San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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lunes, 6 de marzo de 2023

La aparición del Anticristo

 


La aparición del Anticristo 060423[1]

          Aparece una imagen de un cristo, envuelto en luz; es una luz opaca, mortecina, apagada, pero es luz. El cristo de la imagen aparenta estar vivo. A primera vista parece una imagen hermosa, pero al mirarlo con detenimiento, crece el horror, que es tanto más intenso, cuanto más se lo mira. Su mirada es vacía, dura, arrogante, desafiante, arrogante. No es la mirada serena, que transmite paz, del Cristo de la Divina Misericordia. Los cabellos del cristo empiezan a agitarse, como cuando hay viento, pero no es cabello: son serpientes, larvas de gusanos, arañas, alacranes, insectos de todo tipo, que entran y salen de la falsa cabellera. Lo mismo en la barba del cristo; aquí, al acercar la mirada, se ve además que está formada por serpientes, y entre las serpientes, se esconden demonios. En la falsa aureola, se esconden espectros, fantasmas, demonios. De pronto, la luz mortecina se apaga, dando paso a la oscuridad, que envuelve y absorbe el rostro del cristo, para luego regurgitarlo. Cuando aparece de nuevo, el rostro está horriblemente deformado y afeado: los ojos son dos cuencas vacías y negras, como las de un esqueleto; la falsa cabellera se agita fuertemente; la totalidad del rostro se deforma y se mueve constantemente, transmitiendo un horror imposible de describir. Se escuchan alaridos, gritos de desesperación, aullidos de dolor. Entonces dice: “Yo soy el que no-soy; yo soy el que era y no será más; yo soy el Anticristo y vengo por ustedes. Yo soy el Falso Mesías y es a mí a quien deben adorar y no al Impostor. Vengo a buscarlos, para arrastrarlos a las profundidades más oscuras del Abismo. Yo vengo para abolir el pecado, sin quitarlo, a diferencia del Impostor, que sí les quitaba sus pecados; yo vengo para suprimir el Sacrificio del altar, para que ya no tengáis la Sangre que sí os quita vuestros pecados. Yo soy el Falso Cordero, que quita sin quitar vuestros pecados; por mí llegarán a mi padre, el Ángel caído. Yo exacerbaré vuestras pasiones más depravadas para que por ellas seáis arrastrados al lugar donde no hay redención. Si al Impostor lo seguíais por amor, de mí quisierais escapar por el terror. Vengo para conduciros a mi padre, Satán. Me precede el Falso Profeta, que preparó el camino para mi llegada con la falsa doctrina de la apostasía. Yo soy el Anticristo”.



[1]             La siguiente reflexión está basada en dos elementos principalmente: la Doctrina Católica acerca del Anticristo (numeral 675 del Catecismo de la Iglesia Católica: La última prueba de la Iglesia, 675: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el "misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne” (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22) y las imágenes del Anticristo retratadas por la Inteligencia Artificial (IA).


jueves, 23 de febrero de 2017

Conciliábulo de Lucifer en el infierno tras la muerte de Cristo


Nuestra Señora del Apocalipsis.

Sor María de Jesús Ágreda

"La caída de Lucifer con sus demonios desde el monte Calvario al profundo del infierno, fue más turbulenta y furiosa que cuando fue arrojado del cielo. Y aunque siempre aquel lugar es tierra tenebrosa y cubierta de las sombras de la muerte, de caliginosa (tenebrosa) confusión, de miserias, tormentos y desorden, como dice el santo Job: pero en esta ocasión fue mayor su infelicidad y turbación; porque los condenados recibieron nuevo horror y accidental pena con la ferocidad y encuentros que bajaron los demonios, y el despecho que rabiosos manifestaban. Cierto es que no tienen potestad en el infierno para poner las almas a su voluntad en lugares de mayor o menor tormento; porque esto lo dispensa el poder de la divina justicia, según los deméritos de cada uno de los condenados, porque con esta medida sean atormentados. Pero, a más de la pena esencial, dispone el justo Juez que puedan sucesivamente padecer otras penas accidentales en algunas ocasiones; porque sus pecados dejaron en el mundo raíces y muchos daños para otros que por su causa se condenan, y el nuevo efecto de sus pecados no retratados les causa estas penas. Atormentaron los demonios a Judas con nuevas penas, por haber vendido y procurado la muerte a Cristo. Y conocieron entonces que aquel lugar de tan formidables penas, donde le habían puesto, era destinado para castigo de los que se condenasen con fe y sin obras, y los que despreciasen de intento el culto de esta virtud y el fruto de la redención humana. Y contra estos manifiestan los demonios mayor indignación, como la concibieron contra Jesús y María.
Luego que Lucifer tuvo permiso para esto y para levantarse del aterramiento en que estuvo algún tiempo, procuró intimar a los demonios su nueva soberbia contra el Señor. Para esto los convocó a todos, y puesto en lugar eminente les habló, y dijo: A vosotros, que por tantos siglos habéis seguido y seguiréis mi justa parcialidad en venganza de mis agravios, es notorio el que ahora he recibido de este nuevo Hombre y Dios, y como por espacio de treinta y tres años me ha traído engañado, ocultándome el ser divino que tenía, y encubriendo las operaciones de su alma, y alcanzando de nosotros el triunfo que ha ganado con la misma muerte que para destruirle le procuramos. Antes que tomara carne humana le aborrecí, y no me sujeté a reconocerle por más digno que yo de que todos le adorasen como superior. Y aunque por esta resistencia fui derribado del cielo con vosotros, y convertido en la fealdad que tengo, indigna de mi grandeza y hermosura; pero más que todo esto me atormenta hallarme tan vencido y oprimido de este Hombre y de su Madre. Desde el día que fue criado el primer hombre los he buscado con desvelo para destruirlos; y si no a ellos, a todas sus hechuras, y que ninguna le admitiese por su Dios ni le siguiese, y que sus obras no resultasen en beneficio de los hombres. Estos han sido mis deseos, estos mis cuidados y conatos; pero en vano, pues me venció con su humildad y pobreza, me quebrantó con su paciencia, y al aún me derribó del imperio que tenía en el mundo con su pasión y afrentosa muerte. Esto me atormenta de manera, que si a él le derribara de la diestra de su Padre, donde ya estará triunfante, y a todos sus redimidos los trajera a estos infiernos, aun no quedara mi enojo satisfecho, ni se aplacara mi furor.
¡Es posible que la naturaleza humana, tan inferior a la mía, haya de ser tan levantada sobre todas las criaturas! ¡Que ha de ser tan amada y favorecida de su Criador que la juntase a sí mismo en la persona del Verbo eterno! ¡Que antes de ejecutarse esta obra me hiciese guerra, y después me quebrantase con tanta confusión mía! Siempre la tuve por enemiga cruel; siempre me fue aborrecible e intolerable. ¡Oh hombres tan favorecidos y regalados del Dios que yo aborrezco, y amados de su ardiente caridad! ¿Cómo impediré vuestra dicha? ¿Cómo os haré infelices cual yo soy, pues no puedo aniquilar el mismo ser que recibisteis? ¿Qué haremos ahora, o vasallos míos? ¿Cómo restauráremos nuestro imperio? ¿Cómo cobraremos fuerzas contra el hombre? ¿Cómo podremos ya vencerle? Porque si de hoy mas no son los mortales insensibles ingratísimos, si no son peores que nosotros contra este Hombre y Dios que con tanto amor los ha redimido, claro está que todos le seguirán a porfía; todos le darán el corazon y abrazarán su suave ley; ninguno admitirá nuestros engaños; aborrecerán las honras que falsamente les ofrecemos, y amarán el desprecio; querrán la mortificación de su carne, y conocerán el peligro de los deleites; dejarán los tesoros y riquezas, y amarán la pobreza que tanto honró su Maestro; y a todo cuanto nosotros pretendamos aficionar sus apetitos, les será aborrecible por imitar a su verdadero Redentor. Con esto se destruye nuestro reino, pues nadie vendrá con nosotros a este lugar de confusión y tormentos; y todos alcanzarán la felicidad que nosotros perdimos; todos se humillarán hasta el polvo, y padecerán con paciencia, y no se logrará mi indignación y soberbia.
¡Oh infeliz de mí, y qué tormento me causa mi propio engaño! Si le tenté en el desierto fue darle ocasión para que con aquella victoria dejase ejemplo a los hombres, y que en el mundo le hubiese tan eficaz para vencerme. Si le perseguí, fue ocasionar la enseñanza de su humildad y paciencia. Si persuadí a Judas que le vendiese, y a los judíos que con mortal odio le atormentasen y pusiesen en la cruz, con estas diligencias solicité mi ruina, y el remedio de los hombres, y que en el mundo quedase aquella doctrina que yo pretendí extinguir. ¿Cómo se pudo humillar tanto el que era Dios? ¿Cómo sufrió tanto de los hombres, siendo tan malos? ¿Cómo yo mismo ayudé tanto para que la redención humana fuese tan copiosa y admirable? ¡Oh qué fuerza tan divina la de este Hombre, que así me atormenta y debilita! Aquella mi enemiga, Madre suya, ¿cómo es tan invencible y poderosa contra mí? Nueva es en pura criatura tal potencia, y sin duda la participa del Verbo eterno, a quien vistió de carne. Siempre me hizo grande guerra el Todopoderoso por medio de esta Mujer tan aborrecible a mi altivez, desde que la conocí en su señal o idea. Pero si no se aplaca mi soberbia indignación, no me despido de hacer perpetua guerra a este Redentor, a su Madre y a los hombres. Ea, demonios de mi séquito, ahora es el tiempo de ejecutar la ira contra Dios. Llegad todos a conferir conmigo por qué medios lo haremos, que deseo en esto vuestro parecer.
A esta formidable propuesta de Lucifer respondieron algunos demonios de los más superiores, animándole con diversos arbitrios que fabricaron para impedir el fruto de la redención en los hombres. Convinieron todos en que no era posible ofender a la persona de Cristo, ni menguar el valor inmenso de sus merecimientos, ni destruir la eficacia de los Sacramentos, ni falsificar ni revocarla doctrina que Cristo había predicado; mas que no obstante todo esto convenía que, conforme a las nuevas causas, medios y favores que Dios había ordenado para el remedio de los hombres, se inventasen allí nuevos modos de impedirlos, pervirtiéndolos con mayores tentaciones y falacias. Para esto algunos demonios de mayor astucia y malicia, dijeron: Verdad es que los hombres tienen ya nueva doctrina y ley muy poderosa, tienen nuevos y eficaces Sacramentos, nuevo ejemplar y maestro de las virtudes, y poderosa intercesora y abogada en esta nueva Mujer; pero las inclinaciones y pasiones de su carne y naturaleza siempre son unas mismas, y las cosas deleitables y sensibles no se han mudado. Por este medio, añadiendo nueva astucia, desharemos, en cuanto es de nuestra parte, lo que este Dios y Hombre ha obrado por ellos; y les haremos poderosa guerra procurando atraerlos con sugestiones, irritando sus pasiones, para que con grande ímpetu las sigan, sin atender a otra cosa; y la condición humana, tan tímida, embarazada en un objeto, no puede atender al contrario.
Con este arbitrio comenzaron de nuevo a repartir oficios entre los demonios, para que con nueva astucia se encargasen como por cuadrillas de diferentes vicios en que tentar a los hombres. Determinaron que se procurase conservar en el mundo la idolatría, para que los hombres no llegasen al conocimiento del verdadero Dios ni de la redención humana. Si esta idolatría faltaba, arbitraron se inventasen nuevas sectas y herejías en el mundo; y que para todo esto buscasen los hombres más perversos y de inclinaciones depravadas que primero las admitiesen, y fuesen maestros y cabezas de los errores. Y allí fueron fraguadas en el pecho de aquellas venenosas serpientes la secta de Mahoma, las herejías de Arrio, de Pelagio, de Nestorio, y cuantas se han conocido en el mundo, desde la primitiva Iglesia hasta ahora, y otras que tienen maquinadas, que ni es necesario ni conveniente referirlas. Este infernal arbitrio aprobó Lucifer, porque se oponía a la divina verdad, y destruía el fundamento de la salud humana, que consiste en la fe divina. A los demonios, que lo intentaron y se encargaron de buscar hombres impíos para introducir estos errores, los alabó y acarició, y los puso a su lado.
Otros demonios tomaron por su cuenta pervertir las inclinaciones de los niños, observando las de su generación y nacimiento. Otros de hacer negligentes a sus padres en la educación y doctrina de los hijos, o por demasiado amor, o aborrecimiento, y que los hijos aborreciesen a sus padres. Otros se ofrecieron a poner odio entre los maridos y mujeres, y facilitarles los adulterios, y despreciar la justicia y fidelidad que se deben. Todos convinieron en que sembrarían entre los hombres rencillas, odios, discordias y venganzas, y para esto los moviesen con sugestiones falsas, con inclinaciones soberbias y sensuales, con avaricia y deseo de honras y dignidades, y les propusiesen razones aparentes contra todas las virtudes que Cristo había enseñado; y sobre todo divirtiesen a los mortales de la memoria de su pasión y muerte, y del remedio de la redención, de las penas del infierno y de su eternidad. Y por estos medios les pareció a todos los demonios que los hombres ocuparían sus potencias y cuidados en las cosas deleitables y sensuales, y no les quedaría atención ni consideración de las espirituales, ni de su propia salvación.
Oyó Lucifer estos y otros arbitrios de los demonios, y respondiendo dijo: Con vuestros pareceres quedo muy obligado, todos los admito y apruebo, y todo será fácil de alcanzar con los que no profesaren la ley que este Redentor ha dado a los hombres. Pero en los que la admitan y abracen, dificultosa empresa será. Más en ella y contra estos pretendo estrenar mi saña y furor, y perseguir acerbísimamente a los que oyeren la doctrina de este Redentor y le siguieren; y contra ellos ha de ser nuestra guerra sangrienta hasta el fin del mundo. En esta nueva Iglesia he de procurar sobresembrar mi cizaña, las ambiciones, la codicia, la sensualidad y los mortales odios, con todos los vicios de que soy cabeza. Porque si una vez se multiplican y crecen los pecados entre los fieles, con estas injurias y su pesada ingratitud irritarán a Dios para que les niegue con justicia los auxilios de la gracia que les deja su Redentor tan merecidos; y si con sus pecados se privan de este camino de su remedio, segura tendremos la Vitoria contra ellos. También es necesario trabajemos en quitarles la piedad, y todo lo que es espiritual y divino; que no entiendan la virtud de los Sacramentos, o que los reciban en pecado, y cuando no le tengan, que sea sin fervor ni devoción; que como estos beneficios son espirituales, es menester admitirlos con afecto de voluntad, para que tenga más fruto quien los usare. Y si una vez llegaren a despreciar la medicina, tarde recuperarán la salud, y resistirán menos a nuestras tentaciones; no conocerán nuestros engaños, olvidarán los beneficios, no estimarán la memoria de su propio Redentor, ni la intercesión de su Madre; y esta feísima ingratitud los hará indignos de la gracia, e irritado su Dios y Salvador se la niegue. En esto quiero que todos me ayudéis con grande esfuerzo, no perdiendo tiempo ni ocasión de ejecutar lo que os mando.
No es posible referir los arbitrios que maquinó el dragón con sus aliados en esta ocasión contra la santa Iglesia y sus hijos, para que estas aguas del Jordán entrasen en su boca. Basta decir que les duró esta conferencia casi un año entero después de la muerte. de Cristo, y considerar el estado que ha tenido el mundo y el que tiene después de haber crucificado a Cristo nuestro bien y maestro, y haber manifestado su Majestad la verdad de su fe con tantas luces de milagros, beneficios y ejemplos de varones santos. Y si todo esto no basta para reducir a los mortales al camino de la salud, bien se deja entender cuánto ha podido Lucifer con ellos, y que su ira es tan grande, que podemos decir con san Juan: ¡Ay de la tierra, que baja a vosotros Satanás lleno de indignación y furor! Mas ¡ay dolor, que verdades tan infalibles como estas y tan importantes para conocer nuestro peligro, y excusarle con todas nuestras fuerzas, estén hoy tan borradas de la memoria de los mortales con tan irreparables daños del mundo! El enemigo astuto, cruel y vigilante; ¡nosotros dormidos, descuidados y flacos! ¿Qué maravilla es que Lucifer se haya apoderado tanto del mundo, si muchos le oyen, le admiten y siguen sus engaños, y pocos le resisten, porque se olvidan de la eterna muerte que con inculpable indignación y malicia les procura? Pido yo á los que esto leyeren, no quieran olvidar tan formidable peligro. Y si no le conocen por el estado del mundo y sus desdichas, y por los daños que cada uno experimenta en sí mismo, conózcalo a lo menos por la medicina y remedios tantos y tan poderosos, que dejó en la Iglesia nuestro Salvador y Maestro, pues no aplicara tan abundante antídoto, si nuestra dolencia y peligro de morir eternamente no fuera tan grande y formidable".
“MÍSTICA CIUDAD DE DIOS”
Año 1888

