San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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lunes, 30 de diciembre de 2019

El infierno espera a los que callan pecados mortales en la confesión

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El sabio arzobispo de Florencia San Antonino refiere en sus escritos un hecho no menos terrible que el anterior (se refiere al terrible caso de Raymond Diocrés, 1084), y que hacia la mitad del siglo XV había asombrado a todo el Norte de Italia. Un joven de buena familia, que a los diez y seis o diez y siete años había tenido la desgracia de callar un pecado mortal en la confesión, y de comulgar en este estado, Habia ido dilatando de semana en semana y de mes en mes la penosa manifestación de sus sacrilegios, continuando, sin embargo, sus frecuentes confesiones y comuniones por un miserable respeto humano. Atormentado de remordimientos, pretendía acallarlos imponiéndose tan grandes penitencias, que le hacían pasar por un Santo.

   Pero como no lo consiguiese así tampoco, se resolvió a entrar en un convento. “Allí al menos, se decía, lo declararé todo y expiaré seriamente mis afrentosos pecados.” Más, por su desdicha, fué recibido como un Santo por los superiores, que ya le conocían de oídas, y con esto la vergüenza que sentía de aclarar sus graves pecados se sobrepuso una vez más. Dilató su confesión sincera para más adelante; redobló sus penitencias, y un año, dos años, tres años fué pasando en tan deplorable estado, sin atreverse jamás a revelar el peso horrible y vergonzoso que le abrumaba.

   Al fin una enfermedad grave vino, al parecer, a facilitarle el medio de descargar su conciencia. “Ahora voy, se dijo, a confesarlo todo de una vez; voy a hacer una confesión general antes de morir.” Pero sobreponiéndose aún entonces el amor propio al arrepentimiento, embrollo de tal manera la confesión de sus faltas, que el confesor no pudo entenderle. Quedóle todavía un vago deseo de volver sobre aquel asunto al día siguiente; pero le sobrevino un acceso de delirio, y desgraciadamente murió así.

   Los frailes, que ignoraban la horrorosa realidad, se decían unos á, otros: “Si éste no está en el cielo, ¿quién de nosotros podrá entrar allá?” Y hacían tocar a las manos del cadáver cruces, rosarios y medallas.

   El cuerpo fué llevado con cierta especie de veneración a la iglesia del monasterio, y quedó expuesto en el coro hasta la mañana del día siguiente, en que debían celebrarse sus funerales.

   Algunos momentos antes de la hora señalada para el entierro, uno de los frailes, encargado de tocar la campana, se encontró de repente cerca del altar con el difunto, rodeado de cadenas que parecían enrojecidas por el fuego, y mostrando en toda su persona ciertas señales de incandescencia.

   El pobre fraile, lleno de espanto, cayó de rodillas, fijos los ojos en la aterradora aparición; y entonces el réprobo le dijo: “No reguéis por mí: estoy en el infierno por toda la eternidad.” Y enseguida le contó la triste historia de su malhadada vergüenza y de sus sacrilegios, después de lo cual desapareció, dejando en la iglesia un olor infecto, como para atestiguar la verdad de todo lo que el fraile acababa de ver y de escuchar.

   Enterados del caso los superiores, hicieron llevar de allí el cadáver, juzgándole indigno de sepultura eclesiástica.


“EL INFIERNO”

SI LO HAY—QUE COSA SEA—COMO HUIR DE Él.

Por

MONS. DE SEGUR.
(http://sanmiguelarcangel-cor-ar.blogspot.com/2019/12/el-joven-religioso-de-san-antonino-por.html)

lunes, 3 de marzo de 2014

COMO REBATIR LAS 14 EXCUSAS MAS HABITUALES PARA NO CONFESARSE



Cuando se trata de acercarse al sacramento de la confesión es muy común escuchar algunos de los siguientes «motivos» para justificar su inutilidad o su inconveniencia. Estos son los 14 más habituales: 

1 ¿Quién es el señor cura para perdonar los pecados?
Sólo Dios puede perdonarlos Sabemos que el Señor les dio ese poder a los Apóstoles; además, ese argumento lo he leído antes… precisamente en el Evangelio: lo decían los fariseos, indignados, cuando Jesús perdonaba los pecados… (consúltese Mt 9, 1-8).

