San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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lunes, 6 de marzo de 2023

La aparición del Anticristo

 


La aparición del Anticristo 060423[1]

          Aparece una imagen de un cristo, envuelto en luz; es una luz opaca, mortecina, apagada, pero es luz. El cristo de la imagen aparenta estar vivo. A primera vista parece una imagen hermosa, pero al mirarlo con detenimiento, crece el horror, que es tanto más intenso, cuanto más se lo mira. Su mirada es vacía, dura, arrogante, desafiante, arrogante. No es la mirada serena, que transmite paz, del Cristo de la Divina Misericordia. Los cabellos del cristo empiezan a agitarse, como cuando hay viento, pero no es cabello: son serpientes, larvas de gusanos, arañas, alacranes, insectos de todo tipo, que entran y salen de la falsa cabellera. Lo mismo en la barba del cristo; aquí, al acercar la mirada, se ve además que está formada por serpientes, y entre las serpientes, se esconden demonios. En la falsa aureola, se esconden espectros, fantasmas, demonios. De pronto, la luz mortecina se apaga, dando paso a la oscuridad, que envuelve y absorbe el rostro del cristo, para luego regurgitarlo. Cuando aparece de nuevo, el rostro está horriblemente deformado y afeado: los ojos son dos cuencas vacías y negras, como las de un esqueleto; la falsa cabellera se agita fuertemente; la totalidad del rostro se deforma y se mueve constantemente, transmitiendo un horror imposible de describir. Se escuchan alaridos, gritos de desesperación, aullidos de dolor. Entonces dice: “Yo soy el que no-soy; yo soy el que era y no será más; yo soy el Anticristo y vengo por ustedes. Yo soy el Falso Mesías y es a mí a quien deben adorar y no al Impostor. Vengo a buscarlos, para arrastrarlos a las profundidades más oscuras del Abismo. Yo vengo para abolir el pecado, sin quitarlo, a diferencia del Impostor, que sí les quitaba sus pecados; yo vengo para suprimir el Sacrificio del altar, para que ya no tengáis la Sangre que sí os quita vuestros pecados. Yo soy el Falso Cordero, que quita sin quitar vuestros pecados; por mí llegarán a mi padre, el Ángel caído. Yo exacerbaré vuestras pasiones más depravadas para que por ellas seáis arrastrados al lugar donde no hay redención. Si al Impostor lo seguíais por amor, de mí quisierais escapar por el terror. Vengo para conduciros a mi padre, Satán. Me precede el Falso Profeta, que preparó el camino para mi llegada con la falsa doctrina de la apostasía. Yo soy el Anticristo”.



[1]             La siguiente reflexión está basada en dos elementos principalmente: la Doctrina Católica acerca del Anticristo (numeral 675 del Catecismo de la Iglesia Católica: La última prueba de la Iglesia, 675: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el "misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne” (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22) y las imágenes del Anticristo retratadas por la Inteligencia Artificial (IA).


jueves, 27 de diciembre de 2018

En el Infierno las almas se acusan especialmente de los pecados de impureza



Detalle del Juicio Final en la Catedral de Florencia


“Mientras estaba en aquel abismo, he visto precipitarse personas impuras y no se pueden decir ni comprender los horrendos rugidos que salían de sus bocas: “¡Maldición eterna! ¡Me he engañado! ¡Estoy perdida! ¡Permaneceré aquí para siempre! ¡Para siempre! ¡Para siempre! ¡Y ya no hay más remedio… maldita de mí!”. Una jovencita gritaba desesperadamente, imprecando contra las malas satisfacciones que había concedido en vida a su cuerpo y maldecía a sus padres que le habían dado demasiada libertad en el seguir la moda y las diversiones mundanas. Estaba condenada desde hacía tres meses”.
(Sor Josefa Menéndez)

miércoles, 15 de enero de 2014

La Sagrada Escritura revela la realidad de la posesión demoníaca

Y abordaron a la tierra de los Gerasenos, que está enfrente de la Galilea. Y luego que saltó en tierra fue a El un hombre que tenía el demonio hacía largo tiempo, y no vestía ropa ninguna, ni habitaba su casa, sino en los sepulcros. Este, luego que vio a Jesús, se postró delante de El, y exclamando en alta voz, dijo: "¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús Hijo del Dios Altísimo? Ruégote que no me atormentes". Pues mandaba al espíritu inmundo que saliese del hombre, que agitaba con violencia mucho tiempo hacía. Y aunque le tenían encerrado y atado con cadenas y con grillos, rompía las prisiones y era llevado por el demonio a los desiertos. Y Jesús le preguntó, diciendo: "¿Qué nombre tienes tú?" Y él respondió: "Legión": porque habían entrado en él muchos demonios. Y le rogaron, que no les mandase ir al abismo. Andaba allí una grande piara de cerdos paciendo en el monte, y le rogaban que les permitiese entrar en ellos. Y se lo permitió. Salieron, pues, los demonios del hombre y entraron en los cerdos, y luego los cerdos se arrojaron por un despeñadero impetuosamente en el lago y se ahogaron. Cuando esto vieron los pastores, huyeron y lo dijeron en la ciudad y por las granjas. Y salieron a ver lo que había sido, y vieron a Jesús, y hallaron sentado al hombre de quien habían salido los demonios, que estaba vestido, y en su juicio, a los pies de El y temieron. Y les contaron, los que lo habían visto, cómo había sido librado de la legión. Y le rogó toda la gente del territorio de los Gerasenos que se retirase de ellos, porque tenían grande miedo, y El subió en el barco y se volvió. Y el hombre de quien habían salido los demonios, le rogaba por estar con El. Mas Jesús le despidió, diciendo: "Vuelve a tu casa, y cuenta cuán grande merced ha hecho Dios contigo". Y fue diciendo por toda la ciudad cuánto bien le había hecho Jesús. (Lc8. 26-39)

Crisostomo.
Navegando el Salvador con sus discípulos, llegó al puerto. Y por esto dice: "Y navegaron a la tierra de los gerasenos, que está enfrente de la Galilea".

Tito Bostrense in Mat.
Los ejemplares más correctos no dicen ni gerasenos ni gádaros, sino gergesenos; en efecto, Gádara es una ciudad que hay en la Judea; no hay junto a ella lago ni mar alguno. Gerasa es una ciudad de la Arabia, que tampoco tiene lago ni mar. Pero Gérgesa, de donde proceden los gergesenos, es una ciudad antigua junto al lago de Tiberíades, cerca de la cual hay una roca próxima al lago, donde se muestra el lugar por el que los demonios precipitaron a los puercos. Sin embargo, como Gerasa y Gádara confinan con la tierra de los gergesenos, es verosímil que los puercos hubieran sido llevados desde el territorio de los primeros a los de éstos.

Beda.
Gerasa es una ciudad insigne de la Arabia a la otra parte del Jordán situada en la falda del monte Galaad, que ocupó la tribu de Manasés, no lejos del lago de Tiberíades, en el que fueron sumergidos los puercos.

Crisóstomo in Mat. hom. 29.
Habiendo salido el Señor del mar, le ocurrió otro milagro más terrible; pues un endemoniado, como un siervo en presencia de su Señor, confesó delante de El su sujeción. De donde sigue: "Y luego que saltó en tierra fue a El un hombre", etc.

San Agustín de cons Evang. 2, 24.
Aunque San Mateo dice que fueron dos endemoniados y San Marcos y San Lucas hacen mención solo de uno, debe entenderse que uno de ellos fue persona más considerable y conocida, a quien toda aquella comarca compadecía más, y por cuya curación rogaba mucho. Queriendo los dos Evangelistas dar esto a conocer, creyeron oportuno hacer mención de este suceso cuya fama se había extendido mucho y de una manera evidente.

