San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final
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martes, 1 de diciembre de 2015

Meditación sobre el Juicio Universal (II) para Adviento


Jesús y María en el Juicio Universal
(Miguel Ángel Buonarotti)


Punto I. Contempla con los ojos del alma y mira como si lo tuvieras presente aquel dilatadísimo lugar lleno de hombres de todos los estados, que han concurrido al Juicio universal, y en medio de ellos a Cristo en su trono de majestad, y delante su Cruz Santísima más resplandeciente que el sol; como el peso fidelísimo de aquel recto tribunal, a la Reina de los ángeles a su lado, acompañada de coros de vírgenes y santas, a los santos y predestinados a la mano derecha, a los ángeles asistiendo al Soberano Juez como cortesanos suyos; y que habiéndose visto brevemente las causas de todos, la infinita Sabiduría y poder de Dios, pronunciará que sean allí publicadas por la sentencia en primer lugar en favor de los buenos, mirándoles con rostro amoroso y diciendo: “Venid, Benditos de mi Padre, a poseer el reino que está a aparejado para vosotros desde el principio del mundo, porque tuve hambre, y me disteis de comer, etc.”. Donde has de ponderar la alegría que causará esta sentencia en los corazones de los predestinados, y los parabienes que les darán los ángeles y la honra y gloria en que se verán en presencia de todo aquel senado de los hombres que ha habido en todos los siglos del mundo, y cada uno será tan conocido de todos, como si él solo fuera juzgado aquel día, ordenándolo así la sabiduría divina para gloria de los buenos y tormento de los malos, los cuales rabiarán de envidia, y maldecirán su desventura, viéndose desechados y afrentados, aumentando su dolor la gloria de los bienaventurados; y pide al Señor gracia para vivir de tal suerte que seas de los escogidos, y no de los reprobados.

Punto II. Considera parte por parte y palabra por palabra el tenor de esta sentencia. Venid del trabajo y de la penitencia, y de la humildad y tribulación al descanso y a la honra y a la corona de la gloria. Benditos, porque ahora participareis de los los bienes deseables, cumpliéndose colmadamente todos vuestros deseos: de mi Padre, como hijos adoptivos suyos y herederos de su gloria: a poseer el reino, no a verle y gozarle por algún tiempo, como estuvo Adán en el Paraíso, sino a poseerle y tenerle como vuestro eternamente, porque os tiene aparejado desde el principio del mundo. ¡Oh Suerte dichosa y bienaventurada! ¿Qué trabajo o penitencia se puede imaginar, que no se pase con gusto en esta vida, por conseguir una dicha tal y sin fin en la otra? Saca de aquí propósitos firmísimos de hacer penitencia, y seguir con todas tus fuerzas las pisadas y ejemplos de los santos, para merecer después ser su compañero en el juicio y en la gloria.

Punto III. Considera que dada la sentencia en favor de los buenos, como está dicho, trocara Cristo su rostro, de apacible y amoroso en severísimo y espantoso; y mirando a los malos con ojos sañudos, hablándoles con voz terrible, y de furor, les dice: “Apartaos de mí, Malditos, al fuego eterno, que está aparejado para Satanás y sus ángeles, porque tuve hambre, y no me disteis de comer, etc.” en que tienes mucho que pensar, así en el sentimiento que causará esta sentencia en sus corazones, que será dolorosísimo y terrible sobre cuanto se puede decir, como en el apartamiento de Cristo, en que los priva de su vista y compañía para siempre, y en la maldición que les echa, y con ella el colmo de todos los males y miserias que les pueden venir, y en el fuego a que los envía, en que cifró todos los géneros de tormentos que hay en el infierno, y en la compañía de los demonios, que es otro linaje de tormento no menor que los referidos; y últimamente en la duración de estas penas, que no es por número de años limitado, sino eterna y sin fin en término, para Siempre; carga la consideración sobre todo esto, y mira qué fin han tenido sus delicias, honras y opulencias, y como dio fin la farsa de este mundo, y empieza su tormento que nunca se acabará. Y qué dolor, y sentimiento tendrán entonces, viendo por cuan poco pudieron trocar su suerte en celestial y gloriosa, y por dar pasto a sus gustos y apetitos la perdieron; y saca firmísimos propósitos de procurarla tú ahora con todas tus fuerzas, y comprarla á cualquier precio por grande que parezca, y no dejes de ponderar con San Crisóstomo, que hace Cristo aquí mención de las obras de misericordia que se ejercitan con los prójimos, no porque haya de darles por ellas solas la gloria, sino porque son raíz de grandes bienes, por cuanto a los que las practican da el Señor muchas gracias y auxilios, con los cuales los va enderezando a la bienaventuranza, de que has de sacar grande afecto a esta virtud de la misericordia para que mediante ella merezcas la bendición de Cristo el día del Juicio.

