San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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miércoles, 18 de diciembre de 2013

El infierno existe porque Dios, en su infinita justicia, no puede dejar de dar a los impenitentes lo que libremente eligieron



"Algunos piensan que por no creer en el infierno son más libres. Pero no es así. Lo que son es más inconscientes. Cerrar los ojos ante la verdad no enriquece al hombre, lo empobrece. La prudencia no está en ignorar un riesgo, sino en estudiarlo y prevenirlo. Cerrar los ojos ante un riesgo es señal de inconsciencia. " (3.8)

"Tenemos alma inmortal. Nos guste o no nos guste. Esto es una verdad indudable. Y además, dogma de fe. Y el que no lo crea, se va a enterar, porque se va a morir. Negar que tenemos alma es como el que niega que tiene hígado porque no lo ve o no lo siente. Somos como somos, independientemente de cómo quisiéramos ser.

Dentro de mil millones de años estaremos todavía vivos: felices en el cielo, o sufriendo en el infierno; pero vivos. Y vivos para siempre. Y para siempre felices, o para siempre sufriendo. Y esta felicidad o este tormento, depende de los años de vida en este mundo. Por otra parte, ante la afirmación de Cristo-Dios, de que el hombre sigue vivo más allá de la muerte, es lógico y prudente tener esto en cuenta.


Si voy por la carretera y me encuentro un letrero que dice «Carretera cortada después de la curva: puente hundido», lo lógico es frenar. Tomar esa curva a toda velocidad es suicida. Quien vive en esta vida sin preocuparse de la otra es un loco. Lo lógico, lo racional, lo inteligente, es vivir aquí pensando en lo que ciertamente ha de venir después de la muerte.

Nos preocupamos mucho de nuestro futuro inmediato: seguro de accidentes, de enfermedad, de vejez. Y nos olvidamos de nuestro futuro definitivo: la vida eterna. La póliza de este seguro son las buenas obras.

Nos preocupamos de mantener la salud, la buena presencia física, el capital, etc. Por conservar o mejorar todo esto hacemos esfuerzos, sacrificios y gastamos dinero. ¿Y abandonamos la salvación del alma? Si la perdemos, lo hemos perdido todo y para siempre. Si la salvamos, nos hemos salvado para siempre.

La preocupación por nuestra salvación nos impedirá vivir en pecado mortal, pues una muerte repentina nos llevaría a una condenación eterna. Son frecuentísimas las muertes repentinas: accidentes, enfermedades inesperadas y fulminantes, etc.

¿Quién dormiría tranquilo con una víbora en su cama? Muchos habrá en el infierno que dejaron su conversión para después, y ese después no llegó nunca porque ellos murieron antes. Jesucristo nos lo avisa repetidas veces en el Evangelio: «No sabéis el día ni la hora»1.

Y nos lo jugamos todo a una sola carta, pues sólo se muere una vez. No hay segunda oportunidad. Y todo a cara y cruz. No hay término medio entre salvarse y condenarse. O cielo o infierno. Y esto para toda la eternidad.
El equivocado en el momento de morir, jamás podrá rectificar su yerro". (10.10)

"Esta vida es el camino para la eternidad. Y la eternidad, para nosotros, será el cielo o el infierno. Sigue el camino del cielo el que vive en gracia de Dios. Sigue el camino del infierno el que vive en pecado mortal. Si queremos ir al cielo, debemos seguir el camino del cielo. Querer ir al cielo y seguir el camino del infierno, es una necedad." (42.1)

"Antes de pecar, el demonio dijo a nuestros primeros padres que si pecaban serían como dioses. Ellos pecaron y se dieron cuenta del engaño del demonio. Con esto el demonio logró lo que pretendía: derribar a Adán de su estado de privilegio.

El demonio es el «padre de la mentira» . Eva fue seducida por él. El que peca se entrega al espíritu de la mentira. En la medida que somos pecadores somos «mentirosos» , pues el pecado es el abandono de la verdad, que es Dios, por la mentira.

