San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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lunes, 23 de octubre de 2017

Los Novísimos (2)



Catecismo Mayor de San Pío  X

CAPÍTULO XIII DEL DUODÉCIMO ARTÍCULO
247.
¿Qué nos enseña el último artículo: Y LA VIDA ETERNA? – El último artículo del Credo nos enseña que, después de la vida presente, hay otra, o eternamente bienaventurada para los escogido en el cielo o eternamente infeliz para los condenados al infierno.

248.¿Podemos comprender la bienaventuranza del cielo? – No, señor; no podemos comprender la bienaventuranza de la gloria, porque sobrepuja nuestro limitado entendimiento y porque los bienes del cielo no pueden compararse con los bienes de este mundo.

249.¿En que consiste la bienaventuranza delos escogidos? – La bienaventuranza de los escogidos consiste en ver, amar y poseer por siempre a Dios, fuente de todo bien. 250.¿En qué consiste la infelicidad de los condenados? – La infelicidad de los condenados consiste en ser privados por siempre de la vista de Dios y castigados con eternos tormentos en el infierno.

251.¿Son únicamente para las almas los bienes del cielo y los males del infierno? – Los bienes del cielo y los males del infierno son ahora únicamente para las almas, porque solamente las almas está ahora en el cielo o en el infierno; pero después de la resurrección, los hombres serán o felices o atormentados para siempre en alma y cuerpo.

252.¿Serán iguales para los bienaventurados los bienes del cielo y para los condenados los males del infierno? – Los bienes del cielo para los bienaventurados y los males de infierno para los condenados serán iguales en la sustancia y en la duración eterna; más en la medida o en los grados serán mayores o menores, según los méritos o deméritos de cada cual.

Los Novísimos



Catecismo Mayor de San Pío  X

CAPITULO VII DE LOS NOVÍSIMOS Y DE OTROS MEDIOS PRINCIPALES PARA EVITAR EL PECADO

969. ¿Qué se entiende por Novísimos? – Novísimos se llaman en los Libros Santos las cosas postreras que acaecerán al hombre.

970. ¿Cuántos son los Novísimos o Postrimerías del hombre? – Los Novísimos o Postrimerías del hombre son cuatro Muerte, Juicio, Infierno y Gloria.

971. ¿Por qué los Novísimos se llaman Postrimerías del hombre? – Los Novísimos se llaman Postrimerías del hombre, porque la muerte es la cosa postrera que sucede al hombre en este mundo; el Juicio de Dios es el último de, los juicios que hemos de sufrir; el Infierno es el mal extremo que tendrán los malos, y la Gloria, -el sumo bien que poseerán los buenos.

972. ¿Cuándo hemos de pensar en nuestras Postrimerías? – Conviene pensar todos los días en nuestras Postrimerías, y sobre todo en la oración de la mañana al despertarnos, a la noche antes de acostarnos, y siempre que nos sintiéremos tentados, porque este pensamiento es eficacísimo para hacernos huir del pecado.

martes, 7 de julio de 2015

LOS NOVÍSIMOS (Juicio particular)




Por juicio se entiende el estricto examen de toda nuestra vida ante el tribunal de Dios, seguido de la sentencia que decidirá nuestra suerte por toda la eternidad.

   Hay dos juicios: uno particular entre el alma y Jesucristo inmediatamente después de la muerte; y otro universal a final de los tiempos entre Jesucristo y todos los hombres reunidos. El Juicio Universal es una ratificación o confirmación del particular.


Certeza o pruebas de este Juicio

   Pruebas de fe. — En varios pasajes de la escritura hallamos sentencias, ejemplos o parábolas que prueban la realidad del juicio de Dios. He aquí algunas citas:

   Dice San Pablo: Está establecido que los hombres mueran una sola vez y que a la muerte siga el juicio.
   Jesucristo habló del juicio cuando dijo: Estad siempre preparados (para morir) porque a la hora que menos penséis el Hijo del hombre va a pediros cuenta de vuestra vida.
   Y en otra ocasión: Vigilad, pues, porque, ignoráis el día  y la hora (de la muerte y del juicio).
   También hacen a este propósito las parábolas del rico Epulón y Lázaro,  la del mayordomo injusto (Lucas, XVI, 1-9), de las diez vírgenes (Mat., XXV).

   Pruebas racionales. — 1) Dice Santo Tomás: El hombre puede ser considerado  como individuo aislado y como parte del género humano; luego debe someterse a un doble juicio: a) Uno particular en el cual sea premiado o castigado según sus obras, pero, sin que trascienda su sentencia. b) Otro juicio, universal en el que llegue a conocimiento de toda la sentencia merecida y todos alaben la justicia o misericordia de Dios. 2) Por analogía. – En toda sociedad bien constituida nunca se condena a un hombre sin antes juzgarlo; así también Dios, juez rectísimo y sapientísimo, juzga al hombre para que éste comprenda el motivo de su salvación o condenación. 3) Testimonio de los pueblos. – Aun los pueblos privados de la luz de la fe creían en un juicio de las almas. Se han hallado en las tumbas egipcias dibujos que representan ese juicio bajo el símbolo de una balanza donde es pesada el alma. El poeta Virgilio en su “Eneida” (libro sexto, versos 565 y siguientes) hace ver cómo las almas se presentan al juez Radamanto, quien las obliga a confesar sus delitos. Análogas creencias existen en los pueblos salvajes.

Celebración del Juicio.
   El juez será Jesucristo, según lo dijo Él mismo: El Padre no juzga a ninguno: mas todo el juicio ha dado al Hijo. La razón es porque Jesucristo ha sido nuestro Redentor y como a tal le corresponde pedirnos cuenta del uso que hemos hecho de su redención.
   Jesucristo cuando nos juzgue estará revestido ya no de los atributos de la misericordia, pero sí de la justicia: será un Juez justo que dará a las obras buenas y malas su verdadero valor; sabio, que todo lo conoce, hasta los más leves pensamientos; no podrá ser engañado como los jueces de la tierra; incorruptible, que no se deja desviar, como los jueces humanos, por premios o amenazas; inapelable, del cual no se puede apelar a otro juez superior para que cambie la sentencia.

