San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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miércoles, 29 de mayo de 2019

Gravedad de la condenación eterna, la muerte sorprende a muchos que se condenan


Javier Navascués, el 27.05.19
De lo que hagamos en esta vida va a depender toda la eternidad. Eterna felicidad o eterno sufrimiento y desesperación. No hay más. Meditemos en el infierno, cuya existencia es dogma de fe para evitar por todos los medios condenarnos eternamente. Ahora es tiempo de merecer, de vivir santamente y de ganarnos el cielo con la ayuda de Dios y los medios de santificación que pone a nuestro alcance.

Hay que esforzarse por ser santo. No es descabellado pedir con humildad la gracia de no pasar por el purgatorio, cuyas penas son terribles o reducir lo máximo posible nuestra estancia allí, purgando nuestros pecados con oraciones, penitencias e indulgencias en esta vida. Aún así la diferencia con el infierno es abismal: las penas del purgatorio son finitas, las del infierno eternas.

El Doctor Eudaldo Forment, Catedrático de Metafísica, desde sus amplios conocimientos teológicos tomistas profundiza en la terrible realidad del infierno. Espero que sus explicaciones les sean de provecho y les sirvan para vivir con coherencia: ANTES MORIR QUE PECAR.


Se medita en los Ejercicios Espirituales Ignacianos que hay niños en el infierno por un sólo pecado mortal. Nosotros merecíamos el infierno por nuestros pecados, pero hemos tenido más oportunidades. No tentemos más a la Providencia de Dios. No es cosa de broma. Con la eternidad no se juega.


¿Qué nos enseña la Iglesia sobre el infierno? (eternidad de las penas, número y grado de las mismas)?

Le contestaré con mucho gusto con este párrafo del Catecismo de la Iglesia Católica: «La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno". La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira» (n. 1035).

En otro párrafo se había indicado que: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección» (n. 1033).

Debe tenerse en cuenta que el infierno, como enseñaba Santo Tomás, es el estado de los condenados y el lugar en que se encuentran. También que la Iglesia ha afirmado siempre que es dogma de fe, tanto su existencia, como la eternidad de todas penas y la desigualdad de ellas en proporción de las culpas por los pecados cometidos sin arrepentimiento y con obstinación en los mismos. Se comprende, porque son muchos los textos del Antiguo Testamento que lo afirman, e igualmente, en el Nuevo, también lo hacen, el Precursor y muchísimas veces el propio Cristo. También hablan del infierno San Pablo, San Pedro, San Judas, Santiago y el Apocalipsis.

¿En qué aspectos esenciales de la realidad del infierno profundiza Santo Tomás de Aquino en la Summa?

Para comprender la profunda explicación tomista debe advertirse que la eternidad de las penas de los condenados es un misterio revelado. No se puede, por tanto, demostrar racionalmente, pero es posible dar razones de su conveniencia. Santo Tomás da dos razones:

La primera es que el pecado mortal aleja de Dios, último fin y bien supremo del hombre, que hace perder así la gracia divina, que es lo que lleva a la vida eterna. El pecado mortal sin arrepentimiento es «un desorden, que, en sí mismo, es irreparable». Si el hombre permanece en pecado mortal y resiste hasta el último momento a la gracia y muere así impenitente con un desorden que no ha tenido fin, merece, por ello, una pena que tampoco lo tenga, es decir, una pena eterna. (S. Th., I-II, q. 87, a. 3, in c.).

La segunda razón que da el Aquinate está basada en la gravedad «cuantitativamente infinita» o inconmensurable del pecado (Ibíd., a. 4). Afirma que: «Es justo que quien en su propia eternidad pecó contra Dios, en la eternidad de Dios sea castigado». Explica que: «decimos que peca en su propia eternidad, no sólo por la continuidad del acto, que perdura en toda su vida, sino porque, habiendo puesto su fin en el pecado, tiene la voluntad de pecar siempre». De ahí que «los inicuos quisieran vivir siempre para permanecer siempre en su iniquidad» (Ibíd., a. 3, ad 1).

