tal naturaleza en el infierno. Ninguna amistad. No tendrán ningún amigo en el INFIERNO; allí todos serán sus enemigos. No tendrán ningún amigo en el cielo: ninguno de los santos o de los ángeles les ofrecerá su amistad; o, si así fuese, no tendría ningún propósito. No habrá criatura que tenga poder alguno para liberarlos, ni el más ínfimo, jamás. 4. Ni podrán nunca intentar escapar. No encontrarán ningún medio de horadar la prisión y de huir. En el infierno, los mantendrán encadenados en la oscuridad para siempre jamás. Los malhechores han encontrado a menudo medios para escapar de la prisión, y escapan de la mano de la justicia civil. Pero ninguno se escapó jamás de la prisión del infierno, que es la prisión de Dios. Es una prisión fuerte: está más allá de cualquier poder finito o de la fuerza unida de todos los hombres malvados y los diablos, poder abrir, o romper la puerta de esa prisión. Cristo fue la llave del infierno; "Él cierra y ningún hombre abre." 5. Ni podrán encontrar jamás cosa alguna para aliviarlos en el infierno. Nunca encontrarán ningún lugar donde reclinarse; ningún lugar de descanso; ningún rincón secreto que esté más fresco que el resto, donde puedan tener un poco de paz, una pequeña disminución de la extremidad de sus tormentos. Nunca podrán encontrar ningún río o fuente refrescante en ninguna parte de este mundo de tormento; no, ni tanto como una gota de agua para refrescarse la lengua. No encontrarán ninguna compañía para darles ningún alivio, o para hacerles el más mínimo bien. No encontrarán ningún lugar en donde puedan permanecer y descansar, y pararse a tomar aliento por un minuto. Estarán atormentados con fuego y azufre; y no tendrán ningún día ni noche descanso nunca jamás. Así los pecadores impenitentes ni podrán evitar el castigo amenazado, ni librarse de él, ni encontrar ningún alivio bajo él. 

Ahora vengo

IV. Para mostrar que nadie podría sobrellevarlo. Ni sus costados son fuertes para resistirlo, ni sus corazones podrán aguantarlo. Es común en los hombres, cuando se encuentran con calamidades en este mundo, esforzarse en primer lugar por evitarlas. Pero si las encuentran, y no pueden evitarlas después de que ya vinieron, ellos se esfuerzan en librarse de ellas tan pronto como puedan; o por lo menos, ordenar las cosas de tal forma como para librarse de ellas al menos en un cierto grado. Pero si se encuentran con que no pueden librarse de ninguna manera, y ven el caso de modo que no queda más remedio que sobrellevarlo; entonces se concentran para soportar la adversidad: fortalecen sus espíritus, y toman una resolución, que utilizarán para soportar las calamidades lo mejor que puedan. Pero será completamente inútil que los pecadores impenitentes piensen hacer así con respecto a los tormentos del infierno. No podrán aguantarlos, ni sobrellevarlos de ninguna manera: el tormento será inmenso, más allá de sus fuerzas. ¿Qué significará para un gusano, que está a punto de ser aplastado bajo el peso de alguna gran roca que se dejó caer con todo su peso sobre él, reunir sus fuerzas, para concentrarse en resistir el peso de la roca, y evitar ser machacado por ella? Mucho más inútil resulta esta voluntad para una pobre alma condenada, esforzarse en resistir bajo el peso de la cólera de Dios todopoderoso. ¿Cuál es la fuerza que un hombre, que es solamente la de un gusano, puede utilizar contra el poder de Yahvéh, y contra la furia de Su cólera? ¿Cuál es la fuerza del hombre, cuando se trata de resistir contra la fuerza del Poder Infinito? Mateo 21:44 Y el que cayere sobre esta Piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará." Cuando los pecadores oyen hablar de los tormentos del infierno, piensan a veces para sí mismos: "Bien, si voy a parar allá, si debo ir al infierno, lo sobrellevaré tan bien como pueda", como si arropándose con la resolución y la firmeza de sus mentes pudiesen soportarlo en una cierta medida; cuando, ¡pobres! no tendrán ninguna resolución, ningún valor en absoluto. Sin embargo se habrán preparado, y habrán dispuesto sus fuerzas; pero con todo, tan pronto como comiencen a sentir la cólera divina, sus corazones se derretirán y serán como agua. No obstante antes de que puedan empezar a endurecer sus corazones para prepararse para sobrellevar el furor que se aproxima, ya desde el primer momento en que lo sientan, sus corazones se derretirán como la cera ante el horno. Su valor y la resolución se disiparán completamente en un instante; desaparecerán en la nada como una sombra en el pestañeo de un ojo. La voluntad más firme y más robusta no tiene más valor que la del niño más debilucho y enclenque: sea el hombre, sea un infante o un gigante, todo acabará en lo mismo. No podrán mantener vivo ningún valor, ninguna fuerza, ningún alivio, ninguna esperanza en nada. Ahora vengo como fue propuesto V. Para contestar a una pregunta que muy bien se puede plantear respecto a estas cosas. Pregunta. Algunos se apresurarán a preguntar: si éste sea el caso, si los pecadores impenitentes no pueden ni evitar el castigo futuro, ni resistirse a él, ni escaparse jamás; ¿entonces qué pasará con ellos? Respuesta: Se hundirán enteramente bajo la muerte eterna. Habrá un hundimiento total y absoluto de sus corazones, el cual ahora no podemos siquiera concebir. Vemos cómo está el cuerpo cuando se encuentra con un dolor extremo. La naturaleza del cuerpo puede soportar por un tiempo considerable un dolor muy grande, pero sin hundirse por completo en la muerte. Habrá grandes luchas, gemidos lamentables y jadeos, y puede ser que convulsiones. Éstos son los recursos de lucha de la naturaleza corporal utilizados bajo la extremidad del dolor. El cuerpo mantiene una gran lucha para no hundirse por completo. Pero con todo, el dolor del cuerpo es a veces tan extremo e insoportablemente brutal que la naturaleza del cuerpo no puede resistirlo; a pesar de la resistencia constante, en muchas ocasiones el cuerpo se ve incapaz de resistir el combate con el dolor; hay algunas luchas, gemidos, pataleos e incluso aullidos de dolor extremo, y entonces la naturaleza se rinde a la violencia de los tormentos, la anatomía se resiente sin remedio, y el cuerpo muere. Ésta es la muerte del cuerpo. De la misma forma estará el alma en el infierno; no tendrá ninguna fuerza ni poder para luchar contra su tormento y horror que será aún más grande, aún más intenso, tan sumamente desproporcionado a las fuerzas humanas, que no restará ninguna fuerza para utilizarse ni en lo más mínimo, aunque la naturaleza y la inclinación del alma sean infinitamente contrarias a hundirse completamente; con todo se hundirán completa y totalmente en el abismo, sin que reste el menor grado de alivio, ni de fuerza, ni valor, ni esperanza. Y aunque su ser nunca será aniquilado, ni su voluntad nunca será suprimida, con todo tal será la profundidad infinita de la desesperación en la cual se hundirá, que estará en un estado de muerte, de muerte eterna. La naturaleza del hombre desea la felicidad; es la naturaleza del alma anhelar la felicidad y el bienestar; y si está hundida en miseria, jadea con impaciencia para apartarse de ella; y cuanto mayor es la miseria, con más impaciencia el alma lucha para liberarse. Pero si toda la voluntad se ha agotado, si todas las fuerzas se han agotado, y si toda esperanza de mejora futura se ha evaporado completamente; entonces el alma se hunde en la oscuridad de la muerte. Podemos concebir solamente una sombra sobre este tema; no podemos concebir la magnitud de este hundimiento total y absoluto del alma. Pero para ayudar a su concepto, imagínate que fueses echado en un horno ardiente, un gran horno donde sería tanto mayor tu dolor que el ocasionado accidentalmente tocando un carbón en llamas, pues el calor es mayor. Imagínate también que tu cuerpo debe permanecer allí metido un cuarto de hora, todo el rato con la consciencia plena y lúcida, sabiendo exactamente lo que ocurre a tu alrededor; ¡qué horror sentirías en la entrada de tal horno! ¡Y cuánto tiempo te parecería un cuarto de hora! ¡Y después de que lo hubieras aguantado únicamente un minuto, cómo te aplastaría la mente pensar que lo tienes que aguantar aún otros catorce! ¡Pero cuál sería el efecto sobre tu alma, si supieses que debes permanecer allí dentro, aguantando ese tormento al máximo por veinticuatro horas! Y cuánto mayor sería el efecto, si supieses que deberías aguantarlo por un año entero; ¡y cómo sería el efecto sumamente mayor, si sabes que debes aguantarlo por mil años! ¡Oh entonces, cómo se hundiría tu corazón, y tu mente si sabes que debes soportarlo por siempre jamás! ¡Que no habría ningún final! Que después de millones de millones de años, tu tormento no estaría más cercano a su final que cuando empezó ¡Y QUE NUNCA, NUNCA FINALIZARÍA! Pero el tormento en el infierno será inmensamente mayor de lo que esta ilustración representa. ¡Cómo se hundiría entonces bajo este pensamiento el corazón de la pobre criatura condenada! ¡Cómo resulta completamente inexpresable e inconcebible el hundimiento del alma en tal caso! Ésta es la muerte amenazada en la Ley. Esto es estar muriendo en el sentido más extremo de la palabra. Ésto es el morir sensible; morir y saberlo; ser sensible al horror continuo de la muerte. Ésto es ser destruído; ésto es realmente digno del nombre de destrucción. Ésto es el hundirse del alma bajo un peso infinito, que no puede sobrellevar, es el horror del infierno. Leímos en la Escritura sobre la oscuridad de las tinieblas; esto es la misma cosa. Leímos en la Escritura de pecadores que están perdidos, de que pierden sus almas: ésto es lo antes descrito; en esto consiste perder el alma: son los que están perdidos completamente para siempre jamás. 

