San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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sábado, 1 de noviembre de 2014

Detalles del exorcismo real que dio origen a la película El Exorcista


El caso más famoso de posesión diabólica

La película El Exorcista fue basada en un suceso real que vamos a detallarles. La película de 1973, se hizo sobre un guion escrito por William Peter Blatty basado en la novela homónima del propio Blatty, publicada en 1972 y que sólo en Estados Unidos llegó a vender cerca de trece millones de ejemplares. Relata los fatídicos hechos de la posesión diabólica de Regan MacNeil, una niña de doce años de edad, y del exorcismo al que más tarde fue sometida. El exorcismo real fue realizado en 1949 a un niño de 14 años a quien se le puso el nombre ficticio de Robbie Mannheim.
Blatty explicó que la historia tuvo inspiración en hechos verídicos en los cuales trabajó cuando él aún era estudiante universitario, acerca de informes sobre un exorcismo real ocurrido en la localidad de Mount Rainier, en el año 1949, y que fue informado por The Washington Post. A Robbie Mannheim, que sufrió alteraciones en su personalidad, se le practicaron varios exorcismos en un lapso de tres meses por sacerdotes católicos.

EL LIBRO EL EXORCISTA

William Peter Blatty, autor de El Exorcista, era un joven estudiante de literatura en la universidad jesuita de Georgetown (estado de Washington,EE UU) cuando, en agosto de 1949, leyó una noticia en el diario The Washington Post: “Un sacerdote libra a un joven de Mount Rainier de las garras del demonio”.

Veinticinco años después, tras investigar los hechos y cambiar – a petición del padre Bowdern, sacerdote que practicó aquel exorcismo – la identidad del protagonista, por la de una niña, escribió una novela de la que se vendieron trece millones de ejemplares.

Dos años más tarde la convirtió en el guión de la mítica película del mismo nombre. Según Blatty, Bowdern, obligado por el juramento de secreto a no hablar del exorcismo, le dijo únicamente:

“Puedo asegurar que el caso en que me vi implicado era auténtico”.

Robbie Mannheim es el seudónimo de un niño de 14 años de edad que vivía con su familia en Maryland, Estados Unidos, y que fue supuestamente poseído por un demonio en la década de 1940. El historiador Thomas B. Allen, quien escribió sobre el exorcismo de Mannheim, fue quien acuño el seudónimo, porque los testigos de la posesión real guardaban la verdadera identidad del chico. Se dice que Mannheim no recordó su supuesta posesión demoníaca y personas cercanas a él querían que continuara siendo así. Pero la historia sólo se conoce a través de otros testigos, más de 40 personas confirmaron haber presenciado la verdadera posesión de Mannheim.

EL MANUSCRITO QUE REVELA EL EXORCISMO

El arzobispado local ha eludido en diversas ocasiones la entrega de los documentos oficiales respecto a este caso, “por razones serias y validas” según sus propias palabras, pero nunca ha negado su existencia.

Hoy, sin embargo, conocemos todos los detalles gracias a Tomas B. Allen quien, cuarenta años después, consiguió que el padre Halloran – uno de los nueve jesuitas que asistieron a Bowdern – le facilitara un diario del exorcismo. Este escrito fue hallado en 1978, durante las obras del hospital de los hermanos de los pobres de Saint Louis, en una de cuyas habitaciones, clausurada hasta esa fecha, se produjo el exorcismo último y definitivo.

Se trata de veintiséis páginas mecanografiadas en las que se recogen los testimonios de 48 personas que asistieron a la víctima y contemplaron de cerca su endiablado estado.

Documento sobre la caso del exorcismo de 1949 se puede ver en pdf en ingles aquí.

EL MALIGNO SE MANIFIESTA

Todo empezó con el ruido de un suave goteo en casa de los Mannheim – los nombres son falsos –, en Mount Rainier (estado de Washington). Allí vivía Robbie, un chico de 13 años, con su abuela materna, su madre y su padre. El persistente sonido se inició un sábado por la noche. El niño y su abuela se hallaban solos y realizaron una gira por las habitaciones buscando el origen del ruido.

Al entrar en el dormitorio de la anciana, vieron que un cuadro en el que se representaba a Jesús estaba torcido y se movía como si alguien golpeara la pared tras él.

El goteo cesó para dar paso al chirrido de unos arañazos tras la pared, “como si una garra rascara la madera”. Los arañazos continuaron oyéndose durante once días. Comenzaban hacia las siete de la tarde y paraban a media noche.

Curiosamente, se detuvieron el día en que murió Harriet, una tía espiritista de Robbie, que había enseñado al muchacho a manejar el tablero ouija. A partir de aquel momento, Robbie pasaba horas enteras jugando con la ouija, intentando entrar en contacto con su querida tía difunta. Fuera ésta o no la causa de la posesión, el hecho es que los fenómenos paranormales comenzaron a producirse a su alrededor sin interrupción.

Al irse a dormir oía pasos junto a su cama y, durante el día, objetos y muebles pesados se deslizaban por el aire o se volcaban solos. Sus parientes podían ver girar vertiginosamente las sillas en que Robbie se sentaba. Él insistía en que no era culpa suya. Pero la fenomenología crecía y llegó a un punto de paroxismo la noche en que, para ahuyentar el miedo del chico, su abuela y su madre se acostaron con él. De pronto el colchón levitó y colcha y sábanas – completamente estiradas – se elevaron ante sus ojos como si algo invisible tirara de las esquinas.

LA CONSULTA A EXPERTOS

La familia consultó a médicos, psiquiatras y psicólogos, que declararon normal a Robbie. También a médiums que diagnosticaron una crisis de adolescente que pasaría a su tiempo. Pero Robbie ya no podía siquiera ir al colegio: su pupitre daba saltos y golpeaba los de los demás niños. Había comenzado a volverse hosco y reservado. Además, durante las noches tenía pesadillas en las que parecía hablar con alguien.

Sus padres se dirigieron a un sacerdote luterano llamado Schulze quien, creyendo estar ante un poltergeist, rezó por el muchacho. Pero, tras pasar una noche con él y ser testigo directo de la aterradora fenomenología que rodeaba a Robbie y, sobre todo, al aparecer el 26 de enero sobre el pecho del niño unos arañazos en forma de letra, “como si alguien los hubiera trazado desde dentro con un cuchillo”, Schulze comenzó a pensar que un poder maligno había invadido al muchacho.

Es sabido que la posesión demoníaca se manifiesta, progresivamente, de tres formas: infestación (el demonio actúa sobre la materia circundante y produce fenómenos telequinéticos de toda índole); obsesión (atormenta a la víctima sin hacerla perder el conocimiento pero de modo evidente); y posesión (invade el cuerpo de la persona y lo trata como propiedad suya).