¿Hasta que punto es grave por tanto la condenación eterna y su irrevocabilidad?

Se advierte claramente su gravedad en la sentencia que pronunciará Cristo Salvador y Juez nuestro a los malos castigados: «Apartaos de Mí, malditos. Id al fuego eterno, que fue destinado para el diablo y sus ángeles» (Mat 25, 41)

Con la expresión «apartaos de Mí», se significa que se castiga con lo que se llama «pena de daño», que es la mayor pena que se pueda recibir. En primer lugar, porque es estar arrojado de la vista de Dios a la mayor distancia. En segundo lugar, porque no se tiene el consuelo de la esperanza que pueda redimirse ni finalizar nunca. Por último, en tercer lugar, porque se carecerá eternamente de la luz y el calor de la vida divina.

Con la de «malditos», se entiende que les perseguirá la justicia divina con toda clase de maldiciones. Aumenta con ello su pesar y desconsuelo, porque al ser apartados de la presencia de Dios no se les ha considerado dignos de alguna cosa buena por la que merecieran una bendición. No pueden así esperar nada que alivie su aflicción y desgracia.

El otro castigo que sigue está significado con el mandato «id al fuego eterno». A este otro tipo de castigo se denominan «pena de sentido», porque se sufre con los sentidos. Entre todos los tormentos está el del fuego. A estos sumos dolores sentidos se suma además el mal de saber que durará eternamente.

Por último, de las palabras finales «que fue destinado para el diablo y sus ángeles» se infiere que el castigo eterno de los condenados incluirá toda clase de penas. La razón es porque tendrán que soportar a los demonios, una malísima compañía. No tendrán ni el consuelo que podían tener en su vida terrenal del alivio de alguna persona, que sufriera también la misma desventura y que fuera afable y caritativo con él.

¿Por qué el hombre actual no medita sobre ello ni vive consecuentemente?

En nuestra época se habla poco de las penas eternas del infierno, al igual que de los otros novísimos o en lo que habrá de terminar nuestra vida terrena, desde el primero, la muerte hasta el último, el juicio final. Quizá por temor a intranquilizar o a asustar, o para no dar una imagen desagradable de la justicia divina. Además corren en los mismos católicos objeciones superficiales e incoherentes, que, a pesar de ello, se alejan de la enseñanza de siempre de la Iglesia. Sin embargo, vistos con los ojos de fe la consideración de las postrimerías es de gran utilidad para refrenar nuestras pasiones rebeldes a la razón y a la ley de Dios y así apartarnos del pecado. En la misma Escritura se dice: «En todas tus acciones acuérdate de los novísimos o postrimerías y no pecarás jamás» (Eclo 7, 40)». En definitiva, el negar estas verdades es colaborar con los que quieren descristianizar a la persona, a la familia y a la sociedad

Algún ejemplo práctico para poder comprender lo que es la eternidad del suplicio y evitar caer en él…

Si me permite pondré un ejemplo que daba el tomista Garrigou-Lagrange, profesor en Roma de Karol Wojtyla, el futuro papa Juan Pablo II, en los años de 1946 a 1948 y director de su tesis doctoral. Explicaba que a los privados de la visión divina, ello les proporciona tanta pena, que si fuera posible soportarían todos los dolores físicos con tal de no verse privados del gozo de Dios. Se lee en Santa Catalina de Sena que además se ven afectados del remordimiento de su conciencia, no por haber ofendido a Dios, sino por aquello a lo que les han llevado sus fatales decisiones. También de la vista del demonio, y del cuarto tormento del fuego, «fuego que abrasa y no consume. Y tanto es el odio que les devora que no pueden querer ni desear ningún bien». (Diálogo, c. 40). Finalmente el dominico francés ponía el siguiente ejemplo: es como un hombre que ha querido libremente arrojarse a un pozo negro y sin fondo en el que quedará aprisionado para siempre, aun sabiendo de antemano que jamás podrá salir de él.