APLICACIÓN 

Este tema se puede aplicar en el uso de despertar a los pecadores impenitentes. 

Lo que se ha dicho en esta doctrina es para ti, oh pecador impenitente, oh, pobre desgraciado, que te encontrarás en el mismo estado en el que has venido al mundo, excepto en que estarás cargado de una culpabilidad sumamente mayor a causa de tus pecados continuos. Estas cosas terribles que has oído son para ti, que permaneces completamente inconvertido, y aún permaneces como un extraño y un extranjero en el mundo, privado de Cristo y de Dios. Son para ti, que también en este día permaneces como un enemigo de Dios, y un hijo del diablo, en esta sesión memorable, cuando aquí y en otras partes, lejos y cerca, muchos se están encontrando con Cristo; para ti que oyes más el ruido y la fama de estas cosas, pero que eres un perfecto ignorante sobre el poder de Dios sobre tu propio corazón. Quienquiera que seas, joven o viejo, pequeño o grande, si te mantienes alejado de Cristo, en estado de inconversión, esto significa la cólera, significa la muerte a la cual tú mismo te mantienes condenado. Ésta es la cólera que anida en ti; ésta es la muerte a la que estás condenado; éste es el infierno sobre el que pendes; y sobre el cual tú estás preparado para caer cada nuevo día y cada noche. Si sigues ciego, y duro de corazón, y absolutamente muerto en el pecado un poco más, esta horrible destrucción vendrá sobre ti: Dios ha hablado y Él lo hará. Es inútil que te adules con esperanzas vanas que deberías evitar, o que te digas en tu corazón que quizás no será así; que quizás Él no será tan Justo; que quizás las cosas han sido representadas peor de lo que realmente son. Si te resistes a ser convencido por la palabra predicada a ti por los hombres en el nombre de Dios, Dios mismo se encargará de convencerte, Ezequiel 14:4, 7, 8. ¿No te parece verdad que sufrirás una destrucción tan espantosa, porque te parece que no la mereces? ¿O porque no encuentras algo tan terrible en ti mismo como para merecer un castigo tan horrible? ¿Que no has hecho nada tan malo como para merecer como respuesta tan horrendo destino? La razón es que amas la maldad y esa maldad te parece buena; te parece encantadora; rechazas ver cualquier rastro de maldad en ella, y por lo tanto eres incapaz de percibir que toda esa maldad, que para ti no lo es, merece sin duda toda esta miseria. Pero debes saber, pobre estúpido, ciego de cerviz endurecida, que Dios no ve, como tú, con tus ojos contaminados: los pecados a Su vista son infinitamente abominables. ¿Tú ignoras que ensuciaste mil y mil veces más la majestad de Dios, y porqué debe esa Majestad, que tú desdeñaste así, manifestarse infinitamente en la grandeza de tu castigo? Tú oíste hablar a menudo qué Dios grande y terrible es Yahvéh; pero tú Le despreciaste, no te asustabas de Él, no te asustabas de los pecados contra Él, ni continuar día tras día, provocándolo con tus pecados, provocando Su cólera, arrastrando Sus mandamientos en el barro, y pisoteándolos. ¿Ahora porqué no puede Dios, en la grandeza de tu destrucción, justamente vindicar y manifiestar la grandeza de esa majestad, que tú desdeñaste? Tú desdeñaste la omnipotencia de Dios; tú no Lo respetabas. ¿Ahora por qué Dios no debería mostrar la grandeza de Su potencia en tu grandiosa ruina? ¡Qué rey existe que no muestre su autoridad en el castigo de esos sujetos que lo desdeñan! ¿Y quién no justifica su majestad real en ejecutar venganza contra aquellos que se levanten en rebelión? ¿Y tú eres tan tonto como para pensar que el gran Rey del cielo y de la tierra, ante Quién el resto de los reyes son como ridículos saltamontes, no justificará Su majestad real con los rebeldes despectivos tales como tú? Estás muy equivocado si piensas así. Si a ti no te importa la majestad de Dios, cuando ésta es conocida por ti, a Dios no dejará de importarle Su propia majestad; Él mismo se ocupará de cuidar Su honor, y lo reivindicará. Piensa que no es extraño que Dios deba tratar tan seriamente contigo, o que la cólera que sufrirás deba ser tan grande. Porque tan grande como es, no es mayor que el amor de Dios de tu has desdeñado. El amor de Dios, y su tolerancia, condescendencia, y compasión a los pecadores en enviar a Su hijo al mundo a morir por ellos, es tan grande y maravilloso como esta cólera indescriptible. Esta Misericordia ha sido revelada ante ti, y descrita en Su maravillosa grandeza centenares de veces, y Él se te ha ofrecido a ti muy a menudo; pero no quisiste aceptar a Cristo; no quisiste tener este gran amor de Dios; despreciaste Su muerte por amor; pisoteaste Sus infinitos beneficios. ¿Ahora por qué no habría de ser Su cólera tan grande como ese amor y misericordia que tú rechazaste una y otra vez? ¿Te parece increíble que Dios endurezca Su corazón contra un pobre pecador, como para destruirlo así, y para hundirlo sin piedad con el poder infinito de Su cólera? ¿Y esto es una cosa mayor para ti que endurecer tu corazón, como has hecho, contra la misericordia infinita, y contra el amor del Dios capaz de morir por amor? ¿Te parece tan increíble, que a ese Dios no le importe en absoluto el bienestar de los pecadores, como para hundirlos en un abismo infinito de miseria? ¿Es esto un golpe para ti? ¿Y no es