Para Schulze, Robbie estaba a punto de pasar a la tercera fase, así que recomendó a la familia consultar a un sacerdote católico: “Ellos entienden de estas cosas”.

Y es que, mientras las iglesias luteranas no conceden ninguna credibilidad teológica a la existencia del demonio, la católica tiene una larga tradición de exorcismos que se remonta a los realizados por Jesús. Además, desde los comienzos de la Cristiandad, cuentan para practicarlos con un ritual que se formalizó en 1614 bajo el nombre de Rituale Romanum.

VAN A BUSCAR A LA IGLESIA CATÓLICA

Fue así como los Mannheim se pusieron en contacto con el padre Hughes, párroco de la iglesia católica más cercana. Al principio éste se limitó a darles agua bendita y unos cirios consagrados, remedios infalibles contra el demonio. Pero la botella con agua bendita explotó al entrar en el dormitorio de Robbie y las velas, al ser prendidas, lanzaron tales llamas que casi incendiaron la casa.

Entonces Hughes decidió visitar al chico. Al parecer, Robbie estaba en la cama, en estado de trance, y le recibió diciéndole en latín:

“Oh, sacerdote de Cristo, sabes que soy un demonio. ¿Por qué me molestas?”. 

Precisamente, según el Rituale Romanum, la capacidad de hablar o entender una lengua extranjera desconocida anteriormente por la persona es una de las características de la posesión, sobre todo si va unida a la exhibición de una fuerza sobrehumana, el conocimiento de hechos ocultos o futuros y una profunda aversión hacia lo sagrado que se manifiesta incluso hacia las medallas, cruces o reliquias ocultas.

Así que Hughes – tal y como indica el ritual – solicitó permiso para practicar un exorcismo al arzobispo de Washington, O’Boyle, quien, incomprensiblemente, se lo concedió.

Y es que en el Rituale se dice expresamente que

“el sacerdote designado para hacer un exorcismo, además de distinguirse por su piedad, prudencia y vida íntegra, debe ser inmune a cualquier ansia de engrandecimiento personal y no confiar en su poder sino en el divino, así como de edad madura y reverenciado no sólo por su cargo sino por sus cualidades morales”.

Características todas ellas que Hughes, a sus 29 años de edad, no había tenido tiempo de reunir. Tampoco siguió el joven párroco otra instrucción del ritual, a saber:

“Recurrir a un estudio profundo del asunto (…) examinando los autores aprobados y los casos producidos”.

Quizá por todo ello, aunque realizó una confesión general, ofreció misa y oraciones especiales e incluso ayunó, el exorcismo resultó trágico.

A finales de febrero, Robbie fue ingresado en el Georgetown Hospital, dirigido por jesuitas y atendido por monjas que guardaron el más absoluto secreto. Fue atado con correas a una cama y permaneció tumbado con los ojos cerrados, aparentemente tranquilo. Al entrar Hughes en la habitación, tocado con birrete negro, estola púrpura al cuello y con un reluciente aspersor de agua bendita, Robbie “despertó” y con voz perentoria le ordenó quitarse la cruz que llevaba oculta. Asimismo se dice que empezó a proferir juramentos en lengua semítica y aramea y en su pecho comenzaron a aparecer nuevos arañazos.

Hughes se arrodilló junto a la cama con el ritual en las manos, recitó la Letanía de los Santos en latín y luego el Padre Nuestro con el que comienzan las oraciones propias del exorcismo, pero al decir “Mas líbranos del mal”, Robbie logró desasir una de sus manos y aflojar una pieza del somier… La monja y el auxiliar presentes oyeron de pronto un alarido de Hughes… Robbie había rajado el brazo izquierdo del sacerdote desde el hombro hasta la muñeca. Alguien dijo que para cerrar la herida fueron necesarios más de 100 puntos. El exorcismo no prosiguió. Hughes sufrió una crisis nerviosa y abandonó Mount Rainier durante un tiempo.

JESUITAS EN ACCIÓN

Las murmuraciones de los vecinos, la desesperación o el hecho de que el cuerpo de Robbie empezara a actuar como un tablero ouija formando palabras con arañazos, fueron el detonante para que sus padres se trasladaran a St. Louis, donde tenían parientes. Allí, la familia pidió consejo al padre J. Bishop, profesor de teología.

Bishop habló con sus superiores y parece que la comunidad jesuita se hizo cargo del asunto. El 9 de marzo, éste visitó por primera vez a los Mannheim. Les interrogó sobre lo sucedido y realizó aspersiones con agua bendita por toda la casa. Especialmente en el dormitorio de Robbie, donde además practicó un exorcismo simple y colocó una reliquia de Santa Margarita sobre la almohada. Todo fue inútil. La reliquia salió disparada y rompió un espejo y el propio Bishop presenció el frenético movimiento de la cama de Robbie y los arañazos que aparecieron en su cuerpo.

Al día siguiente habló con el padre William S. Bowdern, jesuita de 52 años, responsable de la iglesia de San Javier y considerado como un hombre santo por quienes le conocían. Por indicación del arzobispo Ritter, habría de ser Bowdern quien llevara a cabo el exorcismo.

El 10 de marzo por la noche, Bishop y Bowdern hablaron con Robbie y rezaron el rosario con él. El niño parecía tranquilo, pero en cuanto le dejaron solo en su habitación volvió a gritar pidiendo ayuda. Poco después mostraba dos arañazos en forma de cruz en sus antebrazos, algo que no dejó de extrañar a los jesuitas que en secreto habían llevado una reliquia del antebrazo de san Javier. Los sacerdotes calmaron a Robbie y le bendijeron. Pero, en cuanto le abandonaron, Robbie sufrió una gran crisis durante la cual una biblioteca de 25 kilos se movió sola colocándose ante la puerta de su dormitorio. Su madre logró introducirse por una rendija en la habitación a tiempo para ver cómo el crucifijo y las reliquias que los sacerdotes le habían puesto se deslizaban solos por su cuerpo hasta quedar a los pies de la cama. Los muebles habían cambiado de sitio por sí mismos, el niño se retorcía de dolor debido a los arañazos y las sacudidas del colchón eran frenéticas. 

EL PADRE BOWDERN INICIA EL EXORCISMO

Tras haber ayunado, celebrado misa y hecho su confesión general, el 16 de marzo por la noche, Bowdern inició el exorcismo que habría de prolongarse en sucesivas sesiones hasta el 18 de abril.

