San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de febrero de 2023

“Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris”

 


“Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris”.
“Acuérdate, hombre, que eres polvo, y que en polvo has de convertirte”.
Muerte, Juicio, Infierno y Gloria, 
ten Cristiano siempre en tu memoria. 



Cortejo fúnebre del Rey Fernando El Católico.



miércoles, 29 de mayo de 2019

Gravedad de la condenación eterna, la muerte sorprende a muchos que se condenan


Javier Navascués, el 27.05.19
De lo que hagamos en esta vida va a depender toda la eternidad. Eterna felicidad o eterno sufrimiento y desesperación. No hay más. Meditemos en el infierno, cuya existencia es dogma de fe para evitar por todos los medios condenarnos eternamente. Ahora es tiempo de merecer, de vivir santamente y de ganarnos el cielo con la ayuda de Dios y los medios de santificación que pone a nuestro alcance.

Hay que esforzarse por ser santo. No es descabellado pedir con humildad la gracia de no pasar por el purgatorio, cuyas penas son terribles o reducir lo máximo posible nuestra estancia allí, purgando nuestros pecados con oraciones, penitencias e indulgencias en esta vida. Aún así la diferencia con el infierno es abismal: las penas del purgatorio son finitas, las del infierno eternas.

El Doctor Eudaldo Forment, Catedrático de Metafísica, desde sus amplios conocimientos teológicos tomistas profundiza en la terrible realidad del infierno. Espero que sus explicaciones les sean de provecho y les sirvan para vivir con coherencia: ANTES MORIR QUE PECAR.


Se medita en los Ejercicios Espirituales Ignacianos que hay niños en el infierno por un sólo pecado mortal. Nosotros merecíamos el infierno por nuestros pecados, pero hemos tenido más oportunidades. No tentemos más a la Providencia de Dios. No es cosa de broma. Con la eternidad no se juega.


¿Qué nos enseña la Iglesia sobre el infierno? (eternidad de las penas, número y grado de las mismas)?

Le contestaré con mucho gusto con este párrafo del Catecismo de la Iglesia Católica: «La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno". La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira» (n. 1035).

En otro párrafo se había indicado que: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección» (n. 1033).

Debe tenerse en cuenta que el infierno, como enseñaba Santo Tomás, es el estado de los condenados y el lugar en que se encuentran. También que la Iglesia ha afirmado siempre que es dogma de fe, tanto su existencia, como la eternidad de todas penas y la desigualdad de ellas en proporción de las culpas por los pecados cometidos sin arrepentimiento y con obstinación en los mismos. Se comprende, porque son muchos los textos del Antiguo Testamento que lo afirman, e igualmente, en el Nuevo, también lo hacen, el Precursor y muchísimas veces el propio Cristo. También hablan del infierno San Pablo, San Pedro, San Judas, Santiago y el Apocalipsis.

¿En qué aspectos esenciales de la realidad del infierno profundiza Santo Tomás de Aquino en la Summa?

Para comprender la profunda explicación tomista debe advertirse que la eternidad de las penas de los condenados es un misterio revelado. No se puede, por tanto, demostrar racionalmente, pero es posible dar razones de su conveniencia. Santo Tomás da dos razones:

La primera es que el pecado mortal aleja de Dios, último fin y bien supremo del hombre, que hace perder así la gracia divina, que es lo que lleva a la vida eterna. El pecado mortal sin arrepentimiento es «un desorden, que, en sí mismo, es irreparable». Si el hombre permanece en pecado mortal y resiste hasta el último momento a la gracia y muere así impenitente con un desorden que no ha tenido fin, merece, por ello, una pena que tampoco lo tenga, es decir, una pena eterna. (S. Th., I-II, q. 87, a. 3, in c.).

La segunda razón que da el Aquinate está basada en la gravedad «cuantitativamente infinita» o inconmensurable del pecado (Ibíd., a. 4). Afirma que: «Es justo que quien en su propia eternidad pecó contra Dios, en la eternidad de Dios sea castigado». Explica que: «decimos que peca en su propia eternidad, no sólo por la continuidad del acto, que perdura en toda su vida, sino porque, habiendo puesto su fin en el pecado, tiene la voluntad de pecar siempre». De ahí que «los inicuos quisieran vivir siempre para permanecer siempre en su iniquidad» (Ibíd., a. 3, ad 1).

¿Hasta que punto es grave por tanto la condenación eterna y su irrevocabilidad?

Se advierte claramente su gravedad en la sentencia que pronunciará Cristo Salvador y Juez nuestro a los malos castigados: «Apartaos de Mí, malditos. Id al fuego eterno, que fue destinado para el diablo y sus ángeles» (Mat 25, 41)

Con la expresión «apartaos de Mí», se significa que se castiga con lo que se llama «pena de daño», que es la mayor pena que se pueda recibir. En primer lugar, porque es estar arrojado de la vista de Dios a la mayor distancia. En segundo lugar, porque no se tiene el consuelo de la esperanza que pueda redimirse ni finalizar nunca. Por último, en tercer lugar, porque se carecerá eternamente de la luz y el calor de la vida divina.

Con la de «malditos», se entiende que les perseguirá la justicia divina con toda clase de maldiciones. Aumenta con ello su pesar y desconsuelo, porque al ser apartados de la presencia de Dios no se les ha considerado dignos de alguna cosa buena por la que merecieran una bendición. No pueden así esperar nada que alivie su aflicción y desgracia.

El otro castigo que sigue está significado con el mandato «id al fuego eterno». A este otro tipo de castigo se denominan «pena de sentido», porque se sufre con los sentidos. Entre todos los tormentos está el del fuego. A estos sumos dolores sentidos se suma además el mal de saber que durará eternamente.

Por último, de las palabras finales «que fue destinado para el diablo y sus ángeles» se infiere que el castigo eterno de los condenados incluirá toda clase de penas. La razón es porque tendrán que soportar a los demonios, una malísima compañía. No tendrán ni el consuelo que podían tener en su vida terrenal del alivio de alguna persona, que sufriera también la misma desventura y que fuera afable y caritativo con él.

¿Por qué el hombre actual no medita sobre ello ni vive consecuentemente?

En nuestra época se habla poco de las penas eternas del infierno, al igual que de los otros novísimos o en lo que habrá de terminar nuestra vida terrena, desde el primero, la muerte hasta el último, el juicio final. Quizá por temor a intranquilizar o a asustar, o para no dar una imagen desagradable de la justicia divina. Además corren en los mismos católicos objeciones superficiales e incoherentes, que, a pesar de ello, se alejan de la enseñanza de siempre de la Iglesia. Sin embargo, vistos con los ojos de fe la consideración de las postrimerías es de gran utilidad para refrenar nuestras pasiones rebeldes a la razón y a la ley de Dios y así apartarnos del pecado. En la misma Escritura se dice: «En todas tus acciones acuérdate de los novísimos o postrimerías y no pecarás jamás» (Eclo 7, 40)». En definitiva, el negar estas verdades es colaborar con los que quieren descristianizar a la persona, a la familia y a la sociedad

Algún ejemplo práctico para poder comprender lo que es la eternidad del suplicio y evitar caer en él…

Si me permite pondré un ejemplo que daba el tomista Garrigou-Lagrange, profesor en Roma de Karol Wojtyla, el futuro papa Juan Pablo II, en los años de 1946 a 1948 y director de su tesis doctoral. Explicaba que a los privados de la visión divina, ello les proporciona tanta pena, que si fuera posible soportarían todos los dolores físicos con tal de no verse privados del gozo de Dios. Se lee en Santa Catalina de Sena que además se ven afectados del remordimiento de su conciencia, no por haber ofendido a Dios, sino por aquello a lo que les han llevado sus fatales decisiones. También de la vista del demonio, y del cuarto tormento del fuego, «fuego que abrasa y no consume. Y tanto es el odio que les devora que no pueden querer ni desear ningún bien». (Diálogo, c. 40). Finalmente el dominico francés ponía el siguiente ejemplo: es como un hombre que ha querido libremente arrojarse a un pozo negro y sin fondo en el que quedará aprisionado para siempre, aun sabiendo de antemano que jamás podrá salir de él.

Se evita caer en él o no caer en el pecado, con la gracia de Dios, que se nos da en los sacramentos. Con ella se evita la condena en el juicio de Dios, donde le tendremos que dar cuenta de nuestras malas obras, de nuestras palabras e incluso de nuestros pensamientos más profundos y escondidos. Ya desde ahora tendríamos que pedir siempre, como se hace en el antiguo himno de la misa de difuntos (Dies irae): «¡Dios mío, perdóname¡».

