San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final

martes, 24 de octubre de 2017

San Antonio María Claret: callar sobre el Infierno es un pecado mortal de omisión


 La urgencia de predicar sobre el Infierno

“Es de fe que existe el Cielo para los buenos y el infierno para los malos. La fe nos enseña que las penas del infierno son eternos, y también nos advierte que un solo pecado mortal es suficiente para condenar un alma para siempre a causa de la maldad infinita en la que ofende a un Dios infinito. Con estos principios más tajante en la mente, ¿cómo puedo permanecer indiferente al ver la facilidad con la que se cometen pecados, los pecados que se producen tan frecuentes como tomase un vaso de agua, los pecados y las ofensas que se perpetúan por la frivolidad o la desviación? ¿Cómo puedo descansar cuando vemos a tantos que están viviendo continuamente en pecado mortal y corriendo de esta manera ciega a su propia destrucción eterna? No, ciertamente que no puedo descansar, sino que es mi deber apresurarme para gritarles una advertencia a ellos. Si yo viera a alguien a punto de caer en un hoyo o un incendio, no voy a correr hasta él y le advertirá, y haría todo en mi poder para ayudarle a no caer en el? ¿Por qué no puedo hacer esto y mucho mas para evitar que los pecadores se caigan en el pozo y los fuegos del infierno?
Tampoco puedo entender por qué otros sacerdotes que creen las mismísimas verdades como yo, como todos debemos creer, no predican o exhortan a sus ovejas para que puedan evitar esta eternidad del infierno insoportable. Todavía es motivo de asombro para mí el que los laicos - a aquellos hombres y mujeres bendecidos con la fe - no dar aviso a aquellos que lo necesitan. Si una casa iban a prender en fuego en el medio de la noche, y si los habitantes de la misma casa y la otra gente de la ciudad estaban dormidos y no vieron el peligro, El primero que se dio cuenta del peligro ¿no sería el primero que gritar y correr por las calles, exclamando: "Fuego Fuego En esa casa de ahí!" Entonces ¿por qué no hacen una advertencia del fuego eterno para despertar a los que están a la deriva en el sueño del pecado de una manera tal que cuando abran los ojos se encontrarán ardiendo en las llamas eternas del infierno? ” 


“Igualmente me obliga a predicar sin parar el ver la multitud de almas que caen en los infiernos,....
Y como veo la manera con que viven las gentes, muchísimas de asiento y habitualmente en pecado mortal, no pasa día que no aumenten el número de sus delitos. Cometen la iniquidad con la facilidad con que beben un vaso de agua, como por juguete y por risa obran la iniquidad. Estos desgraciados, por sus propios pies, marchan a los infiernos como ciegos, según el Profeta Sofonías: Ambulaverunt ut caeci quía Domino peccaverunt.
Si vosotros viérais a un ciego que va a caer en un pozo, en un precipicio, ¿no le advertiríais? He aquí lo que yo hago y que en conciencia debo hacer: advertir a los pecadores y hacerles ver el precipicio del infierno a que van a caer. ¡Ay de mí si no lo hiciera, que (me) tendría por reo de su condenación!
....La caridad me urge, me impele, me hace correr de una población a otra, me obliga a gritar: ¡Hijo mío, pecador, mira que te vas a caer en los infiernos! ¡Alto, no pases más adelante! Ay, cuántas veces pido a Dios lo que pedía Santa Catalina de Siena. Dadme, Señor, el ponerme por puertas del infierno y poder detener a cuantos van a entrar allá y decir a cada uno. ¿Adónde vas, infeliz? Atrás, anda, haz una buena confesión y salva tu alma y no vengas aquí a perderte por toda la eternidad!”. (Autobiografía san Antonio María Claret Del llamado de Dios para ir a predicar o misionar)

