San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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lunes, 21 de marzo de 2022

Don Bosco y el Infierno

 


LA TERRIBLE REALIDAD DEL INFIERNO. Parte VII. En los sueños de San Juan Bosco (III)

 

               Yo continué adelante. Cuanto más avanzaba más áspera era la bajada y más pronunciada, de forma que algunas veces me resbalaba, cayendo al suelo, donde permanecía sentado un rato para tomar un poco de aliento. De cuando en cuando el guía acudía en mi auxilio y me ayudaba a levantarme. A cada paso se me encogían los tendones y me parecía que se me iban a descoyuntar los huesos de las piernas. Entonces dije anhelante a mí guía: -Querido, las piernas se niegan a sostenerme. Me encuentro tan falto de fuerzas que no será posible continuar el viaje. El guía no me contestó, sino que, animándome, prosiguió su camino, hasta que al verme cubierto de sudor y víctima de un cansancio mortal, me llevó a un pequeño promontorio que se alzaba en el mismo camino. 

               Me senté, lancé un hondo suspiro y me pareció haber descansado suficientemente. Entretanto observaba el camino que había recorrido ya; parecía cortado a pico, cubierto de guijarros y de piedras puntiagudas. Consideraba también el camino que me quedaba por recorrer, cerrando los ojos de espanto, exclamando: -Volvamos atrás, por caridad. Si seguimos adelante, ¿cómo haremos para llegar al Oratorio? ¡Es imposible que yo pueda emprender después esta subida! Y el guía me contestó resueltamente: -Ahora que hemos llegado aquí, ¿quieres quedarte solo? Ante esta amenaza repliqué en tono suplicante: -¿Sin ti cómo podría volver atrás o continuar el viaje? -Pues bien, sígueme- añadió el guía. Me levanté y continuamos bajando.




               El camino era cada vez más horriblemente pedregoso, de forma que apenas si podía permanecer de pie. Y he aquí que al fondo de este precipicio, que terminaba en un oscuro valle, aparece un edificio inmenso que mostraba ante nuestro camino una puerta altísima y cerrada. Llegamos al fondo del precipicio. Un calor sofocante me oprimía y una espesa humareda, de color verdoso, se elevaba sobre aquellos murallones recubiertos de sanguinolentas llamas de fuego. Levanté mis ojos a aquellas murallas y pude comprobar que eran altas como una montaña y más aún. San Juan Bosco preguntó al guía: -¿Dónde nos encontramos? ¿Qué es esto? -Lee lo que hay escrito sobre aquella puerta -me respondió- , y la inscripción te hará comprender dónde estamos. Miré y sobre la puerta se leía: Ubi non est redemptio. Me di cuenta de que estábamos a las puertas del infierno. El guía me acompañó a dar una vuelta alrededor de los muros de aquella horrible ciudad. De cuando en cuando, a una regular distancia, se veía una puerta de bronce, como la primera, al pie de una peligrosa bajada, y cada una de ellas tenía encima una inscripción diferente. Discedite, maledicti, in ignem aeternum qui paratus est Diabolo et angelis eius... Omnis arbor quae non facit fructum bonum excidetur et in ignem mittetur. (Evangelio de San Mateo, cap. 25, vers. 41)

               Yo saqué la libreta para anotar aquellas inscripciones, pero el guía me dijo: -¡Detente! ¿Qué haces? -Voy a tomar nota de esas inscripciones. -No hace falta: las tienes todas en la Sagrada Escritura; incluso tú has hecho grabar algunas bajo los pórticos. Ante semejante espectáculo habría preferido volver atrás y encaminarme al Oratorio, pero el guía no se volvió, a pesar de que yo había dado ya algunos pasos en sentido contrario al que habíamos llevado hasta entonces. 