Comenzó pidiendo al niño que hiciera un examen de conciencia. Luego fue en busca de toda la familia y de los otros sacerdotes: Bishop, que habría de escribir el diario, y Halloran, de 26 años, cuya fuerza era necesaria para sujetar al poseso.

Tras rociar con agua bendita la cama, que no dejaba de moverse, comenzó a leer las letanías del ritual.

Cuando dijo:

“Yo te ordeno, espíritu impuro, seas quien seas, junto con todos tus asociados que han tomado posesión de este siervo de Dios, que, por los misterios de la Encarnación, Pasión, Resurrección y Ascensión de nuestro Señor me digas mediante alguna señal tu nombre, el día y la hora de tu partida…”,

ronchones rojos y arañazos cruzaron la garganta, los muslos, el estómago, la espalda y el rostro de Robbie. En su pecho apareció la palabra hell (infierno), y había sangre suficiente para ser secada con un pañuelo. Sobre el escaso vello púbico del niño también se dibujó la letra X y la palabra go (ir). Bowdern interpretó que el demonio se iría en diez días a través de la orina o los excrementos. En lo primero se equivocó. En lo segundo no. Pues, en cada sesión de exorcismo, salían de Robbie grandes cantidades de orina maloliente.

A partir de ese día, la lucha contra el mal fue ganando la batalla. Durante otra sesión, al preguntar al demonio su nombre, se dibujó con arañazos sobre el pecho de Robbie la palabra spite (rencor). No obstante, durante el día Robbie era un muchacho normal, algo característico de los posesos.

Sólo durante los períodos de crisis, que a veces duraban horas y que, salvo en raras ocasiones, se presentaron siempre de noche, parecía ser otra persona. Chillaba, ladraba, reía diabólicamente, insultaba y maldecía al oír las plegarias o el nombre de Jesús. Y, al ir avanzando el exorcismo, comenzó a hablar con una voz profunda, ronca, y a volverse más violento. Gritaba obscenidades a los sacerdotes, les acusaba de terribles actos sexuales y les escupía. Su delgado cuerpo se arqueaba tanto que podía tocarse la cabeza con los dedos de los pies. Cantaba melodías que desconocía. Agitaba los brazos desesperadamente y, en cuanto se veía libre de ataduras, soltaba violentos puñetazos.

LA ÚLTIMA SEÑAL 

Robbie era luterano y el padre Bowdern decidió bautizarle para acogerle en el seno de la Iglesia Católica. Además, el bautismo es otra forma de exorcizar. Sin embargo, tras recibir este sacramento, se tornó más agresivo. La voz del demonio salía con más frecuencia durante las crisis, hablaba con más autoridad, y profería más obscenidades. Su rostro adquiría expresiones diabólicas y sus uñas, extraordinariamente largas, arañaban su pecho.

Conforme avanzaba la batalla, a los períodos de crisis se sucedían estados de calma en los que el chico proyectaba un aura siniestra que los exorcistas llaman “el roce de Satanás”. En cierta ocasión estuvo cuatro días muy tranquilo, pero era sólo otra treta del maligno que, “a veces, deja al cuerpo libre de molestias para hacer creer que ha sido expulsado”, señala el Rituale.

Finalmente, tras pasar por un verdadero calvario, durante el cual estuvo alojado en la rectoría de la Iglesia de San Javier, Robbie regresó en tren a Maryland y volvió de nuevo a Saint Louis. El niño fue ingresado a principios de abril en el hospital de los hermanos de los pobres.

LA ÚLTIMA BATALLA

El día 18 de ese mes, el padre Bowdern, consumido por el prolongado ayuno y la vigilia, se enfrentó a la que sería la última batalla. Robbie había comulgado ese día y los hermanos de los pobres habían puesto en su habitación una estatua del arcángel San Miguel venciendo al dragón.

Con el último amén del exorcismo la habitación pareció invadida de una calma absoluta y Robbie habló con una nueva voz, clara, autoritaria, rica y profunda:

“Satanás, Satanás, soy san Miguel y te ordeno a ti y a los otros espíritus malignos que abandonéis el cuerpo en nombre de Dominus, inmediatamente, ¡ahora, ahora, ahora!”.

Entonces, durante 7 u 8 minutos, Robbie se debatió entre violentísimas contorsiones. Luego, dijo con calma:

“Se ha ido”.

Miró a los sacerdotes y aseguró sentirse bien. Todos se felicitaron. Todos menos Bowdern, que ya no se fiaba del maligno y esperaba una señal característica del final exitoso del exorcismo. Robbie contó que había visto en sueños como el arcángel se había encarado con el diablo haciéndole retroceder hacia una cueva cerrada con barrotes en cuya entrada estaba la palabra spite. Cuando los demonios desaparecieron, notó como si algo tirara de su estómago. Luego se sintió relajado y feliz como no lo había estado desde el 15 de enero.

A la mañana siguiente comulgó en la capilla del hospital. Por la tarde durmió una larga siesta. Cuando despertó parecía no recordar nada de su penosa experiencia.

“¿Dónde estoy? ¿Qué ha ocurrido?”, preguntó.

En esos momentos, una explosión resonó en todo el hospital. Era la señal que Bowdern esperaba. Cuando Robbie salió del hospital, su habitación fue clausurada con llave. En el cajón de la mesilla permaneció el diario de Bishop hasta ser hallado en 1978.

EFECTOS POSTERIORES

Poco después de finalizar el exorcismo, durante una misa celebrada por Bowdern en la iglesia de San Francisco Javier, el ábside se iluminó y ante los asombrados jesuitas allí reunidos brilló por un instante la imagen de san Miguel, con una espada llameante en la mano.

La casa donde se iniciaron los hechos fue quemada durante un ejercicio de bomberos. Hoy tan sólo queda el solar, pero nadie quiere comprarlo.

A pesar de las amenazas de muerte prematura que el demonio hizo a los exorcistas, el padre Bowdern murió en 1983 con 86 años y Bishop en 1978 con 72. En cuanto a Robbie, su vida transcurrió con normalidad. Se casó y tuvo dos hijos.

No tuvieron tanta suerte algunas de las personas implicadas en el rodaje del film, William Friedkin, el director, recibió numerosas amenazas por parte de grupos satanistas. Cuatro miembros del equipo murieron en misteriosas circunstancias. La desaparición de objetos – incluidas varias cintas con escenas ya filmadas – era frecuente. En fin, tal cúmulo de desgracias que ha llevado a algunos a sugerir que sobre la película pesa una maldición.

domingo, 31 de agosto de 2014

Detalles del exorcismo real que dio origen a la película El Exorcista



agosto 30, 2014
El caso más famoso de posesión diabólica.

