San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final

jueves, 10 de diciembre de 2015

¿Por qué existe el Infierno si Dios es tan bueno?



Dios es, infinitamente Bueno, es cierto. Pero Dios es también infinitamente Justo. Todos los atributos de Dios tienen la misma medida: son infinitos.

Mientras vivimos en la tierra es tiempo de la Misericordia Divina. Dios nos perdona todas nuestras faltas -hasta las más graves- cometidas contra El, si nos arrepentimos, si nos confesamos. Estamos en tiempo de Misericordia, mientras estamos aquí. Por eso hay que aprovechar nuestra vida en la tierra como preparación para la otra Vida, la que nos espera después de la muerte. Y allí habrá Vida de felicidad perfecta en el Cielo para los que han amado a Dios aquí en la tierra. O habrá condenación eterna de castigo en el Infierno para los que han rechazado a Dios y mueren en esa condición.

Ahora bien, Dios no destina a nadie al Infierno. La voluntad de Dios es que todos los seres humanos nos salvemos. Depende de cada uno, entonces, el aprovechar o desaprovechar todos los medios que Dios pone a nuestra disposición para que alcancemos la salvación eterna.

¿Cuáles son esos medios? Los Sacramentos, principalmente el Bautismo, la Confesión, la Comunión. Tenemos también la oración … y tantas otras gracias que Dios nos ofrece para que nos ayuden a llegar al Cielo.

Aprovechemos que éste es el tiempo de la Misericordia Divina. Eso fue lo que Jesucristo dijo a Santa Faustina Kowalska, para que lo comunicara al mundo entero:

Habla al mundo de mi Misericordia, para que toda la humanidad conozca la infinita Misericordia mía. Es la señal de los últimos tiempos. Después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo … Antes de venir como Juez justo, abro de par en par las puertas de mi Misericordia. Quien no quiera pasar por la puerta de mi Misericordia, deberá pasar por la puerta de mi Justicia.
La Justicia de Dios y su Misericordia van a la par. Pero a través de esta Santa de nuestro tiempo nos hace saber que por los momentos, para nosotros, tiene detenida su Justicia para dar paso a su Misericordia. No nos castiga como merecemos por nuestros pecados, ni castiga al mundo como merecen los pecados del mundo, sino que nos ofrece el abismo inmenso de su Misericordia infinita. Pero si no nos abrimos a su Misericordia, tendremos que atenernos a su Justicia.

Jesús también hizo que Santa Faustina conociera el Infierno. He aquí lo que nos informa ella de este lugar de castigo:

Hoy, un Angel me llevó a los precipicios del Infierno. Es un lugar de grandes torturas. ¡Es impresionante el tamaño y la extensión del sitio!

He aquí los tipos de torturas que vi: la pérdida de Dios, el remordimiento de conciencia perpetuo, el saber que esa condición nunca va a cambiar, el fuego que penetra el alma sin destruirla; la permanente oscuridad y un terrible hedor que sofoca, pero, a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven y ven toda la malignidad, propia y de los demás; la compañía constante de Satanás; la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras horrendas, las maldiciones y las blasfemias.

“Estas son las torturas que sufren en general todos los condenados, pero éste no es el fin del sufrimiento. Hay torturas especiales destinadas a las almas en particular. Son los tormentos de sus sentidos. Cada alma pasa por sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la manera en que han pecado. Que sepa el pecador que será torturado por toda la eternidad en aquellos sentidos que utilizó para pecar.
He recibido el mandato de Dios de dejar esto por escrito, para que ninguna alma pueda excusarse diciendo que no existe el Infierno … Yo, la Hermana Faustina, por orden de Dios, he visitado los abismos del Infierno, para poder hablar a las almas sobre esto y para poder dar testimonio de su existencia.

Lo que he escrito es sólo una sombra pálida de las cosas que vi allí. Pero sí noté una cosa: que la mayoría de las almas que están allí son las que se han negado a creer en el Infierno.

El infierno
(Papa Francisco 9-marzo-2015)

Unos niños y jóvenes le hicieron algunas preguntas al Papa Francisco. Una de ellas fue por qué si Dios es bueno existe el infierno. El Papa respondió que

“Dios perdona todo, pero saben que había un ángel muy orgulloso, muy orgulloso, que era muy inteligente, y tenía envidia de Dios, ¿entienden? Quería ser Dios. Y Dios quiso perdonarlo, pero él decía: ‘Yo no tengo necesidad de perdón, ¡me basto a mí mismo!’”.
Por tanto, “al infierno no te mandan: si vas es porque lo eliges tú. El infierno es querer alejarse de Dios porque no quiero el amor de Dios. El diablo está en el infierno porque él lo ha querido: nunca más tener relación con Dios. Pero si tú eres un pecador, si fueras un pecador tremendo, con todos los pecados del mundo, todos y después te condenaran a la pena de muerte, y cuando estás allí, blasfemas, insultas, muchas cosas… Y en el momento de ir allí, a la pena de muerte, cuando estás a punto de morir, miras al Cielo y dices: ‘¡Señor! ¿Dónde vas, al cielo o al infierno?”.

A su pregunta, el Santo Padre respondió: “al cielo, porque había otro que era un ladrón, pero un ladrón de aquellos… y fue crucificado al lado de Jesús. Y uno de estos dos ladrones insultaba a Jesús. Este no creía en Jesús; soportaba los dolores hasta la muerte. Pero en un momento, algo se movió en su interior y dijo: ‘Señor, ¡ten piedad de mí!’. ¿Y qué dijo Jesús? ‘Hoy estarás conmigo en el Paraíso’”.

Así que “va al infierno solamente aquél que dice a Dios: ‘No te necesito, me arreglo yo sólo’, como ha hecho el diablo que es el único del que estamos seguros que está en el infierno”.
(http://infovaticana.com/blog/cigona/este-papa-es-una-inagotable-fuente-de-sorpresas/)

La falsa teología de la "muerte de Satanás"


El Demonio y el Anticristo


A partir de los años sesenta, muchos autores racionalistas y modernistas empezaron a negar abiertamente la existencia del diablo y a publicar libros sobre este tema. Los principales son: Hebert Hagg (de la universidad católica de Tubinga) cuyo  primer libro se editó en alemán en 1969 y fue traducido al italiano en 1973 por la editorial Queriniana de Brescia bajo el título La liquidación del diablo. En 1976, la editorial Mondadori de Milán publicó un segundo libro de Hagg, escrito en 1974, titulado La creencia en el diablo.

La misma doctrina sobre la no-existencia del diablo fue retomada en Holanda por el P. Schoonenberg (quién más tarde sería cardenal y coautor del Catecismo de la Iglesia Católica de 1992) y que escribió un libro en 1968, que apareció en italiano con el título Ángeles y diablos (Brescia, 1972). Además, un teólogo americano, Henry Ansgar Kelly, escribió en 1968 el libro traducido al italiano en 1969 titulado La muerte de Satanás (Milán, Bompieni); un psicólogo de la Universidad de Friburgo en Brisgovia, Johannes Mischo, se ocupó de la misma cuestión en un artículo de la revista Concilium n. 3 de 1975 y finalmente, en 1978, Walter Kasper y Karl Lehmann (después, ambos llegarán a ser cardenales), escribieron un libro publicado en italiano en 1983 con el título Diablo, demonios, posesión, (Brescia, Queriniana). Para una refutación de estas teorías heréticas cfr, Corrado Balducci, El diablo (Casale Monferrato, Piemme, 1988, pp. 83-166).

Sin embargo, más allá de la proclamada “muerte del diablo”, Satanás impera hoy, más que nunca, en el mundo moderno.

El satanismo en sentido genérico y específico

El “mundo” entero[1], no como criatura física de Dios, sino en el sentido moral y peyorativo de aquellos que viven según el espíritu mundano o carnal, opuesto al espíritu angélico y divino, es sometido al diablo por el dilema: “O Dios o yo”; “ O  la verdad o la mentira ”. El demonio es por esto llamado también “Príncipe del mundo” (Jn., XII, 31; XIV, 30) y “El dios de este mundo (2 Cor., IV,4)

El reino de Satanás combate al de Dios (Mt., XII,26) porque exprime del corazón del hombre el buen grano de la palabra de Dios, para sustituirla con la cizaña o falso-grano del error (Mc., IV 15); e intenta: «Cegar las mentes de aquellos que aún no creen, de modo que no puedan ser iluminados por el Evangelio de la gloria de Cristo» (2 Cor., IV, 41). En breve, Satanás, combate en el tiempo contra el Reino de Dios, pero Jesús, al final, vencerá, derrotará definitivamente a Satanás y conquistará el mundo (Jn., XVI, 33): «Hasta el final del mundo habrá una oposición entre los “hijos de Dios” y los “hijos del diablo” (Jn., VIII 44); los cuales cumplen las “obras del diablo” (Act., XIII, 10) que se resumen en el engaño o la seducción (Jn., VIII, 44; 1 Ti,., IV, 2; Ap., XII, 9) con los cuales, la verdad y la justicia, son sustituidas con el error y el pecado (Rom., I, 25; Iac., V, 19)»[2].