Advertencia del Infierno por San Antonio María Claret


Las penas del Infierno

La sensación del los tormentos del infierno es esencialmente terrible. Figúrate, alma mía, en una noche obscura sobre la cima de una montaña alta. Debajo hay un valle profundo, y la tierra se abre de manera que con tu mirada puedes ver el infierno en su cavidad.
Figúratelo como una prisión situada en el centro de la tierra, muchas leguas abajo, toda llena de fuego, encerrado en un recinto de forma tan impenetrable que por toda la eternidad ni siquiera el humo puede escapar. En esta prisión los condenados están tan cerca el uno del otro como ladrillos en un horno. . . Considera la calidad del fuego en que se queman. Primero, el fuego se extiende por todas partes y tortura la totalidad del cuerpo y del alma.
Una persona condenada yace en el infierno para siempre, en el mismo punto en que fue asignado por la justica divina, sin ser capaz de moverse, como un prisionero en un cepo. El fuego que lo envuelve totalmente, como un pez en el agua, lo quema en derredor, a su izquierda, a su derecha, arriba y abajo. Su cabeza, su pecho, sus hombros, sus brazos, sus manos y sus pies, están totalmente penetrados con fuego, de manera que él todo se asemeja a una pieza de hierro candente y resplandeciente, que acaba de ser retirado del horno.
El techo del recinto en que moran las personas condenadas es de fuego; la comida que come es fuego; la bebida que toma es fuego; el aire que respira es fuego; todo cuanto ve y toca es fuego.... Pero este fuego no está meramente fuera de él; además traspasa a la personal condenada.
Penetra su cerebro, sus dientes, su lengua, su garganta, su hígado, sus pulmones, sus intestinos, su vientre, su corazón, sus venas, sus nervios, sus huesos, aún hasta el tuétano, y aún su sangre. «En el infierno», de acuerdo a San Gregorio Magno, «habrá un fuego que no puede apagarse, un gusano que no muere, un hedor insoportable, una obscuridad que puede sentirse, castigo por azotes de manos salvajes, con todos los presentes desesperados de cualesquier cosa buena.»
Uno de los hechos más terribles es que por el poder divino, este fuego va tan lejos como para actuar sobre las facultades del alma, quemándolas y atormentándolas. Supongamos que yo fuera a encontrarme colocado en el horno de un herrero, de manera que todo mi cuerpo estuviese al aire libre, exepto por un brazo puesto en el fuego, y que Dios fuera a preservar mi vida por mil años en esta posición. ¿No sería esto una tortura inaguantable? ¿Cómo sería entonces el estar completamente penetrado y rodeado de fuego, el cual afecta no sólo un brazo, sino inclusive todas las facultades del alma?

Más espantoso de lo que el hombre puede imaginar
En segundo lugar, este fuego es mucho más espantoso de lo que el hombre puede imaginar. El fuego natural que vemos durante esta vida tiene un gran poder para quemar y atormentar. Sin embargo, éste no es ni siquiera una sombra del fuego del infierno. Existen dos razones por las cuales el fuego del infierno es mucho más terrible, más allá de toda comparación, que el fuego de esta vida. La primera razón lo es la justicia de Dios, de la cual el fuego del infierno es un instrumento dirigido a castigar el mal infinito efectuado contra su suprema majestad, que ha sido despreciada por una criatura. Por lo tanto, la justicia suple este elemento con un poder tan ardiente que casi alcanza lo infinito....
La segunda razón lo es la malicia del pecado. Como Dios sabe que el fuego de este mundo no es suficiente para castigar el pecado como éste se merece, Él le ha dado al fuego del infierno un poder tan grande que nunca podrá ser comprendido por la inteligencia humana. --- Ahora bien, ¿cuán poderosamente quema este fuego? El fuego quema tan poderosamente, ¡oh alma mía!, que de acuerdo con los grandes maestros de la ascética, si una mera chispa cayera en una piedra de molino, la reduciría en un momento al polvo.
Si cayera en una bola de bronce, la derretiría instantáneamente como si se tratara de cera. Si cayera sobre un lago congelado, to haría hervir al instante. Hagamos una pausa breve, alma mía, para que contestes algunas preguntas que te haré. Primero, te pregunto: Si un horno especial fuera encendido, como usualmente se hacia para atormentar a los mártires, y entonces algunos hombres colocaran frente a ti todo tipo de bienes que el corazón humano pueda desear, y añadieran la oferta de un reino próspero -- si todo esto te fuera prometido a cambio de que sólo por media hora te introdujeras en el horno ardiente, ¿qué escogerías hacer?
¡Ni por cien reinos!
«¡Ah!» dirías, «Si me ofrecieras cien reinos nunca sería tan tonto como para aceptar unos términos tan brutales, no importa cuántas cosas grandes me ofrecieran, aún si estuviera seguro de que Dios va a preservar mi vida durante esos momentos de sufrimiento.» El segundo lugar, te pregunto: Si ya estuvieran en posesión de un gran reino y estuvieras nadando en un mar de riqueza, de manera que no carecieras de nada, y fueras atacado por un enemigo, hecho prisionero y encadenado, si fueras obligado a escoger entre perder tu reino o pasar media hora dentro de un horno ardiente, ¿qué escogerías? «¡Ah!», dirías, «¡prefiero pasar toda mi vida en la pobreza extrema y someterme a cualesquier otra injuria y desventura, que sufrir tan grande tormento!»