un golpe para ti, que tú seas tan completamente indiferente como has sido del honor y de la gloria del Dios infinito? Si te parece de locura, de estupidez y de absurdo sinsentido para ti, es porque tienes un corazón de piedra, y estás tan insensibilizado sobre tu propia maldad que piensas que tú no mereces tal castigo, y te resulta tan increíble que piensas que no será infligido sobre ti. Pero si cuando todo está dicho y hecho, tú no estás aún convencido, espera aún un poco rato más, y te convencerás sin duda alguna: Dios mismo se ocupará de hacer el trabajo que los ministros de la Iglesia no pudieron hacer. Aunque el juicio contra tus maldades todavía no se ejecute, y Dios ahora te dejó solo, con todo, Él pronto vendrá sobre ti con Su gran poder, y entonces sabrás quién es Dios, y lo que tú haces. No te consueles a ti mismo pensando que si estas cosas finalmente prueban ser verdad, y viene lo peor que puedas imaginar, podrás sobrellevarlo sin problemas. ¿Qué significará para ti resistir y fortalecerte reuniendo tus fuerzas para utilizarlas cuando caigas en las manos del omnipotente Rey, Yahvéh? Él, que te hizo a ti, puede hacer que Su espada se acerque a ti. Su espada no es la espada del hombre, ni es Su cólera la cólera del hombre. Si lo fuese, podrías posiblemente mantenerlo bajo un cierto control. Pero es la fiereza de la cólera del gran Dios, que puede deslumbrarte y disipar toda tu fuerza en un momento. Él puede llenar tu pobre alma de un océano de cólera, de un diluvio de fuego y de azufre; o Él puede llenarla diez veces más de tormento que un horno candente y lleno de fuego; y al mismo tiempo, puede llenarla con la desesperación de no ver jamás final a tu tormento, o cualquier disminución de tu miseria: ¿y entonces donde estarán tus fuerzas? ¿Qué pasará con tu valor? ¿Qué significarán tus tentativas de sobrellevarlo? ¿Qué puedes hacer tú en las manos del gran Dios, Quien hizo el cielo y la tierra con una simple palabra? ¿Qué puedes hacer tú, cuando seas atenazado por Esa fuerza, que maneja todo este universo infinito, que sostiene el globo de la tierra, dirige todos los movimientos de los cuerpos divinos durante los eones sin término, y, cuando el tiempo fijado venga, lo sacudirá todo en pedazos? Hay otros seres impíos mil veces más fuertes que tú: están los grandes espíritus de los leviatanes, fuertes y orgullosos, de una fortaleza y de una resistencia gigantescas. ¡Pero qué ínfimos resultan ellos en las manos del gran Dios! Son menos que niños débiles; no son nada, y menos que nada en las manos de un Dios enojado, como aparecerá en el día del Juicio. Sus corazones estarán rotos; se hundirán; no tendrán ninguna fuerza ni valor que oponer; serán tan débiles como el agua; sus almas se hundirán en un pozo infinito, un abismo de muerte y desesperación. ¿Entonces qué pasará contigo, un miserable gusano, cuando caigas en las manos de este Dios, cuando venga a mostrar Su cólera, y te muestre Su poder en ti mismo? Si la fuerza de todos los hombres impíos en la tierra, y de todos los diablos del infierno, fuese unida en ti, y poseyeses todo su valor, la grandeza, y la fortaleza de todos sus corazones como si fuesen unidos en tu solo corazón, aún así tú no serías nada en las manos de Yahvéh. Si todo ello fuese aunado, y te acomodases a ti mismo para resistir tan bien como pudieses, todo se hundiría bajo Su gran ira en un instante, y serías aniquilado completamente: tus manos flaquearían inmediatamente y tu corazón se derretiría como un pedazo de cera. -Las grandes montañas oscilan, las rocas más firmes no pueden permanecer asentadas ante el poder de Dios; tan rápidamente como están paradas, se sacuden, corren y saltan como corderos, cuando Dios aparece en Su cólera. Él puede rasgar la tierra en pedazos y en un instante; sí, incluso puede romper el universo entero, y estallarlo en pedazos de un soplo. Entonces, ¿cómo de fuertes serán tus manos, o tu corazón aguantará? Tú no puedes resistir ante un león; una bestia salvaje enojada, podría fácilmente trocearte en pedazos. Sí, no solamente eso, podría incluso machacarte como tu machacas a una polilla. Una cosa muy pequeña, un pequeño gusano o araña, o algún otro insecto, podría matarte. ¿Entonces, qué podrías hacer tú en las manos Dios? Es inútil utilizar los tallos y las espinas como armas en la batalla contra las llamas feroces; las puntas de las espinas, aunque las sostengas firmemente, no pueden hacer nada para soportar el fuego. Algunos de vosotros habéis visto edificios en llamas; imaginaos por lo tanto a vosotros mismos, qué podríais hacer con unas pobres manos como las vuestras para luchar contra las llamas, si os encontraseis en el medio de tan grande y feroz fuego. Tú has visto a menudo una araña, o algún otro insecto, cuando es lanzado en el medio de un fuego feroz, y has observado cómo se rinde inmediatamente a la fuerza de las llamas. No hay lucha larga, ningún luchar contra el fuego, ninguna fuerza ejercida para oponerse al calor, o para volar lejos de él; sino que se cae inmediatamente y se rinde; y el fuego toma posesión de él, e inmediatamente se convierte por completo en fuego. Ésta es una pequeña imagen de lo que serás tú en los infiernos, a menos que te arrepientas y aceptes a Cristo. 