Punto IV. Considera el remate de aquel juicio, en que dice Cristo, que pronunciada esta sentencia, irán los buenos a la vida eterna, los malos al suplicio eterno. Contempla como desde un lugar alto la procesión tan ordenada de aquella celestial congregación de ángeles y hombres vestidos de resplandor, coronadas las sienes con guirnaldas y coronas, con palmas en las manos, acompañando a Cristo que vuelve triunfador, cantándole motetes, y cánticos de alabanza: mira cómo se abren los cielos, y entra aquel triunfo en la gloria, para eterna felicidad, y son recibidos del Eterno Padre con inexplicable fiesta y alegría, y colocados en sus sillas para eterno descanso; y vuelve juntamente los ojos a los malaventurados, y mira cómo se abre la tierra, y descubre sus entrañas hasta e abismo, y de aquel volcán brotan furiosas llamas y espesísimo humo, que llega hasta el cielo, y luego cae aquella masa de los condenados de hombres y demonios, dando aullidos, voces y gemidos amarguísimos sin orden ni concierto, en eterna confusión: y mira como entran en aquel estrecho lugar lleno de hediondez y de tinieblas palpables, y se cierra como turquesa, apretándolos sin piedad y dejándolos sin esperanza de ver más la luz del sol, ni tener alivio en sus tormentos. Coteja un lugar con el otro, y la suerte de unos con la otra, y contempla despacio la diferencia que hay entre la de los predestinados y condenados, y mira lo que te conviene hacer ahora para alcanzar aquella, y no caer con esta; y habiendo pensado esto despacio, da un paso más adelante y vuelve de allí a ocho días á mirar el mundo cómo está en su soledad cubierto de ceniza en profundo silencio sin alma viviente, el cielo cerrado con sus dichosos moradores, la tierra asimismo cerrada  y en su vientre el infierno con todos los condenados y una losa de mil leguas encima, y que así ha de perseverar eternamente: mira qué se hicieron los imperios y las grandezas y noblezas y los altos linajes y las opulencias de los poderosos; todo pasó como sombra , y este es el mundo que tanto brilla en los ojos de los mortales. ¡Oh Señor, y qué engaño y que locura ha ocupado el corazón humano! Dadme vuestra gracia para que siga la verdad y lo desprecie todo por serviros y gozaros eternamente en vuestra gloria.

Padre Alonso de Andrade, S.J

Meditación sobre el Juicio Universal para el primer domingo de Adviento


Jesús y María en el Juicio Universal
(Miguel Ángel Buonarotti)