Genéricamente, el satanismo, es el estado de quien está sometido, o incluso consagrado, a Satanás. El satanismo está totalmente lleno e impregnado por el espíritu de Satanás, el adversario de Dios y del hombre. Esto, a grandes rasgos; en forma específica, el término satanismo asume tres significados: 1°) imperio de Satanás en el mundo; 2°) el culto rendido a Satanás y  3°) la imitación de su revuelta contra Dios. Es necesario estudiar todos estos significados para entender bien el satanismo.

El imperio de Satanás en el mundo

El dominio de Satanás en el mundo está revelado en los Evangelios y en San Pablo. Esto se lleva a cabo y se extiende:

a) mediante el pecado del hombre, que es contrario a la Voluntad de Dios;

b) mediante el orgullo humano o el egoísmo, que es opuesto a Dios infinitamente Verdadero y Bueno[3]

c) mediante la ley puramente exterior o farisaica, que es contraria a la verdadera Fe, interior y vivificada por la caridad.

El dominio de Satanás en el mundo más, que un imperio, representa casi un “cuerpo místico” como lo describe San Gregorio Magno (Hom. 16 in Evang.; Moral., IV, 14): «Ciertamente, el diablo, es jefe de todos los inocuos; y todos los inicuos son miembros de este jefe». Por esto, los Padres y los doctores, han hablado de contra-iglesia, refiriéndose a la Revelación (Ap., II, 9), que habla de “sinagoga de Satanás”, la cual es adversaria de la Iglesia de Cristo.

El reino de Cristo, en efecto, está en oposición radical con aquel de Satanás; son contrarios como el sí y el no, el bien y el mal, la verdad y el error, el ser y la nada. Sus respectivos objetivos son la aniquilación entre ellos, mediante un continuo combate, que terminará, sólo, con el fin del mundo y el Juicio universal. San Agustín nos habla de dos ciudades, una de Dios y la otra del diablo, que se fundan sobre dos amores opuestos: «El amor de si mismo hasta el odio de Dios y el amor de Dios hasta el odio de sí mismo» (De civit. Dei, XIV, 18).

Una terrible profecía de Pío XII

Pío XII enseño que: el satanismo más profundo y sustancial es la apoteosis del hombre que reduce la religión a opción libre y, después de haber abatido el cristianismo, invoca las dos vías falsas: la  del colectivismo socialista y la del individualismo liberal, las que llevan a la humanidad a un exterminio, primero moral, y luego físico (Radiomensaje natalicio, 24 de diciembre de 1952, nn. 12-30). Sesenta años después vemos como esta terrible profecía comienza a ser verdad.

Al este, el comunismo colectivista y ateo, y a oeste el liberalismo individualista casi han aniquilado, moralmente, la civilización europea y cristiana y ahora, especialmente el segundo, está llevando al mundo entero hacía la destrucción física en Medio Oriente. El naturalismo es el instrumento de Satanás: «y, mediante la bondad puramente natural, el príncipe de este mundo trata de encantar a los hombres para conservarlos, con toda seguridad, bajo su dominio, es decir, alejados de la verdadera Iglesia de Cristo»[4].

Satanás y los “derechos del hombre”

Hoy, la victoria más peligrosa de Satanás, es aquella el haber sacudido la Fe católica sobre su existencia real. No menos funesta, pero, es la superstición opuesta, es decir, el culto prestado a Satanás cual “divinidad” malvada que concilia y  se utiliza para los propios intereses personales (honores, riquezas, y placeres).

Los agnósticos antiguos habían identificado a Satanás con la serpiente del paraíso terrestre (Ireneo, Adv. Haer., I, 24; Tertuliano, Praescr., 47), que se exaltaban porque había reivindicado los derechos del hombre, revelando a Adán el conocimiento del bien y del mal, enseñándole la rebelión a los mandamientos de Dios. Para los agnósticos cainistas (cfr. Ireneo, ivi, I, 31) los benefactores de la humanidad son los grandes rebeldes que se enfrentaron a Dios: Caín, Esaú, los habitantes de Sodoma y, sobre todo, Judas, quien liberó a la humanidad de Jesús. Por lo tanto, no hay que sorprenderse por la reciente rehabilitación de la figura del Iscariote, hecha por el cine, y también por algunos neo-exégetas.

Monseñor Antonino Romeo nos explica como: «El culto de Satanás se concentra en las misas negras (…), que recuerdan formulas y ritos masónicos. (…) Cueva secreta del satanismo es, ciertamente, la masonería, la cual hereda la fe y las costumbres del agnosticismo cainista»[5]. La masonería, inspirada por el judaísmo talmúdico, es la contra-iglesia universal que, desde hace más de doscientos años, planifica advenimientos políticos, económicos y militares, de los cuales dependen las vicisitudes de los pueblos. Se constata, en la historia de la modernidad: «Una directiva de marcha constante, que tiende al “progreso” incontrolable, a la religión de la naturaleza, excluida ya, toda religión o moral positiva. La lucha es conducida sobre todo contra el catolicismo, caído este, el cristianismo no será más que un símbolo, o un recuerdo»[6]. Los supuestos principales y preferidos de Satanás son el judaísmo anticristiano («Vosotros que habéis por padre al diablo», Jn., VIII, 42) el cual, al mismo tiempo, ha sido inspiración de casi todas las sectas, las herejías anticristianas[7] y las Revoluciones que sucedieron desde el 700 hacia delante, en nombre de los “derechos del hombre” hasta la “revolución” instrumentalizada en la Iglesia por el último Concilio.

El “titanismo”

Consiste en la afirmación heroica del YO, defendido en su absoluta autonomía. Monseñor Antonino Romeo escribía: «Incluso, algunos teólogos católicos, para adular la voluntad o libertad humana, que ya no es reflejo de aquella divina, osan acariciar el “riesgo del pecado” (…), en una pose de “riesgo” mortal, que tiene muchos puntos de contacto con el “titanismo” de hoy en día»[8].

El marxismo, según el cual “Dios es el mal”, es una de las formas modernas del satanismo revolucionario, como también lo es el nihilismo filosófico post-moderno, que quisiera destruir la moral, el intelecto humano y el ser por participación, el cual vuelve sobre el Ser por esencia. Puede considerarse expresión de este “titanismo” el trágico hecho del Titanic, que llevaba escrita la blasfemia “ni siquiera Dios me hundirá” y que, en cambio, cayó en el abismo en su viaje inaugural con la mayor parte de los pasajeros (entre ellos, el músico Strauss). La soberbia de los armadores, no había previsto ni siquiera los botes salvavidas.

La lucha de la contra-iglesia satánica contra la Iglesia de Cristo: Signos precursores del anticristo

Monseñor Henri Delassus cita la doctrina católica sobre la lucha entre Satanás y la Iglesia y, después de abalarse por la Santa Escritura, por la Tradición y por el Magisterio, no desecha el hacer, incluso, una breve antología de las revelaciones privadas no condenadas por la Iglesia porque no hay nada de contrario en ellas a la Divina Revelación. Ciertamente, ellas no son una perspectiva teológica, pero, como sanciona San Pablo: “No pueden ser desechadas”. Aquí sugerimos al lector a ellas, como simples revelaciones privadas, que sirven a dar un poco de esperanza en estos tiempos tristísimos.

Monseñor Delassus, en El problema del ahora presente (Lilla, Desclée, 2 voll., 1904-1905; tr. It., 1907; 1ª rist. Piacenza, Cristiandad, 1977; 2ª rist. Milán/Viterbo, Effedieffe, 2014-2015) escribe: «¿Adónde conduce el torbellino que transporta al género humano? ¿A los pies de Dios o a los pies de Satanás? (…) No es la primera vez que Satanás y los suyo creen estar en la vigilia del triunfo. (…) Nosotros estamos en la hora de un combate, el más decisivo» (cit. Vol. 2, p.47).

En efecto, Gregorio XVI en su Encíclica Mirari vos de 1832 ,aplicaba a nuestro tiempo las palabras del Apocalipsis en el capítulo IX sobre el «…pozo del abismo ya abierto» (vol. 2, p.48-49, 51) desde el cual salen los errores, las depravaciones y los demonios para tentar al hombre de la forma más cruel. «La antítesis está entre Cristo o el Anticristo y ella encierra el misterio del avenir». (H. Delassus, cit., vol., 2, p.52).

También San Pío X en su primer Encíclica E supremi apostolatus cathedra de 1904 se pregunta si, el Anticristo, no está ya entre nosotros, dado que el carácter antropolátrico de la modernidad filosófica y del modernismo teológico, carácter propio del Anticristo como enseñan S. Irineo, San Ambrosio, San Agustín, San Gregorio Magno, Teodoreto, San Juan Damasceno, San Anselmo, Ruperto de Deutz, S. Beda el venerable (cfr. Cornelius a Lapide, Comm. In Sacram Scripturam, tomo XII, In Apocalypsim, ed. Vivès, Paris 1866, p. 178).