Sin embargo puedes pensar que te fortalecerás, y resistirás tan bien como puedas; pero desde el primer momento en que seas echado en el infierno, todas tus fuerzas se desvanecerán y tus ansias de resistir se disiparán completamente. Animarse pensando que puedes sobrellevar los tormentos del infierno tan bien como puedas, es exactamente como si un gusano, que está a punto de ser lanzado en un horno en llamas, pueda animarse y fortalecerse para luchar contra el fuego abrasador. ¿Qué puedes hacer contra los relámpagos? ¿Qué significa luchar contra ellos? Qué figura absurda resultaría un pobre hombre, que, en medio de una tempestad de truenos, debiese rechazar el impacto de un relámpago en su cabeza o su pecho, y para ello tuviese a su disposición una espada para defenderse. ¡Cuando una corriente de azufre le arrebataría en un instante todo su espíritu y su vida, y también derretiría su espada! Consideren estas cosas, todos ustedes los enemigos Dios, y los que rechazan a Cristo, si ustedes son hombres o mujeres ancianos, padres de familias alejadas de Cristo, o jóvenes y niños impíos. Estén seguros de que si no reflexionan sobre sus vidas y se arrepienten de sus pecados, Dios se propone mostrarles Su cólera, y hacer Su poder conocido por ustedes. Él se propone magnificarse como Le corresponde cuando los hunda a ustedes en el infierno. Él se propone mostrar Su gran majestad en el día del Juicio, ante una grandiosa asamblea, por medio de vuestra miseria; ante la mayor asamblea que nunca ha habido en la Tierra; ante una enorme asamblea de santos, y de una inmensa asamblea de hombres impíos, de una extensa asamblea de ángeles santos, y ante toda la banda de diablos. Y Dios alcanzará la restitución de Su honor en su destrucción. Tú serás atormentado en presencia de todos ellos. Entonces todos verán que Dios es realmente un gran Dios; entonces todos verán cuan terrible es el pecado contra tal Dios, y el rechazo de Su Salvador, de Su amor y misericordia, como tú has rechazado y desdeñado. 

Todos se llenarán de temor en el Gran Juicio, y todos los santos y ángeles te mirarán, y adorarán esa Majestad, y ese Poder Omnipotente, y esa Santidad y Justicia de Dios, que aparecerá en tu inefable destrucción y miseria. Es probable que allá estén algunos, que me oyen este día, y que en este mismo momento no están despiertos, y tengan en gran medida descuidadas sus almas. Me temo que haya algunos entre nosotros a los que estas palabras de terror los hagan endurecerse: sus corazones son más duros que las mismas rocas. Es más fácil hacer impresiones sobre un pedernal que sobre sus corazones. Supongo que algunos de ustedes han escuchado todo lo que he dicho con facilidad y tranquilidad: aparecen ante ustedes como grandes palabras que suenan altisonantes, pero no alcanzan sus corazones. Ustedes han oído tales cosas muchas veces: ustedes son viejos soldados, y han oído demasiado el rugir del cañón en el cielo, como para ser aterrorizados por él. Por lo tanto será probablemente inútil que les diga cualquier otra cosa más. Les pondré solamente en la mente que será el mismo Dios quien tratará con ustedes. Yo no puedo tratar con ustedes, ustedes desdeñan lo que digo. No tengo ningún poder para hacerles sensibles de su peligro y miseria, y del espanto de la cólera de Dios. Las tentativas de los hombres en esta vía se han probado a menudo inútiles. Sin embargo, Dios ha decidido tratar con los hombres tales como ustedes son. Es Su manera más común de actuar dejar a los hombres intentar utilizar su fuerza más extrema: particularmente deja que los ministros de Su Iglesia lo intenten, así Él puede mostrar a Sus ministros su propia debilidad e impotencia; y cuando han hecho todo lo que han podido y, finalmente, fallan, después Dios toma el asunto en Sus propias manos. Así sucede por su obstinación, y Dios se propone tratar con ustedes. 

Él emprenderá la tarea de someterles; Él verá si no puede curarles de su insensibilidad y descuido ante Sus amenazas. Y Les convencerá; eficazmente Les someterá: sus corazones serán partidos con su propio testimonio; su fuerza quedará completamente rota, su valor y esperanza se hundirán. Dios sin duda partirá a los que no se doblen. Dios, ciñéndose con Su potencia y cólera, ha decidido ahora ocuparse de muchos corazones obstinados, insensibles, empecinados y duros; y Él nunca falló, Él hizo siempre Su trabajo a conciencia. No pasará mucho tiempo antes de que cambies maravillosamente. Tú que ahora oyes hablar del infierno y de la ira del gran Dios, y te sientas aquí en estos asientos tan confortables y cómodos, y sales después tan descuidado; a ti te sacudirá en breve tiempo, y temblarás, y gritarás, y chillarás, y rechinarás los dientes, y serás convencido a conciencia del peso y de la importancia inmensos de estas grandes cosas, que ahora desdeñas.

martes, 23 de octubre de 2012

Sor Josefa Menéndez y el infierno


Muchos santos, a lo largo de la historia, tuvieron experiencias con el infierno: algunos tuvieron visiones, como los pastorcitos de Fátima; otros, fueron llevados en persona, como Sor Faustina; a otros, se les apareció el demonio, etc. Sin embargo, pocos santos tuvieron la experiencia vivida por Sor Josefa Menéndez: no sólo fue llevada al infierno, sino que le fue permitido conocer en carne propia los sufrimientos de los condenados. Soporta las torturas, pero hay una que no la puede soportar, y es el odio a Dios. 