Se evita caer en él o no caer en el pecado, con la gracia de Dios, que se nos da en los sacramentos. Con ella se evita la condena en el juicio de Dios, donde le tendremos que dar cuenta de nuestras malas obras, de nuestras palabras e incluso de nuestros pensamientos más profundos y escondidos. Ya desde ahora tendríamos que pedir siempre, como se hace en el antiguo himno de la misa de difuntos (Dies irae): «¡Dios mío, perdóname¡».

Javier Navascués Pérez
(http://www.infocatolica.com/blog/caballeropilar.php/1905270903-no-meditamos-lo-suficiente-en?fbclid=IwAR3d-UFPjblReWaA4wrx3kfAuHID1bUUQzgeMkoZLhdnJz0Am_2BGNd_emk)

jueves, 15 de noviembre de 2012

El Magisterio de la Iglesia Católica y el infierno



EL INFIERNO ES EL TORMENTO ETERNO DE LOS QUE MUEREN SIN ARREPENTIRSE DE SUS PECADOS MORTALES (Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, 212).

El infierno es el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno. La existencia del infierno eterno es dogma de fe. Está definido en el Concilio IV de Letrán(982). Siguiendo las enseñanzas de Cristo , la Iglesia advierte a los fieles de la triste y lamentable realidad de la muerte eterna, llamada también infierno.
"Dios quiere que todos los hombres se salven"(983).
Pero el hombre puede decir no al plan salvador de Dios, y elegir el infierno viviendo de espaldas a Él. El pecado es obra del hombre, y el infierno es fruto del pecado. El infierno es la consecuencia de que un pecador ha muerto sin pedir perdón de sus pecados. Lo mismo que el suspenso de una asignatura es la consecuencia de que el estudiante no sabe.
Jesucristo habla en el Evangelio quince veces del infierno, y catorce veces dice que en el infierno hay fuego. Y en el Nuevo Testamento se dice veintitrés veces que hay fuego. Aunque este fuego es de características distintas del de la Tierra, pues atormenta los espíritus , Jesucristo no ha encontrado otra palabra que exprese mejor ese tormento del infierno, y por eso la repite. La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe dijo, el 17 de mayo de 1979, que "aunque la palabra "fuego" es sólo una "imagen", debe ser tratada con todo respeto".
En el infierno hay otro tormento que es el más terrible de todas las penas del infierno. Según San Juan Crisóstomo , es mil veces peor que el fuego(984).
San Agustín dice que no conocemos un tormento que se le pueda comparar(985).
Los teólogos lo llaman pena de daño. Es una angustia terrible, una especie de desesperación suprema que tortura al condenado, al ver que por su culpa perdió el cielo, no gozará de Dios y se ha condenado para siempre. La Biblia pone en boca del condenado un grito terrible: "Me he equivocado"(986).
Ahora, como no entendemos bien ni el cielo ni el infierno, no comprendemos esta pena, pero entonces veremos todo su horror.
No hay que confundir "el infierno" con "los infiernos" a los que fue Cristo después de morir.
Rezamos en el credo de los Apóstoles: "Descendió a los infiernos".
Aquí "los infiernos" se refiere al "lugar de los muertos", como se dice en el Canon IV de la Misa. Era el "Sheol" para los judíos. Allí fue Cristo a anunciarles la Redención. A la morada de los muertos también la llamamos "el limbo de los justos"(987).
Los Testigos de Jehová niegan la existencia del infierno basados en que Cristo , a veces, empleó la palabra "sheol" que significa tumba.
Pero la palabra "sheol" significa infierno en el sentido teológico, pues si las almas de los justos son librados por Dios del "sheol", éste no podemos considerarlo como domicilio común de todos los muertos. Pero la octrina católica sobre la existencia del infierno no se basa en palabras metafóricas que Cristo pudo emplear en alguna ocasión, sino en la doctrina que desarrolló repetidas veces en sus enseñanzas, tal como se contiene en el Evangelio.
99,2. El infierno es la negación del amor y el fracaso de nuestra libertad. El infierno es la condenación eterna. Es el fracaso definitivo del hombre. Aquel que, con plena conciencia de lo que hace, rechaza la palabra de Cristo y la salvación que le ofrece; o quien , luego de aceptarla, se comporta obstinadamente en contra de su ley; o aquel que vive en oposición con su conciencia: éstos tales no llegarán a su destino de bienaventuranza y quedarán, por desgracia suya, alejados de Dios para siempre.
Puede ser interesante mi vídeo "El infierno: fracaso definitivo".
