San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final

jueves, 15 de agosto de 2013

Catequesis sobre los exorcismos: todo lo que hay que saber


exorcismo de un cura a un negro


El combate del cristiano por el Reino –«venga a nosotros tu Reino», no es tanto contra el mundo y la carne, sino contra los espíritus del mal, contra los demonios. Se inicia ya en el bautismo, que incluye exorcismos, y se prolonga en toda la vida cristiana por la oración –en el mismo Padrenuestro, «líbranos del Maligno»–, los sacramentos, el ejercicio de las virtudes, la evitación del pecado, de la cautividad del mundo –pensamientos y costumbres–, las bendiciones, como el agua bendita, etc. Pero en casos extremos, cuando hay signos suficientes de que el demonio ha logrado un dominio especial sobre un hombre, la Iglesia, fiel al mandato de Cristo, practica los exorcismos. Por medio de ellos el hombre atormentado por el demonio se refugia en Jesús, el Salvador, y en él encuentra una acogida llena de misericordia y de paz.



Esta es una catequesis que ha escrito el padre José María Iraburu que le da suma importancia al los exorcismos, porque según enseña el Catecismo, los tres sacramentales más importantes, son las bendiciones (1671), las consagraciones, que son bendiciones constitutivas (un abad, un altar, etc.) (1672) y los exorcismos (1673).
LA LUCHA CONTRA EL DEMONIO
Los cristianos debemos ser muy conscientes de que nuestra lucha espiritual aún más que contra «mundo y carne», es contra «el demonio», «contra los espíritus malos» (Ef 6,11).
En la vida de Cristo, sobre todo desde el inicio de su vida pública (las tentaciones satánicas del desierto), hasta su muerte (la hora del poder de las tinieblas), muestra el Evangelio claramente que el principal enemigo del Reino, en cada persona y en el mundo, es el demonio. Su impugnación es mucho más poderosa que la de fariseos, Sanedrín, romanos, pecadores, etc., pues es el demonio quien asiste a todos éstos contra Cristo. Y lo mismo se comprueba tanto en la vida y ministerio de los Apóstoles como a lo largo de toda la vida de la Iglesia.
No debemos temer al demonio; es él quien debe temernos a nosotros. El Señor nos mandó: «no se turbe vuestro corazón, ni tengáis miedo» (Jn 14,27). Pero debemos ser bien conscientes de sus continuas asechanzas, resistiéndolas con la oración y la virtud, con el ayuno y la penitencia, con todos los medios que la Iglesia nos ofrece; también con los exorcismos, en casos extremos.
No lo tememos porque sabemos bien que Cristo venció al Demonio y lo sujetó. Ahora es como una fiera encadenada, que no puede dañar al cristiano si éste no se le acerca, poniéndose en ocasión próxima de pecado y pecando. El poder tentador de los demonios está completamente sujeto a la providencia del Señor, que lo emplea para nuestro bien como castigo medicinal (1Cor 5,5; 1Tim 1,20) o como prueba purificadora (2Cor 12,7-10).
El diablo ataca especialmente a los cristianos más santos. El Demonio tienta a los buenos, pues a los pecadores les tienta sobre todo a través de mundo y carne, manteniéndose él oculto; y con eso le basta para perderlos. Pero se ve obligado a hostilizar directamente, a cara descubierta, a los santos, porque son cristianos que ya están muy libres de mundo y de la carne. Eso explica que en todas las vidas de los santos hallamos normalmente directas agresiones diabólicas. La Iglesia supo todo esto desde el principio.
San Juan de la Cruz da la causa:
«Conociendo el demonio esta prosperidad del alma –él, por su gran malicia, envidia todo el bien que en ella ve–, en este tiempo usa de toda su habilidad y ejercita todas sus artes para poder turbar en el alma siquiera una mínima parte de este bien; porque más aprecia él impedir a esta alma un quilate de esta su riqueza que hacer caer a otras muchas en muchos y graves pecados, porque las otras tienen poco o nada que perder, y ésta mucho» (Cántico 16,2).
OBSESIÓN Y POSESIÓN
Los malos cristianos están muy sujetos al mundo, y consiguientemente al diablo, príncipe de este mundo. Y también están esclavos de su propia condición carnal a través de sus vicios: orgullo, pereza, lujuria, avidez de prestigio, placeres y riquezas, etc.
Los pecadores, alejados de oración y sacramentos, de ascética y de la misma Iglesia, entregados a pecados habituales, y más aún si participan del mundo esotérico del espiritismo, el ocultismo, la magia, la adivinación, el satanismo y tantas otras prácticas perversas antiguas y modernas, son presas seguras del demonio.
Ahora bien, muchas veces el demonio prefiere que su dominio sobre el pecador, aun siendo muy profundo, no se manifieste abiertamente, ni sea consciente en sus cautivos, sino que éstos se crean libres. Otras veces, sin embargo, humilla y ataca a los pecadores en modos terribles, en agresiones que pueden revestir una gran diversidad de formas y grados:
–En el asedio, también llamado obsesión, el demonio actúa sobre el hombre desde fuera. Se dice interno cuando afecta a las potencias espirituales, sobre todo a las inferiores: violentas inclinaciones malas, repugnancias insuperables, angustias, pulsiones agresivas, suicidas, etc. Y se dice externocuando afecta a cualquiera de los sentidos externos, induciendo impresiones sensibles muy realistas en vista, oído, olfato, gusto, tacto, las cuales, aun siendo totalmente falsas, se experimentan como si fueran verdaderas.
–En la posesión el demonio entra en la víctima y la mueve despóticamente desde dentro. Pero adviértase que aunque el diablo haya invadido el cuerpo de un hombre, y obre en él como en propiedad suya, no puede influir en la persona como principio intrínseco de sus acciones y movimientos, sino por un dominio violento, que es ajeno a la sustancia del acto. La posesión diabólica, consecuentemente, afecta al cuerpo, pero el alma no es invadida, conserva la libertad y, si se mantiene unida a Dios, puede incluso estar en gracia durante la misma posesión (cf. Juan Pablo II, 13-8-1986). Lo mismo puede suceder, a fortiori, en quienes se ven acosados por asedios diabólicos, a veces muy fuertes y duraderos.
En casos extremos, el medio apropiado de la lucha espiritual contra el demonio son los exorcismos. Como recordaremos, fueron ejercitados con frecuencia por Cristo Salvador, y él envió a los Apóstoles como evangelizadores y como exorcistas, con especiales poderes espirituales para expulsar a los demonios. Los exorcismos, por tanto, son sacramentales quedeben ser aplicados a aquellos hombres que sufren especialmente los ataques del diablo (Catecismo 1673).
CRISTO ES UN EXORCISTA POTENTÍSIMO
En los Evangelios, una y otra vez, Jesús se manifiesta como predicador del Reino, como taumaturgo, sanador de enfermos sobre todo, y como exorcista. No conoce a Cristo quien no lo reconoce como exorcista. Es decir, quien no cree en Jesús como exorcista no cree en el Evangelio. La Iglesia cree con una fe cierta en los exorcismos realizados por Cristo, fundamentándose en los relatos evangélicos de la expulsión de demonios, que por cierto pertenecen al fondo más antiguo de la tradición sinóptica.
Los Evangelios testifican reiteradas veces que la expulsión de demonios era una parte habitual del ministerio de Cristo, claramente diferenciado de la sanación de enfermos (Mc 1,25; 5,8; 7,29; 9,25). «Al anochecer, le llevaban todos los enfermos y endemoniados, y toda la ciudad se agolpaba a la puerta. Jesús sanó a muchos pacientes de diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios» (Mc 1,32; cf. Lc 13,32). Se trata, ciertamente, de dos acciones distintas.
Las curaciones, sin apenas diálogo, las realiza Jesús con suavidad y gestos compasivos, como tomar de la mano; los exorcismos en cambio suelen ser con diálogo, y siempre violentos, duros, imperativos. Una «aproximación histórica» a la figura de Jesús, que venga a asimilar los exorcismos a las sanaciones, declara en forma indudable que falta la fe en la historicidad de los Evangelios.
El Evangelio refiere numerosos exorcismos de Jesús, y podemos observar que algunos, referidos con más detalle, se dan hoy en los posesos con los mismos rasgos violentos y terribles: aullidos aterrorizadores, fuerza física sobrehumana del poseído, ejercitada en ocasiones contra sí mismo…
«Llegaron a la región de los gerasenos, y en cuanto salió de la barca vino a su encuentro, saliendo de entre los sepulcros, un hombre poseído de un espíritu impuro, que tenía su morada en los sepulcros, y ni aun con cadenas podía nadie sujetarle, pues muchas veces le habían puesto grillos y cadenas, y los había roto. Continuamente, noche y día, iba entre los monumentos y por los montes aullando ehiriéndose con piedras».
Siente el poseso horror al Salvador y a todos los signos sagrados que lo re-presentan: «por Dios te conjuro que no me atormentes». Actuó Jesús sobre él, con su poder divino compasivo, liberándole totalmente del Maligno. Y al correr la noticia, acudió la gente, y «contemplaban al endemoniado sentado, vestido y en su sano juicio» (Mc 5,1-20). No pocos exorcistas actuales han tenido experiencias muy semejantes, aunque la eficacia de su acción sacramental liberadora no haya sido tan rápida y efectiva como la del Salvador.
TAMBIÉN LOS APÓSTOLES SON EXORCISTAS
Cristo, al enviarlos, los potencia especialmente para serlo:
«les dió poder sobre todos los demonios y para curar enfermedades» (Lc 9,1). Jesús profetiza: «en mi nombre expulsarán los demonios, hablarán lenguas nuevas, pondrán sus manos sobre los enfermos y los curarán» (Mc 16,17-18).
Y los Apóstoles, fieles al mandato del Señor, ejercitaron frecuentemente los exorcismos, como lo había hecho Cristo:
«Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre» (Lc 10,17). «Dios hacía milagros extraordinarios por medio de Pablo, hasta el punto de que con solo aplicar a los enfermos los pañuelos o cualquier otra prenda de Pablo, se curaban las enfermedades y salían los espíritus malignos» (Hch 19,11-12).
ESE MISMO COMBATE CON EL MALIGNO LO COMPROBAMOS EN LA VIDA DE LOS SANTOS
San Pedro apóstol (+67), primer Obispo de Roma, alerta a la comunidad cristiana, para que conozca en la fe desde el principio cuál va a ser realmente su combate.
«Estad vigilantes. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que vuestra comunidad fraternal en el mundo entero está pasando por los mismos sufrimientos» (1Pe 5,8-9).
San Ignacio de Antioquía (+107) integra en su vida espiritual cristiana la lucha contra el demonio en una continuidad perfecta con el Evangelio. Así se ve frecuentemente en sus escritos:
«Sólo hemos de esforzarnos en imitar al Señor, a fin de que no se vea entre vosotros huella alguna del diablo, sino que en toda castidad y templanza permanezcáis en Jesucristo corporal y espiritualmente» (Efesios X,3). «El que honra al obispo, es honrado por Dios. El que a ocultas del obispo hace algo, rinde culto al diablo» (Esmirniotas IX,1). «Por el amor que os tengo, hago de centinela vuestro, previendo y señalando las asechanzas del diablo» (Tralianos VIII,1). No impidáis mi martirio: «fuego y cruz, manadas de fieras, quebrantamiento de mis huesos, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo, vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo» (Romanos V,3).
San Antonio Abad (+356) es conocido por nosotros a través de la Vida de Antonio escrita por el gran doctor de la Iglesia San Atanasio (+373), que pudo conocerla muy bien, al ser amigo de los monjes egipcios, con los que convivió durante alguno de sus exilios. Este libro tuvo gran importancia en la configuración primera de la espiritualidad monástica, que se atenía con inmensa reverencia a Antonio y a Atanasio. En la Vita Antonii queda muy claro que el combate por la perfección evangélica se libra no tanto contra el mundo y la carne, sino que es sobre todo una lucha a muerte contra el demonio.
Ya al inicio mismo de su vocación, Antonio se vió hostigado duramente por el diablo, empeñado en frustrarla (5-6):
«éste fue el primer combate de Antonio contra el diablo, o mejor, el éxito del Salvador, que realizó esto en Antonio» (7,1).
Adentrándose al poco tiempo cada vez más en las soledades del desierto, se recogió en unos sepulcros abandonados muy lejos de la ciudad.
«Pero el enemigo no pudiendo soportar esto y temiendo que Antonio poco a poco convirtiera el desierto en la ciudad de la ascesis, se acercó una noche con una multitud de demoniois y le dieron tal paliza que, a causa de los dolores, cayó a tierra sin voz» (8,1).
«No pudiendo permanecer en pie por los golpes recibidos de los demonios, oraba postrado y tras la oración decía: “Aquí estoy, soy Antonio. No huyo de vuestros golpes. Aunque me golpeéis más, nada me separará del amor de Cristo”» (9,2).
Siguieron produciéndose las terribles impugnaciones diabólicas, de tal modo que cuando algunos le visitaban se quedaban aterrorizados al escuchar desde fuera los ruidos, golpes y gritos. Pero Antonio les decía:
«Los demonios provocan tales visiones contra los temerosos. Vosotros haced la señal de la cruz, y marchad confiados. Dejad que ser burlen de sí mismos» (13,4-5).
Nuevas luchas contra los demonios hubo de librar en su última ancianidad, venciendo siempre afirmándose en el Salvador: «marcháos inmediatamente, pues yo soy siervo de Cristo» (52,4; cf. 51-53).
Antonio llegó a vencer al demonio en forma tan absoluta, que expulsaba demonios de los posesos con irresistible eficacia. En muchos casos su potencia exorcista se mostraba irresistible, y siempre con efectos perdurables:
por ejemplo, una joven (48,1-3); un joven terriblemente humillado por el diablo, que le hacía comer sus propios excrementos (64,1-5); una endemoniada llevada a él por su madre: «hombre de Dios, mi hija es terriblemente atormentada por el demonio» (71,1-3).
Por otra parte, el libro Vida de Antonio dedica varios capítulos a exponer las líneas ascéticas fundamentales de la lucha contra el demonio (21-43): oración, ayuno, fortaleza en Cristo, no temer, llegar a ser temible para el diablo, etc. Es un breve código ascético anti-diabólico que hasta hoy mantiene toda su vigencia. Los historiadores del monacato primitivo hacen notar que, una vez que innumerables monjes se apoderaron espiritualmente del desierto, disminuyeron muy notablemente las hostigaciones del diablo.
San Francisco de Asís (+1226), según refieren las crónicas primeras hagiográficas, en varias ocasiones mostró su poder en Cristo sobre los demonios, como en éstas que recuerdo aquí:
Vino el santo a la ciudad de Castello,
«acudieron muchos ciudadanos, trayéndole una mujer largo tiempo endemoniada, y le rogaban humildemente que la remediase, porque alborotaba toda la comarca, ya con aullidos dolorosos, ya con crujidos crueles, ya con ladridos de perro. San Francisco se puso en oración, y luego hizo sobre ella la señal de la cruz, mandó al demonio que la dejara, e inmediatamente quedó sana de cuerpo y mente» (Florecillas, p.II, consideración IV).
«Llegó a la ciudad de Arezzo, devorada toda por lucha intestina, que amenazaba próxima catástrofe. Cobijado el hombre de Dios en una choza de las afueras de la ciudad, vió sobre el circuito de la misma a los demonios, que daban muestras de gran contento mientras azuzaban a sus habitantes a la lucha unos contra otros».
