San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final

sábado, 12 de enero de 2019

Espeluznante carta desde el Infiernode un alma condenada

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Por Hispanidad Católica -  8 enero, 2019 
Carta del más allá
Testimonio impresionante de un alma condenada, acerca de lo que la llevó al Infierno

Imprimatur del original alemán: Brief aus dem Jenseits – Treves, 9-11-1953.N.4/53

Introducción al texto original

Dios se comunica con los hombres de muchas maneras. Las Sagradas Escrituras se refieren a muchas comunicaciones divinas hechas a través de visiones y aún de sueños. Los sueños, no siempre son sólo sueños.

La “carta del más allá” que se transcribe seguidamente se refiere a la condenación eterna de una joven. A primera vista parece una historia novelada. Pero considerando las circunstancias se llega a la conclusión de que no deja de tener su fondo histórico, a partir de su sentido moral y su alcance trascendental.

El original de esta carta fue encontrado entre los papeles de una religiosa fallecida, amiga de la joven condenada. Allí cuenta la monja los acontecimientos de la vida de su compañera como si fueran hechos conocidos y verificados, así como su condenación eterna comunicada en un sueño. La Curia diocesana de Treves (Alemania) autorizó su publicación como lectura sumamente instructiva.

La “carta del más allá” apareció por primera vez en un libro de revelaciones y profecías, junto con otras narraciones. Fue el Rvdo. Padre Bernhardin Krempel C.P., doctor en teología, quien la publicó por separado y le confirió mayor autoridad al encargarse de probar, en las notas, la absoluta concordancia de la misma con la doctrina católica.

Entre los manuscritos dejados en su convento por una religiosa, que en el mundo se llamó Clara, se encontró el siguiente testimonio:

El relato de Clara

Tuve una amiga, Anita. Es decir, éramos muy próximas por ser vecinas y compañeras de trabajo en la misma oficina M. Más tarde, Ani se casó y no volví a verla. Desde que nos conocimos, había entre nosotras, en el fondo, más amabilidad que propiamente amistad. Por eso, sentí muy poco su ausencia cuando, después de su casamiento, ella fue a vivir al barrio elegante de las villas, lejos del mío.

Durante mis vacaciones en el Lago de Garda (Italia), en septiembre de 1937, recibí una carta de mi madre en la que me decía: “Anita N murió en un accidente automovilístico. La sepultaron ayer en Wald Friendhof”. Me impresioné mucho con la noticia. Sabía que mi amiga no había sido propiamente religiosa. ¿Estaría preparada para presentarse ante Dios? ¿En qué estado la habría encontrado su muerte súbita? Al día siguiente escuché misa, comulgué por la intención de Anita, en la casa del pensionado de las hermanas, donde estaba viviendo. Rezaba fervorosamente por su eterno descanso, y por esta misma intención ofrecí la Santa Comunión.

Durante todo el día percibí un cierto malestar, que fue aumentando por la tarde. Dormí inquieta. Me desperté de improviso, escuchando algo así como una sacudida en la puerta del cuarto. Encendí la luz. El reloj indicaba las doce y diez minutos. Nada. Tampoco ruidos. Tan solo las olas del Lago de Garda golpeando monótonas contra el muro del jardín del pensionado. No había viento. Yo conservaba la impresión de que al despertar encontraría, además de los golpes de la puerta, un ruido de brisa o viento, parecido al que producía mi jefe de la oficina, cuando de mal humor tiraba sobre mi escritorio una carta que lo molestaba. Reflexioné un instante si debía levantarme. ¡No! Todo no es más que sugestión, me dije. Mi fantasía está sobresaltada por la noticia de la muerte. Me di vuelta en la cama, recé algunos Padrenuestros por las ánimas y me dormí de nuevo.

Soñé entonces que me levantaba de mañana, a las 6, yendo a la capilla. Al abrir la puerta del cuarto, me encontré con una cantidad de hojas de carta. Levantarlas, reconocer la letra de Anita y dar un grito, fue cosa de un segundo. Temblando, las sostuve en mis manos. Confieso que quedé tan aterrorizada que no pude rezar. Apenas respiraba. Nada mejor que huir de allí, salir al aire libre. Me arreglé rápidamente, puse la carta dentro de mi cartera y salí en seguida. Subí por el tortuoso camino, entre olivos, laureles y quintas de la villa, más allá del conocido camino gardesano.

La mañana aparecía radiante. En los días anteriores, yo me detenía cada cien pasos, maravillada por la vista que ofrecían el lago y la Isla de Garda. El suavísimo azul del agua me refrescaba; como una niña que mira admirada a su abuelo, así contemplaba, extasiada, al ceniciento monte Baldo, que se levanta en la orilla opuesta del lago, hasta los 2.200 metros de altura. Ese día no tenía ojos para todo eso. Después de caminar un cuarto de hora, me dejé caer maquinalmente sobre un banco ubicado entre dos cipreses, donde la víspera había leído con placer “La doncella Teresa”. Por primera vez veía en los cipreses el símbolo de la muerte, algo en lo que antes no había pensado.

Tomé la carta. No tenía firma. Sin la menor duda, estaba escrita por Ani. No faltaba la gran “s”, ni la “t” francesa, a la que se había acostumbrado en la oficina, para irritar al Sr. G. No era su estilo. Por lo menos, no era así como hablaba de costumbre. Lo habitual en ella era la conversación amable, la risa, subrayada por los ojos azules y su graciosa nariz…Sólo cuando discutíamos asuntos religiosos se volvía mordaz y caía en el tono rudo de la carta. Yo misma me siento envuelta por su excitada cadencia. Hela aquí, la Carta del Más Allá de Anita N., palabra por palabra, tal como la leí en el sueño.

La Carta

CLARA, NO RECES POR MÍ, ESTOY CONDENADA. Si te doy este aviso – es más, voy a hablarte largamente sobre esto – no creas que lo hago por amistad. Quienes estamos aquí ya no amamos a nadie. Lo hago como obligada. Es parte de la obra “de esa potencia que siempre quiere el mal y realiza el bien”. En realidad, me gustaría verte aquí, adonde llegué para siempre. No te extrañes de mis intenciones. Aquí, todos pensamos así. Nuestra voluntad está petrificada en el mal, es decir, en aquello que ustedes consideran “mal”. Aún cuando pueda hacer algo “bien” (como yo lo hago ahora, abriéndote los ojos ante el infierno), no lo hago con recta intención.

¿Recuerdas? Hace cuatro años que nos conocimos, en M. Tenías 23 años y ya trabajabas en el escritorio desde seis meses antes, cuando yo ingresé. Varias veces me sacaste de apuros. Con frecuencia me dabas buenos avisos que a mí, principiante, me venían muy bien. Pero, ¿qué es “bueno”? Yo ponderaba, en aquel entonces, tu “caridad”. Ridículo… Tus ayudas eran pura ostentación, algo que desde entonces sospechaba.

Aquí, no reconocemos bien alguno en absolutamente nadie. Pero ya que conociste mi juventud, es el momento de llenar algunas lagunas. De acuerdo con los planes de mis padres, yo nunca tendría que haber existido. Por un descuido se produjo la desgracia de mi concepción. Mis hermanas tenían 14 y 16 años cuando vine al mundo. ¡Ojalá no hubiera nacido! Ojalá pudiera ahora aniquilarme, huir de estos tormentos! No hay placer comparable al de acabar mi existencia, así como se reduce a cenizas un vestido, sin dejar vestigios. Pero es necesario que exista. Es preciso que yo sea tal como me he hecho: con el fracaso total de la finalidad de mi existencia.

Cuando mis padres, entonces solteros, se mudaron del campo a la ciudad, perdieron el contacto con la Iglesia. Era mejor así. Mantenían relaciones con personas desvinculadas de la religión. Se conocieron en un baile, y se vieron “obligados” a casarse seis meses después. En la ceremonia nupcial, recibieron solo unas gotas de agua bendita, las suficientes para atraer a mamá a la misa dominical unas pocas veces al año. Ella nunca me enseñó verdaderamente a rezar. Todo su esfuerzo se agotaba en los trabajos cotidianos de la casa, aunque nuestra situación no era mala. Palabras como rezar, misa, agua bendita, iglesia, sólo puedo escribirlas con íntima repugnancia, con incomparable repulsión. Detesto profundamente a quienes van a la Iglesia y, en general, a todos los hombres y a todas las cosas. Todo es tormento. Cada conocimiento recibido, cada recuerdo de la vida y de lo que sabemos, se convierte en una llama incandescente.