               Recorrimos un inmenso y profundísimo barranco y nos encontramos nuevamente al pie del camino pendiente que habíamos recorrido y delante de la puerta que vimos en primer lugar. De pronto el guía se volvió hacia atrás con el rostro demudado y sombrío, me indicó con la mano que me retirara, diciéndome al mismo tiempo: -¡Mira! Tembloroso, miré hacia arriba y, a cierta distancia, vi que por aquel camino en declive bajaba uno a toda velocidad. Conforme se iba acercando intenté identificarlo y finalmente pude reconocer en él a uno de mis jóvenes. Llevaba los cabellos desgreñados, en parte erizados sobre la cabeza y en parte echados hacia atrás por efecto del viento y los brazos tendidos hacia adelante, en actitud como de quien nada para salvarse del naufragio. Quería detenerse y no podía. Tropezaba continuamente con los guijarros salientes del camino y aquellas piedras servían para darle un mayor impulso en la carrera. -Corramos, detengámoslo, ayudémosle -gritaba yo tendiendo las manos hacia él. Y el guía: -No; déjalo. -¿Y por qué no puedo detenerlo? -¿No sabes lo tremenda que es la Venganza de Dios? ¿Crees que podrías detener a uno que huye de la ira encendida del Señor? 

               Entretanto aquel joven, volviendo la cabeza hacia atrás y mirando con los ojos encendidos si la Ira de Dios le seguía siempre, corría precipitadamente hacia el fondo del camino, como si no hubiese encontrado en su huida otra solución que ir a dar contra aquella puerta de bronce. —¿Y por qué mira hacia atrás con esa cara de espanto?, — pregunté yo—. —Porque la Ira de Dios traspasa todas las puertas del Infierno e irá a atormentarle aún en medio del fuego.

              En efecto, como consecuencia de aquel choque, entre un ruido de cadenas, la puerta se abrió de par en par. Y tras ella se abrieron al mismo tiempo, haciendo un horrible fragor, dos, diez, cien, mil, otras puertas impulsadas por el choque del joven, que era arrastrado por un torbellino invisible, irresistible, velocísimo. Todas aquellas puertas de bronce, que estaban una delante de otra, aunque a gran distancia, permanecieron abiertas por un instante y yo vi, allá a lo lejos, muy lejos, como la boca de un horno, y mientras el joven se precipitaba en aquella vorágine pude observar que de ella se elevaban numerosos globos de fuego. Y las puertas volvieron a cerrarse con la misma rapidez con que se habían abierto. Entonces yo tomé la libreta para apuntar el nombre y el apellido de aquel infeliz, pero el guía me tomó del brazo y me dijo: —Detente —me ordenó— y observa de nuevo. Lo hice y pude ver un nuevo espectáculo. Vi bajar precipitadamente por la misma senda a tres jóvenes de nuestras casas que en forma de tres peñascos rodaban rapidísimamente uno detrás del otro. Iban con los brazos abiertos y gritaban de espanto. Llegaron al fondo y fueron a chocar con la primera puerta. San Juan Bosco al instante conoció a los tres. Y la puerta se abrió y después de ella las otras mil; los jóvenes fueron empujados a aquella larguísima galería, se oyó un prolongado ruido infernal que se alejaba cada vez más, y aquellos infelices desaparecieron y las puertas se cerraron.

               Muchos otros cayeron después de éstos de cuando en cuando... Vi precipitarse en el Infierno a un pobrecillo impulsado por los empujones de un pérfido compañero. Otros caían solos, otros acompañados; otros cogidos del brazo, otros separados, pero próximos. Todos llevaban escrito en la frente el propio pecado. Yo los llamaba afanosamente mientras caían en aquel lugar. Pero ellos no me oían, retumbaban las puertas infernales al abrirse y al cerrarse se hacía un silencio de muerte. 

               —He aquí las causas principales de tantas ruinas eternas —exclamó mi guía—: los compañeros, las malas lecturas (y malos programas de televisión e internet e impureza y pornografía y anticonceptivos y fornicación y adulterios y sodomía y asesinatos de aborto y herejías) y las perversas costumbres. Los lazos que habíamos visto al principio eran los que arrastraban a los jóvenes al precipicio. 

               Al ver caer a tantos de ellos, dije con acento de desesperación: —Entonces es inútil que trabajemos en nuestros colegios, si son tantos los jóvenes que tienen este fin. ¿No habrá manera de remediar la ruina de estas almas? Y el guía me contestó: —Este es el estado actual en que se encuentran y si mueren en él vendrán a parar aquí sin remedio. 