Compadecido Francisco, envió a Fray Silvestro a que fuese a la puerta de la ciudad y expulsara a todos los demonios.
«Se apresuró la piadosa sencillez a cumplir la obediencia, y alabando la presencia de Dios, gritó fuertemente ante la puerta: “De parte de Dios, y por mandato de nuestro Padre Francisco, marcháos, demonios todos, lejos de aquí”. Poco después se pacificó la ciudad y con gran tolerancia guardáronse mutuamente los derechos de la ciudadanía».
Predicándoles después Francisco les dijo:
«Dirijo la palabra a vosotros, no ha mucho cautivos del diablo y presos de los demonios, pero a quienes veo ahora libres de los mismos, por las súplicas de cierto pobrecillo» (Tomás de Celano, Vida segunda p.II, 108).
Santo Domingo de Guzmán (+1221), entendía bien que el combate principal de los cristianos, y muy especialmente de aquellos que más procuran la perfección evangélica, es contra el demonio. Traigo sólo un ejemplo.
«Estando en España, en el pueblo llamado Guadalajara, tentó el demonio a algunos de los frailes que le acompañaban para que se alejasen del bienaventurado varón; y ello no se ocultó al santo varón Domingo antes de que se realizase […] y lleno del espíritu de Dios, comprendió que era inminente sobre los frailes el grave trance de una tentación diabólica, y les refirió la terribe visión [que había tenido], exhortándolos a que resistieran valientemente al tentador, que no se apodera de nadie si no se le entrega uno espontáneamente. Poco tiempo después, a excepción de tres frailes, los otros «se apartaron de él por persuasión diabólica […] Y el Padre santo no se indignó contra aquellos que le habían abandonado, sino que, movido a compasión, recurrió al punto al refugio de la oración; y aquellos que no había podido retener con amonestacines, los recobró con súplicas, porque poco después, como por instinto de la divina gracia, volvieron a él casi todos» (Pedro Ferrando, O.P. +1254?: Leyenda de Santo Domingo cp. XXIX).
San Vicente Ferrer (+1419), dominico, uno de los más grandes predicadores de la historia de la Iglesia, obró en vida muchos milagros, y con gran frecuencia manifestó el poder de Cristo en sus exorcismos.
«Para más autorizar la palabra de Dios, tenía por costumbre, acabado el sermón, a lanzar los demonios de los hombres endemoniados que le traían, para lo cual tuvo especial gracia, gratis data» (Justiniano Antist, O.P., Vida de S. Vicente Ferrer, p.I, c.6).
San Ignacio de Loyola (+1556) era sumamente consciente de que los grandes combates ascéticos y apostólicos en favor del Reino de Cristo se daban no tanto contra la carne y la sangre, sino contra los espíritus malignos, los demonios, contra el Príncipe de este mundo. Y en sus escritos hace referencia al diablo con gran frecuencia, expresando así su íntima y continua convicción. Multiplica los avisos, ayuda a reconocer la acción del demonio, describe minuciosamente cuáles son sus tácticas y sus engaños, señala los modos más eficaces para combatirle, etc. En sus escritos son cientos estas observaciones experimentales y enseñanzas doctrinales y espirituales, como para reunirlas en un libro de doscientas páginas.
El texto donde quizá mejor sintentiza su doctrina es el que hallamos en los Ejercicios espirituales (136-143), en la meditación de las dos banderas. Describe allí el campamento de Cristo en toda su grandeza, poder y belleza. A él contrapone el «otro campo en región de Babilonia, donde el Caudillo de los enemigos es Lucifer». Y enseña cómo el Enemigo
«hace llamamiento de innumerables demonios y cómo los esparce a lo unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el mundo, no dejando provincias, lugares, estados ni personas algunas en particular».
Santa Teresa de Jesús (+1582), con la oración, la cruz y el agua bendita, libró grandes batallas contra los demonios, que se le representaban a veces con horribles formas. Al principio se asustaba, pero pronto se afirmó en la fe de que los cristianos somos reyes en Cristo, y participamos de su señorío sobre toda criatura, también sobre los demonios.
«Si este Señor es poderoso, como veo que lo es y sé que lo es y que son sus esclavos los demonios –y de esto no hay que dudar, pues es de fe–, siendo yo sierva de este Señor y Rey ¿qué mal me pueden ellos hacer a mí?, ¿por qué no he de tener yo fortaleza para combatir contra todo el infierno? Tomaba una cruz en la mano y parecía darme Dios ánimo, que yo me veía otra en un breve tiempo, que no temiera meterme con ellos a brazos, que me parecía que con aquella cruz fácilmente los venciera a todos. Y así dije: “venid ahora todos, que siendo sierva del Señor quiero yo ver qué me podéis hacer”».
Y en esta actitud desafiante, concluye:
«No hay duda de que me parecía que me tenían miedo, porque yo quedé sosegada y tan sin temor de todos ellos que se me quitaron todos los miedos que solía tener hasta hoy; porque, aunque algunas veces les veía, no les he tenido más casimiedo, antes me parecía que ellos me lo tenían a mí. Me quedó un señorío contra ellos, bien dado por el Señor de todos, que no se me da más de ellos que de moscas. Me parecen tan cobardes que, en viendo que los tienen en poco, no les queda fuerza» (Vida 25,20-21).
Santa Teresa conoció bien la fuerza del agua bendita ante los demonios:
«no hay cosa con que huyan más para no volver; de la cruz también huyen, mas vuelven. Debe ser grande la virtud del agua bendita; para mí es particular y muy conocida consolación que siente mi alma cuando la tomo». Y añade algo muy propio de ella: «considero yo qué gran cosa es todo lo que está ordenado por la Iglesia» (ib. 31,4; cf. 31,1-11).
San Antonio María Claret (+1870), fundador de los Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de María (claretianos), como otros grandes predicadores populares, manifestó el poder divino de Cristo Salvador no solamente con la palabra, sino también con los actos de exorcismo. Él mismo refiere en su Autobiografía la fórmula de exorcismo que empleaba:
«Satanás con todos tus secuaces: como Ministro que soy, aunque indigno, de Jesucristo y de María Santísima, te mando que te marches de aquí y te vayas a tu lugar. Te lo mando en nombre del Padre +, que nos ha criado, en nombre del Hijo +, que nos ha redimido de tu tiranía, y en nombre del Espíritu Santo +, que nos ha consolado y santificado. Amén.»
«Te lo mando también en nombre de María Santísima, Virgen y Madre de Dios vivo +, que te ha machacado la cabeza.»
«Vete, Satanás; vete, soberbio y envidioso; nunca jamás impidas la conversión y salvación de las almas» (n. 273).
Sin embargo, en el capítulo IX de ese mismo libro trata De la curación de energúmenos y de las muchas ficciones que hay entre los que se dicen posesos (183-191). Al describir sus primeras misiones en Cataluña, se muestra muy reticente ante las posesiones diabólicas muchas veces falsas, haciendo notar también, por otra parte, que su condición de misionero itinerante era difícilmente compatible con el servicio de exorcista, que suele exigir largo tiempo y dedicación.
«Viendo yo que muchísimos [de los que se presentaban o le eran llevados como posesos] no tenían tales demonios y, por otra parte, al ver que me hacían perder mucho tiempo, que lo necesitaba para oír confesiones de los que se habían convertido por la predicación, me dije: “Más necesario es que saques los demonios de las almas que están en pecado mortal que no de los cuerpos, si es que éstos los tienen”» (n. 184).
San Juan María Vianney (+1859), en un descuido, se le escapó una confidencia al responder a un feligrés muy amigo que le preguntó cuántos conversiones habría más o menos cada año en la parroquia. «Más de setecientas», le respondió. ¡Dos conversiones al día, y de «peces gordos», como él decía! ¡Y conversiones que perduraban!… Se comprende que los demonios odiaban indeciblemente a aquel hombre que, con la fuerza del Salvador, les arrancaba tantos hombres cautivos tanto en el confesonario como también por los exorcismos, mostrando en ambos ministerios una potencia espiritual irresistible (A. Trochu, El Cura de Ars, p.I, cp. XI).
El Santo Cura apenas dormía, y en ese poco tiempo reservado al descanso, durante unos treinta y cinco años (1824-1858), sufrió con gran frecuencia los furiosos ataques de los demonios: horas de insomnio y de espantosos combates, aullidos, golpes en el cuerpo, muebles volcados o rotos, portazos, ruidos atronadores, insultos… El escándalo nocturno que causaban los diablos en la residencia del Cura ocasionaron que algún feligrés de buena voluntad se ofreciera a pasar la noche en la casa. Pero pronto, aterrorizado, suspendió la experiencia, para no volver nunca más. No describo estos ataques porque los que se dieron contra el santo Padre Pío eran muy semejantes, como en seguida veremos. El santo Cura, según dejó escrito un sacerdote amigo suyo, una vez le dijo:
«Uno se habitúa a todo, amigo. El diablo y yo somos casi compañeros».
«Conforme envejecía el Cura de Ars, las obsesiones diabólicas iban disminuyendo en número y en intensidad. El espíritu del mal, que no pudo desalentar aquella alma heroica, acabó por desalentarse él mismo. Poco a poco fue dejando la lucha, o mejor dicho, Dios quiso que una existencia tan hermosa, tan pura, aparentemente tan tranquila, pero en el fondo tan afligida, se extinguuiese en medio de una profunda paz» (ib.).
El santo Padre Pío de Pietrelcina (+1968), durante muchos años, estuvo encerrado incontables horas cada día en el confesonario, a semejanza del Cura de Ars. Y por haber liberado de la cautividad del Maligno con la fuerza del Salvador a innumerables penitentes, era muy especialmente odiado y combatido por los demonios. A los sufrimientos que padecía el P. Pío causados por su estigmatización, que duró cincuenta años, por la celebración agónica de la santa Misa, por la compasión hacia los pecadores, por las persecuciones contra su persona y sus obras, se añadían normalmnete los ataques de los demonios.
El padre Emilio de Marte contaba que en una ocasión, estando lleno el convento, le pusieron una cama en la misma celda del P. Pío.
«Una noche me desperté presa de enorme sobresalto, debido a un ruido ensordecedor. No sé qué fue lo que ocurrió, porque, aterrorizado, me envolví lo mejor que pude entre las mantas. Oía que sollozaba el padre Pío y que decía: “¡Madonna mía!… ¡Virgen María, ayúdame!”. Oía también carcajadas horribles y ruidos de hierros que se retorcían y que caían por tierra y de cadenas que se arrastraban por el suelo.»
«Recuerdo que a la mañana siguiente, a la luz de la candela, pude ver los hierros que sostenían las cortinas y que rodeaban la cama del padre Pío totalmente retorcidos y extendidos por el suelo, y que el pobre padre Pío tenía un ojo horriblemente hinchado y el rostro también muy golpeado».
Tuvo que venir el herrero y arreglarlo todo. Muchos días más tarde aceptó dar alguna explicación:
«¿Queréis saber por qué el diablo me proporcionó tan soberana paliza aquella noche? Pues por defender, como padre espiritual que soy, a uno de vosotros».
El padre Pío supo que un hijo espiritual estaba sufriendo una tentación muy fuerte, y por la oración del rosario acudió a la Virgen en su ayuda.
«Después que N.N. superó la tentación y se durmió tranquilamente, el peso de la batalla lo debí llevar yo. Fui apaleado terriblemente por el enemigo, pero, al fin, triunfamos rotundamente en la batalla» (Leandro Sáez de Ocariz, Pío de Pietrelcina cp.8).
Hoy son muchos los autores católicos que, haciendo suyo el pensamiento de los protestantes liberales, estiman que las posesiones diabólicas son falsas; son simplemente enfermedades. Pagola, por ejemplo, siguiendo su táctica habitual, afirma primero que Jesús no solamente curaba enfermos, sino que «se acercaba también a los poseídos y los liberaba de los espíritus malignos. Nadie lo pone en duda». Pero añade a continuación, negando lo afirmado:
«En general, [hoy] los exegetas tienden a ver en la “posesión diabólica” una enfermedad. Se trataría de casos de epilepsia, histeria, esquizofrenia o “estados alterados de conciencia” en los que el individuo proyecta de manera dramática hacia un personaje maligno las represiones y conflictos que desgarran su mundo interior. Sin duda es legítimo pensar hoy así, pero lo que vivían aquelloscampesinos de Galilea tiene poco que ver con este modelo de “proyección” de conflictos sobre otro personaje» (Jesús, aproximación histórica, PPC 2007, 4ª ed.: 169, y 10ª ed.: 179).
Jesús «practicó exorcismos liberando de su mal a personas consideradas en aquella cultura como poseídas por espíritus malignos» (ib. 4ª ed.: 474, y 10ª ed.: 502).
LOS EXORCISMOS SEGÚN ENSEÑA EL CATECISMO
Con las bendiciones y consagraciones (1671-1672), los más importantes sacramentales de la Iglesia.
1673 «Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del Maligno y sustraída a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó (cf. Mc 1,25-26; etc.), de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar (cf. Mc 3,15; 6,7.13; 16,17). En forma simple, el exorcismo tiene lugar en la celebración del Bautismo. El exorcismo solemne llamado “el gran exorcismo” sólo puede ser practicado por un sacerdote y con el permiso del obispo. En estos casos es preciso proceder con prudencia, observando estrictamente las reglas establecidas por la Iglesia. El exorcismo intenta expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia. Muy distinto es el caso de las enfermedades, sobre todo psíquicas, cuyo cuidado pertenece a la ciencia médica. Por tanto, es importante, asegurarse, antes de celebrar el exorcismo, de que se trata de un presencia del Maligno y no de una enfermedad (cf. CIC can. 1172)».
CRECIMIENTO DEL DOMINIO DEL MALIGNO
Crece hoy el dominio del diablo en las naciones descristianizadas, y por eso aumenta en ellas la necesidad de los exorcismos. Allí donde el Reino de Cristo disminuye –por la herjía y el pecado, la infidelidad y la apostasía­–, crece necesariamente el poder efectivo del diablo sobre los hombres y las naciones. Esta realidad histórica ya fue discernida en la Iglesia sobre todo a partir del siglo XVIII, cuando se van preparando en las naciones de antigua tradición cristiana armas renovadas al servicio del diablo para su dominio sobre el mundo.
En 1886, León XIII, después, al parecer, de una visión sobrenatural de los poderes de los demonios en el mundo, compuso contra ellos una oración de exorcismo, que había de rezarse, y se rezó, en toda la Iglesia al terminar la Misa: Sancte Michaël Archangele, defende nos in proelio»… Fue integrada esta oración en el Rituale Romanum tradicional de Paulo V (ed. 1954, tit. XII, c.III). Y fue recuperada en el nuevo Ritual de exorcismos (1999), al final del mismo, entre las «Súplicas que pueden ser empleadas privadamente por los fieles en la lucha contra las potestades de las tinieblas».