La película El Exorcista fue basada en un suceso real que vamos a detallarles. La película de 1973, se hizo sobre un guion escrito por William Peter Blatty basado en la novela homónima del propio Blatty, publicada en 1972 y que sólo en Estados Unidos llegó a vender cerca de trece millones de ejemplares. Relata los fatídicos hechos de la posesión diabólica de Regan MacNeil, una niña de doce años de edad, y del exorcismo al que más tarde fue sometida. El exorcismo real fue realizado en 1949 a un niño de 14 años a quien se le puso el nombre ficticio de Robbie Mannheim.





Blatty explicó que la historia tuvo inspiración en hechos verídicos en los cuales trabajó cuando él aún era estudiante universitario, acerca de informes sobre un exorcismo real ocurrido en la localidad de Mount Rainier, en el año 1949, y que fue informado por The Washington Post. A Robbie Mannheim, que sufrió alteraciones en su personalidad, se le practicaron varios exorcismos en un lapso de tres meses por sacerdotes católicos.

EL LIBRO EL EXORCISTA

William Peter Blatty, autor de El Exorcista, era un joven estudiante de literatura en la universidad jesuita de Georgetown (estado de Washington,EE UU) cuando, en agosto de 1949, leyó una noticia en el diario The Washington Post: “Un sacerdote libra a un joven de Mount Rainier de las garras del demonio”.

Veinticinco años después, tras investigar los hechos y cambiar – a petición del padre Bowdern, sacerdote que practicó aquel exorcismo – la identidad del protagonista, por la de una niña, escribió una novela de la que se vendieron trece millones de ejemplares.

Dos años más tarde la convirtió en el guión de la mítica película del mismo nombre. Según Blatty, Bowdern, obligado por el juramento de secreto a no hablar del exorcismo, le dijo únicamente:

“Puedo asegurar que el caso en que me vi implicado era auténtico”.

Robbie Mannheim es el seudónimo de un niño de 14 años de edad que vivía con su familia en Maryland, Estados Unidos, y que fue supuestamente poseído por un demonio en la década de 1940. El historiador Thomas B. Allen, quien escribió sobre el exorcismo de Mannheim, fue quien acuño el seudónimo, porque los testigos de la posesión real guardaban la verdadera identidad del chico. Se dice que Mannheim no recordó su supuesta posesión demoníaca y personas cercanas a él querían que continuara siendo así. Pero la historia sólo se conoce a través de otros testigos, más de 40 personas confirmaron haber presenciado la verdadera posesión de Mannheim.

EL MANUSCRITO QUE REVELA EL EXORCISMO

El arzobispado local ha eludido en diversas ocasiones la entrega de los documentos oficiales respecto a este caso, “por razones serias y validas” según sus propias palabras, pero nunca ha negado su existencia.

Hoy, sin embargo, conocemos todos los detalles gracias a Tomas B. Allen quien, cuarenta años después, consiguió que el padre Halloran – uno de los nueve jesuitas que asistieron a Bowdern – le facilitara un diario del exorcismo. Este escrito fue hallado en 1978, durante las obras del hospital de los hermanos de los pobres de Saint Louis, en una de cuyas habitaciones, clausurada hasta esa fecha, se produjo el exorcismo último y definitivo.

Se trata de veintiséis páginas mecanografiadas en las que se recogen los testimonios de 48 personas que asistieron a la víctima y contemplaron de cerca su endiablado estado.

Documento sobre la caso del exorcismo de 1949 se puede ver en pdf en ingles aquí.

EL MALIGNO SE MANIFIESTA

Todo empezó con el ruido de un suave goteo en casa de los Mannheim – los nombres son falsos –, en Mount Rainier (estado de Washington). Allí vivía Robbie, un chico de 13 años, con su abuela materna, su madre y su padre. El persistente sonido se inició un sábado por la noche. El niño y su abuela se hallaban solos y realizaron una gira por las habitaciones buscando el origen del ruido.

Al entrar en el dormitorio de la anciana, vieron que un cuadro en el que se representaba a Jesús estaba torcido y se movía como si alguien golpeara la pared tras él.

El goteo cesó para dar paso al chirrido de unos arañazos tras la pared, “como si una garra rascara la madera”. Los arañazos continuaron oyéndose durante once días. Comenzaban hacia las siete de la tarde y paraban a media noche.

Curiosamente, se detuvieron el día en que murió Harriet, una tía espiritista de Robbie, que había enseñado al muchacho a manejar el tablero ouija. A partir de aquel momento, Robbie pasaba horas enteras jugando con la ouija, intentando entrar en contacto con su querida tía difunta. Fuera ésta o no la causa de la posesión, el hecho es que los fenómenos paranormales comenzaron a producirse a su alrededor sin interrupción.

Al irse a dormir oía pasos junto a su cama y, durante el día, objetos y muebles pesados se deslizaban por el aire o se volcaban solos. Sus parientes podían ver girar vertiginosamente las sillas en que Robbie se sentaba. Él insistía en que no era culpa suya. Pero la fenomenología crecía y llegó a un punto de paroxismo la noche en que, para ahuyentar el miedo del chico, su abuela y su madre se acostaron con él. De pronto el colchón levitó y colcha y sábanas – completamente estiradas – se elevaron ante sus ojos como si algo invisible tirara de las esquinas.

LA CONSULTA A EXPERTOS

La familia consultó a médicos, psiquiatras y psicólogos, que declararon normal a Robbie. También a médiums que diagnosticaron una crisis de adolescente que pasaría a su tiempo. Pero Robbie ya no podía siquiera ir al colegio: su pupitre daba saltos y golpeaba los de los demás niños. Había comenzado a volverse hosco y reservado. Además, durante las noches tenía pesadillas en las que parecía hablar con alguien.

Sus padres se dirigieron a un sacerdote luterano llamado Schulze quien, creyendo estar ante un poltergeist, rezó por el muchacho. Pero, tras pasar una noche con él y ser testigo directo de la aterradora fenomenología que rodeaba a Robbie y, sobre todo, al aparecer el 26 de enero sobre el pecho del niño unos arañazos en forma de letra, “como si alguien los hubiera trazado desde dentro con un cuchillo”, Schulze comenzó a pensar que un poder maligno había invadido al muchacho.

Es sabido que la posesión demoníaca se manifiesta, progresivamente, de tres formas: infestación (el demonio actúa sobre la materia circundante y produce fenómenos telequinéticos de toda índole); obsesión (atormenta a la víctima sin hacerla perder el conocimiento pero de modo evidente); y posesión (invade el cuerpo de la persona y lo trata como propiedad suya).