   Lugar del juicio. — Donde la muerte sorprendiera al hombre, allí se levantará el tribunal del supremo Juez.
   Modo. — Dios iluminará el alma con una luz tan viva, que abarcará de una sola mirada todos los detalles de su vida, la fealdad y gravedad de sus pecados, como también la belleza y méritos de sus obras buenas.
   Materia. — Jesucristo nos juzgará sobre todo lo bueno y lo malo que hubiéramos hecho, a saber:

   a) El mal cometido, juzgado en sus causas, en su malicia, en sus efectos.
   b) El bien voluntariamente omitido (pecado de omisión) hecho con negligencia, practicado con hipocresía o por fines humanos, p. ej.: para ser visto, aplaudido, etc.
   c) Los escándalos dados a las almas, a los niños, a los criados, a los ignorantes.
  d) Las gracias de que se abusó: sacramentos, instrucciones, remordimientos, buenos ejemplos, enfermedades, reveses de fortuna, bienes materiales.

   Será tan riguroso este juicio, que apenas se salvará el justo. Dice San Pedro en su primera epístola: “Sí el justo a duras penas se salvará, ¿dónde irán el impío y el pecador? (IV, 18).

La sentencia.

   Terminado el juicio, Jesucristo pronunciará la sentencia, la cual es irrevocable, por cuanto no hay excusas que alegar; no hay defensor en quien esperar; no hay ya lugar a suplica porque con la muerte termina el tiempo de la misericordia y sólo queda estricta justicia.

   La sentencia para el alma justa será: Ven, alma bendita a poseer el reino que té está preparado desde el establecimiento del mundo” (Mat., XXV, 34).
   Si el alma no está purificada enteramente de sus faltas veniales o tiene algo que expiar, la enviará Dios al Purgatorio, de donde, acabada la expiación, subirá a la gloria.

   La sentencia para el alma culpable será: “Apártate de mí, maldita, vete al fuego eterno que está aparejado para el diablo y para sus ángeles” (Mat., XXV, 41). En seguida el alma será precipitada en el infierno por toda la eternidad.

sábado, 14 de marzo de 2015

Qué dice la Iglesia sobre los Novísimos 2


(Homilía para una Misa por un difunto)

Cuando pedimos una Misa por un ser querido, es conveniente recordar lo que enseña el Catecismo acerca de Dios, de la muerte y de lo que sucede más allá de la muerte. El Catecismo nos enseña que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), un Amor infinito, eterno, inagotable, misericordioso  y porque Dios es Amor, esperamos que nuestros seres queridos difuntos, a quienes recordamos en la Santa Misa, estén ya con Él, que Él ya les haya perdonado sus muchos o pocos pecados que puedan haber tenido. 
Pero el Catecismo nos recuerda que Dios es también un Dios de infinita Justicia , porque de lo contrario, no  sería Dios, sería un Dios injusto, y porque Dios es un Dios de infinita Justicia, es que nosotros, que todavía estamos en esta tierra y debemos atravesar el umbral de la muerte, debemos poner mucha atención a nuestras acciones, para no ofender a su Divina Justicia con malas acciones, con pecados. El Catecismo enseña que, inmediatamente después de la muerte, el alma va a enfrentar lo que se llama el “juicio particular” , en donde toda su vida pasa ante sus ojos, con sus obras buenas y sus obras malas, y de acuerdo a ellas, recibe el veredicto de su destino definitivo: o el Cielo –el Purgatorio como antesala del Cielo- o el Infierno. Es por eso que nosotros, que todavía no hemos atravesado el umbral de la muerte, debemos obrar siempre el bien, para que nuestras buenas obras nos granjeen el paso al Cielo.
Hemos dicho que esperamos que, por la Misericordia de Dios, que nuestros seres queridos estén ya con Él; ahora bien, no debemos pensar que nunca más los veremos: por Jesucristo, gracias a Él y a su sacrificio en cruz, y a su Muerte y Resurrección, tenemos la certeza de volver a encontrarlos, de volver a verlos, de volver a abrazarlos, para esta vez, no separarnos ya nunca más. Dice el Apocalipsis que en el cielo no hay dolor, no hay tristeza, no hay llanto ; solo hay felicidad, alegría, amor, porque todos están en Dios, que es Amor, Alegría y Paz. Pero para reencontrarnos con nuestros seres queridos, tenemos que tener en cuenta que nosotros en esta vida, es como si camináramos por una cornisa, con un abismo a cada lado, porque a cada paso, podemos caer en el Abismo del que no se sale; a cada caso podemos caer en el pecado, que nos hace perder la gracia y la posibilidad de acceder al Cielo. Lo único que nos puede unir a nuestros seres queridos en el Cielo, es Jesús crucificado y Jesús en la Eucaristía. Entonces, si mantenemos fijos los ojos en Jesús crucificado y en Jesús Eucaristía, si vivimos en gracia, si detestamos el pecado, si obramos la misericordia, estaremos seguros, segurísimos, de que, por la Misericordia de Jesucristo, nos reencontraremos en Cristo, el día de nuestra propia muerte y luego de nuestro juicio particular con nuestros seres queridos en el Reino de los cielos y nunca más nos separaremos.

