San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
Mostrando entradas con la etiqueta resurrección. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta resurrección. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de agosto de 2015

La esperanza del cristiano es Cristo Jesús


         La muerte, como fenómeno existencial, no solo nos sorprende y nos deja sin palabras, sino que nos provoca angustia, dolor interior, llanto, tristeza, y tanto más, cuanto más querido es el ser que ha fallecido. La muerte nos deja atónitos, sorprendidos, entristecidos, porque es un hecho que desestructura nuestra vida, nuestro ser; al quitar de en medio a quienes amamos, la muerte nos deja un vacío existencial que corre el riesgo de convertirse en un abismo, que puede arrastrarnos y terminar con nosotros, si es que no tenemos conciencia de lo que nos sucede, si no podemos dimensionar a la muerte en su verdadera condición. Es decir, la muerte es algo tan conmocionante, que corremos el riesgo de dejar absorbernos por la muerte, de manera tal que, aun permaneciendo vivos, vivamos como muertos, en el sentido más literal de la palabra. La muerte nos deja sin esperanzas en esta vida, porque no hemos sido creados para la muerte, sino para la vida.
Por lo tanto, es necesario afrontar la muerte desde la perspectiva adecuada, que no es otra que la perspectiva de la fe de la Iglesia, para darle a la muerte su verdadera dimensión.
¿Qué nos enseña la Iglesia acerca de la muerte?
Nos enseña que la muerte ha sido vencida por el Hombre-Dios Jesucristo, porque con su sacrificio y muerte en cruz, ha dado muerte a nuestra muerte, para concedernos a cambio, por su Resurrección, su Vida, que es la vida misma de Dios Uno y Trino.
La Iglesia nos enseña que la muerte, por lo tanto, no es un hecho que nos deje sin esperanzas, sino que, por Cristo Jesús, se ha convertido en mero umbral que da paso a la vida eterna. Ahora bien, esta vida eterna será de gozo o de dolor, pero de ninguna manera la muerte, para la Iglesia, se convierte en un “punto final” desesperanzador, sino que se convierte, en realidad, en un “punto de partida”, porque allí mismo da comienzo una nueva vida, la vida eterna, la cual será de felicidad y alegría si somos fieles a Nuestro Señor Jesucristo y su gracia.
Por otra parte, puesto que la Iglesia nos enseña también que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), porque confiamos en su Misericordia Divina, es que esperamos que nuestros seres estén ya gozando de su visión, puesto que esperamos que Dios les haya perdonado sus pecados, muchos o pocos, que puedan haber cometido a causa de la humana debilidad.
Y así como esperamos que estén ya en la eterna felicidad, esperamos confiados en un reencuentro con ellos, no en esta vida, sino en la otra, en la Casa del Padre, en Cristo Jesús, por su gran misericordia.
El otro aspecto a tener en cuenta, es que esta vida terrena es pasajera, tal como lo dice el Salmo 143: “Nuestra vida, Señor, pasa como un soplo, enséñanos a vivir en tu voluntad”. La vida en el tiempo y en el espacio, “pasa como un soplo”, porque es como un parpadear de ojos, en comparación con la eternidad.
Entonces, si queremos reencontrarnos con nuestros seres queridos en la Casa del Padre –luego de haber pasado nosotros mismos por la muerte y si es que superamos el Juicio particular-, debemos prepararnos para nuestra propia muerte, porque si morimos en gracia, ese día será el día del reencuentro, en Cristo Jesús, con aquellos seres queridos a quienes hoy la muerte nos los ha arrebatado.
El recuerdo de un ser querido no debe quedar por lo tanto en la mera memoria afectiva y sensible: si de veras los amamos, y si sabemos que, por Jesucristo y su sacrificio en cruz, tenemos la esperanza de volverlos a ver, de volver a hablar con ellos, de volver a abrazarlos y besarlos -a nuestros padres, hijos, amigos, fallecidos-, para ya nunca más separarnos, porque el Reino de Dios es eterno, entonces debemos prepararnos para atravesar nosotros mismos ese umbral que separa el tiempo humano de la eternidad, al que llamamos “muerte”, y la forma de hacerlo, es mediante un triple propósito: vivir en gracia de Dios –de ahí la necesidad de la confesión sacramental y de la comunión dominical, al menos-, evitar el pecado en todas sus formas y obrar la misericordia para con los más necesitados.
Si cumplimos estos propósitos, confiados en la Divina Misericordia, entonces la muerte ya no será para nosotros causa de desesperanza, sino motivo de esperanza, porque gracias a la muerte de Cristo en la cruz, podremos reencontrarnos con nuestros seres queridos, en el Reino de los cielos, para ya nunca más separarnos.


viernes, 30 de enero de 2015

Los budistas tienen jardines enteros para catequesis sobre el infierno.