Los Papas vienen alertando más y más de este mysterium iniquitatis creciente sobre todo en el Occidente apóstata (Pío X, Supremi apostolatus cathedra, 1903, nn. 131-132; Pío XI (Divini Redemptoris 1937, n.22; Pío XII, Nous vous adressons 1950).
Pablo VI denuncia en varias ocasiones que en el mundo actual
«una potencia adversa ha intervenido. Su nombre es el diablo… Nosotros creemos en la acción que Satanás ejerce hoy en el mundo» (29-VI-1972).
 «¿Cuáles son las necesidades más grandes de la Iglesia? Que no os maraville como simplista o incluso supersticiosa o irreal nuestra respuesta: una de las más grandes necesidades de la Iglesia es la defensa contra este mal que llamamos demonio… El Mal no es solamente una deficiencia. Es la acción de un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Realidad terrible, misteriosa y temible» (15-XI-1972).
En el mismo sentido advierte Juan Pablo II que
«las impresionantes palabras del Apóstol Juan, “el mundo entero está bajo el Maligno” (1Jn 5,19) aluden a la presencia de Satanás en la historia de la humanidad, una presencia que se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios» (13-8-1886; cf. 20-8-1886).
Son muchos los signos de la demonización creciente del mundo.
Ateísmo, agnosticismo, irracionalismo, magia, espiritismo, adivinación, cultos esotéricos, satanismo, maleficios, perversión de la filosofía, política destructora del orden natural, guerras, enormes injusticias internacionales, destrucción de la familia, aborto, anticoncepción, divorcio, promiscuidad sexual, pornografía omnipresente, que por vías informáticas llega a todo el mundo, también hasta el rincón de un patio de escuela durante el recreo; celebrities casi siempre escandalosas, predominio creciente de unaintelligentzia anticristiana en política, leyes, universidades y medios de comunicación; orientación anti-Cristo de los grandes Organismos internacionales; idolatría del cuerpo y de las riquezas; falsificación de las identidades nacionales, desprecio de la razón y de la cultura, de la historia y de la tradición, etc.
Todas estas realidades, difícilmente discutibles, hacen ver que gran parte del mundo actual está bajo el dominio de Satanás, sobre todo en los países descristianizados. Por lo demás, el crecimiento de las tinieblas y el apagamiento de la luz son fenómenos absolutamente relacionados. Es, pues, obligado pensar que en la raíz de esa demonización creciente de la humanidad, especialmente en los países apóstatas de la fe cristiana, está el oscurecimiento del Evangelio, el alejamiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo y de su Santa Iglesia –oración, Eucaristía, sacramentos, vida cristiana–.
«¿Existen señales, y cuáles, de la presencia de la acción diabólica? –se pregunta Pablo VI–. Podremos suponer su acción siniestra allí donde la negación de Dios se hace radical, sutil y absurda; donde la mentira se afirma, hipócrita y poderosa, contra la verdad evidente; donde el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel; donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde (1Cor 16,22; 12,3); donde el espíritu del Evangelio es mistificado y desmentido; donde se afirma la desesperación como última palabra» (15-XI-1972)…
Si esto es así, es indudable que en nuestro tiempo se dan claramente las señales de la acción del diablo. Estas señales también en otras épocas se han dado, pero no tanto como en el presente. Ya hemos visto que los últimos Papas no han dudado en atribuir el «lado oscuro» de nuestro tiempo al influjo diabólico.
Disminuye la fe en el diablo, que en muchas Iglesias descristianizadas viene a desaparecer de la predicación y de los escritos de espiritualidad. Poner entre paréntesis el tema del demonio y silenciarlo sistemáticamente se considera como exigencia de un «cristianismo correcto», es decir, moderno, aceptable en el mundo actual, alejado de un Evangelio primitivo, demasiado afectado por las culturas paganas. Quienes hoy niegan al diablo y su acción en el mundo se creen muy inteligentes, capaces de superar un cristianismo necesitado de verificación; pero en realidad, «alardeando de de sabios, se hicieron necios» (Rm 1,22), y no entienden absolutamente nada de cuanto sucede en la Iglesia y el mundo. Están «más perdidos que un perro en Misa».
Pablo VI, cuando se iba generalizando esta herejía, que hoy se mantiene fuerte, dejó claro que
«se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer la existencia [del demonio]; o bien la explica como una pseudo-realidad, una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias» (15-XI-1972).
Disminuyen al mismo tiempo los exorcismos, hasta el punto de que el ministerio de exorcista desaparece en muchas Iglesias descritianizadas. Las mismas Iglesias que toleran en los bautizados la ausencia masiva de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y de la penitencia (90% de los bautizados), toleran también la extinción de los sacramentales, bendiciones y exorcismos. El pueblo cristiano fiel sigue pidiendo a Dios «líbranos del Maligno», pero son muchas las Iglesias locales que no tienen exorcistas, o que si tienen alguno, es a veces alguien que se honra en declarar que no hace exorcismos.
La desaparición de exorcistas y exorcismos se produce justamente cuando más se necesitan. Y no hay en ello contradicción o paradoja alguna. Es perfectamente lógico que se fortalezca y extienda más el poder del demonio allí donde los exorcismos sacramentales no son ejercidos por la Iglesia. Causæ ad invicem sunt causæ. Como he dicho, el pueblo cristiano fiel sigue pidiendo al Padre celestial diariamente «líbranos del Maligno». Y sabemos bien que nuestro Señor Jesucristo, gran exorcista, dió misión y poder a sus apóstoles para expulsar los demonios.
Por eso hemos de considerar como una de las más graves deficiencias de las Iglesias descristianizadas la omisión de los exorcismos, es decir, de las ayudas sacramentales que necesitan aquellos hijos suyos especialmente asediados o poseídos por el diablo. Estos bautizados se ven afligidos por terribles sufrimientos y sujetos a graves peligros espirituales, y no reciben la ayuda sacramental de aquellas Iglesias que se niegan a darles el auxilio poderoso de los exorcismos. Obispos, sacerdotes y diáconos resisten así a la misión apostólica y a la palabra de Cristo: «en mi nombre expulsarán los demonios» (Mc 16,17).
RITUALES DE EXORCISMO
–El Rituale Romanum de exorcismos fue establecido después del Concilio de Trento por Paulo V (1614) partiendo, naturalmente, de formularios precedentes. Siglos más tarde, con leves modificaciones y añadidos, tuvo una reedición autorizada por Pío XI (1925). Y en el pontificado de Pío XII (1952), fue objeto de una nueva edición (Rituale Romanum. Editio typica 1952, Libreria Editrice Vaticana 2008, 970 pgs.). Resumo el contenido del Título XI.
-Capítulo 1, De exorcizandis obsessis a dæmonio. Las 21 observaciones y normas previas que se dan en este inicio proporcionan al exorcista unas orientaciones muy prácticas, llenas de sabiduría y prudencia, que vienen a concentrar en un texto muy breve la experiencia secular de la Iglesia en el ministerio del exorcismo. Merece la pena leerlas (véase el enlace que he indicado, en las páginas 269-270).
-Capítulo 2, da los textos usados por el exorcista (pgs. 271-284). –Se incia el exorcismo por las Letanías y el Padrenuestro: «libera nos a malo». –Salmo 53. –Oración. –Mandato al diablo de decir su nombre. –Prólogo del Evangelio de San Juan, con otros varios Evangelios, y oración. –Exorcismo imperativo, fuerte y solemne, en varias oraciones. –Credo: el Símbolo Atanasiano. –Una docena de Salmos optativos. –Oración «post liberationem».
-Capítulo 3, ofrece un exorcismo que sólo el Obispo puede administrar (pgs. 285-286).
Las fórmulas de los exorcismos tienen la profundidad doctrinal, la claridad y la concisión potente que caracteriza los textos de la Liturgia romana, y han tenido, sobre todo algunas, muchos siglos de práctica en la Iglesia.
Destaco un caso, por ejemplo: –Exigir al diablo que dé su nombre, al decir de los exorcistas experimentados, es una acción muy fuerte y eficaz, y muy resistida por el diablo:
«Præcipio tibi… dicas mihi nomen tuum, diem, et horam exitus tui, cum aliquo signo: et ut mihi Dei ministros licet indigno, prorsus in omnibus obedias». Es una oración imperativa que repite la pregunta-mandato que Cristo hace al endemoniado de Gerasa: «¿Cuál es tu nombre?» (Mc 5,9).
Conocer el nombre del diablo da al exorcista dominio sobre él. Por eso, en las observaciones del capítulo primero, se establece en el n. 15:
«Necessariæ vero interrogationes sunt, ex. gr. de numero etnomine spirituum obsidentium, de tempore quo ingressi sunt, de causa, et aliis hujusmodi».
Para el exorcista es también muy útil conocer cuándo y cuál fue el medio que sirvió al diablo para iniciar su dominio sobre el obseso o poseso; si el satanismo, el espiritismo, el reiki, tal forma de esoterismo, adivinación, maleficio, etc.
–El nuevo Ritual de los Exorcismos es establecido después del Concilio Vaticano II (1999), bajo la autoridad del papa Juan Pablo II. En el comienzo del documento, el Cardenal Jorge Medina, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, advierte en una Notificación providencial y sorprendente –Dios sea bendito– que el Obispo puede solicitar para el exorcista de su diócesis licencia para «emplear el rito hasta ahora usado según el título XII de la edición de 1952 del Ritual Romano». Y adelanta que la Congregación «concede con gusto la facultad pedida».
Describo el contenido del Ritual. El Decreto pertinente y una amplia Presentación oficial del Card. Medina, van seguidos de unos largos Prenotandos, que desarrollan la doctrina y la práctica de los exorcismos (nn. 1-38). A continuación, el texto mismo de los exorcismos (39-84). Termina el Ritual con algunos Apéndices, que entre otras cosas incluyen oraciones ya tradicionales, como Bajo tu amparo, Acordáos, la oración a San Miguel arcángel, de León XIII, etc.
Como puede comprobar el lector con más detalle, consultando el enlace que ya he dado, el rito de exorcismo renovado sigue el orden siguiente. Capítulo I (39-66): Agua bendita, Letanías, Salmos, con sus oraciones correspondientes. Prólogo del Evangelio de San Juan. Imposición de manos. Promesas bautismales y renuncias. Señal de la Cruz. Soplo. Oración de exorcismo, deprecativa primero, imperativa después. Acción de gracias. Conclusión. Capítulo II (67-84): Fórmulas alternativas al rito anteriormente descrito. Apéndices.
El nuevo Ritual de los exorcismos ha recibido serias críticas de los exorcistas, no sólo de los antiguos, acostumbrados al Ritual tradicional, sino también de los que comenzaron su ministerio ya publicado el Ritual nuevo de 1999. El padre Gabriele Amorth, exorcista oficial entonces del Vaticano, inició la crítica.
Señalo las objeciones principales que suelen hacerse al nuevo Ritual de Exorcismos.
–Los maleficios son la causa más frecuente de las posesiones, y el Ritual antiguo ayudaba a combatirlos. Pero el nuevo, en el punto 15 de los Prenotandos, establece que en estos casos «no debe acudirse de modo alguno al exorcismo».
–El exorcista solamente llega a estar cierto de que existe una posesión diabólica cuando, después de los discernimiento previos necesarios, ejercita el exorcismo. Pero el Ritual nuevo, en el punto 16 manda que «debe proceder a celebrar el exorcismo sólo cuando tenga seguridad de la verdadera posesión demoníaca». Los números 15-16, prácticamente, acaban con los exorcismos.
–El Ritual nuevo compone ex novo un buen número de oraciones, menos imperativas y contundentes que las del Rito antiguo. De éste omite otras que venían usándose con gran eficacia desde hacía muchos siglos; algunas procedían de San Ambrosio (+397) o de San Martín de Tours (+397).
–El Ritual antiguo (cp. 1, n.15), como ya vimos, consideraba «necesario» que el exorcista afirmara su dominio sobre el demonio exigiéndole que dijera su nombre, número, modo de entrada en el poseso: «præcipio tibi… dicas mihi nomen tuum», etc. (cp. 2,2). Pero esta oración-acción imperativa se ha eliminado en el Ritual nuevo, lo que, según nos dicen, es una gran pérdida.
–El P. Gabriele Amorth en varias ocasiones ha afirmado que el nuevo Ritual fue elaborado por teólogos o liturgistas que no tenían ninguna experiencia personal del ministerio de los exorcismos, como veremos más extensamente en el Apéndice final.
Los exorcistas actuales pueden usar el Ritual Romano antiguo sin necesidad de pedir licencia para ello. Ya vimos que, desde la promulgación del nuevo Ritual, una Notificación previa, providencialmente introducida por el Card. Medina, Prefecto de la Congregación del Culto, advertía que se concedería «con gusto» la facultad de usar el Ritual antiguo a quien lo solicitara. Este mismo Sr. Cardenal, como ya vimos (222), es quien en un Decreto –no tenido después en cuenta– mandó que en todas las oraciones del nuevo Bendicional se hiciera la señal de la cruz, que había sido omitida en la mayoría de ellas. Dios se lo pague. Esta norma, con el favor de Dios, acabará aplicándose.
Después del Motu Proprio Summorum Pontificum, de Benedicto XVI (2007), la Pontificia Comisión «Ecclesia Dei», presidida por el Card. William Levada, publicó con la aprobación del Papa la Instrucción Universæ Ecclesiæ (2011), para interpretar oficialmente el Motu Proprio anterior. Y en el n. 35 dispone: «Se permite el uso del Rituale Romanum vigente en 1962». Esta decisión de la Santa Sede, en la práctica, deja a un lado el nuevo Ritual de exorcismos, aunque no lo retire. De hecho, según parece, la mayoría actual de los exorcistas sigue usando el Ritual antiguo, tanto los que antes de 1999 venían usándolo, como los más recientes.
Pero téngase en cuenta que también puede ser usado, sin solicitar licencia, el Bendicional contenido en el Rituale Romanum antiguo, a tenor de esa misma Instrucción que acabo de citar. Muchas veces aprovechar esta licencia es altamente aconsejable. El nuevo Bendicional (1984) reconoce que también deben ser bendecidas actividades, cosas y lugares (12-13). Pero muchas veces no cumple este principio. Después de organizar una «celebración» con moniciones, lecturas de la Escritura, salmo y preces, más algún cántico eventual de «la asamblea», el objeto mismo de la bendición queda sin bendecir (?), pues las oraciones bendicen solamente a Dios y a las personas que usen esos objetos y lugares o realicen tal actividad.
El Bendicional del Ritual antiguo, por el contrario, realmente bendice personas, objetos, lugares y actividades. Y lo hace, sin vacilaciones teológicas, con breve y contundente claridad. Por ejemplo:
BENEDICTIO PANIS. –Adiutorium nostrum in nomine Domini. –Qui fecit cælum et terram. –Dominus vobiscum. –Et cum spiritu tuo. –Oremus. Domine Jesu Christe, panis Angelorum, panis vivus æternæ vitæ, bene + dicere dignare panem istum, sicut benedixisti quinque panes in deserto: ut omnes ex eo gustantes, inde corporis et animæ percipiant sanitatem: Qui vivis et regnas in in sæculasæculorum. Amen. (Et aspergatur aqua benedicta).
Fuentes: José María Iraburu sj para ¿Reforma o Apostasía?, Signos de estos Tiempos