Nosotros estamos, actualmente, constata amargamente Delassus: «En un estado de anticristianismo, que es el estado necesario para que el Anticristo encuentre aceptación en el mundo» (cit., vol., 2, p. 59). Sabiamente, recuerda que ninguno conoce la fecha precisa de su llegada, pero, según el Evangelio (Lc., XII 54) cuando distingamos las nubes acumularse sobre nosotros, deducimos que la lluvia muy probablemente está cerca (cit., vol. 2, p. 61).

Pío IX escribió que, en las condiciones en las que ronda actualmente la humanidad: «Los hombres pueden ser salvados no por más que por causas segundas, o sea, por las criaturas, pero por la primer causa que es Dios en cuanto lucha, es tan grande que solamente él puede vencer a sus enemigos» (cit., vol.2, p.62).

Una luz de esperanza en las tinieblas

El glorioso León XIII en la Encíclica Praeclara (20 de junio de 1984) escribió: «Nosotros vemos en el lejano avenir un nuevo orden de cosas: la solución cristiana de la cuestión social, el final del cisma luterano y bizantino que han lacerado Europa y la luz del Evangelio que ilumina a todos los pueblos».

En La conjuration antichrétienne (Lilla, Desclée, 3 voll., 1910, pp. 852-891, 914-927) Delassus cita las revelaciones privadas que confirman las previsiones de León XIII, es decir, aquellas de Beata Catalina Emmerich, de Anna-María Taigi, de S. Brígida, de S. Hildegarda, de S. Catalina de Siena, de la Beata Catalina da Racconigi, de S. Luigi María Grignion de Montfort.

Catalina Emmerich (La conjuration antichrétienne, cit., vol. 3°, pp. 867-878) veía a una masonería desencadenada en el intento de destruir la Iglesia mediante el naturalismo teórico y práctico, con la corrupción de las ideas y de las costumbres y la veía en relación con la llegada del Anticristo.

Especialmente Roma y el Vaticano eran atacadas por los espíritus del mal y por sus suplentes, el Papa, rodeado de traidores estaba muy triste, sin embargo junto a la tela del maligno, Roma siempre estaba atravesada por una corriente de luz y de gracia. La Beata Emmerich habla de un “hombre negro o tenebroso”, que trabaja en las cercanías de la basílica de San Pedro para arruinar a los fieles y a los Pastores, y tuvo también la gracia de poder ser conducida en espíritu por el Papa León XII para ayudarle a tomar las decisiones justas.

Una misión análoga tuvo Marie Morel con los Papas Gregorio XVI y Pío IX (cit., vol. 3°, pp. 878-879)

Sin embargo, Emmerich narra también sus visiones de restauración y de triunfo de la Iglesia y de su jerarquía, que había sido anteriormente desfigurada por las impuras maniobras de la secta infernal, entre las cuales estaban también algunos sacerdotes (cit., vol.3°, pp. 880-883). Los buenos defensores de la Iglesia también luchaban, pero sin método, como si ignoraran la gravedad de la situación (cit., vol. 3°, p.885).

La Beata Anna María Taigi (cit., vol. 3°, pp. 886-890) ha tenido las mismas visiones y, especialmente, sobre el juego de los sectarios para engañar a los cardenales bajo el Papa Gregorio XVI, con el fin de destruir el Papado remplazándolo con una “nueva iglesia de las tinieblas”, abatir los dogmas y sincronizar todas las creencias religiosas. La mayor parte del clero era seducida por las tinieblas. Sin embargo, gracias al socorro de María Santísima, la Iglesia habría prevalecido sobre ellas. La Beata incluso ha visto a San Pedro elegir a su sucesor,  después del aplastamiento de la secta infernal que había maquinado la obra de demolición de la Iglesia.

Un rol, según Emmerich (cit., vol. 3°, pp. 892-895) decisivo en la batalla contra la anti-iglesia lo habría tenido el Arcángel San Miguel, justo cuando todo parecía perdido y probablemente cerca del reino del anticristo: un Papa severo, austero y santo habría aparecido y habría reanimado a los fieles.

Delassus (cit., vol. 3°, pp. 914-927) cita luego a Santa Hildegarda de Bingen (S. XII); a S. Catalina de Siena (S XIV) la cual ha dejado escrito que: «Dios purificará la santa Iglesia y resucitará el espíritu de los cristianos con un medio que está por fuera de toda previsión humana»  (Bollandisti, Acta Sanctorum, 29 de Abril); la Beata Catalina de Racconigi (S. XVI), S. Luigi de Montfort, S. Leónardo de Porto Maurizio, la Venerable María de Agreda (S. XVII) y Elisabetta Canori Mora (S. XVIII). Todos han visto la lucha de la “sinagoga de Satanás” (Ap., II, 9) contra la Iglesia de cristo, la derrota aparente de ésta última, pero también su triunfo en el momento en que todo parecía perdido[9].

El misterio de la Resurrección, en efecto, continúa, en un cierto sentido, también en la Iglesia, que Jesús ha hecho a Su imagen: desde las terribles pruebas Ella resurge más gloriosa que antes, como toda su historia demuestra, desde las persecuciones de Nerón, Diocleciano y Juliano el Apóstata, a los intentos de la Revolución Francesa de instalar una nueva religión, hasta nuestros tiempos tristes, en los cuales muchos católicos apuran con sus martirios la resurrección del Cuerpo místico de Cristo.

Tarcisius

[Traducción: Fernando Suárez]

[1] Jn, I., 10; VI, 7; XV, 18; XVI, 20; XVII, 9-16; Jn., II, 16; V, 19; Mt., XVIII, 7; Gal., VI, 14.

[2]  F. Spadafora (Director), Dizionario biblico, Roma, Studium, 3a ed., 1963, p. 165.

[3] «El diablo no perseveró en la verdad porque la verdad no estaba en él» (Jn.,VIII, 44).

[4]  A. Stolz, Teologia della mistica, tr. it., Brescia, 1940, p. 66.

[5] Voz: “Satanismo”, en Enciclopedia Cattolica, Ciudad del Vaticano, vol. X, 1953, col. 1958.

[6] A. Romeo, ibidem, col. 1959.

[7] Cfr. J. Meinvielle, De la cábala al progresismo, Buenos Aires, 1970, II ed., EVI, Segni (Roma), 2013.

[8] A. Romeo,ibidem.

[9] Naturaleza de las revelaciones privadas y ellos, valor teológico: padre Antonio Royo Marín enseña, con todos los teólogos aprobados, que las revelaciones privadas: «No entran en el depósito de la fe. En efecto, nuestra fe si basa en la Revelación pública contenida en la S. Escritura y en la Tradición divino/apostólica bajo el control y la vigilancia del Magisterio. Por lo tanto, las revelaciones privadas, sin tener en cuenta su importancia, no pertenecen a la fe católica. […]. Para los cristianos pueden constituir solo una creencia ilusoria, a la cual no están obligados a dar una muestra de fe divina. Cuando la Iglesia aprueba una revelación privada declara simplemente que no encierra nada que sea contrario a la fe o a las costumbres. Sin embargo sería reprobable contradecirla y ridiculizarla luego de este juicio eclesiástico». (Teologia della perfezione cristiana, Roma, Paoline, 1960, p. 1075-1076, n. 600-601; Cfr. S. Th., II-II, qq. 171-175; S. Teresa de Ávila, Vida, cap. 25-30; Id.,Castillo interior,Mansione sesta; S. Juan de la Cruz, Salida al Monte Carmelo, lib. II, cap. 21-30; A. Tanquerey, Compendio di teologia ascetica e mistica, tr. it., Roma, Desclée, IV ed., 1927, pp. 913-927, nn. 1490-1513).