               —¡Oh, déjame anotar los nombres para que yo les pueda avisar y ponerlos en la senda que conduce al Paraíso! —¿Y crees tú que algunos se corregirían si les avisaras? Al principio el aviso les impresionará; después no harán caso, diciendo: se trata de un sueño. Y se tornarán peores que antes. Otros, al verse descubiertos, frecuentarán los Sacramentos, pero no de una manera espontánea y meritoria, porque no proceden rectamente.

               Otros se confesarán por un temor pasajero a caer en el infierno, pero seguirán con el corazón apegado al pecado. —¿Entonces para estos desgraciados no hay remisión? Dame algún aviso para que puedan salvarse. —Helo aquí: tienen los superiores, que los obedezcan; tienen el reglamento, que lo observen; tienen los Sacramentos, que los frecuenten. Entretanto, como se precipitase al abismo un nuevo grupo de jóvenes, las puertas permanecieron abiertas durante un instante y: —Entra tú también— me dijo el guía. Yo me eché atrás horrorizado. 

               Estaba impaciente por regresar al Oratorio para avisar a los jóvenes y detenerles en aquel camino; para que no siguieran rodando hacia la perdición. Pero el guía me volvió a insistir: —Ven, que aprenderás más de una cosa. Pero antes dime: ¿Quieres proseguir solo o acompañado? Esto me lo dijo para que yo reconociese la insuficiencia de mis fuerzas y al mismo tiempo la necesidad de su benévola asistencia; a lo que contesté: —¿Me he de quedar solo en ese lugar de horror? ¿Sin el consuelo de tu bondad? ¿Y quién me enseñará el camino del retorno? Y de pronto me sentí lleno de valor pensando para mí: —Antes de ir al infierno es necesario pasar por el juicio y yo no me he presentado todavía ante el Juez Supremo.

               Después exclamé resueltamente: —¡Entremos, pues! Y penetramos en aquel estrecho y horrible corredor. Corríamos con la velocidad del rayo. Sobre cada una de las puertas del interior lucía con luz velada una inscripción amenazadora. 

               Cuando terminamos de recorrerlo desembocamos en un amplio y tétrico patio, al fondo del cual se veía una rústica portezuela, cuyas hojas eran de un grosor como jamás había visto y encima de la cual se leía esta inscripción: Ibunt impii in ignem aeternum. Los muros en todo su perímetro estaban recubiertos de inscripciones. Yo pedí a mi guía permiso para leerlas y éste me contestó: —Haz como te plazca. Entonces lo examiné todo. En cierto sitio vi escrito lo siguiente: Dabo ignem in carnes eorum ut comburantur in sempiternum. Cruciabuntur die ac nocte in saecula saeculorum. Y en otro lugar: Hic univérsitas malorum per omnia saecula saeculorum. En otros: Nullus est hic ordo, sed horror sempiternus inhabitat. — Fumus tormentorum suorum in aeternum ascendit. —Non est pax impiis. — Clamor et stridor dentium. 

               Mientras yo daba la vuelta alrededor de los muros leyendo estas inscripciones, el guía, que se había quedado en el centro del patio, se acercó a mí y me dijo: —Desde ahora en adelante nadie podrá tener un compañero que le ayude, un amigo que le consuele, un corazón que le ame, una mirada compasiva, una palabra benévola: hemos pasado la línea. ¿Tú quieres ver o probar? —Quiero ver solamente— respondí. —Ven, pues, conmigo— añadió el amigo, y tomándome de la mano me condujo ante aquella puertecilla y la abrió. Esta ponía en comunicación con un corredor en cuyo fondo había una gran cueva cerrada por una larga ventana con un solo cristal que llegaba desde el suelo hasta la bóveda y a través del cual se podía mirar dentro. Atravesé el dintel y avanzando un paso me detuve preso de un terror indescriptible. Vi ante mis ojos una especie de caverna inmensa que se perdía en las profundidades cavadas en las entrañas de los montes, todas llenas de fuego, pero no como el que vemos en la tierra con sus llamas movibles, sino de una forma tal que todo lo dejaba incandescente y blanco a causa de la elevada temperatura. Muros, bóvedas, pavimento, herraje, piedras, madera, carbón; todo estaba blanco y brillante. Aquel fuego sobrepasaba en calores millares y millares de veces al fuego de la tierra sin consumir ni reducir a cenizas nada de cuanto tocaba.