El "Jardín de los horrores" o "Jardín del Infierno", en Tailandia 1

Por supuesto que no somos budistas, sino católicos, y no creemos en la reencarnación, sino en la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, el infierno descripto por los budistas, llamativamente, coincide con la teología católica y sus castigos se asemejan, notoriamente, a los castigos descriptos por santos católicos que han sido llevados al infierno por Nuestro Señor, para que dieran testimonio de que el infierno existe, es real, y dura para siempre. No está de más recordar lo que dice el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica: "El infierno consiste en la eterna condenación de quienes, por libre elección, mueren en pecado mortal" (n. 212).

Con ustedes, el "Jardín de los horrores" o "Jardín del Infierno", ubicado en Tailandia.




El "Jardín de los horrores" o "Jardín del Infierno", en Tailandia 2


El "Jardín de los horrores" o "Jardín del Infierno", en Tailandia 3



El "Jardín de los horrores" o "Jardín del Infierno", en Tailandia 4



Muchas religiones tienen al infierno en su doctrina, como un lugar donde los pecadores sufren castigos por sus transgresiones a la moral que proclama la religión. Pero los budistas tienen una especial catequesis del infierno y sus castigos a través de jardines donde enseñan los castigos a los pecadores en paseos familiares de fin de semana.

jardin del infierno de tailandia
Mientras en el catolicismo, las menciones al infierno son cada vez menos y las homilías de los sacerdotes lo ocultan meticulosamente, en la Tailandia budista, los horrores del infierno están abiertos a las familias, que pueden visitar jardines enteros de esculturas que ofrecen representaciones vívidas de lo que se enfrentan los pecadores en el más allá.

OTROS INFIERNOS SON JUEGO DE NIÑOS
El infierno de otras religiones es un paraíso manso en comparación con el oscuro y sangriento mundo subterráneo del budismo.
En Tailandia, las representaciones escultóricas horripilantes de las 136 fosas de fuego del infierno budista, conocidos como Naraka, se encuentran dispersas en todo el país en parques y jardines que sirven de atracciones populares de fin de semana, por las cuales las familias pueden enseñar a sus hijos lecciones de moral. Las esculturas horribles de cada cada jardín advierten de lo que ocurre con aquellos que desafían los dogmas de la religión.



Alrededor de una hora y media de Bangkok, el Wang Saen Suk es la mayor de estas áreas temáticas. Monjes vestidos de traje naranja, del templo budista contiguo, supervisan el parque de esculturas macabras.

Pero el verdadero jefe es el rey de la muerte Phya Yom, que pesa el registro de las buenas obras de cada humano recientemente fallecido (que está grabado en su libro de oro) en contra de sus pecados (que están en un pedazo de cuero de perro). Si el mal eclipsa el bien, se le inflige el castigo apropiado por sus crímenes antes de ser reencarnado y vuelto a la tierra.

LAS REPRESENTACIONES

Siguiendo una larga tradición de representaciones artísticas del mundo inferior, estas interpretaciones 3D tailandesas de los castigos que los pecadores pueden esperar son realmente gráficas.

Los adherentes laicos al budismo viven con cinco preceptos religiosos, que prohíben el asesinato, el robo, la mala conducta sexual, la mentira y la intoxicación. Los monjes, por su parte, deben cumplir con 227 reglas. Los que las rompan lo pagarán de manera brutal.



Cerca de la entrada, dos figuras esqueléticas masculinas y femeninas, como “fantasmas hambrientos” aparecen entre los árboles con la boca abierta y lenguas colgando.
En la tradición budista, se supone que son las almas de los budistas codiciosos y envidiosos que deben vagar por la tierra, incapaces de saciar su hambre.
Debajo de ellos se encuentran 21 seres humanos cuyas cabezas han sido convertidas en animales como castigo por diversas fechorías.
Algunos siguen temas folclóricos comunes: los ladrones son monos, los mentirosos son sapos y los corruptos son unos cerdos. Otros son más creativos: los incendiarios se vuelven serpientes, los que roban el arroz son pájaros, todo aquel que destruye las hierbas y plantas útiles se convierte en chivo.