2 Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios
Genial … pero hay algunos «peros» que se tienen que considerar… ¿Cómo sabes que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchas alguna voz celestial que te lo confirma?
¿Cómo sabes que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás cuenta de que la cosa no es tan sencilla… Una persona que roba un banco y se niega a devolver el dinero, por más que se confiese directamente con Dios o con un sacerdote, si no tiene intención de reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser perdonada… porque ella misma no quiere «deshacerse» del pecado.
Por otro lado, este argumento no es nuevo: hace casi 1600 años, San Agustín replicaba a quien argumentaba del mismo modo: «Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: “Lo que atareis en la tierra, será atado en el Cielo”? ¿Acaso les fueron dadas a la Iglesia las llaves del Reino de los Cielos sin necesidad? Al proceder así, frustramos el Evangelio de Dios, hacemos inútil la palabra de Cristo».

3 ¿Por qué le voy a decir mis pecados a un hombre como yo?
Porque ese hombre no es un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar los pecados (el Sacramento del Orden). Esa es la razón por la que tienes que acudir a él.

4 ¿Por qué le voy a decir mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo? 
El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si es menos, igual o más pecador que tú…. No vas a confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque te puede dar la absolución, un poder que tiene por el Sacramento del Orden, y no por su bondad. Es una suerte -en realidad, una disposición de la sabiduría divina- que el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal del sacerdote, cosa que sería terrible, ya que uno nunca sabría quién sería suficientemente santo como para perdonar. Además, el hecho de que sea un hombre y que como tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en carne propia lo que es ser débil, te puede entender mejor.

5 Me da vergüenza
Es lógico, pero hay que superarla. Hay un hecho comprobado universalmente: cuanto más te cueste decir algo, tanto mayor será la paz interior que consigas después de decirlo. Y cuesta, precisamente, porque te confiesas poco; en cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superarás esa vergüenza.
Asímismo, no creas que eres tan original…. Lo que vas a decir, el sacerdote ya lo ha escuchado miles de veces. A estas alturas de la historia, es difícil creer que puedas inventar pecados nuevos.
Por último, no te olvides de lo que nos enseñó un gran santo: el Diablo quita la vergüenza para pecar, y la devuelve aumentada para pedir perdón. No caigas en su trampa.

6 Siempre me confieso de lo mismo 
Eso no es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha cometido, y es bastante lógico que nuestros defectos sean siempre más o menos los mismos. Sería terrible ir cambiando constantemente de defectos; además, cuando te bañas o lavas la ropa, no esperas que aparezcan manchas nuevas, que nunca antes habías tenido; la suciedad es más o menos siempre del mismo tipo. Para desear estar limpio basta con querer remover la mugre… independientemente de cuán original u ordinaria sea.

7 Siempre confieso los mismos pecados 
No es verdad que sean siempre los mismos pecados: son diferentes, aunque sean de la misma especie. Si yo insulto a mi madre diez veces, no se trata del mismo insulto, cada vez es uno distinto; así como no es lo mismo matar a una persona que a diez: si asesiné a diez no es el mismo pecado, sino diez asesinatos distintos. Los pecados anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón de los «nuevos», es decir, de los cometidos desde la última confesión.

8 Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados que confieso 
El desánimo puede hacer que pienses: «es lo mismo si me confieso o no, total, nada cambia, todo sigue igual». No es verdad. El hecho de que uno se ensucie, no hace concluir que es inútil bañarse. Alguien que se baña todos los días, se ensucia igual todos los días. Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre, y puede lucir limpio. Lo mismo pasa con la confesión. Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho de ir sacándose de encima los pecados hace que sea mejor. Es mejor pedir perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.

9 Sé que voy a volver a pecar, lo que muestra que no estoy arrepentido 
Depende… Lo único que Dios me pide es que esté arrepentido del pecado cometido y que ahora, en este momento, esté dispuesto a luchar por no volver a cometerlo. Nadie pide que empeñemos el futuro que ignoramos. ¿Qué va a pasar en quince días? No lo sé. Se me pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de rechazar el pecado. El futuro hay que dejarlo en las manos de Dios.