A algunos, que no han estudiado a fondo la Religión, les parece que siendo Dios misericordioso no va a mandarnos a un castigo eterno. Sin embargo, que el infierno es eterno es dogma de fe(988).
Pero hemos de tener en cuenta que Dios no nos manda al infierno; somos nosotros los que libremente lo elegimos. Él ve con pena que nosotros le rechazamos a Él por el pecado; pero nos ha hecho libres y no quiere privarnos de la libertad que es consecuencia de la inteligencia que nos ha dado. Jesucristo nos enseñó clarísimamente la gran misericordia de Dios. Pero también nos dice que el infierno es eterno. Cristo afirmó la existencia de una pena eterna, entre otras veces, cuando habló del juicio final: "Dirá a los de la izquierda: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo"(989).
Y después añade que los malos "irán al suplicio eterno y los justos a la vida eterna"(990).
Es dogma de fe que existe un infierno eterno para los pecadores que mueran sin arrepentirse.
Aunque Dios es misericordioso, también es justo. Dice la Sagrada Escritura: "Tan grande como ha sido mi misericordia, será también mi justicia"(991).
Y su misericordia no puede oponerse a su justicia.
Como es misericordioso, perdona siempre al que se arrepiente de su pecado; pero como es justo, no puede perdonar al que no se arrepiente.
La justicia exige reparación del orden violado. Por lo tanto, el que libre y voluntariamente pecó y muere sin arrepentirse de su pecado, merece un castigo. Y este castigo ha de durar mientras no se repare la falta por el arrepentimiento; pues las faltas morales no se pueden reparar sin arrepentimiento. Sería una monstruosidad perdonar al que no quiere arrepentirse.
Dice Santo Tomás que Dios no puede perdonar al pecador sin que éste se arrepienta previamente(992).
Ahora bien, como la muerte pone fin a la vida, el arrepentimiento se hace ya imposible , porque después de la muerte ya no habrá posibilidad de arrepentirse(993).
Después de la muerte no se puede merecer nada: con la muerte se acaba el tiempo de merecer(994).
La falta del pecador que murió sin arrepentirse queda irreparada para siempre, luego para siempre ha de durar también el castigo.
En el infierno no es posible el arrepentimiento, lo mismo que en el cielo no es posible pecar. Los bienaventurados del cielo se sienten tan atraídos por el amor de Dios, que el atractivo del pecado les deja indiferentes.
Dios es infinitamente justo y no puede quedar indiferente ante las maldades que se hacen en este mundo. Cómo van a estar lo mismo en la otra vida, el asesino, el ladrón, el egoísta y el vicioso, que el honrado y caritativo con todo el mundo" Evidentemente tiene que haber un castigo para tanta injusticia, tanto crimen y tanta maldad como queda en este mundo sin castigo. El temor al infierno no es el mejor motivo para servir a Dios. Es mucho mejor servirle por amor, como a un Padre nuestro que es. Pero somos tan miserables que a veces no nos bastará el amor de Dios, y conviene que tengamos en cuenta el castigo eterno, porque es una realidad. Cristo nos lo avisa para que nos libremos de él.
Se oye decir de labios irresponsables: Hoy a la juventud no le interesa la religión del miedo o de las seguridades. Depende: tener miedo a cosas irreales es de idiotas; pero cerrar los ojos a los peligros reales es de imbéciles. Lo mismo: buscar seguridades ficticias es de idiotas; pero despreciar seguridades reales y preferir inseguridades, es de imbéciles.
El concepto de eternidad se opone al concepto de tiempo, que supone un antes y un después. La eternidad supone una duración ilimitada, una permanencia interminable. Una imagen que puede ayudar a entender la eternidad es un reloj pintado a las nueve en punto. Por mucho que esperemos, nunca señalará las nueve y cinco.
99,3. Debemos pedir a Dios muy a menudo que nos proteja en las necesidades de la vida. Dios tiene en su mano todos los acontecimientos de la vida y los gobierna con amorosa Providencia.
Dios está siempre presente en nuestras vidas. Nos ayuda y protege continuamente. Pero muchas personas sólo se acuerdan de Él cuando lo necesitan. Lo mismo pasa con el aire, que sólo nos acordamos de él cuando nos falta para respirar.
Sabemos que Dios es bueno y cuida de nosotros; aunque a veces no entendamos su Providencia.
