San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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viernes, 4 de enero de 2013

Santa Faustina y la visión del cielo: inconcebibles bellezas y felicidad que nos esperan después de la muerte


"Hoy, en espíritu, estuve en el cielo y vi estas inconcebibles bellezas y la felicidad que nos esperan después de la muerte.

Vi cómo todas las criaturas dan incesantemente honor y gloria a Dios; vi lo grande que es la felicidad en Dios que se derrama sobre todas las criaturas, haciéndolas felices; y todo honor y gloria que las hizo felices vuelve a la Fuente y ellas entran en la profundidad de Dios, contemplan la vida interior de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nunca entenderán ni penetrarán.

Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero siempre nueva, brotando para hacer felices a todas las criaturas. Ahora comprendo a San Pablo que dijo:

Ni el ojo vio, ni oído oyó, ni entró al
corazón del hombre, lo que Dios preparó para los que le aman.


Y Dios me dio a conocer una sola y única cosa que a sus ojos tiene el valor infinito, y éste es el amor de Dios, amor, amor y una vez mas amor, y con un acto de amor puro de Dios nada puede compararse.

Oh, qué inefables favores Dios concede al alma que lo ama sinceramente. Oh, felices las almas que ya
aquí en la tierra gozan de sus particulares favores, y éstas son las almas pequeñas y humildes."
(D. 777 -778)

viernes, 16 de noviembre de 2012

San Juan María Vianney y el Paraíso




Sobre el Paraíso
San Juan María Vianney - el Santo Cura de Ars - es recordado por la firme piedad y amor a la Iglesia con la que convirtió a todo un pueblo que hasta entonces llevaba una muy mala vida. Este discurso es el motor que para él mismo y sus contemporáneos sería motor de cambio y perfeccionamiento en la vida espiritual...