El demonio también nos engaña a nosotros en las tentaciones presentándonos el pecado muy atractivo, y luego siempre quedamos desilusionados, con el alma vacía y con ganas de más. Porque el pecado nunca sacia. Pero el demonio logra lo suyo: encadenarnos al infierno. El demonio nos tienta induciéndonos al mal, porque nos tiene envidia , porque podemos alcanzar el cielo que él perdió por su culpa .
Todas las tentaciones del demonio se pueden vencer con la ayuda de Dios. (43.3)

"Hay, además otros pecados llamados pecados de omisión: «los pecados cometidos por los que no hicieron ningún mal..., más que el mal de no atreverse a hacer el bien, que estaba a su alcance»2 . Jesucristo condena al infierno a los que dejaron de hacer el bien: «Lo que con éstos no hicisteis»3 . A veces hay obligación de hacer el bien, y el no hacerlo es pecado de omisión. " (56.4)

"Los efectos del pecado mortal son: perder la amistad con Dios, matar la vida sobrenatural del alma, y condenarnos al infierno, si morimos con ese pecado "(59).

"EL QUE PECA MORTALMENTE Y MUERE SIN ARREPENTIRSE DE SUS PECADOS MORTALES SE VA AL INFIERNO.(98)

«Vive siempre como quien ha de morir», pues es certísimo que, antes o después, todos moriremos. En la puerta de entrada al cementerio de El Puerto de Santa María se lee: Hodie mihi, cras tibi que significa: «Hoy me ha tocado a mí, mañana te tocará a ti».

Esto es evidente. Aunque no sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde; pero quien se equivoca en este trance no podrá rectificar en toda la eternidad. Por eso tiene tanta importancia el morir en gracia de Dios. Y como la vida, así será la muerte: vida mala, muerte mala; vida buena, muerte buena. Aunque a veces se dan conversiones a última hora, éstas son pocas; y no siempre ofrecen garantías. Lo normal es que cada cual muera conforme ha vivido."(98.1) 

"EL INFIERNO ES EL TORMENTO ETERNO DE LOS QUE MUEREN SIN ARREPENTIRSE DE SUS PECADOS MORTALES" (99)

99,1. "El infierno es el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno. La existencia del infierno eterno es dogma de fe. Está definido en el Concilio lV de Letrán1 .

«Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la triste y lamentable realidad de la muerte eterna, llamada también infierno»

«Dios quiere que todos los hombres se salven» Pero el hombre puede decir «no» al plan salvador de Dios, y elegir el infierno viviendo de espaldas a Él. El pecado es obra del hombre, y el infierno es fruto del pecado.

El infierno es la consecuencia de que un pecador ha muerto sin pedir perdón de sus pecados. Lo mismo que el suspenso de una asignatura es la consecuencia de que el estudiante no sabe. Jesucristo habla en el Evangelio quince veces del infierno, y catorce veces dice que en el infierno hay fuego.

Y en el Nuevo Testamento se dice veintitrés veces que hay fuego. Aunque este fuego es de características distintas del de la Tierra, pues atormenta los espíritus6 , Jesucristo no ha encontrado otra palabra que exprese mejor ese tormento del infierno, y por eso la repite.

La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe dijo, el 17 de mayo de 1979, que «aunque la palabra “fuego” es sólo una “imagen”, debe ser tratada con todo respeto» . En el infierno hay otro tormento que «es el más terrible de todas las penas del infierno». Según San Juan Crisóstomo, es mil veces peor que el fuego.

San Agustín dice que no conocemos un tormento que se le pueda comparar Los teólogos lo llaman «pena de daño». Es una angustia terrible, una especie de desesperación suprema que tortura al condenado, al ver que por su culpa perdió el cielo, no gozará de Dios y se ha condenado para siempre. Ahora, como no entendemos bien ni el cielo ni el infierno, no comprendemos esta pena, pero entonces veremos todo su horror.

La Biblia pone en boca del condenado un grito terrible: «Me he equivocado»

Como el que va volando sobre el Atlántico en un «Jumbo» 747, y al ver en la pantalla la ruta del viaje, se da cuenta de que se ha equivocado de avión, pues su deseo es ir a Australia. Y en el viaje a la eternidad no es posible rectificar: no hay retorno. … Si un condenado, después de haber probado el infierno, pudiera volver a la Tierra para hacer méritos y así librarse del infierno, ¿qué haría? ¿Cómo atesoraría méritos? Pues nosotros podemos todavía hacerlo, sin haber probado el infierno" (99.1)


" «El infierno es la negación del amor y el fracaso de nuestra libertad»

El infierno es la condenación eterna. Es el fracaso definitivo del hombre. «Aquel que, con plena conciencia de lo que hace, rechaza la palabra de Cristo y la salvación que le ofrece; o quien , luego de aceptarla, se comporta obstinadamente en contra de su ley; o aquel que vive en oposición con su conciencia: éstos tales no llegarán a su destino de bienaventuranza y quedarán, por desgracia suya, alejados de Dios para siempre».