Javier Navascués Pérez
(http://www.infocatolica.com/blog/caballeropilar.php/1905270903-no-meditamos-lo-suficiente-en?fbclid=IwAR3d-UFPjblReWaA4wrx3kfAuHID1bUUQzgeMkoZLhdnJz0Am_2BGNd_emk)

miércoles, 11 de abril de 2018

Inmediatamente después de la muerte, tiene lugar el Juicio Particular, en el que se decide nuestro destino eterno: Cielo o Infierno

No hay texto alternativo automático disponible.
EL JUICIO

Por juicio se entiende el estricto examen de toda nuestra vida ante el tribunal de Dios, seguido de la sentencia que decidirá nuestra suerte por toda la eternidad.

Hay dos juicios: uno particular entre el alma y Jesucristo inmediatamente después de la muerte; y otro universal al fin del mundo entre Jesucristo y todos los hombres reunidos. El juicio universal es una ratificación o confirmación del particular.

Certeza o pruebas de este Juicio.

Pruebas de fe. — En varios pasajes de la Escritura hallamos sentencias, ejemplos o parábolas que prueban la realidad del juicio de Dios. He aquí algunas citas: Dice San Pablo: Está establecido que los hombres mueran una sola vez y que a la muerte siga el juicio.

Jesucristo habló del juicio cuando dijo: Estad siempre preparados (para morir) porque a la hora que menos penséis el Hijo del hombre va a pediros cuenta de vuestra vida.

Y en otra ocasión: Vigilad, pues, porque ignoráis el día, y la hora (de la muerte y del juicio).

También hacen a este propósito las parábolas del rico Epulón y Lázaro, la del mayordomo injusto (Lucas, XVI, 1-9) de las diez vírgenes (Mat., XXV).

Pruebas racionales. — l) Dice Santo Tomás: El hombre puede ser considerado como individuo aislado y como parte del género humano; luego debe someterse a un doble juicio: a) uno particular en el cual sea premiado o castigado según sus obras, pero, sin que trascienda su sentencia, b) Otro juicio, universal en el que llegue a conocimiento de todos la sentencia merecida y todos alaben la justicia o misericordia de Dios.

2) Por analogía. — En toda sociedad bien constituida nunca se condena a un hombre sin antes juzgarlo; asi también Dios, juez rectísimo y sapientísimo, juzga al hombre para que este comprenda el motivo de su salvación o condenación.

3) Testimonio de los pueblos. Aun los pueblos privados de la luz de la fe creían en un juicio de las almas. Se han hallado en las tumbas egipcias dibujos que representan ese juicio bajo el símbolo de una balanza donde es pesada el alma. El poeta Virgilio en su “Eneida” (libro sexto, versos 565 y siguientes) hace ver cómo las almas se presentan al juez Radamanto, quien las obliga a confesar sus delitos. Análogas creencias existen en los pueblos salvajes.

Celebración del Juicio.

El juez será Jesucristo, según lo dijo Él mismo: El Padre no juzga a ninguno: mas todo el juicio ha dado al Hijo. La razón es porque Jesucristo ha sido nuestro Redentor y como a tal le corresponde pedirnos cuenta del uso que hemos hecho de su redención.

Jesucristo cuando nos juzgue estará revestido ya no de los atributos de la misericordia, pero sí de la justicia: será un juez justo que dará a las obras buenas y malas su verdadero valor; sabio, que todo lo conoce, hasta los más leves pensamientos; no podrá ser engañado como los jueces de la tierra; incorruptible, que no se deja desviar, como los jueces humanos, por premios o amenazas; inapelable, del cual no se puede apelar a otro juez superior para que cambie la sentencia.

Lugar del juicio. — Donde la muerte sorprendiera al hombre, allí se levantará el tribunal del supremo Juez.

Modo. — Dios iluminará el alma con una luz tan viva, que abarcará de una sola mirada todos los detalles de su vida, la fealdad y gravedad de sus pecados, como también la belleza y méritos de sus obras buenas.

Materia. — Jesucristo nos juzgará sobre todo lo bueno y lo malo que hubiéramos hecho, a saber:

a) El mal cometido, juzgado en sus causas, en su malicia, en sus efectos.
b) El bien voluntariamente omitido (pecado de omisión) hecho con negligencia, practicado con hipocresía o por fines humanos, p. ej: para ser visto, aplaudido, etc.
c) Los escándalos dados a las almas, a los niños, a los criados, a los ignorantes.
d) Las gracias de que se abusó: sacramentos, instrucciones, remordimientos, buenos ejemplos, enfermedades, reveses de fortuna, bienes materiales.

Será tan riguroso este juicio, que apenas se salvará el justo. Dice San Pedro en su primera epístola: “Si el justo a duras penas se salvará, ¿Dónde irán el impío y el pecador?

La sentencia.

Terminado el juicio, Jesucristo pronunciará la sentencia, la cual es irrevocable, por cuanto no hay excusas que alegar; no hay defensor en quien esperar; no hay ya lugar a súplica porque con la muerte termina el tiempo de la misericordia y sólo queda estricta justicia.

La sentencia para el alma justa será: “Ven, alma bendita a poseer el reino que te está preparado desde el establecimiento del mundo” (Mat., XXV, 34).

Si el alma no está purificada enteramente de sus faltas veniales o tiene algo que expiar, la enviará Dios al Purgatorio, de donde, acabada la expiación, subirá a la gloria.

La sentencia para el alma culpable será: “Apártate de mí, maldita, vete al fuego eterno que está aparejado para el diablo y para sus ángeles” (Mat., XXV, 41). En seguida el alma será precipitada en el infierno por toda la eternidad.

Descripción del Juicio universal.

El fin del mundo. — Así como todo hombre está sujeto a la muerte y a la resurrección, así también todo el mundo será destruido y renovado.

La opinión de la mayor parte de los Padres es que la tierra y el mundo perecerán, no en cuanto a la sustancia, sino en cuanto a las exteriores cualidades y que tomarán un ‘estado más perfecto, pero no serán aniquilados.

Nadie sabe cuándo acaecerá el fin del mundo.

Sin embargo la Escritura nos muestra las señales remotas y próximas que precederán al fin de los tiempos. Éstas son:

La predicación del Evangelio en todo el mundo; la conversión de los judíos a la fe de Cristo; una apostasía general; la gran mayoría de los hombres se apartarán de Dios, no haciendo caso de su divinidad; muchas grandes calamidades en el mundo: guerra, revoluciones, hambre, pestes, perturbaciones atmosféricas; advenimiento del Anticristo con quien se unirán los enemigos de Dios para combatir a la Iglesia y a los cristianos; aparición de Elias y Enoc que vendrán a combatir contra el Anticristo, por el cual, después de tres años y medio serán muertos; también miserablemente; grandes cataclismos en el universo, terremotos, inundaciones, oscurecimiento del sol, de la luna, de las estrellas y muerte de todos los hombres. A esto seguirá la resurrección de todos los hombres.

Lugar del juicio final. Se cree comúnmente que será en el valle de Josafat, carca del monte Calvario; es muy conveniente que Jesucristo juzgue a los hombres en el lugar donde ellos lo juzgaron y en donde murió para salvarlos.

Modo del juicio. — Resucitados todos los hombres y reunidos en el valle de Josafat, aparecerá en los cielos Jesucristo con gran poder y majestad, rodeado de toda la corte celestial y precedido de la Cruz.

Comenzará el juicio: Jesucristo abrirá el libro de la conciencia de cada hombre, cerrado durante el curso de la vida y lo expondrá a la vista y a la censura del Universo (Apoc., XX, 12. 1Cor., IV, 5). Publicará también los pecados de los justos, más para gloria de los mismos y para confusión de los malos que no los imitaron en la penitencia al pecar.

Por ministerio de los ángeles, se hará la separación de los buenos y de los malos. Los primeros serán colocados a la derecha de Jesucristo; los segundos, a su izquierda.

En seguida pronunciará el supremo Juez la sentencia de salvación para los buenos y de condenación para los malos.

Se cumplirán en el acto ambas sentencias: los justos subirán en cuerpo y alma a la gloria entonando himnos de alabanza y de triunfo, en presencia de los réprobos que contemplarán desesperados la sublime escena. Entre tanto se abrirá la tierra y demonios y condenados en cuerpo y alma serán tragados juntamente; y oirán cerrarse tras de sí las puertas que jamás se abrirán.

Y todo habrá acabado: ya no habrá más tiempo; sólo habrá eternidad.