lunes, 5 de agosto de 2013

Existencia del infierno



El fraile dominico francés P. Moliné, escribía…, Si se ha hecho casi imposible hablar del infierno a los cristianos, no es porque tienen miedo, sino porque no quieren tener miedo. Ya que no pueden soportar este dogma, porque no tienen confianza. Abrid el evangelio: encontraréis que habla del infierno, unas sesenta veces, veinte veces explícitamente, cuarenta veces indirectamente. Así tenemos que el señor profetizó: “Y dirá a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles”. (Mt 25,42).

“La Iglesia católica viene manteniendo íntegramente, durante veinte siglos, el dogma del terrible  infierno. La Iglesia no puede suprimir un solo dogma, como tampoco puede crear otros nuevos. Cuando el Papa define una verdad como dogma de fe, no crea un nuevo dogma. Simplemente se limita a garantizarnos, con su autoridad infalible, que no puede sufrir el más pequeño error, porque está regida y gobernada por el Espíritu Santo, que esa verdad ha sido revelada por Dios”. Y el Catecismo de la Iglesia católica, en su parágrafo 1033, nos dice: “Este estado de autoexclusión definitivamente de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno”

            En el análisis de la existencia del infierno, nos pasa lo mismo que con el demonio y la no aceptación de la existencia de este. Satanás, aquí también le conviene la ocultación, para facilitar mejor su labor, pero el infierno existe, está ahí y es dogma de fe su existencia para nosotros. Existencia esta, que cada vez que rezamos el Credo la estamos aceptando y proclamando. El Señor, nos ha dejado clara constancia de la existencia del  infierno, tal como ya hemos visto. Si del Cielo se habla poco, del Infierno se habla aún menos. Y al respecto hay errores muy difundidos: unos creen que el Infierno no existe. Otros creen que sí existe, pero que allí no va nadie, aduciendo que Dios es infinitamente bueno, pero olvidándose de que también es infinitamente justo y de que el mismo Jesucristo nos habló en varias ocasiones sobre la posibilidad que tenemos de condenarnos.

            De hecho, la existencia del infierno, es de los dogmas de nuestra fe que presenta mayor número citas que lo sustentan, en los textos de la Sagrada Escritura está reseñado el infierno, por cierto que aparece con diferentes nombres, tales como abismo, horno de fuego, fuego eterno, lugar de tormentos, lugar de tinieblas, gehena, muerte segunda, fuego inextinguible… y varios más.

            El Infierno forma parte, junto con el Cielo y el Purgatorio, de las opciones que nos esperan para la otra vida, aunque como sabemos del Purgatorio, se sale para ir al cielo, pero del infierno, jamás se sale es eterna su permanencia en el. Decía San Agustín que: Todo lo que tiene fin, es siempre breve. Pero el infierno carece de fin. Dante Alighieri, si obra “La divina comedia”, decía que en el infierno, había un reloj que no marcaba las horas y solo tenía un péndulo que constantemente decía: Nunca, Jamás.