jueves, 5 de marzo de 2015

Qué dice el Catecismo sobre los Novísimos


         El Catecismo nos enseña que después de la muerte, comienza la vida eterna, es decir, la vida que no tiene fin, la vida que “comienza inmediatamente después de la muerte”. Inmediatamente luego de la muerte, tiene lugar el juicio particular, en donde se decide el destino final definitivo, según las obras personales de cada uno: cielo (purgatorio, como antesala del cielo) o infierno. Dice así el Número         207 del Compendio del Catecismo: “¿Qué es la vida eterna? (1020; 1051) La vida eterna es la que comienza inmediatamente después de la muerte. Esta vida no tendrá fin; será precedida para cada uno por un juicio particular por parte de Cristo, juez de vivos y muertos, y será ratificada en el juicio final”.
         El Catecismo enseña que habrá un juicio particular, en el cual se dará, de modo “inmediato”, la retribución por las obras, buenas o malas, que hayamos hecho en esta vida, y la retribución consistirá en el acceso al cielo o en la condenación en el infierno. Dice así el Número 208: “¿Qué es el juicio particular? (1021-1022; 1051) Es el juicio de retribución inmediata, que, en el momento de la muerte, cada uno recibe de Dios en su alma inmortal, en relación con su fe y sus obras. Esta retribución consiste en el acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien de la condenación eterna al infierno”.
Los que mueran sin necesidad de purificación, es decir, los que mueran con amor puro a Dios en el corazón, verán inmediatamente a Dios, y comenzarán a gozar de su visión apenas dejen esta vida, y eso es lo que se entiende por “cielo”. En el Número 209 se dice: “¿Qué se entiende por cielo? (1023-1026; 1053) Por cielo se entiende el estado de felicidad suprema y definitiva. Todos aquellos que mueren en gracia de Dios y no tienen necesidad de posterior purificación, son reunidos en torno a Jesús, a María, a los ángeles y a los santos, formando así la Iglesia del cielo, donde ven a Dios “cara a cara” (1 Co 13, 12), viven en comunión de amor con la Santísima Trinidad e interceden por nosotros. “La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna” (San Cirilo de Jerusalén)”.
Los que necesiten purificación, es decir, los que no mueran en pecado mortal, pero sí necesitados de purificación, deberán pasar por el Purgatorio, para purificar su amor por Dios. En el Número 210 se dice: “¿Qué es el purgatorio? (1030-1031; 1054) El purgatorio es el estado de los que mueren en amistad con Dios pero, aunque están seguros de su salvación eterna, necesitan aún de purificación para entrar en la eterna bienaventuranza”.
Y en el 211. “¿Cómo podemos ayudar en la purificación de las almas del purgatorio? (1032) En virtud de la comunión de los santos, los fieles que peregrinan aún en la tierra pueden ayudar a las almas del purgatorio ofreciendo por ellas oraciones de sufragio, en particular el sacrificio de la Eucaristía, pero también limosnas, indulgencias y obras de penitencia.
Por último, quienes hayan muerto en pecado mortal, es decir, enemistados con Dios, recibirán el justo pago por sus obras malvadas, el infierno, según se afirma en el Número 212: “¿En qué consiste el infierno? (1033-1035; 1056-1057) Consiste en la condenación eterna de todos aquellos que mueren, por libre elección, en pecado mortal. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente encuentra el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. Cristo mismo expresa esta realidad con las palabras “Alejaos de mí, malditos al fuego eterno” (Mt 25, 41).
La existencia del infierno no es contraria a la Misericordia Divina, sino una confirmación de ella, y además, una prueba del inmenso respeto que Dios tiene para con la libertad del hombre. Dice así el Número 213: “¿Cómo se concilia la existencia del infierno con la infinita bondad de Dios? (1036-1037) Dios quiere que “todos lleguen a la conversión” (2 P 3, 9), pero, habiendo creado al hombre libre y responsable, respeta sus decisiones. Por tanto, es el hombre mismo quien, con plena autonomía, se excluye voluntariamente de la comunión con Dios si, en el momento de la propia muerte, persiste en el pecado mortal, rechazando el amor misericordioso de Dios”.
Acerca del Juicio Final, dice el Compendio en el Número 214: “¿En qué consistirá el juicio final? (1038-1041; 1058-1059) El juicio final (universal) consistirá en la sentencia de vida bienaventurada o de condena eterna que el Señor Jesús, retornando como juez de vivos y muertos, emitirá respecto “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), reunidos todos juntos delante de sí. Tras del juicio final, el cuerpo resucitado participará de la retribución que el alma ha recibido en el juicio particular.
215. ¿Cuándo tendrá lugar este juicio? (1040) El juicio final sucederá al fin del mundo, del que sólo Dios conoce el día y la hora.
216. ¿Qué es la esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva? (1042-1050; 1060) Después del juicio final, el universo entero, liberado de la esclavitud de la corrupción, participará de la gloria de Cristo, inaugurando “los nuevos cielos y la tierra nueva” (2 P 3, 13). Así se alcanzará la plenitud del Reino de Dios, es decir, la realización definitiva del designio salvífico de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 10). Dios será entonces “todo en todos” (1 Co 15, 28), en la vida eterna.

“AMÉN” 217. ¿Qué significa el Amén, con el que concluye nuestra profesión de fe? (1061-1065) La palabra hebrea Amén, con la que se termina también el último libro de la Sagrada Escritura, algunas oraciones del Nuevo Testamento y las oraciones litúrgicas de la Iglesia, significa nuestro “sí” confiado y total a cuanto confesamos creer, confiándonos totalmente en Aquel que es el “Amén” (Ap 3, 14) definitivo: Cristo el Señor.

martes, 8 de julio de 2014

"Recuerda tus postrimerías, y nunca pecarás" (Ecli 7, 40)


Jesús, Justo Juez,
Terrible y Supremo,
en el Día del Juicio Final,
el Día de la Ira de Dios.
A su lado, su Madre,
María Santísima.

NOVÍSIMOS: MUERTE - JUICIO - INFIERNO - CIELO

"Meditare Novissima tua et in aeternum non peccabis" (Ecli 7, 40)


MUERTE:

Retrato de un hombre que acaba de morir

Polvo eres y en polvo te convertirás

Gn. 3, 19

Considera que tierra eres y en tierra te has de convertir. Día llegará en que será necesario morir y pudrirse en una fosa, donde estarás cubierto de gusanos (Sal. 14, 11). A todos, nobles o plebeyos, príncipes o vasallos, ha de tocar la misma suerte. Apenas, con el último suspiro, salga el alma del cuerpo, pasará a la eternidad, y el cuerpo, luego, se reducirá a polvo (Sal. 103, 29).

Imagínate en presencia de una persona que acaba de expirar. Mira aquél cadáver, tendido aún en su lecho mortuorio; la cabeza inclinada sobre el pecho; esparcido el cabello, todavía bañado con el sudor de la muerte; hundidos los ojos; desencajadas las mejillas; el rostro de color de ceniza; los labios y la lengua de color de plomo; yerto y pesado el cuerpo... ¡Tiembla y palidece quien lo ve!... ¡Cuántos, sólo por haber contemplado a un pariente o amigo muerto, han mudado de vida y abandonado el mundo!

