San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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martes, 8 de diciembre de 2020

“Medita en las postrimerías y no pecarás jamás” (Ecl 7, 40)

 


Dijo el Padre del desierto Evagrio: “Sentado en tu celda, concentra tus pensamientos. Recuerda el día de tu muerte, el día de la muerte de tu cuerpo. Aleja del espíritu la infelicidad, sobreponte a la pena y condena la vanidad del mundo a fin de vivir todo el tiempo en la paz que te propusiste, sin debilidades. Recuerda a los que están en el infierno: piensa en el estado de esas almas allí abajo, en el penoso silencio, en los amargos tormentos, en el temor, en el combate, en la espera; piensa en su dolor sin fin y en las lágrimas que vierten eternamente esas almas. Pero preserva también el recuerdo del día de la resurrección y de la presentación ante Dios. Imagina ese juicio horroroso y temible. Pon atención a la suerte reservada a los pecadores, la vergüenza frente a Dios, frente a los ángeles, los arcángeles y a todos los hombres. Piensa en los castigos, en el fuego eterno, en la miseria sin descanso, en la oscuridad, en el rechinar de los dientes, en los temores y en los suplicios. Reflexiona, también, acerca de los bienes que se reservan a los justos: la familiaridad con Dios Padre y con su Hijo Jesucristo, con los ángeles y los arcángeles y con todo el pueblo de los santos. Piensa en el reino de los cielos y en los presentes de ese reino, en la alegría y en la beatitud. Recuerda permanentemente estas dos realidades. Llora sobre el juicio de los pecadores y aflígete ante el temor de estar, tú también en medio de esas penas. Pero regocíjate y permanece en la alegría de la suerte reservada para los justos, esforzándote por obtener su mismo goce. En el interior o en el exterior de tu celda, vela para que no se te borre jamás la imagen de estas cosas, de tal manera que, gracias a su recuerdo huyas de los pensamientos inadecuados y nocivos”  (Cfr. Apotegmas de los Padres del desierto, Editorial Lumen, Buenos Aires 1979, 73.).


miércoles, 1 de enero de 2014

Nuestro Señor Jesucristo a Luz Amparo (Prado Nuevo): "Piensa que el infierno está lleno de pecadores y que es para toda una eternidad"


13 DE NOVIEMBRE DE 1981

HABLA EL SEÑOR:

"Sí, hija mía, aquí está tu Padre Celestial como te dije en el primer día de mi aparición. Soy tu Padre Celestial; ya lo sé que sufres mucho, hija mía; fíjate si no voy a saber Yo qué tormentos tan horribles son esos y todo sufrirlo por la humanidad tan desagradecida, hija mía. Ya lo sé que no se merecen nada de esto, hija mía, pero hay que salvarlos, hay que salvarlos a costa de lo que sea, hija mía, óyeme, mi Corazón víctima se cansa de la ingratitud de mis amados hijos. No te hablo de la maldad de los impíos, sino de la malicia de los cristianos.

Voy a relatarte abiertamente la situación del mundo para que comprendas el por qué de mi pasión mística como víctima inmolada por el mundo, como Rey mártir de mi caridad por las almas y como Dios desdeñado de mis criaturas. He empleado toda mi sabiduría, hija mía, en proporcionar todos los medios de adquirir el gozo de mi reino eterno, toda mi ternura en atraerlos, mi bondad y mi misericordia, mis riquezas, mi magnificencia y mi amor; pero no quieren nada, son ingratos. He hecho por todos lo que hubiera hecho por mis propios hijos, hija mía, no se merecen nada. Todo lo que he hecho por ellos, por todos en general, lo he hecho, como lo he hecho con mis elegidos; lo hice por uno y lo hice por todos en general y para todos dí mi ejemplo en el camino de este mundo. Por todos ascendí a los cielos volviendo al seno del Padre y por todos hice el milagro de la consagración de la Eucaristía, para permanecer aquí con ellos. Para todos estoy, no sólo para unos, encerrado en ese Sacramento día y noche, triste, sufriendo. Por todos instituí mi sacerdocio privilegiado y para todos la Iglesia santa con sus auxilios de indefectible virtud y de única esperanza de eternidad. Hija mía, para todos di mis palabras de salvación y de vida que guarda el santo Evangelio de la ley de la gracia y del amor; y con toda claridad la manifesté en aquellas palabras: "Amaos los unos a los otros." Lo dije en un lenguaje para que todos me entendiesen. Y os dije: "Permaneced todos unidos, permaneced en Mí para que seamos una sola cosa, para que seamos una sola cosa como mi Padre y Yo lo somos." Pero, hija mía, ¿qué han hecho de mi palabra, de mi doctrina, de mis deseos, sino mofa, crímenes y traición?

Mira, hija mía, se formó mi amada Iglesia, se erigió y se extendió mi reino en las almas; pero el eterno enemigo entró en la raza maldita para apoderarse de todos, se apoderó de toda la raza. También vino a poner la división en la familia, la cual surgiendo bandos, comenzó a minarse entre sí.

No me quejo del enemigo ni de sus secuaces, porque todos ellos son malditos; me quejo de los que, siendo míos, han secundado la acción del mal. El enemigo, hija mía, quiere seducir y no sabe cómo.

Acordaos siempre de mis palabras, porque si no os hubiera advertido. . ., pero estoy constantemente advirtiéndoos. Si no os hubiera advertido seríais menos responsables, pero ahora, ¿de qué os excusaréis, hijos míos?, no podéis excusaros.

Está cerca el día postrero, hija mía, y ese día postrero vendré como Juez. ¿Acaso no se lo he dicho a mi Iglesia santa?, ¿no les he socorrido con pastores? No he dejado de derramar milagros por todas partes, de derramar amor; y ellos no han querido recibir con corazón puro todas estas cosas. Claro, todos estos ¿sabes cuáles son?, los ingratos, los desagradecidos.

Hija mía, diles que todavía están a tiempo, que vengan a Mí todos, como les dije en una ocasión: "Venid a Mí todos los que estéis cargados que Yo os ayudaré a descargaros." Venid arrepentidos y contritos, haciendo esfuerzos para superar las tendencias malignas de vuestras pasiones y de las seducciones que el mundo, el demonio y la carne os presentan, como lo hizo Satán un día en el Paraíso con vuestros primeros Padres naturales.

Diles que cuando Yo les invito a que vengan a Mí, es con espíritu de cambiar la mala vida de los vicios, de los pecados, de la incredulidad, de la malicia, de las comodidades refinadas con las que cada día habéis rodeado vuestra vida humana; porque los humanos, precisamente, son los que deben sobrenaturalizar sus acciones imitándome a Mí cuando me hice humano; que busqué desde el primer momento hasta el último de mi vida el sacrificio, la pobreza, la humildad, la incomodidad en todo. Por eso nací una noche de invierno en medio de los hielos y sobre pajas de un pesebre de animales, para ofrecer a mi Padre el sacrificio reparador y propiciatorio de pagar a la Justicia Divina por vuestros pecados, hijos míos. Todos, pues, hija mía, estáis obligados a amarme; que por eso bajé a vosotros haciéndome semejante a vosotros en todos los momentos, menos en el pecado.

Diles a la juventud, hija mía, lo que es el verdadero amor; diles que se acerquen a Mí; que en silencio, con fe en mi presencia en mi Eucaristía, me pidan que les revele el secreto de la felicidad del corazón humano en esta vida y en la eternidad. Hija mía, revélales cuán dichosa te ha hecho a ti mi amor y que no hay amor que haga feliz si no está injertado en mi amor. Sí, hija mía, avísaselo a todos.