            Entre los secretos que reveló la Santísima Virgen María a los pastorcitos de Fátima, está una visión del Infierno, que les dio en una de sus apariciones.  Decía Lucía, la vidente de Fátima que murió ya anciana en 2005: "Algunas personas, también piadosas, no quieren hablar a los niños pequeños sobre el Infierno, para no asustarlos. Sin embargo, Dios no dudó en mostrar el Infierno a tres menores y una de ellas contando apenas seis años". Por más que Lucía describe lo que ella y los otros dos videntes vieron, nos dice en sus memorias que: no es posible imaginar cómo es el Infierno. El Infierno es un lugar de dolor y horror, más de lo que podemos pensar y suponer, al que son arrojadas las almas que en la tierra desperdician las gracias de salvación que Dios en Su infinita Bondad, nos otorga a todos.

            Hay Santos que han tenido visiones o vivencias del Infierno: Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco y Santa Faustina Kowalska. En Cracovia el 20 de octubre de 1936, escribe la Santa Faustina, lo siguiente sobre el infierno: “Hoy, un Ángel me llevó a los precipicios del Infierno. Es un lugar de grandes torturas. ¡Es impresionante el tamaño y la extensión del sitio!

            “He aquí los tipos de torturas que vi: La primera tortura en que consiste el Infierno es la pérdida de Dios. La segunda es el remordimiento de conciencia perpetuo. La tercera es saber que esa condición nunca va a cambiar. La cuarta es el fuego que penetrará el alma sin destruirla, un sufrimiento terrible, ya que es un fuego puramente espiritual, encendido por la ira de Dios. La quinta tortura es la permanente oscuridad y un terrible hedor que sofoca, y que, a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven y ven toda la malignidad, tanto propia como de los demás. La sexta tortura es la compañía constante de satanás. La séptima tortura es la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras horrendas, las maldiciones y las blasfemias”.
         “Estas son las torturas que sufren en general todos los condenados, pero éste no es el fin del sufrimiento. Hay torturas especiales destinadas a las almas en particular. Son los tormentos de sus sentidos. Cada alma pasa por sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la manera en que han pecado”.
         “Hay cavernas y fosos de tortura en la que cada tipo de agonía es diferente. Yo hubiera muerto con la simple visión de esas torturas, si no hubiera sido porque la omnipotencia de Dios me sostenía”.
          “Que sepa el pecador que será torturado por toda la eternidad en aquellos sentidos que utilizó para pecar”. “Estoy escribiendo esto por mandato de Dios, para que ninguna alma pueda excusarse diciendo que no existe el Infierno, o que nadie ha estado allí, y que por tanto no puede saberse cómo es”.
        “Yo, la Hermana Faustina, por orden de Dios, he visitado los abismos del Infierno, para poder hablar a las almas sobre esto y para poder dar testimonio de su existencia. He recibido el mandato de Dios de dejarlo por escrito. “Los demonios están llenos de odio hacia mí, por esto. Lo que he escrito es sólo una sombra pálida de las cosas que vi allí. Pero sí noté una cosa: que la mayoría de las almas que están allí son las que se han negado a creer en el Infierno.”

            Coinciden los Teólogos en que la más horrenda de las penas del Infierno es la pérdida definitiva y para siempre del fin para el cual hemos sido creados los seres humanos: la posesión y el gozo de Dios, viéndolo "cara a cara". Ya que sólo Dios puede satisfacer el ilimitado deseo de felicidad que El mismo ha puesto en nuestra alma para ser satisfecho sólo por El, puede comprenderse cuán grande puede ser la pena de no poder disfrutar de lo que se denomina la Visión Beatífica. Para resumir esta pena en palabras de San Agustín, "es tan grande como grande es Dios". Jesucristo también nos da algunas descripciones del Infierno, en el que otro de los tormentos es el sentido de eternidad. Es un sitio de fuego, pero es un fuego que no se extingue, sino que es eterno, sin descanso, sin tregua, sin fin... para siempre... "Los malvados... los arrojará en el horno ardiente. Allí será el llanto y el rechinar de dientes" (Mt 13,42)."Y a ese servidor inútil échenlo en la oscuridad de allá afuera: allí habrá llanto y desesperación" (Mt 25,30). "Malditos: aléjense de Mí, al fuego eterno" (Mt 25,41).

            Nos decía el Papa Juan Pablo II, sobre el Infierno y la condenación eterna, que: "quienes se obstinan en no abrirse al Evangelio, se predisponen a una ruina: “…ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2Ts 1,9)

            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

domingo, 4 de agosto de 2013

Lo que dice el Magisterio papal sobre ángeles, demonios y satanás

angel caido


Catequesis de Juan Pablo II.

Una de las fuentes de la doctrina de la Iglesia es el magistrio papal y parte de la doctrina católica está relacionada con los ángeles, con la caída de algunos de ellos que se volvieron en demonios y con satanás. Entre diciembre de 1984 y diciembre de 1986, el papa Juan Pablo II realizó una catequesis sobre ángeles, demonios y satanás. Son seis catequesis que resultan importantes para exponer la doctrina oficial de la iglesia sobre ángeles, demonios y satanás.