“LA RELIGIÓN EXPLICADA (Año 1953)”

jueves, 9 de noviembre de 2017

San Bernardo de Claraval advierte del peligro de posponer la confesión hasta el momento de la muerte


Lo que ocurre inmediatamente después de la muerte: el Juicio Particular y el destino eterno -Cielo o Infierno-, según las obras realizadas libre y voluntariamente.


Los que pecan esperando confesarse a último momento

"Se multiplicaron sus enfermedades y se apresuraron. ¿Por qué evitan los hombres convertirse durante la vida y se fían de la última confesión? ¿Cómo creen que en una sola hora podrán reunir todas las facultades de su alma, dispersas y desparramadas por todo el mundo y por la concupiscencia y malos deseos, hundidas en el fango y pegadas a él con el engrudo del placer?
"No niego", dice el Señor, "que pueda salvar a algunos de estos, pues puedo presentarles toda su vida en un abrir y cerrar de ojos, y moverles a la penitencia y compunción del corazón por medio del Espíritu Santo, que sopla donde quiere y cuando quiere, y de ese modo puedan alcanzar como el ladrón lo que otros apenas son capaces de conseguir con un largo y continuo ejercicio. Pero también os digo esto: No aceptaré sus asambleas de sangre. Es decir, a los que viven en la sangre no los aceptaré en grandes multitudes, ni acogeré a muchos de ellos en mi seno.
En todas las Escrituras solamente encontrarás a uno que se salvó en el último momento, y eso ocurrió durante la pasión del Señor, y porque allí hubo una fe mucho mayor que en todo Israel".
(San Bernardo de Claraval)

jueves, 21 de julio de 2016

Nuestra Señora de los Dolores y la pérdida de un ser querido


         La muerte de un ser querido nos sumerge en un profundo dolor, en una profunda angustia, y a veces, en una tristeza que no parece terminar nunca. Es por eso que nos preguntamos: cuando sufrimos la dolorosa pérdida de un ser querido, ¿qué podemos hacer los cristianos católicos? ¿Estamos desamparados ante el dolor? ¿Hay algún tipo de consuelo?
         Frente al dolor que supone la pérdida de un ser amado, los católicos no estamos solos, pues contamos con un auxilio y un consuelo que no cuenta nadie más que no pertenezca a la Religión Católica, y es el acudir a la Virgen, para pedirle aquello que más nos hace falta en los momentos más dolorosos de la vida terrena, como lo es la pérdida de un ser al que amamos.
         ¿Por qué a la Virgen?
         Porque la Virgen conoce, más que nadie en esta tierra, el dolor que significa la pérdida de quien se ama, porque Ella misma perdió a Aquel que era su vida y la razón de su ser y existir, su Hijo Jesucristo. La Virgen estuvo el Viernes  Santo, de pie, al lado de la cruz, durante toda la agonía de Jesús, desde las doce del mediodía, en que fue crucificado, hasta las tres de la tarde, en que murió. Ella asistió, con paciencia y profundo amor, a la muerte dolorosísima de su Hijo –la muerte en cruz es una de las más dolorosas que puede experimentar un hombre-, ofreciéndolo al Padre y ofreciéndose Ella misma, en unión con su Hijo, como Víctimas puras, inocentes e inmaculadas, por nuestra salvación.
         Además, debemos acudir a la Virgen porque Ella es Nuestra Madre del cielo, porque Jesús nos la donó, en la persona de Juan, en quien estábamos todos representados, antes de morir Él en la cruz: “Madre, he aquí a tu hijo”, y así como un niño pequeño, cuando se golpea, o tiene una pena, o una tristeza, acude a su madre y sólo con el abrazo de su madre ya experimenta consuelo, así también debemos hacer nosotros, que somos como niños pequeños, necesitados del amor y del consuelo de Nuestra Madre celestial. Y puesto que la Virgen es Nuestra Madre del cielo, al acercarnos a Ella, que está al pie de la cruz, Ella nos acercará a su Hijo Jesús y, en el silencio de la oración, no sólo nos dará el consuelo frente al dolor, sino que nos dará también la fortaleza y el amor necesarios para sobrellevar cristianamente el dolor tan profundo que significa la pérdida del ser amado.
         Ella se encargará de enjugar nuestras lágrimas y de darnos su amor maternal, para que llevemos con amor sobrenatural la cruz de la pérdida, por la muerte, de quien amamos.

         Acudamos a la Virgen, Nuestra Señora de los Dolores, por la oración, ofreciéndole el dolor de nuestros corazones y veremos cómo, casi sin darnos cuenta, comenzaremos a experimentar su consuelo y amor maternal.

jueves, 6 de agosto de 2015

La esperanza del cristiano es Cristo Jesús


         La muerte, como fenómeno existencial, no solo nos sorprende y nos deja sin palabras, sino que nos provoca angustia, dolor interior, llanto, tristeza, y tanto más, cuanto más querido es el ser que ha fallecido. La muerte nos deja atónitos, sorprendidos, entristecidos, porque es un hecho que desestructura nuestra vida, nuestro ser; al quitar de en medio a quienes amamos, la muerte nos deja un vacío existencial que corre el riesgo de convertirse en un abismo, que puede arrastrarnos y terminar con nosotros, si es que no tenemos conciencia de lo que nos sucede, si no podemos dimensionar a la muerte en su verdadera condición. Es decir, la muerte es algo tan conmocionante, que corremos el riesgo de dejar absorbernos por la muerte, de manera tal que, aun permaneciendo vivos, vivamos como muertos, en el sentido más literal de la palabra. La muerte nos deja sin esperanzas en esta vida, porque no hemos sido creados para la muerte, sino para la vida.
Por lo tanto, es necesario afrontar la muerte desde la perspectiva adecuada, que no es otra que la perspectiva de la fe de la Iglesia, para darle a la muerte su verdadera dimensión.
¿Qué nos enseña la Iglesia acerca de la muerte?
Nos enseña que la muerte ha sido vencida por el Hombre-Dios Jesucristo, porque con su sacrificio y muerte en cruz, ha dado muerte a nuestra muerte, para concedernos a cambio, por su Resurrección, su Vida, que es la vida misma de Dios Uno y Trino.
La Iglesia nos enseña que la muerte, por lo tanto, no es un hecho que nos deje sin esperanzas, sino que, por Cristo Jesús, se ha convertido en mero umbral que da paso a la vida eterna. Ahora bien, esta vida eterna será de gozo o de dolor, pero de ninguna manera la muerte, para la Iglesia, se convierte en un “punto final” desesperanzador, sino que se convierte, en realidad, en un “punto de partida”, porque allí mismo da comienzo una nueva vida, la vida eterna, la cual será de felicidad y alegría si somos fieles a Nuestro Señor Jesucristo y su gracia.
Por otra parte, puesto que la Iglesia nos enseña también que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), porque confiamos en su Misericordia Divina, es que esperamos que nuestros seres estén ya gozando de su visión, puesto que esperamos que Dios les haya perdonado sus pecados, muchos o pocos, que puedan haber cometido a causa de la humana debilidad.
Y así como esperamos que estén ya en la eterna felicidad, esperamos confiados en un reencuentro con ellos, no en esta vida, sino en la otra, en la Casa del Padre, en Cristo Jesús, por su gran misericordia.
El otro aspecto a tener en cuenta, es que esta vida terrena es pasajera, tal como lo dice el Salmo 143: “Nuestra vida, Señor, pasa como un soplo, enséñanos a vivir en tu voluntad”. La vida en el tiempo y en el espacio, “pasa como un soplo”, porque es como un parpadear de ojos, en comparación con la eternidad.
Entonces, si queremos reencontrarnos con nuestros seres queridos en la Casa del Padre –luego de haber pasado nosotros mismos por la muerte y si es que superamos el Juicio particular-, debemos prepararnos para nuestra propia muerte, porque si morimos en gracia, ese día será el día del reencuentro, en Cristo Jesús, con aquellos seres queridos a quienes hoy la muerte nos los ha arrebatado.
El recuerdo de un ser querido no debe quedar por lo tanto en la mera memoria afectiva y sensible: si de veras los amamos, y si sabemos que, por Jesucristo y su sacrificio en cruz, tenemos la esperanza de volverlos a ver, de volver a hablar con ellos, de volver a abrazarlos y besarlos -a nuestros padres, hijos, amigos, fallecidos-, para ya nunca más separarnos, porque el Reino de Dios es eterno, entonces debemos prepararnos para atravesar nosotros mismos ese umbral que separa el tiempo humano de la eternidad, al que llamamos “muerte”, y la forma de hacerlo, es mediante un triple propósito: vivir en gracia de Dios –de ahí la necesidad de la confesión sacramental y de la comunión dominical, al menos-, evitar el pecado en todas sus formas y obrar la misericordia para con los más necesitados.
Si cumplimos estos propósitos, confiados en la Divina Misericordia, entonces la muerte ya no será para nosotros causa de desesperanza, sino motivo de esperanza, porque gracias a la muerte de Cristo en la cruz, podremos reencontrarnos con nuestros seres queridos, en el Reino de los cielos, para ya nunca más separarnos.


martes, 19 de mayo de 2015

¿Estoy listo para morir? El Papa Francisco nos da consejos para ese último adiós

Papa Francisco / Foto: L'Osservatore Romano

VATICANO, 19 May. 15 / 12:27 pm (ACI/EWTN Noticias).- ¿Estoy preparado para encomendarme a Dios?, ¿para hacer la última despedida cuando Cristo me llame a la otra vida?, fueron las preguntas que hizo el Papa Francisco en la Misa de la Casa Santa Marta, donde reflexionó sobre las despedidas, grandes y pequeñas, que tiene el ser humano durante y al final de su vida.