sábado, 23 de julio de 2016

Un joven judío se aventura en el ocultismo y tras descubrir con horror que el demonio existe, se convierte a Cristo



"Luego, vino el demonio que Rich había invocado y pensé que mi vida terminaba. Ellos pueden tomar formas aunque sean seres espirituales. Asumió la forma más espantosa imaginable. Si quería asustarnos, tuvo éxito. Se rió y dijo…"

Actualizado 22 julio 2016

Fred Wolff es un norteamericano, nacido en una familia judía pero que desde joven se aventuró en el neopaganismo y el ocultismo, padeciendo según testimonia… aterradoras experiencias del demonio.

Esta es la historia de su azaroso trayecto de vida, que publicó el pasado 18 de julio el portal The Coming Home Network  publicado luego en español por Religión en Libertad, algunos de cuyos textos hemos incorporado.

Una familia judía devota

“Nací en un hogar judío conservador –comienza narrando Fred- …Mis padres, aunque no demasiado ‘religiosos’, hicieron todo lo posible para seguir las costumbres y tradiciones judías. Mi madre mantenía una casa kosher bastante bien. Cuando era mayor de edad, me enviaron a la escuela hebrea donde aprendí a leer, escribir, hablar hebreo y estudié acerca de la fe judía. Por supuesto, el Antiguo Testamento ocupó una gran parte de mis estudios. A los trece años, hice mi Bar Mitzvá y desde entonces fui un miembro del club, por así decirlo, un Judío de pleno derecho…”

Sin embargo cuando tenía 16 años la rebeldía inherente a esa edad marcaría el futuro de Fred. Cuenta que estaba en la pequeña sinagoga cercana al hogar por la fiesta de Rosh Hashanah, cuando vio a una señora de pie. Sin dudarlo le ofreció su silla. Pero entonces se acercó uno de los empleados encargados del orden y se lo prohibió arguyendo que sólo las personas al corriente de los pagos a la sinagoga podían usar silla. Molesto, Fred se marchó y nunca más volvió al culto hebreo.

Probando el tentador neopaganismo



Tras cumplir los 17 años un amigo le presentó a su primo, quien administraba una librería de temas ocultos. Allí conoció luego a Janice y Rich, dos personas que parecían muy agradables. Además eran neopaganos (wiccas o wicanos) que practicaban rituales de magia "blanca", es decir, no "maligna" le dijeron. A Fred le interesó el tema y pronto le formaron en sus enseñanzas: deidades, rituales, etc... Empezó así a practicar rituales "blancos" con ellos. Tiempo después cuando ingresó en la Fuerza Aérea, Janice y Rich continuaron ‘guiándolo’ presentándole grupos neopaganos en diversos lugares de Estados Unidos.

(La Iglesia Católica conoce y enseña que no existe la "magia blanca". Todo asunto de estas características es superstición -que es un pecado- o peor aún, actividad demoníaca. Pero Fred por entonces no conocía la verdad, no vivía la fe de la Iglesia).

Atreviéndose con el Satanismo



Un día, estando en California, conoció a un hombre que le dijo pertenecía a la llamada "Primera Iglesia de Satán", con sede en San Francisco. Le invitó a una ceremonia asegurándole que le gustaría. Fred se dejó seducir y acudió. Pero ya en lugar al ver que celebraban una misa negra, se sintió fuera de sitio. Él no sabía nada de las misas católicas y no podía darse cuenta de hasta qué punto era una parodia perversa del rito eucarístico. Pero veía que había algo malvado en ello. Más adelante averiguaría que el oficiante era un ex-sacerdote católico… "En vez de bendecir las formas y el vino, empezaron a hacer cosas asquerosas y viles con ellas. Me pilló tan por sorpresa que estaba como atado a la silla, incapaz de moverme. Quería salir corriendo pero no podía, como si estuviera pegado al asiento", escribe.

Fred no volvió con esa gente, decidiendo participar solo de los grupos que practicaban "magia blanca". Además -se dijo a sí mismo, contentándose- a diferencia de otros aquelarres que realizaban rituales desnudos, su grupo los hacía vestidos. Con el tiempo logró incluso ascender a "gran sacerdote" en un aquelarre de su ciudad.

El ritual donde conoció al demonio



Un día, Rich -su mentor en las artes ocultas y paganas-, le invitó a ser parte de algo nuevo. El asunto era ni más menos que… invocar a un demonio. Para convencerlo, recuerda Fred, le contó que tenía los libros y conocía los rituales necesarios. Todo transcurriría sin inconvenientes, le aseguró, agregando que estarían a salvo "mientras permanezcamos dentro del círculo trazado sobre el suelo".

Fred accedió a participar. Si algo quedaba de inocencia en él, esa noche se esfumó y hoy da gracias a Dios por haber salvado entonces su vida. Así narra lo ocurrido durante el rito:



“Una mujer increíblemente hermosa apareció fuera del círculo y trataba de convencerme para que yo saliera. Pero yo estaba demasiado asustado como para moverme. Entonces ella se convirtió en la cosa más horrible que jamás he visto. Cuando ella desapareció un verdadero espectáculo comenzó. Parecía como si una de las paredes de la casa de Rich se desvanecía y al instante nos saludaba una visión del infierno. El olor era atroz -a huevos podridos, azufre- no tengo como describirlo. Luego, vino el demonio que Rich había invocado y pensé que mi vida terminaba. Ellos pueden tomar formas aunque sean seres espirituales. Asumió la forma más espantosa imaginable. Si quería asustarnos, tuvo éxito. Se rió y dijo a Rich: ¿De verdad piensas que ese círculo puede detenerme? Rich fue alzado del suelo y estampado contra la pared que estaba a 5 metros de distancia. Eso era ya demasiado para mí. Corrí hacia la parte trasera de la casa, me encerré en el cuarto de baño y permanecí allí no sé cuánto tiempo”.