Y todos estos recuerdos nos muestran las oportunidades en que despreciamos una gracia. Cómo me atormenta esto! No comemos, no dormimos, no andamos sobre nuestros pies. Espiritualmente encadenados, los réprobos contemplamos desesperados nuestra vida fracasada, aullando y rechinando los dientes, atormentados y llenos de odio. ¿Entiendes? Aquí bebemos el odio como si fuera agua. Nos odiamos unos a otros. Más que a nada, odiamos a Dios. Quiero que lo comprendas. Los bienaventurados en el cielo deben amar a Dios, porque lo ven sin velos, en su deslumbrante belleza. Esto los hace indescriptiblemente felices. Nosotros lo sabemos, y este conocimiento nos enfurece. Los hombres, en la tierra, que conocen a Dios por la Creación y por la Revelación, pueden amarlo. Pero no están obligados a hacerlo.

El creyente – te lo digo furiosa – que contempla, meditando, a Cristo con los brazos abiertos sobre la cruz, terminará por amarlo. Pero el alma a la que Dios se acerca fulminante, como vengador y justiciero porque un día fue repudiado, como ocurrió con nosotros, ésta no podrá sino odiarlo, como nosotros lo odiamos. Lo odia con todo el ímpetu de su mala voluntad. Lo odia eternamente, a causa de la deliberada resolución de apartarse de Dios con la que terminó su vida terrenal. Nosotros no podemos revocar esta perversa voluntad, ni jamás querríamos hacerlo.

¿Comprendes ahora por qué el infierno dura eternamente? Porque nuestra obstinación nunca se derrite, nunca termina. Y contra mi voluntad agrego que Dios es misericordioso, aún con nosotros. Digo “contra mi voluntad” porque, aunque diga estas cosas voluntariamente, no se me permite mentir, que es lo que querría. Dejo muchas informaciones en el papel contra mis deseos. Debo también estrangular la avalancha de palabrotas que querría vomitar. Dios fue misericordioso con nosotros porque no permitió que derramáramos sobre la tierra el mal que hubiéramos querido hacer. Si nos lo hubiera permitido, habríamos aumentado mucho nuestra culpa y castigo. Nos hizo morir antes de tiempo, como hizo conmigo, o hizo que intervinieran causas atenuantes.

Dios es misericordioso, porque no nos obliga a aproximarnos a El más de lo que estamos, en este remoto lugar infernal. Eso disminuye el tormento. Cada paso más cerca de Dios me causaría una aflicción mayor que la que te produciría un paso más rumbo a una hoguera.

Te desagradé un día al contarte, durante un paseo, lo que dijo mi padre pocos días antes de mi comunión: “Alégrate, Anita, por el vestido nuevo; el resto no es más que una burla”. Casi me avergüenzo de tu desagrado. Ahora me río. Lo único razonable de toda aquella comedia era que se permitiera comulgar a los niños a los doce años. Yo ya estaba, en aquel entonces, bastante poseída por el placer del mundo. Sin escrúpulos, dejaba a un lado las cosas religiosas. No tomé en serio la comunión. La nueva costumbre de permitir a los niños que reciban su primera comunión a los 7 años nos produce furor. Empleamos todos los medios para burlarnos de esto, haciendo creer que para comulgar debe haber comprensión. Es necesario que los niños hayan cometido algunos pecados mortales. La blanca Hostia será menos perjudicial entonces, que si la recibe cuando la fe, la esperanza y el amor, frutos del bautismo – escupo sobre todo esto – todavía están vivos en el corazón del niño.

¿Te acuerdas que yo pensaba así cuando estaba en la tierra? Vuelvo a mi padre. Peleaba mucho con mamá. Pocas veces te lo dije, porque me avergonzaba. Qué cosa ridícula la vergüenza! Aquí, todo es lo mismo. Mis padres ya no dormían en el mismo cuarto. Yo dormía con mamá, papá lo hacía en el cuarto contiguo, donde podía volver a cualquier hora de la noche. Bebía mucho y se gastó nuestra fortuna. Mis hermanas estaban empleadas, decían que necesitaban su propio dinero. Mamá comenzó a trabajar. Durante el último año de su vida, papá la golpeó muchas veces, cuando ella no quería darle dinero. Conmigo, él siempre fue amable. Un día te conté un capricho del que quedaste escandalizada. ¿Y de qué no te escandalizaste de mí? Cuando devolví dos veces un par de zapatos nuevos, porque la forma de los tacos no era bastante moderna.

En la noche en que papá murió, víctima de una apoplejía, ocurrió algo que nunca te conté, por temor a una interpretación desagradable. Hoy, sin embargo, debes saberlo. Es un hecho memorable: por primera vez, el espíritu que me atormenta se acercó a mí. Yo dormía en el cuarto de mamá. Su respiración regular revelaba un sueño profundo. Entonces, escuché pronunciar mi nombre. Una voz desconocida murmuró: “¿Qué ocurrirá si muere tu padre?”

Paisaje oscuroYa no lo quería a papá, desde que había empezado a maltratar a mi madre. En realidad, no amaba absolutamente a nadie: sólo tenía gratitud hacia algunas personas que eran bondadosas conmigo. El amor sin esperanza de retribución en esta tierra solamente se encuentra en las almas que viven en estado de gracia. No era ése mi caso. “Ciertamente, él no morirá”, le respondí al misterioso interlocutor. Tras una breve pausa, escuché la misma pregunta. “El no va a morir!”, repliqué con brusquedad.

Por tercera vez, me preguntaron: “Qué ocurrirá si muere tu padre?”. Me representé en ese momento en la imaginación el modo como mi padre volvía muchas veces: medio ebrio, gritando, maltratando a mamá, avergonzándonos frente a los vecinos. Entonces, respondí con rabia: “Bien, es lo que se merece. ¡Que muera!”. Después, todo quedó en silencio.

A la mañana siguiente, cuando mamá fue a ordenar el cuarto de papá, encontró la puerta cerrada. Al mediodía, la abrieron por la fuerza. Papá, semidesnudo, estaba muerto sobre la cama. Al ir a buscar cerveza al sótano, debió sufrir una crisis mortal. Desde hacía tiempo que estaba enfermo. (¿Habrá hecho depender Dios de la voluntad de su hija, con la que el hombre fue bondadoso, la obtención de más tiempo y ocasión de convertirse?).

Marta K. y tú me hicieron ingresar en la asociación de jóvenes. Nunca te oculté que consideraba demasiado “parroquiales” las instrucciones de las dos directoras, las señoritas X. Los juegos eran bastante divertidos. Como sabes, llegué en poco tiempo a tener allí un papel preponderante. Eso era lo que me gustaba. También me gustaban las excursiones. Llegué a dejarme llegar algunas veces a confesar y comulgar. Para decir la verdad, no tenía nada para confesar. Los pensamientos y las palabras no significaban nada para mí. Y para acciones más groseras todavía no estaba madura.

Un día me llamaste la atención: “Ana, si no rezas más, te perderás”. Realmente, yo rezaba muy poco, y ese poco siempre a disgusto, de mala voluntad. Sin duda tenías razón. Los que arden en el infierno o no rezaron, o rezaron poco. La oración es el primer paso para llegar a Dios. Es el paso decisivo. Especialmente la oración a Aquella que es la madre de Cristo, cuyo nombre no nos es lícito pronunciar. La devoción a Ella arranca innumerables almas al demonio, almas a las que sus pecados las habrían lanzado infaliblemente en sus manos.

Furiosa continúo, porque estoy obligada a hacerlo, aunque no aguanto más de tanta rabia. Rezar es lo más fácil que se puede hacer en la tierra. Y justamente de esto, que es facilísimo, Dios hace depender nuestra salvación. Al que reza con perseverancia, paulatinamente Dios le da tanta luz, y lo fortalece de tal modo, que hasta el más empedernido pecador puede recuperarse, aunque se encuentre hundido en un pantano hasta el cuello. Durante los últimos años de mi vida ya no rezaba más, privándome así de las gracias, sin las que nadie se puede salvar.

Aquí, no recibimos ningún tipo de gracia. Aunque la recibiéramos, la rechazaríamos con escarnio. Todas las vacilaciones de la existencia terrenal terminaron en esta otra vida. En la tierra, el hombre puede pasar del estado de pecado al estado de gracia. De la gracia, se puede caer al pecado. Muchas veces caí por debilidad; pocas, por maldad. Con la muerte, cada uno entra en un estado final, fijo e inalterable. A medida que se avanza en edad, los cambios se hacen más difíciles. Es cierto que uno tiene tiempo hasta la muerte para unirse a Dios o para darle las espaldas. Sin embargo, como si estuviera arrastrado por una correntada, antes del tránsito final, con los últimos restos de su voluntad debilitada, el hombre se comporta según las costumbres de toda su vida.