Para Schulze, Robbie estaba a punto de pasar a la tercera fase, así que recomendó a la familia consultar a un sacerdote católico: “Ellos entienden de estas cosas”.

Y es que, mientras las iglesias luteranas no conceden ninguna credibilidad teológica a la existencia del demonio, la católica tiene una larga tradición de exorcismos que se remonta a los realizados por Jesús. Además, desde los comienzos de la Cristiandad, cuentan para practicarlos con un ritual que se formalizó en 1614 bajo el nombre de Rituale Romanum.

VAN A BUSCAR A LA IGLESIA CATÓLICA

Fue así como los Mannheim se pusieron en contacto con el padre Hughes, párroco de la iglesia católica más cercana. Al principio éste se limitó a darles agua bendita y unos cirios consagrados, remedios infalibles contra el demonio. Pero la botella con agua bendita explotó al entrar en el dormitorio de Robbie y las velas, al ser prendidas, lanzaron tales llamas que casi incendiaron la casa.

Entonces Hughes decidió visitar al chico. Al parecer, Robbie estaba en la cama, en estado de trance, y le recibió diciéndole en latín:

“Oh, sacerdote de Cristo, sabes que soy un demonio. ¿Por qué me molestas?”. 

Precisamente, según el Rituale Romanum, la capacidad de hablar o entender una lengua extranjera desconocida anteriormente por la persona es una de las características de la posesión, sobre todo si va unida a la exhibición de una fuerza sobrehumana, el conocimiento de hechos ocultos o futuros y una profunda aversión hacia lo sagrado que se manifiesta incluso hacia las medallas, cruces o reliquias ocultas.

Así que Hughes – tal y como indica el ritual – solicitó permiso para practicar un exorcismo al arzobispo de Washington, O’Boyle, quien, incomprensiblemente, se lo concedió.

Y es que en el Rituale se dice expresamente que

“el sacerdote designado para hacer un exorcismo, además de distinguirse por su piedad, prudencia y vida íntegra, debe ser inmune a cualquier ansia de engrandecimiento personal y no confiar en su poder sino en el divino, así como de edad madura y reverenciado no sólo por su cargo sino por sus cualidades morales”.

Características todas ellas que Hughes, a sus 29 años de edad, no había tenido tiempo de reunir. Tampoco siguió el joven párroco otra instrucción del ritual, a saber:

“Recurrir a un estudio profundo del asunto (…) examinando los autores aprobados y los casos producidos”.

Quizá por todo ello, aunque realizó una confesión general, ofreció misa y oraciones especiales e incluso ayunó, el exorcismo resultó trágico.

A finales de febrero, Robbie fue ingresado en el Georgetown Hospital, dirigido por jesuitas y atendido por monjas que guardaron el más absoluto secreto. Fue atado con correas a una cama y permaneció tumbado con los ojos cerrados, aparentemente tranquilo. Al entrar Hughes en la habitación, tocado con birrete negro, estola púrpura al cuello y con un reluciente aspersor de agua bendita, Robbie “despertó” y con voz perentoria le ordenó quitarse la cruz que llevaba oculta. Asimismo se dice que empezó a proferir juramentos en lengua semítica y aramea y en su pecho comenzaron a aparecer nuevos arañazos.

Hughes se arrodilló junto a la cama con el ritual en las manos, recitó la Letanía de los Santos en latín y luego el Padre Nuestro con el que comienzan las oraciones propias del exorcismo, pero al decir “Mas líbranos del mal”, Robbie logró desasir una de sus manos y aflojar una pieza del somier… La monja y el auxiliar presentes oyeron de pronto un alarido de Hughes… Robbie había rajado el brazo izquierdo del sacerdote desde el hombro hasta la muñeca. Alguien dijo que para cerrar la herida fueron necesarios más de 100 puntos. El exorcismo no prosiguió. Hughes sufrió una crisis nerviosa y abandonó Mount Rainier durante un tiempo.

JESUITAS EN ACCIÓN

Las murmuraciones de los vecinos, la desesperación o el hecho de que el cuerpo de Robbie empezara a actuar como un tablero ouija formando palabras con arañazos, fueron el detonante para que sus padres se trasladaran a St. Louis, donde tenían parientes. Allí, la familia pidió consejo al padre J. Bishop, profesor de teología.

Bishop habló con sus superiores y parece que la comunidad jesuita se hizo cargo del asunto. El 9 de marzo, éste visitó por primera vez a los Mannheim. Les interrogó sobre lo sucedido y realizó aspersiones con agua bendita por toda la casa. Especialmente en el dormitorio de Robbie, donde además practicó un exorcismo simple y colocó una reliquia de Santa Margarita sobre la almohada. Todo fue inútil. La reliquia salió disparada y rompió un espejo y el propio Bishop presenció el frenético movimiento de la cama de Robbie y los arañazos que aparecieron en su cuerpo.

Al día siguiente habló con el padre William S. Bowdern, jesuita de 52 años, responsable de la iglesia de San Javier y considerado como un hombre santo por quienes le conocían. Por indicación del arzobispo Ritter, habría de ser Bowdern quien llevara a cabo el exorcismo.

El 10 de marzo por la noche, Bishop y Bowdern hablaron con Robbie y rezaron el rosario con él. El niño parecía tranquilo, pero en cuanto le dejaron solo en su habitación volvió a gritar pidiendo ayuda. Poco después mostraba dos arañazos en forma de cruz en sus antebrazos, algo que no dejó de extrañar a los jesuitas que en secreto habían llevado una reliquia del antebrazo de san Javier. Los sacerdotes calmaron a Robbie y le bendijeron. Pero, en cuanto le abandonaron, Robbie sufrió una gran crisis durante la cual una biblioteca de 25 kilos se movió sola colocándose ante la puerta de su dormitorio. Su madre logró introducirse por una rendija en la habitación a tiempo para ver cómo el crucifijo y las reliquias que los sacerdotes le habían puesto se deslizaban solos por su cuerpo hasta quedar a los pies de la cama. Los muebles habían cambiado de sitio por sí mismos, el niño se retorcía de dolor debido a los arañazos y las sacudidas del colchón eran frenéticas. 

EL PADRE BOWDERN INICIA EL EXORCISMO

Tras haber ayunado, celebrado misa y hecho su confesión general, el 16 de marzo por la noche, Bowdern inició el exorcismo que habría de prolongarse en sucesivas sesiones hasta el 18 de abril.

Comenzó pidiendo al niño que hiciera un examen de conciencia. Luego fue en busca de toda la familia y de los otros sacerdotes: Bishop, que habría de escribir el diario, y Halloran, de 26 años, cuya fuerza era necesaria para sujetar al poseso.