Cuando Fred salió, buscó a Rich pensando que estaría muerto. Lo encontró en el suelo, murmurando incoherencias, con espuma en la boca. Llamó al 911 pidiendo ayuda y la Policía al llegar al no ver restos de drogas ni daños físicos visibles, no hizo mayores preguntas.

Rich pasaría los siguientes 20 años en un instituto psiquiátrico de Long Island, al parecer completamente loco. Murió después de heridas que se infligió él mismo, recuerda Fred.

Dejar el paganismo, acudir a Cristo



 Al día siguiente de vivir aquél infierno, Fred se reunió con los miembros de su aquelarre de magia blanca informándoles que los abandonaba. Se dijeron cosas feas y llegaron a los puñetazos. Pero Fred tenía claro que no quería nada más de ocultismo para su vida.

Recordó entonces a un colega de profesión que era cristiano quien a veces le había hablado de la fe, aunque Fred siempre evitaba el tema. Lo buscó “...y le supliqué que me llevase a su iglesia”. Allí, hablando con un pastor baptista, “acepté a Jesús como mi Señor y Salvador y fui liberado de años de opresión oculta”, señala. Aunque no llegaron a bautizarle, agrega, sentía que con Cristo como protector, declarándole Señor, “el demonio ya no tenía poder sobre mí”.

Sin embargo temía al pensar que sus padres se enfadarían cuando supieran que era cristiano. “Durante un tiempo no se los dije, temía su reacción. El nombre ‘Jesús’ era anatema para la mayoría de los judíos y mis padres no eran distintos”.

Continuaba en búsqueda

Acudió a esa iglesia baptista sólo hasta que conoció a una chica que sería su novia y luego su esposa. Ella era evangélica luterana. Se casaron en 1984 y ello lo impulsaba hacia su iglesia. Pero a Fred le llamaba la atención que tanto en la iglesia baptista como en la luterana era común que el pastor o alguien más hablaran mal de los católicos “del fondo de la calle”.

Al cabo de un tiempo, después de mudarse a otra zona, dejaron de ir a la iglesia. Cuando nació su hijo, en 1997, ella quiso que fuera bautizado, y así lo hicieron, pero en la iglesia episcopaliana local. Con el tiempo no acudieron ya casi a ninguna iglesia. Luego se divorciaron.

 Deprimido, Fred no se negó cuando un amigo le invitó a una iglesia pentecostal. “Tenían muy buena música, había gente de distintas edades y eran todos muy agradables”. Le gustó, se quedó y hasta llegó a ser el técnico de sonido de esa comunidad.

¿Qué pasa con esos católicos?

 Cuando llevaba cuatro años con estos pentecostales, se dio cuenta de que también ellos criticaban insistentemente a los católicos, como ejemplo de religiosidad vacía, de ritualismo que no salva.

 Él, en realidad, no sabía nada de los católicos, y le llamaba la atención que tantos grupos distintos coincidieran en criticarlos casi obsesivamente. ¿Qué tenían esos católicos? ¿Por qué les criticaban a ellos y no a otros?

 En 2009 decidió investigarlo. Y para eso tenía Internet. Se propuso leer acerca del conflicto en doctrinas y visión entre los católicos y otras comunidades cristianas. Y los que más le ilustraron fueron exprotestantes que ahora eran católicos y apologistas como Scott Hahn, Tim Staples o Patrick Madrid, entre otros. “Cuanto más leía, más me convencía de que la Iglesia Católica era la Iglesia fundada por Cristo”, dice.

En 2010 se apuntó al RCIA, el curso de iniciación cristiana para adultos que se imparte en Estados Unidos a los que quieren hacerse católicos. En la Vigilia Pascual de 2011, Fred Wolff, que de hecho nunca había llegado a ser bautizado, recibió las aguas del bautismo, los óleos de la confirmación y la Sagrada Comunión. “Supe en mi corazón y mi espíritu que Jesús era realmente el Mesías y mi Redentor”, concluye.
(http://www.portaluz.org/articulo.asp?idarticulo=1818&utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook)

martes, 16 de febrero de 2016

Hizo un pacto con el diablo para triunfar en el heavy metal; y Cristo lo rescató con una sorpresa

Hizo un pacto con el diablo para triunfar en el heavy metal; y Cristo lo rescató con una sorpresa

Kirk Martin, ex-líder de la banda de Heavy Metal "Power of Pride" (El poder del orgullo).

Los sonidos del más duro heavy metal eran una armoniosa sinfonía para él. Herido y dañado en la infancia, sediento de fama, no dudó en ofertarlo todo creyendo que ahí estaba su tesoro.

Ex líder de la banda: Power of Pride
“Lo más grande era estar en el escenario teniendo el control… me encantaba ser adorado y que las personas que miraban, dijeran «¡Wow! Quiero ser eso»”. Las palabras pertenecen a Kirk Martin, quien hasta hace algunos años lideraba una banda de heavy Metal llamada Power of Pride (El poder del orgullo) en Estados Unidos.

Logró participar en múltiples conciertos, en donde proyectaba una imagen salvaje e iracunda sobre el escenario. “Conseguir que miles de personas chillasen blasfemias era la mayor adrenalina que podía experimentar”, cuenta al canal de televisión CBN.

Lleno de odio
Pero esta imagen siniestra no sólo era una pose escénica, sino que tenía su correlato en la vida real de Kirk. Su maceteada figura daba marco a su carácter pendenciero y los varios tatuajes en su cuerpo hablaban de las creencias y espíritu que le habitaba. “Estaba tan lleno de odio que proyectaba ese odio hacia muchas personas”, sincera y prosigue… “dos de los miembros de la banda -mientras estábamos en la carretera en cierta ocasión- decidieron que estaban hartos de mí y que no podían aguantarme más, y ellos, de hecho decidieron dejar la banda”.

Los jóvenes le idolatran
Reconoce que por mucho tiempo gozó de la soberbia, que enaltecían las letras de sus canciones arengando con ellas la rebeldía de los jóvenes que le idolatraban. “Toda mi intención era decir a la gente que creyeran en sí mismos, que siguieran sus propias visiones, sus propios sueños y aplastasen a quién se les pusiera en su camino”.

Un pacto con el diablo: "Te serviré hasta el fin de los tiempos"
Pero los orígenes de su sorpresivo éxito, señala, no fue por simple empeño, asertividad o calidad musical. Kirk no estaba dispuesto a arriesgar fracaso o esperar fortuna y sin dudarlo se propuso concretar su anhelo aunque para ello lo arriesgó todo en un siniestro pacto. “Clavé las zarpas en el suelo, arañé la tierra y le dije a Satanás: «Si me das lo que quiero, si me haces un dios, si me das las mujeres, las drogas y la fama, todo. Si me das el poder de aplastar a la gente, te serviré hasta el fin de los tiempos»”.

El determinante trauma en la infancia
Nada más pronunciar la sentencia, recuerda, en cuestión de días una casa discográfica le ofrecía un suculento contrato para que su agrupación pudiera grabar un próximo disco.

Pero aquél pacto de esclavitud no era el único secreto que Kirk guardaba mientras se hundía en la ilusión de fama, sexo y fortuna… “Durante mi niñez, unos chicos en el barrio me empezaron a molestar sexualmente y a sodomizarme cuando tenía probablemente unos 8 años. Ocurrió más de una vez y nunca hablé de ello, nunca le dije a nadie”.

Violentado en la infancia, lleno de rabia, aprovecharse sexualmente de las mujeres se convirtió en parte del estilo de vida heavy metal de Kirk. “La peor parte de mi abuso fue el hecho de que lo interioricé y violaba a otros”, recuerda.

Un hombre le revela lo que sólo él conocía
Estando a horas de firmar el contrato discográfico por el que había vendido su alma, Kirk tuvo un encuentro con un misterioso extraño durante una mañana en una cafetería. “Un tipo entró y se sentó justo a mi lado de entre todos los asientos en los que se podía haber sentado… había muchos asientos libres, e inmediatamente lo miré con esta horrible y mezquina expresión en mi cara. Lo miré y le dije: «¿¡Qué pasa papá!?» y volvió a mirar su café… me miró directamente en la cara y replicó «¿Qué pasa amigo?». Salté por la mesa y puse mi nariz justo en frente de la suya. Le miré a los ojos y simplemente le maldije, lo llamé todas las cosas inmundas que se me ocurrieron, y me dijo: «Dios me ha mandado aquí para decirte que te ama y quiere que sepas que Él no fue responsable de los jóvenes que abusaron de ti cuando eras niño», y lo que era tan alucinante sobre eso, es que él usó sus nombres y dijo: «Jesús está esperándote para que gires la cara hacia casa»”.

El misterioso hombre se marchó y Kirk permaneció meditativo, en shock, algunos segundos. Se levantó de donde estaba tras los pasos del extraño, quería enfrentarlo, pero cuando salió a la calle, la persona se había desvanecido.

La noche en que brilló una sola estrella
Horas más tarde cuando Kirk estaba a punto de dormirse en el autobús de gira de la banda, fue sacudido en medio de la noche. Quizás fue un sueño revelador, pero él lo recuerda como un hecho real y vívido…

“De pronto apareció una gran estrella, como si cayese del cielo, y el espíritu de Dios mismo actuó en el autobús. Yo no sabía por qué odiaba tanto a Dios. Todo, simplemente voló y la única cosa que sentía era amor. Me sentí aceptado, me sentí como que era ese niño pequeño otra vez, antes de que abusaran de mí, y dije: «Jesús, ven aquí y destrúyeme porque yo no quiero ser más esto». Me doy cuenta ahora, que ante la presencia de Dios, el pecado, el odio y la fealdad no puede, no hay lugar para ello, así que tiene que salir. Y todas estas cosas empezaron a dejar mi corazón”.

Ya todo era diferente
Kirk, como un niño, volvió a dormir y cuando despertó a la mañana siguiente, todo parecía diferente. “La hierba era más verde, el cielo era más esponjoso, las nubes eran hermosas, y yo era diferente”. ¿El contrato? poco le importaba pues “aquello que siempre había querido, de repente no lo quería más. Lo dejé todo y nunca más retorné a la banda”

Una etapa de reconciliación
En búsqueda de respuestas y de reconciliación con la fe, Kirk encontró una iglesia en su pueblo natal y se volcó al cristianismo. Cuando comenzó a asistir a las celebraciones, su consejero espiritual le aconsejó terminar el doloroso ciclo que había comenzado en la infancia. Que buscara a los jóvenes que habían abusado de él para perdonarles fue el desafío.

“Los encontré y no sé si se acordaban de mí. Entonces les pregunté: «¿Por qué me hicieron esto?». Empezaron a contarme la historia de cómo alguien les había violado, cómo de niños habían encontrado una revista pornográfica y eso es lo que les había llevado a abusar de mí, y luego invitaron a otro chico a que hiciera lo mismo. Ellos habían dado sus corazones a Cristo. Nos sentamos, lloramos y nos abrazamos. Hablamos sobre ello y rezamos, así es cómo pasamos todo esto”.

De nuevo en la música pero de otra manera
Con el tiempo Kirk también re-encontró su talento musical, sustentado en la libertad y sanación regalada por Dios, escribiendo e interpretando canciones de alabanza. Formó familia y juntos viajan por todo el país compartiendo el milagro con el que cambió su vida.