Mira, hija mía, hoy Satanás está celebrando su fiesta en la profundidad del infierno; lo vas a ver: mira las cavernas cómo están llenas de malditos, de pecadores, de injustos, cómo se rebozan en el fango, son espíritus malignos, hija mía. Piensa que el infierno está lleno de pecadores y que es para toda una eternidad. Hay quien piensa que ¿cómo Dios siendo misericordioso les va a mandar ese castigo? Sí, hija mía, es misericordioso mi Padre Eterno, pero es justo y a cada uno le da lo que se merece. Mira cuántos espíritus del mal hay en medio; las almas de los pecadores cómo están sufriendo torturas, hija mía, por sus pecados. Aquí no existe la muerte, sin embargo, en las moradas del cielo existe la vida de la gracia, hija mía. Cuantos quisieran morir para no sufrir. Mira hija mía. Mira hija mía, vas a ver una parte del Cielo para que no te horrorices, no te quede ese sabor tan malo. Hija mía, mira que felicidad, mira que dulzura, mira que paz, mira que alegría; aquí no hay envidias, no hay sufrimiento, todo es amor. Donde Yo estoy no puede haber nunca sufrimiento, hija mía, donde está Satanás con sus secuaces no hay nada más que tormentos y sufrimientos. Avísales a todos, diles que se conviertan, que no quiero que se condenen; díselo hija mía, díselo a todos.

Sé humilde, hija mía, ofrece tus sufrimientos, haz un poco más de oración. Diles a los que están contigo que estoy muy contento con ellos, que cumplan muy bien con mis mensajes, que sigan de la forma que siguen, que también son hijos predilectos míos porque han tenido la oportunidad de ver todo esto. Diles que Dios cuando hace una cosa sabe cómo la hace, dónde la hace, de qué forma. Que sean humildes también, que la humildad es la base principal para llegar al Cielo, díselo a todos, hija mía.

Sí, hija mía, verás a mi Madre, la verás un segundo. Adiós, hija, cumplid con los mensajes de mi Madre y los mensajes de vuestro Padre Celestial. Adiós." 

viernes, 16 de noviembre de 2012

El Cielo, alegría, amor, hermosura, imposibles de describir, imaginar o pensar






LA VISIÓN BEATÍFICA DE LOS BIENAVENTURADOS





SAN PABLO
1 Corintios 2, 9
Antes bien, como está escrito:
Cosas que el ojo no vio, ni el oído oyó,
ni ha concebido el corazón del hombre,
son las que Dios ha preparado para los que Le aman.


2 Corintios 12, 1-4
Ciertamente no me conviene gloriarme; pero vendré a las visiones y a las revelaciones del Señor.
Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo.
Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar. 




SANTA TERESA DE JESÚS
"Íbame el Señor mostrando grandes secretos... Quisiera yo dar a entender algo de lo menos que entendía, y pensando cómo puede ser, hallo que es imposible; porque en sola la diferencia que hay de esta luz que vemos a la que allí se representa, siendo todo luz, no hay comparación, porque la claridad del sol parece muy desgastada. En fin, no alcanza la imaginación, por muy sutil que sea, a pintar ni trazar cómo será esta luz, ni ninguna cosa de luz que el Señor me daba entender como un deleite tan soberano que no se puede decir; porque todos los sentidos gozan en tan alto grado y suavidad, que ello no se puede encarecer, y así es mejor no decir más." 
Un día de la Fiesta de San Pablo, durante la misa, vi a Nuestro Señor en su Santa Humanidad, toda entera, tal como se le representa resucitado. Se me apareció en una Bondad y una Majestad incomparables ... No temo decirlo, no tendríamos nosotros otro espectáculo para gozar de nuestra vida en el cielo, que el de la gran bondad de los cuerpos glorificados, y en particular la Santa Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, eso sería una gloria inmensa. Y si ahora Nuestro Señor no se hace conocer aquí abajo más que de una manera conforme a nuestra debilidad; ¿cómo será en el Cielo, donde nosotros disfrutaremos plenamente de tan gran Bien?




SANTA FRANCISCA ROMANA
En cierta ocasión, llevada de la mano misma de Dios, penetró en el paraíso. Esta visión celeste es más rica de detalles: primero está el cielo estrellado, cuyos mundos, mayores que la tierra, flotan a enormes distancias; después, el cristalino, más brillante todavía, y finalmente el empíreo, que es el más sublime. Su visión más alta fue la del Ser antes de la creación de los ángeles. Era un círculo espléndido e inmenso, que sólo en sí mismo descansaba. Bajo el círculo infinito, el desierto de la nada, y dentro de él una como columna deslumbrante en que se reflejaba la divinidad. Allí, unos caracteres; principio sin principio y fin sin fin. Luego aparecieron los ángeles a semejanza de copos de nieve que cubren las montañas. Y Cristo dijo a la vidente: "Yo soy la profundidad del poder divino. Yo he creado el cielo, la tierra, los ríos y los mares. Yo soy la sabiduría divina. Soy la altura y la profundidad; soy la esfera inmensa, la altura del amor, la caridad inestimable. Por mi obediencia, fundada en la humanidad, he redimido al género humano".
"¡Oh, quién pudiese deciros lo que el corazón siente y como se consume y arde interiormente! Pero no encuentro palabras para expresarlo. Sólo me es dado decir que si una gota de eso que siento cayese en el infierno, el propio infierno se convertiría en un paraíso."

La mano quemada de Foligno, una marca del Purgatorio



La mano quemada de Foligno
Una marca del purgatorio


El día 4 de noviembre de 1859 murió de apoplejía fulminante, en el convento de Terciarias Franciscanas de Foligno, una buena hermana llamada Teresa Margarita Gesta, que era hace muchos años maestra de las novicias y a la vez encargada de la pobre ropería del monasterio. Había nacido en Córcega, en Bastia, en 1797 y había entrado en el monasterio en febrero de 1826. Es ocioso decir que estaba preparada dignamente para la muerte.
Doce días después, el 17 de noviembre, una hermana denominada Ana Felicia, que la había ayudado en su empleo y que la reemplazó después de su muerte, subía a la ropería, e iba a entrar, cuando oye gemidos que parecían salir del interior del aposento. Algo azorada, se apresuró a abrir la puerta: no había nadie. Mas dejáronse oír nuevos gemidos tan acentuados que ella, a pesar de su ordinario valor, se sintió poseída de miedo.


"¡Jesús, María! - exclamó - ¿qué es esto?". 


Aún no había concluido, cuando oyó una voz lastimera, acompañada de este doloroso suspiro:


"¡Oh, Dios mío! ¡cuánto sufro! Oh Dio! che peno tanto!". 


La hermana, estupefacta, reconoció pronto la voz de la pobre sor Teresa. Se repone como puede, y le pregunta:


"¿Y por qué?"


"A causa de la pobreza", responde sor Teresa. 


"¡Cómo! - replica la hermana: ¡vos que erais tan pobre!"


"No es por mí misma, sino por las hermanas, a quienes he dejado demasiada libertad en este punto. Y tú ten cuidado de ti misma".


Y al mismo instante la sala se llenó de un espeso humo, y la sombra de sor Teresa apareció dirigiéndose hacia la puerta, deslizándose a lo largo de la pared. Llegando cerca de la puerta, exclamó con fuerza:


"He aquí un testimonio de la misericordia de Dios".


Y diciendo esto tocó el tablero superior de la puerta, dejando perfectamente estampada en la madera calcinada su mano derecha, y desapareciendo en seguida.


La pobre sor Ana Felicia se había quedado casi muerta de miedo. Del todo trastornada, se puso a gritar y pedir auxilio. Llega una de sus compañeras, luego otra y después toda la Comunidad; la rodean y se admiran todas de percibir un olor a madera quemada. Buscan, miran y observan en la puerta la terrible marca, reconociendo pronto la forma de la mano de sor Teresa, que era notablemente pequeña. Espantadas, huyen, corren al coro, se ponen en oración, y olvidando las necesidades de su cuerpo, se pasan toda la noche orando, sollozando y haciendo penitencia por la pobre difunta, y comulgando todas por ella al día siguiente.


Espárcese por fuera la noticia; los Religiosos Menores, los buenos sacerdotes amigos del monasterio y todas las comunidades de la población unen sus oraciones y súplicas a las de las Franciscanas. Este rasgo de caridad tenía algo de sobrenatural y de todo punto insólito.