Tras rociar con agua bendita la cama, que no dejaba de moverse, comenzó a leer las letanías del ritual.

Cuando dijo:

“Yo te ordeno, espíritu impuro, seas quien seas, junto con todos tus asociados que han tomado posesión de este siervo de Dios, que, por los misterios de la Encarnación, Pasión, Resurrección y Ascensión de nuestro Señor me digas mediante alguna señal tu nombre, el día y la hora de tu partida…”,

ronchones rojos y arañazos cruzaron la garganta, los muslos, el estómago, la espalda y el rostro de Robbie. En su pecho apareció la palabra hell (infierno), y había sangre suficiente para ser secada con un pañuelo. Sobre el escaso vello púbico del niño también se dibujó la letra X y la palabra go (ir). Bowdern interpretó que el demonio se iría en diez días a través de la orina o los excrementos. En lo primero se equivocó. En lo segundo no. Pues, en cada sesión de exorcismo, salían de Robbie grandes cantidades de orina maloliente.

A partir de ese día, la lucha contra el mal fue ganando la batalla. Durante otra sesión, al preguntar al demonio su nombre, se dibujó con arañazos sobre el pecho de Robbie la palabra spite (rencor). No obstante, durante el día Robbie era un muchacho normal, algo característico de los posesos.

Sólo durante los períodos de crisis, que a veces duraban horas y que, salvo en raras ocasiones, se presentaron siempre de noche, parecía ser otra persona. Chillaba, ladraba, reía diabólicamente, insultaba y maldecía al oír las plegarias o el nombre de Jesús. Y, al ir avanzando el exorcismo, comenzó a hablar con una voz profunda, ronca, y a volverse más violento. Gritaba obscenidades a los sacerdotes, les acusaba de terribles actos sexuales y les escupía. Su delgado cuerpo se arqueaba tanto que podía tocarse la cabeza con los dedos de los pies. Cantaba melodías que desconocía. Agitaba los brazos desesperadamente y, en cuanto se veía libre de ataduras, soltaba violentos puñetazos.

LA ÚLTIMA SEÑAL 

Robbie era luterano y el padre Bowdern decidió bautizarle para acogerle en el seno de la Iglesia Católica. Además, el bautismo es otra forma de exorcizar. Sin embargo, tras recibir este sacramento, se tornó más agresivo. La voz del demonio salía con más frecuencia durante las crisis, hablaba con más autoridad, y profería más obscenidades. Su rostro adquiría expresiones diabólicas y sus uñas, extraordinariamente largas, arañaban su pecho.

Conforme avanzaba la batalla, a los períodos de crisis se sucedían estados de calma en los que el chico proyectaba un aura siniestra que los exorcistas llaman “el roce de Satanás”. En cierta ocasión estuvo cuatro días muy tranquilo, pero era sólo otra treta del maligno que, “a veces, deja al cuerpo libre de molestias para hacer creer que ha sido expulsado”, señala el Rituale.

Finalmente, tras pasar por un verdadero calvario, durante el cual estuvo alojado en la rectoría de la Iglesia de San Javier, Robbie regresó en tren a Maryland y volvió de nuevo a Saint Louis. El niño fue ingresado a principios de abril en el hospital de los hermanos de los pobres.

LA ÚLTIMA BATALLA

El día 18 de ese mes, el padre Bowdern, consumido por el prolongado ayuno y la vigilia, se enfrentó a la que sería la última batalla. Robbie había comulgado ese día y los hermanos de los pobres habían puesto en su habitación una estatua del arcángel San Miguel venciendo al dragón.

Con el último amén del exorcismo la habitación pareció invadida de una calma absoluta y Robbie habló con una nueva voz, clara, autoritaria, rica y profunda:

“Satanás, Satanás, soy san Miguel y te ordeno a ti y a los otros espíritus malignos que abandonéis el cuerpo en nombre de Dominus, inmediatamente, ¡ahora, ahora, ahora!”.

Entonces, durante 7 u 8 minutos, Robbie se debatió entre violentísimas contorsiones. Luego, dijo con calma:

“Se ha ido”.

Miró a los sacerdotes y aseguró sentirse bien. Todos se felicitaron. Todos menos Bowdern, que ya no se fiaba del maligno y esperaba una señal característica del final exitoso del exorcismo. Robbie contó que había visto en sueños como el arcángel se había encarado con el diablo haciéndole retroceder hacia una cueva cerrada con barrotes en cuya entrada estaba la palabra spite. Cuando los demonios desaparecieron, notó como si algo tirara de su estómago. Luego se sintió relajado y feliz como no lo había estado desde el 15 de enero.

A la mañana siguiente comulgó en la capilla del hospital. Por la tarde durmió una larga siesta. Cuando despertó parecía no recordar nada de su penosa experiencia.

“¿Dónde estoy? ¿Qué ha ocurrido?”, preguntó.

En esos momentos, una explosión resonó en todo el hospital. Era la señal que Bowdern esperaba. Cuando Robbie salió del hospital, su habitación fue clausurada con llave. En el cajón de la mesilla permaneció el diario de Bishop hasta ser hallado en 1978.

EFECTOS POSTERIORES

Poco después de finalizar el exorcismo, durante una misa celebrada por Bowdern en la iglesia de San Francisco Javier, el ábside se iluminó y ante los asombrados jesuitas allí reunidos brilló por un instante la imagen de san Miguel, con una espada llameante en la mano.

La casa donde se iniciaron los hechos fue quemada durante un ejercicio de bomberos. Hoy tan sólo queda el solar, pero nadie quiere comprarlo.

A pesar de las amenazas de muerte prematura que el demonio hizo a los exorcistas, el padre Bowdern murió en 1983 con 86 años y Bishop en 1978 con 72. En cuanto a Robbie, su vida transcurrió con normalidad. Se casó y tuvo dos hijos.

No tuvieron tanta suerte algunas de las personas implicadas en el rodaje del film, William Friedkin, el director, recibió numerosas amenazas por parte de grupos satanistas. Cuatro miembros del equipo murieron en misteriosas circunstancias. La desaparición de objetos – incluidas varias cintas con escenas ya filmadas – era frecuente. En fin, tal cúmulo de desgracias que ha llevado a algunos a sugerir que sobre la película pesa una maldición.



Fuentes: Mundo Paranormal, KSDK, Signos de estos Tiempos

martes, 26 de noviembre de 2013

Culto al ídolo demoníaco "Santa Muerte" entre narcotraficantes provoca aumento de casos de posesión diabólica en México


Liliana tiene 23 años, estudia psicología en la universidad y lleva una vida más o menos común y corriente. Excepto que -según un sacerdote que le es cercano- tiene cuatro demonios que atormentan su alma. Esto porque, cuando va a una iglesia, Liliana a veces termina pareciéndose al personaje de Linda Blair en la emblemática película El Exorcista.