“Mi mujer es simplemente un tesoro y mi familia es el testimonio más grande de la piedad y la gracia de Dios. Yo que era adicto a las drogas, al sexo y la violencia, al odio, que usaba la música como una herramienta para destruir a las personas fui recogido y sanado por Dios… todo ello para su gloria”, concluye.
(http://www.religionenlibertad.com/hizo-un-pacto-con-el-diablo-para-triunfar-en-el-heavy-36894.htm)

jueves, 17 de diciembre de 2015

El pecado y sus consecuencias en el alma y en Cristo


         Aun cuando no se experimente nada de modo sensible al pecar, el pecado –la tentación consentida-, ejerce un poderoso efecto, dañino para el alma que lo comete, además de ejercer un daño en Jesucristo.
         Es tan grave y tan dañino, que los santos no dudan en calificarlo como la mayor desgracia que puede acaecerle a una persona en esta vida. Para los santos, no hay desgracia más grande que el pecado y ninguna desgracia de las que se viven en esta tierra, es comparable a la del pecado; ninguna inundación, ningún terremoto, ninguna peste, ningún incendio, ninguna calamidad terrena, por grave que sea, es comparable al pecado, según los santos. La razón es que el pecado arruina la obra de Dios en el alma, la gracia santificante; por el pecado –mortal- el alma pierde la gracia santificante, pierde la amistad con Dios, pierde la unión con Él por el amor, y si la persona muere en ese estado, en estado de pecado mortal, irremediablemente se condena, queda separada de Dios para siempre. Ésa es la razón por la cual es preferible cualquier calamidad en esta vida, antes que el pecado, porque por las calamidades o desgracias terrenales, como máximo, se puede perder la vida, pero por el pecado, se pierde la vida eterna, la unión con Dios en el Amor, por la eternidad. Esto es lo que le sucedió a los ángeles rebeldes y apóstatas, comandados por la Serpiente Antigua, el Diablo o Satanás: por un solo pecado mortal, perdieron para siempre la amistad con Dios; es lo que les sucedió a los primeros padres, Adán y Eva, por un solo pecado mortal, perdieron la amistad con Dios y fueron expulsados del Paraíso terrenal; es lo que le sucede a un alma cualquiera si muere en estado de pecado mortal: pierde para siempre el cielo, y se condena. En la fórmula de la Confesión Sacramental, está presente la conciencia de lo que acarrea el pecado: la pérdida del cielo y la condenación eterna: “Pésame, por el infierno que merecí y por el cielo que perdí”. Ahora bien, hay que decir que, mientras estamos en esta vida, Dios nos concede su Misericordia, y es por eso que, mientras hay tiempo, debemos convertir nuestros corazones, despegándolos de las cosas bajas y terrenas, y elevándolos a Jesucristo, el Hombre-Dios.
         Es por esto que decimos que el pecado ejerce un daño enorme al alma, un daño irreparable con las fuerzas de la creatura, un daño inconmensurable, que no se puede remediar ni aún ganando todas las riquezas del mundo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?” (Mt 16, 26). Si pudiéramos ver con los ojos del cuerpo a un alma en pecado mortal, la veríamos envuelta en una densa nube oscura, como las que se forman cuando se quema el caucho; una nube mucho más densa y oscura que cualquiera de las que se forman en el cielo, cuando llega una gran tormenta; esta nube oscura cubre de tal manera al alma, que le impide recibir los rayos benéficos de la gracia santificante, que vienen de Cristo Dios, Sol de justicia. El alma queda cubierta e inmersa en las tinieblas del pecado, que son tinieblas de malicia, de error y de rebelión contra Dios.
         El pecado también ejerce su acción dañina en Cristo: al contrario del hombre pecador, en el que el pecado provoca un placer de concupiscencia –por ejemplo, la ira, la venganza, la soberbia, etc.-, en Cristo Jesús, el pecado se convierte en golpes, hematomas, heridas abiertas y sangrantes: los pecados de pensamiento, por ejemplo, se materializan en la Corona de espinas de Nuestro Señor, por eso es que Jesús se deja coronar de espinas, para que no solo no tengamos malos pensamientos, ni cometamos pecados de pensamiento, sino para que tengamos pensamientos santos y puros, como Él los tiene coronado de espinas; los pecados de deseo, surgidos en el corazón perverso, se materializan en la Corona de espinas que rodea su Sagrado Corazón, tal como se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque; los pecados carnales, se materializan en la flagelación inhumana que sufrió en su espalda pero también en todo su Cuerpo, y así sucesivamente. Esto, porque Jesús se interpone entre nosotros y la Justa Ira de Dios, encendida por nuestros pecados. Él, siendo Inocente e Inmaculado, y sin haber cometido jamás pecado alguno –era imposible metafísica y ontológicamente que lo hiciera, desde el momento en que Él Dios y por lo tanto, la santidad misma-, cargó sobre sí nuestros pecados y sufrió el castigo merecido por nosotros, en su Humanidad Santísima, y al correr la Sangre Preciosísima sobre su Cuerpo, lavó nuestros pecados.
         El pecado es tan grave, que es preferible perder la vida terrena, antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado, tal como lo pidió Santo Domingo Savio el día de su Primera Comunión: “Prefiero morir, antes que pecar”. Y es también lo que pedimos, indirectamente, cada vez que nos confesamos: “Antes (de pecar) querría haber muerto (preferiría perder la vida terrena) que haberos ofendido (que haber cometido este pecado)”.
         Solo la luz de la gracia nos hace tomar conciencia y dimensionar la magnitud del pecado y la gravedad inconmensurable del daño que provoca en el alma, y es por eso que debemos implorar siempre a la Divina Misericordia esta gracia, la de estar “atentos y vigilantes” (cfr. Mc 13, 33), para estar dispuestos a perder la vida terrena, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado y para vivir siempre en gracia, acrecentándola a cada instante.

         

martes, 19 de mayo de 2015

¿Estoy listo para morir? El Papa Francisco nos da consejos para ese último adiós

Papa Francisco / Foto: L'Osservatore Romano

VATICANO, 19 May. 15 / 12:27 pm (ACI/EWTN Noticias).- ¿Estoy preparado para encomendarme a Dios?, ¿para hacer la última despedida cuando Cristo me llame a la otra vida?, fueron las preguntas que hizo el Papa Francisco en la Misa de la Casa Santa Marta, donde reflexionó sobre las despedidas, grandes y pequeñas, que tiene el ser humano durante y al final de su vida.

“Cuándo será, no se sabe, pero vendrá el momento en el que ‘hasta luego’, ‘hasta pronto’, ‘hasta mañana’, ‘hasta la vista’ se convertirá en ‘adiós’”, meditó el Pontífice.

Según informó Radio Vaticana, el Santo Padre centró su homilía en el discurso de Jesús antes de la Pasión y en la despedida de Pablo en Mileto antes de ir a Jerusalén. Además recordó a los cristianos perseguidos y demás migrantes que son obligados a huir de sus lugares de origen.

“Jesús se despide, Pablo se despide, y esto nos ayudará a reflexionar acerca de nuestras despedidas”. En la vida “hay tantas despedidas”, pequeñas y grandes y hay también “tanto sufrimiento, tantas lágrimas” en algunos casos, señaló Francisco.

“Pensemos hoy en aquellos pobres rohingyas de Myanmar. En el momento de dejar su tierra para huir de las persecuciones no sabían qué les habría sucedido. Y desde hace meses están en barcazas, allí… Llegan a una ciudad en la que les dan agua y comida y les dicen: ‘Váyanse’. Es una despedida. Entre otras cosas, hoy se produce esta despedida existencial grande. Piensen en la despedida de los cristianos y de los yazidis, que no piensan volver a su tierra, porque fueron expulsados de sus casas. Hoy”.

Francisco señaló que también hay pequeñas y grandes despedidas, como la “despedida de la mamá, que saluda y da el último abrazo al hijo que va a la guerra; y todos los días se levanta con el temor” de que alguien venga a decirle: ‘Le agradecemos mucho la generosidad de su hijo que ha dado la vida por la patria’”. También está “la última despedida que todos nosotros debemos hacer, cuando el Señor nos llama a la otra vida. Yo pienso en esto”.

Estas grandes despedidas de la vida, “también la última, no son las despedidas de un ‘hasta pronto’, ‘hasta luego’, ‘hasta la vista’, que son despedidas que uno sabe que vuelve, o inmediatamente o después de una semana. Hay despedidas de las que no se sabe cuándo y cómo volveré –dijo también el Santo Padre–. Y afirmó que el tema de la despedida también está presente en el arte y en las canciones.

“Me viene una a la mente, esa de los alpinos, cuando aquel capitán se despide de sus soldados: el testamento del capitán. ¿Yo pienso en la gran despedida, en mi gran despedida, no cuando debo decir ‘hasta luego’, ‘hasta más tarde’, ‘hasta la vista’, sino ‘adiós’? Estos dos textos dicen la palabra ‘adiós’. Pablo encomienda a Dios a los suyos y Jesús encomienda al Padre a sus discípulos, que permanecen en el mundo. ‘No soy del mundo, pero custódialos’. Encomendar al Padre, encomendar a Dios: éste es el origen de la palabra ‘adiós’. Nosotros decimos ‘adiós’ sólo en las grandes despedidas, tanto de la vida como en la última”.

“Creo que con estos dos íconos, el de Pablo que llora de rodillas en la playa, todos allí; y en Jesús, triste, porque le esperaba la Pasión, con sus discípulos, llorando en su corazón, podemos pensar en nuestra despedida. Nos hará bien. ¿Quién será la persona que cerrará mis ojos?”, expresó.

“¿Qué dejo? Tanto Pablo como Jesús, ambos, en estos pasajes hacen una especie de examen de conciencia: ‘Yo he hecho esto, esto, esto…’. ¿Yo qué he hecho? Pero me hace bien imaginarme en aquel momento. Cuándo será, no se sabe, pero vendrá el momento en el que ‘hasta luego’, ‘hasta pronto’, ‘hasta mañana’, ‘hasta la vista’ se convertirá en ‘adiós’. ¿Yo estoy preparado para encomendar a Dios a todos los míos? ¿Para encomendarme a mí mismo a Dios? ¿Para decir aquella palabra que es la palabra del encomendarse del hijo al Padre?”.

Francisco concluyó su homilía aconsejando leer las lecturas del día sobre la despedida de Jesús y la de Pablo, y a “pensar que un día”, también nosotros, deberemos decir aquella palabra, “adiós”. “A Dios encomiendo mi alma; a Dios encomiendo mi historia; a Dios encomiendo a los míos; a Dios encomiendo todo”, expresó.