               Me sería imposible describir esta caverna en toda su espantosa realidad. Mientras miraba atónito aquel lugar de tormento veo llegar con indecible ímpetu un joven que casi no se daba cuenta de nada, lanzando un grito agudísimo, como quien estaba para caer en un lago de bronce hecho líquido, y que precipitándose en el centro, se torna blanco como toda la caverna y queda inmóvil, mientras que por un momento resonaba en el ambiente el eco de su voz mortecina. Lleno de horror contemplé un instante a aquel desgraciado y me pareció uno del Oratorio, uno de mis hijos. —Pero ¿este no es uno de mis jóvenes?, —pregunté al guía—. ¿No es fulano? —Sí, sí— me respondió. —¿Y por qué no cambia de posición? ¿Por qué está incandescente sin consumirse? Y él: —Tú elegiste el ver y por eso ahora no debes hablar; observa y verás. Por lo demás omnis enim igne salietur et omnis victima sale salietur. Apenas si había vuelto la cara y he aquí otro joven con una furia desesperada y a grandísima velocidad que corre y se precipita a la misma caverna. También éste pertenecía al Oratorio. Apenas cayó no se movió más. Este también lanzó un grito de dolor y su voz se confundió con el último murmullo del grito del que había caído antes. Después llegaron con la misma precipitación otros, cuyo número fue en aumento y todos lanzaban el mismo grito y permanecían inmóviles, incandescentes, como los que les habían precedido. Yo observé que el primero se había quedado con una mano en el aire y un pie igualmente suspendido en alto. El segundo quedó como encorvado hacia la tierra.

               Algunos tenían los pies por alto, otros el rostro pegado al suelo. Quiénes estaban casi suspendidos sosteniéndose de un solo pie o de una sola mano; no faltaban los que estaban sentados o tirados; unos apoyados sobre un lado, otros de pie o de rodillas, con las manos entre los cabellos. Había, en suma, una larga fila de muchachos, como estatuas en posiciones muy dolorosas. Vinieron aún otros muchos a aquel horno, parte me eran conocidos y parte desconocidos. Me recordé entonces de lo que dice la Biblia, que según se cae la primera vez en el Infierno así se permanecerá para siempre: Lignum, in quocumque loco cecíderit, ibi erit. Al notar que aumentaba en mí el espanto, pregunté al guía: —¿Pero éstos, al correr con tanta velocidad, no se dan cuenta que vienen a parar aquí? —¡Oh!, sí que saben que van al fuego; les avisaron mil veces, pero siguen corriendo voluntariamente al no detestar el pecado y al no querer abandonarlo, al despreciar y rechazar la Misericordia de Dios que los llama a penitencia, y, por tanto, la Justicia Divina, al ser provocada por ellos, los empuja, les insta, los persigue y no se pueden parar hasta llegar a este lugar. —¡Oh, qué terrible debe de ser la desesperación de estos desgraciados que no tienen ya esperanza de salir de aquí!—, exclamé. —¿Quieres conocer la furia íntima y el frenesí de sus almas? Pues, acércate un poco más—, me dijo el guía...


Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo IX


lunes, 2 de abril de 2018

martes, 24 de mayo de 2016

Don Bosco y el demonio


Esas frecuentes comunicaciones con el más allá, con ese Cielo abierto ante la mirada deslumbrada del humilde sacerdote, y esos secretos entrevistos en él, no podían dejar tranquilo al infierno. El príncipe de este mundo, como lo llama Jesucristo, se inquietaba ante el apoyo divino. Su odio por las almas que el apóstol, iluminado de aquel modo, salvaba por millares, lo impulsaba de todas maneras a esterilizar el esfuerzo del Santo. Por innumerables asaltos intentó debilitar su celo. A partir de 1862, esas persecuciones fueron verdaderamente infernales.