Las catequesis fueron: La existencia de los Ángeles; La caída de los Ángeles malos; La misión de los Ángeles; La naturaleza de los Ángeles; El pecado y la acción de satanás; La acción de satanás y la victoria de Cristo.
LA EXISTENCIA DE LOS ÁNGELES REVELADA POR DIOS (9.VII.86)
1. Nuestras catequesis sobre Dios, Creador del mundo, no podían concluirse sin dedicar una atención adecuada a un contenido concreto de la revelación divina: la creación de los seres puramente espirituales, que la Sagrada Escritura llama ‘ángeles’. Tal creación aparece claramente en los Símbolos de la Fe, especialmente en el Símbolo niceno-constantinopolitano: Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas (esto es, entes o seres) ‘visibles e invisibles’. Sabemos que el hombre goza, dentro de la creación, de una posición singular: gracias a su cuerpo pertenece al mundo visible, mientras que, por el alma espiritual, que vivifica el cuerpo, se halla casi en el confín entre la creación visible y la invisible. A esta última, según el Credo que la Iglesia profesa a la luz de la Revelación, pertenecen otros seres, puramente espirituales, por consiguiente no propios del mundo visible, aunque están presentes y actuantes en él. Ellos constituyen un mundo específico.
2. Hoy, igual que en tiempos pasados, se discute con mayor o menor sabiduría acerca de estos seres espirituales. Es preciso reconocer que, a veces, la confusión es grande, con el consiguiente riesgo de hacer pasar como fe de la Iglesia respecto a los ángeles cosas que no pertenecen a la fe o, viceversa, de dejar de lado algún aspecto importante de la verdad revelada.La existencia de los seres espirituales que la Sagrada Escritura, habitualmente, llama ‘ángeles’, era negada ya en tiempos de Cristo por los saduceos (Cfr. Hech 23, 8). La niegan también los materialistas y racionalistas de todos los tiempos. Y sin embargo, como agudamente observa un teólogo moderno, ‘si quisiéramos desembarazarnos de los ángeles, se debería revisar radicalmente la misma Sagrada Escritura y con ella toda la historia de la salvación’ (.). Toda la Tradición es unánime sobre esta cuestión. El Credo de la Iglesia, en el fondo, es un eco de cuanto Pablo escribe a los Colosenses: ‘Porque en El (Cristo) fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades; todo fue creado por El y para El’ (Col 1, 16). O sea, Cristo que, como Hijo-Verbo eterno y consubstancial al Padre, es ‘primogénito de toda criatura’ (Col 1, 15), está en el centro del universo como razón y quicio de toda la creación, como ya hemos visto en las catequesis precedentes y como todavía veremos cuando hablemos más directamente de El.
3. La referencia al primado de Cristo nos ayuda a comprender que la verdad acerca de la existencia y acción de los ángeles (buenos y malos) no constituyen el contenido central de la Palabra de Dios.En la Revelación, Dios habla en primer lugar ‘a los hombres. y pasa con ellos el tiempo para invitarlos y admitirlos a la comunión con El’, según leemos en la Cons. ‘Dei Verbum’ del Conc. Vaticano II (n.2). De este modo ‘las profunda verdad, tanto de Dios como de la salvación de los hombres’, es el contenido central de la Revelación que ‘resplandece ‘ más plenamente en la persona de Cristo (Cfr. Dei Verbum 2).La verdad sobre los ángeles es, en cierto sentido, ‘colateral’, y, no obstante, inseparable de la Revelación central que es la existencia, la majestad y la gloria del Creador que brillan en toda la creación (‘visible’ e ‘invisible’) y en la acción salvífica de Dios en la historia del hombre. Los ángeles no son, criaturas de primer plano en la realidad de la Revelación, y, sin embargo, pertenecen a ella plenamente, tanto que en algunos momentos les vemos cumplir misiones fundamentales en nombre del mismo Dios.
4. Todo esto que pertenece a la creación entra, según la Revelación, en el misterio de la Providencia Divina. Lo afirma de modo ejemplarmente conciso el Vaticano I, que hemos citado ya muchas veces: ‘Todo lo creado Dios lo conserva y lo dirige con su Providencia extendiéndose de un confín al otro con fuerza y gobernando con bondad todas las cosas. “Todas las cosas están desnudas y manifiestas a sus ojos”, hasta aquello que tendrá lugar por libre iniciativa de las criaturas’. La Providencia abraza, por tanto, también el mundo de los espíritus puros, que aun más plenamente que los hombres son seres racionales y libres. En la Sagrada Escritura encontramos preciosas indicaciones que les conciernen.Hay la revelación de un drama misterioso, pero real, que afectó a estas criaturas angélicas, sin que nada escapase a la eterna Sabiduría, la cual con fuerza (fortiter) y al mismo tiempo con bondad (suaviter) todo lo lleva al cumplimiento en el reino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
5. Reconozcamos ante todo que la Providencia, como amorosa Sabiduría de Dios, se ha manifestado precisamente al crear seres puramente espirituales, por los cuales se expresa mejor la semejanza de Dios en ellos, que supera en mucho todo lo que ha sido creado en el mundo visible junto con el hombre, también él, imborrable imagen de Dios. Dios, que es Espíritu absolutamente perfecto, se refleja sobre todo en los seres espirituales que, por naturaleza, esto es, a causa de su espiritualidad, están mucho más cerca de El que las criaturas materiales y que constituyen casi el ‘ambiente’ más cercano al Creador.La Sagrada Escritura ofrece un testimonio bastante explícito de esta máxima cercanía a Dios de los ángeles, de los cuales habla, con lenguaje figurado, como del ‘trono’ de Dios, de sus ‘ejércitos’, de su ‘cielo’. Ella ha inspirado la poesía y el arte de los siglos cristianos que nos presentan a los ángeles como la ‘corte de Dios’.
LA CAÍDA DE LOS ÁNGELES MALOS (23.VII.86)
1. Proseguimos hoy nuestra catequesis sobre los ángeles, cuya existencia, querida por un acto del amor eterno de Dios, profesamos (.).En la perfección de su naturaleza espiritual, los ángeles están llamados desde el principio, en razón de su inteligencia, a conocer la verdad y a amar el bien que conocen en la verdad de modo mucho más pleno y perfecto que cuanto es posible al hombre. Este amor es el acto de una voluntad libre, por lo cual también para los ángeles la libertad significa posibilidad de hacer una elección en favor o en contra del Bien que ellos conocen, esto es, Dios mismo.Hay que repetir aquí lo que ya hemos recordado a su debido tiempo a propósito del hombre: creando a los seres libres, Dios quiere que en el mundo se realice aquel amor verdadero que sólo es posible sobre la base de la libertad. El quiso, pues, que la criatura, constituida a imagen y semejanza de su Creador, pudiera de la forma más plena posible, volverse semejante a El: Dios, que ‘es amor’. Creando a los espíritus puros, como seres libres, Dios, en su Providencia, no podía no prever también la posibilidad del pecado de los ángeles. Pero precisamente porque la Providencia es eterna sabiduría que ama, Dios supo sacar de la historia de este pecado, incomparablemente más radical, en cuanto pecado de un espíritu puro, el definitivo bien de todo el cosmos creado
2. De hecho, como dice claramente la Revelación, el mundo de los espíritus puros aparece dividido en buenos y malos. Pues bien, esta división no se obró por la creación de Dios, sino en base a la propia libertad de la naturaleza espiritual de cada uno de ellos. Se realizó mediante la elección que para los seres puramente espirituales posee un carácter incomparablemente más radical que la del hombre y es irreversible, dado el grado de intuición y de penetración del bien, del que está dotada su inteligencia.A este respecto se debe decir también que los espíritus puros han sido sometidos a una prueba de Carácter moral. Fue una opción decisiva, concerniente ante todo a Dios mismo, un Dios conocido de modo más esencial y directo que lo que es posible al hombre, un Dios que había hecho a estos seres espirituales el don, antes que al hombre, de participar en su naturaleza divina.
3. En el caso de los espíritus puros la elección decisiva concernía ante todo a Dios mismo, primero y sumo Bien, aceptado y rechazado de un modo más esencial y directo del que pueda acontecer en el radio de acción de la libre voluntad del hombre. Los espíritus puros tienen un conocimiento de Dios incomparablemente más perfecto que el hombre, porque con el poder de su inteligencia, no condicionada ni limitada por la mediación del conocimiento sensible, ven hasta el fondo la grandeza del Ser infinito, de la primera Verdad, del sumo Bien. A esta sublime capacidad de conocimiento de los espíritus puros Dios ofreció el misterio de su divinidad haciéndoles participes, mediante la gracia, de su infinita gloria.Precisamente en su condición de seres de naturaliza espiritual, había en su inteligencia la capacidad, el deseo de esta elevación sobrenatural a la que Dios les había llamado, para hacer de ellos, mucho antes que del hombre, ‘partícipes de la naturaleza divina’, partícipes de la vida íntima de Aquel que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, de Aquel que, en la comunión de las tres Divinas Personas, ‘es Amor’.Dios había admitido a todos los espíritus puros, antes y en mayor grado que al hombre, a la eterna comunión de Amor
.4. La opción realizada sobre la base de la verdad de Dios, conocida deforma superior dada la lucidez de sus inteligencias, ha dividido también el mundo de los espíritus puros en buenos y malos.Los buenos han elegido a Dios como Bien supremo y definitivo, conocido a la luz de la inteligencia iluminada por la Revelación. Haber escogido a Dios significa que se han vuelto a El con toda la fuerza interior de su libertad, fuerza que es amor. Dios se ha convertido en el objetivo total y definitivo de su existencia espiritual.Los otros, en cambio, han vuelto la espalda a Dios contra la verdad del conocimiento que señalaba en Él el Bien total y definitivo. Han hecho una elección contra la revelación del misterio de Dios, contra su gracia, que los hacía partícipes de la Trinidad y de la eterna amistad con Dios, en la comunión con El mediante el amor. Basándose en su libertad creada, han realizado una opción radical e irreversible, al igual que la de los ángeles buenos, pero diametralmente opuesta: en lugar de una aceptación de Dios, plena de amor, le han opuesto un rechazo inspirado por un falso sentido de autosuficiencia, de aversión y hasta de odio, que se ha convertido en rebelión.
5. Cómo comprender esta oposición y rebelión a Dios en seres dotados de una inteligencia tan viva y enriquecidos con tanta luz? ¿Cuál puede ser el motivo de esta radical e irreversible opción contra Dios, de un odio tan profundo que puede aparecer como fruto de la locura?.Los Padres de la Iglesia y los teólogos no dudan en hablar de ‘ceguera’, producida por la supervaloración de la perfección del propio ser, impulsada hasta el punto develar la supremacía de Dios que exigía, en cambio, un acto de dócil y obediente sumisión. Todo esto parece expresado de modo conciso en las palabras ‘”No te servir !2, 20), que manifiestan el radical e irreversible rechazo de tomar parte en la edificación del reino de Dios en el mundo creado. ‘Satanás’, el espíritu rebelde, quiere su propio reino, no el de Dios, y se yergue como el primer ‘adversario’ del Creador, como opositor de la providencia, como antagonista de la amorosa sabiduría de Dios.De la rebelión y del pecado de Satanás, como también del pecado del hombre, debemos concluir acogiendo la sabia experiencia de la Escritura, que afirma: ‘En el orgullo está la perdición’ (Tob 4, 14).
LA MISIÓN DE LOS ÁNGELES (30.VII.86)
1. Según la Sagrada Escritura, los ángeles, en cuanto criaturas puramente espirituales, se presentan a la reflexión de nuestra mente como una especial realización de la ‘imagen de Dios’, Espíritu perfectísimo, como Jesús recuerda a la mujer samaritana con las palabras; ‘Dios es espíritu’ (Jn 4, 24).Los ángeles son, desde este punto de vista, las criaturas más cercanas al modelo divino. El nombre que la Sagrada Escritura les atribuye indica que lo que más cuenta en la Revelación es la verdad sobre las tareas de los ángeles respecto a los hombres: ángel (angelus) quiere decir, en efecto, ‘mensajero’. El término hebreo ‘malak’ -mélk-, usado en el Antiguo Testamento, significa más propiamente ‘delegado’ o ‘embajador’.Los ángeles, criaturas espirituales, tienen función de mediación y de ministerio en las relaciones entre Dios y los hombres. Bajo este aspecto la Carta a los Hebreos dirá que a Cristo se le ha dado un ‘nombre’, y por tanto un ministerio de mediación, muy superior al de los ángeles (Cfr. Heb 1, 4).
2. El Antiguo Testamento subraya sobre todo la especial participación de los ángeles en la celebración de la gloria que el Creador recibe como tributo de alabanza por parte del mundo creado.Los Salmos de modo especial se hacen intérpretes de esa voz cuando proclaman, p.e.: ‘Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto. Alabadlo, todos sus ángeles.’ (Sal 148, 1-2).De modo semejante en el Salmo 102: ‘Bendecid a Yahvéh vosotros sus ángeles, que sois poderosos y cumplís sus órdenes, prontos a la voz de su palabra’ (Sal 102, 20). Este último versículo del Salmo 102 indica que los ángeles toman parte, a su manera, en el gobierno de Dios sobre la creación, como ‘poderosos ejecutores de sus órdenes’ según el plan establecido por la Divina Providencia.A los ángeles está confiado en particular un cuidado y solicitud especiales por los hombres, en favor de los cuales presentan a Dios sus peticiones y oraciones, como nos recuerda, p.e., el Libro de Tobías (Cfr. especialmente Tob 3, 17 y 12, 12), mientras el Salmo 90 proclama: ‘a sus ángeles ha dado órdenes. te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra’(Cfr. Sal 90, 1-12). Siguiendo el libro de Daniel, se puede afirmar que las funciones de los ángeles como embajadores del Dios vivo se extienden no sólo a cada uno de los hombres y a aquellos que tienen funciones especiales, sino también a enteras naciones (Dan 10, 13-21).