10 ¿Y si el confesor piensa mal de mí?
El sacerdote está para perdonar. Si pensara mal, sería un problema suyo del que tendría que confesarse. De hecho, siempre tiende a pensar bien: valora tu fe (sabe que si estás ahí contando tus pecados, no es por él, sino porque crees que él representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etcétera. Supongo que te darás cuenta de que sentarse a escuchar pecados, gratuitamente -sin ganar un peso-, durante horas, si no se hace por amor a las almas, no se hace. De ahí que, si te dedica tiempo, te escucha con atención, es porque quiere ayudarte y le importas. Aunque no te conozca te valora lo suficiente como para querer ayudarte a ir al Cielo.

11 ¿Y si el sacerdote después le cuenta a alguien mis pecados?
No te preocupes por eso. La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena más grande que existe en el Derecho Canónico -la excomunión- al sacerdote que se atreviera a decir algo que conoce por la confesión. De hecho hay mártires por el sigilo sacramental: sacerdotes que han muerto por no revelar el contenido de la confesión.

12 Me da pereza
Puede ser toda la verdad que quieras, pero no creo que sea un obstáculo verdadero, puesto que es bastante fácil de superar. Es como si uno dijese que hace un año que no se baña porque le da pereza…

13 No tengo tiempo
No creo que te creas que en los últimos meses no hayas tenido disponibles diez minutos para confesarte. ¿Te animarías a comparar cuántas horas de televisión has visto en ese tiempo? Multiplica el número de horas diarias que ves por el número de días.

14 No encuentro un padre 
Los sacerdotes no son una raza en extinción, hay miles de ellos. En el último de los casos, en las páginas amarillas, busca el teléfono de tu parroquia; si ignoras el nombre, busca por la diócesis, así será más sencillo. De este modo podrás saber, en tres minutos como máximo, el nombre de un padre con el que te puedes confesar, e incluso concertar una cita para que no tengas que esperar.

"Mantén tu alma limpia. Para ello acude al confesionario 2 veces al mes, así recibas a Jesús Sacramentado en Comunión de manera digna. Porque así como cuando uno limpia la casa, y la deja cerrada durante 20 días y vuelve y la encuentra con polvillo, así se ensucia nuestra alma con los pecados veniales, y mucho peor con los pecados mortales".

jueves, 15 de noviembre de 2012

El Magisterio de la Iglesia Católica y el infierno



EL INFIERNO ES EL TORMENTO ETERNO DE LOS QUE MUEREN SIN ARREPENTIRSE DE SUS PECADOS MORTALES (Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, 212).