Crisóstomo ut sup.
Acaso San Lucas escogió el más furioso de aquellos dos endemoniados. Por eso cuenta más tristemente su infortunio, cuando añade: "Y no vestía ropa alguna, ni habitaba en casa, sino en los sepulcros", etc. Los demonios frecuentan los sepulcros de los muertos para inspirar a los hombres doctrinas peligrosas, a saber, que las almas de los muertos se hacen demonios.

San Cirilo.
Como andaba desnudo por los sepulcros de los muertos, representaba la fiereza de los demonios. Dios permite, pues, que algunos estén sometidos a los demonios, para que conozcamos lo que éstos son respecto de nosotros y evitemos someternos a ellos, escarmentando muchos con el ejemplo de uno.


Crisóstomo ut sup.
Como los pueblos le confesaban un hombre, vinieron los demonios a publicar su divinidad, que el mar apaciguándose había proclamado también. Por esto sigue: "Este, luego que vio a Jesús, se postró delante de El, y exclamó en alta voz", etc.

San Cirilo.
Nótese aquí el temor, unido al atrevimiento y a una desesperación grande. El signo de la desesperación diabólica consiste en atreverse a decir: "¿Qué hay entre tú y yo, Jesús, Hijo del Altísimo?". Y de temor, cuando ruega diciendo: "Ruégote que no me atormentes". Pero si has conocido que es el Hijo de Dios Altísimo, confiesas también que es Dios del cielo y de la tierra y de todas las cosas que en ellos se contienen. ¿Cómo, pues, usurpas lo que no es tuyo sino suyo, y dices: "¿Qué hay entre ti y mí?". ¿Y quién de los reyes de la tierra podrá permitir que los súbditos de su imperio sean mortificados por los bárbaros? Por esto sigue: "Porque mandaba al espíritu inmundo que saliese del hombre". Y manifestaba la necesidad de este precepto, añadiendo: "Porque mucho tiempo había que le atormentaba", etc.

Crisóstomo ut sup.
De aquí que como ninguno se atrevía a sujetar al endemoniado, el mismo Jesucristo se acercó a él hablándole.

Prosigue: "Y Jesucristo preguntó y le dijo: ¿Qué nombre tienes tú?"

Beda.
No le preguntó esto como ignorando su nombre, sino para que confesase la malicia que encerraba y brillase mejor la virtud del que curaba. También los sacerdotes de nuestra época, que pueden arrojar a los demonios en virtud del exorcismo, suelen decir a los poseídos que no pueden curarse sino después de haberse confesado claramente de todo lo que han sufrido de los espíritus inmundos, ya velando, ya durmiendo; sobre todo cuando tratan de introducirse entre varios al cuerpo humano y lo logran. De donde aquí se añade la confesión: "Y respondió, diciendo: Legión, porque habían entrado en él muchos demonios".

San Gregorio Niceno.
Imitando los demonios las milicias celestes y las legiones de los ángeles, se llaman algunas veces legiones, así como su jefe decía que pondría su trono sobre los astros para hacerse semejante al Altísimo.

Crisóstomo ut sup.
Después que Jesucristo vino al mundo, perturbaban a los demonios a las criaturas de Dios, creyendo, por la importancia de los acontecimientos que sucedían, que no debía tardar el tiempo de su humillación, y como no podían confesar su culpa, instaban para que no se les impusiese la pena. Por esto sigue: "Y le rogaban que no les mandase ir al abismo".

Teofilacto.
Esto lo pedían los demonios, queriendo habitar en el hombre todavía.

San Cirilo.
Aquí nos hace ver que las tropas enemigas de la Majestad Divina eran arrojadas al infierno por el poder inefable del Salvador.

Máximo.
Dios ha establecido ya una pena acomodada a la naturaleza de cada pecado. El fuego del infierno para el ardor de la carne; el rechinar de dientes para la risa lasciva; la sed intolerable para la voluptuosidad y la crápula; el gusano que siempre roe para el corazón torcido y maligno; las tinieblas perpetuas para la ignorancia y el engaño; la profundidad del abismo para la soberbia. Por esto el abismo está destinado a los demonios soberbios.

Prosigue: "Andaba allí una gran piara de cerdos", etc.

San Agustín de cons. Evang. 2, 24.
San Marcos dijo que esta piara estaba cerca del monte, y San Lucas que estaba en el monte, y en ello no hay contradicción. La piara de cerdos era tan grande, que parte de ellos estaba en el monte y parte cerca del monte; eran como unos dos mil puercos, según dice San Marcos (Mc 5)

San Ambrosio.
Los demonios no podían resistir el resplandor de la luz celestial, como los que tienen enferma la vista no pueden tolerar los rayos solares.

San Cirilo.
Por eso la multitud de aquellos espíritus inmundos pidió introducirse en el rebaño de aquellos puercos inmundos, semejantes a ellos. Prosigue, pues: "Y le rogaban que les permitiese entrar en ellos".

San Atanasio in vita antonii.
Si los demonios no tienen poder sobre los puercos, mucho menos pueden tenerlo sobre los hombres formados a imagen de Dios. Conviene, pues, temer sólo a Dios y despreciar los demonios.

San Cirilo.
El Señor, pues, les concedió lo que pedían para que entre otras cosas fuese un motivo de felicidad, de esperanza y de valor para nosotros. Prosigue: "Y se lo permitió". Conviene, pues, considerar que los demonios son malos y que ofenden a los que les están subordinados. Puede conocerse esto en el mero hecho de haber precipitado a los puercos y haberlos ahogado en las aguas. De donde sigue: "Salieron, pues, los demonios del hombre y entraron en los cerdos, y el rebaño se arrojó con ímpetu por un despeñadero en el lago", etc. Jesucristo concedió esto a los que se lo pedían, para que se conozca por medio de este suceso cuán crueles eran. También era necesario demostrar que el Hijo de Dios no tiene menos poder que el Padre en todas las cosas, para que aparezca igual resplandor en ambos.

Tito Bostrense.
Los pastores huyeron precipitadamente, temerosos de sucumbir con los puercos. Por esto sigue: "Cuando esto vieron los pastores, huyeron y lo dijeron en la ciudad y por las granjas", y sembraron este temor entre aquellos habitantes. El perjuicio que habían experimentado, los llevó a ver al Salvador. Prosigue: "Y salieron a ver lo que había sucedido, y vinieron a Jesús". En lo cual debemos considerar que cuando Dios castiga a los hombres en las cosas materiales, hace beneficios a sus almas. Y habiendo venido, vieron curado a aquel a quien los demonios maltrataban. Prosigue: "Y hallaron sentado al hombre, de quien habían salido los demonios, que estaba vestido (porque antes estaba desnudo), y teniendo ya su juicio sano, estaba sentado a sus pies ". No se separaba de los pies de Aquel que lo había curado, y así a la vista de aquel signo admiraron el remedio del mal y se llenaron de asombro por lo que había sucedido. Sigue pues: "Y temieron". Esto lo vieron en parte por sus propios ojos y en parte lo habían oído de palabra. Sigue: "Y les contaron los que lo habían visto, cómo había sido librado de la legión". Convenía, pues, que ellos rogasen al Señor que no se marchase de allí, para que defendiese aquella región y evitase que los demonios volviesen a entrar en ella. Pero por el temor perdieron su propia felicidad, rogando al Salvador que se marchase.