Punto I. Considera las señales espantosas que precederán a este día último y final del mundo; como preceden en los hombres cuando se llega su fin, hallándose cercanos a la muerte, las cuales, dice Cristo, que serán tales, que los hombres se quedarán secos y pasmados de puro temor, porque los mismos cielos se turbarán y perderán su curso, y el orden y concierto que han guardado hasta entonces; y desconcertado aquel reloj, por el cual se rige y gobierna todo el mundo, él también se desconcertará, y los elementos sintiendo su fin se alterarán, batallando entre sí terriblemente; el mar se embravecerá rompiendo sus lindes, y saliendo furiosamente de sus términos, sumirá en su abismo a cuantos en aquella ocasión le navegaren; los aires bramarán terriblemente y con tan gran furor, que trastornaran los montes, y sepultarán las ciudades; la tierra temblará y abrirá sus entrañas por muchas partes, y sepultará vivos a los hombres, y arruinará todos sus edificios, y las fieras buscarán los poblados, y los hombres las cuevas de los brutos y fieras para guarecerse en ellas, y ninguno hallará seguridad: las estrellas se desencajarán de los cielos y caerán sobre la tierra, como cuando se sacude un árbol y cae la fruta en el suelo; y últimamente el fuego contra su propio natural caerá de su región, y abrasará toda ya tierra, y cuanto la hermoseaba y había de valor en ella, dejándola por todas partes cubierta de funestas cenizas. Considera qué tal será el día, cuando su víspera es tan espantosa y tremenda, y qué sentirán los hombres que se hallaron vivos en aquel tiempo, y qué sintieras tú, que con un trueno de las nubes te cubres de temor y temblor. Contempla el mundo desnudo de esta apariencia, y manifestando lo que encierra en su seno, que todo es un poco de polvo y ceniza: mira en qué pararon sus honras, sus dignidades, sus riquezas, sus delicias, sus ciudades, jardines y paraísos, y aprende a despreciar lo que vale tan poco, y apreciar solamente lo eterno y verdadero, que nunca se ha de acabar.

Punto II. Considera que, estando el mundo en este silencio, acabada la farsa que ahora se representa, y vuelto a su primera desnudez, asomará por lo alto un arcángel, como dice el apóstol San Pablo, y dará una voz como de trompeta, llamando a todos los hombres a juicio, la cual será tan poderosa, que por virtud divina resucitará a todos los difuntos, juntando sus cuerpos y uniéndolos con sus almas en un momento, en que los congregará en el valle de Josafat: no mires esto como muy distante, sino como sí ahora sucediera y lo vieras, y te hallaras presente a todo, pues infaliblemente has de ser uno de los que han de oír aquella voz, y levantarse de los sepulcros para ir a juicio: mira cuán solos se levantan los que andaban acá muy acompañados; como acabada esta comedia; todos son iguales; cómo ya no hay riquezas, ni deleites, ni poderíos, ni posesiones, ni grandezas, ni diferencia alguna entre el noble y el plebeyo, ni entre el amo y el criado: cómo solo les acompañan sus obras y las que quisieras haber hecho entonces: mira cómo se levantarán los malos, feos, tristes, miserables, pobres y sin remedio; atiende a sus llantos, a la penitencia que hicieran, si les fuera concedida una hora de tiempo de cuantas ahora gastan vanamente; y tu vuelve los ojos a los buenos, y míralos salir de los sepulcros, hermosos como el sol, bañados de gozo y alegría, y dándose mil parabienes por la penitencia que hicieron en este siglo, y las buenas obras en que emplearon los días de su vida; y pues necesariamente has de ser de uno de los dos gremios, logra el tiempo que Dios te concede, y resuélvete en su acatamiento a dejar la vida ancha, que lleva a la perdición, y abrazar con todas tus fuerzas la estrecha, que es el camino de la vida eterna y verdadera,