"Benditos, Oh Señor, aquellos que moran en Tu morada, ellos Te alabarán por siempre jamás"
¡Morar en el hogar del buen Dios, y disfrutar de Su Presencia, ser feliz con la felicidad de Su bondad, oh, eso sí que es felicidad, hijos míos! ¿Quién puede comprender la alegría y consolación que están disfrutando los santos en el Paraíso? San Pablo, que fue elevado al tercer cielo, nos cuenta que hay cosas allí que no nos puede revelar, y que no comprenderíamos... en efecto, hijos míos, jamás podremos formarnos una cabal idea sobre el Cielo hasta que lleguemos allí. Es un secreto oculto, una plenitud de secretas dulzuras, una alegría plena que puede experimentarse pero nuestra pobre lengua se ve imposibilitada a explicar. ¿Qué puede imaginarse como algo mayor que eso? El buen Dios mismo será nuestra recompensa: "Ego merces tua magna nimis". Yo soy tu recompensa, sobradamente mayor. ¡Oh, Dios! la felicidad que nos prometiste es tal que los ojos humanos no pueden verla, sus oídos no pueden escucharla, ni concebirla su corazón.
Sí, hijos, la felicidad del Cielo es incomprensible, es aquello con lo que Dios desea premiarnos. Dios, que es admirable en todas sus obras, lo será también cuando recompense al buen cristiano, cuya mayor felicidad consiste en obtener el Cielo. Tal posesión contiene toda bondad y excluye todo mal, el pecado está completamente lejos del Cielo, y todo dolor, toda miseria que son en realidad su consecuencia, quedan allí desterrados. ¡No más muerte! El buen Dios será en nosotros el Principio de la vida eterna. No más enfermedad, no más tristeza, no más penas ni dolor. Los afligidos, ¡regocíjense! Sus miedos y su llanto no irán más allá de la tumba... El buen Dios mismo enjugará vuestras lágrimas. ¡Regocíjense todos aquellos a quienes el mundo persigue y abruma! Pues sus penas pronto se disiparán, y por un momento de tribulación se les dará toda la gloria celestial. Regocíjense, ya que poseen todo lo bueno en la fuente única de toda bondad, el buen Dios mismo.
¿Puede alguien no ser feliz cuando lo tiene a Dios mismo, la felicidad y la bondad de Dios mismo, cuando ve a Dios como se ve a sí mismo?
Como dice San Pablo, hijos míos, ustedes verán a Dios cara a cara, porque ya no habrá velo o impedimento entre El y nosotros. Lo tendremos sin dificultad, y ya sin temor de perderlo. Lo amaremos ininterrumpidamente con un amor indiviso, porque El solamente ocupará íntegramente nuestro corazón. Lo amaremos incansablemente, descubriendo en El siempre nuevas perfecciones, penetrando en Su inmenso abismo de sabiduría, bondad, misericordia, justicia, grandeza y santidad, hasta sumergirnos en ello con dulce ansia.
Si un consuelo interior, si una gracia de Dios nos da tanto placer en este mundo, y ello disminuye nuestros problemas y nos ayuda a soportar nuestras cruces, así como los mártires tuvieron que soportar sus tormentos, ¿cómo será la felicidad del Cielo, donde tanta consolación y deleites son dados, no gota a gota, sino a torrentes?
Imaginémonos nosotros mismos, hijos míos, viviendo un eterno día siempre nuevo, siempre sereno, calmo, en la más deliciosa y perfecta sociedad. Qué alegría, qué felicidad, si pudiéramos tener sobre la tierra aunque sea unos pocos minutos a los ángeles, a la Santísima Virgen, al celestial Jesucristo a Quien siempre veremos... Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo frente a nosotros... Y no ya sólo a través de la fe, sino a plena luz del día, ¡en toda Su Majestad! ¡Qué felicidad ver así al buen Dios!
Los ángeles han estado contemplándolo desde el comienzo de la Creación y aún no están saciados, más bien sería una desdicha para ellos verse privados de El un solo instante. Jamás puede cansarnos la posesión del Cielo, poseer a Dios, el autor de todas las perfecciones. Al contrario, cuanto más lo poseemos más lo disfrutamos, más lo conocemos, mayor atracción y encanto descubrimos. Siempre lo veremos y más desearemos verlo, y gustar el placer de disfrutarlo, que jamás puede saciarse. Los benditos que están en la Divina Inmensidad, revelarán las delicias que les rodea y los embriaga. Tal es la felicidad a la cual el buen Dios nos destina.
Y todos podemos adquirir esta felicidad. Dios quiere la salvación del mundo entero. El nos ha ameritado el Cielo mediante Su muerte y el derramamiento de Su Sangre, lo que hace factible decir: "Jesucristo murió por mí, abrió el Cielo para mí, es mi herencia... Jesús me ha preparado un lugar, y sólo de mí depende llegar a ocuparlo. Vado vobis parare locum. Voy a preparar un lugar para ti. El buen Dios nos ha dado fe, y con esta virtud podemos obtener la vida eterna. Porque, aún cuando el buen Dios quiere la salvación para todos los hombres, la quiere particularmente para los cristianos que creen en Él: Qui credit, habeat vitam aeternam. El que crea, tendrá la vida eterna. Agradezcamos entonces, hijos míos, al buen Dios, regocijémonos, nuestro nombre está escrito en el Cielo, como los de los Apóstoles. Sí, están escritos en el libro de la Vida, y si así lo elegimos, estará allí por siempre, ya que tenemos los medios para alcanzar el Cielo.
La felicidad celestial, hijos míos, es fácil de adquirir, ¡el buen Dios nos ha provisto de tantos medios para hacerlo! Miren, no hay una sola criatura que no posea los medios para obtener a Dios, y si alguno de ellos se vuelve un obstáculo, es solo por nuestro abuso de ellos. Los bienes y las miserias en esta vida, aún los castigos, fueron puestos por Dios para castigar nuestras infidelidades y servir así a nuestra salvación.
El buen Dios, como dice San Pablo, hace que todas las cosas se tornen en bien, aún nuestras mismas faltas pueden sernos útiles, aun los malos ejemplos y las tentaciones. Lot fue salvado en medio de los idólatras. Todos los santos han sido tentados. Estas cosas están en las manos de Dios, y hay asistencia para alcanzar el Cielo, podemos recurrir a los Sacramentos, una fuente de toda bondad que nunca falla, una fuente de gracia provista por Dios mismo. Era fácil para los discípulos de Jesús la salvación, ya que tenían al Salvador Divino constantemente con ellos. ¿Es más difícil para nosotros asegurar la salvación nuestra, teniéndolo siempre con nosotros? Ellos tuvieron la felicidad de obtener lo que deseaban, lo que eligieran, ¿nosotros no?
Sí, porque poseemos a Jesús en la Eucaristía, Él está continuamente con nosotros, listo para otorgarnos lo que le pidamos, esperando sólo que lo hagamos. Si un hombre codicioso dispusiera de amplios medios para enriquecerse, ¿dudaría en hacerlo? ¿permitiría que se le escapara la oportunidad? ¿es que nosotros hacemos todo por este mundo y nada por el otro?
¡Qué labor, qué problema, qué cuidados y penurias sólo para juntar una pequeña fortuna! ¿De qué nos sirven todos esos bienes perecederos? Salomón, el más grande, rico y afortunado de los reyes, dijo desde lo alto de su más brillante fortuna: "He visto todas las cosas que han sido hechas bajo el sol, cuidado, todo es vanidad y vejación para el espíritu". Ésos son los bienes por los que trabajamos tanto, en vez de preocuparnos por los bienes celestiales. ¡Es vergonzoso que no nos ocupemos en adquirirlos y descuidemos los numerosos medios disponibles para alcanzarlos! Si la higuera fuera echada al fuego por no haber prodigado frutos por falta de cuidado... Si un siervo inútil fuera reprobado por haber escondido el talento recibido, ¿qué destino nos aguarda a quienes tan frecuentemente desaprovechamos las ayudas que podríamos utilizar para ir al Cielo, y las gracias que Dios nos ha dado? Apresurémonos entonces a reparar esas faltas del pasado y a procurar adquirir los méritos que nos hagan dignos de la Vida Eterna.