Sin embargo, la hermana Ana Felicia, aun no repuesta de tantas emociones, recibió la orden formal de ir a descansar. Obedece, decidida a hacer desaparecer a toda costa en la mañana siguiente la marca carbonizada que había causado el espanto de todo Foligno. Mas, he aquí que sor Teresa Margarita se le aparece de nuevo.


"Sé lo que quieres hacer - le dice con severidad -; quieres borrar la señal que he dejado impresa. Sabe que no está en tu mano hacerlo, siendo ordenado por Dios este prodigio para enseñanza y enmienda de todos. Por su justo y tremendo juicio he sido condenada a sufrir durante cuarenta años las espantosas llamas del purgatorio, a causa de las debilidades que he tenido a menudo con algunas de nuestras hermanas. Te agradezco a ti y a tus compañeras tantas oraciones, que en su bondad el Señor se ha dignado aplicar exclusivamente a mi pobre alma; y en particular los siete salmos penitenciales, que me han sido de un gran alivio".


Después, con apacible rostro, añadió:


"¡Oh, dichosa pobreza, que proporciona tan gran alegría a todos los que verdaderamente la observan!".


Y desapareció.


Por fin, al siguiente día 19, sor Ana Felicia, habiéndose acostado y dormido, a la hora acostumbrada, oye que la llaman de nuevo por su nombre, despiértase sobresaltada, y queda clavada en su postura sin poder articular una palabra. Esta vez reconoció también la voz de sor Teresa, y al mismo instante se le apareció un globo de luz muy resplandeciente al pie de su cama, iluminando la celda como en pleno día, y oyó que sor Teresa con voz alegre y de triunfo, decía estas palabras:


"Fallecí un viernes, día de la Pasión, y otro viernes me voy a la Gloria... ¡Llevad con fortaleza la cruz!... ¡Sufrid con valor!".


Y añadiendo con dulzura:


"¡Adiós! ¡adiós! ¡adiós!..."


se transfigura en una nube ligera, blanca, deslumbrante, y volando al cielo desaparece.


Abrióse en seguida una información canónica por el obispo de Foligno y los magistrados de la población. El 23 de noviembre, en presencia de un gran número de testigos, se abrió la tumba de sor Teresa Margarita, y la marca calcinada de la pared se halló exactamente conforme a la mano de la difunta.


El resultado de la información fue un juicio oficial que consignaba la certeza y la autenticidad de lo que acabamos de referir. En el convento se conserva con veneración la puerta con la señal calcinada. La Madre abadesa, testigo del hecho, se ha dignado enseñármela (dice Mons. de Ségur), y mis compañeros de peregrinación y yo hemos visto y tocado la madera que atestigua de modo tan temible que las almas que, ya sea temporal, ya sea eternamente, sufren en la otra vida la pena del fuego, están compenetradas y quemadas por el fuego. Cuando, por motivos que sólo Dios conoce, les es dado aparecer en este mundo, lo que ellas tocan lleva la señal del fuego que les atormenta; parece que el fuego y ellas no forman más que uno; es como el carbón cuando está encendido.

jueves, 15 de noviembre de 2012

La doctrina católica sobre el Purgatorio



El Catecismo de la iglesia católica define purgatorio como "purificación, para alcanzar la santidad necesaria para incorporarse a la alegría del cielo", que es experimentada por ésos "que están en la tolerancia y la amistad de Dios, pero todavía purificados de forma imperfecta" (CIC 1030). Observa que "esta purificación final de los elegidos. . . es enteramente diferente del castigo del condenado "(CIC 1031). 

La purificación es necesaria porque, como la Escritura enseña, ninguna voluntad sucia se incorpora a la presencia de Dios en el cielo (Apocalipsis 21, 27) y, mientras que podemos morir con nuestros pecados mortales perdonados, pueden todavía quedar muchas impurezas en nosotros, pecados específicamente veniales y el castigo temporal debido a los pecados perdonados ya. Cuando morimos, experimentamos lo que se llama el juicio individual. 

La Escritura dice que "está designado para los hombres una vez muertos, y viene después juicio" (Hebreos 9, 27). Nos juzgan inmediatamente y recibimos nuestra recompensa, por buenos o malos. Sabemos inmediatamente cuál será nuestro destino final. En el fin de los tiempos, cuando Jesús vuelva, vendrá el juicio general al cual la Biblia se refiere, por ejemplo, en San Mateo 25, 31-32: "Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces Él se sentará en su trono glorioso. Ante Él se postrarán todas las naciones, y los separará a unos de otros como un pastor separa las ovejas de las cabras." 

En este juicio general todos nuestros pecados serán revelados en público (San Lucas 12, 2-5). San Augustín dijo, en La Ciudad de Dios, que los "castigos temporales ahora y después son sufridos por algunos en esta vida solamente, por otros después de muerte, por otros en ambas situaciones, ahora y después; pero todos antes del más estricto juicio final." 