   De noche, preferentemente, no cesaba de atormentarlo. Sobre este pinito poseemos las confidencias de la víctima. Al clérigo Cagliero, a Bonetti y a Ruffino, quienes, en una mañana de febrero de 1862, lo hallaron pálido y extenuado, confesó que el demonio infestaba sus noches, y agregó detalles.

   Ora aullaba junto a su oído; ora desencadenaba en el cuarto un viento tempestuoso, que barría con todos los papeles del escritorio; en ciertos momentos partía sin descanso astillas de madera, o hacía salir llamas de la estufa apagada, o bien arrebataba las cobijas, o agitaba violentamente el lecho. La señal de la cruz detenía el asalto, que volvía a comenzar instantes después con renovado vigor. Lanzaba gritos estridentes y siniestros, que provocaban espanto; desencadenaba en el techo un estruendo terrible, semejante a un escuadrón de caballería lanzado al galope; sacudía a Don Bosco por los hombros; se sentaba irónicamente sobre su pecho; hacía danzar la mesa de luz por el centro de la habitación; le pasaba un pincel helado por la frente, por la nariz, por el mentón; levantaba la cama y la dejaba caer bruscamente al suelo; sacudía puertas y ventanas hasta durante un cuarto de hora; se le aparecía en forma de animales feroces: osos, tigres, lobos, serpientes, o de monstruos indescriptibles, que se abalanzaban furiosos sobre él...
                                                                                                                
   Advertidos de tales hechos por Cagliero, algunos discípulos de Don Bosco, los más valientes y fuertes: Savio, Bonetti y Ruffino, quisieron velar junto a la puerta. Pero luego de algunos minutos huyeron espantados. No podían resistir aquel tumulto infernal.

   El mismo Don Bosco, en ciertos días, salía agotado de esa lucha que no le dejaba ninguna noche tranquila. Una vez, incluso no soportándolo más, corrió a refugiarse en casa de su amigo el obispo. La primera noche, todo marchó a maravilla; tranquilidad absoluta. El Santo se lisonjeaba ya de que el demonio había perdido su rastro. Desgraciadamente, desde la siguiente noche el asalto volvió a comenzar. Por precaución habíase quedado charlando de sus asuntos con el buen obispo hasta la una de la mañana. Pero no hacía un cuarto de hora que se había dormido, cuando un monstruo horroroso se alzó a los pies de su lecho, pronto a lanzarse sobre él. Ante esta visión Don Bosco lanzó tal grito, que todos los moradores se despertaron, y acudieron para informarse sobre el motivo de lo sucedido. El Santo respondió que había sufrido una pesadilla, y que era esa la causa de su alarma y terror. Al día siguiente, por la mañana, en el desayuno, confesó todo al obispo, y por la noche retomaba el camino a Turín, persuadido de no poder despistar al adversario.

   ¿Cuál era, pues, el motivo del desencadenamiento de este furor demoníaco?

   Sin duda, el perjuicio que Don Bosco causaba al infierno; la cantidad de víctimas que le arrebataba, y sobre todo, el pensamiento de los estragos que causaba y seguiría causando en el reino del mal la joven Congregación, que ese mismo año iba a afirmar su vigor por la profesión religiosa de sus veintidós primeros miembros.

  Acaso se agregaran también razones especiales. Don Bosco pensó durante mucho tiempo que una de las causas de esos asaltos diabólicos era la parte activa tomada por él en la apertura de la escuela católica que en el otro extremo de Turín, muy cerca de su Oratorio de San Luis, debía combatir a la escuela protestante. Estaba persuadido, sobre todo, que sufriendo tales asaltos desviaba hacia él la rabia del infierno, y protegía también de ese modo el alma de sus hijos.

   — ¿Por qué, pues — le preguntaba uno de sus hijos, al volver de Ivrea —, no exorcizasteis al demonio, como lo habíais prometido?

   —Pero si lo alejo de mí, os atacará a vosotros.

   — Entonces la noche que os dejó tranquilo en Ivrea, ¿hizo de las suyas aquí en Turín?

   —En efecto — respondió Don Bosco. — Esa noche hizo grandes estragos en el Oratorio.