Una prisión de fuego eterno
Ahora, dirige tus pensamientos de lo temporal a lo eterno. Para evadir el tormento de un horno ardiendo, que duraría sólo media hora, tu sacrificarías cualesquier propiedad, aún las cosas que más te satisfacen, y estarías dispuesto a sufrir cualesquier otra pérdida temporal, no importa cuán pesada pudiera ser. Entonces, ¿por qué no piensas de igual modo cuando tratas los tormentos eternos? Dios no te amenaza con media hora de suplicio dentro de un horno ardiendo, sino con una prisión de fuego eterno. Para escapar de ella, ¿no deberías renunciar a todo lo que está prohibido por Él, no importa cuán placentero pueda ser, y abrazar alegremente todo cuanto Él ordena, aún si fuera extremadamente desagradable? Lo más espantoso del infierno es su duración.
La persona condenada pierde a Dios y lo pierde para toda la eternidad. Ahora bien, ¿qué es la eternidad? ¡Oh alma mía, hasta ahora ningún ángel ha podido comprender lo que es la eternidad! ¿Como entonces podrás tú comprenderla? Aún así, para formarnos alguna idea de ésta, consideremos las siguientes verdades: La eternidad nunca termina. Esta es la verdad que ha hecho temblar aún a los más grandes santos. El juicio final vendrá, el mundo será destruido, la tierra se tragará a todos los condenados, y éstos serán arrojados al infierno. Entonces, con su mano todopoderosa, Dios los encerrará para siempre en tan desdichada prisión.
Desde entonces, tantos años pasarán como hay hojas en los árboles y las plantas de toda la tierra, tantos miles de años, como hay gotas de agua en todos los mares y ríos de la tierra, tantos años como hay átomos en el aíre, como hay granos de arena en todas las costas de todos los mares. Luego, después de que todos estos incontables años pasen, ¿qué será la eternidad? Todavía no será siquiera una centésima parte de ella, o una milésima -- nada. Entonces comenzará nuevamente y durará tanto como antes, nuevamente, aún después de que se haya repetido esto miles de veces, y mil millones de veces, nuevamente. Y luego después de un período de tiempo tan largo, ni siquiera habrá pasado la mitad, ni siquiera una centésima parte o una milésima parte, ni siquiera una parte de la eternidad. En todo este tiempo no habrá interrupción en la quema de los condenados, comenzando todo nuevamente. ¡Oh qué misterio profundo! ¡Un terror sobre todos los terrores! ¡Oh eternidad! ¿Quién puede comprenderte? Supongamos que, en el caso del desdichado Caín, llorando en el infierno sólo derramará cada mil años una lágrima. Ahora, alma mía, recoge tus pensamientos y considera este caso: Por seis mil años, por lo menos, Caín ha estado en el infierno y ha derramado sólo seis lágrimas, que Dios milagrosamente ha preservado. ¿Cuántos años pasarían para que sus lágrimas cubriesen todos los valles de la tierra y que inundaran todas las ciudades, pueblos y villas y todas las montañas como para poder inundar toda la tierra? Entendemos que la distancia de la tierra al sol es de treinta y cuatro millones de leguas. ¿Cuántos años harían falta para que las lágrimas de Caín llenaran ese espacio inmenso? De la tierra al firmamento suponemos que hay una distancia de ciento sesenta millones de leguas.

Las lágrimas de Caín
¡Oh Dios! ¿Qué cantidad de años tendríamos que imaginar serían suficientes para llenar con lágrimas este inmenso espacio? Y aún así -- ¡Oh verdad incomprensible! -- estad seguros de ello pues Dios no puede mentir -- llegaría el tiempo en que las lágrimas de Caín serían suficientes para inundar el mundo, para alcanzar aún el sol, para tocar el firmamento, y llenar todo el espacio entre la tierra y el más alto cielo. Pero eso no es todo. Si Dios secara todas estas lágrimas hasta la última gota, y Caín comenzara otra vez a llorar, él volvería otra vez a llenar la totalidad del espacio y las inundaría mil veces y un millón de veces en sucesión, y luego de todos esos años incontables, ni siquiera habría pasado la mitad de la eternidad, ni siquiera una fracción. Después de todo ese tiempo quemándose en el infierno, los sufrimientos de Caín estarían tan sólo comenzando. La eternidad, en este caso, no tiene alivio. Sería de hecho, una pequeña consolación de muy poco beneficio para las personas condenadas si fueran capaces de recibir un breve respiro cada mil años.

No hay alivio
Imaginemos un lugar del infierno donde hay tres malvados. El primero está sumergido en un lago de fuego sulfúrico; el segundo está encadenado a una gran roca y está siendo atormentado por dos demonios, uno de los cuales constantemente le arroja plomo derretido por su garganta, mientras el otro se lo derrama encima de todo su cuerpo, cubriéndole desde la cabeza a los pies. El tercer réprobo está siendo torturado por dos serpientes, una de las cuales le envuelve su cuerpo y lo muerde cruelmente, mientras la otra entra a su cuerpo y le ataca el corazón. Supongamos que Dios se apiada de él y le concede un corto respiro. El primer hombre, luego de haber pasado mil años, se le remueve del lago y recibe el alivio de tomar agua fría, y luego de pasar una hora es arrojado nuevamente al lago. El segundo, luego de mil años de tormento, es removido de su lugar y se le permite descansar; pero luego de una hora se le arroja nuevamente al mismo tormento. El tercero, luego de mil años se ve librado de las serpientes; pero al cabo de una hora de alivio, nuevamente es abusado y atormentado por ellas.
¡Ah, cuán limitada sería esta consolación -- sufrir por mil años para descansar sólo por una hora! Ahora bien, el infierno ni siquiera tiene este alivio. Uno se quema siempre en esas llamas espantosas y nunca recibe ningún alivio en toda la eternidad. El condenado es mordido y herido con remordimiento, y nunca tendrá un descanso en toda la eternidad. Siempre sufrirá una sed muy ardiente y nunca recibirá el refresco de un poco de agua en toda la eternidad. Siempre se verá a sí mismo aborrecido de Dios y nunca podrá recibir la alegría de una simple mirada de ternura de Dios por toda la eternidad. El condenado se encontrará siempre maldito por el cielo y el infierno, y nunca recibirá un simple gesto de amistad. Es una de las desgracias esenciales del infierno que todo tormento será sin alivio, sin remedio, sin interrupción, sin final, eterno.