sábado, 10 de noviembre de 2012

La Virgen le muestra a Amparo, vidente de El Escorial, Madrid, el infierno y sus castigos


MENSAJE DEL DÍA 26 DE MAYO DE 1984 EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID) LA VIRGEN (se trata de apariciones aprobadas por la Iglesia en España): 


Pero para que veas que todo no es gloria, hija mía, verás una parte de infierno. 

AMPARO:: ¡Ay, ay, ay, ayyy...! Pero ¡bueno! ¡Ay, ay, ay..! 
LA VIRGEN: Esas llamas que salen de su boca, es porque han publicado doctrinas falsas. 

AMPARO: ¡Ay!, ¿Y están siempre así? ¡Ay, ay, ay! ¿Y ese brazo está ardiendo también? 
LA VIRGEN: Cada miembro, que ha cometido un pecado, será atormentado, hija mía. 

AMPARO: ¡Ay!, a esos retírales las llamas. ¡Si yo eso no lo había visto de las llamas! Parecen hierro los cuerpos que están ardiendo, como un hierro está al rojo, lo tiran para arriba y para abajo. ¿Eso es siempre? LA VIRGEN: Estas almas, hija mía, están constantemente diciendo: "Maldita boca, malditos brazos, y todo mi cuerpo sea maldito", que no me ha servido nada más que para la condenación, "maldito sea mi cuerpo". 