Mujer preocupadaEl hábito, bueno o malo, se convierte en una segunda naturaleza. Es ésta la que lo arrastra en el momento supremo. Así ocurrió conmigo. Viví años enteros apartada de Dios. En consecuencia, en el último llamado de la gracia, me decidí contra Dios. La fatalidad no fue haber pecado con frecuencia, sino que no quise levantarme más. Muchas veces me invitaste para que asistiera a las predicaciones o que leyera libros de piedad. Mis excusas habituales eran la falta de tiempo. ¿Acaso podría querer aumentar mis dudas interiores? Finalmente, tengo que dejar constancia de lo siguiente: al llegar a este punto crítico, poco antes de salir de la “Asociación de Jóvenes”, me habría sido muy difícil cambiar de rumbo. Me sentía insegura y desdichada. Pero frente a la conversión se levantaba una muralla.

No sospechaste que fuera tan grave. Creías que la solución era tan simple, que un día me dijiste: “Tienes que hacer una buena confesión, Ani, todo volverá a ser normal”. Me daba cuenta que sería así. Pero el mundo, el demonio y la carne, me retenían demasiado firme entre sus garras. Nunca creí en la influencia del demonio. Ahora, doy testimonio de que el demonio actúa poderosamente sobre las personas que están en las condiciones en que yo me encontraba entonces. Sólo muchas oraciones, propias y ajenas, junto con sacrificios y sufrimientos, podrían haberme rescatado. Y aún esto, poco a poco.

Si bien hay pocos posesos corporales, son innumerables los que están poseídos internamente por el demonio. El demonio no puede arrebatar el libre albedrío de los que se abandonan a su influencia. Pero, como castigo por su casi total apostasía, Dios permite que el “maligno” se anide en ellos. Yo también odio al demonio. Sin embargo, me gusta, porque trata de arruinarlos a todos ustedes: él y sus secuaces, los ángeles que cayeron con él desde el principio de los tiempos. Son millones, vagando por la tierra. Innumerables como enjambres de moscas; ustedes no los perciben. A los réprobos no nos incumbe tentar: eso les corresponde a los espíritus caídos.

Cada vez que arrastran una nueva alma al fondo del infierno, aumentan aún más sus tormentos. Pero, ¡de qué no es capaz el odio! Aunque andaba por caminos tortuosos, Dios me buscaba. Yo preparaba el camino para la gracia, con actos de caridad natural, que hacía muchas veces por una inclinación de mi temperamento. A veces, Dios me atraía a una Iglesia. Allí, sentía una cierta nostalgia. Cuando cuidaba a mi madre enferma, a pesar de mi trabajo en la oficina durante el día, haciendo un sacrificio de verdad, los atractivos de Dios actuaban poderosamente. Una vez fue en la capilla del hospital, adonde me llevaste durante el descanso del mediodía. Quedé tan impresionada, que estuve sólo a un paso de mi conversión. Lloraba. Pero, en seguida, llegaba el placer del mundo, derramándose como un torrente sobre la gracia. Las espinas ahogaron el trigo. Con la explicación de que la religión es sentimentalismo, como siempre se decía en la oficina, rechacé también esta gracia, como todas las otras.

En otra ocasión, me llamaste la atención porque, en lugar de una genuflexión hasta el piso, hice solamente una ligera inclinación con la cabeza. Pensaste que eso lo hacía por pereza, sin sospechar que, ya entonces, había dejado de creer en la presencia de Cristo en el Sacramento. Ahora creo, aunque sólo materialmente, tal como se cree en la tempestad, cuyas señales y efectos se perciben. En este interín, me había fabricado mi propia religión. Me gustó la opinión generalizada en la oficina, de que después de la muerte el alma volvería a este mundo en otro ser, reencarnándose sucesivamente, sin llegar nunca al fin.

Con esto, estaba resuelto el angustiante problema del más allá. Imaginé haberlo hecho inofensivo. ¿Por qué no me recordaste la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, en la que el narrador, Cristo, envió después de la muerte a uno al infierno y al otro al Cielo? Pero, ¿qué habrías conseguido? No mucho más de lo que conseguiste con todos tus otros discursos beatos. Poco a poco me fui fabricando un dios: con atributos suficientes para ser llamado así. Bastante lejos de mí, como para que no me obligara a tener relaciones con él. Suficientemente confuso, como para poder transformarlo a mi antojo. De este modo, sin cambiar de religión, yo podía imaginarlo como el dios panteísta del mundo o pensarlo, poéticamente, como un dios solitario.

Este “dios” no tenía Cielo para premiarme, ni infierno para asustarme. Yo lo dejaba en paz. En esto consistía mi culto de adoración. Es fácil creer en lo que agrada. Con el transcurso de los años, estaba bastante persuadida de mi religión. Se vivía bien así, sin molestias. Sólo una cosa podría haber roto mi suficiencia: un dolor profundo y prolongado. Pero este sufrimiento no llegó. ¿Comprendes ahora el significado de “Dios castiga a aquellos que ama”? Durante un domingo de julio, la Asociación de Jóvenes organizaba un paseo de A. Me gustaban las excursiones, pero no los discursos insípidos y demás beaterías. Otra imagen, muy diferente de la de Nuestra Señora de las Gracias de A., estaba desde hacía poco en el altar de mi corazón. Era el distinguido Max, del almacén de al lado. Ya habíamos conversado entretenidos, varias veces. Justamente ese domingo me invitó a pasear. La otra, con la que acostumbraba a salir, estaba enferma en el hospital.

El había comprendido que lo miraba mucho. Pero yo no pensaba en casarme todavía. Su posición económica era muy buena, pero también demasiado amable con todas las otras jovencitas. En aquel entonces yo quería un hombre que me perteneciera exclusivamente, como única mujer. Siempre conservé una cierta educación natural. (Eso es verdad. A pesar de su indiferencia religiosa, Ani tenía algo noble en su persona. Me desconcierta que también las personas “honestas” puedan caer en el infierno, si son deshonestas al huir del encuentro con Dios).

En ese paseo, Max me colmó de amabilidades. Nuestras conversaciones, es claro, no eran sobre la vida de los santos, como las de ustedes. Al día siguiente, en la oficina, me reprendiste por no haber ido al paseo de la Asociación. Cuando te conté mi diversión del domingo, tu primera pregunta fue: “¿Escuchaste Misa?”. Tonta! ¿Cómo podríamos ir a Misa si salimos a las 6 de la mañana? Me acuerdo que, muy exaltada, te dije: “El buen Dios no es tan mezquino como lo son los curas”. Ahora debo confesar que Dios, a pesar de su infinita bondad, considera todo con más seriedad que todos los sacerdotes juntos. Después de este primer paseo con Max, fui solamente una vez más a la Asociación, en las fiestas de Navidad. Algunas cosas me atraían. Pero en mi interior, ya me había separado de todas ustedes.

Los bailes, el cine, los paseos, continuaban. A veces peleábamos con Max, pero yo sabía cómo retenerlo. Odié mucho a mi rival que, al salir del hospital, se puso furiosa. En realidad, eso me favoreció. La calma distinguida que yo mostraba produjo una gran impresión en Max, que se inclinó definitivamente por mí. Conseguí encontrar la forma de denigrarla. Me expresaba con calma: por fuera, realidades objetivas, por dentro, vomitando hiel. Estos sentimientos y actitudes conducen rápidamente al infierno. Son diabólicos, en el sentido estricto del término. ¿Por qué te cuento todo esto? Para explicarte que así me aparté definitivamente de Dios. En realidad, Max y yo no llegamos muchas veces al extremo de la familiaridad. Me daba cuenta que me rebajaría a sus ojos si le concedía toda la libertad antes de tiempo. Por eso, supe controlarme. Realmente, yo estaba siempre dispuesta para todo lo que consideraba útil. Tenía que conquistar a Max. Para eso, ningún precio era demasiado alto.

Nos fuimos amando poco a poco, porque ambos teníamos valiosas cualidades que podíamos apreciar mutuamente. Yo era habilidosa, eficiente, de trato agradable. Retuve a Max con firmeza y conseguí, al menos durante los últimos meses antes del casamiento, ser la única que lo poseía. En eso consistió mi apostasía, en hacer mi dios con una criatura. En ninguna otra cosa puede realizarse más plenamente la apostasía como en el amor a una persona del otro sexo, cuando ese amor se ahoga en la materia. Esto es su encanto, su aguijón y su veneno. La “adoración” que tenía por Max se convirtió en mi religión. En ese tiempo, en la oficina, yo arremetía virulentamente contra los curas, los fieles, las indulgencias, los rosarios y demás estupideces.

Trataste de defender con una cierta inteligencia todo lo que yo atacada, aunque quizás sin sospechar que en realidad el problema no estaba en esas cosas. Lo que yo buscaba era un punto de apoyo. Todavía lo necesitaba para justificar racionalmente mi apostasía. Estaba sublevada contra Dios. No te dabas cuenta. Creías que todavía era católica. Por otra parte, yo quería ser llamada así; inclusive pagaba la contribución para el culto. Porque un cierto “reaseguro” nunca viene mal. Es posible que tus respuestas a veces dieran en el blanco. Pero no me alcanzaban, porque no te concedía razón. A raíz de estas relaciones sobre bases falsas, fue pequeño el dolor de nuestra separación, con motivo de mi casamiento.