“Que Jesús, muerto y resucitado nos envíe al Espíritu Santo, para que aprendamos aquella palabra, aprendamos a decirla, pero existencialmente, con toda la fuerza: la última palabra, adiós”, concluyó.
(https://www.aciprensa.com/noticias/estoy-listo-para-morir-el-papa-francisco-nos-da-consejos-para-ese-ultimo-adios-53524/)

martes, 14 de abril de 2015

El sentido cristiano de la muerte


Tiene un sentido provechoso
Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo.
"Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia" (Flp 1, 21).
"Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él" (2 Tm 2, 11).
La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este "morir con Cristo" y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto redentor:
Para mí es mejor morir en Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a El, que ha muerto por nosotros; lo quiero a El, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima ...Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre (San Ignacio de Antioquía, Rom. 6, 1-2).
"Deseo partir y estar con Cristo"
En la muerte Dios llama al hombre hacia Sí.
Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de San Pablo: "Deseo partir y estar con Cristo" (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (cf. Lc 23, 46):
Mi deseo terreno ha desaparecido; ... hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí "Ven al Padre" (San Ignacio de Antioquía, Rom. 7, 2).
Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir (Santa Teresa de Jesús, vida 1).
Yo no muero, entro en la vida (Santa Teresa del Niño Jesús, verba).
La visión cristiana de la muerte (cf. 1 Ts 4, 13-14) se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia:
La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.(MR, Prefacio de difuntos).
"Se muere una sola vez", y no hay reencarnación
La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino.
Cuando ha tenido fin "el único curso de nuestra vida terrena" (LG 48), ya no volveremos a otras vidas terrenas.
"Está establecido que los hombres mueran una sola vez" (Hb 9, 27). No hay "reencarnación" después de la muerte.
Estas preparado para la hora de la muerte?
La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte ("De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor": antiguas Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros "en la hora de nuestra muerte" (Ave María), y a confiarnos a San José, Patrono de la buena muerte:
Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana? (Imitación de Cristo 1, 23, 1).
Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
(San Francisco de Asís, cant.)
Este artículo está dedicado especialmente a los hermanos enfermos y a los que cuidan de ellos.
El Concilio Vaticano II subraya con fuerza, en su Constitución dogmática Lumen gentium, el cometido de los santos en la Iglesia peregrinante: «En la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo (cf. 2 Cor 3,18), Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro. En ellos Él mismo nos habla y nos ofrece un signo de su reino...» (LG 50b). Y afirma poco después: «El consorcio con los santos nos une a Cristo, de quien, como Fuente y Cabeza, dimana toda la gracia y la vida del mismo Pueblo de Dios» (LG 50c).
Todos los santos, en efecto, están investidos de una función profética específica, al servicio de los cristianos de su tiempo y de las generaciones futuras. Su mensaje religioso existencial, aun constituyendo sólo un aspecto, un fragmento de la plenitud de la revelación cristiana, interpela con vigor a la conciencia de los fieles.
San Francisco goza de gran actualidad en nuestro mundo; así lo demuestra la amplísima producción literaria que sobre él se publica en muchos países.1 Con todo, sigue siendo una incógnita si nuestro mundo considera actual el carisma de Francisco «por afinidad o analogía con nuestro tiempo, o por nostalgia de aquello de lo que carecemos», como ha expresado recientemente Fausta Casolini.2
Como en estas fechas nos disponemos a clausurar el 750 aniversario de la muerte del Pobrecillo, será oportuno reflexionar sobre el significado teológico y espiritual de su modo de afrontar el acontecimiento final de su peregrinación terrena. Para ello, reconstruiré, en cuanto las fuentes biográficas lo permitan, los días inmediatamente anteriores a aquel anochecer del sábado 3 de octubre de 1226 en que Francisco expiró (I). En la segunda parte expondré los aspectos concretos del mensaje franciscano sobre la experiencia cristiana de la muerte (II).
I. LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL POBRECILLO
Antes de adentrarnos en nuestro tema, los acontecimientos de la última semana terrena de Francisco, será conveniente formarnos una idea sobre sus enfermedades.3 Según la autorizada Leyenda de Perusa, que contiene sin duda material proveniente del círculo de los primeros compañeros de Francisco, éste, «desde joven, fue de constitución delicada y frágil, y en el mundo no podía vivir sino rodeado de cuidados» (LP 50f). La salud del joven Francisco quedó minada por primera vez en 1203/1204, durante su terrible reclusión en una cárcel de Perusa. Alrededor de 1215, sufrió en España un total desfallecimiento de sus fuerzas físicas. Un testimonio explícito sobre un hecho ocurrido durante el invierno de 1220/1221, indica que Francisco padeció por entonces un gravísimo ataque de «fiebres cuartanas» (cf. LP 80); este testimonio merece pleno crédito, más aún si tenemos en cuenta que las fuentes antiguas hablan contestes de la persistencia de alteraciones morbosas en el bazo y el hígado de Francisco, y la afirmación del cronista cisterciense inglés Radulfo de Coggeshall, referida al año 1222: «No se recuerda ninguna época en la que haya habido tantos enfermos de cuartanas como este año, a causa del excesivo calor y sequedad de este verano».
Los médicos de entonces estaban, indudablemente, en condiciones de diagnosticar la presencia de «fiebres cuartanas» en un paciente, tanto por el carácter periódico de los accesos febriles, seguidos regularmente de dos días sin fiebres, como por el triple estadio típico de los ataques de cuartanas, a saber: el del frío, el del calor y el del sudor, así como por el tumor esplénico que se manifiesta inevitablemente en caso de recaídas. Basándome sobre un conjunto de indicios, sostengo que, al menos desde 1225, en Francisco se verificaba el cuadro clínico de una malaria cronificada en sus efectos. No se había curado totalmente de ella y, al seguir viviendo en zonas maláricas, estaba inevitablemente sujeto a «posteriores picaduras de mosquitos malarígenos causantes de reinfecciones». De ahí que la infección se volviera de manera ineludible permanente con un decurso crónico y progresivo, con «lesiones permanentes de los órganos internos en los que anidan establemente los parásitos... El hígado y el bazo -duraderamente engrosados y endurecidos- se convierten en "depósitos biológicos" de los parásitos de la malaria crónica, caracterizada por la siguiente tríada clínica: esplenomegalia (hinchazón del bazo); hepatomegalia (hinchazón del hígado); anemia de tipo hipocrómico secundario y que con mucha frecuencia se agrava progresivamente, confiriendo a la piel del paciente un color gris-terroso característico. En los casos más avanzados el cuadro clínico se completa con un adelgazamiento grave y progresivo, con una profunda astenia... desazón, hinchazones edematosas en las piernas».4 Todos estos fenómenos patológicos descritos por los Profesores Segatore y Poli, encuentran, en el caso de Francisco, la confirmación de testimonios biográficos incontestables y concordantes.
En 1219/1220, la participación de Francisco en la V Cruzada, en Egipto, fue ocasión de que contrajera por contagio la enfermedad egipcia o, según la terminología médica, «conjuntivitis tracomatosa». Dice la Leyenda de Perusa acerca del origen de esta enfermedad: «Y, cuando marchó a ultramar para predicar al sultán de Babilonia y Egipto, contrajo una grave enfermedad de la vista a consecuencia de lo que sufrió por la fatiga del viaje, en el que, tanto de ida como de vuelta, tuvo que soportar grandes calores» (LP 77). La estadía del Pobrecillo en el campamento de un ejército beligerante, en una región medio-oriental, con precarias condiciones higiénicas, así como el contacto directo con la corte del sultán, inducen de inmediato a pensar que su «enfermedad de la vista» fue la contagiosísima conjuntivitis granulosa de origen vírico, con abundante secreción lacrimal, progresivas complicaciones de la córnea, fotofobia y alteraciones de la vista.
Durante un violento ataque oftálmico, con la consiguiente intolerancia a la luz, sufrido en San Damián cuando quiso despedirse de santa Clara y sus hermanas, Francisco tuvo que permanecer durante más de un mes clavado al lecho en una celdilla de esteras, privada de toda luz, que le acondicionaron en una estancia. Confortado por una experiencia mística con la que el Señor le aseguró la gloria celestial, Francisco dictó las ocho primeras estrofas de las Alabanzas de las criaturas. Por aquellos días compuso también la admirable poesía, descubierta no hace mucho, Audite, poverelle, dal Signor vocate, para confortar a las Damas Pobres de San Damián, afligidas por su enfermedad.5
Durante el otoño de 1225, un cirujano-practicón sometió a Francisco, en Fontecolombo, a una cauterización desde la oreja a la sobreceja, a fin de desecar el humor inflamatorio transportado al ojo por los vasos aferentes. El enfermo la soportó con increíble resistencia y entereza, pero no obtuvo el más mínimo alivio.
En el otoño de 1226, el paciente fue trasladado desde Siena y Celle de Cortona a la Porciúncula, y desde Bagnaia, cerca de Nocera, al palacio episcopal de Asís. El ocaso físico de Francisco había llegado ya a la caquexia malárica. Este «extremado declive de las condiciones generales de nutrición y sanguificación de un organismo y sus fuerzas»6 puede explicar el interminable vómito de sangre que le sobrevino en el eremitorio de Alberino, en Rovacciano, cerca de Siena.
Tras estas alusiones de tipo general al estado de salud de Francisco antes de 1226, entramos más o menos en la semana que precedió a su santo tránsito. La Leyenda de Perusa refiere un diálogo entre el enfermo, cuando todavía yacía postrado en una estancia del palacio episcopal de Asís, y el médico que le atendía, Bongiovanni d'Arezzo. Francisco se dirige a su visitante con las siguientes palabras: «¿Qué opinas, Finiatu, de mi hidropesía?» El Santo, acordándose de uno de sus textos evangélicos preferidos: «Nadie es bueno, sino sólo Dios» (Lc 18,19), elude llamarlo con el título honorífico de «bonus» reservado sólo a Dios. Con la habilidad propia de un médico experimentado, el interlocutor soslaya una respuesta directa: «Hermano, con la gracia de Dios te irá bien». Pero el enfermo advierte el subterfugio, e insiste en que se le diga toda la verdad: «Hermano, dime la verdad; yo no soy un cobarde que teme a la muerte. El Señor, por su gracia y misericordia, me ha unido tan estrechamente a Él, que me siento tan feliz para vivir como para morir» (LP 100a-c).
Entreviendo tanto valor y firmeza en su amigo moribundo, el médico le declara abiertamente: «Padre, según nuestros conocimientos médicos, tu mal es incurable, y morirás a fines de septiembre o el 4 de octubre»7 El texto de la respuesta revela que el encuentro tuvo lugar en septiembre. También es evidente que la predicción de la muerte, en cuanto a la fecha 4 de octubre, ha sido precisada más tarde a partir del hecho histórico. El médico diría, refiriéndose en concreto a la hidropesía progresiva: «Morirás a finales de este mes o a principios del próximo». El compilador anónimo de la Leyenda de Perusa añade: «El bienaventurado Francisco, que yacía enfermo, extendió los brazos y levantó sus manos hacia el cielo con gran devoción y reverencia y exclamó con gozo inmenso interior y exterior: "Bienvenida sea mi hermana la muerte"» (LP 100d). En la segunda parte de este estudio veremos con más detalle el significado espiritual de este saludo, en el que, empleando la figura poética de la prosopopeya, se designa a la muerte con el nombre de hermana.