   —Pero, ¿por qué no le preguntáis lo que quiere?

   — ¿Quién os dijo que no lo he hecho?

      —   ¿Y qué os respondió? — preguntaron ansiosos todos los jóvenes.

      Don Bosco juzgó prudente no responder a la pregunta, y dijo simplemente:
   — Orad.

   Los jóvenes no dejaron de hacerlo.

   Don Bosco supo recobrar progresivamente sus fuerzas perdidas.

   Esta lucha con el espíritu de las tinieblas duró, a pesar de todo, más de dos años, con intervalos irregulares, hasta 1864.

   Una vez en que el Santo contaba familiarmente a sus íntimos esas noches diabólicas, y narraba el espanto que causa la sola presencia del demonio, lo interrumpió uno de sus jóvenes, diciendo:

   — ¡Oh, lo que es yo, no le tengo miedo!

   — ¡Cállate! — exclamó Don Bosco con terminante acento que sorprendió a todos. — ¡Cállate! Ignoras hasta dónde llega, con el permiso de Dios, el poder de Satanás.

   — Ya lo sé. Mirad, Don Bosco; si lo viera, lo tomaría por el cuello y le haría pasar un mal rato.

    — Estás diciendo tonterías, hijo mío. El miedo tan sólo te mataría al menor contacto.

    — Pero le haría la señal de la cruz...

   — Eso lo detendría un instante.

   — Entonces, ¿cómo hacéis para rechazarlo?

   — Conozco ahora perfectamente el medio de hacerlo huir. Desde que lo empleo, me deja tranquilo.

   — ¿Cuál es? ¿El agua bendita?

   — En ciertos momentos, la misma agua bendita no es suficiente.

   — ¡Oh, decidnos el remedio! — suplicaron en coro los jóvenes.

   — Lo conozco, lo he empleado. ¡Y cuán eficaz es!...

   Luego calló, guardando para sí el secreto.

   De este diálogo sólo podemos sacar esta conclusión: cierto día, por un medio desconocido, pero que nuestra fe adivina, el siervo de Dios eliminó definitivamente la intromisión del demonio en su vida.

   Creemos que, terminado este largo combate, los ángeles, como en la escena de la tentación del Evangelio, se acercaron para servir al vencedor. Estos, por otra parte, jamás lo abandonaron, pues las comunicaciones de lo alto, durante esos dos años de tortura, fueron más abundantes y consoladoras que nunca.

   Al verlo pasar, actuar, entregarse a menesteres humildes; al ver al pobre Don Bosco, como él se llamaba; al escucharlo hablar y bromear con sus niños, ¿quién hubiera sospechado que su alma era teatro de semejantes fenómenos, y que mientras el Cielo lo inundaba de claridad, el infierno lo llenaba de espanto? Es preciso confesar que Don Bosco ocupa un lugar prominente en las filas de la santidad, cabalmente por ese contraste entre la humildad de su exterior y el esplendor de su alma. Hallamos santos más notables, más milagrosos, de una mayor irradiación de obras en veinte siglos de cristianismo; pero convengamos en que hallamos muy pocos en la historia de la Iglesia tan originales y atrayentes.