A algunos, que no han estudiado a fondo la Religión, les parece que siendo Dios misericordioso no va a mandarnos a un castigo eterno. Sin embargo, que el infierno es eterno es dogma de fe .
Pero hemos de tener en cuenta que Dios no nos manda al infierno ; somos nosotros los que libremente lo elegimos. Él ve con pena que nosotros le rechazamos a Él por el pecado; pero nos ha hecho libres y no quiere privarnos de la libertad que es consecuencia de la inteligencia que nos ha dado.

Por el pecado he renunciado a Dios y he elegido a Satanás. Dice San Juan que el que peca se hace hijo del diablo10. Dios lo acepta con pena, pero me respeta. Como los padres apenados por el hijo que se ha ido de casa.

Jesucristo nos enseñó clarísimamente la gran misericordia de Dios. Pero también nos dice que el infierno es eterno.

Cristo afirmó la existencia de una pena eterna: «... DONDE EL GUSANO NO MUERE Y EL FUEGO NO SE APAGA»
«Dirá a los de la izquierda: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo» Y después añade que los malos «irán al suplicio eterno y los justos a la vida eterna»

«Es preciso subrayar que la verdad más veces enunciada en el mensaje moral del Nuevo Testamento es la existencia de un “castigo eterno” para quienes no obran correctamente. (...) Negar que la conducta humana merece “premio” o “castigo” no sólo se opone a la fe, sino que es carecer de un mínimo de rigor intelectual en la lectura e interpretación del Nuevo Testamento».

El infierno eterno es una pena tremenda. Pero hay que caer en la cuenta que es para ofensas graves y deliberadas (no con atenuantes) al SER SUPREMO = DIOS. Es dogma de fe que existe un infierno eterno para los pecadores que mueran sin arrepentirse. Aunque Dios es misericordioso, también es justo.

Dice la Sagrada Escritura: «Tan grande como ha sido mi misericordia, será también mi justicia». Y su misericordia no puede oponerse a su justicia. Aunque la justicia de Dios no es inexorable, sino que está dulcificada por su misericordia, y siempre inclinada a tener en cuenta todos los atenuantes.

Como Dios es misericordioso, perdona siempre al que se arrepiente de su pecado; pero como es justo, no puede perdonar al que no se arrepiente. «Dios no nos perdona si no estamos arrepentidos».

La justicia exige reparación del orden violado. Por lo tanto, el que libre y voluntariamente pecó y muere sin arrepentirse de su pecado, merece un castigo. Y este castigo ha de durar mientras no se repare la falta por el arrepentimiento; pues las faltas morales no se pueden reparar sin arrepentimiento. Sería una monstruosidad perdonar al que no quiere arrepentirse. Dice Santo Tomás que Dios no puede perdonar al pecador sin que éste se arrepienta previamente.

El mismo Jesucristo pone el arrepentimiento como condición previa al perdón. Ahora bien, como la muerte pone fin a la vida, el arrepentimiento se hace ya imposible, porque después de la muerte ya no habrá posibilidad de arrepentirse.

Después de la muerte no se puede rectificar. La muerte fija irrevocablemente a las almas.

Después de la muerte no se puede merecer nada: con la muerte se acaba el tiempo de merecer. «La muerte aparece como punto final del estado durante el cual el hombre puede hacer opciones en las que se abra o cierre a Dios». La falta del pecador que murió sin arrepentirse queda irreparada para siempre, luego para siempre ha de durar también el castigo.

En el infierno no es posible el arrepentimiento, lo mismo que en el cielo no es posible pecar . Los bienaventurados del cielo se sienten tan atraídos por el amor de Dios, que el atractivo del pecado les deja indiferentes . «El hombre que disfruta de la visión del Creador, ya no puede dejarse arrastrar por un bien creado».

Dios es infinitamente justo y no puede quedar indiferente ante las maldades que se hacen en este mundo. ¿Cómo van a estar lo mismo en la otra vida, el asesino, el ladrón, el egoísta y el vicioso, que el honrado y caritativo con todo el mundo? Evidentemente tiene que haber un castigo para tanta injusticia, tanto crimen y tanta maldad como queda en este mundo sin castigo.