El infierno es el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno. La existencia del infierno eterno es dogma de fe. Está definido en el Concilio IV de Letrán(982). Siguiendo las enseñanzas de Cristo , la Iglesia advierte a los fieles de la triste y lamentable realidad de la muerte eterna, llamada también infierno.
"Dios quiere que todos los hombres se salven"(983).
Pero el hombre puede decir no al plan salvador de Dios, y elegir el infierno viviendo de espaldas a Él. El pecado es obra del hombre, y el infierno es fruto del pecado. El infierno es la consecuencia de que un pecador ha muerto sin pedir perdón de sus pecados. Lo mismo que el suspenso de una asignatura es la consecuencia de que el estudiante no sabe.
Jesucristo habla en el Evangelio quince veces del infierno, y catorce veces dice que en el infierno hay fuego. Y en el Nuevo Testamento se dice veintitrés veces que hay fuego. Aunque este fuego es de características distintas del de la Tierra, pues atormenta los espíritus , Jesucristo no ha encontrado otra palabra que exprese mejor ese tormento del infierno, y por eso la repite. La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe dijo, el 17 de mayo de 1979, que "aunque la palabra "fuego" es sólo una "imagen", debe ser tratada con todo respeto".
En el infierno hay otro tormento que es el más terrible de todas las penas del infierno. Según San Juan Crisóstomo , es mil veces peor que el fuego(984).
San Agustín dice que no conocemos un tormento que se le pueda comparar(985).
Los teólogos lo llaman pena de daño. Es una angustia terrible, una especie de desesperación suprema que tortura al condenado, al ver que por su culpa perdió el cielo, no gozará de Dios y se ha condenado para siempre. La Biblia pone en boca del condenado un grito terrible: "Me he equivocado"(986).
Ahora, como no entendemos bien ni el cielo ni el infierno, no comprendemos esta pena, pero entonces veremos todo su horror.
No hay que confundir "el infierno" con "los infiernos" a los que fue Cristo después de morir.
Rezamos en el credo de los Apóstoles: "Descendió a los infiernos".
Aquí "los infiernos" se refiere al "lugar de los muertos", como se dice en el Canon IV de la Misa. Era el "Sheol" para los judíos. Allí fue Cristo a anunciarles la Redención. A la morada de los muertos también la llamamos "el limbo de los justos"(987).
Los Testigos de Jehová niegan la existencia del infierno basados en que Cristo , a veces, empleó la palabra "sheol" que significa tumba.
Pero la palabra "sheol" significa infierno en el sentido teológico, pues si las almas de los justos son librados por Dios del "sheol", éste no podemos considerarlo como domicilio común de todos los muertos. Pero la octrina católica sobre la existencia del infierno no se basa en palabras metafóricas que Cristo pudo emplear en alguna ocasión, sino en la doctrina que desarrolló repetidas veces en sus enseñanzas, tal como se contiene en el Evangelio.
99,2. El infierno es la negación del amor y el fracaso de nuestra libertad. El infierno es la condenación eterna. Es el fracaso definitivo del hombre. Aquel que, con plena conciencia de lo que hace, rechaza la palabra de Cristo y la salvación que le ofrece; o quien , luego de aceptarla, se comporta obstinadamente en contra de su ley; o aquel que vive en oposición con su conciencia: éstos tales no llegarán a su destino de bienaventuranza y quedarán, por desgracia suya, alejados de Dios para siempre.
Puede ser interesante mi vídeo "El infierno: fracaso definitivo".
A algunos, que no han estudiado a fondo la Religión, les parece que siendo Dios misericordioso no va a mandarnos a un castigo eterno. Sin embargo, que el infierno es eterno es dogma de fe(988).
Pero hemos de tener en cuenta que Dios no nos manda al infierno; somos nosotros los que libremente lo elegimos. Él ve con pena que nosotros le rechazamos a Él por el pecado; pero nos ha hecho libres y no quiere privarnos de la libertad que es consecuencia de la inteligencia que nos ha dado. Jesucristo nos enseñó clarísimamente la gran misericordia de Dios. Pero también nos dice que el infierno es eterno. Cristo afirmó la existencia de una pena eterna, entre otras veces, cuando habló del juicio final: "Dirá a los de la izquierda: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo"(989).
Y después añade que los malos "irán al suplicio eterno y los justos a la vida eterna"(990).
Es dogma de fe que existe un infierno eterno para los pecadores que mueran sin arrepentirse.
Aunque Dios es misericordioso, también es justo. Dice la Sagrada Escritura: "Tan grande como ha sido mi misericordia, será también mi justicia"(991).
Y su misericordia no puede oponerse a su justicia.
Como es misericordioso, perdona siempre al que se arrepiente de su pecado; pero como es justo, no puede perdonar al que no se arrepiente.
La justicia exige reparación del orden violado. Por lo tanto, el que libre y voluntariamente pecó y muere sin arrepentirse de su pecado, merece un castigo. Y este castigo ha de durar mientras no se repare la falta por el arrepentimiento; pues las faltas morales no se pueden reparar sin arrepentimiento. Sería una monstruosidad perdonar al que no quiere arrepentirse.
Dice Santo Tomás que Dios no puede perdonar al pecador sin que éste se arrepienta previamente(992).
Ahora bien, como la muerte pone fin a la vida, el arrepentimiento se hace ya imposible , porque después de la muerte ya no habrá posibilidad de arrepentirse(993).
Después de la muerte no se puede merecer nada: con la muerte se acaba el tiempo de merecer(994).