AMPARO: Pero esos ¿no pueden salir de ahí? ¿No? ¿Tampoco? ¡Ay, Dios mío! 
LA VIRGEN: Los miembros de vuestro cuerpo, hijos míos, que hayan cometido un pecado serán eternamente atormentados. Por eso os digo, hijos míos: Si vuestro ojo os hace pecar, arrancáoslo y tiradlo lejos. Y si vuestro brazo os hace pecar, arrancaoslo fuerte y tiradlo muy lejos, porque más vale entrar sin ojos y sin brazos en el cielo, que no con todo el cuerpo en el infierno. 

AMPARO: Pero ¿cuántos infiernos hay?, porque ya son muchos. 
LA VIRGEN: Cada infierno, hija mía, cada infierno será según su pecado. 

AMPARO: Pero ya está bien, todos los que tiene. 
LA VIRGEN: Porque a todos no se os puede dar el mismo castigo, hijos míos. Dios Padre le dará a cada uno según el castigo que merece. Como las moradas, hijos míos, cada uno iréis según vuestras obras. 

AMPARO: Si a cualquier morada vas ¿se sufre? ¿no? 
LA VIRGEN: No, hija mía, en todas es felicidad, todo es amor; pero unos están más cerca de Dios Padre que otros; pero no sienten ningún dolor, ni ningún tormento y no necesitan de nada, están gloriosos, hija mía.

martes, 6 de noviembre de 2012

¿Qué es el Cielo? El destino de eterna felicidad al que estamos llamados, en la contemplación de la Santísima Trinidad


Nuestra condición terrena, de hombres constituidos por cuerpo y alma, sujetos al tiempo y al espacio, condiciona nuestro conocimiento a lo que captan los sentidos: a partir de ellos, podemos hacer abstracciones graduales, para llegar a formar conceptos. Esto, que es una gran cualidad y ventaja sobre todos los otros seres de la tierra, se convierte en un obstáculo cuando se intenta pensar o hablar del "Cielo", es decir, de nuestro destino final al que hemos sido llamados desde nuestra concepción, porque cualquier representación que nos hagamos, será siempre muy alejada de la realidad, debido a que no existe ninguna cosa creada que pueda ni siquiera mínimamente acercarse a la realidad celestial.
Es por esto que San Pablo dice que "ni ojo vio ni oído oyó" (1 Cor 2, 9) lo que Dios tiene preparado para los que lo aman, es decir, para quienes, en virtud del amor que le demostraron en esta vida, fueron merecedores del Cielo.
Por eso nos preguntamos nuevamente: ¿qué es el cielo? Solo cuando -por gracia y misericordia de Dios- lleguemos a él, podremos, no comprender, porque su misterio es tan grande que no podremos comprender ni siquiera teniendo toda la eternidad por delante, pero sí al menos disfrutar y gozar, alegrarnos y amar, contemplando a la Santísima Trinidad y a María Santísima, por los siglos infinitos. Y este disfrute y este gozo, esta alegría y este amor, luego de miles de millones de siglos, no habrán hecho más que empezar.