“SAN JUAN BOSCO” Un gran educador

A. AUFFRAY

AÑO 1954

jueves, 18 de septiembre de 2014

Sueño de Don Bosco: Las confesiones y los lazos del demonio
























«El día 4 de abril don Bosco contó el siguiente sueño a todos los jóvenes reunidos en el salón de estudio después de las oraciones de la noche:
«Me encontraba cerca de la puerta de mi habitación, y al salir miré a mi alrededor y me vi en la iglesia, en medio de una muchedumbre tal de jóvenes, que el templo parecía completamente abarrotado. Estaban allí los alumnos del Oratorio de Turín, los de Lanzo, los de Mirabello y otros muchos a los cuales no conocía. No rezaban, sino que parecía que se estaban preparando para confesar. Una cantidad inmensa de ellos asediaba mi confesionario, esperándome, debajo del púlpito.
Yo, después de haber observado un poco, me puse a considerar cómo conseguiría confesar a tantos muchachos. Pero después temí estar dormido, soñando, y, para cerciorarme de que no lo estaba, comencé a palmotear y sentía el ruido; y, para asegurarme aún más, alargué el brazo y toqué la pared, que está detrás de mi pequeño confesionario. Seguro ya de que estaba despierto, me dije:
-Ya que estoy aquí, confesemos.
Y comencé a confesar.
Pero pronto, al ver a tantos jóvenes, me levanté para ver si había otros confesores que me ayudasen; y, no encontrando ninguno, me dirigí a la sacristía en busca de algún sacerdote que quisiese escuchar confesiones. Y he aquí que vi por una parte y por otra a algunos jóvenes que llevaban al cuello una cuerda que les apretaba la garganta.
-¿Por qué tenéis esa cuerda al cuello? Quitáosla, les dije.
Pero no me respondían y se quedaban mirándome con fijeza.
-Vamos, repetí a alguno; quítate esa cuerda.
El joven, al cual yo había dado esta orden, se avino a ello, pero me dijo:
-No me la puedo quitar; hay uno detrás que la sujeta. Venga a ver.
Volví entonces la mirada con mayor atención hacia aquella multitud de muchachos y me pareció ver sobresalir por detrás de las espaldas de muchos de ellos dos larguísimos cuernos. Me acerqué un poco más para ver mejor, y, dando la vuelta por detrás del que tenía más cerca, vi un horrible animal, de hocico monstruoso, forma de gatazo y largos cuernos, que apretaba aquel lazo. La bestia aquella bajaba el hocico, lo escondía entre las patas delanteras, y se encogía como para que no le viesen. Yo me dirigí a aquel joven víctima del monstruo y a algunos otros preguntándoles sus nombres, pero no me quisieron responder; al preguntarle a aquel feo animal se encogió aún más. Entonces dije a un joven:
-Mira, ve a la sacristía y dile al P. Merlone que te dé el acetre del agua bendita.
El muchacho volvió pronto con lo que yo le había pedido, pero entre tanto yo había descubierto que cada uno de los jóvenes tenía a sus espaldas un servidor tan poco agraciado como el primero y que, éste, también se agazapaba.
Yo temía estar aún dormido. Tomé entonces el hisopo y pregunté a uno de aquellos gatazos:
-Dime: ¿quién eres?
El animal, que no dejaba de mirarme, alargó el hocico, sacó la lengua y después se puso a rechinar los dientes como en actitud de arrojarse sobre mí.
-Dime inmediatamente qué es lo que haces aquí ¡bestia horrible! Ya puedes enfurecerte todo lo que quieras, que no te temo. ¿Ves? Con esta agua te voy a dar un buen baño.
El monstruo siempre agazapado me miraba; después comenzó a hacer contorsiones con el cuerpo de tal forma, que las patas de atrás le llegaban a tocar los hombros por delante. Y de nuevo quería arrojarse sobre mí. Al mirarlo detenidamente vi que tenía en la mano varios lazos.
-¡Vamos! Dime: ¿qué haces aquí?
Y al decir esto, levanté el hisopo. Hizo él unas contorsiones y quería huir.
-No te escaparás, continué diciendo; te ordeno que te quedes aquí.
Lanzó una serie de gruñidos y me dijo:
-¡Mira!
Y me enseñó los lazos.
-Dime qué son esos tres lazos, añadí; ¿qué significan?
-¿No lo sabes? Desde aquí, me dijo, con estos tres lazos obligo a los jóvenes a que se confiesen mal: de esta manera llevo conmigo a la perdición a la décima parte del género humano.
-¿Cómo? ¿De qué manera?
-¡Oh! No te lo diré porque tú se lo descubrirás.
-¡Vamos! Quiero saber qué significan estos tres lazos. ¡Habla! De lo contrario te echaré encima el agua bendita.