Pero todavía inspira el cadáver horror más intenso cuando comienza a descomponerse... Ni un día ha pasado desde que murió aquel joven, y ya se percibe un hedor insoportable. Hay que abrir las ventanas, y quemar perfumes, y procurar que pronto lleven al difunto a la iglesia o al cementerio, y que le entierren en seguida, para que no inficione toda la casa... Y el que haya sido aquel cuerpo de un noble o un potentado no servirá, acaso, sino para que despida más insufrible fetidez, dice un autor.

¡Ved en lo que ha venido a parar aquel hombre soberbio, aquel deshonesto!... Poco ha, veíase acogido y agasajado en el trato de la sociedad; ahora es horror y espanto de quien le mira. Apresúranse los parientes a arrojarle de la casa, y pagan portadores para que, encerrado en su ataúd, se lo lleven y den sepultura... Pregonaba la fama no ha mucho el talento, la finura, la cortesía y gracia de ese hombre; mas a poco de haber muerto, ni aun su recuerdo se conserva (Sal. 9, 7).

Al oír la nueva de su muerte, limítanse unos a decir que era un hombre honrado; otros, que ha dejado a su familia con grandes riquezas. Contrístanse algunos, porque la vida del que murió les era provechosa; alégranse otros, porque esa muerte puede serles útil.

Por fin, al poco tiempo, nadie habla ya de él, y hasta sus deudos más allegados no quieren que de él se les hable, por no renovar el dolor. En las visitas de duelo se trata de otras cosas; y si alguien se atreve a mencionar al muerto, no falta un pariente que diga: “¡Por caridad, no me lo nombréis más!”

Considera que lo que has hecho en la muerte de tus deudos y amigos así se hará en la tuya. Entran los vivos en la escena del mundo a representar su papel y a recoger la hacienda y ocupar el puesto de los que mueren; pero el aprecio y memoria de éstos poco o nada duran. Aflígense al principio los parientes algunos días, mas en breve se consuelan por la herencia que hayan obtenido, y muy luego parece como que su muerte los regocija. En aquella misma casa donde hayas exhalado el último suspiro, y donde Jesucristo te habrá juzgado, pronto se celebrarán, como antes, banquetes y bailes, fiestas y juegos... Y tu alma, ¿dónde estará entonces? 

(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)



JUICIO: 

Del juicio particular

Porque es necesario que todos
nosotros seamos manifestados
ante el tribunal de Cristo.
2 Cor. 5, 10.

Consideremos la presentación del reo, acusación, examen y sentencia de este juicio. Primeramente, en cuanto a la presentación del alma ante el Juez, dicen comúnmente los teólogos que el juicio particular se verifica en el mismo instante en que el hombre expira, y que en el propio lugar donde el alma se separa del cuerpo es juzgada por nuestro Señor Jesucristo, el cual no delegará su poder, sino que por Sí mismo vendrá a juzgar esta causa. “A la hora que no penséis vendrá el Hijo del Hombre” (Lc. 12, 40). “Vendrá con amor para los buenos –dice San Agustín–, y con terror para los malos”.

¡Oh, qué espantoso temor sentirá el que, al ver por vez primera al Redentor, vea también la indignación divina! “¿Quién podrá subsistir ante la faz de su indignación?” (Nah. 1, 6).

Meditando en esto, el P. Luis de la Puente temblaba de tal modo que la celda en que estaba se estremecía. El V. P. Juvenal Ancina se convirtió oyendo cantar el Dies irae, porque al considerar el terror que tendrá el alma cuando vaya al juicio, resolvió apartarse del mundo; y así, en efecto, le abandonó.

El enojo del Juez, anuncio será de eterna desventura (Pr. 16, 14); y hará padecer más a las almas que las mismas penas del infierno, dice San Bernardo.

Causa a veces el miedo sudor glacial en los criminales presentados ante los jueces de la tierra. Pisón, con traje de reo, comparece ante el Senado, y es tal su confusión y vergüenza, que allí mismo se da muerte. ¡Qué aflicción profunda siente un hijo o un buen vasallo cuando ve al padre o a su señor gravemente enojado!...

¡Pues mucha mayor pena sentirá el alma cuando vea indignado a Jesucristo, a quien despreció! (Jn. 19, 37). Airado e implacable, se le presentará entonces este Cordero divino, que fue en el mundo tan paciente y amoroso, y el alma, sin esperanza, clamará a los montes que caigan sobre ella y la oculten del enojo de Dios (Ap. 6, 16).

Hablando del juicio, dice San Lucas (21, 27): Entonces verán el Hijo del Hombre. Ver a su Juez en forma humana acrecentará el dolor de los pecadores; porque la presencia de aquel Hombre que murió por salvarlos les recordará vivamente la ingratitud con que le ofendieron.

Después de la gloriosa Ascensión del Señor, los ángeles dijeron a sus discípulos (Hch. 1, 11): “Este Jesús, que ante vuestra vista ha subido a la gloria, así vendrá como le habéis visto ir al Cielo”. Vendrá, pues, el salvador a juzgarnos ostentando aquellas mismas sagradas llagas que tenía cuando dejó la tierra. “Grande gozo para los que le contemplen, temor grande para los que esperan”, dice Ruperto. Esas benditas llagas consolarán a los justos e infundirán espanto a los pecadores.

Cuando José dijo a sus hermanos (Gn. 45, 3): Yo soy José, a quien vendisteis, quedaron ellos –dice la Escritura– mudos e inmóviles de terror. ¿Qué responderá el pecador a Jesucristo? ¿Podrá acaso pedirle misericordia cuando antes le habrá dado cuenta de lo mucho que despreció esa misma clemencia? ¿Qué hará, pues –dice San Agustín–, adónde huirá cuando vea al Juez enojado, debajo el infierno abierto, a un lado los pecados acusadores, al otro al demonio dispuesto a ejecutar la sentencia, y dentro de sí mismo la conciencia que remuerde y castiga? 