Respecto al cielo, es una verdad insistentemente repetida en la Revelación y que está definida como dogma de fe divina y católica, la existencia del cielo, qué es lo que ocurre en el cielo: allí los bienaventurados ven a Dios cara a cara, y en esta visión son enteramente felices.
De esta manera el cielo es una determinada forma de existencia, definida por una profunda vinculación espiritual con Dios, estando en su presencia, y que lleva al hombre a una felicidad completa y eterna.
El elemento fundamental del cielo es entonces la visión de Dios cara a cara, tal como lo revela San Pablo:
"Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo parcial. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara." (211)
La visión de Dios cara a cara se denomina en teología visión beatífica. Se denomina visiónporque se contempla a Dios, de un modo similar a como las realidades materiales son contempladas por los ojos del cuerpo humano. Sin embargo, esta no es una visión corporal, ya que el alma no posee sentidos, sino una visión intelectual, que se mantendrá de la misma manera aún después de la resurrección de los cuerpos.
Esta visión intelectual se llama visión intuitiva, y es un conocimiento directo de Dios, inmediato, sin que haya de por medio ni imágenes, ni razonamientos. El conocimientointuitivo es opuesto al conocimiento discursivo, que utiliza principios y verdades que lo van llevando paso a paso a las conclusiones. En cambio, el intuitivo sencillamente "ve" ocontempla. Este tipo de conocimiento es el que poseen los ángeles, criaturas que no poseen cuerpos materiales.
Corresponde al fenómeno de la contemplación sobrenatural en la tierracomo una intuición pura y simple de la verdad, que ya vimos que se produce por la acción de los donesintelectuales del Espíritu Santo (inteligencia, ciencia y sabiduría), aunque en el cielo es de una forma mucho más perfecta, porque no hay nada que pueda interferir en esa visión intuitiva, como ocurre en este mundo, y además aparece un auxilio sobrenatural, ya que la inteligencia humana no puede llegar a esta contemplación que es la visión beatífica si no recibe una especie de fortalecimiento o ensanchamiento sobrenatural de su capacidad.
Esto se produce por un don sobrenatural que reside en el entendimiento llamado luz de la gloria ("lumen gloriae" en latín). La expresión luz de la gloria se inspiró en un Salmo, que dice: "En ti está la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz." (212)
De esto sacamos una conclusión muy importante: vemos que según el estado del hombre,éste necesita diferentes "luces" para su conocimiento. En el estado natural, el hombre conoce por la luz de su entendimiento racional las verdades naturales; en el estado de gracia(terrenal), es necesaria la luz de la fe sobre su inteligencia para el conocimiento de las verdades sobrenaturales; por último, en el estado de gloria (celestial), es necesaria la luz de la gloria para conocer de manera directa e intuitiva a Dios mismo.

La felicidad en el Cielo.