Prosigue: "Y le rogó toda la multitud del territorio de los gerasenos que se retirase de ellos; porque tenían grande miedo".

Teofilacto.
Ellos temían que les sobreviniese un nuevo daño, como les había sucedido en la sumersión de los puercos.

Crisóstomo ut sup.
Veamos aquí la humildad del Señor. Después que les ha concedido tan grandes beneficios, lo despiden, y no se opone, sino que se marcha, dejando a aquellos que se habían declarado indignos de su doctrina.

Prosigue: "Y El subió al barco y se volvió".

Tito Bostrense.
Pero cuando El se marchaba, aquel que había estado poseído del demonio no se separaba del Salvador. Sigue pues: "Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba que le dejase estar con El".

Teofilacto.
Así, el que fue curado, temía que, al alejarse Jesús, podría otra vez caer en poder de los demonios. Pero el Señor le manifestó que, aunque no estuviese con él personalmente, lo podía proteger con su gracia. Sigue pues: "Mas Jesús le despidió, y le dijo: Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grande merced ha hecho Dios contigo". No dijo, pues, cuánto he hecho contigo, enseñándole a ser humilde, para que nosotros dirijamos a Dios todas nuestras buenas acciones.

Tito Bostrense.
Y en ello no peca contra la ley de la verdad, porque lo que hace el Hijo, lo hace el Padre. Mas ¿por qué el que antes decía a todos los que libraba que no se lo dijeren a nadie, después de haber librado de la legión a este hombre, le dice: "Cuenta cuán grande merced ha hecho Dios contigo"? Porque toda aquella región ignoraba a Dios y daba culto a los demonios. O mejor, cuando refiere un milagro al eterno Padre, dice: "Cuenta"; pero cuando habla de sí mismo, manda que no se diga a nadie. Mas aquel que había sido librado de los demonios, había conocido que Jesús era Dios, y por eso publicó todo lo que Jesús había hecho con él. Sigue pues: "Y fue diciendo por toda la ciudad", etc.

Crisóstomo ut sup.
Y así al abandonar a todos aquellos que se habían manifestado indignos de su celestial doctrina, les dejó, como maestro, al que El había librado de los demonios.

Beda.
Gerasa representa las naciones de los gentiles, hablando en sentido espiritual, a quienes el Señor visitó después de su pasión y resurrección por medio de sus predicadores. Por esto Gerasa o Gergesa como algunos leen, significa arrojar al habitante, esto es, al diablo, por quien había sido ocupada antes; o también forasteros que se acercan y que antes estaban lejos.

San Ambrosio.
Aún cuando no hay conformidad respecto del número de los curados por Jesucristo entre San Lucas y San Mateo, sin embargo, están conformes en el misterio. Pues del mismo modo que éste, que tenía el demonio, es figura del pueblo gentil; del mismo modo también los dos eran figura de dos pueblos gentiles porque, aunque Noé engendró tres hijos, Sem, Cam y Jafet, sola la familia de Sem fue llamada a la posesión de Dios, y de los otros dos salieron los pueblos de diversas naciones. El pueblo tenía desde mucho tiempo el demonio, puesto que desde el diluvio hasta la venida del Señor era cruelmente atormentado. Estaba también desnudo, porque había perdido el manto de su naturaleza y de la virtud.

San Agustín, de quaest. evang. 2, 13.
No habitaba en la casa, esto es, no descansaba en su conciencia; residía en los sepulcros, porque se gozaba en las obras muertas (esto es, en los pecados)

San Ambrosio.
¿O qué son los cuerpos de los malos, sino ciertos sepulcros, en donde no mora la palabra de Dios?

San Agustín ut sup.
Los grillos y las cadenas de hierro que ligaban sus miembros, representan las leyes duras y pesadas de los gentiles, que reprimen también el crimen en sus repúblicas. Que, rotos tales vínculos, era llevado por los demonios al desierto, significa que, traspasadas también aquellas leyes, era llevado por la pasión a tales crímenes que ya excedían la costumbre vulgar. La legión de demonios que había en él es figura de los gentiles, que adoraban a muchos demonios. Y el permiso que se concedió a los demonios para que entrasen en los cuerpos de los puercos, que pacían en el monte, representa a los hombres inmundos y soberbios, a quienes domina el diablo por medio del culto de los ídolos.

San Ambrosio.
Son puercos todos aquellos que, parecidos a animales inmundos, privados de razón y de la palabra, manchan el brillo de sus virtudes naturales con los actos impuros de su vida.

San Agustín ut sup.
Fueron precipitados en el lago para significar que la Iglesia está ya purificada y que, librado el pueblo gentil de la dominación de los demonios, los que no quisieron creer en Cristo, sumergidos en una ciega y profunda necedad, se van a los abismos a celebrar sus ritos sacrílegos.

San Ambrosio.
Se precipitan con ímpetu, porque no son retenidos por la consideración de ningún mérito; sino que como arrojados de lo alto por la pendiente de la iniquidad, perecen ahogados en las olas de este mundo. Ni puede haber comercio vital de espíritu alguno en aquellos que son llevados de aquí para allá por las agitadas olas de la voluptuosidad. Vemos, pues, que el hombre es el autor de su desgracia; porque si no viviese como los puercos, nunca el demonio recibiría poder sobre él; y si le recibiera, no sería para perderle sino para probarle. Y acaso el demonio que, después de la venida del Señor, no puede seducir a los buenos, no busca ya la ruina de todos los hombres, sino tan sólo la de los más débiles, así como el ladrón no ataca a los armados, sino a los inermes. Los pastores de aquellos, rebaños apenas, vieron esto huyeron. Ni los filósofos, ni los príncipes de la sinagoga pueden traer remedio a los pueblos que perecen. Sólo Jesucristo es quien puede librar a los pueblos del pecado.

San Agustín ut sup.
O los pastores de los puercos, que huyendo anunciaron todo esto, representan ciertos jefes de los impíos que, aunque no observan la ley del cristianismo admiran, sin embargo, y anuncian con asombro su poder entre los gentiles. Los gerasenos que, conociendo lo que había pasado, sobrecogidos de espanto, ruegan a Jesús que se aleje de ellos, representan a la multitud encenegada en sus inveteradas pasiones, que honra la ley cristiana, pero que no quiere abrazarla, diciendo que no la puede cumplir, admirando, no obstante, al pueblo fiel, curado en su perdido estado antiguo.

San Ambrosio.
O la ciudad de los gerasenos representa la sinagoga, que le rogaba se alejase, porque era grande su temor; pues el espíritu enfermo no comprende la palabra de Dios, ni puede resistir el peso de la sabiduría. Y por lo tanto el Señor no molestó por más tiempo, sino que subió de las cosas inferiores a las superiores; esto es, de la sinagoga a la Iglesia. Se volvió por el lago, porque ninguno pasa sin peligro de condenación de la Iglesia a la sinagoga; mas el que quiera pasar de la sinagoga a la Iglesia, que lleve su cruz para evitar el peligro.