(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)



INFIERNO: 

De las penas del infierno

E irán éstos al suplicio eterno.
Mt. 25, 46

Dos males comete el pecador cuando peca: deja a Dios, Sumo Bien, y se entrega a las criaturas. Porque dos males hizo mi pueblo: me dejaron a Mí, que soy fuente de agua viva, y cavaron para sí aljibes rotos, que no pueden contener las aguas (Jer. 2, 13). Y porque el pecador se dio a las criaturas, con ofensa de Dios, justamente será luego atormentado en el infierno por esas mismas criaturas, el fuego y los demonios; ésta es la pena de sentido. Mas como su culpa mayor, en la cual consiste la maldad del pecado, es el apartarse de Dios, la pena más grande que hay en el infierno es la pena de daño, el carecer de la vista de Dios y haberle perdido para siempre.

Consideremos primeramente la pena de sentido. Es de fe que hay infierno. En el centro de la tierra se halla esa cárcel, destinada al castigo de los rebeldes contra Dios.

¿Qué es, pues, el infierno? El lugar de tormentos (Lucas 16, 28), como le llamó el rico Epulón, lugar de tormentos, donde todos los sentidos y potencias del condenado han de tener su propio castigo, y donde aquel sentido que más hubiere servido de medio para ofender a Dios será más gravemente atormentado (Sb. 11, 17; Ap. 18, 7). La vista padecerá el tormento de las tinieblas (Jb. 10, 21).

Digno de profunda compasión sería el hombre infeliz que pasara cuarenta o cincuenta años de su vida encerrado en tenebroso y estrecho calabozo. Pues el infierno es cárcel por completo cerrada y oscura, donde no penetrará nunca ni un rayo de sol ni de luz alguna (Salmo 48, 20).

El fuego que en la tierra alumbra no será luminoso en el infierno. “Voz del Señor, que corta llama de fuego” (Sal. 28, 7). Es decir, como lo explica San Basilio, que el Señor separará del fuego la luz, de modo que esas maravillosas llamas abrasarán sin alumbrar. O como más brevemente dice San Alberto Magno: “Apartará del calor el resplandor”. Y el humo que despedirá esa hoguera formará la espesa nube tenebrosa que, como nos dice San Judas (1, 3), cegará los ojos de los réprobos. No habrá allí más claridad que la precisa para acrecentar los tormentos. Un pálido fulgor que deje ver la fealdad de los condenados y de los demonios y del horrendo aspecto que éstos tomarán para causar mayor espanto.

El olfato padecerá su propio tormento. Sería insoportable que estuviésemos encerrados en estrecha habitación con un cadáver fétido. Pues el condenado ha de estar siempre entre millones de réprobos, vivos para la pena, cadáveres hediondos por la pestilencia que arrojarán de sí (Is. 34, 3).

Dice San Buenaventura que si el cuerpo de un condenado saliera del infierno, bastaría él solo para que por su hedor muriesen todos los hombres del mundo... Y aún dice algún insensato: “Si voy al infierno, no iré solo...” ¡Infeliz!, cuantos más réprobos haya allí, mayores serán tus padecimientos.

“Allí –dice Santo Tomás– la compañía de otros desdichados no alivia, antes acrecienta la común desventura”. Mucho más penarán, sin duda, por la fetidez asquerosa, por los lamentos de aquella desesperada muchedumbre y por la estrechez en que se hallarán amontonados y oprimidos, como ovejas en tiempo de invierno (Sal. 48, 15), como uvas prensadas en el lagar de la ira de Dios (Ap. 19, 15).

Padecerán asimismo el tormento de la inmovilidad (Ex. 15, 16). Tal como caiga el condenado en el infierno, así ha de permanecer inmóvil, sin que le sea dado cambiar de sitio ni mover mano ni pie mientras Dios sea Dios.

Será atormentado el oído con los continuos lamentos y voces de aquellos pobres desesperados, y por el horroroso estruendo que los demonios moverán (Jb. 15, 21). Huye a menudo de nosotros el sueño cuando oímos cerca gemidos de enfermos, llanto de niños o ladrido de algún perro... ¡Infelices réprobos, que han de oír forzosamente por toda la eternidad los gritos pavorosos de todos los condenados!...

La gula será castigada con el hambre devoradora... (Sal. 58, 15). Mas no habrá allí ni un pedazo de pan. Padecerá el condenado abrasadora sed, que no se apagaría con toda el agua del mar, pero no se le dará ni una sola gota. Una gota de agua nomás pedía el rico avariento, y no la obtuvo ni la obtendrá jamás. 

(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)



CIELO: 

De la gloria

Vuestra tristeza se convertirá en alegría
Jn. 16, 20.

Procuremos ahora sufrir con paciencia las tribulaciones de esta vida, ofreciéndolas a Dios, en unión de los dolores que Jesucristo sufrió por nuestro amor, y alentémonos con la esperanza de la gloria. Algún día acabarán estos trabajos, penas, angustias, persecuciones y temores, y si nos salvamos, se nos convertirá en gozo y alegría inefable en el reino de los bienaventurados.

Así nos alienta y reanima el Señor (Jn. 16, 20): “Vuestra tristeza se convertirá en alegría”. Meditemos, pues, sobre la felicidad de la gloria... Mas, ¿qué diremos de esta felicidad, si ni aun los Santos más inspirados han acertado a expresar las delicias que Dios reserva a los que le aman?... David sólo supo decir (Sal. 83, 3) que la gloria es el bien infinitamente deseable...

¡Y tú, san Pablo, insigne, que tuviste la dicha de ser arrebatado a los Cielos, dinos algo siquiera de lo que viste allí!... “No –responde el gran Apóstol (2 Co. 12, 4)–; lo que vi no es posible explicarlo. Tan altas son las delicias de la gloria, que no puede comprenderlas quien no las disfrute. Sólo diré que nadie en la tierra ha visto, ni oído, ni comprendido las bellezas y armonías y placeres que Dios tiene preparados para los que le aman” (1 Co. 2, 9).

No podemos acá imaginar los bienes del Cielo, porque sólo formamos idea de los que este mundo nos ofrece... Si, por maravilla, un ser irracional pudiese discurrir, y supiese que un rico señor iba a celebrar espléndido banquete, imaginaría que los manjares dispuestos habían de ser exquisitos y selectos, pero semejantes a los que él usara, porque no podría concebir nada mejor como alimento.