Hacia finales de septiembre, presintiendo la inminencia de su muerte, Francisco pidió a los hermanos presentes «que cuanto antes lo trasladaran (desde el palacio episcopal) a Santa María de la Porciúncula, pues deseaba entregar su alma a Dios donde, como se ha dicho, conoció claramente por primera vez el camino de la verdad» (1 Cel 108). Lo llevaron en una camilla, pues «no podía ir a caballo, ya que se había agravado su enfermedad» (LP 5). «Al pasar junto al hospital (de San Salvador delle Pareti, hoy día Casa Gualdi), pidió a los que lo llevaban que dejaran la camilla en el suelo; y como, a consecuencia de la gravísima y larga enfermedad de los ojos, apenas podía ver, pidió que le giraran la camilla de suerte que quedara con el rostro vuelto a la ciudad de Asís» (LP 56). Esta fuente advierte expresamente que Francisco había perdido la vista casi por completo, a consecuencia de su gravísima y prolongada enfermedad de ojos. El deterioro caquéctico había llegado pues a tal extremo, que el enfermo hubo de ser trasportado en camilla. Por otra parte, Francisco consiguió -tal vez sostenido por un hermano enfermero- levantar un poco la cabeza y el busto, para bendecir a su ciudad natal. El detalle transmitido por la Leyenda de Perusa sobre la situación clínica de los ojos del Santo es importante. A consecuencia del tracoma cicatrizado, la córnea se había vuelto casi opaca, produciendo una ceguera poco menos que total.
Tras la conmovedora oración a Cristo en favor de sus amados conciudadanos (LP 5b), el enfermo fue trasladado a Santa María de los Ángeles, donde lo acomodaron, probablemente, en una de las cabañas cercanas al santuario mariano. Allí, una noche, «se vio tan fuertemente atacado por los dolores de las enfermedades, que le era casi imposible descansar y dormir» (LP 22a). A la mañana siguiente -quizás el viernes 25 de septiembre-, bendijo a todos los hermanos presentes, considerándolos representantes de toda la Orden. Luego, creyendo por error que aquel día era jueves, quiso imitar también la última Cena del Señor. Pidió que le leyeran el evangelio del lavatorio de los pies (Jn 13,1-15: 2 Cel 217). «Luego mandó traer panes y los bendijo. Como, a causa de la enfermedad, no podía partirlos, hizo que un hermano los partiera en muchos trozos; y, tomando de ellos, entregó a cada uno de los hermanos su trozo, ordenándoles que lo comieran entero» (LP 22b). Desde el punto de vista clínico, merece subrayarse que el enfermo tenía tan mermadas las fuerzas físicas de sus manos que era incapaz de partir el pan. También es significativo que el enfermo hubiera perdido el sentido del tiempo.
Respecto al sentido religioso de la escena, salta a la vista su referencia al ejemplo de Cristo, aun cuando el Fundador pudo haberse inspirado también en la costumbre de los monjes de distribuir pan bendito, las llamadas «eulogias». En cualquier caso, la Leyenda de Perusa subraya la fuente evangélica: «Pues así como el Señor el jueves santo quiso cenar con los apóstoles antes de su muerte, del mismo modo -así les pareció a aquellos hermanos- el bienaventurado Francisco quiso antes de su muerte bendecirles a ellos y, en ellos, a todos los demás hermanos, y quiso también que comieran de aquel pan bendito como si realmente lo comieran con todos los demás hermanos» (LP 22b). Este intento de interpretación no incluye el relato del lavatorio de los pies de los apóstoles, cuya lectura tenía por finalidad recordar a los hermanos circunstantes la característica de la minoridad que, en el espíritu franciscano, debe acompañar necesariamente a la fraternidad evangélica simbolizada en el pan distribuido.
Entre el sábado 26 de septiembre y el 3 de octubre llegó a Santa María de los Ángeles la noble señora Jacoba Frangipane de Settesoli, de la familia de los Normanni, para saludar por última vez a su gran amigo moribundo. Como es obvio, no puedo ponderar aquí todos los datos que sobre este hecho nos transmiten de manera bastante concordante el Compilador y Tomás de Celano (LP 8; 3 Cel 37-39). Quisiera únicamente subrayar la profunda humanidad del relato: la noble señora, intuyendo un último deseo de Francisco, llevó consigo «almendras, azúcar o miel y otros ingredientes», para prepararle una vez más un pastel que los romanos llaman «mortariolum» (LP 8~a). «Esta señora preparó el manjar que el santo Padre había deseado. Pero él comió poco, porque su cuerpo iba desfalleciendo cada día más a causa de su gravísima enfermedad y acercándose a la muerte» (LP 8f). El moribundo venció su irresistible náusea y probó un poco del dulce, más por la alegría de la visita que por apetito. El rápido y continuo declinar de las fuerzas de Francisco era tan evidente que nadie dudó de la inminencia de su fallecimiento.
Con relación a la historia de las enfermedades del Pobrecillo, hay que recordar también el episodio de aquella noche, «hacia el fin de su enfermedad», en que le apeteció comer perejil. El «codex Little»8 localiza el episodio en el palacio episcopal, y añade, entre otros, un nuevo dato que me parece creíble. El enfermo habría dicho: «"Quisiera, hermanos, refocilarme y comer algo, si lo logro". Los compañeros le preguntaron: "¿Qué te gustaría comer, padre?" Respondió: "Si tuviera perejil, intentaría comer un trozo de pan con él"». El hermano cocinero le objetó que aquellos días había cortado tanto, que le resultaría difícil acertar con él a la luz del día, cuánto más en plena oscuridad de la noche. El Santo, que amaba mucho en sus hijos la obediencia rápida y sin discusiones, le rogó que fuera y le trajese las primeras hierbas que le vinieran a las manos. «Se fue el hermano al huerto, y, arrancando hierbas agrestes, las que de primero le venían a las manos -él no veía-, las llevó a casa. Miran los hermanos las hierbas silvestres, las remiran con más atención, y descubren entre ellas un perejil lozano y tierno. El Santo, con lo poco que tomó, se reanimó mucho» (2 Cel 51).
Del conjunto del relato se deduce que la planta deseada y encontrada fue «petroselinum hortense frondosum», de la familia de las umbelíferas, una planta aromática, condimenticia y medicinal, que tenía varios usos tanto en la cocina como en la medicina medievales. En el caso concreto, Francisco, que sufría una anorexia tan fuerte que casi no podía tomar alimentos sólidos, confiaba superar la náusea con la ayuda de esta planta aromática.
El mismo día que gustó un poco del pastel («mortariolum») que le había preparado Jacoba de Settesoli, Francisco se acordó del primer hermano que el Señor le había dado. Dijo, pues, dirigiéndose a los hermanos: «Este pastel le gustaría al hermano Bernardo», e inmediatamente lo hizo llamar a su cabecera. Cuando llegó, Bernardo pidió al Santo una bendición especial y un signo de afecto. «El bienaventurado Francisco no podía verle, pues hacía muchos días que había perdido la vista. Extendió la mano derecha y la puso sobre la cabeza del hermano Gil, que fue el tercer hermano y se encontraba entonces sentado junto al hermano Bernardo, creyendo que la ponía sobre la cabeza de éste. Mas al palpar, como hacen los ciegos, la cabeza del hermano Gil, reconoció su error por virtud del Espíritu Santo, y le dijo: "Esta no es la cabeza de mi hermano Bernardo". Entonces éste se acercó más al bienaventurado Francisco, quien posó las manos sobre su cabeza y le bendijo» (LP 12b-d).
No es mi intención reconstruir aquí históricamente la sugestiva escena de la bendición del primer hermano de la Orden, ni destacar el profundo significado de la recomendación que entonces hizo Francisco a todos los ministros y hermanos para que consideraran a Bernardo como a otro Francisco, «como si de mí se tratara» (LP 12d), aspectos de los que se ha ocupado magistralmente el profesor Raoul Manselli en un estudio recientemente publicado.9 Pero sí quiero llamar la atención sobre el hecho de que, según este testimonio, Francisco había perdido ya total y definitivamente la vista.
Durante sus últimos años de vida y sobre todo cuando ya se acercaba la «hermana muerte», el Poverello demostró un permanente y vivo interés por el futuro de su Fraternidad, una extraordinaria fuerza de ánimo para soportar los atroces dolores y un espíritu admirablemente alegre: actitudes que contrastan fuertemente con su estado caquéctico, que precisamente produce disminución de las facultades psíquicas, apatía e incluso estados depresivos. El signo más convincente de su regocijo espiritual lo tenemos en sus Alabanzas de las criaturas, compuestas mientras sufría una terrible crisis oftálmica y que, por mandato suyo, los hermanos le cantaron con frecuencia durante su enfermedad. En este sentido merece crédito la afirmación de Tomás de Celano: «... los pocos días que faltaban para su tránsito los empleó en la alabanza, animando a sus amadísimos compañeros a alabar con él a Cristo» (2 Cel 217b).
En cuanto a la situación clínica de los últimos días, no parece excesivo el breve resumen escrito por el mismo biógrafo: «No había quedado en él miembro que no sufriera intensamente; y, perdiendo poco a poco el calor natural, día a día se iba avecinando hacia el final. Los médicos se quedaban estupefactos y los hermanos maravillados de cómo un espíritu podía vivir en carne tan muerta, pues, consumida la carne, le restaba sólo la piel adherida a los huesos» (1 Cel 107b). En primer lugar, este testimonio concuerda perfectamente con lo que se sabe del cuadro clínico de la caquexia palúdica, en la que se manifiesta un extremo adelgazamiento, «con el que contrasta la tumefacción del abdomen por la esplenomegalia y la hepatomegalia», así como por edemas difusos.10 Este síndrome -junto con el tracoma- justifica la afirmación, aparentemente enfática, de un dolor generalizado. El detalle relativo al color cutáneo anormal viene a completar otro pasaje de Celano en el que habla del cambio de color de la carne de Francisco, «naturalmente morena antes», y de extraordinaria blancura luego de su muerte (2 Cel 217a; cf. 1 Cel 112). También este dato concuerda perfectamente con la sintomatología de las fiebres intermitentes cronificadas: «Los enfermos de malaria crónica presentan... color pálido de la piel y las mucosas, a veces amarillo-terroso».11
Uno de los últimos días de su itinerario terreno, Francisco brindó a sus hermanos más íntimos la posibilidad de observar cómoda y exactamente el aspecto poco atrayente de un cuerpo enormemente enjuto, con el abdomen y las articulaciones tumefactos y con una piel desagradablemente negruzca. Siguiendo con poética libertad la costumbre monástica observada para los moribundos claustrales, «hizo que le pusieran desnudo» sobre un cilicio, o sea, un grosero paño hecho de pelo de cabra, sobre el que se habían esparcido cenizas, en forma de cruz. Impulsado por su ingenio mímico e ideoplástico, quiso con esta acción escénico-simbólica, unirse a Cristo en la cruz, en su extrema pobreza. «Puesto así en tierra, despojado de la túnica de saco, volvió, según la costumbre, el rostro al cielo y, todo concentrado en aquella gloria, ocultó con la mano izquierda la llaga del costado derecho para que no se viera. Y dijo a los hermanos: "He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra"» (2 Cel 214b).