Está entre los juicios particulares y el general, después de que el alma esté purificada de las consecuencias restantes del pecado: "OS ASEGURO QUE NO SALDRÉIS HASTA QUE HAYAIS PAGADO EL ÚLTIMO CÉNTIMO" (San Lucas 12, 59).   El dinero, uno de los argumentos que los contra-católicos usan a menudo para atacar el purgatorio es la idea de que la Iglesia católica hace dinero al promulgar esta doctrina. Sin purgatorio, afirman, la Iglesia quebraría. Un buen número de libros contra-Católicos expone que la Iglesia debe sus ingresos a esta doctrina. Pero los números apenas lo sostienen. Cuando un católico solicita una misa conmemorativa para los muertos - es decir, una misa ofrecida para el provecho de alguien que está en el purgatorio, es costumbre dar al sacerdote de la parroquia un estipendio económico, "Es justo que el obrero cobre su salario" (San Lucas 10, 7) y que "los que presiden el Altar cobren su parte de las ofrendas" (1 Corintios 9, 13-14). En los Estados Unidos, un estipendio consiste comúnmente en alrededor de cinco dólares; pero los indigentes no tienen que pagar. Algunos personas, por supuesto, ofrecen libremente más. Este dinero va al sacerdote de la parroquia, y se permite a los sacerdotes solamente recibir un estipendio por día. Nadie se hace rico con cinco dólares por día, y ciertamente no la Iglesia, que no recibe el dinero de todos modos. Pero qué sucede los domingos. Hay a menudo centenares de personas en la misa. En una parroquia importante, puede haber millares. Muchas familias e individuos depositan cinco dólares o más en la cesta de la colecta; otros depositan menos. Algunos dan mucho más. Una parroquia puede tener cuatro o cinco o seis misas el domingo. El total de las colectas del domingo sobrepasa ampliamente la cantidad ínfima recibida de las misas conmemorativas. 
¿Una "Invención Católica"? 
Muchos pueden decir que la Iglesia católica "inventó" la doctrina del purgatorio para hacer dinero, pero tienen dificultad para determinar exactamente cuando. La mayoría de los contra-Católicos profesionales - los que dedican su vida a atacar el "Romanismo" - suelen atribuir la culpa al Papa Gregorio el Grande, que reinó entre los años 590-604 d. C.
Pero nunca consideran la petición de Mónica, la madre de San Augustín, que pidió a su hijo, en el siglo IV, que se acordase de su alma en sus misas. Esto no tendría ningún sentido si ella pensara que su alma no se beneficiaría de estos rezos, como sería el caso si ella estuviese en el infierno o en la gloria completa del cielo.
Atribuyendo la doctrina al Papa Gregorio no se podrían explicar las pintadas en las catacumbas, donde los cristianos, durante las persecuciones de los primeros tres siglos, registraron los rezos por los muertos.
De hecho, algunas de las escrituras cristianas más tempranas fuera del Nuevo Testamento, como los Actos de Pablo y de Tecla y del Martirio de Perpetua y de Felicia (ambos escritos durante el segundo siglo), refieren la práctica cristiana de la rogación por los muertos.
Tales rezos habrían sido ofrecidos solamente si los cristianos creyeran en el purgatorio, incluso si no utilizaron ese nombre para él. (véanse las Respuestas de los Padres Católicos más conocidos para conocer la existencia del purgatorio en las citas de éstos y de otras fuentes cristianas tempranas.)
En conclusión: siempre que una fecha se fije para la "invención" del purgatorio, es factible señalar evidencias documentales e historiográficas para mostrar que la doctrina del purgatorio existía antes de esa fecha.
¿Además, si en un cierto punto la doctrina fue sacada de un acto administrativo, por qué en los expedientes de la historia eclesiástica no figura ninguna protesta contra él?
Un estudio de la historia de las doctrinas indica que los cristianos de los primeros siglos se alzaban en armas (a veces de forma especialmente sangrienta) si cualquier persona sugería el menor cambio en sus creencias.
Era gente extremadamente conservadora que probaba las doctrinas preguntando: ¿era ésto creído por nuestros antepasados? ¿Nos fue dada a través de los Apóstoles?
Seguramente la creencia en el purgatorio sería considerada un gran cambio, si no hubiese sido creída desde el primer momento. Entonces, ¿dónde están las evidencias de las protestas? No existen. No hay ninguna evidencia histórica de tales hechos en los más antiguos documentos disponibles por los historiadores. Y más adelante tampoco existe ninguna fuente historiográfica en la que los creyentes de la época post-apostólica nos hablen del purgatorio como una "nueva doctrina".
Por consiguiente, aquellos creyentes entendían que la enseñanza oral de los apóstoles, -que los católicos llamamos la Tradición-, y la Biblia no solamente no contradecían la doctrina del purgatorio, sino que, de hecho, la confirmaban.
No es sorprendente, pues, que los que niegan la existencia del purgatorio tienden a pasar de largo ante las evidencias al respecto que nos ofrece la historia de la Fe. Prefieren hablar que la Biblia habla solamente de cielo y de infierno.
Pero esto tampoco es así. La Biblia habla claramente de una tercera condición, comúnmente llamada el limbo de los Padres de la Iglesia, donde los justos muertos antes de la redención esperan a que el cielo que se abra para ellos.
Después de su muerte y antes de su resurrección, Cristo visitó el limbo de los Padres y les predicó la buena nueva de que el cielo estaría ahora abierto para ellos (1 San Pedro 3, 19).
Esta gente no estaba, por lo tanto, en cielo, pero tampoco experimentaban los tormentos del infierno.
Algunos han especulado que el limbo de los Padres es igual que el purgatorio. Éste puede o no ser el caso. Sin embargo, si el limbo de los Padres no es el purgatorio, su existencia muestra que un estado temporal, intermedio, no es contrario a Escritura.
Mírelo esta manera. Si el limbo de los Padres era el purgatorio, entonces esto nos muestra directamente la existencia del purgatorio.
Si el limbo de los padres era un estado temporal diferente, entonces la Biblia dice por lo menos que tal estado puede existir. Y, por consiguiente, prueba que puede haber más estados que el cielo y el infierno.
Los protestantes se oponen argumentando que Jesús dijo al ladrón en la cruz que, en ese mismo día en que los dos murieron, estarían juntos en el Paraíso (San Lucas 23, 43). Esto lo interpretan como una negación del purgatorio.
Sin embargo, este argumento no es consistente y vuelve a demostrar la existencia de un tercer estado además del cielo y del infierno, puesto que Jesús no fue al cielo en el día que Él murió.
Pedro nos dice que Él "fue a predicar a los Espíritus en la prisión" (1 San Pedro 3, 19), y, después de su resurrección, Cristo mismo declaró: "todavía no he ascendido al Padre" (San Juan 20, 17). Así en aquella pasaje el paraíso se sitúa en un cierto tercer estado además del cielo y además del infierno.

El "purgatorio no está en la Escritura" que algunos fundamentalistas también argumentan, como si probasen realmente algo. O "la palabra purgatorio no se encuentra en ninguna parte de la Escritura."
Esto es verdad, pero no refuta la existencia del purgatorio o del hecho de que la creencia en ella ha sido parte siempre de enseñanza de la Iglesia. Trinidad y Encarnación son palabras que tampoco están en la Escritura, con todo esas doctrinas se enseñan claramente en ella. Asimismo, la Escritura enseña que existe el purgatorio, incluso si no utiliza la palabra e incluso si 1 San Pedro 3, 19 no se refiere a otro lugar más que al purgatorio.
Cristo refiere que el pecador que "32 Y a cualquiera que diga palabra contra el Hijo del Hombre le Será perdonado; pero a cualquiera que hable contra el Espíritu Santo no le Será perdonado, ni en este mundo, ni en el venidero." (San Mateo 12, 32), sugiriendo que una se puede liberar después de la muerte de las consecuencias de sus pecados.
Semejantemente, San Pablo nos dice que cuando nos juzgan, las obras de cada hombre serán probadas. ¿Y qué sucede si la obra de un hombre justo falla en la prueba? "15 Si la obra de alguien es quemada, él Sufrirá pérdida; aunque él mismo será salvo, pero apenas, como por fuego. " (1 Corintios 3, 15). Ahora bien, esta pérdida, esta pena, no se puede referir al envío al infierno, puesto que nadie se salva allí; y al cielo no puede referirse tampoco, puesto que no hay sufrimiento ("fuego") allí. Sólo la doctrina católica del purgatorio explica este paso.
Por supuesto, existe la aprobación de la Biblia sobre los rezos para los muertos: "En hacer esto él actuaba de una manera muy excelente y noble, ya que él tenía la resurrección de los muertos en la mente; pero si él no esperara que se levantaran los muertos otra vez, habría sido inútil y absurdo rogar por ellos en la muerte. Pero él hizo esto con objeto de la recompensa espléndida que aguarda a los que habían muerto en gracia de Dios, era un pensamiento santo y piadoso. Así él hizo el sacrificio por los muertos que puedan ser liberados de este pecado "(2 Macabeos 12, 43-45).
Los rezos no son necesitados por éstos en el cielo, y nadie puede ayudar a éstos en el infierno. Eso significa que alguna gente debe estar en una tercera condición, por lo menos temporalmente. Este versículo ilustra tan claramente la existencia del purgatorio que, durante la reforma, los protestantes tuvieron que arrancar los libros de los Macabeos de sus Biblias para evitar validar la doctrina.
Los rezos por los muertos y, consiguientemente, la doctrina del purgatorio, han sido parte de la religión verdadera desde antes de la época de Cristo. Podemos mostrar que no sólo fueron practicados por los judíos de la época de los Macabeos, sino que incluso han sido conservados por los judíos ortodoxos de hoy, los cuales recitan un rezo conocido como el Kaddish durante once meses después de la muerte de un ser amado, de modo que el amado pueda ser purificado.
No fue la Iglesia Católica quien agregó la doctrina del purgatorio. Por el contrario, el cambio en la enseñanza original ha tenido lugar en el protestantismo, que rechazó una doctrina que había sido creída siempre por los judíos y los cristianos.
¿Por qué ir al Purgatorio? ¿Por qué cualquier persona podría ir al purgatorio? Para ser limpiado, porque "nada impuro se introducirá [ en el cielo ]" (Apocalipsis 21, 27). Cualquier persona que no se ha liberado totalmente del pecado y de sus efectos está, en cierta medida, "impuro." A través del arrepentimiento se puede ganar la gracia necesaria para ser digno del cielo, es decir, para ser perdonado y que su alma esté espiritualmente viva.
Pero esto no es suficiente para ganar la entrada en el cielo. Es necesario ser limpiado totalmente. Los fundamentalistas protestantes argumentan que "La Escritura claramente revela que todas las demandas de la justicia divina en el pecador se han satisfecho totalmente en Jesucristo. También revela que Cristo redimió totalmente a todo lo que se había perdido. Los abogados de un purgatorio (y de la necesidad del rezo para los muertos) dicen, en efecto, que el rescate de Cristo era incompleto. . . Todo ha sido hecho por nosotros por Jesucristo, no hay nada para ser agregado o ser hecho por el hombre." Es enteramente correcto decir que Cristo logró toda nuestra salvación para nosotros en la cruz. Pero eso no resuelve la cuestión de cómo este rescate se aplica a nosotros. La Escritura revela que se aplica a nosotros en el curso del tiempo a través, entre otras cosas, del proceso del santificación con el cual se hace santo el cristiano.
La Santificación implica sufrir (Romanos 5, 3-5), y el purgatorio es la etapa final de la santificación que algunos de nosotros tenemos necesidad de experimentar antes de que entremos en cielo. El purgatorio es la fase final en la que Cristo nos aplica el rescate de la purificación que él logró para nosotros por su muerte en la cruz.
No existe ninguna contradicción. La resistencia fundamentalista a la doctrina bíblica del purgatorio presume que hay una contradicción entre Cristo que nos redime en la cruz y el proceso por el cual nos santificamos. No hay tal. Y un fundamentalista no puede decir que sufriendo en la etapa final de la santificación se entra en conflicto con la suficiencia del sacrificio de Cristo sin decir que el sufrimiento en los primeros tiempos de la santificacion también presenta un conflicto similar. El fundamentalista lo tiene al revés: Nuestro sufrimiento en la santificación no quita valor a la cruz. Al contrario, la cruz produce nuestra santificación, que da lugar a nuestro sufrimiento, porque "Al momento, ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que por medio de ella han sido ejercitados"(Hebreos 12, 11). El purgatorio es necesario porque existe el requisito de que un alma que ha sido declarada justa debe estar realmente limpia para que un hombre se pueda incorporar definitivamente a la vida eterna. Después de todo, si un alma culpable "se aprueba simplemente," si su estado pecaminoso todavía existe pero se ignora oficialmente, entonces sigue siendo un alma culpable. Sigue estando impura.
La teología católica toma seriamente la noción de que "nada sucio entrará en el cielo." De esto se deduce que un alma menos que limpiada, aunque si "aprobada" sigue un alma sucia y no tiene cabida en el cielo. Necesita ser limpiada o "ser purgada" de sus imperfecciones restantes. La "limpieza" ocurre en el purgatorio.
De hecho, la necesidad de purgar se enseña en otros pasos de Escritura, tales como 2 Tesalonicenses 2, 13, cuál declara que Dios nos eligió "Pero nosotros debemos dar gracias a Dios siempre por vosotros, hermanos amados del Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para Salvación, por la Santificación del Espíritu y fe en la verdad"
La Santificación no es, por lo tanto, una opción, algo que puede o puede no suceder antes de que se consiga entrar en el cielo. Es un requisito absoluto, como Hebreos 12, 14 indica que debemos esforzarnos "por la santidad, sin la cual nadie verá al Señor". Coronillas por las almas del Purgatorio 