Según el relato de Sor Josefa Menéndez, en el infierno se encuentran todo tipo de almas: desde adolescentes que vivieron licenciosamente, hasta avaros, ladrones, asesinos, pasando incluso por consagrados (religiosos y sacerdotes) que no quisieron cumplir los votos de castidad, pobreza y obediencia, a los cuales libremente se habían obligado. 

Sor Josefa también es testigo visual y auditivo de los conciliábulos que los demonios realizan en el infierno para tentar y hacer caer a las almas, utilizando todo tipo de perversas tentaciones: sed de riquezas, deseos de vivir sin trabajar, deseos de robar, de vivir lujuriosamente. 

Cuando se piensa en nuestro mundo actual, en donde se exalta el pecado, y a lo bueno se lo llama malo y a lo malo bueno, no es difícil advertir que el mundo contemporáneo, un mundo sin Dios, corre aceleradamente hacia el abismo del infierno. Basta con ver la vestimenta indecente de los jóvenes de secundaria, o la tristísima moda de "la previa", en donde el objetivo es el embriagarse, para asistir a bailes desenfrenados sin el freno de la razón y de la conciencia; basta ver la cultura de la droga, que considera a la drogadicción como algo "inofensivo", "necesario", "divertido"; basta ver la cultura de la muerte, que aprueba por ley el asesinato de niños por nacer; basta ver la cultura de la violencia, que considera "normal" el uso de la fuerza sin razón para dirimir los asuntos del hombre a todo nivel. 

Ofrecemos este extracto del libro de Sor Josefa Menéndez "Camino del Amor divino", para que los católicos, conociendo la terrible y dolorosa realidad del infierno, abandonen el camino del pecado, si están en él, o ayuden a otros a hacerlo, si ya están en el camino de la perfección, y para estimularlos a la oración perseverante, confiada, continua, a la mortificación, al ayuno y a la penitencia, pidiendo por la conversión de los pobres pecadores, como nos dice que hagamos Nuestra Madre del Cielo, María Santísima, en sus apariciones en Fátima.



Jesucristo se le apareció a menudo durante los años 1921-22 y 23 a la hermana Josefa Menéndez, una monja de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús.
Sus Memorias están publicadas en un libro de más de 500 páginas titulado: el Camino del Amor Divino.

En este Libro se explica el empeño de Jesús en salvar nuestras almas por el encuentro con Su amor antes de “la aproximación de los últimos días del mundo”.

En la vida de Sor Josefa tuvo lugar un fenómeno muy raro en la vida de los santos: conocer en carne propia los sufrimientos del infierno. Dios permitió al diablo que la bajase hasta el infierno. Allá, pasa largas horas, algunas veces una noche entera, en una indescriptible agonía. A pesar de que fue llevada al infierno más de un centenar de veces, a ella le parece que cada vez es la primera, y cada una le semeja tan larga como una eternidad. Soporta todas las torturas del infierno, con una sola excepción: el odio a Dios. No fue el menor de estos tormentos oír las estériles confesiones de los condenados, sus gritos de odio, de dolor y de desesperación.

A pesar de todo, cuando tras una larga espera vuelve a la vida, destrozada y agotada, con su cuerpo agonizante por el dolor, ella no se fija en el sufrimiento, por muy severo que sea, si con ello consigue salvar un alma de aquella espeluznante caverna de tormentos. A medida que empieza a respirar mejor, su corazón estalla de alegría al saber que aún puede amar al Señor.

Sor Josefa escribe con gran reticencia sobre el tema del infierno. Ella lo hizo solamente para conformar los benditos deseos de Nuestro Señor.

Nuestra Señora le dijo el 25 de octubre de 1922:

“Todo lo que Jesús te da a ver y a sufrir de los tormentos del infierno es para que puedas hacerlos conocer al mundo. Por lo tanto, olvídate enteramente de ti misma, y piensa en la gloria de la salvación de las almas.”

Ella repetidamente testifica sobre el mayor tormento del infierno:

“Una de estas almas condenadas gritó con desesperación: “Esta es mi tortura… que deseo amar, y no puedo hacerlo; no hay nada que salga de mi excepto odio y desesperación. Si uno de nosotros pudiese hacer tanto como un simple acto de amor… esto ya no sería el infierno, pero no podemos. Vivimos en el odio y la malevolencia.” (23 de marzo 1922)

Otro de estos desgraciados dijo:

“El mayor de estos tormentos aquí es que no podemos amar a Dios. Mientras tenemos hambre de amor, estamos consumidos con el deseo de Él, pero ya es demasiado tarde.”

Ella registra también las acusaciones hechas contra si mismos por estas infelices almas:

“Algunos gimen a causa del fuego que quema sus manos. Quizás ellos eran ladrones, porque dicen: “¿Donde está nuestro botín ahora?… Malditas manos… ¿Por qué deseé poseer lo que no era mío… y que en cualquier caso, sólo podría haber poseído por unos pocos días?”

Otros maldicen sus lenguas, sus ojos… cualquiera miembro que fuese la ocasión con la que pecaron… “¡Ahora, oh cuerpo, estás pagando el precio de los placeres con que te regalaste a ti mismo!… ¡¡¡Y todo ello lo hiciste por tu propia y libre voluntad…!!!.” (2 de abril 1922)

“Me pareció que la mayoría se acusaba a sí mismos de pecados de impureza, de robo, de comercio fraudulento; y la mayor parte de los condenados están en el infierno por estos pecados.” (6 de Abril de 1922).

“Algunos acusan a otras personas, otros a las circunstancias, y todos maldicen las ocasiones de su condenación.” (Septiembre de 1922). 

“Vi a mucha gente del mundo terrenal caer dentro del infierno, y ahora las palabras no pueden describir ni por asomo sus horribles y espantosos gritos: ‘Condenado para siempre… Yo me engañaba a mi mismo… Estoy perdido… ESTOY AQUÍ PARA SIEMPRE JAMÁS’.”