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Meditación: de las penas del Purgatorio


PUNTO PRIMERO. Considera que como enseña la Fe, las almas que salen de esta vida en gracia de Dios, no habiendo Satisfecho enteramente las deudas de sus pecados, son condenadas en el tribunal de Dios a satisfacerlas en el purgatorio, más o menos conforme á lo que pecaron y a la penitencia que hicieron, y el primer paso en esta meditación sea mirar con los ojos de la consideración un lugar dilatado de luz en el cóncavo de la tierra, lleno de las almas de los justos, padeciendo varias y rigurosas penas: unas abrasándose en vivo fuego con indecible tormento; otras en ríos helados; otras en unas navajas de acero, despedazándolas los ministros de la justicia divina; otras con hambre y sed ardentísima en suma necesidad; otras embestidas de víboras y serpientes que las están atormentando y royendo las entrañas; y otras en otros gravísimos y atroces tormentos, todas llorando y suspirando por salir de aquella oscura cárcel y penosísimo destierro: todo lo cual debe causar en tu corazón igual compasión de los que allí padecen, y temor de venir a aquel lugar, como ahora diremos.
PUNTO II. Considera lo que pasa dentro de sus corazones, porque aunque las perlas dichas son muy de temer, la mayor de todas es la privación de Dios y de su gloria, que allí padecen; porque por una parte le aman con perfecta caridad por el conocimiento que tienen de su bondad, y por otra le desean ver y gozar al paso que le conocen y aman; y aumenta este deseo la noticia que tienen así del valor de su gloria, como del derecho que tienen a ella, y la suspensión de gozarle, y la duda de cuando se acabará su destierro, no sabiendo si será largo o corto; y la esperanza de tan grande bien les causará tales ansias de gozarle, y tales congojas y dolor de no poseerle, que no hay cosa en esta vida con que se pueda explicar. Mira lo que sienten los nobles un corto destierro de su patria, pudiendo llevar consigo a sus parientes, y aliviar su pena con delicias y festines y entretenimientos; ¿pues qué sentimiento tendrán aquellas almas en su destierro, careciendo de estos alivios, y padeciendo juntamente las penas referidas? Si, dice el Sabio, que la esperanza que se dilata aflige el alma. ¿Qué aflicciones y congojas padecerán con la dilación de su esperanza aquellas benditas almas? Piensa esto despacio.; y entra, dentro de ti mismo, y considérate en aquel lugar, y mira qué dieras por tu rescate, y por salir de aquellos tormentos y conseguir la gloria;  y saca desde luego resolución firmísima de satisfacer por  tus culpas, y no dejarlo para el purgatorio, a donde será más grave una hora sola de pena, que aquí cien años de penitencia amarga.

PUNTO III. Considera las penas del purgatorio, y la gravedad de ellas, y contempla por qué castiga Dios a las almas de los justos, a quien ama tiernamente, con tan rigurosos tormentos, que sola la detención en aquel destierro fuera más grave que todos cuantos se pueden dar en el mundo, y hallarás que padecen por unas culpas veniales, de que en este siglo no se hace monta; por una palabrilla leve, por una seña o  una risa demasiada, por un pensamientillo de poca monta, por una irreverencia liviana cometida en la oración, un volver de cabeza ligeramente, y cosas semejantes que entre los hombres son de ninguna monta. Pues a quién no admira que un tan grande Dios, que tanto ama a los suyos, y de suyo es tan inclinado a piedad, castigue culpas tan leves con penas tan acerbas. Cava, en esta consideración, y saca de aquí cuán recto es Dios en sus juicios, pues no disimula con sus amigos faltas tan pequeñas, y tiembla de las muchas que has cometido en esta vida, conoce que no hay cosa que merezca nombre de pequeña en siendo ofensa de Dios, si bien llamamos así a las culpas que no privan de su gracia; pero merecen nombre de grandes respecto del Señor a quien ofenden,  y de las grandes penas con que Dios justísimamente las castiga, y resuélvete a morir antes que cometer el mas mínimo pecado venial

PUNTO IV. Vuelve los ojos sobre todo lo dicho, y considera por una parte la infinidad de culpas que has cometido en el discurso de tu vida, y lo que debes a Dios por ellas, y cómo es forzoso satisfacerle aquí o allá, y pues aquí puedes tan fácilmente, resuélvete a hacer condigna penitencia de tus pecados, y a valerte de todos los medios que Dios te ha dado para satisfacer por tus culpas, como son los Sacramentos, limosnas, indulgencias y jubileos, obras de misericordia con los prójimos, y las demás que tiene la Iglesia; y para fervorizarte más, considera que en el purgatorio, aunque las penas son tan graves como se ha dicho, no adelantan su caudal ni su merecimiento cosa alguna las almas con lo que padecen, solo satisfacen por las deudas que deben; pero acá con las penitencias y obras pías hechas en gracia se satisface y se merece, pagando por una parte las deudas de los pecados, y mereciendo por otra muchos grados de gloria en el cielo. ¡Oh que dolor tendrás en el purgatorio, por no haber tomado este consejo! Válete de él ahora que tienes tiempo, y juntamente saca de esta meditación grande piedad para con las almas que allí penan, diligenciando su libertad, porque Dios depare quien diligencie la tuya, y también afectos de agradecimiento al Señor por el tesoro que nos dejó en la Iglesia de la Sangre de Cristo Señor nuestro, y de  los merecimientos de los santos para satisfacción de nuestras deudas.

Padre Alonso de Andrade, S.J

martes, 1 de diciembre de 2015

El Infierno (Parte V)



LA PENA DE SENTIDO

   A la pena de daño se añade, en el infierno, una pena de sentido, por la que el alma, e incluso el cuerpo después de la resurrección final, serán atormentados.
   Hablaremos de la existencia de esta pena, de lo que ella es según la Escritura, de la naturaleza del fuego del infierno y de su modo de obrar.

Existencia de esa pena. Lo que es según la Escritura.

   Es claramente afirmada en el Evangelio (Math., X, 28): “Temed más bien a Aquel que puede perder alma y cuerpo en la Gehenna)”. Igualmente, en San Lucas, XII, 53; Math., V, 29, XVIII, 19; Marc., IX, 42, 46.

   La existencia de esta pena, unida a la otra, se explica, como dice Santo Tomás, porque por el pecado mortal el hombre no sólo se aleja de Dios, sino que se vuelve hacia un bien creado que prefiere a Dios: el pecado mortal viene así a merecer una doble pena: la privación de Dios y la aflicción que proviene de la criatura. Y se comprende también que el cuerpo, que ha concurrido a cometer el pecado y gozado en el pecado el placer prohibido, tenga que participar en la pena con que el alma es afligida. Esto acontecerá, según la Revelación, después de la resurrección general.

   ¿En qué consiste la pena de sentido? La Sagrada Escritura nos lo dice al describir el infierno como una prisión tenebrosa, en la que los condenados se ven encadenados; lugar de llanto y rechinar de dientes. En otros lugares habla también de un lago de fuego y azufre. En estas descripciones, se repiten dos ideas íntimamente relacionadas entre sí: la de una cárcel eternamente cerrada y la de la pena del fuego; los teólogos insisten tanto sobre la una como sobre la otra, ya que se ilustran recíprocamente. Se lee en San Mateo (XX, 13): “El rey dice a sus servidores: Atadles de pies y manos y arrojadlos a las tinieblas exteriores; allí será el llanto y el crujir de dientes.” Con frecuencia se habla en el mismo Evangelio “de la Gehenna de fuego” (Math., V, 22; XVIII, 9, 40, 50) y del fuego eterno, inextinguible, que atormenta a los condenados (Math., XVIII, 8; Marc., IX, 42).

El fuego del infierno ¿es metafórico?

   La doctrina común de los Padres y de los teólogos es que este fuego es un fuego real. Se funda en el principio de que en la interpretación de la Sagrada Escritura no se debe recurrir al sentido figurado más que cuando el contexto u otros indicios más claros excluyen el significado literal; o bien cuando éste se manifiesta como imposible. Ahora bien, nada de eso, como lo muestra ampliamente A. Michel en el D. T. C: Fuego del Infierno, col. 2.198 y siguientes. En particular, el sentido literal aparece claro en San Mateo, XXV, 41: “Alejaos de Mí, al fuego eterno preparado para Satanás y, sus ángeles.” Todo el contexto exige una interpretación realista: id al fuego real, como los buenos irán a la vida eterna; al fuego preparado para Satanás y sus ángeles. Además, Jesús (Math., X, 28) atribuye al fuego no sólo el suplicio de las almas réprobas, sino también de los cuerpos (Cf. Marcos, IX, 42, 48; Math., V, 22; XVIII, 9). También los Apóstoles hablan del fuego eterno con el mismo realismo (II, Tessal., I, 8; Jac., III, 6; Jud., VII, 23). San Pedro propone como tipo de los castigos futuros el fuego del Cielo llovido sobre Sodoma y Gomorra (II, S. Pedro, II, 6; Jud., VII). La interpretación metafórica, suponiendo que el fuego, como el dolor o el remordimiento, no sea más que un estado penoso del alma, va contra el sentido obvio de los textos escriturarios y de la tradición.
   Los Padres, con la sola excepción de Orígenes y de sus discípulos, hablan casi siempre de un fuego real, que comparan al fuego terrestre, y, a veces, también de un fuego corporal. Particularmente afirman esto San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Agustín, San Gregorio el Grande. A. Michel, examina detenidamente sus textos y concluye (col. 2.207): “Cuando los Padres afirman simplemente la creencia tradicional, hablan sin vacilación del fuego del infierno. Pero cuando se les presenta la difícil cuestión del modo de obrar del fuego en los espíritus, se sorprende una vacilación en su pensamiento.”
   En cuanto a la naturaleza de este fuego real, Santo Tomás (Suppl., q. 97, a. 5 y 6) estima y piensa que es un fuego corpóreo de la misma naturaleza que el fuego terrestre, pero que difiere de él accidentalmente, ya que no necesita ser alimentado con sustancias extrañas: es oscuro, sin llama ni humo, durará siempre y quemará los cuerpos sin destruirlos. Se diría hoy que el calor en una sustancia corpórea es el resultado de vibraciones moleculares aptas para producir una sensación continua de quemaduras. *Se lee en la vida de S. Catalina de Ricci que se ofreció a sufrir en lugar de un difunto, durante cuarenta días, el fuego del Purgatorio. Nadie la veía, pero una novicia, habiéndole tocado casualmente la mano, gritó: “¡Madre mía, quemáis!”—“Sí, por cierto, hija mía”, respondió la Santa.