La oración por las Benditas almas del Purgatorio es el más maravilloso acto de amor que un alma puede dar. Orar por ellas es una demostración de fe en el Reino prometido por Jesús, es una prueba de amor por aquellos que más lo necesitan ya que nada pueden hacer por cuenta propia para acortar sus penas, y es un gesto de unión en la Comunión de los santos, de la iglesia peregrina en la tierra, con la iglesia purgante que está camino a la Iglesia Glorificada, la de los santos que están en el Cielo.

Les presentamos esta coronilla a las Almas del Purgatorio, breve y simple de rezar, para que nos unamos cada día al pedido que Jesús le hizo a tres almas santas: a Santa Gertrudis la grande, a Santa Faustina Kowalska y a Sor Maria Consolata Betrone. A estas tres esposas Jesús les pidió especial devoción por las almas purgantes, les mostró los sufrimientos de las almas en el lugar de la purificación, les enseñó el misterio del purgatorio, y también les entregó oraciones para realizar por las almas.

Conjugando las revelaciones que Jesús hizo a estas tres almas es que surge esta Coronilla:
Se reza con las cuentas de un Rosario tradicional.

Introducción: Oh Sangre y Agua, que brotaron del Corazón de Jesús como una fuente de Misericordia para nosotros, en Ustedes confío. (Se repite tres veces)

Padrenuestro, Avemaría y Credo.

Jaculatoria, se reza antes de iniciar las cuentas pequeñas: Padre Eterno, te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Tu Amadisimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en unión con las Misas celebradas hoy en todo el mundo, por las Benditas Almas del Purgatorio, y por los pecados y pecadores del mundo entero.

En cada una de las diez cuentas de cada decena se rezaJesús, María os amo, salvad las almas.

Entre las decenas se reza la Jaculatoria.

Al final del Rosario, se reza en las tres últimas cuentas antes de la Cruz: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero.


Oración por los difuntos (dictada a María Valtorta):

Escrito del 24 de octubre de 1944.
...escribo todo lo que Jesús dicta:

"Llega el mes dedicado a los difuntos. Ruega así por ellos:
¡Oh Jesús!, que con tu gloriosa Resurrección nos has mostrado cómo serán eternamente los 'hijos de Dios', concede la santa resurrección a nuestros seres queridos, fallecidos en tu Gracia, y a nosotros, en nuestra hora. Por el sacrificio de tu Sangre, por las lágrimas de María, por los méritos de todos los Santos, abre tu Reino a sus espíritus.

¡Oh Madre!, cuya aflicción finalizó con la alborada pascual ante el Resucitado y cuya espera de reunirte con tu Hijo cesó en el gozo de tu gloriosa Asunción, consuela nuestro dolor librando de las penas a quienes amamos hasta más allá de la muerte, y ruega por nosotros que esperamos la hora de volver a encontrar el abrazo de quienes perdimos.

Mártires y Santos que estáis jubilosos en el Cielo, dirigid una mirada suplicante a Dios, y una fraterna a los difuntos que expían, para rogar al Eterno por ellos y para decirles a ellos: 'He aquí que la paz se abre para vosotros'.

Amados, tan queridos, no perdidos sino separados, que vuestras oraciones sean para nosotros el beso que añoramos, y cuando por nuestros sufragios estaréis libres en el beato Paraíso con los Santos, protegednos amándonos en la Perfección, unidos a nosotros por la invisible, activa, amorosa Comunión de los Santos, anticipo de la perfecta reunión de los 'benditos' que nos concederá, además de gozarnos con la visión de Dios, el encontraros como os tuvimos, pero sublimados por la gloria del Cielo".

Santa Teresa de Ávila y el Purgatorio





Permanentemente preocupada por el rescate de las benditas almas, la Doctora de la Iglesia comenta la realidad de este lugar de purificación y nos refiere dos vivencias que nos ilustran. Acompañamos sus letras con una selección de oraciones por nuestros hermanos sufrientes, para acudir en su auxilio con caridad ardiente.