“Hoy vi un vasto número de gente caer dentro del ardiente abismo… Parecían unos vividores acostumbrados a los placeres del mundo, y un demonio gritó con estruendo: “El mundo está maduro para mí… Yo sé que la mejor manera de conseguir el control de las almas es acrecentar su deseo por la diversión y el disfrute de los placeres… “Ponme a mí en primer lugar…”; “Yo antes que los demás…”; “Y sobre todo nada de humildad para mí, sino que déjame disfrutar a mis anchas…”. Esta clase de palabras asegura mi victoria… y ellos mismos se lanzan en multitudes al fondo del infierno”.” (4 de octubre de 1922)

“Hoy”, escribe Josefa, “no bajé al infierno, sino que fui transportada a un lugar donde todo estaba oscuro, pero en el centro había un enorme y espantoso fuego rojo. Me dejaron inmóvil y no podía hacer ni el más mínimo movimiento. Alrededor de mí había siete u ocho personas, sus cuerpos negros estaban desnudos, y yo podía verlos sólo por los reflejos del fuego.

Estaban sentados y hablaban.

“Un diablo dijo a otro:

“Tenemos que ser muy cuidadosos para que no nos perciban. Podríamos ser fácilmente descubiertos”.

“El diablo respondió:

“Insinuaos procurando que el descuido y la negligencia se apoderen de ellos, pero manteniéndoos en la sombra, para que no os descubran… gradualmente, ellos se volverán más y más descuidados, indiferentes al bien y al mal, sin ningún tipo de compasión ni amor, y vosotros seréis capaces de inclinarlos hacia el mal. Tentad a estos otros con la ambición, con el amor por sí mismos, que no busquen nada más que su propio interés, CON ADQUIRIR RIQUEZAS SIN TRABAJAR… de forma legal o no. Excitad a aquellos otros hacia la sensualidad y el amor al placer. Dejad que el vicio los ciegue”.”(Aquí usaron palabras obscenas)

“Y con el resto… explorad sus corazones… así conoceréis sus inclinaciones… haced que amen apasionadamente… Actuad sin ningún escrúpulo… no descanséis… no tengáis piedad… El mundo debe ir hacia la condenación… y que las almas no se me escapen.

De vez en cuando, los discípulos de Satán respondían: “Somos tus esclavos… trabajaremos sin descanso. Sí, muchos luchan contra nosotros, pero trabajaremos noche y día. ¡Conocemos tu poder!”

Hablaban todos a la vez, y el que yo entendí que era Satán usaba palabras espantosas. En la distancia, pude oír un bullicio de fiesta, el tintileo de las copas, y gritó:

¡Dejad que ellos mismos se junten en sus comidas! Eso lo pondrá todo más fácil para nosotros. Dejadlos que vayan a sus banquetes. El amor al placer es la puerta por la que vosotros os apoderaréis de ellos… Y esas almas ya no serán capaces de escapar de mí”.”
Añadió cosas tan horribles que nunca podrían ser escritas ni dichas. Luego, como sumergidos en un remolino de humo, se desvanecieron. (3 de febrero de 1923)

El demonio gritaba rabiosamente por un alma que se le escapaba:

“Llenad su alma de miedo, llevadla a la desesperación. ¡Si ella pone su confianza en la misericordia de ese… (aquí usó palabras blasfemas contra Nuestro Señor). todo estará perdido! Pero no; llevadla a la desesperación, no la dejéis ni por un instante, por encima de todo, haced que se desespere…”Entonces el infierno resonó con gritos frenéticos, y cuando finalmente el diablo me arrojó fuera del abismo, se fue amenazándome.

Entre otras cosas, decía: “¿Es posible que tales enclenques criaturas tengan más poder que yo, que soy tan poderoso?… Debo enmascarar mi presencia, trabajar en la sombra, cualquier esquina será buena para tentarlos… susurrando a un oído… en las hojas de un libro… debajo de una cama… Algunas almas no me prestan atención, pero hablaré y hablaré, y a fuerza de hablar, alguna palabra quedará… ¡Sí, debo ocultarme en lugares en los que no pueda ser descubierto!” (7, 8 febrero de 1923)

Josefa, en su retorno desde el infierno, notó lo siguiente:

“Vi varias almas caer dentro del infierno, y entre ellas estaba una niña de quince años, maldiciendo a sus padres por no haberle hablado del temor de Dios ni por haberla avisado de que existía un lugar como el infierno. Su vida fue muy corta, decía ella, pero llena de pecado, porque ella le concedió hasta el límite todo lo que su cuerpo y sus pasiones le pedían en el camino de su autosatisfacción, especialmente había leído malos libros.” (22 de marzo de 1923)

“Los ruidos de confusión y blasfemias no cesan ni por un sólo instante. Un nauseabundo olor asfixia y corrompe todo; es como el quemarse de la carne putrefacta, mezclado con alquitrán y azufre… una mezcla a la que nada en la Tierra puede ser comparable”. (4 de septiembre de 1922).

Otra vez, escribe: “Las almas estaban maldiciendo la vocación que habían recibido, pero no seguido… la vocación que habían perdido, porque no tenían la voluntad de vivir una vida oculta y mortificada…” (18 de marzo de 1922)

“La noche del miércoles al jueves 16 de marzo, serían las diez, empecé a sentir como los días anteriores ese ruido tan tremendo de cadenas y gritos.

En seguida me levanté, me vestí y me puse en el suelo de rodillas. Estaba llena de miedo. El ruido seguía; salí del dormitorio sin saber a dónde ir ni qué hacer. Entré un momento en la celda de Nuestra Beata Madre… Después volví al dormitorio y siempre el mismo ruido. Sería algo más de las doce cuando de repente vi delante de mí al demonio que decía: “atadle los pies… atadle las manos”. Perdí conocimiento de dónde estaba y sentí que me ataban fuertemente, que tiraban de mí, arrastrándome. Otras voces decían: “No son los pies los que hay que atarle… es el corazón”. Y el diablo contestó; ese no es mío. Me parece que me arrastraron por un camino muy largo.

Empecé a oír muchos gritos, y en seguida me encontré en un pasillo muy estrecho. En la pared hay como unos nichos, de donde sale mucho humo pero sin llama, y muy mal olor. Yo no puedo decir lo que se oye, toda clase de blasfemias y de palabras impuras y terribles. Unos maldicen su cuerpo… otros maldicen a su padre o madre… otros se reprochan a ellos mismos el no haber aprovechado tal ocasión o tal luz para abandonar el pecado. En fin, es una confusión tremenda de gritos de rabia y desesperación.