3. El Nuevo Testamento puso de relieve las tareas de los ángeles respecto a la misión de Cristo como Mesías y, ante todo, con relación al misterio de la encarnación del Hijo de Dios, como constatamos en la narración de la anunciación del nacimiento de Juan Bautista (Cfr. Lc 1, 11), de Cristo mismo (Cfr. Lc 1, 26), en las explicaciones y disposiciones dadas a María y José (Cfr. Lc 1, 30-37; Mt 1, 20-21), en las indicaciones dadas a los pastores la noche del nacimiento del Señor (Cfr. Lc 2, 9-15), en la protección del recién nacido ante el peligro de la persecución de Herodes (Cfr. Mt 2, 13).Más adelante los Evangelios hablan de la presencia de los ángeles durante el ayuno de Jesús en el desierto a lo largo de 40 días (Cfr. Mt 4, 11) y durante la oración en Getsemaní (Cfr. Lc 22, 43). Después de la resurrección de Cristo será también un ángel, que se aparece en forma de un joven, quien dirá a las mujeres que habían acudido al sepulcro y estaban sorprendidas por el hecho de encontrarlo vacío: ‘No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí. Pero id a decir a sus discípulos. ‘(Mc 16, 6-7). María Magdalena, que se ve privilegiada por una aparición personal de Jesús, ve también a dos ángeles (Jn 20, 12-17; cfr. también Lc 24, 4). Los ángeles ‘se presentan’ a los Apóstoles después de la desaparición de Cristo para decirles: ‘Hombres de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo?. Ese Jesús que ha sido arrebatado de entre vosotros al cielo, vendrá como le habéis visto ir al cielo’ (Hech 1, 11).Son los ángeles de la vida, de la pasión y de la gloria de Cristo. Los ángeles de Aquel que, como escribe San Pedro, ‘está a la diestra de Dios, después de haber ido al cielo, una vez sometidos a El ángeles, potestades y poderes’ (1 Pe 3, 22).
4. Si pasamos a la nueva venida de Cristo, es decir, a la ‘parusía’, hallamos que todos los sinópticos hacen notar que ‘el Hijo del hombre. vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles’ (así Mc 8, 38, Mt 16, 27 y 25, 31, en la descripción del juicio final; y Lc 9, 26; cfr. también San Pablo, 2 Tes 1, 7).Se puede, por tanto, decir que los ángeles, como espíritus puros, no sólo participan en el modo que les es propio de la santidad del mismo Dios, sino que en los momentos clave, rodean a Cristo y lo acompañan en el cumplimiento de su misión salvífica respecto a los hombres. De igual modo también toda la Tradición y el Magisterio ordinario de la Iglesia ha atribuido a lo largo de los siglos a los ángeles este carácter particular y esta función de ministerio mesiánico.
NATURALEZA DE LOS ÁNGELES (6.VIII.8)
1. En las últimas catequesis hemos visto cómo la Iglesia, iluminada por la luz que proviene de la Sagrada Escritura, ha profesado a lo largo de los siglos la verdad sobre la existencia de los ángeles como seres puramente espirituales, creados por Dios. Lo ha hecho desde el comienzo con el Símbolo niceno-constantinopolitano y lo ha confirmado en el Conc. Lateranense IV (1215), cuya formulación ha tomado el Conc. Vaticano I en el contexto de la doctrina sobre la creación: Dios ‘creó de la nada juntamente al principio del tiempo, ambas clases de criaturas: las espirituales y las corporales, es decir, el mundo angélico y el mundo terrestre; y después, la criatura humana que, compuesta de espíritu y cuerpo, los abraza, en cierto modo, a los dos’ (Cons. Dei Filius).O sea: Dios creó desde el principio ambas realidades: la espiritual y la corporal, el mundo terreno y el angélico. Todo lo que El creó juntamente(‘simuél’) en orden a la creación del hombre, constituido de espíritu y de materia y colocado según la narración bíblica en el cuadro de un mundo ya establecido según sus leyes y ya medido por el tiempo (‘deinde’).
2. Juntamente con la existencia, le fe de la Iglesia reconoce ciertos rasgos distintivos de la naturaleza de los ángeles. Su realidad puramente espiritual implica ante todo su no materialidad y su inmortalidad. los ángeles no tienen ‘cuerpo’ (si bien en determinadas circunstancias se manifiestan bajo formas visibles a causa de su misión en favor de los hombres), y por tanto no están sometidos a la ley de la corruptibilidad que une todo el mundo material. Jesús mismo, refiriéndose a la condición angélica, dirá que en la vida futura los resucitados ‘(no) pueden morir y son semejantes a los ángeles’ (Lc 20, 36).
3. En cuanto criaturas de naturaleza espiritual los ángeles están dotados de inteligencia y de libre voluntad, como el hombre pero en grado superior a él, si bien siempre finito, por el límite que es inherente a todas las criaturas. Los ángeles son también seres personales y, en cuanto tales, son también ellos, ‘imagen y semejanza’ de Dios.La sagrada Escritura se refiere a los ángeles utilizando también apelativos no sólo personales (como los nombre propios de Rafael, Gabriel, Miguel), sino también ‘colectivos’ (como las calificaciones de: Serafines, Querubines, Tronos, Potestades, Dominaciones, Principados), así como realiza una distinción entre Ángeles y Arcángeles. Aun teniendo en cuenta el lenguaje analógico y representativo del texto sacro, podemos deducir que estos seres-personas, casi agrupados en sociedad, se subdividen en órdenes y grados, correspondientes a la medida de su perfección y a las tareas que se les confía. Los autores antiguos y la misma liturgia hablan de los coros angélicos (nueve, según Dionisio el Aeropagita).La teología, especialmente la patrística y medieval, no ha rechazado estas representaciones tratando en cambio de darles una explicación doctrinal y mística, pero sin atribuirles un valor absoluto. Santo Tomás ha preferido profundizar las investigaciones sobre la condición ontológica, sobre la actividad cognoscitiva y volitiva y sobre la elevación espiritual de estas criaturas puramente espirituales, tanto por su dignidad en la escala de los seres, como porque en ellos podía profundizar mejor las capacidades y actividades propias del espíritu en grado puro, sacando de ello no poca luz para iluminar los problemas de fondo que desde siempre agitan y estimulan el pensamiento humano: el conocimiento, el amor, la libertad, la docilidad a Dios, la consecución de su reino.
4. El tema a que hemos aludido podrá parecer ‘lejano’ o ‘menos vital’ a la mentalidad del hombre moderno. Y sin embargo la Iglesia, proponiendo con franqueza toda la verdad sobre Dios creador incluso de los ángeles, cree prestar un gran servicio al hombre.El hombre tiene la convicción de que en Cristo, Hombre-Dios, en él (y no en los ángeles) es en quien se halla el centro de la Divina Revelación. Pues bien, el encuentro religioso con el mundo de los seres puramente espirituales se convierte en preciosa revelación de su ser no sólo como cuerpo, sino también espíritu, y de su pertenencia a un proyecto de salvación verdaderamente grande y eficaz dentro de una comunidad de seres personales que para el hombre y con el hombre sirven al designio providencial de Dios.
5. Notamos que la Sagrada Escritura y la Tradición llaman propiamente ángeles a aquellos espíritus puros que en la prueba fundamental de libertad han elegido a Dios, su gloria y su reino. Ellos están unidos a Dios mediante el amor consumado que brota de la visión beatificante, cara a cara, de la Santísima Trinidad. Lo dice Jesús mismo: ‘Sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre, que está en los cielos’ (Mt 18, 10). Ese ‘ver de continuo la faz del Padre’ es la manifestación más alta de la adoración de Dios.Se puede decir que constituye esa ‘liturgia celeste’, realizada en nombre de todo el universo, a la cual se asocia incesantemente la liturgia terrena de la Iglesia, especialmente en sus momentos culminantes. Baste recordar aquí el acto con el que la Iglesia, cada día y cada hora, en el mundo entero, antes de dar comienzo a la plegaria eucarística en el corazón de la Santa Misa, se apela ‘a los Ángeles y a los Arcángeles’ para cantar la gloria de Dios tres veces santo, uniéndose así a aquellos primeros adoradores de Dios, en su culto y en el amoroso conocimiento del misterio inefable de su santidad.
6. También según la Revelación, los ángeles, que participan en la vida de la Trinidad en la luz de la gloria, están también llamados a tener su parte en la historia de la salvación de los hombres, en los momentos establecidos por el designio de la Providencia Divina. ‘No son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salud?’, pregunta el autor de la Carta a los Hebreos (1, 14). Y esto cree y enseña la Iglesia, basándose en la Sagrada Escritura por la cual sabemos que la tarea de los ángeles buenos es la protección de los hombres y la solicitud por su salvación.Hallamos estas expresiones en diversos pasajes de la Sagrada Escritura, como por ejemplo en el Salmo 90, citado ya repetidas veces: ‘Pues te encomendará a sus ángeles para que te guarde en todos tus caminos, y ellos te levantarán en sus palmas para que tus pies no tropiecen en las piedras’ (90, 11-12). Jesús mismo, hablando de los niños y amonestando a no escandalizarlos, se apela a ‘sus ángeles’ (Mt 18, 10). Además, atribuye a los ángeles la función de testigos en el supremo juicio divino sobre la suerte del quien ha reconocido o renegado a Cristo: ‘A quien me confesare delante de los hombres, el Hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios. El que me negare delante de los hombres, será negado ante los ángeles de Dios’ (Lc 12, 8-9; cfr. Ap. 3,5). Estas palabras son significativas porque si los ángeles toman parte en el juicio de Dios, están interesados en la vida del hombre. Interés y participación que parecen recibir una acentuación en el discurso escatológico, en el que Jesús hace intervenir a los ángeles en la parusía, o sea, en la venida definitiva de Cristo al final de la historia (Cfr. Mt 24, 31; 25, 31. 41).
7. Entre los libros del Nuevo Testamento, los Hechos de los Apóstoles nos hacen conocer especialmente algunos episodios que testimonian la solicitud de los ángeles por el hombre y su salvación. Así, cuando el ángel de Dios libera a los Apóstoles de la prisión (Cfr. Hech 5, 18-20), y ante todo a Pedro, que estaba amenazado de muerte por la mano de Herodes (Cfr. Hech 12, 5-10). O cuando guía la actividad de Pedro respecto al centurión Cornelio, el primer pagano convertido (Cfr. Hech 10, 3-8; 11, 12©13), y análogamente la actividad del diácono Felipe en el camino de Jerusalén a Gaza (Hech 8, 26-29).De estos pocos hechos citados a título de ejemplo, se comprende cómo en la conciencia de la Iglesia se ha podido formar la persuasión sobre el ministerio confiado a los ángeles en favor de los hombres. Por ello, la Iglesia confiesa su fe en los ángeles custodios, venerándolos en la liturgia con una fiesta especial, y recomendando el recurso a su protección con una oración frecuente, como en la invocación del ‘Ángel de Dios’. Esta oración parece atesorar las bellas palabras de San Basilio: ‘Todo fiel tiene junto a sí un ángel como tutor y pastor, para llevarlo a la vida’ (Cfr. San Basilio, Adv. Eunomium, III, 1; véase también Santo Tomás, S.Th. I, q.11, a.3).
8. Finalmente es oportuno notar que la Iglesia honra con culto litúrgico a tres figuras de ángeles, que en la Sagrada Escritura se les llama con un nombre.El primero es Miguel Arcángel (Cfr. Dan 10, 13.20; Ap 12, 7; Jdt. 9). Su nombre expresa sintéticamente la actitud esencial de los espíritus buenos: ‘Mica-El’ significa, en efecto: ‘¿quien como Dios?’. En este nombre se halla expresada, pues, la elección salvífica gracias a la cual los ángeles ‘ven la faz del Padre’ que está en los cielos.El segundo es Gabriel: figura vinculada sobre todo al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios (Cfr. Lc 1, 19. 26). Su nombre significa: ‘Mi poder es Dios’ o ‘Poder de Dios’, como para decir que en el culmen de la creación, la Encarnación es el signo supremo del Padre omnipotente.Finalmente el tercer arcángel se llama Rafael. “Rafa-El’ significa: ‘Dios cura’, El se ha hecho conocer por la historia de Tobías en el antiguo Testamento (Cfr. Tob 12, 50. 20, etc.), tan significativa en el hecho de confiar a los ángeles los pequeños hijos de Dios, siempre necesitados de Custodia, cuidado y protección.Reflexionando bien se ve que cada una de estas tres figuras: Mica-El, Gabri-El, Rafa-El reflejan de modo particular la verdad contenida en la pregunta planteada por el autor de la Carta a los Hebreos: ‘¿No son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salvación?’ (1, 14).
EL PECADO Y LA ACCIÓN DE SATANÁS (13.VIII.86)
1. Continuando el tema de las precedentes catequesis dedicadas al artículo de fe referente a los ángeles, criaturas de Dios, vamos a explorar el misterio de la libertad que algunos de ellos utilizaron contra Dios y contra su plan de salvación respecto a los hombres.Como testimonia el Evangelista Lucas en el momento, en el que los discípulos se reunían de nuevo con el Maestro llenos de alegría por los frutos recogidos en sus primeras tareas misioneras, Jesús pronuncia una frase que hace pensar: ‘veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo’ (Lc 10, 18).Con estas palabras el Señor afirma que el anuncio del reino de Dios es siempre una victoria sobre el diablo, pero al mismo tiempo revela también que la edificación del reino está continuamente expuesta a las insidias del espíritu del mal. Interesarse por esto, como tratamos de hacer con nuestra catequesis de hoy, quiere decir prepararse al estado de lucha que es propio de la vida de la Iglesia en este tiempo final de la historia de la salvación (como afirma el libro del Apocalipsis. Cfr. 12, 7). Por otra parte, esto ayuda a aclarar la recta fe de la Iglesia frente a aquellos que la alteran exagerando la importancia del diablo o de quienes niegan o minimizan su poder maligno.Las precedentes catequesis sobre los ángeles nos han preparado para comprender la verdad, que la Iglesia ha transmitido, sobre Satanás, es decir, sobre el ángel caído, el espíritu maligno, llamado también diablo o demonio.
2. Esta ‘caída’, que presenta la forma de rechazo de Dios con el consiguiente estado de ‘condena’, consiste en la libre elección hecha por aquellos espíritus creados, los cuales radical y irrevocablemente han rechazado a Dios y su reino, usurpando sus derechos soberanos y tratando de trastornarla economía de la salvación y el ordenamiento mismo de toda la creación.Un reflejo de esta actitud se encuentra en las palabras del tentador a los progenitores: ‘Seréis como Dios’ o ‘como dioses’ (Cfr. Gen 3, 5). Así el espíritu maligno trata de transplantar en el hombre la actitud de rivalidad, de insubordinación a Dios y su oposición a Dios que ha venido a convertirse en la motivación de toda su existencia.
3. En el Antiguo Testamento, la narración de la caída del hombre, recogida en el libro del Génesis, contiene una referencia a la actitud de antagonismo que Satanás quiere comunicar al hombre para inducirlo a la transgresión (Cfr. Gen 3, 5). También en el libro de Job (Cfr. Job 1, 11; 2,5.7), vemos que satanás trata de provocar la rebelión en el hombre que sufre. En el libro de la Sabiduría (Cfr. Sab 2, 24), satanás es presentado como el artífice de la muerte que entra en la historia del hombre juntamente con el pecado.