Santa Teresa sentía gran compasión por las almas del Purgatorio, y las asistió todo lo que pudo mediante sus oraciones y buenas obras. Como recompensa, Dios le mostró a menudo las almas a las que ella se había dedicado, y las vio en el momento de liberarse de sus sufrimientos y entrar a los Cielos. En general, ellas surgían del seno de la tierra. A continuación transcribimos algunas de sus visiones en sus propias palabras:
"He recibido información - escribe ella - sobre un religioso que previamente había sido Provincial de una provincia y luego de otra. Lo conocí a él en ocasión de haber recibido un gran servicio suyo; esto me causó gran inquietud, si bien este hombre era recomendable por sus muchas virtudes. Estuve preocupada por la salvación de su alma, ya que él había sido Superior por espacio de veinte años y siempre temí mucho por quienes fueron encargados del cuidado de las almas. Así preocupada, fui a un oratorio y convoqué a Nuestro Divino Señor para aplicar a este religioso el poco bien que yo había hecho en mi vida; y proveer el resto mediante Sus méritos infinitos, para que esta alma pudiera liberarse del Purgatorio.
Mientras suplicaba esta gracia con todo el fervor del que era capaz, vi sobre mi costado derecho a esta alma venir desde las profundidades de la tierra y ascender a los Cielos en feliz transporte de alegría. Aunque el sacerdote era de edad avanzada, aparecía ahora ante mí con las características de un hombre que no llegaba a los treinta años, y un semblante resplandeciente de luz.
Esta visión, aunque breve, me dejó colmada de alegría, y sin la menor sombra de duda en cuanto a la veracidad de lo que había visto.
Cuando estuve lejos del lugar donde este siervo de Dios había terminado sus días, unos días antes yo me había enterado de los pormenores de su edificante muerte. Todos aquellos que fueron testigos, pudieron ver con admiración cómo el preservó su conciencia hasta último momento, mientras derramaba lágrimas y los sentimientos de humildad que expresara esta alma a Dios".
"Una religiosa de mi comunidad, gran sierva de Dios, había fallecido hacía menos de dos días. Estábamos recitando el Oficio de los Muertos en coro dedicándoselo a ella, una hermana leía el texto y yo estaba parada para decir el versículo. Por la mitad del oficio se me apareció el alma de esta religiosa llegando desde las profundidades de la tierra, tal como el caso que relaté antes, y se fue al Cielo".
"En este mismo monasterio murió, a la edad de 18 o 20 años, otra religiosa, un verdadero modelo de fervor, constancia y virtud. Ella soportó pacientemente una vida llena de sufrimientos. Yo no dudaría que, después de una vida así, tendría méritos suficientes para ser eximida del Purgatorio. Sin embargo, durante el Oficio, y antes del entierro, vi el alma de ella surgir de la tierra y elevarse al Cielo".
Así como en el caso de Santa Teresa, muchos Santos se preocuparon por el rescate de las benditas almas. Entre ellos, por citar algunos ejemplos, tenemos a: San Luís Bertrand, Santa María Magdalena de Pazzi, Santa Catalina de Génova, Santa Francisca Romana, Santa Liduvina de Schiedam, San Gregorio Magno, Santa Perpetua, el Papa Inocencio III, Santa Catalina de Suecia, San Hugo de Cluny y muchísimos otros.
Cuando una persona dedica tiempo y oraciones a pagar por las benditas almas, está cumpliendo con todos los mandatos de la caridad: visitando a los presos y a los enfermos, dando agua al sediento, comida al hambriento, etc.
Los Santos comprendieron esto, y sintieron una profunda compasión por esas almas que necesitaban de la ayuda de quienes aún podemos ofrecer actos de virtud y reparación que les aliviane la carga y que sin tal ayuda ellas deberán pagar con años sino siglos de sufrimientos.
Por todo esto, hemos hecho una pequeña selección de oraciones por las benditas almas, apelando a la misericordia de nuestros lectores para con estos hermanos que esperan - a veces por muchos años - que alguien los recuerde y ayude.


La oración por las Benditas almas del Purgatorio es el más maravilloso acto de amor que un alma puede dar. Orar por ellas es una demostración de fe en el Reino prometido por Jesús, es una prueba de amor por aquellos que más lo necesitan ya que nada pueden hacer por cuenta propia para acortar sus penas, y es un gesto de unión en la Comunión de los santos, de la iglesia peregrina en la tierra, con la iglesia purgante que está camino a la Iglesia Glorificada, la de los santos que están en el Cielo.

Les presentamos esta coronilla a las Almas del Purgatorio, breve y simple de rezar, para que nos unamos cada día al pedido que Jesús le hizo a tres almas santas: a Santa Gertrudis la grande, a Santa Faustina Kowalska y a Sor Maria Consolata Betrone. A estas tres esposas Jesús les pidió especial devoción por las almas purgantes, les mostró los sufrimientos de las almas en el lugar de la purificación, les enseñó el misterio del purgatorio, y también les entregó oraciones para realizar por las almas.

Conjugando las revelaciones que Jesús hizo a estas tres almas es que surge esta Coronilla:
Se reza con las cuentas de un Rosario tradicional.

Introducción: Oh Sangre y Agua, que brotaron del Corazón de Jesús como una fuente de Misericordia para nosotros, en Ustedes confío. (Se repite tres veces)

Padrenuestro, Avemaría y Credo.

Jaculatoria, se reza antes de iniciar las cuentas pequeñas: Padre Eterno, te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Tu Amadisimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en unión con las Misas celebradas hoy en todo el mundo, por las Benditas Almas del Purgatorio, y por los pecados y pecadores del mundo entero.

En cada una de las diez cuentas de cada decena se rezaJesús, María os amo, salvad las almas.

Entre las decenas se reza la Jaculatoria.

Al final del Rosario, se reza en las tres últimas cuentas antes de la Cruz: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero.


Oración por los difuntos (dictada a María Valtorta):

Escrito del 24 de octubre de 1944.
...escribo todo lo que Jesús dicta:

"Llega el mes dedicado a los difuntos. Ruega así por ellos:
¡Oh Jesús!, que con tu gloriosa Resurrección nos has mostrado cómo serán eternamente los 'hijos de Dios', concede la santa resurrección a nuestros seres queridos, fallecidos en tu Gracia, y a nosotros, en nuestra hora. Por el sacrificio de tu Sangre, por las lágrimas de María, por los méritos de todos los Santos, abre tu Reino a sus espíritus.

¡Oh Madre!, cuya aflicción finalizó con la alborada pascual ante el Resucitado y cuya espera de reunirte con tu Hijo cesó en el gozo de tu gloriosa Asunción, consuela nuestro dolor librando de las penas a quienes amamos hasta más allá de la muerte, y ruega por nosotros que esperamos la hora de volver a encontrar el abrazo de quienes perdimos.

Mártires y Santos que estáis jubilosos en el Cielo, dirigid una mirada suplicante a Dios, y una fraterna a los difuntos que expían, para rogar al Eterno por ellos y para decirles a ellos: 'He aquí que la paz se abre para vosotros'.

Amados, tan queridos, no perdidos sino separados, que vuestras oraciones sean para nosotros el beso que añoramos, y cuando por nuestros sufragios estaréis libres en el beato Paraíso con los Santos, protegednos amándonos en la Perfección, unidos a nosotros por la invisible, activa, amorosa Comunión de los Santos, anticipo de la perfecta reunión de los 'benditos' que nos concederá, además de gozarnos con la visión de Dios, el encontraros como os tuvimos, pero sublimados por la gloria del Cielo".


martes, 6 de noviembre de 2012

¿Qué es el Cielo? El destino de eterna felicidad al que estamos llamados, en la contemplación de la Santísima Trinidad


Nuestra condición terrena, de hombres constituidos por cuerpo y alma, sujetos al tiempo y al espacio, condiciona nuestro conocimiento a lo que captan los sentidos: a partir de ellos, podemos hacer abstracciones graduales, para llegar a formar conceptos. Esto, que es una gran cualidad y ventaja sobre todos los otros seres de la tierra, se convierte en un obstáculo cuando se intenta pensar o hablar del "Cielo", es decir, de nuestro destino final al que hemos sido llamados desde nuestra concepción, porque cualquier representación que nos hagamos, será siempre muy alejada de la realidad, debido a que no existe ninguna cosa creada que pueda ni siquiera mínimamente acercarse a la realidad celestial.
Es por esto que San Pablo dice que "ni ojo vio ni oído oyó" (1 Cor 2, 9) lo que Dios tiene preparado para los que lo aman, es decir, para quienes, en virtud del amor que le demostraron en esta vida, fueron merecedores del Cielo.
Por eso nos preguntamos nuevamente: ¿qué es el cielo? Solo cuando -por gracia y misericordia de Dios- lleguemos a él, podremos, no comprender, porque su misterio es tan grande que no podremos comprender ni siquiera teniendo toda la eternidad por delante, pero sí al menos disfrutar y gozar, alegrarnos y amar, contemplando a la Santísima Trinidad y a María Santísima, por los siglos infinitos. Y este disfrute y este gozo, esta alegría y este amor, luego de miles de millones de siglos, no habrán hecho más que empezar.