Antes de casarme, me confesé y comulgué una vez más. Era una formalidad. Mi marido pensaba igual. Si era una formalidad, ¿por qué no cumplirla? Ustedes dicen que una comunión así es “indigna”. Bien, después de esa comunión “indigna”, logré un cierto sosiego en mi conciencia. Esa comunión fue la última. Nuestra vida conyugal transcurría, en general, en armonía. En casi todos los puntos teníamos la misma opinión. También en esto: no queríamos cargar con hijos. En realidad, mi marido quería tener uno, uno solo, naturalmente. Finalmente conseguí que él renunciara a ese deseo. Lo que más me gustaba eran los vestidos, los muebles lujosos, las reuniones mundanas, los paseos en automóvil y otras distracciones. Fue un año de placer el que medió entre mi casamiento y mi muerte repentina.

Todos los domingos íbamos a pasear en auto o visitábamos a los parientes de mi marido. Me avergonzaba de mi madre. Esos parientes se destacaban en la vida social, igual que nosotros. Pero en mi interior, sin embargo, nunca fui feliz. Había algo indeterminado que me corroía. Mi deseo era que, al llegar la muerte – la que sin duda demoraría mucho todavía – todo acabara. Ocurría tal como yo lo había escuchado de niña, durante una plática: Dios recompensa en este mundo toda obra buena que se haga. Si no puede premiarla en la otra vida, lo hace en la tierra. Inesperadamente, recibí una herencia de la tía Lote. Mi marido tuvo la suerte de ver sus ingresos notablemente aumentados. Así pude instalar, confortablemente, una casa nueva.

Mi religión estaba muriendo, como un resplandor crepuscular en un firmamento lejano. Los bares de la ciudad, los hoteles y los restaurantes por los que pasábamos en nuestros viajes, no nos acercaban a Dios. Todos los que los frecuentaban vivían como nosotros: de fuera hacia adentro, no de dentro hacia afuera. Si durante los viajes de vacaciones visitábamos una célebre catedral, tratábamos de divertirnos con el valor artístico de sus obras primas. Los sentimientos religiosos que irradiaban – especialmente las iglesias medievales – yo los neutralizaba criticando circunstancias accesorias de un hermano lego que nos guiaba, criticaba su negligencia en el aseo, criticaba el comercio de los piadosos monjes que fabricaban y vendían licor, criticaba el eterno repique de campanas llamando a los sagrados oficios, diciendo que el único fin era ganar dinero…

Así era como conseguía apartar a la gracia, cada vez que me llamaba. Especialmente descargaba mi mal humor frente a algunas pinturas de la Edad Media representando al Infierno en libros, cementerios y otros lugares. Allí el demonio asaba a las almas sobre fuego rojo o amarillo, mientras sus compañeros, con largas colas, le traen más víctimas. Clara, el infierno puede ser dibujado, pero nunca exagerado! Siempre me burlaba del fuego del infierno. Acuérdate de una conversación durante la cual te puse un fósforo encendido bajo la nariz, preguntándote: “¿Así huele?”

Apagaste en seguida la llama. Aquí nadie consigue hacerlo. Te digo más: el fuego del que habla la Biblia no es el tormento de la consciencia. Fuego es fuego! Debe ser interpretado al pie de la letra cuando Aquel dijo: “Apartáos de mí, malditos, id al fuego eterno”. Al pie de la letra! ¿Y cómo puede ser tocado un espíritu por el fuego material? Preguntarás. ¿Y cómo puede sufrir tu alma, en la tierra, si pones el dedo sobre una llama? Tampoco tu alma se quema, mientras tanto el dolor lo sufre todo el individuo. Del mismo modo, nosotros estamos aquí espiritualmente presos al fuego de nuestro ser y de nuestras facultades. Nuestra alma carece de la agilidad que le sería natural; no podemos pensar ni querer lo que querríamos.

No te sorprendas de mis palabras. Es un misterio contrario a las leyes de la naturaleza material: el fuego del infierno quema sin consumir. Nuestro mayor tormento consiste en saber que nunca veremos a Dios. ¿Cómo puede atormentarnos tanto esto, si en la tierra nos era indiferente? Mientras el cuchillo está sobre la mesa, no te impresiona. Le ves el filo, pero no lo sientes. Pero si el cuchillo entra en tus carnes, gritarás de dolor. Ahora, sentimos la pérdida de Dios. Antes, sólo pensábamos en ella.

No todas las almas sufren igual. Cuanto mayor fue la maldad, cuanto más frívolo y decidido, tanto más le pesa al condenado la pérdida de Dios, tanto más lo sofoca la criatura de que abusó. Los católicos que se condenan sufren más que los de otras religiones, porque recibieron y desaprovecharon, por lo general, más luces y mayores gracias. Los que tuvieron mayores conocimientos sufren más duramente que los que tuvieron menos. El que pecó por maldad sufre más que el que cayó por debilidad. Pero ninguno sufre más de lo que mereció. Oh, si esto no fuera verdad, tendría un motivo para odiar!

Un día me dijiste: nadie va al infierno sin saberlo. Eso le habría sido revelado a una santa. Yo me reía, mientras me atrincheraba en esta reflexión: “siendo así, siempre tendré tiempos suficiente para volver atrás”. Esta revelación es exacta. Antes de mi muerte repentina, es verdad, no conocía al infierno tal como es. Ningún ser humano lo conoce. Pero estaba perfectamente enterada de algo: “Si mueres, me decía, entrarás en la eternidad como una flecha, directamente contra Dios; habrá que aguantar las consecuencias”. Como te dije, no volví atrás. Perseveré en la misma dirección, arrastrada por la costumbre, con la que los hombres actúan cuanto más envejecen.

Mi muerte ocurrió así: Hace una semana – digo según las cuentas que llevan ustedes, porque si calculara por mis dolores, podría estar ardiendo en el infierno desde hace diez años – mi marido y yo salimos en otra excursión dominguera, que fue la última para mí. El día estaba radiante de sol. Me sentía muy bien, como pocas veces. Sin embargo, me traspasaba un presentimiento siniestro. Inesperadamente, en el viaje de regreso, mi marido y yo fuimos enceguecidos por los faros de un automóvil que venía en sentido contrario, a gran velocidad. Max perdió el control del vehículo. Jesús! Se escapó de mis labios, no como oración sino como grito. Sentí un dolor aplastante: comparado con el tormento actual, una bagatela. Después perdí el sentido.

¡Qué extraño! Aquella misma mañana, sin explicación, había surgido en mi mente este pensamiento. “Por una vez, podrías ir a Misa”. Era como una súplica. Un “¡no!” claro y decidido cortó el curso de la idea. “Con esas cosas tengo que terminar definitivamente”. Es decir, asumí todas las consecuencias. Ahora las soporto.

Lo que ocurrió después de mi muerte lo sabes. La suerte de mi marido, de mi madre, lo que ocurrió con mi cadáver, mi entierro, lo sé por una intuición natural que tenemos todos los que estamos aquí. Del resto de lo que ocurre en el mundo poseemos un conocimiento confuso. Sabemos lo que se refiere a nosotros. De este modo veo el lugar donde vives. Desperté de improviso en el momento de mi muerte. Me encontré inundada por una luz ofuscante. Era el mismo sitio donde había caído mi cadáver. Sucedió como en el teatro, cuando se apagan las luces de la sala, sube el telón y aparece una escena trágicamente iluminada. La escena de mi vida. Como en un espejo, mi alma se mostró a sí misma. Vi las gracias despreciadas y pisoteadas, desde mi juventud hasta el último “no” frente a Dios.

Me sentí como un asesino, al que llevan ante el tribunal para ver a la víctima exánime. ¿Arrepentirme? ¡Nunca! ¿Avergonzarme? ¡Jamás!

Mientras tanto, no conseguía permanecer bajo la mirada de Dios, a quien rechazaba. Sólo tenía una salida: la fuga. Así como Caín huyó del cadáver de Abel, así mi alma se proyectó lejos de esta visión de horror.

Este era el Juicio particular.

Habló el invisible juez: “APÁRTATE DE MI”. De inmediato mi alma, como una sombra amarilla de azufre, se despeñó al lugar del eterno tormento.