San Agustín ut sup.
Por aquel hombre curado, que quería permanecer con Cristo, y a quien se dice: "Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grande merced ha hecho Dios contigo", hay que entender que cada uno, después del perdón de los pecados, debe volver a entrar en la buena conciencia como en una casa y servir al Evangelio para la salvación de los demás a fin de descansar un día con Cristo, no sea que, queriendo estar con El antes de tiempo, descuide el ministerio de la predicación, acomodado a la salvación de sus hermanos.
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fuente: Catena Aurea Sto Tomás

jueves, 12 de diciembre de 2013

Santos en el Infierno


Ana Catalina Emmerich

“Vi [ ... ] al Salvador acercarse, severo, al centro del abismo. El infierno se me apareció como una enorme caverna oscura, apenas iluminada por una luz tenue de brillo casi metálico. En la entrada se destacaban enormes puertas negras con cerraduras y cerrojos incandescentes. Los gritos de terror se elevaban sin cesar desde ese abismo tenebroso en el cual, de repente , se hundieron las puertas. Así pude ver un mundo horrible de desolación y oscuridad.
El infierno es una prisión de ira eterna, donde luchan los seres enfurecidos y desesperados. Mientras que en el cielo se disfruta de la alegría y se adora al Todopoderoso en jardines llenos de flores y frutas deliciosas que comunican la vida, en el infierno por el contrario se habita en mazmorras cavernosos, y se ven horribles desiertos e inmensos lagos llenos de monstruos espantosos que provocan un miedo horrible. Allí dentro hierve la discordia eterna y terrible de los condenados. En el cielo en cambio reina la unión de los Santos eternamente felices. El infierno, por el contrario, encierra cuanto el mundo produce de corrupción y de error; allí impera el dolor y se sufren por lo tanto suplicios en una indefinida variedad de manifestaciones y penas. Cada condenado tiene siempre presente este pensamiento: que los tormentos que padece, son el fruto natural y justo de sus fechorías.
Todo lo que se siente y ve de horrible en el infierno es la esencia, la forma interior del pecado descubierto, de aquella serpiente venenosa que devora a los que la cobijaron en su seno durante la prueba mortal. Todo esto se puede entender cuando uno se ve, pero no se puede expresar en palabras.
Cuando los ángeles, que escoltaban a Jesús, derribaron las puertas del infierno, se elevó como un torbellino de maldiciones , insultos, gritos y lamentos. Algunos ángeles habían arrojado más allá a una cantidad enorme de demonios, que deberían haber reconocido y adorado al Redentor. Esto constituía su mayor suplicio. Muchos de ellos fueron entonces encarcelados dentro de una esfera, que contenía muchos círculos concéntricos.
En el centro del infierno se hundía un abismo tenebroso, donde había sido precipitado Lucifer encadenado, el cual estaba inmerso en vapores oscuros. Todo sucedió según determinados arcanos divinos. Supe que Lucifer debía ser desencadenado durante algún tiempo, cincuenta o sesenta años antes del año 2000 después de Cristo, si no me equivoco. Algunos demonios en cambio deben ser soltados antes de esa época para castigar y exterminar a los mundanos. Algunos de ellos fueron desencadenados en nuestros días, otros lo serán pronto. Mientras escribo, veo ante mis ojos escenas del infierno tan horripilantes, que su sola visión me podría hacer morir”.



Sor Josefa Menéndez, mística perteneciente a la Sociedad del Sagrado Corazón, tuvo un carisma particular: Dios le permitió experimentar el infierno para que diera testimonio de su existencia, especialmente en este momento en el que es fuertemente rechazado. He aquí su experiencia: “En un instante estaba en el infierno, pero sin ser arrastrada como en otras ocasiones, tal como caen los condenados. El alma se precipita desde sí misma, se arroja como si deseara desaparecer de la vista de Dios, para poderlo odiar y maldecir. El alma se dejó caer en un abismo, del cual no se podía ver el fondo, que era inmenso [ ... ] .
He visto el infierno como siempre: cuevas y fuego. Aunque no se ven formas corporales, los tormentos destrozan a los condenados como si los cuerpos estuvieran presentes, y las almas se reconocen. Me sumergí dentro de un nicho de fuego y aplastada como entre placas candentes y como si hierros y picos encendidos se introdujeran en mi cuerpo. He sentido como si se quisiera –aunque sin lograrlo- arrancarme la lengua, lo que me reducía al extremo, con un dolor insoportable. Los ojos parecían salir de órbita, creo que a causa del fuego que los quemaba horriblemente. No se puede mover un dedo para buscar alivio, ni cambiar de posición; el cuerpo está como comprimido. Las oídos están aturdidos por los gritos confusos, que no cesan ni por un momento. Un olor repugnante y nauseabundo asfixia e invade todo, como si se quemase carne en putrefacción con brea y azufre. Todo esto lo he experimentado como en otras ocasiones, y aunque estos son terribles tormentos, serían nada si el alma no sufriera. Pero el alma sufre de una manera indescriptible. He visto algunas de estas almas condenadas rugir por el tormento eterno que saben que deben sufrir, especialmente en las manos. Creo que han robado, porque dijeron: “¿Dónde está ahora aquello que habías tomado? ¡Malditas manos!”. Otras almas acusaban a su propia lengua, los ojos... Cada alma acusaba a lo que había sido causa del pecado: “¡Bien pagadas están las delicias que te concedía, oh cuerpo mío…!”.
“Y eres tú, cuerpo, el que lo ha querido! (…) Por un instante de placer, una eternidad de dolor!”. Me parece que en el infierno las almas se acusan especialmente de pecados de impureza. Mientras estaba en aquel abismo, he visto precipitarse a los mundanos y no se puede decir ni comprender los gritos y rugidos que emitían: “¡Maldición eterna! ¡Me engañé! ¡Estoy perdido! ¡Estoy aquí para siempre , para siempre y ya no hay más remedio! ¡Maldita sea mi alma!”. Una niña gritaba desesperadamente, maldiciendo contra las malas satisfacciones otorgadas al cuerpo y maldecía también a los padres, que le habían dado demasiada libertad para seguir la moda y las diversiones mundanas. Estaba condenada desde hacía  tres meses. Todo esto que he escrito - concluye Sor Josefa Menéndez - no es sino “una sombra en comparación con lo que se sufre en el infierno”.


 Beata María Serafina Micheli
 (el encuentro con Lutero)
Lutero había dicho que “ni siquiera los ángeles podrían desafiar su doctrina”, lo cual es “Vanidad de vanidades”, como dice la Biblia.
En 1883, Sor María Serafina Micheli (1849-1911), beatificada el 28 de mayo de 2011, se encontraba de paso en Eisleben, Sajonia, ciudad natal de Lutero, con motivo del centenario de su nacimiento. Encontrando una Iglesia cerrada, comenzó a rezar en las escaleras, pero un ángel le advirtió que era una iglesia luterana protestante y le hizo ver a Lutero en el infierno, con sus padecimientos. Así cuenta la historia: mientras rezaba el ángel de la guarda se le apareció y le dijo: “Levántate, porque esta es una iglesia protestante”. Luego añadió: “Quiero que veas el lugar donde fue condenado a Martín Lutero y el castigo que sufre en castigo de su orgullo”.
 “Después de estas palabras vi una horrible vorágine de fuego, en la cual eran horriblemente atormentadas un incalculable número de almas. En el fondo de esta vorágine había un hombre, Martín Lutero, que se distinguía de los otros: estaba rodeado por demonios que lo obligaban a estar de rodillas y todos, munidos de martillos, se esforzaban, pero en vano, en clavarle un clavo en la cabeza.
La hermana pensaba: “Si la gente viera esta escena dramática, con toda seguridad no le tributaría honores, recuerdos, conmemoraciones y festejos a tal personaje”. Más tarde, cuando se presentó la oportunidad, recordaba a sus hermanas en religión el vivir en la humildad y escondidas a los ojos del mundo. Estaba convencida de que Martín Lutero fue castigado en el infierno, especialmente a causa del primer pecado capital, el orgullo.
¡Atención! Con esto no queremos erigirnos en jueces de Lutero, no sabemos si está o no en el infierno. La pedagogía de Dios va más allá de la curiosidad que a menudo nos anima, y no es este –la curiosidad vana- el mensaje que Dios quiere darnos a través de sus santos, sino el evitar aquello que puede condenar nuestras almas, el pecado mortal.
Decimos con el salmista: “Señor, mi corazón no es soberbio ni altivos mis ojos, no estoy en busca de grandes cosas, más allá de mis fuerzas” (Sal 130).
Ofrecemos a Dios nuestra “nada”: la incapacidad, las dificultades, el desánimo, la desilusión, las incomprensiones, las tentaciones, las caídas y la amargura de todos los días. Más bien nos reconocemos pecadores, necesitados de su misericordia. Jesús, precisamente porque somos pecadores, nos pide que abramos el corazón y nos dejemos amarnos por Él.