Punto III. Considera como luego se abrirá el cielo, y bajará Cristo a la tierra a juzgar el mundo con grande poder y majestad, porque vendrá acompañado de todos sus ángeles y cortesanos, y formará en las nubes su trono, a donde, como dice san Pablo, subirán volando a cubrirle y acompañarle todos los escogidos; y los condenados quedarán en la tierra pegados y pesados, sin poderse mover, con indecible confusión y dolor de sus corazones. ¡0h qué rabia, oh qué despecho padecerán, viendo en tanta honra y gloria a los que acá despreciaron, y tuvieron por locos y miserables, y a ellos en tanta deshonra y confusión! Cada uno llevará en la frente para mayor deshonra suya sus delitos escritos y la causa de su sentencia, que será manifiesta por todo el mundo, afrentándolos Dios de esta manera a los ojos de todos, y así afrentará Dios a los malos el día del juicio, y honrará a los buenos, grabando, como lo testifica San Juan su propio nombre en sus frentes y los títulos de su gloria, con que resplandecerán más que el sol: acuérdate que forzosamente te has de hallar allí presente, sin tener por donde huir, y mira qué suertes tan desiguales son las de los buenos y los malos; y por cuanto no quisieras errar en negocio que tanto te importa, pues no va menos que vivir o morir para siempre , dispón ahora tus cosas, como las quisieras haber dispuesto en aquel día del juicio.

Punto IV. Considera como empezará luego el juicio, el cual será tan estrecho y el Juez tan recto y riguroso, que como dice san Crisóstomo, hasta a los mismos ángeles hará temblar: no hay palabra, ni seña, ni pensamiento de que no se haya de pedir allí estrecha cuenta; y será tal, que el más ajustado con dificultad, como dice el santo Job, de mil cargos apenas podrá responder solo uno; ¿y si el justo con dificultad se salvará, el malo y pecador a dónde irán? Allí nadie rogará por otro, ni el Juez se ablandará con dones, ni recibirá excusas. ¡Oh cómo se publicarán allí los pecados ocultos, que nunca se confesaron! Tú los hiciste en secreto, y Dios, como dijo Natán á David, los manifestará el día de aquel universal teatro del orbe á vista de ángeles y hombres: mírate ahora como has de estar entonces; considera la cuenta que te piden, los cargos que te hacen y la aflicción en que te ves, sin otros abogados o valedores más que tus obras, esperando el fallo de la sentencia , y mira qué cuenta darías, y qué sentencia te dieran ahora de tu vida pasada; y pues tienes tiempo, arrójate a los pies del Juez, y pídele con lágrimas perdón de tus culpas y treguas para enmendarlas, y hacer dignísima penitencia de ellas: pon a los Santos por intercesores, y en especial á a Reina de los ángeles, la cual rogara ahora por ti, y te alcanzará la gracia que deseas y necesitas para enmendar la vida y disponerte para el día del juicio.

Padre Alonso de Andrade, S.J

martes, 7 de julio de 2015

LOS NOVÍSIMOS (Juicio particular)




Por juicio se entiende el estricto examen de toda nuestra vida ante el tribunal de Dios, seguido de la sentencia que decidirá nuestra suerte por toda la eternidad.

   Hay dos juicios: uno particular entre el alma y Jesucristo inmediatamente después de la muerte; y otro universal a final de los tiempos entre Jesucristo y todos los hombres reunidos. El Juicio Universal es una ratificación o confirmación del particular.


Certeza o pruebas de este Juicio

   Pruebas de fe. — En varios pasajes de la escritura hallamos sentencias, ejemplos o parábolas que prueban la realidad del juicio de Dios. He aquí algunas citas:

   Dice San Pablo: Está establecido que los hombres mueran una sola vez y que a la muerte siga el juicio.
   Jesucristo habló del juicio cuando dijo: Estad siempre preparados (para morir) porque a la hora que menos penséis el Hijo del hombre va a pediros cuenta de vuestra vida.
   Y en otra ocasión: Vigilad, pues, porque, ignoráis el día  y la hora (de la muerte y del juicio).
   También hacen a este propósito las parábolas del rico Epulón y Lázaro,  la del mayordomo injusto (Lucas, XVI, 1-9), de las diez vírgenes (Mat., XXV).