Epílogo de Clara:

Así terminó la carta de Anita sobre el Infierno. Las últimas palabras eran casi ilegibles, tan torcidas estaban las letras. Cuando terminé de leer la última línea, la carta se convirtió en cenizas. ¿Qué es lo que escucho? En medio de los duros términos de las palabras que imaginaba haber leído, resonó el dulce tañido de una campana. Me desperté de inmediato. Estaba acostada en mi cuarto. La luz matinal entraba por la ventana. Las campanadas de las Avemarías llegaban de la iglesia parroquial. ¿Todo había sido un sueño?

Nunca había sentido antes en el Angelus tanto consuelo como después de ese sueño. Lentamente, fui rezando las oraciones. Entonces comprendí: la bendita Madre del Señor quiere defenderte. Venera a María filialmente, si no quieres tener el destino que te contó – aunque fuera en sueños – un alma que jamás verá a Dios. Temblando todavía por la visión nocturna, me levanté, me vestí con prisa y huí a la capilla de la casa. Mi corazón palpitaba con violencia. Los huéspedes que estaban más cerca me miraban con preocupación. Quizás pensaban que estaba agitada por correr escaleras abajo.

Una bondadosa señora de Budapest, un alma sacrificada, pequeña como una niña, miope, aún fervorosa en el servicio de Dios, de gran penetración espiritual, me dijo por la tarde en el jardín: “Señorita, Nuestro Señor no quiere ser servido con excitación”. Pero ella advertía que otra cosa me había excitado y aún me preocupaba. Agregó, bondadosamente: “Nada te turbe – conoces el aviso de Santa Teresa – nada te espante. Todo pasa. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”. Mientras susurraba esto, sin adoptar un aire magisterial, parecía estar leyendo mi alma.

“Sólo Dios basta”. Sí, El ha de bastarme, en éste o en el otro mundo. Quiero poseerlo allí un día, por más sacrificios que tenga que hacer aquí para vencer. No quiero caer en el infierno.

Algunas consideraciones finales

Quizás no como objeción, pero no puede eludirse una pregunta: ¿Cómo puede haber recordado Clara con tal precisión todas las palabras de la carta de la condenada? Respondemos: quien hace lo más, puede hacer lo menos. Quien comienza una obra, puede también concluirla. Si la manifestación de ultratumba es un hecho preternatural, Clara debe haber tenido también una asistencia preternatural para escribir con exactitud todas las palabras leídas durante la visión.

La eternidad de las penas del infierno es un dogma. Seguramente, el más terrible de todos. Tiene su fundamento en las Sagradas Escrituras. Ver San Mateo XXV, 41 y 46; II a los Tesalonicenses, 1, 9; Judith XIII; Apocalipsis XIV, 11 y XX, 10; todos estos textos son irrefutables, en los que la expresión “eterno” no puede interpretarse como “largo o prolongado”. De la conveniencia de ilustrar este dogma con un caso particular, nos da ejemplo Nuestro Señor Jesucristo en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Allí se encuentra una descripción del infierno y del peligro de caer en él. No es otra la intención de este trabajo. Expresa también nuestra finalidad el siguiente consejo: “Vayamos al infierno mientras estemos vivos, para no caer allí después de la muerte”.
(https://www.hispanidadcatolica.com/2019/01/espeluznante-carta-de-un-alma-condenada/?fbclid=IwAR3KfWur089WLQLaErr3ctnRpVoX0Lo9oTIY80tGhWkEFF32d0dbvcpvbMM)

Satanista confeso: actor Christian Bale da gracias a Satanás por ganar premio como “Mejor actor” de los Globos de Oro


Si no se arrepiente a tiempo y pide perdón por este blasfemo acto, tendrá tiempo 
de "agradecer" al Demonio por toda la eternidad...

Por Johanna Bates - 9 enero, 2019
El actor nacido en Gales ganó el Globo de Oro como el “mejor actor” en la película “Vice”, por su interpretación del ex vicepresidente Dick Cheney y al aceptar el trofeo, agradeció a Satanás por haberle dado la visión del papel.
Juan 8:44 Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.

Vivimos en tiempos de ultra polarización, y los premios ya no son sobre los premios, son un referéndum sobre el odio interminable de Hollywood hacia los conservadores, los cristianos, la Biblia e incluso el mismo Dios. Hollywood ahora está comenzando a reconocer su pacto con el Diablo como la base de su éxito.

“‘Vice’ es una película sesgada de dibujos animados, y tomó una película que podría haber sido convincente y la convirtió en una regla simplista”, dijo Christian Toto, editor de HollywoodInToto.com  a NBC News la noche del domingo.

“El discurso de Bale es la guinda del pastel. “Estos premios ya ni siquiera son para entretener, parecen estar destinados a regañar y dar conferencias”.
(https://www.tiemposprofeticos.org/ejor-actor-de-los-globos-de-oro/?fbclid=IwAR1dQWiaQCZNOtZU0k3ROPCxSLFFm5jbUauWso8GgrwAB_uUQsTNf5-C0LQ)

El exorcismo más espectacular de Padre Amorth


Por Hispanidad Católica -  10 enero, 2019

CATEQUESIS SOBRE LA EXISTENCIA DEL DEMONIO

Detrás de la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf. Gn 3,1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (cf. Sb 2,24). La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (cf. Jn 8,44; Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. Diabolus enim et alii daemones a Deo quidem natura creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali (“El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos”) (Concilio de Letrán IV, año 1215: DS, 800).

La Escritura habla de un pecado de estos ángeles (2 P 2,4). Esta “caída” consiste en la elección libre de estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino. Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a nuestros primeros padres: “Seréis como dioses” (Gn 3,5). El diablo es “pecador desde el principio” (1 Jn 3,8), “padre de la mentira” (Jn 8,44).

Es el carácter irrevocable de su elección, y no un defecto de la infinita misericordia divina lo que hace que el pecado de los ángeles no pueda ser perdonado. “No hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte” (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 2,4: PG 94, 877C).

La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama “homicida desde el principio” (Jn 8,44) y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre (cf. Mt 4,1-11). “El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo” (1 Jn 3,8). La más grave en consecuencias de estas obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios.

Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños —de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física—en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero “nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8,28).

Les ofrecemos uno de los exorcismos más espectaculares que hizo el P. Amorth a una posesa en Roma:

https://www.hispanidadcatolica.com/2019/01/el-exorcismo-mas-espectacular-de-padre-amorth/?fbclid=IwAR3mmXHJp0-QHN_UjcWEe689-M-n3xGKq871aPtwXHIiE3sNVVi7QvY5V0E 

(https://www.hispanidadcatolica.com/2019/01/el-exorcismo-mas-espectacular-de-padre-amorth/?fbclid=IwAR3mmXHJp0-QHN_UjcWEe689-M-n3xGKq871aPtwXHIiE3sNVVi7QvY5V0E)

Seis consejos para proteger tu hogar de los ataques del Maligno


La teóloga católica Simone Rizkallah de la Universidad de Christendom, Estados Unidos, compartió estos útiles consejos para -literalmente- combatir a los demonios cuando no se puede recurrir a un sacerdote.

1) Un crucifijo bendito
Los demonios tienen miedo a los crucifijos, la Cruz de Cristo es muy poderosa. Hay que asegurarse de que la casa tenga un crucifijo bendecido.

2) Sal o agua bendita
Espolvorea sal y/o agua bendita en la casa. Puedes obtener agua bendita prácticamente en cualquier iglesia y cualquier sacerdote puede bendecir la sal o el agua para ti, y mejor si lo hace en latín.

3) Imágenes sagradas
Coloca imágenes de la Divina Misericordia, la Virgen María y el Sagrado Corazón de Jesús en los ambientes de tu hogar.

4) Orar
Las Oraciones de la Guerra Espiritual y las oraciones de liberación son poderosas contra las fuerzas del mal.

5) Escuchar cantos gregorianos
El demonólogo Adam Blai recomienda que la música que escuches con el fin de protegerte del maligno, sea de una orden religiosa real y no de un coro profesional, por ejemplo, los álbumes de los monjes benedictinos de Nursia.

6) Consagra tu hogar al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María
Consagra el lugar al Sagrado Corazón de Jesús y al Corazón Inmaculado de María. Necesitarás imágenes de ambos, basta que sean sencillas.

La consagración también se puede hacer cuando el sacerdote bendice tu hogar, preferiblemente con una fórmula en latín.