Los biógrafos silencian a menudo datos que serían particularmente interesantes para el lector moderno. Así, ninguna de las fuentes antiguas contiene la más mínima alusión al momento en que Francisco recibió el Viático y la Unción de los enfermos, hecho sobre el que, evidentemente, no puede existir duda alguna, tanto menos si tenemos en cuenta que el enfermo conocía perfectamente la gravedad de su estado. Por otra parte, la devoción de Francisco al sacramento del Cuerpo de Cristo era tan ardiente, que hablaba de él en casi todas sus cartas. Basándonos sobre un «Ritual» de la época, podemos formarnos una idea aproximada de cómo se desarrolló esta doble celebración sacramental. Primero, el sacerdote y los ministros, revestidos con los paramentos, se dirigían desde la iglesia a la enfermería, recitando el salmo «Miserere». Tras escuchar la confesión general del enfermo, el sacerdote le administraba la Extremaunción, en tanto que los ministros recitaban los siete salmos penitenciales. Luego se llevaba procesionalmente la Eucaristía al enfermo. Es interesante el detalle de que la sagrada especie del Pan se mojara en vino no consagrado, pues se tenía la convicción de que así éste se transformaba en la Sangre de Cristo.12
El biógrafo Tomás de Celano ha acuñado esta sugestiva frase: Francisco «recibió la muerte cantando» (2 Cel 214a). De hecho, poco antes de su nacimiento para el cielo, llamó a fray León y a fray Ángel Tancredi para que, «espiritualmente gozosos, cantaran en alta voz las alabanzas del Señor por la hermana muerte que se avecinaba». Después, el mismo Francisco «entonó con la fuerza que pudo aquel salmo de David: "Voce mea... Con mi voz clamé al Señor, con mi voz imploré piedad del Señor"» (1 Cel 109b). De todos modos, afirmar que el Pobrecillo expiró recitando este salmo 141 [142], es un malentendido comprensible, y repetido no pocas veces por los biógrafos modernos. En los últimos instantes de su madurar a la gloria celestial, el salmo «Voce mea» es un momento significativo que revela, en una antinomia muy expresiva, la angustia de la agonía, de la que tampoco se libró Francisco, y su inquebrantable confianza en Dios, su refugio, así como la espera serena de la gloria celestial.
Ninguna fuente transmite noticias que permitan formarnos una idea exacta de cómo fue la agonía y el momento de la muerte del Santo. Como su intención al describir la vida de Francisco era sobre todo edificar a los lectores, los aspectos que suelen subrayar son los religiosos y extraordinarios. Así, Tomás de Celano escribe: «Nuestro beatísimo padre Francisco, cumplidos los veinte años de su total adhesión a Cristo en el seguimiento de la vida y huellas de los apóstoles..., salió de la cárcel de la carne y remontó felizmente el vuelo a las mansiones de los espíritus celestiales el año 1226 de la encarnación del Señor, en la indicción decimocuarta, el 4 de octubre, domingo (es decir, según el cómputo moderno, el sábado 3 de octubre, hacia el anochecer), en la ciudad de Asís, lugar de su nacimiento, y cerca de Santa María de la Porciúncula, que fue donde primero estableció la Orden de los Hermanos Menores» (1 Cel 88b).
Después de todo lo expuesto, me parece evidente que la causa determinante de la muerte biológica de san Francisco fue la caquexia malárica consecutiva, es decir, una «preponderancia de los procesos de desasimilación sobre los de asimilación»,13 que le llevó a un total desmoronamiento de las fuerzas de su organismo, hasta el momento en que las células nerviosas del cerebro dejaron de vivir.
II. ASPECTOS DEL MENSAJE ESPIRITUAL
DE FRANCISCO A LOS HOMBRES DE HOY
Aunque incompletos, estos apuntes históricos sobre las enfermedades del Poverello en general y sus últimos días en particular evidencian que a Francisco le era familiar la experiencia de intensos y persistentes sufrimientos físicos. Sus enseñanzas sobre cómo vivir con las «hermanas enfermedades» y la «hermana muerte» no provienen, por tanto, de quien habla como maestro, sino de alguien que en su propio «vía crucis» no buscaba otra cosa que seguir las huellas de Jesucristo. En esta segunda parte me limitaré a esbozar algunas líneas maestras que se imponen a la reflexión de quien medita los acontecimientos biográficos de Francisco.
1. San Francisco vive su propia muerte
con plena conciencia y realismo cristiano
Se ha escrito con razón señalando la existencia de una especie de conjura del silencio con que la sociedad de consumo envuelve el fenómeno de la muerte. De forma parecida a como acontecía con los leprosos de la Edad Media, en la actualidad los enfermos graves son confinados por la sociedad, cuidadosamente segregados de las personas sanas, en los complejos anónimos que son los hospitales. «Hoy día la muerte concluye una vida en la clandestinidad. El nuevo estilo exige que el enfermo ignore su propia muerte. Ocultarle al enfermo desahuciado cómo se encuentra, es un deber de cuantos le rodean, desde el médico a los familiares. Esto es algo que quienes atienden al enfermo sienten como una especie de norma moral; desean ardientemente que la muerte sobrevenga sin que el enfermo se sienta morir... Para ello, el enfermo debe ser tratado como un menor de edad, a quien el cónyuge o los parientes toman a su cargo, separándolo del resto del mundo. De este modo, el muriente pierde irremediablemente su papel de protagonista». Esta caracterización exacta y penetrante es de Sandro Spinsanti.14
A pesar de la profunda y progresiva postración a que lo sometió la caquexia malárica, Francisco vivió su muerte en primera persona y casi en público. Pidió con insistencia que se le informara exactamente de la auténtica gravedad de su estado, para salir al encuentro del abrazo de la «hermana muerte» con plena conciencia y total adhesión a la voluntad divina. Así lo demuestra, además de la conversación antes mencionada con el médico Giovanni d'Arezzo, el anuncio que de la inminencia de su muerte le dio un hermano innominado, quizá el mismo fray Elías: «Padre, es necesario que sepas que, si el Señor no envía desde el cielo un remedio para tu cuerpo, tu enfermedad es incurable y vas a vivir poco tiempo, según dijeron ya los médicos. Te hablo así para confortar tu espíritu, para que te alegres de continuo en el Señor interior y exteriormente; sobre todo, para que los hermanos y cuantos vienen a verte te encuentren alegre en el Señor, pues saben y están persuadidos de que vas a morir muy pronto; y con el fin de que, para los que presencien esto y para los que lo oigan, tu muerte constituya un memorial, como lo ha sido para todos tu vida y tu conducta» (LP 7).
La experiencia de Francisco confirma oportunamente un principio moral por desgracia no siempre respetado: el derecho sacrosanto de todo enfermo a ser informado -sin duda, de manera gradual y con fino tacto psicológico, pero a tiempo- del riesgo de muerte que eventualmente corre a causa de su enfermedad. No todos los pacientes alcanzan ese espíritu de pobreza que animaba a Francisco incluso respecto al preciosísimo don divino de la vida. Con todo, sería muy deseable que el mismo enfermo cristiano, sometido a una larga postración sin mejoría sensible, fuese quien se adelantara a tender una mano preguntando a personas competentes y de confianza cuáles son sus perspectivas de curación. La oportuna información sobre la cercanía de la hora decisiva se le revelará a todo cristiano convencido como una gracia inestimable. Sólo así estará en condiciones de recibir todas las ayudas sacramentales de la Iglesia y de prepararse a su principio de eternidad.
Con mucha frecuencia, sin embargo, los familiares no tienen la capacidad de asumir el delicado cometido del «anuncio de la muerte» para el familiar a punto de morir, ni tienen el valor necesario para ello. En tales casos recaerá sobre otras personas el deber de informar al paciente: el médico que lo atiende, los enfermeros, el sacerdote o el amigo personal. ¡Ante la conjura del silencio, el ministerio pastoral del sacerdote encuentra obstáculos que sólo una fe capaz de trasladar montañas (cf. Mt 17,20) puede superar!
2. Francisco, además, vive su última enfermedad
con una sorprendente apertura de amor a los hermanos
Un psicólogo moderno afirma con toda razón: «A nivel psicológico, la enfermedad se caracteriza por tres elementos: el recortamiento del propio mundo, el egocentrismo y una actitud entreverada de tiranía y dependencia. El conjunto de estos fenómenos acerca el comportamiento del enfermo al del niño; se trata, esencialmente, de un comportamiento regresivo».15 En claro contraste con este dato real y que hemos comprobado con frecuencia, el decurso morboso de Francisco está constelado de una larga serie de atenciones exquisitas hacia los demás y de actos de bondad conmovedora. Por ejemplo, Francisco recuerda que a fray Bernardo le gustaron los pasteles que la noble dama Jacoba les había ofrecido cuando la visitaron en Roma, y que ha confeccionado también ahora, y lo manda llamar para que los pruebe. Estando en la celdilla sin luz que le habían preparado en una estancia en San Damián, le comunican la preocupación de Clara y sus hermanas por su salud; y Francisco compone un «Canto de exhortación», a fin de confortar a las «Pobrecillas» de San Damián. Es muy significativo que, enfermo y clavado al lecho, Francisco piense sobre todo en las hermanas enfermas y en quienes las atienden:
«Las que están por enfermedad gravadas
y las otras que por ellas están fatigadas,
unas y otras soportadlo en paz,
porque muy cara venderéis esta fatiga,
porque cada una será reina en el cielo coronada
con la Virgen María».16
El Pobrecillo tuvo la confortación de ser amorosamente atendido por compañeros muy íntimos: Ángel Tancredi, Rufino de Asís, León y probablemente Juan «de Laudibus» (cf. 1 Cel 102). Y es muy humano que diera a entender la pena que sentía al verse convertido en una carga para ellos; no menos característico es su inmenso agradecimiento y delicadeza hacia sus hermanos enfermeros. Según relata la Leyenda de Perusa, tras someterse en Fontecolombo al cauterio y haber pasado una noche en vela, Francisco dijo a sus compañeros: «Mis queridos hermanos e hijitos míos, no os moleste ni os pese el tener que ocuparos en mi enfermedad. El Señor os dará por mí, su siervecillo, en este mundo y en el otro, el fruto de las obras que no podéis realizar por vuestras atenciones y por mi enfermedad; obtenéis incluso una recompensa más grande que aquellos que prestan sus servicios y cuidados a toda la Religión y a la vida de los hermanos. Debíais decirme: "Contigo haremos nuestros gastos y por ti será el Señor nuestro deudor"» (LP 86d).
Me parece que una de las ayudas humanas y pastorales más necesarias que hay que prestar a los enfermos graves o crónicos, consiste en tratar de impedir en ellos, mediante la persuasión, contactos y ejercicios apropiados, que se replieguen sobre sí mismos. Como es natural, para lograr este objetivo hace falta tiempo, un ambiente favorable, auténtico amor fraterno y una capacidad nada común para identificarse con las situaciones de los demás.
3. Aunque desprovisto de todo medio material
y de todo poder humano, el Pobrecillo enriqueció
desde su lecho de muerte al mundo entero
Tomás de Celano afirma justamente de Francisco: «Nadie ha ansiado tanto el oro como él la pobreza» (2 Cel 55). La historia de las últimas enfermedades es una prueba palpable de la verdad de esta frase lapidaria. Por o tra parte, y frente a esta pobreza absoluta, la conciencia que Francisco tenía de su misión de enriquecer espiritualmente a los demás parece casi una paradoja. Así, desde su lecho de muerte, el Pobrecillo bendice y exhorta repetidas veces a sus hijos espirituales. En varias ocasiones dicta testamentos, no para hacer disposiciones patrimoniales, sino para legar enseñanzas vinculantes que favorezcan en los hermanos la fidelidad a la vocación evangélica. Así, durante una grave enfermedad, compone su Carta a toda la Orden, cuyo propósito fundamental, inculcar la liturgia eucarística y la de las horas, junto con la observancia regular, revela claramente intenciones testamentarias. Cuando le sobreviene en Siena, durante la primavera de 1226, un interminable vómito de sangre, dicta el llamado «Pequeño Testamento», o Testamento de Siena, en el que bendice «a todos mis hermanos, a los que están en la Religión y a los que han de venir hasta la consumación del siglo», y donde se lee: «... que, en señal del recuerdo de mi bendición y de mi testamento, se amen siempre mutuamente, que amen siempre a nuestra señora la santa pobreza y la guarden, y que vivan siempre fieles y sumisos a los prelados y a todos los clérigos de la santa madre Iglesia» (TestS 1.3-5).