Respecto al cielo, es una verdad insistentemente repetida en la Revelación y que está definida como dogma de fe divina y católica, la existencia del cielo, qué es lo que ocurre en el cielo: allí los bienaventurados ven a Dios cara a cara, y en esta visión son enteramente felices.
De esta manera el cielo es una determinada forma de existencia, definida por una profunda vinculación espiritual con Dios, estando en su presencia, y que lleva al hombre a una felicidad completa y eterna.
El elemento fundamental del cielo es entonces la visión de Dios cara a cara, tal como lo revela San Pablo:
"Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo parcial. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara." (211)
La visión de Dios cara a cara se denomina en teología visión beatífica. Se denomina visiónporque se contempla a Dios, de un modo similar a como las realidades materiales son contempladas por los ojos del cuerpo humano. Sin embargo, esta no es una visión corporal, ya que el alma no posee sentidos, sino una visión intelectual, que se mantendrá de la misma manera aún después de la resurrección de los cuerpos.
Esta visión intelectual se llama visión intuitiva, y es un conocimiento directo de Dios, inmediato, sin que haya de por medio ni imágenes, ni razonamientos. El conocimientointuitivo es opuesto al conocimiento discursivo, que utiliza principios y verdades que lo van llevando paso a paso a las conclusiones. En cambio, el intuitivo sencillamente "ve" ocontempla. Este tipo de conocimiento es el que poseen los ángeles, criaturas que no poseen cuerpos materiales.
Corresponde al fenómeno de la contemplación sobrenatural en la tierracomo una intuición pura y simple de la verdad, que ya vimos que se produce por la acción de los donesintelectuales del Espíritu Santo (inteligencia, ciencia y sabiduría), aunque en el cielo es de una forma mucho más perfecta, porque no hay nada que pueda interferir en esa visión intuitiva, como ocurre en este mundo, y además aparece un auxilio sobrenatural, ya que la inteligencia humana no puede llegar a esta contemplación que es la visión beatífica si no recibe una especie de fortalecimiento o ensanchamiento sobrenatural de su capacidad.
Esto se produce por un don sobrenatural que reside en el entendimiento llamado luz de la gloria ("lumen gloriae" en latín). La expresión luz de la gloria se inspiró en un Salmo, que dice: "En ti está la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz." (212)
De esto sacamos una conclusión muy importante: vemos que según el estado del hombre,éste necesita diferentes "luces" para su conocimiento. En el estado natural, el hombre conoce por la luz de su entendimiento racional las verdades naturales; en el estado de gracia(terrenal), es necesaria la luz de la fe sobre su inteligencia para el conocimiento de las verdades sobrenaturales; por último, en el estado de gloria (celestial), es necesaria la luz de la gloria para conocer de manera directa e intuitiva a Dios mismo.

La felicidad en el Cielo.

El resultado de la visión de Dios por la luz de la gloria es la felicidad completa de los bienaventurados, por lo que responderemos ahora a la segunda pregunta que nos hemos planteado respecto del cielo, que implica entender en qué consiste la felicidad que resulta de la visión beatífica.
Dice San Pablo: "Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros." (213)
No hay duda que el conocimiento claro, hasta donde lo podemos captar aquí en la tierra, de la gloria y felicidad que viven los bienaventurados en el cielo, es uno de los alicientes más poderosos para perseverar en la verdadera vida cristiana que nos llevará a vivirla, pese a las dificultades y sufrimientos que trae el paso por este mundo.
El Catecismo nos acerca de distintas maneras a la visión de la felicidad del cielo:
"Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, con los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el Cielo". El Cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.
Vivir en el Cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn. 14,3; Filip. 1,23; 1 Tes. 4,17). Los elegidos viven "en Él"; aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí, su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Apoc. 2,17).
Por su muerte y resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el Cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial aquellos que han creído en Él y que han permanecido fieles a su voluntad. El Cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Él.
Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del Reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, Paraíso." (214)
La felicidad esencial de los bienaventurados es la visión beatífica de Dios, junto al amor ygozo que se derivan de ella. Por lo tanto tenemos tres actos que componen esta felicidad. Lavisión de Dios implica contemplar la esencia misma de Dios, junto a todos sus atributosinfinitos, sus perfecciones, y, especialmente, distinguir con claridad a las tres Personas de la Trinidad.
Aunque los benditos ven a Dios, no lo comprenden en forma total, como Él mismo se comprende y conoce, ya que Dios es un ser infinito, y el entendimiento humano, aún iluminado con la luz de la gloria, es finito.
El segundo de los actos de la felicidad esencial del cielo es el amor. Ya vimos que el amor es una tendencia de la voluntad del hombre hacia el bien. En este caso, el bien es nada menos que Dios, conocido por la visión beatífica y poseído en cuanto a que el alma se une a Dios de una manera real, porque está en su presencia y lo siente "suyo", como en la tierra el que ama siente suya a la persona amada, y dice "mi esposa", "mi madre", "mi hijo", etc. En el cielo Dios es definitivamente "mi Dios".
El tercero de los actos integrantes de la felicidad del cielo es el gozo de Dios. El gozo es una delectación del apetito racional cuando se posee el bien amado y buscado, y es la consecuencia final del amor. No hay posibilidad de comparar este gozo con ninguna experiencia de la tierra, ni siquiera las sobrenaturales. Apenas se pueden acercar un poco a esta vivencia algunas de las experiencias de los místicos en las etapas más avanzadas de launión con Dios, como ya veremos en la Parte 4 del libro.
La mayor de las alegrías que podamos experimentar en esta vida es solamente un reflejo muy vago de las delicias que nos esperan en el cielo. La gran diferencia es que los gozos espirituales de esta tierra nos hacen conocer y amar a Dios, viviendo una posesión de Dios aún imperfecta, porque no es permanente ni tan profunda como en el cielo.
El hombre fue creado para conocer a Dios y compartir su infinita felicidad en el cielo, y no para una simple satisfacción material o con una duración limitada, como la que representa la posesión de bienes en la tierra, ya sea materiales (bienes, riquezas) o racionales (poder, fama, honor, etc.). La criatura humana no puede escapar al fin específico para la que fue creada, que es la posesión de Dios, por lo que no podrá encontrar felicidad completa y perfecta si no es en el cielo.
San Agustín refleja esta situación del hombre en una de sus frases más famosas: "¡Nuestros corazones fueron hechos para ti, oh Señor, y no descansarán hasta que descansen en ti!". Es de esta manera que el amor que profesan los bienaventurados satisface plenamente las aspiraciones más profundas de la voluntad humana, y su anhelo de amar y ser amado.
En el cielo sólo subsistirá la virtud teologal de la caridad, amando eternamente a Dios. La feya no será necesaria, porque el conocimiento de Dios no vendrá desde el proceso de la inteligencia al modo humano, sino directamente a partir de la visión beatífica, producida por la luz de la gloria. Tampoco la esperanza subsistirá, ya que la voluntad estará unida en forma perfecta con el amor de Dios como bien ya poseído, y no se necesitará ya el impulso de la confianza para buscar a Dios, ya encontrado.
Vimos que el objeto primario de la visión beatífica es Dios mismo; hay también objetos secundarios de esta visión, que abarcan muchas cosas que los bienaventurados pueden conocer, y que agregan razones nuevas a su felicidad esencial, produciendo una añadidura a esa felicidad. Veamos cuáles son estos objetos:
Los santos en el cielo ven también todos los misterios de Dios, que se habían visto a la luz de la fe en la tierra, en forma todavía oscura para el entendimiento. Ahora estos misterios son claros y distintos en la contemplación de su entendimiento. Toda la historia de la salvación quedará clara, así como los grandes misterios de la Trinidad, la encarnación, la pasión del Redentor, la figura de la Virgen María, los ángeles, etc.
En segundo lugar los santos en el cielo ven todo lo que tiene relación con sus propias personas, el sentido de cada uno de los acontecimientos de su vida, las intervenciones de Dios y de los ángeles que no se percibieron nunca, como la gracia fue guiando sus pasos, y otros acontecimientos de su propia historia.
También en el cielo se reconocerán a los seres queridos, a los familiares de todas las épocas, a los grandes santos, y se verá la gloria de cada uno de ellos, así como influyó en los que conocimos en la tierra lo que se pudo haber hecho por ellos para que avanzaran en su camino hacia la patria celestial, y también sabremos lo que hicieron por nosotros y que quizás nunca advertimos. Todo quedará a la luz y se verá el sentido de cada acontecimiento de la vida. Por supuesto estas cosas también contribuirán a la alegría de los bienaventurados.
Otro elemento importante es que los santos del cielo contemplan muchas de las cosas que suceden en la tierra, oyen las oraciones de los que se dirigen a ellos, e interceden por esas súplicas frente a Dios. Se regocijan enormemente cuando observan la conversión de los pecadores, como lo reveló Jesús:
"Os digo que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión." (215)
Se llevarán a cabo también en el cielo acciones propias de la comunión de los santos, con la influencia de la Iglesia triunfante o celestial sobre la Iglesia militante o terrenal. Hay un concepto muy erróneo entre los que no conocen la doctrina de la vida eterna, y es que la vida en el cielo implica una especie de aburrimiento eterno, donde hay poco y nada por hacer. Sin embargo en el cielo no hay en absoluto inactividad, sino una vida muy intensa. El Catecismo nos dice:
"Por el hecho de que los habitantes del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en santidad... No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad."
"En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con Él "ellos reinarán por los siglos de los siglos" (Ap. 22,5; cf. Mt. 25, 21.23)." (216)
¡Aleluia! Así como en el camino hacia el cielo los hombres se van transformando en hombres nuevos semejantes a Cristo, dejando su yo a un lado y sirviendo a los demás, los bienaventurados que llegan al cielo continúan "sirviendo" a los hombres y a la creación. No conocemos todas las formas en que se manifiesta ese servicio, pero sí hay una forma cierta:la intercesión.
Santo Domingo, moribundo, decía a sus hermanos: "No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y los ayudaré más eficazmente que durante mi vida.", y Santa Teresa del Niño Jesús expresaba: "Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra."
No solamente, entonces, en el cielo se ama a Dios intensamente y se va gozando con el descubrimiento y conocimiento sin fin de nuevas perfecciones y cualidades de Dios, sino que hay un trato en comunidad con el resto de los santos, los de la propia familia y los otros, y hay también una ocupación en cuanto a la ayuda de los que todavía están sobre la tierra, con la intercesión y otras actividades misteriosas que desconocemos, quizás en conjunto con los ángeles, lo que también acrecentará la felicidad que se viva.
Es así como los cristianos debemos desterrar la imagen que nos presentan clásicamente las viñetas humorísticas de los que están en el cielo, ubicados sobre una nubecilla y tocando el arpa sin parar. La actividad en la vida eterna será tan intensa y variada que superará en mucho todo lo que podamos haber hecho en esta tierra.
Según Santo Tomás también los bienaventurados pueden contemplar las penas de los condenados, y esta visión acrecienta su felicidad, ya que hace más intensa la gratitud por la salvación que recibieron y por haberse librado de esas penas eternas.
Otro factor que hay que tener en cuenta respecto a la felicidad y libertad que experimentan los bienaventurados, es que quedan liberados ellos mismos del pecado, da sus causas y consecuencias. Sabemos que el pecado es la causa de toda la miseria del mundo, y es la razón fundamental por lo que los hombres experimentan el sufrimiento, la tristeza, la enfermedad y la muerte. En el cielo los hombres llegan libres de pecado, purificados, en santidad plena. También en el cielo los hombres estarán libres de las causas del pecado.
Hay tres causas principales del pecado: la naturaleza herida por el pecado original y el pecado personal, la tentación de Satanás y la atracción del mundo. En el cielo el hombre tiene sus facultades, inteligencia y voluntad, totalmente sanadas, por lo que es impecable, no puede pecar, ya que su inteligencia no puede caer en el error, iluminada por la luz de la gloria, y su voluntad no puede buscar a otro bien que no sea Dios. También desaparecerá en el cielo la presencia y acción tentadora del Diablo, y no existirá tampoco ninguna influencia de los que están alejados de Dios, los que componen el "mundo", porque sólo habrá santos.