La bondad de su misericordia
Ahora ya comprendo en parte, ¡oh mi Dios!, lo que es el infierno. Es un lugar de tormentos extremos, de desesperanza extrema. Es donde merezco estar por causa de mis pecados, donde ya estaría confinado por varios años si tu inmensa misericordia no me hubiese librado. Repetiré mil veces: El Corazón de Jesús me ha amado, o de lo contrario ¡ahora estaría en el infierno! La misericordia de Jesús ha tenido compasión de mí, porque de lo contrario ¡ahora estaría en el infierno! La Sangre de Jesús me ha reconciliado con el Padre Celestial, o mi morada sería el infierno.
Este es el himno que quisiera contarte a Ti, mi Dios, por toda la eternidad. Sí, de ahora en adelante, mi intención es repetir estas palabras tantas veces como momentos pasen desde esa infortunada hora en que te ofendí por primera vez. ¿Cuál ha sido mi gratitud para Dios por la bondadosa misericordia que me ha mostrado? Él me libró del infierno.
¡Oh, inmensa caridad! ¡Oh, infinita bondad! Después de un beneficio tan grande, ¿no debería darle a Él todo mi corazón y amarlo con el amor del más ardiente serafín? ¿No debería dirigir todas mis acciones hacia Él, y en cada cosa buscar solamente complacer la voluntad divina, aceptando todas las contradicciones con alegría, de manera que pueda devolverle mi amor? ¿Podría hacer algo menos que eso después de una bondad tan grande? ¡Oh, ingratitud, merecedora de otro infierno! ¡Te eché a un lado, Dios mío! Reaccioné a tu misericordia cometiendo nuevos pecados y ofensas. Sé que he hecho mal, ¡oh, Dios mío!, y me arrepiento con todo mi corazón. ¡Ah, si pudiera derramar un mar de lágrimas por tan ofensiva ingratitud! Oh Jesús, ten misericordia de mí, pues ahora resuelvo mejor sufrir mil muertes que ofenderte nuevamente. 



 La urgencia de predicar sobre el Infierno
“Es de fe que existe el Cielo para los buenos y el infierno para los malos. La fe nos enseña que las penas del infierno son eternos, y también nos advierte que un solo pecado mortal es suficiente para condenar un alma para siempre a causa de la maldad infinita en la que ofende a un Dios infinito. Con estos principios más tajante en la mente, ¿cómo puedo permanecer indiferente al ver la facilidad con la que se cometen pecados, los pecados que se producen tan frecuentes como tomase un vaso de agua, los pecados y las ofensas que se perpetúan por la frivolidad o la desviación? ¿Cómo puedo descansar cuando vemos a tantos que están viviendo continuamente en pecado mortal y corriendo de esta manera ciega a su propia destrucción eterna? No, ciertamente que no puedo descansar, sino que es mi deber apresurarme para gritarles una advertencia a ellos. Si yo viera a alguien a punto de caer en un hoyo o un incendio, no voy a correr hasta él y le advertirá, y haría todo en mi poder para ayudarle a no caer en el? ¿Por qué no puedo hacer esto y mucho mas para evitar que los pecadores se caigan en el pozo y los fuegos del infierno?
Tampoco puedo entender por qué otros sacerdotes que creen las mismísimas verdades como yo, como todos debemos creer, no predican o exhortan a sus ovejas para que puedan evitar esta eternidad del infierno insoportable. Todavía es motivo de asombro para mí el que los laicos - a aquellos hombres y mujeres bendecidos con la fe - no dar aviso a aquellos que lo necesitan. Si una casa iban a prender en fuego en el medio de la noche, y si los habitantes de la misma casa y la otra gente de la ciudad estaban dormidos y no vieron el peligro, El primero que se dio cuenta del peligro ¿no sería el primero que gritar y correr por las calles, exclamando: "Fuego Fuego En esa casa de ahí!" Entonces ¿por qué no hacen una advertencia del fuego eterno para despertar a los que están a la deriva en el sueño del pecado de una manera tal que cuando abran los ojos se encontrarán ardiendo en las llamas eternas del infierno? ” 

lunes, 23 de octubre de 2017

Los Novísimos (2)



Catecismo Mayor de San Pío  X

CAPÍTULO XIII DEL DUODÉCIMO ARTÍCULO
247.
¿Qué nos enseña el último artículo: Y LA VIDA ETERNA? – El último artículo del Credo nos enseña que, después de la vida presente, hay otra, o eternamente bienaventurada para los escogido en el cielo o eternamente infeliz para los condenados al infierno.