Pasé por un pasillo que no tenía fin, y luego, dándome un golpe en el estómago, que me hizo como doblarme y encogerme, me metieron en uno de aquellos nichos, donde parecía que me apretaban con planchas encendidas y como que me pasaban agujas muy gordas por el cuerpo, que me abrasaban. En frente de mí y cerca, tenía almas que me maldecían y blasfemaban. Es lo que más me hizo sufrir… pero lo que no tiene comparación con ningún tormento es la angustia que siente el alma, viéndose apartada de Dios.

“Me pareció que pasé muchos años en este infierno, aunque sólo fueron seis o siete horas… Luego sentí que tiraban otra vez de mí, y después de ponerme en un sitio muy oscuro, el demonio, dándome como una patada me dejó libre. No puedo decir lo que sintió mi alma cuando me di cuenta de que estaba viva y que todavía podía amar a Dios.

“Para poderme librar de este infierno y aunque soy tan miedosa para sufrir, yo no sé a qué estoy dispuesta.

Veo con mucha claridad que todo lo del mundo no es nada en comparación del dolor del alma que no puede amar, porque allí no se respira más que odio y deseo de la perdición de las almas”.(…)

“Cuando entro en el infierno, oigo como unos gritos de rabia y de alegría, porque hay un alma más que participa de sus tormentos. No me acuerdo entonces de haber estado allí otras veces, sino que me parece que es la primera vez. También creo que ha de ser para toda la eternidad y eso me hace sufrir mucho, porque recuerdo que conocía y amaba a Dios, que estaba en la Religión, que me ha concedido muchas gracias y muchos medios para salvarme… ¿Qué he hecho para perder tanto bien…? ¿Cómo he sido tan ciega…? ¡Y ya no hay remedio…! También me acuerdo de mis Comuniones, de que era novicia, pero lo que más me atormenta es que amaba a Nuestro Señor muchísimo… Lo conocía y era todo mi tesoro…

No vivía sino para Él… ¿Cómo ahora podré vivir sin Él…? Sin amarlo.., oyendo siempre estas blasfemias y este odio… siento que el alma se oprime y se ahoga… Yo no sé explicarlo bien porque es imposible”.

Más de una vez presencia la lucha encarnizada del demonio para arrebatar a la misericordia divina tal o cual alma que ya creía suya. Entonces los padecimientos de Josefa entran, a lo que parece, en los planes de Dios, como rescate de estas pobres almas, que le deberán la última y definitiva victoria, en el instante de la muerte.

Era tremenda la confusión que había de gritos y de blasfemias. Luego oí que decía furioso: ¡No importa! Aún me quedan dos… Quitadles la confianza… Yo comprendí que se le había escapado una, que había ya pasado a la eternidad, porque gritaba: Pronto… De prisa… Que estas dos no se escapen… Tomadlas, que se desesperen… Pronto, que se nos van.
“En seguida, con un rechinar de dientes y una rabia que no se puede decir, yo sentía esos gritos tremendos:

¡Oh poder de Dios que tienen más fuerza que yo…! ¡Todavía tengo una.., y no dejaré que se la lleve…! El infierno todo ya no fue más que un grito de desesperación, con un desorden muy grande y los diablos chillaban y se quejaban y blasfemaban horriblemente.

Yo conocí con esto que las almas se habían salvado. Mi corazón saltó de alegría, pero me veía imposibilitada para hacer un acto de amor. Aún siento en el alma necesidad de amar… No siento odio hacia Dios como estas otras almas, y cuando oigo que maldicen y blasfeman, me causa mucha pena; no sé qué sufriría para evitar que Nuestro Señor sea injuriado y ofendido. Lo que me apura es que pasando el tiempo seré como los otros. Esto me hace sufrir mucho, porque me acuerdo todavía que amaba a Nuestro Señor y que Él era muy bueno conmigo. Siento mucho tormento, sobre todo estos últimos días. Es como si me entrase por la garganta un río de fuego que pasa por todo el cuerpo, y unido al dolor que he dicho antes. Como si me apretasen por detrás y por delante con planchas encendidas…

No sé decir lo que sufro… es tremendo tanto dolor… Parece que los ojos se salen de su sitio y como si tirasen para arrancarlos… Los nervios se ponen muy tirantes. El cuerpo está como doblado, no se puede mover ni un dedo…

El olor que hay tan malo, no se puede respirar, pero todo esto no es nada en comparación del alma, que conociendo la bondad de Dios, se ve obligada a odiarle y, sobre todo, si le ha conocido y amado, sufre mucho más…”.

Josefa despedía este hedor intolerable siempre que volvía de una de sus visitas al infierno o cuando la arrebataba y atormentaba el demonio: olor de azufre, de carnes podridas y quemadas que, según fidedignos testigos, se percibía sensiblemente durante un cuarto de hora y a veces media hora; Y cuya desagradable impresión conservaba ella misma mucho más tiempo todavía.

“Oí a un demonio, del cual había escapado un alma, forzado a confesar su impotencia. ‘Desconcertante… ¿cómo pueden hacer para que se me escapen tantas? Eran mías’ (y enumeró sus pecados)… ‘Trabajé muy duramente, y aún así se escaparon entre mis dedos… Alguien debe estar sufriendo y reparando por ellos.’ (15 de enero de 1923).
Aquí está, finalmente, el texto completo de las notas de sor Josefa sobre “El infierno de las almas consagradas”. (Biografía: Capítulo VII, 4 de septiembre de 1922).

“La meditación del día fue sobre el Juicio Particular de las almas religiosas. Yo no podía liberar mi mente de este pensamiento, a pesar de la opresión que sentía. De pronto, me sentí rodeada y oprimida por un gran peso, de tal forma que en un instante, vi más claramente que nunca antes lo maravillosa que es la santidad de Dios y Su aborrecimiento del pecado.

“Vi en un instante mi vida entera, desde mi primera confesión hasta este día. Todo me fue vívidamente presentado: mis pecados, las gracias que recibí, el día que entré en religión, mis vestidos de novicia, mis primeros votos, mis lecturas espirituales, mis tiempos de oración, los avisos que me fueron dados, y todas las ayudas de la vida religiosa. Imposible describir la confusión y la vergüenza que una alma siente en ese momento, cuando se da cuenta: ‘todo está perdido, y estoy condenada para siempre.’”

Como en sus anteriores descensos al infierno, sor Josefa nunca se acusaba a sí misma de ningún pecado específico que pudiera haberla conducido a tal calamidad. Nuestro Señor había proyectado únicamente que ella sintiera las consecuencias, si hubiera merecido tal castigo. Sor Josefa escribió:

“Instantáneamente, me encontré a mí misma en el infierno, pero no arrastrada allí como antes. El alma se precipita allí ella misma, como si fuera para esconderse de Dios y así ser libre de odiarlo y maldecirlo.