Cómo obra el fuego del infierno


   ¿Cómo puede este fuego corpóreo producir sus efectos sobre un alma separada del cuerpo y sobre espíritus puros como los demonios? Los teólogos responden comúnmente: el fuego puede hacer eso sólo en calidad de instrumento de la justicia divina, como obran (por ejemplo) los Sacramentos; el agua del Bautismo produce en el alma un efecto espiritual, que es la gracia. Los que han despreciado los Sacramentos, instrumentos de la misericordia divina, sufren a causa de los instrumentos de la justicia divina.

   Los teólogos se dividen, igual que para los Sacramentos, en dos grupos, según que admiten una causalidad instrumental física o sólo una causalidad moral. La causa moral, como la plegaria que dirigimos a alguno para impulsarle a obrar, no produce el efecto deseado, sino que imprime solamente en el agente un impulso que le hace capaz de obrar en el sentido deseado. Si no fuese así, el fuego del infierno no produciría directamente el efecto que le es atribuido; semejante efecto sería producido únicamente por Dios.

   Los tomistas y muchos otros teólogos admiten a este propósito, como para los Sacramentos, una causalidad instrumental física del fuego del infierno sobre el alma de los condenados. Pero lo difícil es explicar su modo de acción. Santo Tomás y sus mejores comentaristas (Contra Gentes, IV, c. 90; II, Suppl. q. 70, a. 33) admiten que el fuego del infierno recibe de Dios la virtud de atormentar a los espíritus réprobos impidiéndoles obrar donde quieren y como quieren.  Existe por el fuego como un vínculo que les impide obrar, algo como lo que le acontece a una persona paralítica, o al que sufre confusión mental a consecuencia de una intoxicación. Además, los condenados reciben la humillación de verse sujetos a un elemento corpóreo, estando como están tan pagados de su inmaterialidad.

   Semejante explicación armoniza con los textos de la Sagrada Escritura, que describen el infierno como una cárcel en que los condenados son encerrados a su pesar (Jud., VI; II, Petr., II, 4; Apoc., XX, 2).

   Santo Tomás piensa que el fuego no influye en el espíritu para alterarlo, sino para impedirle obrar como quisiera. Muchos teólogos se han adherido a Santo Tomás; es muy difícil ir más allá en la explicación de este misterioso modo de obrar.

   Y finalmente, ¿cómo es posible que el fuego infernal pueda quemar, después de la resurrección general, los cuerpos de los condenados sin consumirlos? La Tradición y la S. Escritura (Daniel, XII, 2; Math., XVIII, 8-9; Marc., IX, 29, 49) afirman la incorruptibilidad del cuerpo de los condenados. Santo Tomás piensa que estos cuerpos, hechos incorruptibles, sufren de un modo especial sin ser alterados, como, por ejemplo, sufre el oído al escuchar una voz estridente, como el gusto padece con un sabor excesivamente agrio.

   Siempre será difícil explicar el modo de obrar de este fuego, pero ésta no es razón suficiente para negar la posibilidad y la realidad de su acción, afirmada por la Revelación cristiana. Ya, en el orden natural, resulta difícil explicar cómo producen en nosotros los objetos exteriores una impresión, una representación de orden psicológico que sobrepasa la materia bruta; no es, pues, sorprendente que los efectos preternaturales que se producen, según la Revelación, en la otra vida, sean aún de más difícil explicación.

   Por lo demás, la pena de sentido, como lo afirma la tradición, no es lo más importante; lo esencial en la condenación es la privación de Dios, el inmenso vacío que causa en el alma, vacío que manifiesta, por contraste, la plenitud de la vida eterna que a todos nos espera. De ahí derivan para nosotros las grandes lecciones de la otra vida, de la que ésta debe ser el preludio. De ahí el inmenso valor del tiempo del mérito, respecto a la eternidad bienaventurada, que espera ser conquistada.

   En la Revista La Vie Spirituelle (Dic. 1942, p. 435), art. Las dos llamas, el P. Tomás Dehau escribía a propósito de las palabras del mal rico de la parábola evangélica, crucior in hac flamma (Luc. XVI, 24):
   “El mal rico en el fondo del infierno está, por decirlo así, crucificado al mundo del Cielo; este mundo de la bienaventuranza y de la paz es inaccesible, está cerrado para él... Esta idea de atroz crucifixión infernal la encontraréis expresada en La Divina Comedia. Dante, recorriendo aquellas oscuras moradas, descubrió a Caifás crucificado en tierra con tres estacas y envuelto en llamas: he ahí una crucifixión en medio de las llamas, crucior in hac flamma. Y este fuego es simultáneamente hielo, porque los condenados son incapaces de amor. Satanás, sepultado completamente en el hielo de lo profundo del infierno... es el que no ama. En el otro polo del mundo está el Corazón de N. S. Jesucristo. Infinitamente lejos de esta terrorífica región, en la cima más alta de las regiones del más allá, el Corazón de Cristo nos aparece también. Envuelto también El en llamas y coronado de espinas. Abajo, la sangre, las lágrimas de sangre que gotea, y en lo alto, la llama... Sí, la llama todavía... “crucior in hac flamma”... Desde el primer instante de su existencia, ingrediens mundum, estaba esta llama en medio de su corazón, llama y herida de amor.”

   De este modo, esta misteriosa frase: crucior in hac flamma, gritada en el fondo del infierno entre los réprobos, es murmurada en el Cielo, en sentido diametralmente opuesto, por Corazón adorable de Jesús. Evidentemente El en el Cielo ya no sufre más; pero todo lo que quedaba de perfección en su sufrimiento terreno continúa subsistiendo eminentemente en su inmortal amor.


“LA VIDA ETERNA Y LA PROFUNDIDAD DEL ALMA”

R. P. Garrigou-Lagrange O.P.

El Infierno (Parte IV-b)



La contradicción interior y el odio a Dios.

   Aún más. El alma del pecador obstinado se halla inclinada aún, por su naturaleza, a amar, más que a sí misma, a Dios, autor de su vida natural, como la mano ama al cuerpo más que a sí misma e instintivamente interviene para preservarlo Cf. Santo Tomás, I, q. 60, a. 4. Ad. 5; II, II, q, 26. Esta inclinación natural, al venir de Dios, autor de la naturaleza, es recta: atenuada, sin duda, por el pecado, subsiste sin embargo aún en el condenado, como la naturaleza del alma, como el amor de la vida. El Padre Monsabré, en la conferencia citada, dice: “El condenado ama a Dios porque tiene hambre de Él, lo ama para hartarse de Él.” Pero, por otra parte, tiene horror de Dios, justo juez que le reprueba; tiene hacia El una aversión que deriva de su pecado mortal sin arrepentimiento, del que sigue prisionero; sigue juzgando según sus perversas tendencias que no cambiarán jamás; no sólo ha perdido la caridad, sino que tiene odio a Dios; se ve lacerado por una contradicción interior: impulsado aún hacia Dios como hacia el manantial de su vida natural, detesta a Dios, justo juez, y expresa su ira con la blasfemia. El Evangelio dice repetidamente, hablando del infierno: “Donde hay llanto y rechinar de dientes” Math. VII, 42-50; XXII, 13; Luc. VIII, 18.

   Los condenados, que conocen por ininterrumpida experiencia los efectos de la justicia divina, odian a Dios. Santa Teresa define al demonio como “el que no ama”. Lo mismo se puede decir de los fariseos obstinados, en quienes se ve realizada la sentencia de Jesús: “Moriréis en vuestro pecado” (Jo., VIII, 21). Este odio a Dios manifiesta la depravación total de la voluntad Cfr. D. T. C., art. Infierno, col. 106. Los condenados están continuamente en acto de pecar, aun cuando estos actos no sean ya demeritorios, ya que el término del mérito y del demérito está ya superado.

La desesperación sin tregua.

   Tal es, en los condenados, la espantosa consecuencia de la pérdida eterna de todo bien. Los condenados comprenden que lo han perdido todo para siempre y por su culpa. El libro de la Sabiduría (V, 1- 16) lo dice claramente: “Entonces el justo estará con gran seguridad frente a los que le han perseguido... A su vista, los malvados serán presa de terrible espanto, y, fuera de sí por su inesperada salvación, y gimiendo, se dirán unos a otros: “He ahí al que era objeto de nuestros escarnios y de nuestros ultrajes... Helo ahí, contado entre los hijos de Dios, y su porción es entre los Santos. Hemos, pues, errado al caminar fuera del camino de la verdad, y la luz de la justicia no ha brillado sobre nosotros. Nos hemos ahitado a lo largo del camino de la perdición. ¿De qué nos ha servido el orgullo? Hemos sido fulminados en medio de nuestra iniquidad;” Toda felicidad está perdida para siempre.