248.¿Podemos comprender la bienaventuranza del cielo? – No, señor; no podemos comprender la bienaventuranza de la gloria, porque sobrepuja nuestro limitado entendimiento y porque los bienes del cielo no pueden compararse con los bienes de este mundo.

249.¿En que consiste la bienaventuranza delos escogidos? – La bienaventuranza de los escogidos consiste en ver, amar y poseer por siempre a Dios, fuente de todo bien. 250.¿En qué consiste la infelicidad de los condenados? – La infelicidad de los condenados consiste en ser privados por siempre de la vista de Dios y castigados con eternos tormentos en el infierno.

251.¿Son únicamente para las almas los bienes del cielo y los males del infierno? – Los bienes del cielo y los males del infierno son ahora únicamente para las almas, porque solamente las almas está ahora en el cielo o en el infierno; pero después de la resurrección, los hombres serán o felices o atormentados para siempre en alma y cuerpo.

252.¿Serán iguales para los bienaventurados los bienes del cielo y para los condenados los males del infierno? – Los bienes del cielo para los bienaventurados y los males de infierno para los condenados serán iguales en la sustancia y en la duración eterna; más en la medida o en los grados serán mayores o menores, según los méritos o deméritos de cada cual.

Los Novísimos



Catecismo Mayor de San Pío  X

CAPITULO VII DE LOS NOVÍSIMOS Y DE OTROS MEDIOS PRINCIPALES PARA EVITAR EL PECADO

969. ¿Qué se entiende por Novísimos? – Novísimos se llaman en los Libros Santos las cosas postreras que acaecerán al hombre.

970. ¿Cuántos son los Novísimos o Postrimerías del hombre? – Los Novísimos o Postrimerías del hombre son cuatro Muerte, Juicio, Infierno y Gloria.

971. ¿Por qué los Novísimos se llaman Postrimerías del hombre? – Los Novísimos se llaman Postrimerías del hombre, porque la muerte es la cosa postrera que sucede al hombre en este mundo; el Juicio de Dios es el último de, los juicios que hemos de sufrir; el Infierno es el mal extremo que tendrán los malos, y la Gloria, -el sumo bien que poseerán los buenos.

972. ¿Cuándo hemos de pensar en nuestras Postrimerías? – Conviene pensar todos los días en nuestras Postrimerías, y sobre todo en la oración de la mañana al despertarnos, a la noche antes de acostarnos, y siempre que nos sintiéremos tentados, porque este pensamiento es eficacísimo para hacernos huir del pecado.

martes, 17 de octubre de 2017

El poco conocido poder espiritual de la Sal Bendita


La Sal Bendecida o Exorcizada es uno de los sacramentales de la Iglesia Católica.

Probablemente estés muy familiarizado con el agua bendita. ¿Pero también lo estarás con la sal bendita?

Tanto la sal como el agua bendita son sacramentales, o signos sagrados que disponen a los fieles para recibir una gracia (cf. Sacrosanctum Concilium 60).

El uso de la sal con fines religiosos por el pueblo de Dios se remonta a miles de años tras hasta el pueblo judío antes de Cristo. Y también fue usado por los cristianos de la Iglesia primitiva, especialmente de rito romano.

Hoy en día el uso de la sal bendita en la liturgia se da con mayor frecuencia en la Forma Extraordinaria, especialmente en exorcismos, bautizo, la reconsagración de un altar, y la bendición del agua bendita. Pero también en la Forma Ordinaria la sal bendita puede ser usada para bendecir el agua.

La sal es también usada para bendecir hogares. Se puede rociar, o incluso dibujar una línea, la cual actúa como una línea espiritual de protección contra los espíritus malignos (es posible que hayas visto esto en las películas de terror… ¡pero es una práctica tradicional católica!). Algunas personas incluso la utilizan en la cocina.

Si deseas tener un poco de sal bendita solo debes tomar un poco de sal común y corriente y pedir a un sacerdote que la bendiga. ¡Así de simple!
(http://es.churchpop.com/2017/09/03/poco-conocido-poder-espiritual-la-sal-bendita/)

lunes, 9 de octubre de 2017

Satanismo encubierto


Montaje fotográfico obtenido del grupo "Movimiento Vida y Familia"
de Perú (cfr. https://www.facebook.com/movimientovidayfamiliaperu/?hc_ref=ARTtgv8Uhx2UFoiBXk1Rr7MoZO-oWMVO25Nc4KuiQexkpxjooa7B2yhaQ07xuMGu6q4&fref=nf).

lunes, 2 de octubre de 2017

Conciliábulo que hizo Lucifer en el infierno tras la muerte de Cristo (Sor María Jesús de Ágreda)



12/02/17 12:30 AM por San Miguel Arcángel
A mis lectores: Les puedo asegurar que esta lectura o no la han hecho nunca, o muy pocos, y si no la hacen ahora es muy posible que jamás la hagan. Pues bien en sus manos dejo estas líneas, y no exagero en lo que voy a decir: puede que el destino eterno de sus almas este en que lean esta publicación. Aclaro que no es una lectura para almas frívolas, sino para almas que de verdad buscan la perfección. Las frívolas nada entenderán ni sabrán degustar la belleza, que acompaña a toda verdad, y siempre causa el bien en las almas. NICKY PÍO.