 San Juan Bosco
San Juan Bosco: conducido por su ángel de la guarda hacia el valle de las sombras...
San Juan Bosco tuvo una visión del infierno que él contó así a los jóvenes: “Me encontré con mi guía (el Ángel de la Guarda) en el fondo de un precipicio que terminaba en un valle oscuro. En ese momento aparece un inmenso edificio, que tenía una puerta altísima, cerrada. Tocamos el fondo del precipicio, un calor sofocante me oprimía, un humo espeso, casi verde, se levantaba sobre los murallones del edificio, junto con llamas sanguinosas. Le pregunté: “¿Dónde estamos?”. “Lee –me dijo mi guía- la inscripción en la puerta”. Había algo escrito que decía: “Ubi non est redemptio!”, es decir, “¡Donde no hay redención!”.
Mientras tanto, vi caer en ese abismo [ ... ] primero un joven, después otro, y todavía otro más; todos tenían escrito en la frente su propio pecado. Exclamó el guía: “Esta es la causa principal de estos condenaciones: los malos compañeros, los malos libros y los hábitos perversos”.
Los infelices eran jóvenes conocidos por mí. Le pregunté: “Pero entonces es inútil que se trabaje con los jóvenes, si tantos terminan así?”. ¿Cómo impedir tanta ruina?”. “Aquellos que has visto, todavía están vivos, pero ésta es su situación actual y si muriesen, ¡vendrían aquí sin duda!”.
Después entramos en el edificio, se corría con la velocidad del rayo. Leí esta inscripción: “¡Ibunt ignem impía en Aeternum!”, es decir: “¡Los impíos irán al fuego eterno!”. “¡Ven conmigo!”, agregó el guía. Me tomó de la mano y me llevó a una puerta, que se abrió. Se me presentó a la vista una especie de caverna inmensa, llena de fuego; aquel fuego sobrepasaba los miles y miles de grados de calor.
No puedo describir esta cueva en toda su espantosa realidad . Mientras tanto, de repente, vi a los jóvenes caer en la caverna de fuego. El guía dijo: “La transgresión del sexto mandamiento es la causa de la ruina eterna de muchos jóvenes”. “Pero si han pecado, sin embargo se han confesado”. “Ellos confesaron sus pecados, pero los pecados contra la virtud de la pureza los han confesado mal o los han callado”. Por ejemplo, uno había cometido cuatro o cinco de estos pecados, pero él dijo que sólo dos o tres. Hay quienes han cometido uno en la infancia y han tenido siempre vergüenza de confesarlo, o lo confesaron mal y no dijeron nada. Otros no tuvieron dolor ni propósito de enmienda; otros, en vez de hacer un examen de conciencia, estudiaban maneras de engañar al confesor. Y quien muere con esa resolución, elige ser del número de los réprobos y así será por toda la eternidad [ ... ].
“Y ahora, ¿quieres ver porqué la misericordia de Dios que te ha traído hasta aquí?”. El ángel levantó un velo y vi un grupo de jóvenes de este Oratorio, a quienes yo conocía a todos, condenados por este delito. Entre ellos estaban los que aparentemente poseen un buen comportamiento. Continuó el ángel: “¡Predica por todas partes contra la inmodestia!”. Luego hablamos por cerca de media hora sobre las condiciones necesarias para hacer una buena confesión y concluyó: “¡Cambiar de vida, cambiar de vida!”. Ahora -añadió el amigo- que has visto los tormentos de los condenados, es necesario que pruebes tú también un poco de infierno!”. Habiendo salido del horrible edificio, el guía me agarró la mano y me hizo tocar la última pared externa; dí un grito [...]. Terminada la visión, me di cuenta de que mi mano estaba hinchada y por una semana estuve vendado”.

María de Santa Cecilia romana
Sor María de Santa Cecilia Romana: esta beata también tuvo la oportunidad de ver el lugar al que nunca querríamos ir.
La Beata Sor Mary S. Cecilia Romana (Dina Belanger , Quebec , Canadá , 30 de abril 1897 - Sillery , Quebec , Septiembre 4, 1929), beatificada el 20 de marzo de 1993, llegó a las alturas de la vida mística en su breve vida terrena. A los 4 años fue fuertemente impresionado por el diablo y el infierno, viendo a los demonios en movimiento constante y agitado. Entendió entonces que el pecado es una sugestión diabólica.
En su autobiografía, escrita bajo obediencia, habla como si viviera una experiencia aterradora del diablo y el infierno. Esta es la historia de un encuentro con el Señor el 07 de abril de 1927: “Desde el 20 de marzo, la enfermedad me obliga a estar en cama. Esta mañana, antes de la comunión, el Señor me ha presentado el tema de mis consideraciones para estos dos días, es decir, “el dolor infligido a su Corazón agonizante a causa de la inutilidad de sus sufrimientos para un gran número de almas”. “En el momento de la comunión me ha dado su cáliz bendito. Durante la acción de gracias me mostró, en espíritu, a aquellos que, por millones y millones, corrían hacia la perdición eterna, seguiendo a Satanás. Y Él, el Salvador, rodeado de un pequeño número de almas fieles, estaba sufriendo, pero en vano, por todos aquellos pecadores. Su corazón veía caer, de a miles de ellos, en el infierno. En este punto le dije: “Jesús mío, de parte tuya, tu redención fue completa; pero entonces ¿qué puede faltar, desde el momento en que tantas almas se pierden?”. Él respondió: “La razón es que las almas piadosas no se asocian suficientemente a mis sufrimientos”.