El temor al infierno no es el mejor motivo para servir a Dios. Es mucho mejor servirle por amor, como a un Padre nuestro que es. Pero somos tan miserables que a veces no nos bastará el amor de Dios, y conviene que tengamos en cuenta el castigo eterno, porque es una realidad.

Cristo nos lo avisa para que nos libremos de él. Se oye decir de labios irresponsables: «Hoy a la juventud no le interesa la religión del miedo o de las seguridades». Depende: tener miedo a cosas irreales es de idiotas; pero cerrar los ojos a los peligros reales es de imbéciles. Lo mismo: buscar seguridades ficticias es de idiotas; pero despreciar seguridades reales y preferir inseguridades, es de imbéciles.

«La doctrina sobre el infierno podríamos sintetizarla así:
a) El Nuevo Testamento afirma que el destino de los justos y el destino de los impíos, en el estado escatológico, son diversos.
b) El elemento más característico del estado escatológico de los justos es “estar con Cristo”. De modo paralelo, la nota más esencial del estado escatológico que corresponde al impío es el rechazo del Señor.
c) La situación de condenación se describe como un estado de sufrimiento.
d) Se insiste en la eternidad del sufrimiento del condenado» .

El concepto de eternidad se opone al concepto de tiempo, que supone un antes y un después. La eternidad supone una duración ilimitada, una permanencia interminable.

Una imagen que puede ayudar a entender la eternidad es un reloj pintado a las nueve en punto. Por mucho que esperemos, nunca señalará las nueve y cinco.

La idea de que al final todos se salvan por aquello de San Pablo «Dios quiere que todos los hombres se salven» , requiere explicación. Hay que distinguir entre el deseo de Dios y su decisión absoluta.
El verbo utilizado aquí por San Pablo no implica eficacia absoluta, sino una voluntad que respeta la libertad de los hombres ." (99.2)

Fuente: (La numeración del) Libro Para Salvarte. Autor: Padre Jorge Loring SJ.

sábado, 20 de julio de 2013

El Juicio Particuar según San Alfonso María de Ligorio


«Dame cuenta de tu administración» (Luc. XVI, 2)


De los bienes que hemos recibido de Dios, oyentes míos, bien sean dones de la naturaleza, o de la gracia, no somos dueños, de manera que podamos dispones de ellos a nuestro antojo, sino solamente administradores; por lo cual debemos emplearlos según la voluntad de Dios, que es el verdadero dueño de ellos y de nosotros mismos. De donde resulta, que hemos de darle cuenta de ellos a la hora de la muerte. Porque, como nos dice Jesucristo, por San Pablo, hemos de comparecer ante el tribunal de Dios, para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas acciones (II, Cor. v, 10). San Buenaventura comenta de este modo: «No eres dueño o administrador de las cosas que se te han confiado; y, por lo mismo, has de dar cuenta de ellas. Quiero haceros ver en la presente plática, el rigor con que se nos juzgará el último día de nuestra vida, cuando el alma, abandonando el cuerpo, se presente ante el tribunal de Dios, para ser juzgada por todas sus obras, buenas y malas.

Consideraremos, pues, el terror que se apoderará del alma:

Punto 1º: Cuando se presente a ser juzgada.

Punto 2º: Cuando sea examinada.

Punto 3º: Cuando sea condenada.

CUANDO SE PRESENTE A SER JUZGADA


1. Decretado está, dice San Pablo, que los hombres mueran sólo una vez, y que después sean juzgados. (Heb. IX, 27). Es de fe que hemos de morir, y que después de la muerte debemos ser juzgados de todas las acciones de nuestra vida. ¿Cuál será pues nuestro pavor y aturdimiento a la hora de la muerte, pensando en el juicio que nos espera luego que el alma se haya separado del cuerpo? Entonces se decide la causa de nuestra muerte, o de nuestra vida eterna; y al pasar el alma de esta vida terrena a la eternidad, la consideración de los pecados cometidos, el rigor del divino juicio, la incertidumbre de la salvación eterna, hacen temblar a los mismos santos. estando enferma Santa María Magdalena de Pazis, temblaba de miedo al acordarse del día del juicio; y animándola el confesor, le respondió: «¡Ah padre! Es terrible cosa tener que comparecer ante el tribunal de Jesucristo». También San Agatón, después de haber pasado tantos años haciendo penitencia en el desierto, temblaba diciendo: «¿Qué será de mi cuando sea juzgado?».