Fiémonos de Él que está arriba y ve más. El que está en la cumbre señala mejor el camino de la subida que el que está abajo, que no ve que el camino que él cree mejor está cortado por un precipicio tras una peñas. El buen padre de familia quita a su hijo de botones para que aprenda un oficio. De momento deja de ganar unas pesetas; pero de botones sólo aprende a llevar cartas y a cerrar puertas, y cuando, por la edad, tenga que dejar el oficio, será un hombre inútil. Aprender un oficio es a la larga mucho mejor. Dios nos guía como un padre de familia a sus hijos.
El infierno existe, no porque lo quiera Dios, que no lo quiere; sino porque el hombre libre puede optar contra Dios. No es necesario que sea una acción explícita. Se puede negar a Dios implícitamente, con las obras de la vida. Si negamos la posibilidad del hombre para pecar, suprimimos la libertad del hombre. Si el hombre no es libre para decir NO a Dios, tampoco lo sería para decirle SI. La posibilidad de optar por Dios incluye la posibilidad de rechazarlo.
El gran misterio del infierno es que aunque Dios desea la salvación de todos los hombres, nosotros somos capaces de condenarnos. Dios nos ha creado libres y quiere que nos comportemos como tales. Negar la posibilidad de condenarnos es negar la libertad del hombre. Es anular al hombre. Afirmar que existe el infierno es tomar en serio la libertad del hombre. Dios ofrece la salvación, no la impone. El infierno es el respeto de Dios por tu última voluntad. Si tú libremente elegiste el pecado, mientras no te retractes, Dios te respeta. Y como con la muerte se acaba tu libertad, no cambiarás eternamente.
99,4. Se presenta el problema del mal.
El mal es un misterio que supera el entendimiento humano. Nos debe bastar el saber que Dios saca bienes de los males. Por ejemplo, para que el pecador reconozca su falta y se arrepienta; para que el justo expíe sus faltas en este mundo, gane así mayor gloria en el cielo, y dé buen ejemplo al prójimo con su paciencia; para que los hombres vivan más despegados de las cosas de la Tierra, porque esta vida es tiempo de prueba y no de premio, etc.
A veces, es difícil consolar a unos padres que han perdido a su niño angelical. Pero no podemos olvidar que Dios es padre amorosísimo, y no permite nada que no sea en bien nuestro. Dios conoce el futuro, y sabe si esa criatura angelical va a perseverar así o se va a torcer con gran daño para sí y para sus padres. Puede ser que la muerte angelical de ahora sería muy diferente el día de mañana.
Confiemos en que los planes de Dios son siempre para nuestro mayor bien.
Puede ser que en un caso concreto, no alcancemos a ver el bien que Dios saca de ese mal. Pero ya nos dice San Pablo que para los que aman a Dios, todo coopera en su bien.
Dios en su infinita Sabiduría subordina un bien inferior a un bien superior, el bien material al espiritual, el físico al moral, el profano al religioso, el terreno al celestial; porque no estamos hechos para la tierra sino para el cielo, no para el tiempo sino para la eternidad.
Sin negar el problema del mal, vamos a dar algunas ideas aclaratorias.
Mal es la carencia de un bien debido. Para la piedra no es un mal el no poder ver, pero sí lo sería para mí. En cambio para mí no es mal no tener alas, pero sí lo sería para un águila. Por eso dice Santo Tomás que el mal no es cualquier carencia de un bien, sino la carencia de un bien propio de una determinada criatura.
El único mal absoluto es el infierno: Todos los demás males son relativos: para unos sí, y para otros no; en un sentido sí y en otro no. Un terremoto puede ser un mal para mí, que en él he perdido mi casa y algunos seres queridos; pero no lo es para la Tierra que ha conseguido más estabilidad en su masa. Una enfermedad es un mal para mí en el sentido de que me hace sufrir, pero puede ser un bien si con ella me santifico y merezco más para el cielo.
En el hombre el mal físico produce dolor, y el mal moral es producido por el pecado. El mal físico es consecuencia de las leyes de la Naturaleza. El mal moral es consecuencia del mal uso de la libertad humana. Para evitar el mal moral, Dios tendría que quitar la libertad al hombre. Todo hombre libre es capaz de pecar. Y un hombre sin libertad dejaría de ser hombre. La libertad para ser bueno o ser malo es lo que hace meritorio ser bueno. Y hacer méritos para la vida eterna, es para lo que Dios nos ha puesto en la Tierra. Dice San Pablo : "Sabemos que Dios hace converger todas las cosas para el bien de aquellos que le aman"(995).
Si Dios impidiera al hombre hacer el mal, violentaría su libertad.