“Cuándo será, no se sabe, pero vendrá el momento en el que ‘hasta luego’, ‘hasta pronto’, ‘hasta mañana’, ‘hasta la vista’ se convertirá en ‘adiós’”, meditó el Pontífice.

Según informó Radio Vaticana, el Santo Padre centró su homilía en el discurso de Jesús antes de la Pasión y en la despedida de Pablo en Mileto antes de ir a Jerusalén. Además recordó a los cristianos perseguidos y demás migrantes que son obligados a huir de sus lugares de origen.

“Jesús se despide, Pablo se despide, y esto nos ayudará a reflexionar acerca de nuestras despedidas”. En la vida “hay tantas despedidas”, pequeñas y grandes y hay también “tanto sufrimiento, tantas lágrimas” en algunos casos, señaló Francisco.

“Pensemos hoy en aquellos pobres rohingyas de Myanmar. En el momento de dejar su tierra para huir de las persecuciones no sabían qué les habría sucedido. Y desde hace meses están en barcazas, allí… Llegan a una ciudad en la que les dan agua y comida y les dicen: ‘Váyanse’. Es una despedida. Entre otras cosas, hoy se produce esta despedida existencial grande. Piensen en la despedida de los cristianos y de los yazidis, que no piensan volver a su tierra, porque fueron expulsados de sus casas. Hoy”.

Francisco señaló que también hay pequeñas y grandes despedidas, como la “despedida de la mamá, que saluda y da el último abrazo al hijo que va a la guerra; y todos los días se levanta con el temor” de que alguien venga a decirle: ‘Le agradecemos mucho la generosidad de su hijo que ha dado la vida por la patria’”. También está “la última despedida que todos nosotros debemos hacer, cuando el Señor nos llama a la otra vida. Yo pienso en esto”.

Estas grandes despedidas de la vida, “también la última, no son las despedidas de un ‘hasta pronto’, ‘hasta luego’, ‘hasta la vista’, que son despedidas que uno sabe que vuelve, o inmediatamente o después de una semana. Hay despedidas de las que no se sabe cuándo y cómo volveré –dijo también el Santo Padre–. Y afirmó que el tema de la despedida también está presente en el arte y en las canciones.

“Me viene una a la mente, esa de los alpinos, cuando aquel capitán se despide de sus soldados: el testamento del capitán. ¿Yo pienso en la gran despedida, en mi gran despedida, no cuando debo decir ‘hasta luego’, ‘hasta más tarde’, ‘hasta la vista’, sino ‘adiós’? Estos dos textos dicen la palabra ‘adiós’. Pablo encomienda a Dios a los suyos y Jesús encomienda al Padre a sus discípulos, que permanecen en el mundo. ‘No soy del mundo, pero custódialos’. Encomendar al Padre, encomendar a Dios: éste es el origen de la palabra ‘adiós’. Nosotros decimos ‘adiós’ sólo en las grandes despedidas, tanto de la vida como en la última”.

“Creo que con estos dos íconos, el de Pablo que llora de rodillas en la playa, todos allí; y en Jesús, triste, porque le esperaba la Pasión, con sus discípulos, llorando en su corazón, podemos pensar en nuestra despedida. Nos hará bien. ¿Quién será la persona que cerrará mis ojos?”, expresó.

“¿Qué dejo? Tanto Pablo como Jesús, ambos, en estos pasajes hacen una especie de examen de conciencia: ‘Yo he hecho esto, esto, esto…’. ¿Yo qué he hecho? Pero me hace bien imaginarme en aquel momento. Cuándo será, no se sabe, pero vendrá el momento en el que ‘hasta luego’, ‘hasta pronto’, ‘hasta mañana’, ‘hasta la vista’ se convertirá en ‘adiós’. ¿Yo estoy preparado para encomendar a Dios a todos los míos? ¿Para encomendarme a mí mismo a Dios? ¿Para decir aquella palabra que es la palabra del encomendarse del hijo al Padre?”.

Francisco concluyó su homilía aconsejando leer las lecturas del día sobre la despedida de Jesús y la de Pablo, y a “pensar que un día”, también nosotros, deberemos decir aquella palabra, “adiós”. “A Dios encomiendo mi alma; a Dios encomiendo mi historia; a Dios encomiendo a los míos; a Dios encomiendo todo”, expresó.

“Que Jesús, muerto y resucitado nos envíe al Espíritu Santo, para que aprendamos aquella palabra, aprendamos a decirla, pero existencialmente, con toda la fuerza: la última palabra, adiós”, concluyó.
(https://www.aciprensa.com/noticias/estoy-listo-para-morir-el-papa-francisco-nos-da-consejos-para-ese-ultimo-adios-53524/)

sábado, 14 de marzo de 2015

Qué dice la Iglesia sobre los Novísimos 2


(Homilía para una Misa por un difunto)

Cuando pedimos una Misa por un ser querido, es conveniente recordar lo que enseña el Catecismo acerca de Dios, de la muerte y de lo que sucede más allá de la muerte. El Catecismo nos enseña que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), un Amor infinito, eterno, inagotable, misericordioso  y porque Dios es Amor, esperamos que nuestros seres queridos difuntos, a quienes recordamos en la Santa Misa, estén ya con Él, que Él ya les haya perdonado sus muchos o pocos pecados que puedan haber tenido. 
Pero el Catecismo nos recuerda que Dios es también un Dios de infinita Justicia , porque de lo contrario, no  sería Dios, sería un Dios injusto, y porque Dios es un Dios de infinita Justicia, es que nosotros, que todavía estamos en esta tierra y debemos atravesar el umbral de la muerte, debemos poner mucha atención a nuestras acciones, para no ofender a su Divina Justicia con malas acciones, con pecados. El Catecismo enseña que, inmediatamente después de la muerte, el alma va a enfrentar lo que se llama el “juicio particular” , en donde toda su vida pasa ante sus ojos, con sus obras buenas y sus obras malas, y de acuerdo a ellas, recibe el veredicto de su destino definitivo: o el Cielo –el Purgatorio como antesala del Cielo- o el Infierno. Es por eso que nosotros, que todavía no hemos atravesado el umbral de la muerte, debemos obrar siempre el bien, para que nuestras buenas obras nos granjeen el paso al Cielo.
Hemos dicho que esperamos que, por la Misericordia de Dios, que nuestros seres queridos estén ya con Él; ahora bien, no debemos pensar que nunca más los veremos: por Jesucristo, gracias a Él y a su sacrificio en cruz, y a su Muerte y Resurrección, tenemos la certeza de volver a encontrarlos, de volver a verlos, de volver a abrazarlos, para esta vez, no separarnos ya nunca más. Dice el Apocalipsis que en el cielo no hay dolor, no hay tristeza, no hay llanto ; solo hay felicidad, alegría, amor, porque todos están en Dios, que es Amor, Alegría y Paz. Pero para reencontrarnos con nuestros seres queridos, tenemos que tener en cuenta que nosotros en esta vida, es como si camináramos por una cornisa, con un abismo a cada lado, porque a cada paso, podemos caer en el Abismo del que no se sale; a cada caso podemos caer en el pecado, que nos hace perder la gracia y la posibilidad de acceder al Cielo. Lo único que nos puede unir a nuestros seres queridos en el Cielo, es Jesús crucificado y Jesús en la Eucaristía. Entonces, si mantenemos fijos los ojos en Jesús crucificado y en Jesús Eucaristía, si vivimos en gracia, si detestamos el pecado, si obramos la misericordia, estaremos seguros, segurísimos, de que, por la Misericordia de Jesucristo, nos reencontraremos en Cristo, el día de nuestra propia muerte y luego de nuestro juicio particular con nuestros seres queridos en el Reino de los cielos y nunca más nos separaremos.