2. Es sentencia común de los teólogos, que el mismo momento y en el mismo sitio en que el alma se separa del cuerpo, se alza el divino tribunal, se examina el proceso, y pronuncia la sentencia del supremo juez Jesucristo, manifestando a cada alma todas sus obras buenas y malas, y el premio o castigo que merece por ellas. A este tribunal hemos de presentarnos todos, para dar cuenta de todos nuestros pensamientos, palabras, obras y deseos. Al tiempo de ser presentados algunos delincuentes ante los jueces de este mundo, se les ha visto bañados de un sudor frío dimanado del miedo que tenían. Se cuenta de un gentil llamado Pisón, que al presentarse ante el senado en traje de reo, fue tran grande su confusión, que se suicidó porque no pudo hacerse superior a ella. ¡Que pena tan grande es también para un súbdito, o para un hijo, tener que comparecer ante el príncipe, o ante el padre, que irritados los mandan llamar para dar cuenta de un delito cometido! ¡Oh, cuanto mayor será la pena y la confusión que tendrá el alma al comparecer ante Jesucristo irritado, por haberle ella despreciado mientras vivía!

3. ¡Cuán llena de espanto estará el alma, que se presente manchada con el pecado ante tan justo Juez, al verle la primera vez, y verle irritado! San Basilio dice: que la atormentará todavía más la vergüenza que el mismo fuego del Infierno. Cuando los hermanos de José oyeron la reprensión que él mismo les daba: Ego sum Joseph, quem vendidistis: «Yo soy José a quién vendistes»: Dice la  Escritura, que no podían responderle sobrecogidos de terror. ¿Qué responderá, pues a Jesucristo el pecador, cuando le diga: «Yo soy aquél tu Redentor y tu  Juez a quien tu despreciaste tanto». ¿Dónde huirá entonces el desgraciado, pregunta San Agustín, cuando vea sobre si al juez irritado, a sus pies abierto el Infierno, a un lado los pecados que lo acusan, y al otro los demonios que le arrastran al suplicio, y la conciencia que le despedaza interiormente? ¿Quizá entonces pensará hallar piedad? Pero, ¿como podrá esperar piedad, dice Eusebio Emiseno, cuando ante todas las cosas deberá dar cuenta del desprecio que hizo de la piedad que tuvo con él Jesucristo?

TERROR QUE TENDRÁ EL ALMA CUANDO SEA EXAMINADA


4. Luego que el alma e presenta al tribunal de Jesucristo, le dice éste justísimo Señor: «Dame ahora cuenta de todas las obras de tu vida». Dice el Apóstol, que para hacerse el alma digna de la salvación eterna, ha de confirmar su vida con la de Jesucristo. (Rom. VII, 29 et 30). Escribió San Pedro, que en el juicio recto que hará Jesucristo, «apenas se salvará el justo que haya observado la ley divina, perdonado a sus enemigos, respetando a los Santos, y siendo manso y casto de corazón». Y luego añade: «¿Cuál será la muerte del pecador y del impío?» (I. Petr. iv, 18). «¿Cómo se salvarán los vengativos y los blasfemos, los deshonestos, y los maldicientes?» «¿Y cómo se salvarán aquellos cuya vida ha sido siempre contraria a la vida de Jesucristo?».


5. El Juez, ante todas las cosas, pedirá cuenta al pecador de los beneficios y de las gracias que le hizo para salvarle, de las cuales él no quiso aprovecharse. Le pedirá cuenta de los años que le concedió para servir a Dios: Vocabit adversum me tempus (Threm. I, 15) y él los gastó en ofenderle. En seguida se la pedirá de los pecados. Los pecadores cometen las culpas, y luego se olvidan de ellas; pero no las olvida Jesucristo, que tiene contadas todas nuestras iniquidades, como dice Job: «Tú tienes sellados y guardados como en una arquilla mis delitos». (Job. XVI, 17). Y también nos dice que «el día de la cuenta tomará el Señor la antorcha para escudriñar todas nuestras obras»: Et erit in tempore illo; scrutabor Jerusalem in lucernis (Sophon. I, 12). Mendoza comenta estas palabras, diciendo: Lucerna omnes angulos permeat. «La luz de la antorcha penetra en todos los ángulos de la casa»; lo cual quiere decir, que Dios descubrirá todos los defectos de la conciencia, grandes y pequeños; porque entonces, como dice San Anselmo: «Se pedirán cuentas hasta de sus miradas»; y San Mateo: «De toda palabra ociosa». Omne verbum otiosum, quod locuti fuerint homines, reddent rationem de eo in die judicci. (Matth. XII, 36).