Nota original de: ChurchPop
(https://es.churchpop.com/2018/12/03/6-consejos-para-proteger-tu-hogar-y-volver-locos-a-los-demonios/?fbclid=IwAR0h-uKsaVO07xP5YZB1N7-aXIXpW4MigjJ5J-CdKWj2AbbDSfRSfxL4PSI)

lunes, 7 de enero de 2019

En la canción de Led Zeppelin "Escalera al cielo", hay un mensaje ocultista y satanista


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Escalera al cielo[1]

Stairway to Heaven (Escalera al Cielo) es una de las canciones más emblemáticas del rock pesado (aunque muchos la consideran como balada rock pesada) que ha perdurado desde la década de los ‘70[2] y se ha convertido en canción y melodía de culto enrte los seguidores de Led Zeppelin. Posee una simbología oculta y esotérica, desconocida para los no iniciados, por lo que, para poder desentrañar su significado último, es necesario leerla en clave ocultista y satánica. El cuarto álbum de la banda fue compuesto el 8 de noviembre de 1971 y es conocido simplemente como Led Zeppelin IV. Desde la concepción de la funda interna hasta los símbolos en la doble portada externa, se nota un gran trabajo de diseño y además cierto conocimiento de lo oculto. Como ejemplo, Page insertó en la parte interior del álbum un dibujo del Ermitaño, que es la carta IX del Tarot cuyas características definen la personalidad del guitarrista. Para saber de qué se trata la canción, se debe leer la letra párrafo por párrafo y analizarla por las partes que la componen e interpretarla en clave ocultista-esotérica-satanista.
There's a lady who's sure all that glitters is gold
And she's buying a stairway to heaven.
When she gets there she knows, if the stores are all closed
With a word she can get what she came for.
Ooh, ooh, and she's buying a stairway to heaven.
Hay una dama que está convencida de que todo lo que brilla es oro
y está comprando una escalera al cielo.
Cuando llega allí, sabe que si todas las tiendas están cerradas
con una palabra ella puede conseguir lo que vino a buscar.
¡y está comprando una escalera al cielo!

El personaje clave en esta primera estrofa es una misteriosa “dama” que “está convencida de que todo lo que brilla es oro”, “está comprando una escalera al cielo” y “con una palabra puede conseguir lo que busca”. La misteriosa “dama”, con toda probabilidad, es una bruja, ya sea una mujer en persona que practica la brujería, o bien la brujería –o la wicca- personificada en una mujer. Es propio de la magia creer que dominan las fuerzas ocultas y que con sus encantamientos y hechizos pueden hacer literalmente lo que quieren y esto es lo que quiere decir la frase: “con una palabra puede conseguir lo que busca”. Esto es un engaño, pues en realidad es el Demonio el que les hace creer a los brujos que sus hechizos son efectivos, ya que en realidad no lo son, porque el ser humano no tiene poder de este tipo. Jesús dice: “Sin Mí, nada podéis hacer”. Es decir, si sin Jesús no podemos hacer nada bueno, mucho menos podremos hacer algo malo –en cuanto a hechizos se refiere-. Sin embargo, los brujos están convencidos de que con sus artes malignas pueden hacer lo que quieran y es a una bruja en particular o a la brujería en general a la que representa esta misteriosa dama. Esta dama, a su vez, “está comprando una escalera al cielo”, es decir, está haciendo brujerías y encantamientos para “comprar una escalera que lleve al cielo”. Puesto que con la brujería es imposible llegar al Reino de Dios, el verdadero cielo, entonces el cielo del que se habla aquí, no es el cielo en donde reina Dios, sino su antítesis; es decir, es el Infierno, que aquí es llamado “cielo”.
There’s a sign on the wall but she wants to be sure
because you know sometimes words have two meanings.
In a tree by the brook, there's a songbird who sings, 
Sometimes all of our thoughts are misgiving.
Ooh, it makes me wonder,
Ooh, it makes me wonder.
Hay una señal en la pared pero ella quiere estar segura,
porque ya sabes que a veces palabras tiene dos significados.
En un árbol que se encuentra cerca del arroyo,
hay un pájaro cantor que canta,
a veces todos nuestros pensamientos son de duda.
¡Y me llena de asombro! ¡Y me llena de asombro!
La señal en la pared son los sigilos mágicos y las fórmulas de hechicería. El pájaro que canta, puede ser un cuervo que grazna, ya que el cuervo se asocia a las artes malignas de los brujos. La bruja escribe sus fórmulas de brujería en una pared y el neófito, al verlos, queda asombrado, porque piensa que esto es algo que tiene poder en sí mismo. Cuando dice “nuestros pensamientos son de duda” es porque algún resabio de conciencia le queda; su conciencia de antiguo cristiano le advierte que practicar la hechicería y consultar a una bruja no es algo que agrade a Dios, pero la fascinación por la brujería termina por conquistarlo y así ahoga lo que su conciencia le advierte.

There's a feeling I get when I look to the west,
And my spirit is crying for leaving.
In my thoughts I have seen rings of smoke through the trees,
And the voices of those who standing looking.
Ooh, it makes me wonder,
Ooh, it really makes me wonder.
Hay un sentimiento que me da cuando miro hacia el oeste,
y mi espíritu está llorando por abandonarme.
En mis pensamientos he visto anillos de humo en los árboles,
y las voces de quienes buscan permanentemente.
¡Y me llena de asombro! ¡En verdad me llena de asombro!

La persona que canta ha caído bajo el hechizo de la bruja; ahora está en un coven, es decir, en una renión de brujas. Está en el bosque, porque tanto la brujería tradicional como la moderna, la wicca, rechazan los templos y buscan la naturaleza para unirse a la divinidad –que no es otro que el Demonio. Por esta razón es que habla de “árboles”. El “humo” es porque las brujas del coven han encendido un fuego, como parte del rito en el que se invoca al Demonio. El oeste es de donde surge Cristo –por eso las iglesias se construyen con el altar mirando a oriente y con la puerta que se abre a occidente u oeste; se quiere recordar que los cristianos miramos a oriente, pues al oriente surge el sol que nos recuerda a Cristo, Sol que nos ilumina y nos da vida[3]- y porque la persona se está apartando de Cristo, cuando “mira al Oeste” que es de donde surge Cristo, Sol victorioso, tiene “sentimientos” de angustia y “llora”, porque abandona a Cristo para sumergirse en el mundo del ocultismo: “un sentimiento que me da cuando miro hacia el oeste, y mi espíritu está llorando por abandonarme”. Al mismo tiempo que se aleja de Cristo, el humo del fuego encendido en honor a Satanás por las brujas lo hacen apartarse cada vez más de Él, puesto que las brujas con sus voces lo llaman insistentemente: “En mis pensamientos he visto anillos de humo en los árboles, y las voces de quienes buscan permanentemente”.