Más adentro en el jardín, estatuas enojadas de hombres en taparrabos naranja y tocados llevan a cabo castigos a una miríada de pecadores, desde los pequeños mentirosos y adúlteros a violadores y asesinos (que tienen sus órganos arrancados por las aves o están siendo asesinados a machetazos).


Los alcohólicos están en aceite hirviendo. A un mentiroso se le saca la lengua con un par de alicates de gran tamaño. Una mujer que tuvo un aborto o hizo control de la natalidad es exprimida.
En medio de la zona boscosa exuberante se despliega un sin fin de grotescas personas con la piel arrancada, pecadores hervidos en un caldero burbujeante, hombres y mujeres que cuelgan de orificios en sus mejillas y desviados desnudos escalando un árbol espinoso mientras son atacados por bestias salvajes.
El peor castigo está reservado para aquellos que han herido sus padres o a un monje – están atrapados en un agujero helado de tono negro hasta que un nuevo Buda emerge.


EL MENSAJE
Pero no todo es sangre y tripas. Una señal en la entrada del jardín alienta a planear con anticipación para evitar el submundo infernal:
“Si se encuentra con el diablo en esta vida no posponga las decisiones meritorias que le ayudarán a derrotarlo en la próxima vida”, dice. “Done un poco cada día y usted tendrá una vida feliz.”
Buddhist-Hell-Garden-25-DR
Y hacia el final de las esculturas del jardín, se muestran cómo se concede una recompensa kármica a un pequeño grupo de figuras que se adhieren a los principios budistas: un árbol en el que crece todo lo que desean en su próxima vida.
En otras partes del país, se pueden encontrar jardines infierno similares pero más pequeños,  que representan la sangre derramada con diferentes escenarios. Uno de los jardines más antiguos está en el norte de Tailandia.
El “jardin budista del aprendizaje” en Wat Thawet fue el trabajo de un excéntrico monje muy dedicado, que a partir de principios de 1970, pasó dos décadas la renovando el jardín cercano al monasterio y elaborando esculturas de veinte pecadores sometidos a diversos tipos de tortura.
La lección es clara: no se puede escapar de las transgresiones sin pagar sus deudas, pero por lo menos, de acuerdo con las creencias budistas, tendrá otra oportunidad en una posterior vida.
(artículo extraído de: )

viernes, 26 de diciembre de 2014

Qué dice el Catecismo sobre la muerte (2)


         El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 206, dice lo siguiente: “¿Qué significa morir en Cristo Jesús? Morir en Cristo Jesús significa morir en gracia de Dios, sin pecado mortal. Así el creyente en Cristo, siguiendo su ejemplo, puede transformar la propia muerte en un acto de obediencia y de amor al Padre. ‘Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él’” (2 Tm 2, 11).
         Para interpretar correctamente este punto, debemos recordar que la muerte ingresó en la especie humana con el pecado original, el pecado cometido “en los orígenes” de la humanidad, por Adán y Eva. Por ese pecado, Adán y Eva perdieron la gracia santificante, para ellos y para toda la humanidad que se originaría a partir de ellos, y es así como el hombre comenzó a experimentar la vejez, la enfermedad, el dolor y la muerte. La muerte se presenta así como un elemento extraño en el plan del Creador, puesto que Él nos creó para la vida y no para la muerte, y se presenta como un castigo y como una consecuencia por haber cometido el pecado original. Al cometer el pecado original, Adán y Eva eligieron oír la voz de la Serpiente Antigua, portadora de la muerte, y eligieron, en cambio, desoír la voz de Dios Padre, que les había prohibido comer del fruto del Árbol prohibido. Pero en esta elección, se quedan libremente aislados y desconectados de la Fuente de Vida, que es Dios, puesto que Dios es la Vida Increada y el Autor de toda vida creada, y al quedarse sin Dios, ingresan, en el cuerpo y en el alma, la muerte, física y espiritual (el pecado). En este esquema, la muerte es entonces un castigo por el apartamiento libre de la Voluntad de Dios.
Sin embargo, el Redentor, Cristo Jesús, hará “nuevas todas las cosas” con su sacrificio y muerte en cruz, y una de las cosas que “hace nuevas”, es la muerte, porque al asumir la naturaleza humana, el Hombre-Dios asume la muerte, y destruye a la muerte con su propia muerte, convirtiendo, al mismo tiempo, a la muerte, en un sacrificio agradable a Dios, porque Él la santifica con su propia muerte. En otras palabras, Jesucristo, el Hombre-Dios, al morir en cruz, mata a la muerte y la santifica, convirtiéndola, de castigo original por la desobediencia a Dios, en sacrificio agradable a Dios. Es esto lo que el Catecismo nos dice, al introducir la expresión “morir en Cristo Jesús”: “significa morir en gracia de Dios, sin pecado mortal. Así el creyente en Cristo, siguiendo su ejemplo, puede transformar la propia muerte en un acto de obediencia y de amor al Padre”. El Catecismo re-define a la muerte, como vemos: de “castigo” original, a “acto de obediencia y de amor al Padre”, que es en lo que consiste el sacrificio de Jesús en la cruz.