Baste, por último, aludir brevemente al Testamento propiamente dicho, dictado probablemente por Francisco en las últimas semanas de su vida, y en el que reaparecen las ideas que constituyen los elementos calificantes de su vida «según la forma del santo Evangelio» (Test 14; TestS 2). Merece subrayarse con fuerza que nuestro Santo, aun sin tener estudios teológicos escolásticos, proponga en su Testamento con sabio equilibrio el culto a la Palabra revelada y al Pan consagrado, infiriendo como consecuencia la necesidad de honrar y venerar a los sacerdotes y a los teólogos.
En el restringido espacio de una conferencia no pueden ponerse de relieve otros aspectos perennes y universales del Testamento de Francisco. Me parece, no obstante, que se aviene perfectamente al ejemplo del Santo pedir que a toda persona en trance de muerte se le dé la oportunidad de sacar en limpio los resultados de la propia vida y enriquecer a los familiares y amigos con las experiencias recogidas a lo largo del tiempo que se le ha concedido vivir. Una palabra de exhortación dirigida por el padre agonizante a los hijos y la señal de la cruz trazada sobre sus frentes, pueden determinar el curso de toda una vida.
4. Antes del acontecimiento final de su vida,
Francisco procura revivir los misterios de Cristo
La muerte de Francisco manifiesta, al igual que su vida, una transparencia casi-sacramental de Cristo. Recordemos dos hechos ya citados: su celebración de la Última Cena y su intento de reproducir incluso la desnudez de Cristo crucificado. Encaja perfectamente en este contexto la orden impartida dos días después, con el fin de recordar en su propio cuerpo exánime el descendimiento de Cristo de la cruz: «Cuando me veáis a punto de expirar, ponedme desnudo sobre la tierra, como me visteis anteayer, y dejadme yacer así, muerto ya, el tiempo necesario para andar despacio una milla» (2 Cel 217), es decir, durante un cuarto de hora largo.
Además, debemos tener en cuenta que, desde septiembre de 1224, el Pobrecillo estaba condecorado con los cinco estigmas. Gracias a ellos, reproducción plástica en sus propios miembros de las cinco llagas de Cristo, y al persistente dolor que le causaron, Francisco vivió en íntima y continua comunión con Jesús crucificado. Después de su muerte, ante los ojos de los hermanos y de la gente de Asís se hizo patente un espectáculo nunca visto hasta entonces: «Podía, en efecto, apreciarse en él una reproducción de la cruz y pasión del Cordero inmaculado que lavó los crímenes del mundo; cual si todavía recientemente hubiera sido bajado de la cruz, ostentaba las manos y pies traspasados por los clavos, y el costado derecho como atravesado por una lanza» (1 Cel 112).
Así y todo, sería erróneo subrayar sólo, en el espíritu religioso de Francisco, la dimensión de la cruz. Significativo es, por ejemplo, que Francisco recuerde expresamente en su Oficio de la Pasión, incluso en la hora de Nona del Viernes Santo, el misterio de la resurrección de Cristo: «Padre santo, sostuviste mi mano derecha y me guiaste según tu voluntad y me acogiste en gloria» (OfP 6,12). Esta cita, por otra parte, refleja la visión dominante de este Oficio votivo: en los versículos tomados previa y libremente de diversos salmos y completados con palabras propias, Francisco escucha la oración que Cristo dirige a su Padre. La actitud básica que Francisco capta en Jesús no es tanto la congoja de sus sufrimientos físicos, cuanto su entrega absoluta y confiada en la voluntad del Padre. Y esto mismo es lo que subraya también el Pobrecillo cuando, en la segunda redacción de la Carta a todos los fieles, medita en la agonía de Jesús: «Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre» (2CtaF 10). Sin ninguna duda, esta mirada serena, fija en la voluntad del Padre, a ejemplo del Salvador sufriente, fue la actitud característica de Francisco durante los últimos días de su vida.
Sabemos por la fe que la disponibilidad de Cristo a entregar su propia vida constituye la hora suprema de nuestra salvación. El entero «ars moriendi» (arte de morir) del cristiano consiste en tratar de conformarse al máximo a Cristo, aceptando serena y gozosamente la voluntad divina, que establece ese límite del itinerario terreno que da paso a la orilla de la eternidad. El don oblativo de uno mismo transforma la propia muerte en gracia divina que salva. Este anuncio evangélico, que podemos ver ejemplarmente encarnado en el morir del Poverello, es el fundamento y la meta de toda pastoral de los enfermos.
5. San Francisco no sólo acepta libremente la muerte, 
sino que también la canta gozosamente
En cuanto un hermano, cuyo nombre no nos ha sido transmitido, le anunció la inminencia de su muerte, Francisco «alabó al Señor con ardiente fervor de espíritu y gozo interior y exterior» (LP 7). Hizo luego llamar al hermano Ángel y al hermano León, para que le cantaran las Alabanzas de las criaturas. Fue precisamente en esa ocasión cuando hizo añadir la estrofa de la «hermana muerte»:
«Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!
Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad,
pues la muerte segunda no les hará mal» (LP 7).
De todo lo hasta aquí expuesto se deduce claramente que Francisco no cultivó una especie de dolorismo malsano, de tanatolatría acristiana o de necrofilia aberrante. Los artistas de los siglos XVII y XVIII que lo han representado meditando ante una calavera, se han inspirado en las ideas corrientes de su propia época, no en las auténticas fuentes franciscanas.
Por otra parte, si el Pobrecillo llama hermana a la muerte, no es porque, ignorando su carácter terrible e inexorable, la idealice falsamente, sino porque la une inseparablemente a la muerte redentora de Cristo y por eso la acepta alegremente de manos del Padre celestial. Está profundamente convencido de que sólo hay que temer la segunda muerte, la muerte que aleja eternamente de Dios a aquel (cf. Ap 2,11) que concluye su vida en estado de muerte espiritual. En cambio, la muerte del justo, que ha fundido su voluntad con la de Dios, se vuelve «puerta de la vida» (2 Cel 217). La muerte y la glorificación de Cristo fueron la luz que iluminó el tránsito de Francisco. Apuntando su mirada, por encima del paso temible y obligado para todos, a la meta gloriosa, canta justamente la ayuda fraterna que le ofrecerá la muerte abriéndole la puerta que conduce a la alegría sin fin. En esta perspectiva, las Alabanzas de las criaturas, incluida la estrofa de la muerte, son un canto eminentemente pascual. Así se explica la alegría que envuelve la muerte de Francisco.
A pesar de la condición singular en que se encontraba nuestro gran místico a la hora de morir, su actitud ante la muerte contiene un insuperable valor ejemplar para todos los creyentes. Transformando su muerte en plegaria, le confiere su exacta dimensión teologal; colmando de letra y de espíritu bíblico la estrofa de la muerte, pone de manifiesto la verdadera fuente de donde mana su vida y su muerte.
Indudablemente uno de los objetivos principales que debe proponerse a los moribundos es el de que se unan a Cristo en la cruz y conviertan el momento decisivo de su opción fundamental en oración humilde y confiada. Aquí radica el principal objetivo pastoral de quien se dedica a asistir a los enfermos: orar con ellos y mostrar, de manera sencilla y concreta, cómo se desenvuelve el diálogo de salvación con Dios. Para transformar el dolor en alegría y la angustia en confianza, es preciso llegar a saber «orar» la propia muerte. A ello nos ayudarán, sobre todo, los salmos con su vastísima gama de sentimientos religiosos y situaciones humanas.
Llegados al final de nuestra meditación, lo mínimo que puede afirmarse es que Francisco no se limita a considerar el fenómeno biológico de la muerte, sino que la eleva al nivel de factor de salvación, pues la interpreta a la luz de Cristo y la vive como paso pascual de la primera a la segunda vida (cf. Ap 20,6). Las enfermedades y la muerte, si son vistas y vividas como lo hizo Francisco, significan una inmersión bautismal en la muerte de Cristo (Rm 6,2-4) y un lanzarse en la fe hacia el propio futuro definitivo. De hecho, muriendo en la cruz, el Hijo de Dios, el Emmanuel, es decir, Dios con el hombre, ha asociado nuestra muerte a la suya, y la ha convertido en puerta y puente que conducen a la vida eterna.
N O T A S:
1) He indicado parte de esta producción internacional en la reseña: Messis opima librorum ab obitu S. Francisci Assisiensis anno 750º recurrente vulgatorum, en Collectanea Franciscana 46 (1976) 321-364; 47 (1977) 119-134; cf. también ibid, 136-141; respecto a los numerosísimos congresos nacionales e internacionales dedicados a san Francisco, véase Isidoro de Villapadierna, Selectiores nuntii de actuositate scientifica franciscana an. 1976, en Coll Franc 47 (1977) 195-210.
2) F. Casolini, en Vita Minorum 48 (1977) 197.
3) Permítaseme remitir a los lectores a mis siguientes estudios: Enfermedades que sufrió S. Francisco de Asís antes de su estigmatización, en Selecciones de Franciscanismo n. 47 (1987) 287-323; Los dos últimos años de la vida de S. Francisco y la renovación de nuestra vida, en Selecciones de Franciscanismo n. 17 (1977) 136-154; Las enfermedades de Francisco durante los últimos años de su vida, en Selecciones de Franciscanismo n. 48 (1987) 403-436; «Loado seas, mi Señor, por aquellos que... soportan enfermedad». Interpretación franciscana de la enfermedad, en Selecciones de Franciscanismo n. 49 (1988) 25-36. La versión informática de estos cuatro trabajos puede verse en esta misma sección que dedicamos a San Francisco En las notas críticas de esos estudios cito las publicaciones anteriores sobre este tema.
4) L. Segatore - G. A. Poli, Dizionario medico, Novara 19582, 270s.
5) Cf. G. Boccali, Canto de exhortación de san Francisco para las «pobrecillas» de San Damián, en Selecciones de Franciscanismo n. 34 (1983) 63-87; también O. Schmucki, «Audite, poverelle». El redescubierto «Canto de exhortación» de S. Francisco para las Damas Pobres de San Damián, en Selecciones de Franciscanismo n. 37 (1984) 129-143.
6) L. Segatore - G. A. Poli, ibid., 196a.
7) «Pater, secundum physicam nostram infirmitas tua est incurabilis, et aut in fine mensis septembris aut quarto nonas octobris morieris»: LP 100d.
8) Cf. R. B. Broocke, editor, Scripta Leonis, Rufini et Angeli, sociorum. S. Francisci, Oxford 1970, 296-299.
9) R. Manselli, L'ultima decisione di S. Francesco. Bernardo di Quintavalle e la benedizione di S. Francesco morente, en Bulletino dell'Istituto Storico Italiano per il Medio Evo ed Archivio Muratoriano 78 (1967) 137-153; cf. Bibliog Franc XIII, n. 615.
10) Cf. P. Tolentino, Malattie infettive, Turín 1961, 934.
11) M. Giordano, Patologia, parassitologia ed igiene nei paesi caldi, Roma 1950, 410s.
12) Cf. L. Bracaloni, en Archivum Franciscanum Historicum 16 (1923) 76s.
13) Cf. artículo Cachessía, en Dizionario enciclopedico italiano II, Roma 1955, 548s.
14) S. Spinsanti, artículo Morte, en Dizionario enciclopedico di Teologia morale, Roma 1973, 628a.
15) Cf. Delay - Pichot, citado por S. Spinsanti, Malattia, en ibid, 558b nota 4.
16) Cf. G. Boccali, Canto de exhortación, p. 71; O. Schmucki, «Audite, poverelle», p. 133; cf. más arriba, nota 5.
[Selecciones de Franciscanismo, vol. XVII, núm. 50 (1988) 247-264]

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