“Mi alma se precipitó en las profundidades abismales, cuyo fondo no puede ser visto, porque es inmenso… al mismo tiempo que oí a otras almas riéndose y alegrándose de verme compartir sus tormentos. Fue martirio suficiente oír las terribles imprecaciones provenientes de todas partes, pero que no puede ser comparado con la sed de lanzar maldiciones que se apodera de las almas, y cuanto más se maldice, más se desea maldecir y más aumenta esta sed. Nunca había sentido lo mismo antes. Las últimas veces mi alma había sido oprimida de angustia al oír estas horribles blasfemias, a pesar de ser completamente incapaz de producir ni un solo acto de amor. Pero hoy fue de otra manera.

“Vi el infierno como siempre antes, los largos corredores oscuros, las cavidades, las llamas… Oí las mismas blasfemias e imprecaciones, porque - y de esto he escrito ya antes - a pesar de que no eran visibles formas corporales, los tormentos se sentían como si estuvieran presentes, y las almas se reconocen las unas a las otras. Una dijo: ‘Hola, ¿tú por aquí? ¿Y estás tú como nosotros? Nosotros éramos libres de tomar esos votos o no… ¡pero no!’

Y maldecían sus votos.

Algunas almas maldecían la vocación que habían recibido, y a la que no habían correspondido… la vocación que habían perdido porque no habían querido vivir humildes y mortificados…

En una ocasión, cuando estaba en el infierno, vi un gran número de sacerdotes, religiosos y monjas, maldiciendo sus votos, sus órdenes, a sus superiores y a todo aquello que les había dado la Luz y la gracia que habían perdido.

Vi también a algunos prelados. Uno se acusaba a sí mismo de haber utilizado ilícitamente los bienes pertenecientes a la Iglesia. (28 de septiembre de 1922)

Los sacerdotes lanzaban maldiciones contra sus lenguas, las cuales habían consagrado; contra sus dedos, que habían portado el sagrado Cuerpo de Nuestro Señor; contra las absoluciones que habían concedido; mientras ellos estaban perdiendo sus propias almas; y contra la ocasión por la cual habían caído en el infierno. (6 de abril de 1922)

Un sacerdote decía: “trago veneno porque usé dinero que no era mío… el dinero que me daban por las misas que no ofrecí”.

Otro decía que había pertenecido a una sociedad secreta que había traicionado a la Iglesia y a la religión. Y que había sido sobornado para cometer toda clase de terribles profanaciones y sacrilegios.

Y otro más decía que había sido condenado por asistir a diversiones obscenas, tras las cuales no debería haber celebrado la Misa… y que él había pasado unos siete años así.

“Todo esto lo sentí como antes, y a pesar de que estas torturas eran terroríficas, serían soportables si el alma estuviera en paz. Pero sufre indescriptiblemente. Hasta ahora, cuando bajaba al infierno, pensaba que había sido condenada por abandonar la vida religiosa. Pero esta vez fue diferente. Portaba una marca especial, un signo de que yo era una religiosa, un alma que había conocido y amado a Dios, y había otros que portaban el mismo signo. No puedo decir como lo reconocí, quizás en la manera especial de insultarlos con que los trataban los espíritus malvados y otras almas condenadas. También había muchos sacerdotes allí. Este sufrimiento particular no soy capaz de explicarlo. Era mucho más diferente del que había experimentado en otras ocasiones, porque si las almas de esos que vivieron en el mundo sufren terriblemente, infinitamente peor son los tormentos de los religiosos. Incesantemente, las tres palabras, Pobreza, Castidad y Obediencia, son impresas sobre el alma con punzante remordimiento.

“Pobreza: ¡eras libre y lo prometiste! ¿Por qué, entonces, buscaste aquella comodidad? ¿Por qué tomaste aquella cosa que no te pertenecía? ¿Por qué diste ese placer a tu cuerpo? ¿Por qué te permitiste disponer de la propiedad de la comunidad? ¿No sabías que ya no tenías el derecho de poseer nada, que habías renunciado libremente al uso de esas cosas?… ¿Por qué murmurabas cuando no había nada para ti, o cuando te imaginabas peor tratado que los otros? ¿Por qué?

“Castidad: tu mismo hiciste ese voto libremente y con pleno conocimiento de sus implicaciones… te obligaste a ti mismo… lo querías… ¿y cómo lo has observado? Siendo así, ¿por qué no permaneciste donde habría sido lícito para ti concederte placeres y alegría?

“Y el alma torturada responde: ‘Si, hice esos votos; era libre… habría podido no hacer el voto, pero lo hice y era libre…’ ¿Qué palabras pueden expresar el martirio de tal remordimiento?” escribe sor Josefa, “y todo el tiempo las imprecaciones e insultos de otras almas condenadas continúan.

“Obediencia: ¿no te comprometiste completamente a obedecer la Regla y a tus Superiores? ¿Por qué, entonces, juzgabas las órdenes que te eran dadas? ¿Por qué desobedecías la Regla? ¿Por qué te dispensabas de la vida comunitaria? Recuerda qué dulce era la Regla… y no la guardaste… y ahora,” gritan voces satánicas, “tienes que obedecernos a nosotros no sólo por un día o un año, o un siglo, sino por siempre jamás, por toda la eternidad…. Es tu propia obra… eras libre.

“El alma constantemente recuerda como había elegido para sí a Dios como su Esposo, y que una vez Lo amara sobre todas las cosas… que por Él había renunciado a los más legítimos placeres y a todo lo que consideraba más querido en la tierra, que en el comienzo de su vida religiosa había sentido toda la pureza, dulzura y fuerza de este Amor divino, y que por una pasión desordenada… ahora debe odiar eternamente al Dios que había elegido para amar.

“Este odio forzado es un tormento devorador que consume el alma, ninguna alegría del pasado puede aportar ni el más mínimo alivio.

“Uno de sus mayores tormentos es la vergüenza”, añade sor Josefa. “Le parece que todos los condenados de su alrededor se burlan continuamente de ella diciendo: ‘Que se perdiera quien nunca tuvo las ayudas de las que tú disfrutaste no sería una sorpresa… pero tú… ¿de qué careciste? Tú, que vivías en el palacio del Rey… que festejabas en la mesa de los elegidos.’

“Todo lo que he escrito,” concluye, “no es más que una sombra de lo que el alma sufre, porque las palabras no pueden expresar tan espantosos tormentos.” (4 de septiembre de 1922).


Sor Josefa Menéndez