El resultado de la visión de Dios por la luz de la gloria es la felicidad completa de los bienaventurados, por lo que responderemos ahora a la segunda pregunta que nos hemos planteado respecto del cielo, que implica entender en qué consiste la felicidad que resulta de la visión beatífica.
Dice San Pablo: "Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros." (213)
No hay duda que el conocimiento claro, hasta donde lo podemos captar aquí en la tierra, de la gloria y felicidad que viven los bienaventurados en el cielo, es uno de los alicientes más poderosos para perseverar en la verdadera vida cristiana que nos llevará a vivirla, pese a las dificultades y sufrimientos que trae el paso por este mundo.
El Catecismo nos acerca de distintas maneras a la visión de la felicidad del cielo:
"Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, con los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el Cielo". El Cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.
Vivir en el Cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn. 14,3; Filip. 1,23; 1 Tes. 4,17). Los elegidos viven "en Él"; aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí, su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Apoc. 2,17).
Por su muerte y resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el Cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial aquellos que han creído en Él y que han permanecido fieles a su voluntad. El Cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Él.
Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del Reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, Paraíso." (214)
La felicidad esencial de los bienaventurados es la visión beatífica de Dios, junto al amor ygozo que se derivan de ella. Por lo tanto tenemos tres actos que componen esta felicidad. Lavisión de Dios implica contemplar la esencia misma de Dios, junto a todos sus atributosinfinitos, sus perfecciones, y, especialmente, distinguir con claridad a las tres Personas de la Trinidad.
Aunque los benditos ven a Dios, no lo comprenden en forma total, como Él mismo se comprende y conoce, ya que Dios es un ser infinito, y el entendimiento humano, aún iluminado con la luz de la gloria, es finito.
El segundo de los actos de la felicidad esencial del cielo es el amor. Ya vimos que el amor es una tendencia de la voluntad del hombre hacia el bien. En este caso, el bien es nada menos que Dios, conocido por la visión beatífica y poseído en cuanto a que el alma se une a Dios de una manera real, porque está en su presencia y lo siente "suyo", como en la tierra el que ama siente suya a la persona amada, y dice "mi esposa", "mi madre", "mi hijo", etc. En el cielo Dios es definitivamente "mi Dios".
El tercero de los actos integrantes de la felicidad del cielo es el gozo de Dios. El gozo es una delectación del apetito racional cuando se posee el bien amado y buscado, y es la consecuencia final del amor. No hay posibilidad de comparar este gozo con ninguna experiencia de la tierra, ni siquiera las sobrenaturales. Apenas se pueden acercar un poco a esta vivencia algunas de las experiencias de los místicos en las etapas más avanzadas de launión con Dios, como ya veremos en la Parte 4 del libro.
La mayor de las alegrías que podamos experimentar en esta vida es solamente un reflejo muy vago de las delicias que nos esperan en el cielo. La gran diferencia es que los gozos espirituales de esta tierra nos hacen conocer y amar a Dios, viviendo una posesión de Dios aún imperfecta, porque no es permanente ni tan profunda como en el cielo.
El hombre fue creado para conocer a Dios y compartir su infinita felicidad en el cielo, y no para una simple satisfacción material o con una duración limitada, como la que representa la posesión de bienes en la tierra, ya sea materiales (bienes, riquezas) o racionales (poder, fama, honor, etc.). La criatura humana no puede escapar al fin específico para la que fue creada, que es la posesión de Dios, por lo que no podrá encontrar felicidad completa y perfecta si no es en el cielo.
San Agustín refleja esta situación del hombre en una de sus frases más famosas: "¡Nuestros corazones fueron hechos para ti, oh Señor, y no descansarán hasta que descansen en ti!". Es de esta manera que el amor que profesan los bienaventurados satisface plenamente las aspiraciones más profundas de la voluntad humana, y su anhelo de amar y ser amado.
En el cielo sólo subsistirá la virtud teologal de la caridad, amando eternamente a Dios. La feya no será necesaria, porque el conocimiento de Dios no vendrá desde el proceso de la inteligencia al modo humano, sino directamente a partir de la visión beatífica, producida por la luz de la gloria. Tampoco la esperanza subsistirá, ya que la voluntad estará unida en forma perfecta con el amor de Dios como bien ya poseído, y no se necesitará ya el impulso de la confianza para buscar a Dios, ya encontrado.
Vimos que el objeto primario de la visión beatífica es Dios mismo; hay también objetos secundarios de esta visión, que abarcan muchas cosas que los bienaventurados pueden conocer, y que agregan razones nuevas a su felicidad esencial, produciendo una añadidura a esa felicidad. Veamos cuáles son estos objetos:
Los santos en el cielo ven también todos los misterios de Dios, que se habían visto a la luz de la fe en la tierra, en forma todavía oscura para el entendimiento. Ahora estos misterios son claros y distintos en la contemplación de su entendimiento. Toda la historia de la salvación quedará clara, así como los grandes misterios de la Trinidad, la encarnación, la pasión del Redentor, la figura de la Virgen María, los ángeles, etc.
En segundo lugar los santos en el cielo ven todo lo que tiene relación con sus propias personas, el sentido de cada uno de los acontecimientos de su vida, las intervenciones de Dios y de los ángeles que no se percibieron nunca, como la gracia fue guiando sus pasos, y otros acontecimientos de su propia historia.
También en el cielo se reconocerán a los seres queridos, a los familiares de todas las épocas, a los grandes santos, y se verá la gloria de cada uno de ellos, así como influyó en los que conocimos en la tierra lo que se pudo haber hecho por ellos para que avanzaran en su camino hacia la patria celestial, y también sabremos lo que hicieron por nosotros y que quizás nunca advertimos. Todo quedará a la luz y se verá el sentido de cada acontecimiento de la vida. Por supuesto estas cosas también contribuirán a la alegría de los bienaventurados.
Otro elemento importante es que los santos del cielo contemplan muchas de las cosas que suceden en la tierra, oyen las oraciones de los que se dirigen a ellos, e interceden por esas súplicas frente a Dios. Se regocijan enormemente cuando observan la conversión de los pecadores, como lo reveló Jesús:
"Os digo que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión." (215)
Se llevarán a cabo también en el cielo acciones propias de la comunión de los santos, con la influencia de la Iglesia triunfante o celestial sobre la Iglesia militante o terrenal. Hay un concepto muy erróneo entre los que no conocen la doctrina de la vida eterna, y es que la vida en el cielo implica una especie de aburrimiento eterno, donde hay poco y nada por hacer. Sin embargo en el cielo no hay en absoluto inactividad, sino una vida muy intensa. El Catecismo nos dice:
"Por el hecho de que los habitantes del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en santidad... No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad."
"En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con Él "ellos reinarán por los siglos de los siglos" (Ap. 22,5; cf. Mt. 25, 21.23)." (216)
¡Aleluia! Así como en el camino hacia el cielo los hombres se van transformando en hombres nuevos semejantes a Cristo, dejando su yo a un lado y sirviendo a los demás, los bienaventurados que llegan al cielo continúan "sirviendo" a los hombres y a la creación. No conocemos todas las formas en que se manifiesta ese servicio, pero sí hay una forma cierta:la intercesión.
Santo Domingo, moribundo, decía a sus hermanos: "No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y los ayudaré más eficazmente que durante mi vida.", y Santa Teresa del Niño Jesús expresaba: "Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra."
No solamente, entonces, en el cielo se ama a Dios intensamente y se va gozando con el descubrimiento y conocimiento sin fin de nuevas perfecciones y cualidades de Dios, sino que hay un trato en comunidad con el resto de los santos, los de la propia familia y los otros, y hay también una ocupación en cuanto a la ayuda de los que todavía están sobre la tierra, con la intercesión y otras actividades misteriosas que desconocemos, quizás en conjunto con los ángeles, lo que también acrecentará la felicidad que se viva.
Es así como los cristianos debemos desterrar la imagen que nos presentan clásicamente las viñetas humorísticas de los que están en el cielo, ubicados sobre una nubecilla y tocando el arpa sin parar. La actividad en la vida eterna será tan intensa y variada que superará en mucho todo lo que podamos haber hecho en esta tierra.
Según Santo Tomás también los bienaventurados pueden contemplar las penas de los condenados, y esta visión acrecienta su felicidad, ya que hace más intensa la gratitud por la salvación que recibieron y por haberse librado de esas penas eternas.
Otro factor que hay que tener en cuenta respecto a la felicidad y libertad que experimentan los bienaventurados, es que quedan liberados ellos mismos del pecado, da sus causas y consecuencias. Sabemos que el pecado es la causa de toda la miseria del mundo, y es la razón fundamental por lo que los hombres experimentan el sufrimiento, la tristeza, la enfermedad y la muerte. En el cielo los hombres llegan libres de pecado, purificados, en santidad plena. También en el cielo los hombres estarán libres de las causas del pecado.
Hay tres causas principales del pecado: la naturaleza herida por el pecado original y el pecado personal, la tentación de Satanás y la atracción del mundo. En el cielo el hombre tiene sus facultades, inteligencia y voluntad, totalmente sanadas, por lo que es impecable, no puede pecar, ya que su inteligencia no puede caer en el error, iluminada por la luz de la gloria, y su voluntad no puede buscar a otro bien que no sea Dios. También desaparecerá en el cielo la presencia y acción tentadora del Diablo, y no existirá tampoco ninguna influencia de los que están alejados de Dios, los que componen el "mundo", porque sólo habrá santos.