 Verónica Giuliani


Santa Verónica Giuliani describe la repulsión que le dan las almas condenadas.
Santa Verónica Giuliani (27 de diciembre 1660 - 9 de julio 1727) vivió en el monasterio de las Clarisas de Città di Castello, y narra así sus visiones del infierno: “Me pareció que el Señor me hacía ver un lugar oscurísimo; pero en el que igualmente había un incendio como si se tratara de un gran horno. Había llamas y fuego, pero no se podía ver la luz; sentí gritos y ruidos, pero no podía ver nada; salía hedor y humo horribles, pero no hay , en esta vida, algo con lo que se puede comparar.
En este punto, Dios me dió una comunicación acerca de la ingratitud de las criaturas, y de cómo aborrece este pecado. Y aquí se me mostró todo flagelado, azotado, coronado de espinas, con una pesada cruz en el hombro.
Entonces me dijo: “Mira y ve bien este lugar que nunca terminará. Está, para el tormento, mi justicia y mi desprecio riguroso”.
Mientras tanto, me pareció oír un ruido fuerte. Aparecieron muchos demonios: todos, con cadenas, sostenían animales de diversas especies. Estas bestias, repentinamente, se convirtieron en criaturas (hombres), pero tan espantosas y horribles, que me daban más terror que los mismos demonios. Yo estaba temblando de pies a cabeza, y me quería acercar adonde estaba el Señor. Pero a pesar de que había poco espacio, nunca pude acercarme más. El Señor estaba chorreando sangre, y estaba bajo aquel grave pesado. ¡Oh Dios! Querría haber recoger su Sangre y tomar la Cruz. En un instante, aquellas criaturas se convirtieron, una vez más, en forma de animales y, a continuación, todos fueron precipitados en aquel lugar oscurísimo, y mientras eran precipitados, maldecían a Dios y a los santos.
Me pareció que el Señor me hiciese entender que aquel lugar era el infierno y que esas eran almas muertas y, por el pecado, se habían convertido en bestias; entre ellos había también religiosos […].
Y yo tenía delante mío todos mis pecados [ ... ]. Sentía un incendio de fuego, pero no podía ver las llamas; sentía alguno que soplaba sobre mí, pero no veía a nadie. De repente, sentí como una llama de fuego que venía hacia mí, y yo sentía que me golpeaban, pero no veía nada. ¡Oh! ¡Qué pena! ¡Qué tormento! No puedo describirlo, e incluso el solo recordarlo, me hace temblar. Al final, en tanta oscuridad, me pareció ver un poco de luz como por el aire. Poco a poco, se dilató y agrandó. Me parecía que me librara de estas penas, pero no veía nada”.
Otra visión del infierno es del 17 de enero de 1716. La santa narra que en ese día fue transportada por algunos ángeles al infierno: “En las profundidades del abismo vi un trono monstruoso, hecha de demonios aterradores. En el centro había una silla formada por los jefes del abismo. Satanás se sentaba encima en su horror indescriptible y desde allí observaba a todos los condenados. Los ángeles me dijeron que la visión de Satanás constituye el tormento del infierno, así como la visión de Dios constituye el deleite del Paraíso. Mientras tanto, me di cuenta que el silencio almohadón de la silla era Judas y otras almas desesperadas como él. Le pregunté a los ángeles si quiénes eran aquellas almas y tuve esta terrible respuesta: “Ellos eran prelados religiosos y dignatarios de la Iglesia”. Y en ese abismo, vio precipitar una lluvia de almas. Y una voz grita: “Siempre será así. Siempre, siempre, siempre”. Verónica es conducida ante la presencia de Lucifer. El tiene a su alrededor a las almas que más gracias recibieron del cielo, pero que nada hicieron por Dios, por su gloria; y los tiene bajo sus pies, como una almohada, golpeando continuamente las almas de aquellos que faltaron a sus votos”. “¡Vete fuera, intrusa, que aumentas nuestros tormentos!”, le grita furioso a sus ministros. Una vez sacada del infierno, Verónica repite aterrorizada: “¡Oh, justicia de Dios, cuán poderosa eres!”.


Alfonso M. de Ligorio
San Alfonso María de Ligorio: “Si los hombres muestran poca paciencia ya sobre la tierra... ¿cómo harán para luego soportar las llamas del infierno por toda la eternidad?”.
En su obra: “Preparación para la muerte”, dice así el santo: “¿Qué será, cuando Dios en la muerte dirá a los réprobos: “Vete, que no quiero verte más”. “Abscondam faciem ab eo, et invenient eum et omnia mala” (Deut 31 . 17). “Ustedes (dirá Jesús los condenados en el último día) ya no sois más míos, Yo no soy más vuestro”. (..) Los condenados dirán a los demonios: “Guarda, ¿qué de la noche? “Custodio, quid de nocte?” (Is 21, 11​). ¿Cuándo termina? ¿Cuándo terminan estas tinieblas, estos gritos, estos hedores, estas llamas, estos tormentos? Y se les contesta: “Nunca, nunca”. ¿Y cuánto van a durar? “Siempre, siempre”. Oh, Señor, da luz a tantos ciegos, que al pedírseles que no se condenen, responden: “En fin de cuentas, si voy al infierno, paciencia, no importa”. ¡Oh Dios, ellos no tienen paciencia para sentir un poco de frío, ni para estar en una habitación caliente, ni para sufrir un golpe; pero luego tendrán paciencia para estar en un mar de fuego, golpeados por los demonios y abandonados por Dios y por todos por toda la eternidad! (…) Pero, ¿cómo –dirá un no creyente-, qué clase de justicia es esta? ¿Castigar un pecado, que dura un momento, con un castigo eterno? Pero, ¿cómo (respondo yo) puede tener la audacia un pecador de ofender a un Dios de infinita majestad por el gusto de un momento? Incluso en el juicio humano (dice Santo Tomás, I. 2 . Q. 87. a. 3) la pena no se mide según la duración del tiempo, sino según la cualidad del delito... (.. ) La muerte en esta vida es lo que más temen los pecadores, pero en el infierno será la cosa más deseada” (Ap 9, 6).

El extraño (e inquietante) caso del prof. Diocrè

Pintura que representa el caso del prof. Diocrè.
Cuánto bien bien pueda hacer el pensamiento del infierno, nos lo dice lo sucedido en los funerales de un famoso maestro de la Sorbona de París, Raymond Diocrè. El episodio, clamoroso, fue , en palabras del P. Tomaselli , reportado y analizado con rigor en todos sus detalles . Esto es lo que sucedió: a la muerte del profesor, que tuvo lugar en París, se prepararon funerales solemnes en la iglesia de Notre-Dame. Asistieron profesores y hombres de la cultura, autoridades eclesiásticas y civiles, además de discípulos del difunto y fieles de todas las clases sociales. El cuerpo, colocado en el centro de la nave, estaba cubierto con un simple velo. Se comenzó a recitar el oficio de difuntos. Cuando se llegó a las palabras: “Responde mihi : Quantas habeo iniquitates et peccata...”, es escuchó una voz sepulcral salir de debajo del velo: “¡Por el justo juicio de Dios, he sido acusado!”​.
Con consternación se quitó el velo, pero el cuerpo estaba quieto y sin movimiento. Se reinició el oficio interrumpido, en medio de la conmoción general. Cuando se llegó al mismo versículo anterior, el cadáver se levantó a la vista de todos y gritó: "¡Por el justo juicio de Dios he sido juzgado!”.
El terror y el espanto se apoderaron de todos. Algunos médicos se acercaron al cadáver que se había sumergido nuevamente en la más absoluta inmovilidad, pero solo pudieron constataron que el profesor estaba realmente muerto.
En este punto, no tuvieron ánimo para continuar con el funeral y decidieron continuarlo al día siguiente. Las autoridades eclesiásticas no sabían qué hacer: algunos decían que estaba condenado y no se podía rezar por él; otros dijeron que todavía no había certeza de la condena, a pesar de haber sido acusado y juzgado. El obispo ordenó que se reiniciara la recitación del oficio de difuntos. Pero cuando se llegó nuevamente al mismo versículo, el cadáver se levantó y gritó: “¡Por el justo juicio de Dios he sido condenado al infierno para siempre!”.