El distinto grado de felicidad en el cielo.

La última pregunta que nos presentamos respecto al tema del cielo tiene que ver con el grado de felicidad de los bienaventurados, y nos preguntábamos si este grado es el mismo para todos. La respuesta de la doctrina católica no ofrece dudas al respecto: la bienaventuranza eterna es desigual, no en cuanto al objeto de la felicidad, que es el mismo Dios para todos, ni en cuanto a los actos del bienaventurado (visión, amor y gozo), sino en cuanto a diferentes grados de estos acto de visión, amor y gozo.
Esto significa que todos los bienaventurados ven al mismo Dios, pero lo ven, lo aman y lo gozan unos más que otros. ¿De qué proviene esta diferencia del grado de felicidad de los bienaventurados? Tiene su origen en que la luz de la gloria que se recibe es distinta, porque está en relación con el grado de crecimiento en la gracia santificante obtenido en la tierra, o, lo que es lo mismo, con el grado de santidad alcanzado en el momento de la muerte.
Es por esta razón teológica que se expresa que la santidad lograda en la tierra definirá el grado de gloria que se vivirá en la eternidad del cielo. ¡Ahora comenzamos a ver más claramente el sentido de una de las razones que vimos en el capítulo anterior para buscar la santidad en la tierra!
Santo Tomás explica claramente que entre los que vean a Dios unos lo verán con mayor perfección que otros, y esto porque el entendimiento de unos tendrá mayor claridad de visión por tener una mayor luz de la gloria. Sin embargo esta diferencia entre la gloria en el cielo de unos y otros, que comporta una mayor perfección en la contemplación de Dios, y, como consecuencia, un mayor grado de felicidad eterna, no producirá envidia alguna ya que cada uno será tan lleno de gloria como sea capaz de recibir.
Santa Teresita del Niño Jesús ejemplificaba así este misterio: decía que cada uno llegará al cielo con una determinada capacidad de gloria y felicidad, como si fuera un recipiente; algunos tendrán un recipiente pequeño, del tamaño de un dedal, y otros una tinaja enorme, pero ambos recipientes serán colmados, por lo que cada uno estará completamente saciado en su medida de felicidad, aunque el grado de gloria y la felicidad consiguiente no será el mismo.
También podemos entender esto con otro símil a nivel humano: imaginemos a un niño pequeño en los brazos de su madre habiendo comido y sintiéndose abrigado en el calor del abrazo maternal. Ese niño es completamente feliz, porque esa situación llena toda su posibilidad de felicidad de acuerdo a su entendimiento muy poco desarrollado y a su apetencia infantil.
Pensemos ahora que esa madre tiene otro hijo, ya adulto, y que ella lo ha criado con cuidados y ocupándose de él constantemente, dándole una educación y cultura superior. Además esa madre es, por ejemplo, una famosa escritora y literata admirada en todo el mundo.
Ese amor entre madre e hijo producirá en el muchacho una felicidad inmensa, llena de matices intelectuales que le darán una profundidad notable. Si comparamos ambas situaciones, encontraremos que los dos hijos aman a la misma madre y los dos son felices, aunque el grado de profundidad y extensión de esa felicidad es distinto en ambos casos, ya que el hijo mayor podemos decir que "aprovecha" mucho más que el pequeño todos los atributos, las capacidades y los conocimientos de la madre.
Así será entonces diferente en el cielo la felicidad derivada del distinto grado de gloria que tendrá cada uno, determinado a su vez por el grado de santidad alcanzado al momento de la muerte, o el grado de crecimiento en caridad, o de crecimiento en la gracia santificante, que son todos conceptos equivalentes que expresan la misma realidad espiritual: el crecimiento en la verdadera vida cristiana, y esta diferencia se mantendrá por toda la eternidad.
Por esta razón los grandes místicos que lograron asomarse, por así decirlo, a la gloria y felicidad del cielo, en función de sus profundas experiencias de Dios aquí en la tierra, tuvieron conciencia clara de lo que puede significar un grado mayor de gloria en el cielo. Santa Teresa de Jesús decía que ella estaría dispuesta a padecer durante el resto de su vida todos los sufrimientos posibles en este mundo si eso le aseguraba un poco más de gloria para vivir en la eternidad.