   El colmo de la desesperación en los condenados es la insufrible sed natural de una felicidad que no pueden alcanzar jamás. Desearían, al menos, la terminación de sus males, pero este fin no llegará jamás. Si de una montaña se extrajese cada año una piedrecita, vendría un día en que la montaña dejaría de existir, porque sus dimensiones tienen un límite, mientras que para los condenados la sucesión de los siglos no tendrá fin.

El perpetuo remordimiento sin arrepentimiento alguno.


   Es el perpetuo remordimiento que viene de la voz de la conciencia; ésta no cesa de acosarle. El condenado rehusó escucharla cuando aún era tiempo: y ella se lo reprocha incesantemente. En efecto, la inteligencia no puede destruir en sí misma los primeros principios del orden moral, la distinción entre el bien y el mal. El remordimiento mismo es una confirmación de esto  Cf. I, II, q. 85, a. 2, a 3: “También en los condenados subsiste la natural inclinación a la virtud; de lo contrario no habría en ellos remordimiento de conciencia.”. La conciencia del condenado le recuerda las culpas cometidas, su gravedad y la impenitencia final que ha colmado la medida. Santo Tomás explica así el gusano roedor de que habla la Sagrada escritura (Marc. IX, 43: vernis eorum non moritur) y la Tradición (Cf. Contra Gentes, IV, c. 89; De Veritati, q. 16, a. 3): “La sindéresis no se extingue”. —«Es imposible que, en general, se extinga el juicio de la sindéresis; pero en las operaciones particulares, se extingue cada vez que se peca al elegir.”.

   Le repite la sentencia del Señor: “Tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber”; les recuerda su ingratitud hacia los beneficios de Dios. De ahí el remordimiento que no tendrá nunca tregua.

   Pero el condenado es incapaz de cambiar su remordimiento en arrepentimiento, sus torturas en expiaciones.

   Como explica Santo Tomás explica deplora su pecado no como culpa, sino sólo como causa de sus sufrimientos; sigue prisionero de su pecado y juzga prácticamente según el desorden permanente de la inclinación.     Por tanto, el condenado es incapaz de contrición, e incluso de atrición, ya que ésta presupone la esperanza e impulsa hacia la obediencia y la humildad. La Sangre de Cristo no desciende ya sobre el condenado para hacer de su corazón “un corazón contrito y humillado”. Como dice la Liturgia del Oficio de Difuntos, “in inferno nulla est redemptio”. Hay, pues, una distancia desmedida entre el remordimiento que hubo y permaneció en el alma de Judas, y el arrepentimiento. El remordimiento tortura; el arrepentimiento libera y canta ya la gloria de Dios. “El pecador obstinado—dice el P. Lacordaire (conferencia de Nuestra Señora)—no se vuelve a Dios para implorarle, porque le es rehusada la gracia; y la gracia se le rehúsa porque ya sería el perdón, el perdón que él ha despreciado y que no quiere ni aun en el abismo en que ha caído... Arroja contra Dios todo lo que ve, todo lo que sabe, todo lo que siente. Precisaría, pues, que Dios viniese a él a su pesar, y que esta alma pasase sin arrepentimiento del odio y de la blasfemia al abrazo íntimo del amor divino. ¿Y habría derecho a eso? ¡Los cielos se abrirían para Nerón lo mismo que para San Luis, con la diferencia de que Nerón entraría más tarde, por haber tenido tiempo para coronar la impenitencia de la vida con la impenitencia de su expiación!”  “Se leen en el primero de los Tres Retiros progresivos del Rev. P. Cormier, que fué general de los Dominicos, muerto en olor de santidad, estas reflexiones sobre el Religioso que ha fracasado en la finalidad suprema de su vida, o sobre el “Infierno del Religioso”. “Este desgraciado había adquirido y conservado una capacidad, una inclinación mayor que los cristianos ordinarios para poseer a Dios. Dios había puesto en su naturaleza aptitudes mayores, como requeridas por su vocación religiosa. Pero precisamente semejantes aptitudes, en el religioso condenado, se vuelven necesaria e implacablemente contra él. Su corazón experimentará un vacío más profundo, que le atormentará inexorablemente. ¡Cual hambre devoradora que nada podrá saciar! Recordará los días, las horas, los años de fervor, que le hicieron pregustar el cielo. ¡Qué contraste! ¡Qué desgarrarse el alma! Dirá: ¡Oh hermoso Paraíso que creía seguro, te has perdido para mí! Experimentará más vergüenza que los demás condenados, por su perversidad y condenación, y no podrá ocultar con embustes y sacrilegios su caída. Su doblez y bajeza aparecerán bajo una luz irrefragable. Se sentirá rebelado contra Dios con un odio más terrible que los demás condenados, porque el corazón más inclinado al amor es también más capaz de odio, no siendo éste otra cosa que un amor contrariado, convertido en aversión. Y este odio se traducirá en blasfemias contra todo lo que habrá amado más.”

El odio al prójimo.

   A todo cuanto de horroroso hemos dicho acerca del condenado en relación con Dios se añade, en su alma, el odio al prójimo. Mientras los bienaventurados se aman unos a otros como hijos de Dios, los condenados se odian mutuamente con un odio que les aísla y separa cruelmente. En el infierno no hay ya amor. Cada uno querría, por envidia, que todos los hombres y todos los ángeles estuviesen condenados S. Tomás, Suppl., q. 93, a. 4., pero envidian menos a los elegidos que les estuvieron unidos con los lazos de la sangre.

   Eternamente descontentos de todo y de sí mismos, los réprobos querrían no existir; no ya porque deseasen la pérdida de la existencia por sí misma, sino para dejar de sufrir. En este sentido dice Jesús a Judas: «Mejor le era no haber nacido» (Math., XXVI, 24).

   El pecador obstinado comprende su inmensa desgracia, pero no excita la piedad, porque no tiene ningún deseo de redención; su corazón está lleno de una indecible cólera que se traduce en blasfemias: “Dentibus suis fremet et tabescet, desiderium peccatum peribit” (Salmo LXI). Rechina los dientes y brama de horror, todos sus deseos están heridos de muerte. La tradición les aplica esta sentencia del salmo (Ps., LXXIII, 23): “Superbia eorurn qui te oderunt, ascendit Semper”: su orgullo, sin hacerse más intenso, produce siempre nuevos efectos. Ha negado el Bien supremo y encuentra el supremo dolor; le ha negado libremente y para siempre, y ha encontrado la desdicha y la desesperación sin tregua. Es justo.

   Sin duda que el castigo tiene diversos grados, según la importancia de los pecados cometidos, pero de todos los condenados hay que decir: “Es terrible caer en las manos de Dios vivo”, cuyo amor se ha despreciado (Hebr., X, 31). San Agustín dice a este propósito: el condenado no vive, no está muerto, muere sin tregua, ya que está alejado para siempre de Dios, autor de la vida.

   Santo Tomás dice también que los condenados están colmados de miseria: ad summum malorum pervenerunt, allí donde ni siquiera es posible desmerecer, porque se está entonces más allá del mérito y del demérito. Al modo como los bienaventurados, aunque libres, no pueden ya merecer, los condenados, aun libres, no pueden ya desmerecer: no son ya peregrinos hacia la eternidad feliz; la han perdido por su culpa.
   Semejante estado es un abismo dé miseria, aun considerando únicamente la pena de daño, que es la principal; abismo de miseria inenarrable lo mismo que la gloria cuya privación es: miseria tanto más grande cuanto grande es la posesión de Dios eternamente perdido.

   Este estado muestra también, por contraste, y en un grado abisal, el valor inmenso de la vida eterna o de la visión beatífica y de todos los bienes que de ella dimanan. Para apreciar todo lo que han perdido los condenados, sería preciso haber obtenido lo que ellos no han obtenido: la visión inmediata de la esencia divina. Haría falta haber poseído a Dios y haberlo amado con la plenitud y el gozo sin tasa que sólo se dan en el cielo. Del mismo modo, sólo conocen bien la desgracia que es perder la fe los que poseen una fe viva, firme, inconmovible, y por la que se sienten sostenidos en medio de las mayores dificultades.



“LA VIDA ETERNA Y LA PROFUNDIDAD DEL ALMA”
R. Garrigou-Lagrange O.P.

El Infierno (Parte IV-a)



Naturaleza de la pena de daño y sus grandes lecciones

   ¿Cuáles son las grandes lecciones que se derivan del dogma del infierno?