-Por favor, envíame al infierno pero no me eches esa agua.
-En nombre de Jesucristo, pues.
El monstruo, contorsionándose espantosamente, respondió:
-El primer modo con que aprieto este lazo es haciendo callar a los jóvenes los pecados en la confesión.
-¿Y el segundo?
-El segundo, incitándoles a que se confiesen sin dolor.
-»Y el tercero:
-El tercero no te lo quiero decir.
-¿Cómo? ¿Que no me lo quieres decir? Entonces te rociaré con agua bendita.
-No; no hablaré; y comenzó a gritar desaforadamente: ¿Es que no te basta? ¡Ya he dicho demasiado!
Y tornó a enfurecerse.
-Quiero que me lo digas para comunicárselo a los Directores.
Y repitiendo la amenaza levanté el brazo. Entonces comenzó a despedir llamas por sus ojos, después unas gotas de sangre y dijo:
-El tercero es no hacer propósito firme y no seguir los consejos del confesor.
-¡Bestia horrible!, le grité por segunda vez.
Y mientras quería preguntarle otras cosas e intimarle a que me descubriese la manera de remediar un mal tan grande y hacer vanas sus artimañas, todos los otros horribles gatazos, que hasta entonces habían procurado pasar desapercibidos, comenzaron a producir un sordo murmullo, después prorrumpieron en lamentos y gritos contra el que había hablado provocando una sublevación general.
Yo, al contemplar aquella revuelta, y convencido de que no sacaría ya ventaja alguna de aquellos animales, levanté el hisopo y arrojando el agua bendita sobre el gatazo que había hablado, le dije:
-¡Ahora, vete!
Y desapareció.
Después eché agua bendita por todas partes. Entonces, haciendo un grandísimo estrépito, todos aquellos monstruos se dieron a una precipitada fuga, unos por una parte, otros por otra. Y al producirse aquel ruido me desperté y me encontré en mi lecho.
¡Oh, queridos jóvenes, cuántos de los que yo jamás habría sospechado, tenían el lazo al cuello y el gatazo a las espaldas! Ya sabéis qué simbolizan esos tres lazos. El primero, que sujeta a los jóvenes por el cuello, simboliza el callar pecados en la confesión. El lazo les obliga a cerrar la boca para que no se confiesen del todo: o bien para que digan de ciertos pecados que cometieron cuatro veces que solamente incurrieron en ellos tres. El que tal hace, falta contra la sinceridad de la misma manera que el que calla pecados. El segundo lazo es la falta de dolor; y el tercero la falta de propósito. Por tanto, si queremos romper estos lazos y arrebatarlos de las manos del demonio, confesemos todos nuestros pecados y procuremos sentir un verdadero dolor de ellos y hagamos un firme propósito de obedecer al confesor.
Aquel monstruo, poco antes de montar en cólera, me dijo también:
-Observa el fruto que los jóvenes sacan de las confesiones. El fruto principal de ellas debe ser la enmienda; si quieres conocer si yo tengo a los jóvenes sujetos con los lazos, observa si se encomiendan o no.
Debo añadir que quise también que el demonio me dijera por qué se ponía detrás, a las espaldas de los jóvenes, y me respondió:
-Para que no me vean y poderlos arrastrar más fácilmente a mi reino.
Pude comprobar que eran muchísimos los que tenían a las espaldas aquellos monstruos, más de los que yo hubiera sospechado.
Dad a este sueño el alcance que queráis; lo cierto es que he querido observar y comprobar si era cierto cuanto he soñado y he sacado como consecuencia que se nos ofrece una verdadera realidad. Aprovechemos, pues, la ocasión que se nos ofrece de ganar la indulgencia plenaria, haciendo una buena confesión y una santa comunión. Hagamos lo posible por vernos libres de estos lazos del demonio.
El Padre Santo concede indulgencia plenaria a todos los que, el día del quincuagésimo aniversario de su primera misa, el próximo domingo, día 11 de abril, confesados y comulgados, rueguen según la intención de la Santa Iglesia. El sábado tendrá una audiencia privada del Padre Santo el caballero Oreglia, el cual le ofrecerá el Álbum con la firma de todos los alumnos del Oratorio y de las demás casas.
Mientras tanto mirad si, tiempo atrás, habéis cumplido las condiciones necesarias para hacer una buena confesión: yo os encomendaré a todos el domingo en la santa misa.»
Memorias Biográficas de Don Bosco. Volumen 9. Capítulo 47.