La caída de Lucifer con sus demonios desde el monte Calvario al profundo del infierno, fue más turbulenta y furiosa que cuando fue arrojado del cielo. Y aunque siempre aquel lugar es tierra tenebrosa y cubierta de las sombras de la muerte, de caliginosa (tenebrosa) confusión, de miserias, tormentos y desorden, como dice el santo Job: pero en esta ocasión fue mayor su infelicidad y turbación; porque los condenados recibieron nuevo horror y accidental pena con la ferocidad y encuentros que bajaron los demonios, y el despecho que rabiosos manifestaban. Cierto es que no tienen potestad en el infierno para poner las almas a su voluntad en lugares de mayor o menor tormento; porque esto lo dispensa el poder de la divina justicia, según los deméritos de cada uno de los condenados, porque con esta medida sean atormentados. Pero, a más de la pena esencial, dispone el justo Juez que puedan sucesivamente padecer otras penas accidentales en algunas ocasiones; porque sus pecados dejaron en el mundo raíces y muchos daños para otros que por su causa se condenan, y el nuevo efecto de sus pecados no retratados les causa estas penas. Atormentaron los demonios a Judas con nuevas penas, por haber vendido y procurado la muerte a Cristo. Y conocieron entonces que aquel lugar de tan formidables penas, donde le habían puesto, era destinado para castigo de los que se condenasen con fe y sin obras, y los que despreciasen de intento el culto de esta virtud y el fruto de la redención humana. Y contra estos manifiestan los demonios mayor indignación, como la concibieron contra Jesús y María.

Luego que Lucifer tuvo permiso para esto y para levantarse del aterramiento en que estuvo algún tiempo, procuró intimar a los demonios su nueva soberbia contra el Señor. Para esto los convocó a todos, y puesto en lugar eminente les habló, y dijo: A vosotros, que por tantos siglos habéis seguido y seguiréis mi justa parcialidad en venganza de mis agravios, es notorio el que ahora he recibido de este nuevo Hombre y Dios, y como por espacio de treinta y tres años me ha traído engañado, ocultándome el ser divino que tenía, y encubriendo las operaciones de su alma, y alcanzando de nosotros el triunfo que ha ganado con la misma muerte que para destruirle le procuramos. Antes que tomara carne humana le aborrecí, y no me sujeté a reconocerle por más digno que yo de que todos le adorasen como superior. Y aunque por esta resistencia fui derribado del cielo con vosotros, y convertido en la fealdad que tengo, indigna de mi grandeza y hermosura; pero más que todo esto me atormenta hallarme tan vencido y oprimido de este Hombre y de su Madre. Desde el día que fue criado el primer hombre los he buscado con desvelo para destruirlos; y si no a ellos, a todas sus hechuras, y que ninguna le admitiese por su Dios ni le siguiese, y que sus obras no resultasen en beneficio de los hombres. Estos han sido mis deseos, estos mis cuidados y conatos; pero en vano, pues me venció con su humildad y pobreza, me quebrantó con su paciencia, y al aún me derribó del imperio que tenía en el mundo con su pasión y afrentosa muerte. Esto me atormenta de manera, que si a él le derribara de la diestra de su Padre, donde ya estará triunfante, y a todos sus redimidos los trajera a estos infiernos, aun no quedara mi enojo satisfecho, ni se aplacara mi furor.

¡Es posible que la naturaleza humana, tan inferior a la mía, haya de ser tan levantada sobre todas las criaturas! ¡Que ha de ser tan amada y favorecida de su Criador que la juntase a sí mismo en la persona del Verbo eterno! ¡Que antes de ejecutarse esta obra me hiciese guerra, y después me quebrantase con tanta confusión mía! Siempre la tuve por enemiga cruel; siempre me fue aborrecible e intolerable. ¡Oh hombres tan favorecidos y regalados del Dios que yo aborrezco, y amados de su ardiente caridad! ¿Cómo impediré vuestra dicha? ¿Cómo os haré infelices cual yo soy, pues no puedo aniquilar el mismo ser que recibisteis? ¿Qué haremos ahora, o vasallos míos? ¿Cómo restauráremos nuestro imperio? ¿Cómo cobraremos fuerzas contra el hombre? ¿Cómo podremos ya vencerle? Porque si de hoy mas no son los mortales insensibles ingratísimos, si no son peores que nosotros contra este Hombre y Dios que con tanto amor los ha redimido, claro está que todos le seguirán a porfía; todos le darán el corazon y abrazarán su suave ley; ninguno admitirá nuestros engaños; aborrecerán las honras que falsamente les ofrecemos, y amarán el desprecio; querrán la mortificación de su carne, y conocerán el peligro de los deleites; dejarán los tesoros y riquezas, y amarán la pobreza que tanto honró su Maestro; y a todo cuanto nosotros pretendamos aficionar sus apetitos, les será aborrecible por imitar a su verdadero Redentor. Con esto se destruye nuestro reino, pues nadie vendrá con nosotros a este lugar de confusión y tormentos; y todos alcanzarán la felicidad que nosotros perdimos; todos se humillarán hasta el polvo, y padecerán con paciencia, y no se logrará mi indignación y soberbia.