   Pruebas racionales. — 1) Dice Santo Tomás: El hombre puede ser considerado  como individuo aislado y como parte del género humano; luego debe someterse a un doble juicio: a) Uno particular en el cual sea premiado o castigado según sus obras, pero, sin que trascienda su sentencia. b) Otro juicio, universal en el que llegue a conocimiento de toda la sentencia merecida y todos alaben la justicia o misericordia de Dios. 2) Por analogía. – En toda sociedad bien constituida nunca se condena a un hombre sin antes juzgarlo; así también Dios, juez rectísimo y sapientísimo, juzga al hombre para que éste comprenda el motivo de su salvación o condenación. 3) Testimonio de los pueblos. – Aun los pueblos privados de la luz de la fe creían en un juicio de las almas. Se han hallado en las tumbas egipcias dibujos que representan ese juicio bajo el símbolo de una balanza donde es pesada el alma. El poeta Virgilio en su “Eneida” (libro sexto, versos 565 y siguientes) hace ver cómo las almas se presentan al juez Radamanto, quien las obliga a confesar sus delitos. Análogas creencias existen en los pueblos salvajes.

Celebración del Juicio.
   El juez será Jesucristo, según lo dijo Él mismo: El Padre no juzga a ninguno: mas todo el juicio ha dado al Hijo. La razón es porque Jesucristo ha sido nuestro Redentor y como a tal le corresponde pedirnos cuenta del uso que hemos hecho de su redención.
   Jesucristo cuando nos juzgue estará revestido ya no de los atributos de la misericordia, pero sí de la justicia: será un Juez justo que dará a las obras buenas y malas su verdadero valor; sabio, que todo lo conoce, hasta los más leves pensamientos; no podrá ser engañado como los jueces de la tierra; incorruptible, que no se deja desviar, como los jueces humanos, por premios o amenazas; inapelable, del cual no se puede apelar a otro juez superior para que cambie la sentencia.

   Lugar del juicio. — Donde la muerte sorprendiera al hombre, allí se levantará el tribunal del supremo Juez.
   Modo. — Dios iluminará el alma con una luz tan viva, que abarcará de una sola mirada todos los detalles de su vida, la fealdad y gravedad de sus pecados, como también la belleza y méritos de sus obras buenas.
   Materia. — Jesucristo nos juzgará sobre todo lo bueno y lo malo que hubiéramos hecho, a saber:

   a) El mal cometido, juzgado en sus causas, en su malicia, en sus efectos.
   b) El bien voluntariamente omitido (pecado de omisión) hecho con negligencia, practicado con hipocresía o por fines humanos, p. ej.: para ser visto, aplaudido, etc.
   c) Los escándalos dados a las almas, a los niños, a los criados, a los ignorantes.
  d) Las gracias de que se abusó: sacramentos, instrucciones, remordimientos, buenos ejemplos, enfermedades, reveses de fortuna, bienes materiales.

   Será tan riguroso este juicio, que apenas se salvará el justo. Dice San Pedro en su primera epístola: “Sí el justo a duras penas se salvará, ¿dónde irán el impío y el pecador? (IV, 18).

La sentencia.

   Terminado el juicio, Jesucristo pronunciará la sentencia, la cual es irrevocable, por cuanto no hay excusas que alegar; no hay defensor en quien esperar; no hay ya lugar a suplica porque con la muerte termina el tiempo de la misericordia y sólo queda estricta justicia.

   La sentencia para el alma justa será: Ven, alma bendita a poseer el reino que té está preparado desde el establecimiento del mundo” (Mat., XXV, 34).
   Si el alma no está purificada enteramente de sus faltas veniales o tiene algo que expiar, la enviará Dios al Purgatorio, de donde, acabada la expiación, subirá a la gloria.

   La sentencia para el alma culpable será: “Apártate de mí, maldita, vete al fuego eterno que está aparejado para el diablo y para sus ángeles” (Mat., XXV, 41). En seguida el alma será precipitada en el infierno por toda la eternidad.