Ya no había ninguna duda: el difunto había sido condenado. El funeral terminó y se pensó que era mejor no sepultar el cadáver en el cementerio común. Entre los presentes se encontraba un cierto Bruno, discípulo y admirador de Diocrè, que quedó profundamente conmovido por lo que había pasado. A pesar de que era ya un buen cristiano, decidió dejarlo todo y dedicarse a la penitencia. Con él, otros tomaron la misma decisión. Bruno se convirtió en el fundador de la Orden de los Cartujos o trapense, orden que se encuentra entre las más estrictas de la Iglesia Católica.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Los santos y el infierno



VISIÓN de León XIII
En Octubre 13, 1884, el Papa León XIII, experimentó una visión. Después de celebrar la Eucaristía, estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando de pronto se detuvo al pie del altar y quedó sumido en una realidad que sólo él veía. Su rostro tenía expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. Algo muy duro había visto. De repente, se incorporo, levanto su mano como saludando y se fue a su estudio privado. Lo siguieron y le preguntaron: ¿Que le sucede su Santidad? ¿Se siente mal? El respondió: "¡Oh, que imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!", y se encerró en su oficina.
¿Qué vio León XIII? "Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que el podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener 100 años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo." También León XIII pudo comprender que si el demonio no lograba cumplir su propósito en el tiempo permitido, sufriría una derrota humillante. Vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.
Después de media hora, llamo al Secretario para la Congregación de Ritos. Le entrego una hoja de papel y le ordeno que la enviara a todos los obispos del mundo indicando que bajo mandato tenia que ser recitada después de cada misa, la oración que ahí el había escrito.
Oración:
"San Miguel Arcángel,defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén."




SANTA TERESA DE JESÚS nos dice en su Vida: "Una vez, estaba en un oratorio y se me apareció hacia el lado izquierdo el demonio de muy abominable figura, en especial le miré la boca, porque me habló y la tenía espantable. Parecía que le salía una gran llama del cuerpo. Yo tuve gran temor y me santigüé como pude y desapareció, pero tornó luego. Por dos veces me acaeció esto. Yo no sabía qué hacer; tenía allí agua bendita y la eché hacia aquella parte y nunca más tornó. Otra vez, estuvo cinco horas atormentándome con tan terribles dolores y desasosiego interior y exterior que no me parece se podía ya sufrir... Vi junto a mí un negrillo abominable, regañando como desesperado... Eran grandes los golpes que me daba sin poderme resistir en cuerpo, cabeza y brazos. No me atrevía a pedir agua bendita para que (las monjas) no tuvieran miedo y no supieran lo que era... Pero como no cesaba el tormento dije: si no se riesen, les pediría agua bendita. Me la trajeron y me la echaron a mí y no aprovechaba; la eché hacia donde él estaba y al punto, se fue y se me quitó el mal... Una noche pensé que me ahogaban y, en cuanto echaron agua bendita, vi ir mucha multitud de demonios como quien se va despeñando... Una vez, estando rezando se me puso (el diablo) sobre el libro para que no acabase la oración. Yo me santigüé y se fue. Tornando a comenzar, volvió. Creo que fueron tres veces que comencé y hasta que no eché agua bendita no pude acabar" (Vida 31).


SAN BENITO ABAD: el "antiguo enemigo", muy contrariado por la conversión de los paganos de la región, atraídos por la predicación del Santo, se presentaba a sus ojos para amenazarlo y atemorizar a los suyos: Pero el antiguo enemigo, no sufriendo estas cosas en silencio, se aparecía no ocultamente o en sueños, sino en clara visión a los ojos del padre, y con grandes gritos se quejaba de la violencia que tenía que padecer por su causa, tanto que hasta los hermanos oían sus voces, aunque no veían su imagen. Sin embargo, el venerable abad contaba a sus discípulos que el antiguo enemigo aparecía a sus ojos corporales horrible y encendido y que parecía amenazarle con su boca y con sus ojos llameantes. Y a la verdad, lo que decía lo oían todos, porque primero le llamaba por su nombre; y como el varón de Dios no le respondiese, prorrumpía en seguida en ultrajes contra él. Así, cuando gritaba, diciendo: "Benito, Benito", y veía que le daba la callada por respuesta, añadía al instante: "Maldito y no Bendito ¿qué tienes conmigo? ¿Porqué me persigues?". Estos ataques directos, estos combates encarnizados con el demonio, son una constante en la vida de San Benito. Leemos también que el demonio, en forma de una ave negra, le provoca terribles tentaciones al mismo Benito, y a otro monje lo distrae de la plegaria, llevándolo a vagar. A un hermano lo lleva a mostrarse soberbio, ganado por los malos pensamientos que el demonio le sugiere; significativamente, Benito, advirtiendo su turbación, le manda: Traza una cruz, hermano, sobre tu corazón. Inspira al presbítero Florencio que, celoso, hostigue a Benito y sus discípulos, y siempre buscó dificultar la vida del monasterio, tanto en lo material, como en lo espiritual, suscitando inconvenientes de todo tipo, como la muerte de un adolescente.Estos episodios, relatados por el Papa San Gregorio, muestran de qué manera San Benito combatía con el demonio, el cual lo atacaba constantemente, como adversario de toda obra buena.
SAN PABLO DE LA CRUZ (1694-1775) el diablo se le presentaba en forma de gigante horrible o de gato negro o de ave negra de aspecto terrorífico y deforme y no le dejaba dormir. Le quitaba las mantas, lo tiraba al suelo, subía a su cama, lo golpeaba... Le infundía en su corazón melancolía y tristeza y hasta deseos de tirarse por la ventana... Y él, para defenderse, rezaba, tomaba el crucifijo en sus manos, echaba agua bendita y se ponía al cuello el rosario. Siempre tenía agua bendita en su habitación.

SAN ANTONIO ABAD: ". El enemigo quería sugerirle pensamientos sucios, pero el los disipaba con sus oraciones; trataba de incitarlo al placer, pero Antonio, sintiendo vergüenza, ceñía su cuerpo con su fe, con sus oraciones y su ayuno. El perverso demonio entonces se atrevió a disfrazarse de mujer y hacerse pasar por ella en todas sus formas posibles durante la noche, sólo para engañar a Antonio. Pero él llenó sus pensamientos de Cristo, reflexionó sobre la nobleza del alma creada por El, y sobre la espiritualidad, y así apagó el carbón ardiente de la tentación. Y cuando de nuevo el enemigo le sugirió el encanto seductor del placer, Antonio, enfadado, con razón, y apesadumbrado, mantuvo sus propósitos con la amenaza del fuego y del tormento de los gusanos ( Js 16,21; Sir 7,19; Is 66,24; Mc 9,4. Sosteniendo esto en alto como escudo, pasó a través de todo sin ser doblegado. Toda esa experiencia hizo avergonzarse al enemigo. Finalmente, cambio su persona, por decirlo así. Tal como es en su corazón, así se le apreció: como un muchacho negro; y como inclinándose ante él, ya no lo acosó más con pensamientos -pues el impostor había sido echado fuera-, sino que usando voz humana dijo: "A muchos he engañado y a muchos he vencido; pero ahora que te he atacado a ti y a tus esfuerzos como lo hice con tantos otros, me he demostrado demasiado débil". ¿Quién eres tú que me hablas así?, preguntó Antonio. El otro se apresuró a replicar con voz gimiente: Soy el amante de la fornicación. Mi misión es acechar a la juventud y seducirla; me llaman el espíritu de la fornicación. ¡A cuantos no he engañado, que estaban decididos a cuidar de sus sentidos! ¡A cuántas personas castas no he seducido con mis lisonjas! Yo soy aquel por cuya causa el profeta reprocha a los caídos: Ustedes fueron engañados por el espíritu de la fornicación (Os 4,12). Sí, yo fui quien los hice caer. Yo soy el que tanto te molesté y que tan a menudo fui vencido por C,],LD". Antonio dio gracias al Señor y armándose de valor contra él, dijo: Entonces eres enteramente despreciable; eres negro en tu alma y tan débil como un niño. En adelante ya no me causas ninguna preocupación, porque el Señor esta conmigo y me auxilia, ver la derrota de mis adversarios (Sal 117,7). Oyendo esto, el hombre negro desapareció inmediatamente, inclinándose a tales palabras y temiendo acercarse al Santo."