De esta manera, el Catecismo nos está diciendo, por un lado, que no es lo mismo morir “en Cristo Jesús”, que morir “sin Cristo Jesús”. “Morir en Cristo Jesús”, significa morir en gracia y la gracia se obtiene por los sacramentos –en este caso, para el moribundo, el Sacramento de la Penitencia, la Unción de los enfermos y la Comunión Eucarística-; morir sin Cristo Jesús, implica el rechazo voluntario a los sacramentos y quedar excluidos de la comunión de vida y amor con Él y, por su intermedio, con la Trinidad. Al “morir en Cristo Jesús”, además, el Compendio abre la consecuencia lógica de esta muerte, la resurrección en Cristo Jesús, porque si participamos de su muerte en cruz, por medio de la gracia recibida en los sacramentos, participamos también de su gloriosa resurrección: ‘Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él’” (2 Tm 2, 11).

miércoles, 17 de diciembre de 2014

¿Qué dice el Catecismo sobre la Muerte? (1)


(Homilía para Misa de difuntos)
         El Catecismo enseña que luego de la muerte, que acaece cuando el alma se separa del cuerpo, el cuerpo “cae en la corrupción”, comienza un proceso de descomposición orgánica, porque se ha separado de su principio vital, que es el alma, mientras que el alma, va “al encuentro del juicio de Dios y espera volver a unirse al cuerpo, cuando éste resurja transformado en la Segunda Venida del Señor. Comprender cómo tendrá lugar la resurrección sobrepasa la posibilidad de nuestro entendimiento y de nuestra imaginación”[1].
         De este punto del Catecismo, vemos entonces que, para el cristiano, la muerte no es nunca un hecho definitivo, porque consiste en una separación temporaria, por así decir, del alma y del cuerpo, hasta la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo. No importa tanto la muerte en sí misma, sino lo que sucede inmediatamente después de la muerte, y es lo que nos dice el Catecismo: el alma va “al encuentro del juicio de Dios”, porque allí el alma ve desplegarse, delante de sus ojos, todas sus obras, las buenas y las malas, y allí se decide su destino eterno, el cielo o el infierno. Por la misericordia de Dios, siempre esperamos obtener el cielo, para nosotros y para nuestros seres queridos difuntos, pero para eso, debemos hacer el propósito de vivir en gracia, detestar y huir del pecado y obrar la misericordia, para que, en nuestra propia muerte, como dice el Catecismo, nuestra alma se una a nuestro cuerpo, cuando éste “resurja transformado en la Segunda Venida del Señor”.
         Y puesto que esperamos confiados en la Misericordia Divina, que nuestros seres queridos difuntos están ya con Dios, si así obramos, es decir, si vivimos en gracia, detestando el pecado y obrando la misericordia, al morir, nuestras almas se unirán a nuestros cuerpos glorificados y, en Cristo resucitado, nos uniremos a nuestros seres queridos, a quienes conmemoramos en la Santa Misa, y entonces sí, nunca más nos separaremos.



[1] Catecismo, Compendio, n. 205.