jueves, 5 de marzo de 2015

Qué dice el Catecismo sobre los Novísimos


         El Catecismo nos enseña que después de la muerte, comienza la vida eterna, es decir, la vida que no tiene fin, la vida que “comienza inmediatamente después de la muerte”. Inmediatamente luego de la muerte, tiene lugar el juicio particular, en donde se decide el destino final definitivo, según las obras personales de cada uno: cielo (purgatorio, como antesala del cielo) o infierno. Dice así el Número         207 del Compendio del Catecismo: “¿Qué es la vida eterna? (1020; 1051) La vida eterna es la que comienza inmediatamente después de la muerte. Esta vida no tendrá fin; será precedida para cada uno por un juicio particular por parte de Cristo, juez de vivos y muertos, y será ratificada en el juicio final”.
         El Catecismo enseña que habrá un juicio particular, en el cual se dará, de modo “inmediato”, la retribución por las obras, buenas o malas, que hayamos hecho en esta vida, y la retribución consistirá en el acceso al cielo o en la condenación en el infierno. Dice así el Número 208: “¿Qué es el juicio particular? (1021-1022; 1051) Es el juicio de retribución inmediata, que, en el momento de la muerte, cada uno recibe de Dios en su alma inmortal, en relación con su fe y sus obras. Esta retribución consiste en el acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien de la condenación eterna al infierno”.
Los que mueran sin necesidad de purificación, es decir, los que mueran con amor puro a Dios en el corazón, verán inmediatamente a Dios, y comenzarán a gozar de su visión apenas dejen esta vida, y eso es lo que se entiende por “cielo”. En el Número 209 se dice: “¿Qué se entiende por cielo? (1023-1026; 1053) Por cielo se entiende el estado de felicidad suprema y definitiva. Todos aquellos que mueren en gracia de Dios y no tienen necesidad de posterior purificación, son reunidos en torno a Jesús, a María, a los ángeles y a los santos, formando así la Iglesia del cielo, donde ven a Dios “cara a cara” (1 Co 13, 12), viven en comunión de amor con la Santísima Trinidad e interceden por nosotros. “La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna” (San Cirilo de Jerusalén)”.
Los que necesiten purificación, es decir, los que no mueran en pecado mortal, pero sí necesitados de purificación, deberán pasar por el Purgatorio, para purificar su amor por Dios. En el Número 210 se dice: “¿Qué es el purgatorio? (1030-1031; 1054) El purgatorio es el estado de los que mueren en amistad con Dios pero, aunque están seguros de su salvación eterna, necesitan aún de purificación para entrar en la eterna bienaventuranza”.
Y en el 211. “¿Cómo podemos ayudar en la purificación de las almas del purgatorio? (1032) En virtud de la comunión de los santos, los fieles que peregrinan aún en la tierra pueden ayudar a las almas del purgatorio ofreciendo por ellas oraciones de sufragio, en particular el sacrificio de la Eucaristía, pero también limosnas, indulgencias y obras de penitencia.
Por último, quienes hayan muerto en pecado mortal, es decir, enemistados con Dios, recibirán el justo pago por sus obras malvadas, el infierno, según se afirma en el Número 212: “¿En qué consiste el infierno? (1033-1035; 1056-1057) Consiste en la condenación eterna de todos aquellos que mueren, por libre elección, en pecado mortal. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente encuentra el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. Cristo mismo expresa esta realidad con las palabras “Alejaos de mí, malditos al fuego eterno” (Mt 25, 41).
La existencia del infierno no es contraria a la Misericordia Divina, sino una confirmación de ella, y además, una prueba del inmenso respeto que Dios tiene para con la libertad del hombre. Dice así el Número 213: “¿Cómo se concilia la existencia del infierno con la infinita bondad de Dios? (1036-1037) Dios quiere que “todos lleguen a la conversión” (2 P 3, 9), pero, habiendo creado al hombre libre y responsable, respeta sus decisiones. Por tanto, es el hombre mismo quien, con plena autonomía, se excluye voluntariamente de la comunión con Dios si, en el momento de la propia muerte, persiste en el pecado mortal, rechazando el amor misericordioso de Dios”.
Acerca del Juicio Final, dice el Compendio en el Número 214: “¿En qué consistirá el juicio final? (1038-1041; 1058-1059) El juicio final (universal) consistirá en la sentencia de vida bienaventurada o de condena eterna que el Señor Jesús, retornando como juez de vivos y muertos, emitirá respecto “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), reunidos todos juntos delante de sí. Tras del juicio final, el cuerpo resucitado participará de la retribución que el alma ha recibido en el juicio particular.
215. ¿Cuándo tendrá lugar este juicio? (1040) El juicio final sucederá al fin del mundo, del que sólo Dios conoce el día y la hora.
216. ¿Qué es la esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva? (1042-1050; 1060) Después del juicio final, el universo entero, liberado de la esclavitud de la corrupción, participará de la gloria de Cristo, inaugurando “los nuevos cielos y la tierra nueva” (2 P 3, 13). Así se alcanzará la plenitud del Reino de Dios, es decir, la realización definitiva del designio salvífico de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 10). Dios será entonces “todo en todos” (1 Co 15, 28), en la vida eterna.

“AMÉN” 217. ¿Qué significa el Amén, con el que concluye nuestra profesión de fe? (1061-1065) La palabra hebrea Amén, con la que se termina también el último libro de la Sagrada Escritura, algunas oraciones del Nuevo Testamento y las oraciones litúrgicas de la Iglesia, significa nuestro “sí” confiado y total a cuanto confesamos creer, confiándonos totalmente en Aquel que es el “Amén” (Ap 3, 14) definitivo: Cristo el Señor.

domingo, 11 de enero de 2015

Cuando se deja la conversión para la muerte. Revelaciones a Santa Brígida



Muchos hay en el día de hoy, dijo santa Inés a santa Brígida, que tienen estos pensamientos, de caminar gozando del mundo, para volverse a Dios a la hora de la muerte, y dicen: Cosa dura es meternos por camino tan estrecho, y dejar las honras y nuestra propia voluntad. Y se apoyan en una esperanza falsa y peligrosa, diciendo: Larga es nuestra vida, y grandísima la misericordia de Dios. El mundo está lleno de goces, y para ellos fuí creado; así, no importa que por algún tiempo use yo del mundo según mi voluntad, que al fin de mi vida quiero seguir a Dios, pues en este camino del mundo hay cierto atajo o vereda, que es la contrición y confesión, y si me acogiere a ella, me salvaré.
Este deseo de pecar hasta el fin y pensar confesarse entonces, es una esperanza muy flaca, porque cuando ellos menos piensen, ya están en manos de la muerte, y suele ser tal el dolor y tan arrebatado el fin, que no pueden hacer confesión ni tener contrición que les sea de provecho. Y con muchísima razón se les niega eso, pues no quisieron prevenirse cuando pudieron, sino que quisieron atar la misericordia de Dios y guardarla para cuando ellos quisiesen aprovecharla, y no cuando Dios se la ofrecía; ni tenían pensamiento de dejar de pecar, sino hacerlo hasta más no poder, y se volvían a Dios porque el pecado los dejaba a ellos, y no podían ya gozar de sus deleites. La justicia, hace su oficio en juzgar, y la misericordia el suyo en atraer a sí y convidar.

Y la Madre de Dios dijo a santa Brígida: Aun cuando Dios puede hacer todas las cosas, no obstante,el hombre debe cooperar para salir del pecado y alcanzar el amor de Dios. Porque tres cosas hay para que el hombre salga del pecado, que son: perfecta penitencia, intención de no volver a pecar, y la enmienda, según consejo de los que han despreciado el mundo por Dios, y están autorizados para darlo. Otras tres cosas hay para alcanzar la gracia, que son: humildad, misericordia y deseo grande de amar mucho a Dios; pues cualquiera que con estas condiciones dijere aunque sea solamente un Padre nuestro por alcanzar la gracia de Dios, muy pronto sentirá los efectos de esta misma gracia.