Así discurrimos nosotros, pensando en los bienes de la gloria... ¡Qué hermoso es contemplar en noche serena de estío la magnificencia del cielo cubierto de estrellas! ¡Cuán grato admirar las apacibles aguas de un lago transparente, en cuyo fondo se descubren peces que nadan y peñas vestidas de musgo! ¡Cuánta hermosura la de un jardín lleno de flores y frutos, circundado de fuentes y arroyuelos y poblado de lindos pajarillos que cruzan el aire y le alegran con su canto armonioso!... Diríase que tantas bellezas son el paraíso...

Mas no: muy otros son los bienes y hermosuras de la gloria. Para entender confusamente algo de ello, considérese que allí está Dios omnipotente, colmando, embriagando de gozo inenarrable a las almas que Él ama...

¿Queréis columbrar lo que es el Cielo? –decía San Bernardo–, pues sabed que allí no hay nada que nos desagrade, y existe todo bien que deleita.

¡Oh Dios! ¿Qué dirá el alma cuando llegue a aquel felicísimo reino?... Imaginemos que un joven o una virgen, consagrados toda su vida al amor y servicio de Cristo, acaban de morir y dejan ya este valle de lágrimas. Preséntase el alma al juicio; abrázala el Juez, y le asegura que está santificada. El ángel custodio le acompaña y felicita y ella le muestra su gratitud por la asistencia que le debe. “Ven, pues, alma hermosa –le dice el ángel–; regocíjate porque te has salvado; ven a contemplar a tu Señor”.

Y el alma se eleva, traspone las nubes, pasa más allá de las estrellas y entra en el Cielo... ¡Oh Dios mío!, ¿Qué sentirá el alma al penetrar por vez primera en aquel venturoso reino y ver aquella ciudad de Dios, dechado insuperable de hermosura?...

Los ángeles y Santos la reciben gozosos y le dan amorosísima bienvenida... Allí verá con indecible júbilo a sus Santos protectores y a los deudos y amigos que la precedieron en la vida eterna. Querrá el alma venerarlos rendida, mas ellos lo impedirán, recordándole que son también siervos del Señor (Ap. 22, 9).

La llevarán después a que bese los pies de la Virgen María, Reina de los Cielos, y el alma sentirá inmenso deliquio de amor y de ternura viendo a la excelsa y divina Madre, que tanto la auxilió para que se salvase, y que ahora le tenderá sus amantes brazos y que le dejará conocer cuantas gracias le obtuvo.

Acompañada por esta soberana Señora, llegará el alma ante nuestro Rey Jesucristo, que la recibirá como a esposa amadísima, y le dirá (Cant. 4, 8): Ven del Líbano, esposa mía; ven y serás coronada; alégrate y consuélate, que ya acabaron tus lágrimas, penas y temores; recibe la corona inmarcesible que te conseguí con mi Sangre...”.

Jesús mismo la presentará al Eterno Padre, que la bendecirá, diciendo (Mt. 25, 21): Entra en el gozo de tu Señor, y le comunicará bienaventuranzas sin fin, con felicidad semejante a la que Él disfruta. 

(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

jueves, 15 de noviembre de 2012

Santa Faustina es llevada al Purgatorio, al Infierno y al Cielo, para dar testimonio de los novísimos




Visión del Purgatorio

Mientras estaba en Skolimow, casi al final de su Postulantado, Santa Faustina le preguntó al Señor por quién mas debía orar y la noche siguiente tuvo esta visión. "Esa noche vi a mi ángel de la Guarda, quien me pidió que lo siguiera. En un momento me vi en un lugar lleno de fuego y de almas sufrientes. Estaban orando fervientemente por si mismas pero no era válido, solamente nosotros podemos ayudarlas. 



Las llamas que las quemaban no podían tocarme. Mi ángel de la guarda no me dejó sola ni un momento. Yo pregunté a las almas que es lo que mas las hacía sufrir. Ellas me contestaron que era el sentirse abandonadas por Dios... 



Vi a Nuestra Señora visitando a las almas del Purgatorio, la llamaban Estrella del Mar. Luego mi ángel guardián me pidió que regresáramos, al salir de esta prisión de sufrimiento, escuché la voz interior del Señor que decía: 



"Mi Misericordia no quiere esto, pero lo pide mi Justicia". 



Visión del Infierno 



Durante un retiro de ocho días en octubre de 1936, se le mostró a Sor Faustina el abismo del infierno con sus varios tormentos, y por pedido de Jesús ella dejó una descripción de lo que se le permitió ver: 


"Hoy día fui llevada por un Ángel al abismo del infierno. Es un sitio de gran tormento. ¡Cuán terriblemente grande y, extenso es!. Las clases de torturas que vi: La primera es la privación de Dios; la segunda es el perpetuo remordimiento de conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; la cuarta es el fuego que penetra en el alma sin destruirla -un sufrimiento terrible, ya que es puramente fuego espiritual,-prendido por la ira de Dios. La quinta es una oscuridad continua y un olor sofocante terrible. A pesar de la oscuridad, las almas de los condenados se ven entre ellos; la sexta es la compañía constante de Satanás; la séptima es una angustia horrible, odio a Dios, palabras indecentes y blasfemia. Estos son los tormentos que sufren los condenados, pero no es el fin de los sufrimientos. Existen tormentos especiales destinados para almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma pasa por sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionado con el tipo de pecado que ha cometido. Existen cavernas y fosas de tortura donde cada forma de agonía difiere de la otra. Yo hubiera fallecido a cada vista de las torturas si la Omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma encuentre una excusa diciendo que no existe el infierno, o que nadie a estado ahí y por lo tanto, nadie puede describirlo." El Señor fue preparando de esta forma el corazón de Santa Faustina para que por medio de su intercesión se salvaran muchas almas. 