El distinto grado de felicidad en el cielo.

La última pregunta que nos presentamos respecto al tema del cielo tiene que ver con el grado de felicidad de los bienaventurados, y nos preguntábamos si este grado es el mismo para todos. La respuesta de la doctrina católica no ofrece dudas al respecto: la bienaventuranza eterna es desigual, no en cuanto al objeto de la felicidad, que es el mismo Dios para todos, ni en cuanto a los actos del bienaventurado (visión, amor y gozo), sino en cuanto a diferentes grados de estos acto de visión, amor y gozo.
Esto significa que todos los bienaventurados ven al mismo Dios, pero lo ven, lo aman y lo gozan unos más que otros. ¿De qué proviene esta diferencia del grado de felicidad de los bienaventurados? Tiene su origen en que la luz de la gloria que se recibe es distinta, porque está en relación con el grado de crecimiento en la gracia santificante obtenido en la tierra, o, lo que es lo mismo, con el grado de santidad alcanzado en el momento de la muerte.
Es por esta razón teológica que se expresa que la santidad lograda en la tierra definirá el grado de gloria que se vivirá en la eternidad del cielo. ¡Ahora comenzamos a ver más claramente el sentido de una de las razones que vimos en el capítulo anterior para buscar la santidad en la tierra!
Santo Tomás explica claramente que entre los que vean a Dios unos lo verán con mayor perfección que otros, y esto porque el entendimiento de unos tendrá mayor claridad de visión por tener una mayor luz de la gloria. Sin embargo esta diferencia entre la gloria en el cielo de unos y otros, que comporta una mayor perfección en la contemplación de Dios, y, como consecuencia, un mayor grado de felicidad eterna, no producirá envidia alguna ya que cada uno será tan lleno de gloria como sea capaz de recibir.
Santa Teresita del Niño Jesús ejemplificaba así este misterio: decía que cada uno llegará al cielo con una determinada capacidad de gloria y felicidad, como si fuera un recipiente; algunos tendrán un recipiente pequeño, del tamaño de un dedal, y otros una tinaja enorme, pero ambos recipientes serán colmados, por lo que cada uno estará completamente saciado en su medida de felicidad, aunque el grado de gloria y la felicidad consiguiente no será el mismo.
También podemos entender esto con otro símil a nivel humano: imaginemos a un niño pequeño en los brazos de su madre habiendo comido y sintiéndose abrigado en el calor del abrazo maternal. Ese niño es completamente feliz, porque esa situación llena toda su posibilidad de felicidad de acuerdo a su entendimiento muy poco desarrollado y a su apetencia infantil.
Pensemos ahora que esa madre tiene otro hijo, ya adulto, y que ella lo ha criado con cuidados y ocupándose de él constantemente, dándole una educación y cultura superior. Además esa madre es, por ejemplo, una famosa escritora y literata admirada en todo el mundo.
Ese amor entre madre e hijo producirá en el muchacho una felicidad inmensa, llena de matices intelectuales que le darán una profundidad notable. Si comparamos ambas situaciones, encontraremos que los dos hijos aman a la misma madre y los dos son felices, aunque el grado de profundidad y extensión de esa felicidad es distinto en ambos casos, ya que el hijo mayor podemos decir que "aprovecha" mucho más que el pequeño todos los atributos, las capacidades y los conocimientos de la madre.
Así será entonces diferente en el cielo la felicidad derivada del distinto grado de gloria que tendrá cada uno, determinado a su vez por el grado de santidad alcanzado al momento de la muerte, o el grado de crecimiento en caridad, o de crecimiento en la gracia santificante, que son todos conceptos equivalentes que expresan la misma realidad espiritual: el crecimiento en la verdadera vida cristiana, y esta diferencia se mantendrá por toda la eternidad.
Por esta razón los grandes místicos que lograron asomarse, por así decirlo, a la gloria y felicidad del cielo, en función de sus profundas experiencias de Dios aquí en la tierra, tuvieron conciencia clara de lo que puede significar un grado mayor de gloria en el cielo. Santa Teresa de Jesús decía que ella estaría dispuesta a padecer durante el resto de su vida todos los sufrimientos posibles en este mundo si eso le aseguraba un poco más de gloria para vivir en la eternidad.