Gruñe, se sacude, habla en idiomas diferentes al castellano, grita o insulta al sacerdote. Una forma de actuar que, como pudo presenciar BBC Mundo, inquieta y genera escalofríos. Pero a la vez genera cierto escepticismo frente a lo que la Iglesia católica históricamente ha llamado posesión.


Esta es una realidad hoy en día en México: la demanda de exorcismos se ha disparado de tal manera que para muchos dentro de la Iglesia católica, el país está bajo ataque de Satanás, el demonio, El Maligno o simplemente el diablo.

Y esto, dicen, se evidencia principalmente en los más de 70 mil muertos que ha dejado la violencia relacionada al narcotráfico, desde que en 2006 el entonces presidente Felipe Calderón le declaró la guerra al crimen organizado y envió a efectivos militares a las regiones más conflictivas.

Pero no se trata únicamente de una asombrosa cifra de muertos más propias de un conflicto bélico. Para los clérigos, el demonio se expresa en lo cruda y sádica que ha sido la violencia.

HISTORIAS ESCALOFRIANTES

Un sacerdote me contó el caso de una mujer en Michoacán que solía hablar en voz alta de los narcos que había en su zona. La mujer vendía Pozole, una especie de sopa hecha a base de un tipo de maíz, a la que se le agregan pollo o cerdo como ingrediente secundario.

Un día unos hombres le encargaron un Pozole para una fiesta y le dijeron que ellos llevaban la carne para el platillo. Cuando le dieron la bolsa, ésta contenía al hijo de la mujer cortado en pedazos y un mensaje de que cerrase la boca.

Historias como esta abundan en México. Y han abundado en los últimos ocho años.

La Iglesia católica dice que tiene una explicación para lo que ha estado sucediendo.

"Detrás de todos estos enorme males hay un agente oscuro y su nombre es el demonio. Así como Adolfo Hitler era la encarnación del diablo, poseyéndolo y dirigiendo sus acciones, también creemos que el diablo está detrás de los carteles del narcotráfico", dice el padre Carlos Triana, quien dice contar con el aval del Arzobispado de México para impulsar más entrenamiento en exorcismo para los sacerdotes del país.

"El Señor quiere que establezcamos aquí un ministerio de exorcismo y liberaciones para justamente luchar contra el demonio", insiste Triana.

BBC Mundo intentó hablar del tema con el Arzobispado de México, pero no recibió respuesta. Aunque el Arzobispo ha inaugurado los más recientes congresos internacionales de exorcismo que se han celebrado cada año en México por casi 10 años.

SIN PRECEDENTES

Todos los exorcistas consultados para esta nota coinciden en que la abultada demanda que hay por sus servicios hoy en día no tiene precedentes.

Algunos ni siquiera están aceptando nuevos casos de personas que afirman estar poseídas o bajo la influencia del demonio, ya que prácticamente todos los días están exorcizando a alguien.

"Esto no lo veía yo antes", me cuenta el padre Francisco Bautista en una iglesia en el sur de Ciudad de México.

Bautista oficia una misa de los enfermos cada martes, a la que asisten no sólo personas con problemas físicos, sino también espirituales. Casos como el de Liliana, la joven que vimos retorcerse como posesa.

Muchos de los casos que atiende actualmente necesitan de la llamadas oraciones de liberación, una forma menor de exorcismo para personas que aún tienen cierto control de su cuerpo y alma.

"La posesión completa es algo que requiere de un exorcismo mayor, pero son caso más raros y que necesitan ser llevados ante un obispo", aclara.

El Vaticano exige a a sus exorcistas que antes de ejecutar una oración de liberación o un exorcismo confirmen si la persona sufre de algún tipo de enfermedad mental.

No obstante, la comunidad médica suele ver con descreimiento las llamadas posesiones.

"Hay dos escenarios que explican lo que es una posesión: el primero es la epilepsia, que hace que las personas tengan convulsiones y vomiten; y el segundo es la esquizofrenia, que tiene una explicación neuorológica y bioquímica, que hace que las personas tengan visiones, o vean imágenes que no existen, lo que las hace pensar que han visto al diablo", explica el psiquiatra Ismael Vásquez, quien ha atendido casos de personas que creen estar posesas.

"Para algunas personas que sufren de esto es más simple pensar en una posesión que en la explicación médica, pero el exorcismo no es necesariamente algo que les haga daño, más bien puede ayudar a calmar, darles contención; pero debe estar acompañado de medicación y supervisión médica", matiza el especialista en esquizofrenia.

PUERTA A LA MUERTE

Como muchos otros clérigos, el padre Francisco Bautista apunta al culto a la Santa Muerte como la razón detrás de lo que describe como la creciente presencia del demonio.

Se estima que la Santa Muerte, una calavera, vestida de novia o vestido largo, tiene unos ocho millones de seguidores, que le hacen peticiones de todo tipo. Por efectos de la migración de mexicanos, investigadores afirman que incluso ya tiene presencia en Centroamérica, Estados Unidos y Canadá.

Y en los últimos años lo que había sido un culto popular ha sido ampliamente adoptado por los sicarios de los carteles de la droga.

"Los narcotraficantes le piden favores y ayuda para evitar el arresto, a cambio ellos ofrecen sacrificios humanos. Esto ha incrementado la violencia en el país", asegura Bautista.

El sacerdote también dice que la legalización del aborto en 2007 en Ciudad de México contribuyó a que espíritus malignos se propagaran por el país.

"Ambas cosas están estrechamente relacionadas. Hay una infestación de demonios hoy en día en México, porque le hemos abierto la puerta a la muerte", asevera.

DEL SATANISMO AL NARCO

Cuando se inició el despliegue de tropas en las zonas controladas por el narco, en 2006, en muchos operativos se encontraron capillas y templos del crimen organizado dedicados a la Santa Muerte.

Este vínculo entre miembros del culto y los carteles de la droga luego fue documentado por la Procuraduría General de la República.

"Cuando el gobierno empezó a ver esto nos pidió como Iglesia ayudar en esta campaña para derrotar a los grupos criminales: ellos militarmente y nosotros a la Santa Muerte", le dice a BBC Mundo el padre Ernesto Caro.

Caro vive en Monterrey, una rica ciudad industrial cerca de la frontera con Estados Unidos y que ha sido escenario de parte de la peor violencia del narcotráfico. También se encuentra al lado del estado de Tamaulipas, considerado por muchos un lugar completamente bajo control del narco.