Hasta que está el hombre debajo de la tierra, no me aparto de él; y si se anima a romper las cerraduras, le salgo al encuentro como su sierva para servirle, y como Madre para ayudarle. Y debo decirte, que como ves que la tierra produce plantas y flores de diverso género y especie, del mismo modo si desde el principio del mundo todos los hombres hubiesen permanecido en su justicia original, todos habrían obtenido excelente recompensa; porque todo el que está gozando de Dios pasa de una alegría a otra, no porque en ninguna haya hastío, sino porque se va aumentando el placer, y continuamente se renueva un gozo a otro, y todos tan grandes, que no se puede explicar.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Qué dice el Catecismo sobre la muerte (2)


         El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 206, dice lo siguiente: “¿Qué significa morir en Cristo Jesús? Morir en Cristo Jesús significa morir en gracia de Dios, sin pecado mortal. Así el creyente en Cristo, siguiendo su ejemplo, puede transformar la propia muerte en un acto de obediencia y de amor al Padre. ‘Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él’” (2 Tm 2, 11).
         Para interpretar correctamente este punto, debemos recordar que la muerte ingresó en la especie humana con el pecado original, el pecado cometido “en los orígenes” de la humanidad, por Adán y Eva. Por ese pecado, Adán y Eva perdieron la gracia santificante, para ellos y para toda la humanidad que se originaría a partir de ellos, y es así como el hombre comenzó a experimentar la vejez, la enfermedad, el dolor y la muerte. La muerte se presenta así como un elemento extraño en el plan del Creador, puesto que Él nos creó para la vida y no para la muerte, y se presenta como un castigo y como una consecuencia por haber cometido el pecado original. Al cometer el pecado original, Adán y Eva eligieron oír la voz de la Serpiente Antigua, portadora de la muerte, y eligieron, en cambio, desoír la voz de Dios Padre, que les había prohibido comer del fruto del Árbol prohibido. Pero en esta elección, se quedan libremente aislados y desconectados de la Fuente de Vida, que es Dios, puesto que Dios es la Vida Increada y el Autor de toda vida creada, y al quedarse sin Dios, ingresan, en el cuerpo y en el alma, la muerte, física y espiritual (el pecado). En este esquema, la muerte es entonces un castigo por el apartamiento libre de la Voluntad de Dios.
Sin embargo, el Redentor, Cristo Jesús, hará “nuevas todas las cosas” con su sacrificio y muerte en cruz, y una de las cosas que “hace nuevas”, es la muerte, porque al asumir la naturaleza humana, el Hombre-Dios asume la muerte, y destruye a la muerte con su propia muerte, convirtiendo, al mismo tiempo, a la muerte, en un sacrificio agradable a Dios, porque Él la santifica con su propia muerte. En otras palabras, Jesucristo, el Hombre-Dios, al morir en cruz, mata a la muerte y la santifica, convirtiéndola, de castigo original por la desobediencia a Dios, en sacrificio agradable a Dios. Es esto lo que el Catecismo nos dice, al introducir la expresión “morir en Cristo Jesús”: “significa morir en gracia de Dios, sin pecado mortal. Así el creyente en Cristo, siguiendo su ejemplo, puede transformar la propia muerte en un acto de obediencia y de amor al Padre”. El Catecismo re-define a la muerte, como vemos: de “castigo” original, a “acto de obediencia y de amor al Padre”, que es en lo que consiste el sacrificio de Jesús en la cruz.

De esta manera, el Catecismo nos está diciendo, por un lado, que no es lo mismo morir “en Cristo Jesús”, que morir “sin Cristo Jesús”. “Morir en Cristo Jesús”, significa morir en gracia y la gracia se obtiene por los sacramentos –en este caso, para el moribundo, el Sacramento de la Penitencia, la Unción de los enfermos y la Comunión Eucarística-; morir sin Cristo Jesús, implica el rechazo voluntario a los sacramentos y quedar excluidos de la comunión de vida y amor con Él y, por su intermedio, con la Trinidad. Al “morir en Cristo Jesús”, además, el Compendio abre la consecuencia lógica de esta muerte, la resurrección en Cristo Jesús, porque si participamos de su muerte en cruz, por medio de la gracia recibida en los sacramentos, participamos también de su gloriosa resurrección: ‘Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él’” (2 Tm 2, 11).

miércoles, 17 de diciembre de 2014

¿Qué dice el Catecismo sobre la Muerte? (1)


(Homilía para Misa de difuntos)
         El Catecismo enseña que luego de la muerte, que acaece cuando el alma se separa del cuerpo, el cuerpo “cae en la corrupción”, comienza un proceso de descomposición orgánica, porque se ha separado de su principio vital, que es el alma, mientras que el alma, va “al encuentro del juicio de Dios y espera volver a unirse al cuerpo, cuando éste resurja transformado en la Segunda Venida del Señor. Comprender cómo tendrá lugar la resurrección sobrepasa la posibilidad de nuestro entendimiento y de nuestra imaginación”[1].
         De este punto del Catecismo, vemos entonces que, para el cristiano, la muerte no es nunca un hecho definitivo, porque consiste en una separación temporaria, por así decir, del alma y del cuerpo, hasta la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo. No importa tanto la muerte en sí misma, sino lo que sucede inmediatamente después de la muerte, y es lo que nos dice el Catecismo: el alma va “al encuentro del juicio de Dios”, porque allí el alma ve desplegarse, delante de sus ojos, todas sus obras, las buenas y las malas, y allí se decide su destino eterno, el cielo o el infierno. Por la misericordia de Dios, siempre esperamos obtener el cielo, para nosotros y para nuestros seres queridos difuntos, pero para eso, debemos hacer el propósito de vivir en gracia, detestar y huir del pecado y obrar la misericordia, para que, en nuestra propia muerte, como dice el Catecismo, nuestra alma se una a nuestro cuerpo, cuando éste “resurja transformado en la Segunda Venida del Señor”.
         Y puesto que esperamos confiados en la Misericordia Divina, que nuestros seres queridos difuntos están ya con Dios, si así obramos, es decir, si vivimos en gracia, detestando el pecado y obrando la misericordia, al morir, nuestras almas se unirán a nuestros cuerpos glorificados y, en Cristo resucitado, nos uniremos a nuestros seres queridos, a quienes conmemoramos en la Santa Misa, y entonces sí, nunca más nos separaremos.



[1] Catecismo, Compendio, n. 205.

miércoles, 29 de octubre de 2014

El Purgatorio de San Patricio para expiar los pecados en la tierra


Una peregrinación a la entrada del purgatorio.

Irlanda es una nación que fue muy católica, pero que está en crisis espiritual con el debilitamiento de la fe, disminución de la asistencia a la iglesia, escándalos de abusos sexuales de sacerdotes y vocaciones escasas.

Tuvo un gran santo como San Patricio y uno de sus legados fue el hoy peregrinaje “Purgatorio de San Patricio”, anclado en la leyenda de que la penitencia allí puede acortar los días del Purgatorio luego de la muerte.      



El purgatorio de San Patricio



Aún podemos pensar que Irlanda tiene un sustrato católico que permanece.

Está el santuario de Knock, uno de los más famosos lugares de apariciones. A la entrada de muchos pueblos de Irlanda hay una gruta de Lourdes. Hay una estatua de María en los aeropuertos. Hay también espléndidas catedrales.

EL PURGATORIO DE SAN PATRICIO EN LOUGH DERG

Poco conocida es la conexión entre Irlanda – y San Patricio – con el profundo misticismo de purgatorio.

En el condado de Donegal, al noroeste de Irlanda está uno de los más misteriosos de estos enlaces. Esto está en el “lago sagrado” de Lough Derg, un paisaje sombrío de  bosques de coníferas y lleno de ciénagas – donde, según la leyenda, el santo se quedó como testimonio de la verdad de su fe.

Fue aquí, según las historias, que Patricio tuvo visiones del cielo, el infierno y el purgatorio.

Lough Derg está rodeado de montañas y puede llegarse por una sola ruta. El lago es grande y cubre una superficie de 2200 acres, posee 13 millas de perímetro y está situado a 450 pies sobre el nivel del mar. En este lago se encuentran muchas islas – más de doscientas – pero una tiene una característica particular.

Se trata de una isla muy pequeña (solo dos acres) llamada Station Island y en ella se alza un lugar de peregrinación y de penitencia, que lleva el nombre de “El Purgatorio de San Patricio” (Saint Patrick´s Purgatory).

En esta Isla, hace más de 1500 años San Patricio hizo penitencia por el pueblo irlandés, lucho y venció a los druidas paganos de la zona, expulsó a las serpientes de la isla y se le concedió la gracia de ver el purgatorio.

Desde aquel momento, de manera interrumpida aquí han acudido y aún acuden los fieles irlandeses, especialmente los jóvenes, con el solo fin, a ejemplo del Santo Patrono, de hacer penitencia.

UNA ENTRADA AL INFRAMUNDO

Hay tres grandes leyendas. Una conectada a San Patricio sostiene que la Estación de la Isla (o simplemente “Lough Derg”, como se le conoce comúnmente) es un lugar donde el “valiente y virtuoso” puede descender a la cueva y experimentar los secretos de la región más allá de la tumba.