And it’s whispered that soon if we all call the tune
Then the piper will lead us to reason.
And a new day will dawn for those who stand long
And the forests will echo with laughter.
Y se susurra que pronto, si todos cantamos la melodía
Entonces el gaitero nos conducirá a la razón.
Y un nuevo día amanecerá para aquellos que esperan
Y el eco de la risa se escuchará en los bosques.
          El “susurro” no es otra cosa que las fórmulas de hechizos y encantamientos que llevan a cabo los brujos, invocando al Demonio. Cuando el Demonio –el gaitero- se haga presente –el Demonio es representado como un gaitero o flautista, como el dios Pan de la mitología griega- “nos conducirá a la razón”, es decir, oscurecerá nuestra razón humana, de modo que no sea capaz de advertir los misterios del cristianismo con la luz de la gracia. Entonces el hombre se convertirá en un racionalista, dirá que ni Dios ni el Cielo existen y por lo tanto, tampoco el Demonio y el Infierno. En ese entonces, será cuando “el gaitero” o “flautista”, introduciendo el espíritu racionalista, habrá triunfado en el hombre. El “día nuevo que amanecerá” será el día en que los hombres, rechazando los misterios de la fe católica, se sumergirán en las tinieblas del ateísmo, paso previo al luciferismo. Entonces “se escuchará el eco de las risas” de los brujos y de los demonios, que desde el bosque se reirán del hombre ateo y luciferino.
If there’s a bustle in your hedgerow, don’t be alarmed now,
It’s just a spring clean for the May queen. 
Yes, there are two paths you can go by, but in the long run,
There’s still time to change the road you're on.
And it makes me wonder.
Si hay un bullicio en tu seto, no te preocupes,
Es una limpieza de la primavera para la Reina de Mayo.
Sí, existen dos caminos por los que puedes transitar, pero a la larga,
Habrá tiempo para cambiar el camino en que te encuentras.
¡Y me llena de asombro!
La “Reina de Mayo” hace referencia al mes de mayo, en el que los brujos rinden culto idolátrico a los árboles y a la naturaleza, postrándose ante ellos y tomándolos como dioses. Para los brujos y la magia celta, en mayo se celebra la festividad pagana llamada “Beltane”, en honor al dios Belenos. Esta fiesta marca el inicio del verano; se celebra de noche, porque los días se cuentan a partir de la puesta del sol y no desde la madrugada. Se elegía una mujer bruja para que representara a la diosa celta, quien era llamada “Reina de Mayo”. Los brujos en esta fiesa celebran la fertilidad de la naturaleza, quien era fecundada por el árbol sagrado del mes que, en el mes de mayo y para los celtas, es el Saúco. Se habla de “dos caminos por los que se puede transitar”, esto es, el de Cristo y el del Demonio, pero el alma, sumergida ya en el aquelarre por el coven, transita en el bosque por el camino del Demonio.
Your head is humming and it won’t go, in case you don’t know,
The piper’s calling you to join him,
Dear lady, can you hear the wind blow, and did you know
Your stairway lies on the whispering wind?
Tu cabeza está zumbando y no se va a ir, en caso de que no lo sepas,
El gaitero te llama para que te unas a él,
Querida dama, ¿puede escuchar el viento soplar, y sabía usted que
su escalera reposa en el murmullo del viento?
“El gaitero-flautista te llama para que te unas a él”: a medida que aumenta el ritmo frenético del baile del aquelarre, la llamada de Demonio se hace más intensa. El alma duda, porque ha sido creada por Dios y para Dios y seguir al Demonio es frustrar para siempre el llamado a ser hijo de Dios. Por eso el alma duda y no sabe si dirigirse a la escalera o no. El viento sopla, pero no es el Espíritu Santo, sino el Demonio que viene en busca del alma que, por propia voluntad, se entrega en sus manos.
And as we wind on down the road
Our shadows taller than our soul.  
There walks a lady we all know
Who shines white light and wants to show
How everything still turns to gold. 
And if you listen very hard
The tune will come to you at last.
When all are one and one is all 
To be a rock and not to roll. 
And she's buying a stairway to heaven...
Y vamos como el viento en el camino.
Nuestras sombras son más altas que nuestra alma.
Ahí va una señora caminando que todos conocemos,
Que brilla con una luz blanca y nos quiere mostrar
Cómo todo aún se convierte en oro.
Y si escuchas muy bien
La melodía al final te llegará
Cuando todos sean uno y uno sean todo
Ser una roca y no rodar.
Y ella está comprando una escalera al cielo ...
Al final, el alma se decide por la eterna condenación, por la consagración al Diablo y no a Dios: es guiada por la bruja “una señora (…) que todos conocemos”; los guía hacia el Infierno, en dirección opuesta al Cielo y los guía con la luz blanquecina y mortecina de la magia y el ocultismo. El alma no sube por la escalera, que no llevaba al cielo, sino que desciende por ella y a medida que desciende, es decir, que ingresa en el Infierno, se da cuenta de algo: que “sus sombras son más altas que sus almas” y esto puede significar dos cosas: al entrar en el Infierno, los pecados se revelan en toda su espantosa realidad y al no haber sido lavado por la Sangre del Cordero, el pecado queda fijado en el alma para siempre y es tal la magnitud del pecado, que es más grande que el alma. El otro significado de las sombras más altas es que esas sombras son los habitantes del Infierno, las sombras vivientes, los demonios, que en canto ángeles, son más grandes que las almas de los hombres. Tanto en uno como en otro caso, la frase es la más siniestra de toda la canción, porque indica el momento en que el alma ingresa en el Infierno para quedarse allí para siempre, envuelta en su pecado y rodeada de demonios. “Ser una roca y no rodar”, significa el alma que queda fija en el pecado y en el mal para siempre.


[1] “Según el diario de grabaciones de los estudios Basing Street de Londres, Led Zeppelin empezó a grabar una base de 'Stairway to heaven', el 5 de diciembre del 1970, once meses antes de que se publicara en el cuarto álbum de Led Zeppelin” (…) “Jimmy Page empezó a componer los acordes y las tres partes significativas de 'Stairway to heaven' en el pequeño estudio de ocho pistas de su casa-barco de Pangbourne, cerca de Reading” (…) Es más que probable que Robert Plant esbozara ya parte de la letra, es decir, las frases de 'There's a lady who's sure all that glitters is gold / and she's buying a stairway to heaven" ("Hay una dama que está segura de que todo lo que reluce es oro y está comprando una escalera al cielo") en la vieja casa de sus padres, donde pasaba sus vacaciones juveniles, en una construcción labriega en Gales, en Bron-yr-aur. Tanto Page como Plant se llevaron toda clase de discos y libros para inspirarse. Muchas de las frases incongruentes de 'Stairway to heaven' nacieron de un libro de Lewis Spence, un estudioso escocés del folklore británico, llamado 'The Magic Arts in Celtic Britain'. El libro se lo había prestado Jimmy Page, que seguía con su familiar amor y devoción por el ocultismo y los evangelios de Aleister Crowley, el padre espiritual del ocultismo en la Gran Bretaña. Ese libro estaba en el índice de los libros recomendados por el autor de 'The Equinox', igual que el nombre de la librería que Page acababa de abrir en Holland Street, en Kensington”; cfr. https://www.elmundo.es/cultura/2015/04/22/55365f0822601d17048b4575.html

La interpretación satanista de la canción "Hotel California"

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Hotel California
Razones por las que Hotel California es considerada una canción satánica .
En 1976 el grupo The Eagles lanzó el simple Hotel California, y si bien en un inicio se interpretó como una alusión al consumo de drogas “duras”, al poco tiempo esa interpretación fue dejada de lado para ser vista “como un himno satánico”, siendo numerosas las pruebas que abonan esta teoría. Entre otras, son las siguientes: el título haría referencia al lugar y la dirección -California Avenue- en la que Anton Szandor La Vey, el autoproclamado “Papa Negro” fundó la Iglesia Satánica en San Francisco. También se dice que, en esa iglesia, los miembros de Eagles habrían hecho un pacto satánico.
Antes de hablar de la canción propiamente, se ve en una foto interna del disco, mezclado en un grupo de personas, a un tenebroso personaje con una afilada barba y cabeza calva que se asoma por la ventana del hotel –es el Hotel Beverley Hills- y que no sería otro que el mismísimo Papa Negro Anton Szandor La Vey –el dato curioso es que cuando se tomó la foto él no estaba ahí- o incluso el Demonio. Al analizar la letra, se pueden obtener diversas interpretaciones, todas en sentido ocultista, que incluyen la versión que dice que la canción describe una misa negra con sacrificios incluidos, además de personajes extrañísimos como una “bestia”, un capitán, un recepcionista, etc., quienes podrían ser los participantes en la ceremonia o ritual de magia negra. En otra versión, se habla del ingreso de un alma en el Infierno –el Hotel California, hornos calientes-, del que no puede salir jamás. Nos inclinamos, personalmente, por esta segunda interpretación.
Hablando propiamente de la historia que relata la canción, se habla de un hombre que, pasando por el desierto, se encuentra con el Hotel California: este hotel, en algunas versiones, indicaría tanto el lugar como las causas de los excesos entre la juventud: la droga, el sexo y el rock and roll: “El Hotel California, según Don Henley, su compositor, intenta reflejar el ambiente decadente y de fin utopía, las abundantes drogas como la cocaína y diferentes excesos que, especialmente, se localizaban en el mundo del rock y en la ciudad de Los Ángeles” . Sin embargo, en otras versiones es más creíble el contenido esotérico de la canción: el hombre –un hombre anónimo- pierde la vida en un accidente de auto y se encuentra con el hotel, el cual el hombre no sabe si es el Cielo o el Infierno. En ese momento, encuentra una mujer –una bruja- que le muestra el camino hacia el interior del hotel . El desierto puede ser la vida del hombre sin Dios; nada atractivo hay en el desierto porque allí no está Dios. Puesto que en su peregrinar termina –muere- durante el día y al día le sigue la noche, el hombre –ya muerto, o sea, su alma- se ve obligado a pasar la noche en el Hotel California; ahora bien, el terminar el día significa que termina la vida terrena –por eso el hombre está muerto- y el comienzo de la noche significa que el hombre muere, por lo que en realidad es su alma la que ingresa en el Hotel California –que algunas traducciones llaman “Hornos calientes”, lo cual indicaría el Infierno-. 
En otras versiones, el Hotel California sería un antiguo templo cristiano que ha sido profanado por la presencia de La Vey, al convertirlo en un templo satánico y por lo tanto centro de reunión de prácticas ocultistas y satánicas y lugar en el que se ofrician misas negras. Al ingresar, escucha la frase “no hemos tenido ese espíritu desde 1969”, con lo que se estaría haciendo alusión al año en el que La Vey o el Papa Negro escribió la famosa e infame Biblia Satánica. Es decir, los habitantes del Hotel –los condenados, ante todo, recuerdan al hombre una de las causas por la que están ahí y es la infame Biblia Satánica de La Vey-. 
Cabe recordar que La Vey creó, en 1966, la Iglesia de Satán en San Francisco, California y la publicó en el año 1969. Allí es cuando se origina el rumor que lo relaciona con la canción “Hotel California” de The Eagles, pues se dice que en 1966 escribió o comenzó a escribir su Biblia en ese hotel, y que a su vez la canción fue escrita a petición de Lavey por The Eagles para celebrar el aniversario de ese comienzo. Volviendo a la canción, esta dice “Había voces al final del pasillo, creí que las oí decir... Bienvenido al Hotel California”. Esas voces serían las voces de los condenados y las de los ángeles caídos, es decir, los habitantes del Infierno. Hasta ahora, entonces, el protagonista es un hombre que muere, aparentemente en un accidente de tráfico e ingresa en el Infierno. El protagonista se da cuenta en donde se encuentra y trata de huir corriendo, pero el guardián de las puertas del Infierno le advierte que en el Infierno-Hotel California se puede entrar en cualquier época del año, pero que no se puede salir nunca, aunque sí puede elegir el lugar en el que quiere estar para siempre…

A continuación, analizaremos el texto de la canción estrofa por estrofa y daremos la interpretación “infernal”.