6. El profeta Malaquías dice, que «así como se purifica el oro, separándose de la escoria, así el día del juicio se examinarán todas nuestras acciones, y se castigarán las que no sean buenas y arregladas a la ley divina. Hasta las obras justas, como por ejemplo, las confesiones, las comuniones, las oraciones han de ser examinadas entonces». (Psalm. LXXIV, 3). Y si han de ser juzgadas las miradas y las palabras ociosas; ¿con cuánto rigor se juzgarán las acciones deshonestas, las blasfemias, las murmuraciones graves, los hurtos y los sacrilegios? «En aquél día», -dice San Jerónimo- «cada alma verá por sí misma con grande confusión suya toda la fealdad de sus acciones».


7. «Pesados están en fiel balanza los Juicios del Señor». (Prov. XVI, 11). En la balanza del Señor no se pesa la nobleza, ni la ciencia, sino la vida y las obras. El aldeano, el pobre y el ignorante serán premiados, si mueren en la inocencia; y el noble,  el rico y el literato serán condenados, si resultan reos en el juicio, como dijo Daniel al rey Baltasar: Appensus es in statera, et inventus es minus habens. (Dan. V, 27) El P. Alvarez comenta estas palabras, diciendo: «No entran en la balanza el oro ni el poder; solamente fue pesado el rey».


8. Entonces el infeliz pecador se verá acusado por el demonio, que, como dice San Agustín, «repetirán ante el tribunal de Jesucristo las palabras con que prometimos ser fieles; y nos echará en cara todo lo que hicimos, y en que día y hora pecamos». Nos recordará en efecto el demonio, todas nuestras malas obras, señalando el día y la hora en que las hicimos; y terminará la acusación y el proceso con estas palabras que el mismo Santo pone en boca del demonio: «Yo no sufrí como vos bofetadas y azotes por este ingrato; sin embargo, él os ha vuelto las espaldas a vos, que tanto padecisteis por salvarle, y se ha hecho esclavo mío». También se presentará a acusarle el Ángel custodio, como escribe Orígenes, y dirá: «Yo he trabajado tantos años a su lado; él, empero, despreció todos mis consejos e inspiraciones». Entonces pues, hasta los amigos despreciarán el alma condenada en el juicio. Y la acusarán sus mismos pecados, según San Bernardo, diciéndole: «Tú nos cometiste, obra tuya somos, no te abandonaremos». (Lib. Medit. cap. 2).


9. Veamos ahora que excusas podrá alegar el pecador. Dirá que la mala inclinación natural le indujo al mal; pero se le responderá, que si bien la carne le inclinaba al pecado, ninguno le violentaba para cometerle: antes al contrario, si hubiese recurrido a Dios cuando se veía tentado, el Señor le hubiera dado fuerzas para resistir por medio de su gracia. Con este fin Jesucristo instruyó los sacramentos; y no habiendo querido valernos de ellos, ¿ de quién podemos quejarnos sino de nosotros mismos? Por esto dice San Juan: «Ahora no tienen excusa de sus pecados» (Joann. XV, 22). Dirá para excusarse, que el demonio le tentó; pero San Agustín dice que el enemigo está atado con cadenas como un perro, y que no puede morder a ninguno sino al que se acerca a él con demasiada confianza. Puede el demonio ladrar, más no morder sino a aquél que se le acerque a él y le preste oídos. Ved, pues, cuán necio es aquél a quien muerde el perro que está atado a la cadena. Alegará quizá para excusarse el mal hábito, pero no le valdrá semejante excusa, porque el mismo San Agustín añade: que aunque es difícil resistir a los malos hábitos, sin embargo, si se quiere de veras, se vencen con la ayuda de Dios. «El Señor›, -como asegura San Pablo-, ‹no permite que ninguno sea tentado más allá de lo que puede resistir». (I.Cor. X. 13).