Al CURA DE ARS tampoco le dejaba dormir muchas noches. Imitaba los gruñidos de los osos, de perros o de otros animales... le hacía oír golpes continuos de martillo, lo tiraba al suelo y le hacía otras cosas que le hacían sufrir. Muchas veces, lo insultaba y le gritaba "comepatatas" (porque las patatas eran su principal dieta diaria). Igualmente, con agua bendita y el crucifijo, se defendía de su enemigo, aunque a veces la lucha duraba horas. Cuando se refería al diablo lo llamaba "el garras" (le grappin).

A SAN BENITO COTOLENGO el demonio muchas veces le escondía los zapatos, la ropa y, después, los encontraba en los lugares más difíciles y extraños. Una vez, se le presentó vestido como un gran señor, tratando de convencerlo de que no construyera su Obra, y entraba y salía de su casa sin dejar rastro.

A SAN JUAN BOSCO también le hizo sufrir mucho. Lo despertaba por la noche, gritándole fuerte al oído, le tiraba sus papeles en los que escribía "Lecturas católicas", le quitaba las mantas de la cama y, en una ocasión, hasta le prendió fuego. A veces, sentía un peso enorme sobre sí que le impedía respirar y se le presentaba como un horrible monstruo. Él lo rechazaba con la señal de la cruz, el agua bendita y haciendo penitencia frecuentemente.

A SANTA GEMA GALGANI una noche se le presentó como un perro negro enorme. Otro día, en que desobedeció la orden de su confesor de no salir sola de casa, lo estuvo siguiendo por la calle bajo la figura de un hombre, que la asustó. Fue a buscar a su confesor para que la perdonara, fue al confesionario y, después de confesarse, se dio cuenta que el diablo había tomado la figura de su confesor. Y ella dice en su Diario: "Fue una jornada del demonio. El confesor era el diablo y estaba con la mitra puesta en la cabeza". Se dio cuenta, porque, cuando le decía sus pecados, a todo le decía que estaba bien y no le corregía nada. Otros días, no la dejaba dormir y le daba tantos golpes que no podía levantarse por la mañana, pero lo que más le hacía sufrir eran las tentaciones contra la pureza. En una ocasión (25-8-1900) se le presentó bajo la figura de su ángel custodio. Al principio no lo reconoció; pero, después, al sentir miedo e intranquilidad, reconoció que no era su ángel. Decía San Pablo que "Satanás se disfraza también de ángel de luz" (2 Co 11,14).
Tenía que retirarse, pues Jesús había dicho a Gemma que el demonio sería quien diese la última mano a su virtud y..., estando él, el demonio no se hubiera atrevido a hacerle nada. Pero..., tan luego como el P. Germán se fue, no reconoció límites su bestialidad durante siete largos meses. Perturbaba su imaginación con horribles fantasmas con el fin de producirle estados de ansiedad, tristeza, amargura y temor, que la indujeran a la desesperación. Le decía muchas veces: "Ahí tienes lo que has conseguido con tus fatigas en el servicio de Dios"; y le presentaba tales figuras contra la pureza, que escribió al P. Germán: "Padre mío, pídale a Jesús que me cambie esta cruz por cualquier otra. Haga desde ahí los exorcismos para que este perverso se vaya, o mande a su ángel para que lo ahuyente". Viendo que con tentaciones no podía vencerla, empezó a maltratarla con los golpes más brutales y en forma de bestias feroces, que amenazaban despedazarla. Dirigiéndose entonces a María Santísima, le decía: "Madre mía; me encuentro bajo el poder del demonio que quiere arrancarme de las manos de Jesús. Ruéguele por mí. ¡Viva Jesús!". Jesús y María, complacidos al ver como luchaba, le enviaban a San Pablo de la Cruz o a San Gabriel para animarla. El mismo Jesús le dijo: "Hija mía; humíllate bajo mi mano poderosa y lucha, que tu lucha te conducirá a la victoria".


El SANTO PADRE PÍO (1887-1968), Primer sacerdote estigmatizado, capuchino italiano, tenía una guerra sin cuartel con el diablo, a quien llamaba "cosaco" o "Barbazul". Lo asaltaba con tentaciones de las más atroces, con ataques violentos, incluso físicamente, y con insidias de toda clase. En una carta, le escribía a su director el Padre Agustín: "La otra noche la pasé muy mal. Desde las diez de la noche hasta las cinco de la mañana, el diablo no hizo otra cosa que golpearme. Me ponía pensamientos de desesperación... Cuando se fue, sentía un frío intenso en todo mi cuerpo, que me hacía temblar de pies a cabeza... Desde hace varios días viene a visitarme con otros más, armados de bastones y barras de hierro. Quién sabe cuántas veces me ha tirado de la cama y me ha arrastrado por la habitación... A veces, permanezco así incapaz de moverme, pues me ha quitado hasta la camiseta y, cuando hace frío, me congelo... Cuántas enfermedades debería haber contagiado, si el dulcísimo Jesús no me hubiese ayudado". Había veces en que le tiraba las cosas de la habitación y le desordenaba todo, le decía palabras obscenas y esparcía un olor nauseabundo.
Éste es el testimonio del Padre Pío: "Un día, mientras yo estaba oyendo las confesiones, un hombre vino al confesionario dónde yo estaba. Él era alto, guapo, me vistió con algo de refinamiento y era amable y cortés. Comenzó a confesar sus pecados; los cuales, eran de cada tipo: contra Dios, contra el hombre y contra las morales. ¡Todos los pecados eran molestos! Yo estaba desorientado, por todos los pecados que él me dijo, yo respondí. Yo le traje la Palabra de Dios, el ejemplo de la Iglesia, las morales de los Santos, pero el penitente enigmático se opuso a mi palabras justificando, con habilidad extrema y cortesía, todo tipo de pecado. Él vació todas las acciones pecadoras y él intentó hacer normal, natural, y humanamente comprensible todas sus acciones pecadoras. Y esto no solamente para los pecados que eran repugnante contra Dios, Nuestra Señora, y los Santos, él fuè Rotundo sobre la argumentación, pero, que pecados morales tan sucios y ásperos. Las respuestas que él me dio con la delgadez experimentada y malicia me sorprendieron. Yo me pregunté: ¿quién es él? ¿De qué mundo viene él? Y yo intenté mirarlo bien, leer algo en su cara. Al mismo tiempo concentré mis oídos a cada palabra, para darle el juicio correcto que merecían. Pero de repente; a través de una luz vívida, radiante e interior yo reconocí claramente quién era él. Con autoridad divina yo le dije: diga……. "Viva Jesús por siempre" "Viva María eternamente" En cuanto yo pronuncié estos nombres dulces y poderosos, Satanás desapareció al instante en un goteo de fuego, mientras dejaba un hedor insoportable".
Ana Catalina Emmerick dice sobre el infierno que es "un país de infinitos tormentos, un mundo horrible y tenebroso".
Muchas veces, cuando ella iba al cementerio a orar por las almas, sentía quiénes estaban condenadas.
Dice: "Veía salir como un vaho negro que me estremecía de algunos sepulcros. En estos casos, la idea viva de la santísima justicia de Dios era para mí como un ángel que me libraba de lo que había de espantoso en tales sepulcros".