Visión del Cielo 



El 27 de noviembre de 1936, cuando la debilidad la llevó a la cama, escribió la siguiente visión del cielo: "Hoy día, estuve en el cielo en espíritu, y vi sus bellezas incomparables y la felicidad que nos espera para después de la muerte. Cómo todas las criaturas alaban y dan gracias a Dios sin cesar...Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero es siempre nueva, derramando felicidad para todas las criaturas. Dios me ha hecho entender que hay una cosa de un valor infinito a Sus ojos, y eso es, el amor a Dios; amor, amor y nuevamente amor, y nada puede compararse a un solo acto de amor a Dios. Dios en su gran majestad, es adorado por los espíritus celestiales, de acuerdo a sus grados de gracias y jerarquías en que son divididas, no me causó temor ni susto; mi alma estaba llena de paz y amor; y mientras más conozco la grandeza de Dios, más me alegro de que El sea El que es. Me regocijo inmensamente en Su grandeza y me alegro de que soy tan pequeña, ya que siendo tan pequeña, El me carga en Sus brazos y me aprieta a Su corazón"

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Los Novísimos y una visión de Santa Brígida en la que la Virgen salva un alma de ser condenada


Recordemos lo que nos espera: el terrible juicio de Dios; y después de él, según hayamos obrado en nuestras vidas, la sentencia será lanzada:

- O ir al cielo directamente 
- O ir al Purgatorio por quién sabe cuánto tiempo 
- O ir al infierno por toda la eternidad

Por eso es muy importante y provechoso que siempre en la vida reflexionemos en 3 puntos:

1) En el terrible juicio de Dios y lo mucho que ayuda para aprobarlo, las oraciones de los demás
2) En las terribles penas que se sufren en el Purgatorio
3) En la expiación que tendríamos que hacer durante nuestras vidas si quisiéramos no pasar por el Purgatorio, o sólo estar allí por breve “tiempo”.

-En este post sólo analizaremos el primer punto, esto es el terrible Juicio de Dios y lo mucho que ayuda para aprobarlo, las oraciones de los demás.

El terrible juicio de Dios nos lo recuerda muy bien el “DIES IRAE”:
“Día de ira, el día aquél, que reducirá el mundo a cenizas;…
Cuán grande será el terror cuando aparezca el Juez,
para sentenciarlo todo con rigor…
El libro, ya completo, será leído, en el que todo (¡TODO!) se haya consignado…
Cuando el juez se haya sentado, se revelará todo secreto; nada (¡NADA!) quedará sin castigo…
¿Qué he de decir entonces, miserable de mí? ¿a qué abogado recurriré si apenas el justo estará seguro?...”

¿TENEMOS MIEDO DEL JUICIO DE DIOS?

Bueno, al menos que ese temor sea saludable para prepararnos bien para ese momento. Pero veamos lo mucho que ayuda para aprobarlo, las oraciones de los demás.

PARA ILUSTRAR ESTO, NARREMOS UNA VISIÓN DE SANTA BRÍGIDA:

Santa Brígida
Ella, velando en oración vio en una visión espiritual, un trono, que estaba ocupado por uno como el sol; y la luz y resplandor que de él salía, era incomprensible en longitud, latitud y profundidad.

Estaba una Virgen cerca del trono con una preciosa corona en la cabeza. Tras esto, vio un negro como etíope, feo y abominable, lleno de inmundicia y encendido de enojo, que comenzó a dar voces diciendo: “Oh Juez justo, juzga esta alma y oye sus obras, que ya poco le resta de estar en el cuerpo, y dame licencia para que atormente al alma y al cuerpo en lo que fuera justo”.

Después vio la Santa un soldado armado junto al trono, modesto en el aspecto, sabio en las palabras y dulce en sus ademanes, el cual dijo:

“Oh Juez, ves aquí las buenas obras que ha hecho esta alma hasta este punto”.

Y LUEGO SE OYÓ UNA VOZ DEL TRONO QUE DIJO: “Más son, pues, los vicios en esta alma, que las virtudes. No es justicia que tenga parte el vicio con la suma virtud, ni se junte a ella”.

Enseguida dijo el negro: “A mí es de justicia que se me entregue esta alma; que si ella tiene vicios, yo estoy lleno de maldad, y estará bien conmigo”.

“La misericordia de Dios -dijo el soldado- hasta la muerte acompaña a todos, y hasta que haya salido el alma del cuerpo, no se puede dar la sentencia; y esta alma sobre que pleiteamos, aun está en el cuerpo, y tiene discreción para escoger lo bueno”.

“La escritura -replicó el negro- que no puede mentir, dice: Amarás, a Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo. Y todo cuanto éste ha hecho, ha sido por temor, no por amor de Dios como debía, y todos los pecados que ha confesado, han sido con poca contrición y dolor. Y pues no mereció el cielo, justo es que se me dé para el infierno, pues sus pecados están aquí manifiestos ante la divina justicia, y nunca de ellos ha tenido verdadera contrición y dolor”.

“Este infeliz, dijo el soldado, esperó y creyó que asistido de la gracia tendría esa verdadera contrición”.

A lo cual le respondió el negro: “Has traído aquí todo cuanto bien ha hecho ése, todas sus palabras y pensamientos que pueden servirle para salvarse; pero todo ello no llega ni con mucho a lo que vale un acto de verdadera contrición y dolor, nacido de la caridad divina con fe y esperanza; y por consiguiente, no puede servir para borrar todos sus pecados. Porque justicia es de Dios, determinada en su eternidad, que nadie se salve sin contrición; y como es imposible que vaya Dios contra este su decreto eterno, resulta, que con razón pido se me dé esta alma para ser atormentada con pena eterna en el infierno”.

¡No!, replicó el soldado, y luego aparecieron innumerables demonios, semejantes a las centellas que salen de un fuego abrasador, y a una voz clamaban diciendo…

“¡Tú amas la justicia, oh Juez!, ¿por qué no declaras ser nuestra esta alma, para que la atormentemos según sus obras?”.

Santa Brígida vidente
OYÓSE DESPUÉS EL SONIDO DE UNA TROMPETA, al cual todos quedaron silenciosos, y al punto dijo una voz:

“Callad y oíd vosotros todos, ángeles, almas y demonios, lo que va a hablar la Madre de Dios”.