   El nos alumbra la grandeza y la profundidad del alma; la distinción absoluta entre el bien y el mal, contra todas las mentiras inventadas para suprimirla; y por contraste nos muestra el valor, la dulzura de la conversión y de nuestra eterna bienaventuranza.

   La palabra daño (del latín damnum, pérdida, desgracia y, por consiguiente, sufrimiento, pena) significa, en el lenguaje teológico, la pena esencial y principal debida al pecado sin arrepentimiento. La pena de daño se distingue de la de sentido, en que es la privación de la posesión de Dios, mientras que la de sentido es el efecto de una acción aflictiva de Dios; la primera corresponde a la culpa en cuanto por ella el pecador se aleja de Dios, mientras que la segunda corresponde a la culpa en cuanto que por ella el pecador se vuelve hacia las criaturas, para colocar en ellas su último fin. Cf. S. Tomás, I, II, q. 87, a. 4; Suppl., q. 97, a. 2; q. 98 íntegra; q. 99, a l ; Cfr. D. T. C., art. Enfer y Dam.

   No consideramos aquí la pena de daño para los niños muertos sin Bautismo con sólo el pecado original; ésos no advierten la privación de la visión beatífica, al ignorar que estaban sobrenaturalmente destinados a la posesión inmediata de Dios. Hablamos de la pena de daño consciente y sentida, tal como es infligida a los adultos, condenados por un pecado personal no retractado por el arrepentimiento.

Existencia y naturaleza del daño

   Consiste esencialmente en la privación de la visión beatífica y de todos los bienes que de ella se derivan. El hombre, sobrenaturalmente destinado a ver a Dios cara a cara, a poseerlo eternamente, al alejarse de Dios por un pecado mortal de que no se ha arrepentido, ha perdido el derecho a la visión beatífica, y permanecerá eternamente separado de Dios, no solamente como fin último sobrenatural, sino como fin último natural, ya que todo pecado mortal es, al menos indirectamente, contra la ley natural, que nos obliga a obedecer todo mandato divino, cualquiera que sea.

   La pena del condenado comporta, por consiguiente, la privación de los bienes que derivan de la visión beatífica; la privación de la caridad, del amor de Dios, del amor inamisible, del gozo sin medida, de la compañía de Cristo, de la Virgen Santísima, de los Ángeles y de los Santos, privación del amor de las almas en Dios, de todas las virtudes y de los siete dones que subsisten en el Cielo.

   La Iglesia, en el Concilio de Florencia (Denz., 693), enseña claramente que mientras los bienaventurados gozan de la visión inmediata de la esencia divina, los condenados se ven privados de ella.

   La Sagrada Escritura afirma también explícitamente la misma verdad, y de modo especial cuando trata del Juicio Universal (Cf. Math., XXV, 41): “Alejaos de mí, malditos; id al fuego eterno, que fué preparado para el diablo y para sus ángeles.” (Cf. Ps., VI, 9; Math., VII, 23; Luc. XIII, 27.)

   A las vírgenes necias se les dice también en la parábola relativa a ellas (Math., XXV, 12): “En verdad os digo que no os conozco.” Estas palabras expresan la eterna separación de Dios y la privación de todos los bienes que acompañan su presencia. Del mismo modo, los improperios dirigidos en San Mateo (XXIII, 14, 15, 25, 29) a los escribas y a los fariseos hipócritas; Jesús los llama “raza de víboras” y los amenaza con la Gehenna, en que el pecador obstinado está eternamente apartado de Dios.

   La razón teológica explica—ya lo hemos visto—estas afirmaciones de la Escritura por la naturaleza misma del pecado mortal seguido de la impenitencia final. El hombre que muere en este estado se ha separado definitivamente de Dios; ahora bien: después de la muerte, un pecado semejante ya no es removido; el alma del pecador, que se ha obstinado libre y definitivamente, se ve, por consiguiente, eternamente separada de Dios. Y esto deriva de la misma definición del pecado mortal: negación voluntaria, libre y obstinada del Bien soberano, que contiene en sí, en grado eminente, todos los demás bienes. Dios lo castiga justamente con la pérdida de todos los bienes, de donde dimana el supremo dolor.

Rigor de esta pena


   El rigor de la pena de daño proviene de las consecuencias de la impenitencia final: del vacío inmenso que jamás será colmado, de la contradicción interior, fruto del odio de Dios; de la desesperación, del perpetuo remordimiento sin arrepentimiento de ninguna clase, del odio del prójimo, de la envidia que halla su expresión en la blasfemia.

El vacío inmenso que jamás será colmado.

   El sufrimiento producido por la privación eterna de Dios no puede concebirse sino muy difícilmente en esta tierra. ¿Por qué? Porque el alma no ha adquirido aún conciencia de su propia desmesurada profundidad, que sólo Dios puede colmar y atraer a sí irresistiblemente. Los bienes sensibles nos enredan hasta hacernos sus esclavos; las satisfacciones de la concupiscencia y del orgullo nos impiden comprender prácticamente que sólo Dios es nuestro último Fin, que sólo Él es el Bien soberano. La inclinación que nos arrastra hacia Él, como hacia la Verdad, la Bondad, la Belleza supremas, es, a menudo, contrarrestada e impulsada en sentido opuesto por la atracción de las cosas inferiores. Y, además, no hemos alcanzado aún la hora feliz en que poseeremos a Dios; todavía no hemos entrado en el orden radical de nuestra vida espiritual alimentada por El; aun no experimentamos aquella hambre que exige el único pan que puede saciar las almas. Pero cuando el alma está separada del cuerpo, pierde de golpe todos los bienes inferiores que le impedían adquirir conciencia de su propia espiritualidad y de su propio destino. Entonces se ve a sí misma como el ángel se ve a sí mismo: sustancia espiritual y, por consiguiente, incorruptible, inmortal. Ve que su inteligencia estaba hecha para la verdad, sobre todo para la Verdad suprema: que su voluntad estaba hecha para amar y querer el bien, sobre todo el Bien soberano, que es Dios, fuente de toda felicidad y fundamento supremo de todo deber. El alma obstinada adquiere entonces conciencia de su desmesurada profundidad, que sólo Dios, visto cara a cara, puede colmar, y, al mismo tiempo, ve que este vacío no se verá jamás colmado.

   El Padre Monsabré (Conferencias de Nuestra Señora, 1889, 99.a conf) expresa vigorosamente esta terrible verdad, diciendo: “El réprobo, al llegar al término de su viaje terreno, debería descansar y gozarse en la armoniosa plenitud de su ser: la perfección. Pero se ha separado de Dios para fijarse en las criaturas; ha rehusado el Bien supremo hasta el último instante de su prueba. El Bien supremo le dice entonces: “Vete”, en el momento mismo en que el réprobo se abalanza a aferrarlo, al haber perdido todo otro bien. Y se va entonces lejos de la Luz, lejos del Amor infinito..., lejos del Padre..., del Esposo divino de las almas... El pecador ha negado todo esto; está en la noche, en el destierro, en el vacío: repudiado, rechazado, maldito. Es justo.”


“LA VIDA ETERNA Y LA PROFUNDIDAD DEL ALMA”


R. Garrigou-Lagrange O.P.

El Infierno (Parte III)



La eternidad de las penas no se opone a ninguna perfección divina

   Se ha objetado con frecuencia que la eternidad de los castigos divinos se opone a la perfección de la justicia divina, porque la pena debe ser proporcional a la culpa; ahora bien: hay culpas a menudo que han durado un solo momento; ¿cómo podrían merecer, pues, una pena eterna? Es más: todas las penas por los pecados más diversos serían iguales, al ser eternas todas. Por último, el dolor de la pena sería mucho mayor que la alegría provocada al pecar.

   Santo Tomás responde (Suppl., q. 99, a. 1, ad. 1): “La pena debe ser proporcionada no a la duración del pecado actual, sino a su gravedad.” Así, según la justicia humana, el asesinato, que dura pocos minutos, es castigado con muerte o con cadena perpetua. Del mismo modo, el que, en un instante traiciona a su patria, merece ser desterrado para siempre. Ahora bien: hemos visto que el pecado mortal, como ofensa a Dios, tiene una gravedad sin medida; es más: aun en el momento en que el pecado actual ha cesado, el pecado habitual permanece como desorden habitual irreparable y merece una pena sin fin. Cf. S. Tomás, I, II, q. 87, a. 3, 5, 6, respuestas a las objeciones.

   Falta, por lo demás, destacar una gran desigualdad en el rigor de las penas eternas: iguales en la duración, son muy desiguales por su aspereza, proporcionada a la gravedad de las culpas a expiar (Caso del purgatorio).

   Por fin, si las penas del infierno causan más sufrimientos que alegrías ha causado el pecado mortal, sin embargo no son más dolorosas que grave ha sido el pecado mortal como ofensa a Dios, al ser esta gravedad sin medida. El principio sigue siendo el mismo: la pena es proporcionada a la gravedad de la culpa, no al placer más o menos grande que en ella se haya podido encontrar.