¡Oh infeliz de mí, y qué tormento me causa mi propio engaño! Si le tenté en el desierto fue darle ocasión para que con aquella victoria dejase ejemplo a los hombres, y que en el mundo le hubiese tan eficaz para vencerme. Si le perseguí, fue ocasionar la enseñanza de su humildad y paciencia. Si persuadí a Judas que le vendiese, y a los judíos que con mortal odio le atormentasen y pusiesen en la cruz, con estas diligencias solicité mi ruina, y el remedio de los hombres, y que en el mundo quedase aquella doctrina que yo pretendí extinguir. ¿Cómo se pudo humillar tanto el que era Dios? ¿Cómo sufrió tanto de los hombres, siendo tan malos? ¿Cómo yo mismo ayudé tanto para que la redención humana fuese tan copiosa y admirable? ¡Oh qué fuerza tan divina la de este Hombre, que así me atormenta y debilita! Aquella mi enemiga, Madre suya, ¿cómo es tan invencible y poderosa contra mí? Nueva es en pura criatura tal potencia, y sin duda la participa del Verbo eterno, a quien vistió de carne. Siempre me hizo grande guerra el Todopoderoso por medio de esta Mujer tan aborrecible a mi altivez, desde que la conocí en su señal o idea. Pero si no se aplaca mi soberbia indignación, no me despido de hacer perpetua guerra a este Redentor, a su Madre y a los hombres. Ea, demonios de mi séquito, ahora es el tiempo de ejecutar la ira contra Dios. Llegad todos a conferir conmigo por qué medios lo haremos, que deseo en esto vuestro parecer.

A esta formidable propuesta de Lucifer respondieron algunos demonios de los más superiores, animándole con diversos arbitrios que fabricaron para impedir el fruto de la redención en los hombres. Convinieron todos en que no era posible ofender a la persona de Cristo, ni menguar el valor inmenso de sus merecimientos, ni destruir la eficacia de los Sacramentos, ni falsificar ni revocarla doctrina que Cristo había predicado; mas que no obstante todo esto convenía que, conforme a las nuevas causas, medios y favores que Dios había ordenado para el remedio de los hombres, se inventasen allí nuevos modos de impedirlos, pervirtiéndolos con mayores tentaciones y falacias. Para esto algunos demonios de mayor astucia y malicia, dijeron: Verdad es que los hombres tienen ya nueva doctrina y ley muy poderosa, tienen nuevos y eficaces Sacramentos, nuevo ejemplar y maestro de las virtudes, y poderosa intercesora y abogada en esta nueva Mujer; pero las inclinaciones y pasiones de su carne y naturaleza siempre son unas mismas, y las cosas deleitables y sensibles no se han mudado. Por este medio, añadiendo nueva astucia, desharemos, en cuanto es de nuestra parte, lo que este Dios y Hombre ha obrado por ellos; y les haremos poderosa guerra procurando atraerlos con sugestiones, irritando sus pasiones, para que con grande ímpetu las sigan, sin atender a otra cosa; y la condición humana, tan tímida, embarazada en un objeto, no puede atender al contrario.

Con este arbitrio comenzaron de nuevo a repartir oficios entre los demonios, para que con nueva astucia se encargasen como por cuadrillas de diferentes vicios en que tentar a los hombres. Determinaron que se procurase conservar en el mundo la idolatría, para que los hombres no llegasen al conocimiento del verdadero Dios ni de la redención humana. Si esta idolatría faltaba, arbitraron se inventasen nuevas sectas y herejías en el mundo; y que para todo esto buscasen los hombres más perversos y de inclinaciones depravadas que primero las admitiesen, y fuesen maestros y cabezas de los errores. Y allí fueron fraguadas en el pecho de aquellas venenosas serpientes la secta de Mahoma, las herejías de Arrio, de Pelagio, de Nestorio, y cuantas se han conocido en el mundo, desde la primitiva Iglesia hasta ahora, y otras que tienen maquinadas, que ni es necesario ni conveniente referirlas. Este infernal arbitrio aprobó Lucifer, porque se oponía a la divina verdad, y destruía el fundamento de la salud humana, que consiste en la fe divina. A los demonios, que lo intentaron y se encargaron de buscar hombres impíos para introducir estos errores, los alabó y acarició, y los puso a su lado.