La falta del pecador que murió sin arrepentirse queda irreparada para siempre, luego para siempre ha de durar también el castigo.
En el infierno no es posible el arrepentimiento, lo mismo que en el cielo no es posible pecar. Los bienaventurados del cielo se sienten tan atraídos por el amor de Dios, que el atractivo del pecado les deja indiferentes.
Dios es infinitamente justo y no puede quedar indiferente ante las maldades que se hacen en este mundo. Cómo van a estar lo mismo en la otra vida, el asesino, el ladrón, el egoísta y el vicioso, que el honrado y caritativo con todo el mundo" Evidentemente tiene que haber un castigo para tanta injusticia, tanto crimen y tanta maldad como queda en este mundo sin castigo. El temor al infierno no es el mejor motivo para servir a Dios. Es mucho mejor servirle por amor, como a un Padre nuestro que es. Pero somos tan miserables que a veces no nos bastará el amor de Dios, y conviene que tengamos en cuenta el castigo eterno, porque es una realidad. Cristo nos lo avisa para que nos libremos de él.
Se oye decir de labios irresponsables: Hoy a la juventud no le interesa la religión del miedo o de las seguridades. Depende: tener miedo a cosas irreales es de idiotas; pero cerrar los ojos a los peligros reales es de imbéciles. Lo mismo: buscar seguridades ficticias es de idiotas; pero despreciar seguridades reales y preferir inseguridades, es de imbéciles.
El concepto de eternidad se opone al concepto de tiempo, que supone un antes y un después. La eternidad supone una duración ilimitada, una permanencia interminable. Una imagen que puede ayudar a entender la eternidad es un reloj pintado a las nueve en punto. Por mucho que esperemos, nunca señalará las nueve y cinco.
99,3. Debemos pedir a Dios muy a menudo que nos proteja en las necesidades de la vida. Dios tiene en su mano todos los acontecimientos de la vida y los gobierna con amorosa Providencia.
Dios está siempre presente en nuestras vidas. Nos ayuda y protege continuamente. Pero muchas personas sólo se acuerdan de Él cuando lo necesitan. Lo mismo pasa con el aire, que sólo nos acordamos de él cuando nos falta para respirar.
Sabemos que Dios es bueno y cuida de nosotros; aunque a veces no entendamos su Providencia.
Fiémonos de Él que está arriba y ve más. El que está en la cumbre señala mejor el camino de la subida que el que está abajo, que no ve que el camino que él cree mejor está cortado por un precipicio tras una peñas. El buen padre de familia quita a su hijo de botones para que aprenda un oficio. De momento deja de ganar unas pesetas; pero de botones sólo aprende a llevar cartas y a cerrar puertas, y cuando, por la edad, tenga que dejar el oficio, será un hombre inútil. Aprender un oficio es a la larga mucho mejor. Dios nos guía como un padre de familia a sus hijos.
El infierno existe, no porque lo quiera Dios, que no lo quiere; sino porque el hombre libre puede optar contra Dios. No es necesario que sea una acción explícita. Se puede negar a Dios implícitamente, con las obras de la vida. Si negamos la posibilidad del hombre para pecar, suprimimos la libertad del hombre. Si el hombre no es libre para decir NO a Dios, tampoco lo sería para decirle SI. La posibilidad de optar por Dios incluye la posibilidad de rechazarlo.
El gran misterio del infierno es que aunque Dios desea la salvación de todos los hombres, nosotros somos capaces de condenarnos. Dios nos ha creado libres y quiere que nos comportemos como tales. Negar la posibilidad de condenarnos es negar la libertad del hombre. Es anular al hombre. Afirmar que existe el infierno es tomar en serio la libertad del hombre. Dios ofrece la salvación, no la impone. El infierno es el respeto de Dios por tu última voluntad. Si tú libremente elegiste el pecado, mientras no te retractes, Dios te respeta. Y como con la muerte se acaba tu libertad, no cambiarás eternamente.
99,4. Se presenta el problema del mal.
El mal es un misterio que supera el entendimiento humano. Nos debe bastar el saber que Dios saca bienes de los males. Por ejemplo, para que el pecador reconozca su falta y se arrepienta; para que el justo expíe sus faltas en este mundo, gane así mayor gloria en el cielo, y dé buen ejemplo al prójimo con su paciencia; para que los hombres vivan más despegados de las cosas de la Tierra, porque esta vida es tiempo de prueba y no de premio, etc.
A veces, es difícil consolar a unos padres que han perdido a su niño angelical. Pero no podemos olvidar que Dios es padre amorosísimo, y no permite nada que no sea en bien nuestro. Dios conoce el futuro, y sabe si esa criatura angelical va a perseverar así o se va a torcer con gran daño para sí y para sus padres. Puede ser que la muerte angelical de ahora sería muy diferente el día de mañana.
Confiemos en que los planes de Dios son siempre para nuestro mayor bien.
Puede ser que en un caso concreto, no alcancemos a ver el bien que Dios saca de ese mal. Pero ya nos dice San Pablo que para los que aman a Dios, todo coopera en su bien.
Dios en su infinita Sabiduría subordina un bien inferior a un bien superior, el bien material al espiritual, el físico al moral, el profano al religioso, el terreno al celestial; porque no estamos hechos para la tierra sino para el cielo, no para el tiempo sino para la eternidad.
Sin negar el problema del mal, vamos a dar algunas ideas aclaratorias.
Mal es la carencia de un bien debido. Para la piedra no es un mal el no poder ver, pero sí lo sería para mí. En cambio para mí no es mal no tener alas, pero sí lo sería para un águila. Por eso dice Santo Tomás que el mal no es cualquier carencia de un bien, sino la carencia de un bien propio de una determinada criatura.