El texto dice así: “En una oscura autopista del desierto, el viento frío en mi pelo, cálido olor a “colitas”, extendiéndose por el aire”.
Es decir, el protagonista va por la ruta, en un desierto, bajo el efecto del alcohol y las drogas; conduce un mercedes.

“Por delante, en la distancia, vi una luz trémula”. 
Es el momento en el que, o choca y muere, o muere directamente por el efecto de las substancias que ha ingerido –alcohol y drogas-.

“Mi cabeza se volvió pesada y mi vista se volvió borrosa”.
Describe el momento en el que alma se separa del cuerpo, es decir, en el instante en el que muere.

“Tuve que parar a pasar la noche. Allí estaba ella en la puerta”.
Tiene que detenerse obligadamente, porque ya no está en el mundo de los vivos. Lo espera la muerte –“allí estaba ella en la puerta”-. También puede ser una bruja, que está condenada como él.

“Oí la campana de la misión. Y estaba pensando para mí: “Esto podría ser el Cielo, o podría ser el Infierno”.
Oye el sonido de una campana y no está seguro de si es el Cielo o el Infierno. Sin embargo, se trata de las campanas que le anuncian que está en el Infierno. 

“Entonces ella encendió una vela y me mostró el camino”.
La misteriosa mujer podría ser la muerte personificada, o bien el espíritu condenado de una bruja. La vela encendida es símbolo de la brujería, que muestra el camino, a vivos y muertos, hacia el Infierno.

“Había voces al final del pasillo, creí que las oí decir...”.
Escucha por primera vez las voces de los condenados en el Infierno.

“Bienvenido al Hotel California. ¡Qué lugar tan adorable! ¡Qué cara tan adorable!”.
Las almas que van “de pecado mortal en pecado mortal”, como dice San Ignacio, creen que el Infierno es un lugar adorable y que sus placeres pecaminosos "durarán para siempre", como dice Santa Teresa de Ávila. Como es un recién llegado, el condenado no sabe que es un lugar de torturas y todavía tiene la impresión del Infierno como lugar “agradable” como cuando estaba vivo. Piensa que allí podrá seguir con su vida de pecado, como lo hacía cuando estaba vivo.

“Lleno de habitaciones el Hotel California. En cualquier época del año, lo puedes encontrar aquí”. 
El Infierno es un lugar sumamente espacioso, con cabida para toda la humanidad, si fuera posible. Es comparable a un hotel que nunca se queda “sin reservas”, es decir, que está abierto y disponible “todo el año”.

“Su mente está perturbada por las alhajas. Ella tiene el Mercedes Benz”. 
La mujer que lo condujo hasta el Infierno, puede haber sido una persona pecadora en vida, que murió junto con él y ahora también está en el Infierno. Posee aquello que la condujo al Infierno: joyas y Mercedes Benz, que pueden simbolizar la lujuria y la avaricia. En el Infierno se convive con el pecado, de ahí que la mujer tenga, al menos simbólicamente, lo que la condenó. También puede ser una bruja, igualmente condenada, que le muestra la fatuidad de los bienes materiales, que para nada sirven en el Infierno. 

“Ella tiene muchos chicos lindos. Que ella llama amigos. Como bailan en el patio. Dulce sudor del verano”.
Los “chicos lindos” no necesariamente son tales: puede ser una referencia irónica al resto de los condenados que, cuando estaban en vida y vivían en gracia, antes de condenarse, tenían sus almas hermoseadas por la gracia. El hecho de “bailar” simboliza el frenesí y la ausencia de descanso, por el dolor que los atormenta, propia de las almas de los condenados.

“Algunos bailan para recordar, algunos bailan para olvidar”.
Los condenados bailan –saltan de dolor, más bien-; algunos, recordando el pecado que los hizo caer ahí para siempre; otros, tratando de olvidar ese pecado, lo cual es imposible.

“Entonces llamé al Capitán: “Por favor, dame mi vino”.
El condenado todavía no asume que está en el Infierno y como es alcohólico, quiere más alcohol y se lo pide al demonio –capitán- que tiene frente a sí, para continuar su vida de antaño. También puede significar que, estando ya en el Infierno, continúa con su pecado, que no le ha sido quitado –el alcoholismo- y no le será quitado nunca –por libre decisión suya, ya que evitó toda conversión cuando vivía-.

“Y él dijo: “No hemos tenido ese espíritu aquí desde mil novecientos sesenta y nueve”.
El Demonio le responde, no refiriéndose al vino, sino a la fecha de publicación de la primera edición de la Biblia Satánica de Anton La Vey, gracias a la cual muchos han caído en el Infierno. Dicha Biblia Satánica actúa como un “espíritu embriagador” que embriaga al alma con el mal.

“Y aun aquellas voces están llamando desde lejos. Te despiertas en medio de la noche. Sólo para oírles decir... Bienvenido al Hotel California. ¡Un lugar tan adorable! ¡Un lugar tan adorable! ¡Una cara tan hermosa!”.
Se trata de las voces de los condenados; son voces que nunca callan. En sus maldiciones e imprecaciones, se burlan del Infierno, pues es todo lo contrario a lo que dicen: no es ni agradable ni hermoso.

“Ellos disfrutan la vida en el Hotel California. ¡Qué linda sorpresa! ¡Qué linda sorpresa! Trae tus excusas”.
Quienes “disfrutan” del Infierno pueden ser, o los demonios, que se gozan por el dolor de los condenados, o los hombres que todavía están vivos y no creen en el Infierno o creen en él como en un lugar sin dolor. “Trae tus excusas”, quiere decir que en el Infierno, el que ponía excusas para no convertirse y así evitar el Infierno, ahora está en él, para siempre, con todas sus excusas a cuestas.

“Hay espejos en el techo. El champagne rosado en hielo”.
Es la imagen del que vive mundanamente y, si no cambia de vida, será un habitante más del Infierno. Los espejos en el techo y el champagne pueden estar indicando la avaricia y la lujuria, como recuerdos del condenado de lo que lo llevó al Infierno.

 “Y ella dijo: “Aquí somos todos prisioneros de nuestro propio deseo”.
La bruja que lo guió al Infierno, condenada igual que él, le hace dar tomar conciencia de algo que sabrá para siempre: quien está en el Infierno, es esclavo de su propio –mal- deseo, es decir, de su propio pecado, que ya no le será quitado nunca más: “somos prisioneros de nuestro propio deseo”. En el fondo, la eterna condenación es una auto-condenación, en el sentido de que el alma tiene lo que deseaba –el pecado- para siempre. Sólo que acompañado del dolor que no termina nunca.

“Y en la recámara del maestro, se reúnen para la fiesta. Ellos la apuñalan con sus cuchillos acerados, pero no pueden matar a la Bestia”.
El “maestro” no es otro que el Demonio y las almas de los condenados, en una orgía de sangre que no termina nunca, hacen el intento de “matar a la Bestia”, es decir, al Demonio, que con sus tentaciones los llevó allí, pero no lo pueden conseguir.

“Lo último que recuerdo siempre, es que estaba corriendo hacia la puerta. Yo tenía que encontrar el pasaje que me llevara al lugar donde estaba antes”.
El protagonista cae en la cuenta de que se encuentra en el Infierno y quiere regresar a la vida terrena –“el lugar donde estaba antes”- y por eso corre vanamente hacia la puerta, que está cerrada para siempre.

“Relájate”, me dijo el hombre de la noche. Estamos preparados para recibirte. Puedes salir cada vez que quieras, pero nunca te puedes ir”.
El demonio que le impide la salida del Infierno –el “hombre de la noche”- le dice que puede salir de las estancias o habitaciones del Infierno –las cuevas o madrigueras del Infierno o el lago de fuego- las veces que quiera, pero que nunca podrá salir del Infierno: “nunca te puedes ir”. El condenado deambula, ardiendo de dolor, de un lugar a otro en el Infierno, sin encontrar descanso ni alivio, pero nunca puede salir del Infierno.