En esta pequeña isla, se dijo, había una entrada al inframundo.

Uno de los relatos más antiguos que sobreviven data de 1186.

“Giraldus Cambrensis escribió en Topografía de Irlanda que la Isla de los Santos era visitada tanto por espíritus buenos y por espíritus malignos. Cada uno estaba presente en una parte de la isla. Describió la parte mala de la isla, cubierta de peñascos escarpados. Contenía nueve hoyos y los que se quedaban durante la noche eran atormentados en uno de ellos“.

La parte noroeste se llama Kernagh y significa “Isla de Clamor”. Aquí, se dijo, en la época medieval, era la residencia de satanás y sus satélites.

Vemos, pues, que de hecho es un lugar no sólo de penitencia, sino de guerra espiritual que a menudo la acompaña.

En la parte suroeste del islote hay un área llamada “Regles” que se dedica a los ángeles.

LA PURGACIÓN EN LA TIERRA

La leyenda dice que el purgatorio puede ser probado e incluso visitado aquí y que con la penitencia adecuada el alma de un individuo puede ser purgada de las manchas del pecado.

“El peregrino podría volver a la vida otra vez, pero no tendría que revisitar el purgatorio después de la muerte“, es la creencia de los muchos penitentes – tantos como 32.000 al año – que visitan la fría isla azotada por el viento.

Tan intensa es la penitencia, de hecho, que los peregrinos deben ser mayores de 14 años de edad, y sin discapacidad. “La naturaleza de las penitencias excluye a los que estan bajo cuidado del médico y a los ancianos”, dice un letrero. Los turistas no son bienvenidos y las cámaras están en realidad prohibidas.

La penitencia no es para los débiles de corazón, hay fuerte mortificación física como caminar descalzo y privarse de comida y sueño.

EL PEREGRINAJE

Hay una de un día de ayuno en el que se permite comida ligera y calzado, pero la isla es famosa por la de tres días de ayuno a pan duro y té con azúcar, café o sopa Lough Derg (agua caliente con sal o pimienta para añadir el gusto). Algunos han hecho esto tanto tiempo como 9 o 15 días.

Los cristianos llegan a Lough Derg a rezar, a ayunar, a hacer una noche de vigilia, a repetir oraciones que se remontan a los tiempos de San Patricio y que desde el siglo XV han quedado ya establecidas, a recibir los sacramentos, a confesarse y a renovar su vida cristiana.

“Al llegar a la isla, los peregrinos se quitan los zapatos y las medias y no se los ponen de nuevo hasta la mañana del tercer día, justo antes de salir”, dice un historiador, John Cunnigham.

“La grava y arena se pega a los pies de los peregrinos y los agudos peñascos del macizo penitencial pueden producir agonía en los blandos y suaves del pies de la persona moderna, pero es todo parte de la penitencia. Hay una gran nivelación de ricos y pobres, de sofisticados y campesinos”.

El macizo penitencial de la isla está en los restos circulares de celdas de monjes de un metro de alto, que tiene una entrada y una cruz en el centro. El peregrino rodea el macizo rezando, entonces se arrodilla en la entrada, pasea por el interior y se arrodilla en el centro repitiendo las mismas oraciones. Hay seis de estos macizos, cada uno de los cuales constituye una estación de Lough Derg.

Para “hacer” una estación, se reza en los macizos, en los alrededores de la basílica, a la orilla del lago y en dos cruces antiguas. El peregrino completa tres de ellos en el primer día, cuatro en una noche de larga vigilia, cuando está prohibido dormir, uno al día siguiente y una más en la mañana antes de salir.

¿ESTUVO SAN PATRICIO REALMENTE AQUÍ?

La presencia de San Patricio en este lugar está apoyada no solamente en una sólida tradición sino también en evidencias históricas.

El santuario fue conocido en la época medieval como Termon Dabheoc, en conmemoración a San Dabheoc, discípulo de San Patricio que presidió el lugar después de la muerte del santo a comienzos del siglo VI.

San Dabheoc fundó un monasterio en la Isla después dedicado totalmente a la oración y a la penitencia.

De esta época son las existentes “penitential beds”, que no son otra cosa que los restos de las celdas monásticas u oratorios donde los monjes pasaban tiempo de oración apartados de la comunidad.

Estas seis beds están dedicadas desde época inmemorial a los santos Brígida, Brenda, Catalina de Alejandría, Columbano, Patricio y Dabheoc.

A este período pertenece también una de las piedras esculpidas más antiguas que se conservan en la Isla, conocida como la Cruz de San Patricio y está ubicada en la pared de la basílica de San Patricio. Ver y besar esta cruz es el primer paso del peregrinaje.

El lugar fue visitado por peregrinos ininterrumpidamente desde la época del mismo santo. Muchos personajes ilustres y famosos han pasado por aquí a realizar los tres días de penitencia. 

miércoles, 22 de octubre de 2014

Obispo argentino sobre Halloween: una costumbre foránea, frívola y malévola


Monseñor Ariel Torrado Mosconi sobre Halloween: una costumbre foránea, frívola y malévola


Ante la difusión creciente de imponer a nuestros niños la “celebración” de Halloween me parece importante advertir a los fieles que se trata de una costumbre pagana iniciada en los países del norte y que trae aparejado el culto por el mal. 
Es lamentable la difusión que se le está haciendo a una tradición totalmente ajena a nuestras costumbres santiagueñas y argentinas, que se imponen desde los países poderosos como un medio de sometimiento cultural.
Por otra parte es muy triste corromper la inocencia de los niños con figuras asociadas a la muerte, al mal y a todo tipo de seres repugnantes.
Además, detrás de estas tradiciones está la brujería con sus pactos con el mal y todo lo perverso.
Exhorto a los padres y educadores a ser muy cuidadosos de preservar la inocencia de los niños y evitar la compra de juegos, disfraces, cotillón y otros enseres asociados a esta perversa tradición.

lunes, 18 de agosto de 2014

A pocos en el purgatorio les llegan oraciones: revelación de un alma religiosa purgante


almas-del-purgatorio
agosto 15, 2014
El purgatorio tiene distintos niveles

Esta revelación de una religiosa en el purgatorio a otra religiosa en la tierra señala que hay distintos tipos de purgatorio. Y deja sobrevolando estas preguntas para quienes seamos llevados a purificarnos luego de la muerte: ¿tendremos suficientes oraciones por nosotros en la tierra?, ¿serán nuestros pecados no expiados en la tierra tan  graves para que seamos condenados a un período en el que no nos lleguen las oraciones? 


“Sé cuando se ora por mí, y es lo mismo con todas las otras almas aquí en el Purgatorio. A muy pocos de nosotros les llegan oraciones, la mayoría de nosotros estamos totalmente abandonados, sin ningún pensamiento u oraciones ofrecidas para nosotros por los de la tierra” (Mensaje de un alma del Purgatorio)

DEL MANUSCRITO DE LA HERMANA M. DE L.C., ESCRITO ENTRE 1874-1890 

Para tener una idea de cómo se organiza el Purgatorio, podemos obtener una buena vista a partir de una monja de Francia, que había fallecido el 22 de febrero 1871 a la edad de 36 años, y 2-1/2 años más tarde (en noviembre de 1873) ella comenzó a aparecer desde el Purgatorio a una monja compañera en su convento, llamada Sor M. de L.C. (en el manuscrito el nombre es anónimo para proteger la identidad de las monjas, ya que el manuscrito fue publicado, mientras que la monja todavía vivía) como se relata en el folleto, “Un manuscrito inédito sobre el Purgatorio”, publicado por la Sociedad de Reparación del Inmaculado Corazón de María, Inc., 2002.

Ella manifiesta:

Les puedo decir acerca de los diferentes niveles de Purgatorio porque he pasado a través de ellos. En el Purgatorio grande hay varios estados. El más bajo y más doloroso, es como un infierno temporal, y aquí están los pecadores que han cometido crímenes terribles en la vida y cuya muerte les sorprendió en ese estado. Fue casi un milagro que se salvaran, y con frecuencia lo lograron por las oraciones de sus santos padres u otras personas piadosas. A veces ni siquiera tuvieron tiempo para confesar sus pecados y el mundo los creyó perdidos, pero Dios, cuya misericordia es infinita, les dio en el momento de la muerte, la contrición necesaria para su salvación en razón de una o más acciones buenas que realizaron durante la vida. Para esas almas, el purgatorio es terrible. Es un verdadero infierno, con la diferencia de que en el infierno se maldice a Dios, mientras que nosotros le bendecimos y le damos gracias por habernos salvado.