El único mal absoluto es el infierno: Todos los demás males son relativos: para unos sí, y para otros no; en un sentido sí y en otro no. Un terremoto puede ser un mal para mí, que en él he perdido mi casa y algunos seres queridos; pero no lo es para la Tierra que ha conseguido más estabilidad en su masa. Una enfermedad es un mal para mí en el sentido de que me hace sufrir, pero puede ser un bien si con ella me santifico y merezco más para el cielo.
En el hombre el mal físico produce dolor, y el mal moral es producido por el pecado. El mal físico es consecuencia de las leyes de la Naturaleza. El mal moral es consecuencia del mal uso de la libertad humana. Para evitar el mal moral, Dios tendría que quitar la libertad al hombre. Todo hombre libre es capaz de pecar. Y un hombre sin libertad dejaría de ser hombre. La libertad para ser bueno o ser malo es lo que hace meritorio ser bueno. Y hacer méritos para la vida eterna, es para lo que Dios nos ha puesto en la Tierra. Dice San Pablo : "Sabemos que Dios hace converger todas las cosas para el bien de aquellos que le aman"(995).
Si Dios impidiera al hombre hacer el mal, violentaría su libertad.
Dios tiene sus razones para permitir el mal. A nosotros nos basta con saber que Dios tiene Providencia, aunque desconozcamos sus caminos. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna.
Evidentemente que Dios pudo haber hecho un mundo con otras leyes físicas. Pero todo mundo imaginable es perfectible. Para no poder ser superado hay que ser Dios, que es el único ser Omniperfecto. Dios ha pensado que este mundo es suficientemente bueno para que en él viva el hombre, y gane la gloria eterna que es el fin para el cual ha sido creado.
Pero, sobre todo, la respuesta al dolor es Cristo , que quiso pasarlo primero para animarnos a sufrir. Como la madre que prueba primero la sopa delante del niño, que no quiere comer, para animarle. El sufrimiento humano, individual o colectivo, a veces sólo tiene una respuesta: Cristo crucificado.
La Redención de la humanidad se ha hecho por el dolor. Por eso muchos santos han amado el dolor. El calvario se ha convertido en la meta ideal, según aquello de San Pablo que "no quería gloriarse de otra cosa que no fuera la cruz de Cristo"(996).
Y por extraña paradoja, el sufrir por amor a Cristo es una fuente inefable de consuelo. También lo dijo San Pablo : "Sobreabundó de gozo en medio de mis tribulaciones"(997).
Y es que el sacrificio realizado por amor pierde toda su dureza.
Incluso se convierte en alegría cuando se ama de verdad. Y además, la esperanza de la gloria. El dolor pasará, las tribulaciones se acabarán, el sufrimiento se extinguirá para siempre. Y todo ello quedará substituido por una sublime e incomparable gloria que no terminará jamás. Por eso dice San Pablo : "qué tienen que ver las amarguras y tribulaciones de la tierra si las comparamos con la inmensa gloria que nos aguarda en la eternidad""(998).
El cristiano no permanece pasivo ante el dolor propio o ajeno, y procura prevenirlo con todos los medios lícitos de que dispone. (...)
Cuando los recursos humanos se han venido abajo, cuando la CIENCIA Y EL AMOR SE HAN DECLARADO IMPOTENTES, EL CRISTIANO TIENE TODAVÍA un refugio. Para él, el cielo no está vacío. En él vive un Dios bueno,sabio y omnipotente del cual dependen todos los acontecimientos de la vida y todos los fenómenos del universo. Un Dios que conoce nuestras miserias y oye nuestras voces de auxilio, y puede, si le parece bien, socorrernos y consolarnos.
Y cuando la oración no es oída enseguida, el cristiano no se desanima.(...) Sabe aceptar con serena resignación los designios inescrutables de Dios, que es el más amoroso de los padres.
99,5. Todas las cosas tienen pros y contras. La electricidad nos trae muchos bienes (iluminación, telecomunicación, motores, etc.); pero también puede provocar un incendio por cortocircuito y matar por electrocución. A pesar de los peligros que supone la electricidad no por eso dejas de poner en tu casa instalación eléctrica. El mundo que Dios ha hecho tiene muchas cosas buenas, pero a veces ocurren adversidades y contratiempos. Son consecuencias de que el mundo es un ser en evolución. La dinámica de la evolución provoca contrastes y conflictos. A veces ocurren cosas que no comprendemos. Pero es absurdo querer entender a Dios al modo humano. Es como si un animal quisiera entender las ideas filosóficas humanas: es imposible. Es lógico que el hombre no entienda a veces el proceder de Dios. A nosotros nos basta saber que Dios es Padre, y permite el sufrimiento para nuestro bien. Lo mismo que una madre le pone a su hijo una inyección que éste necesita, aunque le duela. Dios deja actuar las leyes de la naturaleza y la libertad de los hombres, y no los mueve como el jugador de ajedrez las piezas.
Sin embargo, ha de ser un consuelo para nosotros saber que en igualdad de circunstancias, en el cielo gozan más, los que más han sufrido en este mundo con cristiana resignación. Es consolador saber que el sufrir pasa, pero el premio de haber sufrido por amor a Dios durará eternamente. En el cielo bendeciremos a Dios por aquellos sufrimientos que nos han merecido tanta gloria eterna.
No nos engañemos con el aparente triunfo de algunos malos. En primer lugar, porque el triunfo del malo se limita a esta vida, donde la experiencia enseña que no se da triunfo completo y libre de mal. Pero, sobre todo, porque el que peca es un fracasado para la eternidad, que es donde el fracaso es completo e irremediable. El único que triunfa es quien se salva.