Y EN SEGUIDA APARECIÓ ANTE EL TRONO DEL JUEZ LA MISMA VIRGEN MARÍA, trayendo mucho bulto de cosas como escondidas debajo del manto, y dijo a los demonios:

“Vosotros, enemigos, perseguís la misericordia, y sin ninguna caridad pregonáis la justicia. Aunque es verdad que esta alma se halla falta de buenas obras, y por ellas no pudiera ir al cielo, mirad lo que traigo debajo de mi manto. Y alzándolo por ambos lados, veíase por el uno una pequeña iglesia y en ella algunos religiosos; y por el otro lado se veían hombres y mujeres, amigos de Dios, todos los cuales clamaban a una voz, diciendo: Señor, tened misericordia de él”.

REINÓ DESPUÉS UN GRAN SILENCIO Y PROSIGUIÓ LA VIRGEN:

“La Sagrada Escritura dice, que el que tiene verdadera fe en el mundo, puede mudar los montes de una a otra parte. ¿Qué no pueden y deben hacer entonces los clamores de todos estos que tuvieron fe y sirvieron a Dios con fervoroso amor? ¿Qué no han de alcanzar los amigos de Dios, a quienes éste rogó que pidiesen por él, para que pudiera apartarse del infierno y conseguir el cielo, y mucho más cuando por sus buenas obras no buscó otra remuneración que los bienes celestiales? ¿Por ventura, no podrán las lágrimas y oraciones de todos estos bienaventurados ayudar esta alma y levantarla, para que antes de su muerte tenga verdadera contrición con amor de Dios? Yo también uniré mis ruegos a las oraciones de todos los santos que están en el cielo, a quienes éste honraba con particular veneración. Y a vosotros, demonios, os mando de parte del Juez y de su poder, que atendáis a lo que veréis ahora en su justicia".

Y respondieron todos, como con una sola voz: "Vemos, que como en el mundo las lágrimas y la contrición aplacan la ira de Dios, así tus peticiones le inclinan a misericordia con amor”.

DESPUÉS DE ESTO, OYÓSE UNA VOZ que salió del que estaba sentado en el solio resplandeciente, y dijo:

“Por los ruegos de mis amigos tendrá éste contrición antes de la muerte, y no irá al infierno, sino al purgatorio con los que allí padecen mayores tormentos; y acabados de purgar sus pecados, recibirá su premio en el cielo, con aquellos que tuvieron fe y esperanza, pero con mínima caridad.”

Y así que oyeron esto, huyeron los demonios.

Santa Brígida narra luego que ese pecador tuvo que sufrir las más duras penas en el purgatorio "con los que allí padecen mayores tormentos", pues el sufrimiento para purgar las culpas será distinto en cada caso según sea la culpabilidad.

¡QUÉ CONSOLADOR SABER lo mucho que ayudan las oraciones del prójimo! POR ESO, DESDE AHORA, RECEMOS MÁS POR NUESTROS DIFUNTOS para ayudarlos en el juicio de Dios que hayan tenido, que aunque ya sea un juicio pasado, Dios, con su mirada sobre todos los tiempos, veía las oraciones que se iban a hacer por determinada alma, y así podría haberles concedido el perdón antes de haber comparecido ante su divina presencia.

Y NOSOTROS, DESDE AHORA, TENGAMOS MAYOR DEVOCIÓN A LOS SANTOS, pidámosles que rueguen siempre por nosotros, especialmente en la hora de nuestra muerte; Y CLARO ESTÁ, TENGAMOS MAYOR AMOR Y DEVOCIÓN A NUESTRA SEÑORA, y recemos con fervor, esas palabras que a menudo decimos distraídos:

“Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”.

Y TAMBIÉN TENGAMOS AMIGOS EN ESTE MUNDO, a quienes ayudemos por nuestras limosnas, caridad, consejos, amor, para que ellos rueguen a Dios por nosotros, especialmente en la hora de nuestra muerte y también después de ella. Pues aunque nos hayamos salvado, también necesitaremos su ayuda para mitigar los terribles tormentos del Purgatorio.

LAS PENAS QUE SUFREN LAS ALMAS DEL PURGATORIO son muchas en cantidad, son indecibles en intensidad, y en duración, parecen muchas veces casi interminables.

CONCLUSIÓN

QUE ESTAS REFLEXIONES NOS AYUDEN a tener mayor amor por las almas del Purgatorio, y a no cesar jamás de rezar por ellas. ALGÚN DÍA, TAMBIÉN EL TURNO NOS LLEGARÁ A NOSOTROS: vendrá la muerte, vendrá el terrible juicio de Dios, ¿qué será de nosotros?

¡NO TENGAMOS MIEDO!, desde ahora preparémonos bien para nuestro juicio, purifiquemos nuestras almas con frecuentes confesiones, y hagámonos amigos de las almas del Purgatorio, para que ellas al llegar al cielo, rueguen a su vez por nosotros.

SANTA BRÍGIDA, EN UNA VISIÓN, OYÓ UNA VEZ QUE UN ÁNGEL EXCLAMÓ: “¡Bendito de Dios sea, el que en el mundo ayuda las almas con sus oraciones y con el trabajo de su cuerpo!”.

Y TAMBIÉN OYÓ MUCHAS VOCES DESDE EL PURGATORIO QUE DECÍAN: “¡Dios se lo pague a aquellos que nos ayudan y suplen nuestras faltas! ¡Oh Señor Dios!, da de tu incomprensible poder, el ciento por uno, a todos los que en el mundo nos ayudan y nos elevan con sus buenas obras, para que veamos la luz de tu Divinidad, y gocemos de tu presencia y divino rostro”.

OREMOS POR LOS DIFUNTOS, mandémosles decir misas, para que las almas del purgatorio salgan pronto y alcancen la bienaventuranza eterna. También OREMOS POR LOS VIVOS e igualmente pidamos misas para ellos, porque la Madre de Dios nos reveló -en Fátima- que muchos se condenan porque no hay quien los tenga presentes en sus oraciones. Muchas personas jamás tienen en cuenta a los vivos, pues parecieran ignorar que también a las personas vivas se puede aplicar el Santo Sacrificio de la Misa con gran provecho. ¿Qué mejor regalo puede haber para un difunto o un ser querido vivo que mandarle ofrecer una Santa Misa y orar frecuentemente por él?
(texto extraído de: http://catolicidad-catolicidad.blogspot.com.ar)