Otros demonios tomaron por su cuenta pervertir las inclinaciones de los niños, observando las de su generación y nacimiento. Otros de hacer negligentes a sus padres en la educación y doctrina de los hijos, o por demasiado amor, o aborrecimiento, y que los hijos aborreciesen a sus padres. Otros se ofrecieron a poner odio entre los maridos y mujeres, y facilitarles los adulterios, y despreciar la justicia y fidelidad que se deben. Todos convinieron en que sembrarían entre los hombres rencillas, odios, discordias y venganzas, y para esto los moviesen con sugestiones falsas, con inclinaciones soberbias y sensuales, con avaricia y deseo de honras y dignidades, y les propusiesen razones aparentes contra todas las virtudes que Cristo había enseñado; y sobre todo divirtiesen a los mortales de la memoria de su pasión y muerte, y del remedio de la redención, de las penas del infierno y de su eternidad. Y por estos medios les pareció a todos los demonios que los hombres ocuparían sus potencias y cuidados en las cosas deleitables y sensuales, y no les quedaría atención ni consideración de las espirituales, ni de su propia salvación.

Oyó Lucifer estos y otros arbitrios de los demonios, y respondiendo dijo: Con vuestros pareceres quedo muy obligado, todos los admito y apruebo, y todo será fácil de alcanzar con los que no profesaren la ley que este Redentor ha dado a los hombres. Pero en los que la admitan y abracen, dificultosa empresa será. Más en ella y contra estos pretendo estrenar mi saña y furor, y perseguir acerbísimamente a los que oyeren la doctrina de este Redentor y le siguieren; y contra ellos ha de ser nuestra guerra sangrienta hasta el fin del mundo. En esta nueva Iglesia he de procurar sobresembrar mi cizaña, las ambiciones, la codicia, la sensualidad y los mortales odios, con todos los vicios de que soy cabeza. Porque si una vez se multiplican y crecen los pecados entre los fieles, con estas injurias y su pesada ingratitud irritarán a Dios para que les niegue con justicia los auxilios de la gracia que les deja su Redentor tan merecidos; y si con sus pecados se privan de este camino de su remedio, segura tendremos la Vitoria contra ellos. También es necesario trabajemos en quitarles la piedad, y todo lo que es espiritual y divino; que no entiendan la virtud de los Sacramentos, o que los reciban en pecado, y cuando no le tengan, que sea sin fervor ni devoción; que como estos beneficios son espirituales, es menester admitirlos con afecto de voluntad, para que tenga más fruto quien los usare. Y si una vez llegaren a despreciar la medicina, tarde recuperarán la salud, y resistirán menos a nuestras tentaciones; no conocerán nuestros engaños, olvidarán los beneficios, no estimarán la memoria de su propio Redentor, ni la intercesión de su Madre; y esta feísima ingratitud los hará indignos de la gracia, e irritado su Dios y Salvador se la niegue. En esto quiero que todos me ayudéis con grande esfuerzo, no perdiendo tiempo ni ocasión de ejecutar lo que os mando.

No es posible referir los arbitrios que maquinó el dragón con sus aliados en esta ocasión contra la santa Iglesia y sus hijos, para que estas aguas del Jordán entrasen en su boca. Basta decir que les duró esta conferencia casi un año entero después de la muerte. de Cristo, y considerar el estado que ha tenido el mundo y el que tiene después de haber crucificado a Cristo nuestro bien y maestro, y haber manifestado su Majestad la verdad de su fe con tantas luces de milagros, beneficios y ejemplos de varones santos. Y si todo esto no basta para reducir a los mortales al camino de la salud, bien se deja entender cuánto ha podido Lucifer con ellos, y que su ira es tan grande, que podemos decir con san Juan: ¡Ay de la tierra, que baja a vosotros Satanás lleno de indignación y furor! Mas ¡ay dolor, que verdades tan infalibles como estas y tan importantes para conocer nuestro peligro, y excusarle con todas nuestras fuerzas, estén hoy tan borradas de la memoria de los mortales con tan irreparables daños del mundo! El enemigo astuto, cruel y vigilante; ¡nosotros dormidos, descuidados y flacos! ¿Qué maravilla es que Lucifer se haya apoderado tanto del mundo, si muchos le oyen, le admiten y siguen sus engaños, y pocos le resisten, porque se olvidan de la eterna muerte que con inculpable indignación y malicia les procura? Pido yo á los que esto leyeren, no quieran olvidar tan formidable peligro. Y si no le conocen por el estado del mundo y sus desdichas, y por los daños que cada uno experimenta en sí mismo, conózcalo a lo menos por la medicina y remedios tantos y tan poderosos, que dejó en la Iglesia nuestro Salvador y Maestro, pues no aplicara tan abundante antídoto, si nuestra dolencia y peligro de morir eternamente no fuera tan grande y formidable.

“MÍSTICA CIUDAD DE DIOS”

Año 1888
(http://adelantelafe.com/conciliabulo-lucifer-infierno-tras-la-muerte-cristo-sor-maria-jesus-agreda/)