   Algunos han sostenido que si la Revelación, tal como ha sido interpretada por la Iglesia, es verdadera, la Justicia divina debería haber ido más allá, exigiendo más bien el aniquilamiento de los condenados, ya que por su ingratitud han merecido perder el beneficio de la existencia.

   Se contesta, en primer lugar, que la Revelación divina, única que puede alumbrarnos en el caso, no dice que los condenados sean aniquilados, sino eternamente castigados. Además, Dios, que por su poder absoluto podría aniquilarlos, conserva las almas espirituales, que por su naturaleza son incorruptibles, y la Revelación anuncia incluso la resurrección general de los cuerpos. Además, si la pena infligida por cada pecado mortal fuese el aniquilamiento, sería igual para todos los pecados mortales, por muy desiguales que ellos fuesen. Por fin, como dice Santo Tomás (Suppl. q. 99, a. 1, ad. 6), “... aun cuando el que peca gravemente contra Dios, autor de la existencia, merezca perder la misma existencia, sin embargo, considerando el desorden más o menos grave de la culpa cometida, lo que es debido a Dios no es ya la pérdida de la existencia, ya que ésta es presupuesta por el mérito y el demérito y no resulta corrompida por el desorden del pecado.”

   Añadamos las admirables palabras del P. Lacordaire (Conferencia 72) Conferencias de Nuestra Señora: “El pecador obstinado quiere su aniquilamiento, porque éste le libera de Dios (justo juez), y le libra para siempre... Dios se vería así obligado a deshacer lo que ha hecho, y lo que ha hecho para que exista siempre... el universo no perecerá, ¿y podrá perecer un alma porque la tal alma no haya querido conocer a Dios?... Las almas vivirán eternamente, obra la más preciosa entre todas las del Creador: podréis Haberlas contaminado, pero no destruirlas, y Dios, imprimiendo en ellas el sello de su justicia, porque vosotros lo habréis absolutamente querido, sabrá hacer de ellas, hasta en su perdición, muestras del orden y heraldos de su gloria.”

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   Los Origenistas han sostenido que la eternidad de las penas se opone a la infinita misericordia, según la cual Dios siempre está dispuesto a perdonar.
   A la objeción responde Santo Tomás (Suppl., q. 99, a. 2): “Dios en sí mismo es de una misericordia sin límites: sin embargo, ésta es regulada por la sabiduría, y de ahí que no se extienda a cuantos se han hecho indignos de ella, es a saber: a los demonios y a los condenados obstinados en su malicia. Puede decirse, no obstante, que la misericordia divina se ejerce incluso para con ellos, no para poner fin a sus penas, sino para castigarlos menos de cuanto merecen, in quantum citra condignum puniuntur.”

   Santo Tomás habla del mismo asunto en la I, II, q. 21, a. 4: “Si la misericordia no se uniese, incluso en el infierno, a la justicia, los pecadores sufrirían aún más.” Pero, como se dice en el salmo XXIV, 10: “Todos los caminos de Dios son misericordia y justicia”; aun cuando en unos se manifieste más la misericordia y en otros más la justicia, los caminos de Dios proceden todos de la Bondad soberana, y la justicia no se ejerce más que en segundo lugar, sólo después de haber sido despreciada la misericordia; y aun entonces ésta interviene no para suprimir la pena, sino para hacerla menos pesada y dolorosa.
   La objeción a la que respondemos supone que el condenado implore misericordia, pida perdón y no pueda obtenerlo. Ahora bien: el condenado no pide jamás perdón, está obstinado en su pecado y juzga siempre según su tendencia al mal; si se le pudiese abrir un camino para retomar a Dios, sería el de la humildad y la obediencia, pero por su orgullo no querrá saber nunca nada de este camino.


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   Pero—insiste el incrédulo—Dios no puede querer la pena por sí misma, porque, siendo un mal, no puede deleitarse en ella; Él no puede quererla más que para corregir al culpable, y por eso la pena infligida por Él no puede ser eterna y debe tener un fin: la misma corrección del condenado. Por fin, lo que no se funda en la naturaleza de las cosas, sino que es accidental, como una pena, no puede ser eterno.

   El Doctor Angélico ha examinado también esta objeción (Suppl., q. 99, a. 1, ad. 3, 4): “Las penas —dice—que son infligidas por la sociedad a los que no son excluidos de ella para siempre, son medicinales y ordenadas a la corrección de los culpables. Pero la pena de muerte y la cadena perpetua no están ordenadas a la corrección del culpable que así es castigado; siguen siendo, sin embargo, medicinales para otros, a quienes el temor a las tales (penas) puede apartar del delito, y garantizan, por consiguiente, la paz a los buenos. Así, la pena eterna de los impíos es útil a los que forman parte de la Iglesia.” En este sentido se ha dicho que el infierno ha salvado muchas almas, es decir, que el temor del infierno ha sido para ellas el principio de la sabiduría S. Tomás, I, II, q. 19, a. 7: “El temor servil es como un principio externo, que prepara a la sabiduría, en cuanto que algunos, por temor al castigo, desisten de pecar... El temor filial, al contrario, es el principio de la sabiduría, como primer efecto de la sabiduría misma.” (Cf. I, II, q. 87, a. 3, ad. 2.)

    Se insiste aun diciendo: Lo que no está fundado en la naturaleza de las cosas, sino que es accidental, como una pena que contradice a la naturaleza, no puede ser eterna. El Santo Doctor responde (Suppl., ibíd., ad. 5): “Aun cuando la pena sea accidental respecto a la naturaleza del alma, no obstante corresponde esencialmente al alma manchada por el pecado mortal no cancelado por el arrepentimiento; y puesto que este pecado dura siempre como desorden habitual, la pena que le corresponde es, también ella, eterna.”

   Además, como dice también Santo Tomás (Suppl., ibíd., ad. 4): “Las penas eternas son útiles para manifestar los derechos imprescriptibles de Dios a ser amado sobre todas las cosas, y para hacer conocer el esplendor de la infinita Justicia. Dios, que es bueno y misericordioso, no se complace en los sufrimientos de los condenados, sino en su infinita Bondad, que merece ser preferida a todo bien creado; y los elegidos contemplan la luz de la suprema Justicia, dando gracias a Dios por haberlos salvado.” Es lo que dice San Pablo en el texto ya citado (Rom., IX, 22): “Si Dios, queriendo mostrar su cólera (justicia vindicativa) y hacer conocer su poder, ha tolerado (o permitido) con gran paciencia, vasos de cólera dispuestos a su perdición, y si ha querido manifestar también las riquezas de su gloria con respecto a los vasos de misericordia, que El anticipadamente preparó para la gloria, ¿dónde está su injusticia?” (Confróntese Santo Tomás, I, q. 23, a. 5, ad. 3).

   Dios ama ante todo su infinita Bondad; ahora bien: siendo ésta esencialmente comunicativa, es el principio de la misericordia; y en cuanto tiene un derecho imprescriptible a ser amada sobre todas las cosas, es el principio de la justicia. En ese sentido escribió Dante sobre la puerta del infierno:

Per me si va nella cittá dolente,
Per me si va nell’eterno dolore,
Per me si va tra la perduta gente.
Giustizia mosse il mió alto Fattore
Fecemi la divina Potestate,
La somma Sapienza e il primo Amore.
“Por mi se va a la ciudad doliente
Por mi se va al eterno dolor
Por mi se va a la perdida gente”
“La justicia movió a mi alto Hacedor:
Soy la obra de la divina potestad,
La suma sabiduría y el primer amor”

   El Padre Lacordaire (Conferencias de Nuestra Señora, 72.a conf. in fine) dice a este propósito: “Si fuese sólo la Justicia la que hubiese cavado el abismo, aun tendría remedio; pero es el Amor quien lo ha cavado; esto es lo que quita toda esperanza. Cuando se es condenado por la Justicia se puede recurrir al Amor; pero cuando se es condenado por el Amor, ¿a quién se recurrirá? Tal es la suerte de los condenados. El Amor, que ha dado por ellos toda su sangre, es el mismo Amor que los maldice. ¡Cómo! ¿Habría venido un Dios aquí abajo por vosotros, habría tomado vuestra naturaleza, hablado vuestra lengua, curado vuestras heridas, resucitado vuestros muertos; habría sido El mismo muerto por vosotros sobre una cruz, para que, después de todo esto, penséis que os es lícito blasfemar y reír, y caminar, sin temor alguno, a desposarse con todas las disoluciones? Oh, no, desengañaos; el amor no es un juego; no se es amado impunemente por un Dios, no se es impunemente amado hasta la muerte. No es la justicia la que carece de misericordia; es el Amor quien os condena. El Amor—lo hemos experimentado en demasía—es la vida o la muerte; y si se trata del amor de Dios, es la vida eterna o la eterna muerte.”

“LA VIDA ETERNA Y LA PROFUNDIDAD DEL ALMA”

R. Garrigou-Lagrange O.P.