Dios tiene sus razones para permitir el mal. A nosotros nos basta con saber que Dios tiene Providencia, aunque desconozcamos sus caminos. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna.
Evidentemente que Dios pudo haber hecho un mundo con otras leyes físicas. Pero todo mundo imaginable es perfectible. Para no poder ser superado hay que ser Dios, que es el único ser Omniperfecto. Dios ha pensado que este mundo es suficientemente bueno para que en él viva el hombre, y gane la gloria eterna que es el fin para el cual ha sido creado.
Pero, sobre todo, la respuesta al dolor es Cristo , que quiso pasarlo primero para animarnos a sufrir. Como la madre que prueba primero la sopa delante del niño, que no quiere comer, para animarle. El sufrimiento humano, individual o colectivo, a veces sólo tiene una respuesta: Cristo crucificado.
La Redención de la humanidad se ha hecho por el dolor. Por eso muchos santos han amado el dolor. El calvario se ha convertido en la meta ideal, según aquello de San Pablo que "no quería gloriarse de otra cosa que no fuera la cruz de Cristo"(996).
Y por extraña paradoja, el sufrir por amor a Cristo es una fuente inefable de consuelo. También lo dijo San Pablo : "Sobreabundó de gozo en medio de mis tribulaciones"(997).
Y es que el sacrificio realizado por amor pierde toda su dureza.
Incluso se convierte en alegría cuando se ama de verdad. Y además, la esperanza de la gloria. El dolor pasará, las tribulaciones se acabarán, el sufrimiento se extinguirá para siempre. Y todo ello quedará substituido por una sublime e incomparable gloria que no terminará jamás. Por eso dice San Pablo : "qué tienen que ver las amarguras y tribulaciones de la tierra si las comparamos con la inmensa gloria que nos aguarda en la eternidad""(998).
El cristiano no permanece pasivo ante el dolor propio o ajeno, y procura prevenirlo con todos los medios lícitos de que dispone. (...)
Cuando los recursos humanos se han venido abajo, cuando la CIENCIA Y EL AMOR SE HAN DECLARADO IMPOTENTES, EL CRISTIANO TIENE TODAVÍA un refugio. Para él, el cielo no está vacío. En él vive un Dios bueno,sabio y omnipotente del cual dependen todos los acontecimientos de la vida y todos los fenómenos del universo. Un Dios que conoce nuestras miserias y oye nuestras voces de auxilio, y puede, si le parece bien, socorrernos y consolarnos.
Y cuando la oración no es oída enseguida, el cristiano no se desanima.(...) Sabe aceptar con serena resignación los designios inescrutables de Dios, que es el más amoroso de los padres.
99,5. Todas las cosas tienen pros y contras. La electricidad nos trae muchos bienes (iluminación, telecomunicación, motores, etc.); pero también puede provocar un incendio por cortocircuito y matar por electrocución. A pesar de los peligros que supone la electricidad no por eso dejas de poner en tu casa instalación eléctrica. El mundo que Dios ha hecho tiene muchas cosas buenas, pero a veces ocurren adversidades y contratiempos. Son consecuencias de que el mundo es un ser en evolución. La dinámica de la evolución provoca contrastes y conflictos. A veces ocurren cosas que no comprendemos. Pero es absurdo querer entender a Dios al modo humano. Es como si un animal quisiera entender las ideas filosóficas humanas: es imposible. Es lógico que el hombre no entienda a veces el proceder de Dios. A nosotros nos basta saber que Dios es Padre, y permite el sufrimiento para nuestro bien. Lo mismo que una madre le pone a su hijo una inyección que éste necesita, aunque le duela. Dios deja actuar las leyes de la naturaleza y la libertad de los hombres, y no los mueve como el jugador de ajedrez las piezas.
Sin embargo, ha de ser un consuelo para nosotros saber que en igualdad de circunstancias, en el cielo gozan más, los que más han sufrido en este mundo con cristiana resignación. Es consolador saber que el sufrir pasa, pero el premio de haber sufrido por amor a Dios durará eternamente. En el cielo bendeciremos a Dios por aquellos sufrimientos que nos han merecido tanta gloria eterna.
No nos engañemos con el aparente triunfo de algunos malos. En primer lugar, porque el triunfo del malo se limita a esta vida, donde la experiencia enseña que no se da triunfo completo y libre de mal. Pero, sobre todo, porque el que peca es un fracasado para la eternidad, que es donde el fracaso es completo e irremediable. El único que triunfa es quien se salva.