10. «¿Que será de mi, -decía Job-, cuando Dios habrá de venir a juzgar?» «¿Ni que podré responderle cuando me pregunte?» «¿Y que le responderé cuando me buscare?» ¿Que podrá responderle a Jesucristo el pecador? ¿Que ha de poder contestar cuando se vea convencido? Callará confuso, como calló el hombre que según San Mateo (22, 12) fue hallado sin el vestido nupcial. Toda iniquidad cerrará su boca. Entonces dice Santo Tomás de Villanueva, no habrá intercesores a quienes pueda recurrir. ¿Quién te salvará entonces? ¿Dios? Más ¿cómo podrá salvarte Dios, dice San basilio, si tú le despreciaste? El alma que sale de esta vida en pecado se condena a sí misma, aún antes de que se pronuncie la sentencia contra ella.

TERROR DEL ALMA CUANDO SEA CONDENADA


11. Cuanta será la alegría de un alma, cuando sea recibida por Jesucristo a la hora de la muerte con aquellas dulces palabras: «Siervo bueno y leal, ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho, ven a tomar parte en el gozo de tu Señor» (Matth. XXV, 21). Tan grande será la pena y desesperación del alma condenada que se vea desechada por el Juez con aquellas palabras. «Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno» (Ibid. 41). ¡Oh, que acento tan terrible será para ella una sentencia semejante! Pero hagamos oyentes míos, unas reflexiones sobre nuestra conducta antes de terminar esta plática. Dice Santo Tomás de Villanueva (Conc. 1, de Jud.) que muchos oyen hablar del juicio y de la condenación de los réprobos; pero hacen tan poco caso de ello, como si estuviesen seguros que no les ha de caber esta suerte, o como si el día del juicio no hubiese de llegar para ellos. Y añade: Pero ¡que locura es tener seguridad en una cosa tan peligrosa! Algunos aunque vivan en pecado, dice San Agustín, no pueden ni siquiera imaginarse que Dios quiera enviarlos al Infierno, y dicen: ¿Será cierto que Dios nos ha de condenar? No hijos, dice el Santo, no digáis eso: reflexionad que muchos condenados no creían que habían de ser enviados al Infierno, pero murieron en pecado, y fueron arrojados a él, según la amenaza de Ezequiel: «El fin llega, ya llega el fin… y yo derramaré sobre ti mi furor, y te juzgaré». (Ezech. VII, 2 et 3). Pecador que me escuchas, ¿quién sabe si el castigo está ya próximo, y tu te burlas en el pecado? ¿Quién no temblará oyendo aquellas palabras del Bautista? «Ya la segur está aplicada a la raíz del árbol; todo árbol que no produce buen fruto, será cortado, y echado al fuego». (Matth. III, 10) ¿Cuál es este árbol que no da buen fruto, sino el pecador que no sigue la recta senda que Jesucristo le trazó? Sigamos, oyentes míos, el consejo del Espíritu Santo, que dice: «Antes del juicio asegúrate de tu justicia». (Eccl. XVIII, 19) Esto es, antes de presentarnos ante el juez, ajustemos las cuentas. Busquemos a Dios ahora que podemos hallarle, porque vendrá tiempo en que querremos, y no podremos. «Me buscaréis, y no me hallaréis» (Joann. VII, 36); porque entonces ya habrá expirado el plazo que Dios nos ha concedido para hacer penitencia y asegurar nuestra salvación. Por eso dice San Agustín: que «al juez que ha de juzgarnos de ha de aplacar antes del juicio, pero no en el juicio». Ahora, ahora, oyentes míos, podemos aplacar a Jesucristo, enmendando nuestra vida, abandonando la senda de los vicios y recobrando la gracia divina que perdimos por la culpa; cuando empero nos presentemos al Juez, si nos encuentra en pecado, por lo mismo que es justo, se verá precisado a hacer justicia, y no habrá remedio alguno para nosotros. ¿De que os servirá entonces haber nacido en el seno del cristianismo? ¿De que los sacramentos instituidos por Jesucristo para vuestra salvación? ¿De que la sangre de Cristo derramada en el árbol sacrosanto de la cruz. De hacer más intolerables las penas del Infierno, pensando que pudisteis salvaros tan fácilmente, y os condenasteis por vuestra culpa. 



 Despertad, pues, de este letargo criminal en que os tiene adormecidos el demonio: volveos a Jesucristo, a quien habéis abandonado por seguir a Lucifer; y os recibirá de nuevo en su amistad, y os abrazará amoroso, como abrazó su padre al Hijo pródigo del Evangelio, que volvió a la casa paterna cuando se vió perdido y sin recurso en el mundo, oprimido del hambre, y del gusano roedor de la conciencia.