Este sacerdote y veterano exorcista es uno de los que con exorcismos y liberaciones está haciéndole frente al crimen organizado. Hay un caso reciente, que atendió en prisión, de un miembro de los carteles de la droga que era seguidor de Santa Muerte.

Ante el acercamiento del padre, el hombre empezó a manifestar todo tipo de expresiones de odio y rechazo, por lo que se procedió a hacerle un exorcismo, en el que confesó -según el padre- hechos difíciles de olvidar.

"Él estaba encargado de cortar en pedazos a las víctimas. Lo hacía mientras aún estaban vivas. Y decía que disfrutaba, verlos llorar. Ellos le decían '¡No lo hagas, no lo hagas!' y él simplemente se reía y 'chop, chop' (hace gesto de alguien cortando algo en el aire). A otros los quemaba. También vivos".

El padre Caro asegura que este hombre estaba poseso luego de haber sido consagrado a la Santa Muerte.

"El culto es el primer paso hacia el satanismo y de ahí al narco. Por eso fue escogido para hacer ese trabajo", explica.

¿PREJUICIO?

La Santa Muerte, sin embargo, no sólo es seguida por criminales, también por políticos, policías y hasta artistas de renombre, afirma el periodista José Gil Olmos, quien ya ha escrito dos libros sobre el culto.

"Pero la mayor presencia se observa en los estratos más pobres de la sociedad mexicana", le cuenta a BBC Mundo.

Según el escritor hay más indicios de que el culto comenzó en el siglo XVIII, y no en tiempos de los aztecas, como se suele repetir en México.

"Pero sus números crecieron en particular después de la crisis económica de los años 90, tras el llamado 'Efecto Tequila', cuando muchas personas de clase media terminaron en la miseria. Y en busca de esperanza terminaron en cultos como este", explica Gil Olmos.

En Ciudad de México se halla uno de los principales lugares de peregrinación de la Santa Muerte en México.

Está en el medio del barrio de Tepito, un lugar famoso por dos cosas: por ser cuna de famosos boxeadores e importante centro de distribución del narcotráfico.

Y ahora cada vez más, cada fin de mes, es conocido por los cientos de personas que acuden a darle gracias a la imagen de la Santa Muerte.

El santuario es mantenido por Enriqueta Romero, quien hace una década decidió hacer pública su adoración por la calavera y la puso en su ventana.

Sus vecinos primero se espantaron, luego se hicieron seguidores. Y a medida que se corrió la voz aumentó el número de personas que venían a visitarla.

Hoy en día su ventana es una estructura armada para recibir visitas a lo largo de un pasillo que permite llegar hasta la Santa y tocar el vidrio que la protege.

"Ella (la Santa Muerte) nos ama y nos cuida. La gente viene a verla para pedirle por un hijo en prisión o alguien con sida; o incluso para pedirle algo de comer", le dice Romero a BBC Mundo.

La ceremonia más importante del año es el 31 de octubre. La calavera es vestida de novia y viene gente de todo el país. Todos con figuras de la Santa Muerte, algunos llegan caminando sobre las rodillas, muchos con sendos tatuajes de "la flaca", "la niña", "la santita", como la llaman.

Es impresionante. Una mujer, en particular, se me quedó grabada. Estaba embarazada, parecía cerca a dar a luz. Venía, me dijo, a pedirle a la Muerte por la vida de su hijo que estaba por nacer.

En el lugar hay niños jugando, jóvenes inhalando pegamento o disolventes en tela, señoras vendiendo tacos y familias que vienen a pasar el día. También hay uno que otro personaje, que lo menos inspira temor: lentes oscuros, pelo corto, muchos tatuajes de lágrima cerca de los ojos, mirada escurridiza pero feroz.

La Iglesia llama "satánicas" a las personas que siguen este culto y las ven como candidatas a un exorcismo, pero, irónicamente, muchos de los que siguen a la Santa Muerte también se dicen católicos.

"Yo también creo en Dios, la Virgen y todos los santos; pero soy más devoto a la Muerte porque ella es la que más me ha ayudado", me dice José Roberto Jaimes, quien llegó caminando de rodillas a agradecerle a la calavera que acababa de salir vivo de tres años de prisión.

Las respuestas que obtengo de otras personas son similares.

"Antes me importaba lo que pensaba la Iglesia católica, pero ellos acabaron con nuestra fe con lo que hicieron los sacerdotes con las violaciones de niños. ¿Qué nos pueden criticar? ¿Que adoramos a la muerte? Eso no es malo, malo es lo que hicieron ellos", afirma Romero.

¿Y no le preocupa a Romero la vinculación entre la Santa Muerte y el narco?

"Estamos en un país libre, cada quien hace lo que quiera. Todos le tenemos que responder en algún momento a Dios".

MUERTE, NARCO, EXORCISMO

La relación entre la Santa Muerte y los carteles de la droga empezó hace unos ocho años, afirma el periodista Gil Olmos, quien además cubre temas de crimen organizado para la revista Proceso.

"Tiene mucha presencia de los jefes para abajo. Estas personas buscan a la Santa Muerte por que creen que ni Jesús ni la Virgen María los puede ayudar con lo que necesitan: protección de los soldados, la policía y sus enemigos", señala.

Ahora, en medio de la peor ola de violencia criminal que se haya registrado en la historia moderna de México, la Iglesia apela a exorcismos y liberaciones.

Los propios clérigos saben que achacarle al diablo la culpa de la narcoviolencia es algo difícil de digerir, porque hasta dentro de la Iglesia hay quienes sencillamente no creen en los exorcismos.

"No podemos salir en TV a decir 'miren, México se salvará si hacemos más exorcismo, porque el diablo está detrás de todo esto'", relata el padre Triana.

"Por eso hacemos nuestro trabajo de manera discreta. Sabemos que podemos ser ridiculizados hasta por nuestras propias congregaciones".

Miembros de una de las instituciones más importantes en México creen que a través del exorcismo se puede lograr la pacificación del país. ¿Es posible?

Una respuesta, parcial, a esta interrogante la encontré en Gil Olmos.

"Si necesitamos exorcismo no deberían ser efectuados en una sola persona; sea jefe del narco o un criminal. Lo que necesitamos, metafóricamente hablando, es un exorcismo masivo social que revise cómo estos demonios nos han poseído a tantos de nosotros, cómo se creó esta violencia. Ese demonio es el símbolo del dinero".

Vladimir Hernández
Enviado especial de BBC a México.
(extraído de: http://www.lanacion.com.ar/1642177-el-exorcismo-el-nuevo-recurso-para-combatir-la-narcoviolencia-en-mexico)