(982) - DENZINGER: Magisterio de la Iglesia, nº 428ss.y 531. Ed. Herder. Barcelona
(983) - SAN PABLO:Primera Carta a Timoteo, 2:4
(984) - SAN JUAN CRISÓSTOMO: Homilía in Mat. XXlll, 7s. MIGNE:
Patrología griega, 47,290ss.
(985) - SAN AGUSTÍN: Ciudad de Dios, XX, 22; XXl, 9s. MIGNE:
Patrología latina, 40,285.
(986) - Libro de la Sabiduría, 5:6
(987) - Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº
(988) - Cardenal RATZINGER: Escatología, lll, 7, 1. Ed. Herder.
(989) - Evangelio de San Mateo, 25:41
(990) - Evangelio de San Mateo, 25: 46
(991) - Eclesiástico, 16:12s
(992) - SANTO TOMÁS: Summa Theologica, III
(993) - CÁNDIDO POZO, S.I.: Teología del más allá, 3ª, Vll, 3. Ed.
(994) - DENZINGER: Magisterio de la Iglesia, nº 778. Ed. Herder.
(995) - SAN PABLO: Carta a los Romanos, 8:28
(996) - SAN PABLO: Carta a los Gálatas, 6:14
(997) - SAN PABLO: Segunda Carta a los Corintios, 7:14
(998) - SAN PABLO: Segunda Carta a los Corintios, 4:17