Al lado de estas vienen las almas, que aunque no cometieron crímenes grandes como las demás, fueron indiferentes a Dios. No cumplieron con sus deberes de Semana Santa y se convirtieron también en el momento de la muerte. Muchos no pudieron recibir la Sagrada Comunión. Ellos están en el Purgatorio por los largos años de indiferencia. Ellos sufren de dolores sin precedentes y son abandonados, sin la oración o si alguien reza por ellos, no se les permite sacar provecho de ellas. Hay en este estado del Purgatorio, religiosos de ambos sexos, que eran tibios, negligentes en sus funciones, indiferentes a Jesús, también sacerdotes que no ejercieron el sagrado ministerio con la debida reverencia a la majestad soberana y que no inculcaron el amor suficientemente a Dios en las almas confiadas a su cuidado. Yo estaba en esta etapa del Purgatorio.

EL SEGUNDO PURGATORIO

En el segundo purgatorio están las almas de aquellos que murieron con los pecados veniales no totalmente expiados antes de la muerte, o con los pecados mortales que han sido perdonados, pero que no han hecho la entera satisfacción de la Justicia Divina. En esta parte del Purgatorio, también hay diferentes grados de acuerdo a los méritos de cada alma.

Así, el purgatorio de las almas consagradas, o de aquellos que han recibido gracias más abundantes, es más largo y mucho más doloroso que el de la gente común del mundo.

EL UMBRAL

Por último, existe el purgatorio de deseo que se llama el Umbral. Muy pocos escapan a este. Para evitarlo, se debe tener un ardiente deseo del Cielo y de la visión de Dios. Eso es raro, más raro de lo que la gente piensa, ya que incluso las personas piadosas tienen miedo de Dios y no tienen, por lo tanto, un deseo suficientemente fuerte de ir al Cielo.

Este Purgatorio tiene su martirio, muy doloroso, como los demás; la privación de la vista de nuestro amado Jesús se suma a los intensos sufrimientos”.

OTRA EXPLICACIÓN DE LOS NIVELES DEL PURGATORIO DE ESTE MISMO LIBRO 

Retiro, Agosto 1878.

Los grandes pecadores que fueron indiferentes a Dios, y los religiosos que no fueron lo que deberían haber sido están en el estado más bajo del Purgatorio. Mientras están allí, las oraciones ofrecidas por ellos no se aplican a ellos.

Debido a que han ignorado a Dios durante su vida, ahora en su turno, los dejan abandonados, a fin de que puedan reparar sus vidas negligentes y sin valor. Mientras que en la tierra no pudieron pintar ni imaginar que Dios realmente existe, nosotros (en el Purgatorio) conocemos y comprendemos lo que Dios realmente es, porque nuestras almas están libres de todos los lazos que las cautivaban y les impedían darse cuenta de la santidad y majestad de Dios y su gran misericordia. Somos mártires, consumidos como si fuera por amor. Una fuerza irresistible nos atrae hacia Dios, que es nuestro centro, pero al mismo tiempo, otra fuerza nos empuja de nuevo a nuestro lugar de expiación.

Estamos en el estado de no poder satisfacer nuestros anhelos. ¡Oh, qué sufrimiento que es!, pero lo deseamos y no hay murmuración contra Dios aquí. Queremos solamente lo que Dios quiere. En la tierra, sin embargo, no se puede comprender lo que tenemos que soportar. Estoy muy aliviada porque ya no estoy en el fuego. Tengo ahora sólo el deseo insaciable de ver a Dios, un sufrimiento muy cruel, pero creo que al final mi exilio está a la mano y que pronto voy a salir de este lugar donde extraño a Dios con todo mi corazón. Lo conozco bien, me siento más a gusto, pero yo no te puedo decir el día ni la hora de mi liberación. Sólo Dios lo sabe. Puede ser que tenga todavía muchos años de anhelo por el cielo. Continúa orando, yo te lo pagaré más adelante, aunque yo rezo mucho por ti ahora.

¿Por qué es que yo rezo con menos fervor para ti de lo que yo oro por los demás y muchas veces se me olvida recomendarte?

No te preocupes por eso. Se trata de un castigo para mí.

Incluso si tú oras más no debería haber ningún alivio. Dios lo quiere así. Si Él quiere que ores más Él te inspirará a hacerlo. Vuelvo a repetir, no te preocupes por mí. Nunca me verás en sufrimientos. Más tarde, cuando tu alma sea más fuerte, podrás ver las almas en el Purgatorio y otros males, pero no dejes que esto te asuste. Entonces Dios le dará el necesario coraje y todo lo que necesites para cumplir su santa voluntad.

¿No es esto un castigo?

No, ciertamente no, estoy aquí para mi alivio y para su santificación, si le prestas atención a lo que digo.

Eso es cierto, pero estos acontecimientos son tan extraordinarios que no sé qué hacer con ellos, no es una cosa normal que te escuche de esta manera.

Entiendo muy bien tu dificultad y estoy consciente de tus sufrimientos. Sin embargo, si Dios lo quiere y eso me alivia, tendrá piedad de mí, ¿no?. Cuando esté liberada verás que voy a hacer mucho más por ti de lo que has hecho por mí. Yo ya rezo mucho por ti.

¿Dónde está la hermana XX?

En el Purgatorio más bajo, donde ella no recibe ningún beneficio de las oraciones de nadie. Dios está disgustado, si se puede hablar así, cuando muchos religiosos mueren, porque Él ha llamado a estas almas a sí mismo para que pudieran servirle fielmente en la tierra e ir directamente al cielo en el momento de la muerte, pero a causa de su infidelidad, tienen que permanecer mucho tiempo en el Purgatorio, mucho más que las personas en el mundo que no han tenido tantas gracias.

1879, Retiro en septiembre.

Vemos a San Miguel como vemos a los ángeles. Él no tiene cuerpo. Él trata de conseguir las almas terminen su purificación. Él es quien las conduce al Cielo. Él es uno de los Serafines, como dijo Monseñor. Él es el ángel más alto en el cielo. Nuestros Ángeles Guardianes propios vienen a vernos, pero San Miguel es mucho más hermoso de lo que ellos son. En cuanto a la Santísima Virgen, la vemos en cuerpo. Ella viene al purgatorio en sus fiestas y se remonta al cielo con muchas almas. Mientras que ella está con nosotros no sufrimos. San Miguel la acompaña. Cuando él viene solo, sufrimos como siempre.

Cuando yo te hablé del gran y segundo Purgatorio, fue para tratar de hacerte entender que hay diferentes estados en el Purgatorio. Así que yo llamo el estado del purgatorio “grande” o “peor”, a donde están las almas más culpables, y donde me quedé por dos años sin ser capaz de dar una señal de los tormentos que sufría. El año en que tú me oíste gemir, cuando empecé a hablar contigo, yo todavía estaba en el mismo lugar.

En el segundo Purgatorio, que todavía sigue siendo el Purgatorio, pero muy diferente del primero, se sufre mucho, pero menos que en el gran lugar de expiación. Luego hay una tercera etapa, que es el purgatorio del deseo, donde no hay fuego. Las almas que no desean ardientemente el cielo, que no aman a Dios suficientemente, están ahí. Es ahí donde estoy en este momento. Además, en estas tres partes del Purgatorio, hay muchos grados de variabilidad. Poco a poco, en la medida que el alma se purifica, sus sufrimientos son cambiados.

A veces me dices que el perfeccionamiento de un alma es un proceso largo y también estás asombrada de que después de tantas oraciones, estoy tanto tiempo privada de la vista de Dios. Por desgracia, el perfeccionamiento de un alma no asume menos tipo en el purgatorio que en la tierra. Hay un número de las almas, pero son muy pocas, que tienen sólo unos pocos pecados veniales que expiar. Estas no se quedan mucho tiempo en el Purgatorio. Algunas oraciones bien dichas, algunos sacrificios pronto se le entregan. Pero cuando hay almas como la mía – y sucede a casi todos aquellos cuyas vidas han sido tan vacías y que prestaron poca o ninguna atención a su salvación – entonces toda su vida tiene que ser iniciada de nuevo en este lugar de expiación. El alma tiene que perfeccionarse y el amor y el deseo por él, a quien no amaba lo suficiente en la tierra. Esta es la razón por la que la liberación de algunas almas se retrasa. Dios me ha dado una gracia muy grande permitiéndome pedir oraciones. Yo no se lo merecía, pero sin esto me habría quedado como la mayoría de los que están aquí, por años y más años“.

Fuentes: Mystics of the Church, Signos de estos Tiempos