(982) - DENZINGER: Magisterio de la Iglesia, nº 428ss.y 531. Ed. Herder. Barcelona
(983) - SAN PABLO:Primera Carta a Timoteo, 2:4
(984) - SAN JUAN CRISÓSTOMO: Homilía in Mat. XXlll, 7s. MIGNE:
Patrología griega, 47,290ss.
(985) - SAN AGUSTÍN: Ciudad de Dios, XX, 22; XXl, 9s. MIGNE:
Patrología latina, 40,285.
(986) - Libro de la Sabiduría, 5:6
(987) - Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº
(988) - Cardenal RATZINGER: Escatología, lll, 7, 1. Ed. Herder.
(989) - Evangelio de San Mateo, 25:41
(990) - Evangelio de San Mateo, 25: 46
(991) - Eclesiástico, 16:12s
(992) - SANTO TOMÁS: Summa Theologica, III
(993) - CÁNDIDO POZO, S.I.: Teología del más allá, 3ª, Vll, 3. Ed.
(994) - DENZINGER: Magisterio de la Iglesia, nº 778. Ed. Herder.
(995) - SAN PABLO: Carta a los Romanos, 8:28
(996) - SAN PABLO: Carta a los Gálatas, 6:14
(997) - SAN PABLO: Segunda Carta a los Corintios, 7:14
(998) - SAN PABLO: Segunda Carta a los Corintios, 4:17