4. La Iglesia, en el Conc. Lateranense IV (1215), enseña que el diablo (satanás) y los otros demonios ‘han sido creados buenos por Dios pero se han hecho malos por su propia voluntad’. Efectivamente, leemos en la Carta de San Judas: . a los ángeles que no guardaron su principado y abandonaron su propio domicilio los reservó con vínculos eternos bajo las tinieblas para el juicio del gran día’ (Jds 6). Así también en la segunda Carta de San Pedro se habla de ‘ángeles que pecaron’ y que Dios ‘no perdonó. sino que, precipitados en el tártaro, los entregó a las cavernas tenebrosas, reservándolos para el juicio’ (2, 4).Está claro que si Dios ‘no perdonó’ el pecado de los ángeles, lo hace para que ellos permanezcan en su pecado, porque están eternamente ‘en las cadenas’ de esa opción que han hecho al comienzo, rechazando a Dios, contra la verdad del bien supremo y definitivo que es Dios mismo. En este sentido escribe San Juan que: ‘el diablo desde el principio peca’ (1 Jn 3, 3). Y ‘ él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque la verdad no estaba en él’ (Jn 8, 44).
5. Estos textos nos ayudan a comprender la naturaleza y la dimensión del pecado de satanás, consistente en el rechazo de la verdad sobre Dios, conocido a la luz de la inteligencia y de la revelación como Bien infinito, amor, y santidad subsistente.El pecado ha sido tanto más grande cuanto mayor era la perfección espiritual y la perspicacia cognoscitiva del entendimiento angélico, cuanto mayor era su libertad y su cercanía a Dios. Rechazando la verdad conocida sobre Dios con un acto de la libre voluntad, satanás se convierte en ‘mentiroso cósmico’ y ‘padre de la mentira’ (Jn 8, 44). Por esto vive la radical e irreversible negación de Dios y trata de imponer a la creación, a los otros seres creados a imagen de Dios, y en particular a los hombres, su trágica ‘mentira sobre el Bien’ que es Dios. En el libro del Génesis encontramos una descripción precisa de esa mentira y falsificación de la verdad sobre Dios, que satanás (bajo la forma de serpiente) intenta transmitir a los primeros representantes del género humano: Dios sería celoso de sus prerrogativas e impondría por ello limitaciones al hombre (Cfr. Gen 3, 5). Satanás invita al hombre a liberarse de la imposición de este juego, haciéndose ‘como Dios’.
6. En esta condición de mentira existencial satanás se convierte -según San Juan- también en homicida, es decir, destructor de la vida sobrenatural que Dios había injertado desde el comienzo en él y en las criaturas ‘hechas a imagen de Dios’: los otros espíritus puros y los hombres; satanás quiere destruir la vida según la verdad, la vida en la plenitud del bien, la vida sobrenatural de gracia y de amor. El autor del libro de la Sabiduría escribe:. por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen’ (Sab 2, 24). En el Evangelio Jesucristo amonesta: . temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehena’ (Mt 10,28).
7. Como efecto del pecado de los progenitores, este ángel caído ha conquistado en cierta medida el dominio sobre el hombre.Esta es la doctrina constantemente confesada y anunciada por la Iglesia, y que el Concilio de Trento ha confirmado en el tratado sobre el pecado original (.): Dicha doctrina encuentra dramática expresión en la liturgia del bautismo, cuando se pide al catecúmeno que renuncie al demonio y a sus seducciones.Sobre este influjo en el hombre y en las disposiciones de su espíritu (y del cuerpo) encontramos varias indicaciones en la Sagrada Escritura, en las cuales satanás es llamado ‘el príncipe de este mundo’ (Cfr. Jn 12, 31; 14, 30;16, 11) e incluso ‘el Dios del siglo’ (2 Cor 4, 4). Encontramos muchos otros nombres que describen sus nefastas relaciones con el hombre: ‘Belcebú’ o ‘Belial’, ‘espíritu inmundo’, ‘tentador’, ‘maligno’ y finalmente ‘anticristo’ (1 Jn 4, 3). Se le compara a un ‘león’ (1 Pe 5, 8), a un ‘dragón’ (en el Apocalipsis) ya una ‘serpiente’ (Gen 3). Muy frecuentemente para nombrarlo se ha usado el nombre de ‘diablo’ del griego ‘diaballein’ -diaballein- (del cual ‘diabolos’),que quiere decir: causar la destrucción, dividir, calumniar, engañar. Y a decir verdad, todo esto sucede desde el comienzo por obra del espíritu maligno que es presentado en la Sagrada Escritura como una persona, aunque se afirma que no está solo: ‘somos muchos’, gritaban los diablos a Jesús en la región de las gerasenos (Mc 5, 9); ‘el diablo y sus ángeles’, dice Jesús en la descripción del juicio final (Cfr. Mt 25, 41).
8. Según la Sagrada Escritura, y especialmente el Nuevo Testamento, el dominio y el influjo de Satanás y de los demás espíritus malignos se extiende al mundo entero. Pensemos en la parábola de Cristo sobre el campo (que es el mundo), sobre la buena semilla y sobre la mala semilla que el diablo siembra en medio del grano tratando de arrancar de los corazones el bien que ha sido ‘sembrado’ en ellos (Cfr. Mt 13, 38-39). Pensemos en las numerosas exhortaciones a la vigilancia (Cfr. Mt 26, 41; 1 Pe 5, 8), a la oración y al ayuno (Cfr. Mt 17, 21). Pensemos en esta fuerte invitación del Señor: ‘Esta especie (de demonios) no puede ser expulsada por ningún medio sino es por la oración’ (Mc 9, 29).La acción de Satanás consiste ante todo en tentar a los hombres para el mal, influyendo sobre su imaginación y sobre las facultades superiores para poder situarlos en dirección contraria a la ley de Dios. Satanás pone a prueba incluso a Jesús (Cfr. Lc 4, 3-13) en la tentativa extrema de C contrastar las exigencias de la economía de la salvación tal como Dios le ha preordenado.No se excluye que en ciertos casos el espíritu maligno llegue incluso a ejercitar su influjo no sólo sobre las cosas materiales, sino también sobre el cuerpo del hombre, por lo que se habla de ‘posesiones diabólicas’ (Cfr. Mc 5,2-9). No resulta siempre fácil discernir lo que hay de preternatural en estos casos, ni la Iglesia condesciende o secunda fácilmente la tendencia a atribuir muchos hechos e intervenciones directas al demonio; pero en línea de principio no se puede negar que, en su afán de dañar y conducir al mal, Satanás pueda llegar a esta extrema manifestación de su superioridad.
9. Debemos finalmente añadir que las impresionantes palabras del Apóstol Juan: ‘El mundo todo está bajo el maligno’ (1 Jn 5, 19), aluden también a la presencia de Satanás en la historia de la humanidad, una presencia que se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios. El influjo del espíritu maligno puede ‘ocultarse’ de forma más profunda y eficaz: pasar inadvertido corresponde a sus ‘intereses’: La habilidad de Satanás en el mundo es la de inducir a los hombres a negar su existencia en nombre del racionalismo y de cualquier otro sistema de pensamiento que busca todas las escapatorias con tal de no admitir la obra del diablo.Sin embargo, no presupone la eliminación de la libre voluntad y de la responsabilidad del hombre y menos aún la frustración de la acción salvífica de Cristo. Se trata más bien de un conflicto entre las fuerzas oscuras del mal y las de la redención. Resultan elocuentes a este propósito las palabras que Jesús dirigió a Pedro al comienzo de la pasión: . Simón, Satanás os busca para ahecharos como trigo; pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe’ (Lc 22,31).Comprendemos así por que Jesús en la plegaria que nos ha enseñado, el ‘Padrenuestro’, que es la plegaria del reino de Dios, termina casi bruscamente, a diferencia de tantas otras oraciones de su tiempo, recordándonos nuestra condición de expuestos a las insidias del Maligno.El cristiano, dirigiéndose al Padre con el espíritu de Jesús e invocando su reino, grita con la fuerza de la fe: no nos dejes caer en la tentación, líbranos del Mal, del Maligno. Haz, oh Señor, que no cedamos ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde el principio.
LA ACCIÓN DE SATANÁS Y LA VICTORIA DE CRISTO (20.VIII.86)
1. Nuestras catequesis sobre Dios, Creador de las cosas ‘visibles e invisibles’, nos ha llevado a iluminar y vigorizar nuestra fe por lo que respecta a la verdad sobre el maligno o Satanás, no ciertamente querido por Dios, sumo Amor y Santidad, cuya Providencia sapiente y fuerte sabe conducir nuestra existencia a la victoria sobre el príncipe de las tinieblas.Efectivamente, la fe de la Iglesia nos enseña que la potencia de Satanás no es infinita. El sólo es una criatura, potente en cuanto espíritu puro, pero siempre una criatura, con los límites de la criatura, subordinada al querer y al dominio de Dios. Si Satanás obra en el mundo por su odio a Dios y su reino, ello es permitido por la Divina Providencia que con potencia y bondad (‘fortiter et suaviter’) dirige la historia del hombre y del mundo. Si la acción de Satanás ciertamente causa muchos daños -de naturaleza espiritual- e indirectamente de naturaleza también física a los individuos y a la sociedad, él no puede, sin embargo, anular la finalidad definitiva a la que tienden el hombre y toda la creación, el bien. El no puede obstaculizar la edificación del reino de Dios en el cual se tendrá, al final, la plena actuación de la justicia y del amor del Padre hacia las criaturas eternamente ‘predestinadas’ en el Hijo-Verbo, Jesucristo. Más aún, podemos decir con San Pablo que la obra del maligno concurre para el bien y sirve para edificar la gloria de los ‘elegidos’ (Cfr. 2 Tim 2, 10).
2. Así toda la historia de la humanidad se puede considerar en función de la salvación total, en la cual está inscrita la victoria de Cristo sobre ‘el príncipe de este mundo’ (Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11). ‘Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo servirás’ (Lc 4, 8), dice terminantemente Cristo a Satanás.En un momento dramático de su ministerio, a quienes lo acusaban de manera descarada de expulsar los demonios porque estaba aliado de Belcebú, jefe de los demonios, Jesús responde aquellas palabras severas y confortantes a la vez :’Todo reino en sí dividido será desolado y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá. Si Satanás arroja a Satanás, está dividido contra sí: ¿cómo, pues, subsistirá su reino?. Mas si yo arrojo a los demonios con el poder del espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios’ (Mt 12, 25-26. 28). ‘Cuando un hombre fuerte bien armado guarda su palacio, seguros están sus bienes; pero si llega uno más fuerte que él, le vencerá, le quitará las armas en que confiaba y repartirá sus despojos’ (Lc 11, 21-22). Las palabras pronunciadas por Cristo a propósito del tentador encuentran su cumplimiento histórico en la cruz y en la resurrección del Redentor. Como leemos en la Carta a los Hebreos, Cristo se ha hecho partícipe de la humanidad hasta la cruz ‘para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a aquellos que estaban toda la vida sujetos a servidumbre’ (Heb 2, 14-15). Esta es la gran certeza de la fe cristiana: ‘El príncipe de este mundo ya está juzgado’ (Jn 16, 11); ‘Y para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo’ (1 Jn 3, 8), como nos atestigua San Juan. Así, pues, Cristo crucificado y resucitado se ha revelado como el ‘más fuerte’ que ha vencido ‘al hombre fuerte’, el diablo, y lo ha destronado.De la victoria de Cristo sobre el diablo participa la Iglesia: Cristo, en efecto, ha dado a sus discípulos el poder de arrojar los demonios (Cfr. Mt 10,1, y paral.; Mc 16, 17). La Iglesia ejercita tal poder victorioso mediante la fe en Cristo y la oración (Cfr. Mc 9, 29; Mt 17, 19 ss.), que en casos específicos puede asumir la forma de exorcismo.
3. En esta fase histórica de la victoria de Cristo se inscribe el anuncio y el inicio de la victoria final, la parusía, la segunda y definitiva venida de Cristo al final de la historia, venida hacia la cual está proyectada la vida del cristiano. También si es verdad que la historia terrena continúa desarrollándose bajo el influjo de ‘aquel espíritu que -como dice San Pablo- ahora actúa en los que son rebeldes’ (Ef 2, 2), los creyentes saben que están llamados a luchar para el definitivo triunfo del bien: ‘No es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires’ (Ef 6, 12).
4. La lucha, a medida que se avecina el final, se hace en cierto sentido siempre más violenta, como pone de relieve especialmente el Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento (Cfr. Ap 12, 7-9). Pero precisamente este libro acentúa la certeza que nos es dada por toda la Revelación divina: es decir, que la lucha se concluirá con la definitiva victoria del bien. En aquella victoria, precontenida en el misterio pascual de Cristo, se cumplirá definitivamente el primer anuncio del Génesis, que con un término significativo es llamado proto-Evangelio, con el que Dios amonesta a la serpiente: ‘Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer’ (Gen 3, 15). En aquella fase definitiva, completando el misterio de su paterna Providencia, ‘liberará del poder de las tinieblas’ a aquellos que eternamente ha ‘predestinado en Cristo’ y les ‘transferirá al reino de su Hijo predilecto’ (Cfr. Col 1, 13-14). Entonces el Hijo someterá al Padre también el universo, para que ‘sea Dios en todas las cosas’ (1 Cor 15, 28).
5. Con ésta se concluyen las catequesis sobre Dios Creador de las ‘cosas visibles e invisibles’, unidas en nuestro planteamiento con la verdad sobre la Divina Providencia. Aparece claro a los ojos del creyente que el misterio del comienzo del mundo y de la historia se une indisolublemente con el misterio del final, en el cual la finalidad de todo lo creado llega a su cumplimiento. El Credo, que une así orgánicamente tantas verdades, es verdaderamente la catedral armoniosa de la fe.De manera progresiva y orgánica hemos podido admirar estupefactos el gran misterio de la inteligencia y del amor de Dios, en su acción creadora, hacia el cosmos, hacia el hombre, hacia el mundo de los espíritus puros. De tal acción hemos considerado la matriz trinitaria, su sapiente finalidad relacionada con la vida del hombre, verdadera ‘imagen de Dios’, a su vez llamado a volver a encontrar plenamente su dignidad en la contemplación de la gloria de Dios. Hemos recibido luz sobre uno de los máximos problemas que inquietan al hombre e invaden su búsqueda de la verdad: el problema del sufrimiento y del mal. En la raíz no está una decisión errada o mala de Dios, sino su opción, y en cierto modo su riesgo, de crearnos libres para tenernos como amigos. De la libertad ha nacido también el mal. Pero Dios no se rinde, y con su sabiduría transcendente, predestinándonos a ser sus hijos en Cristo, todo lo dirige con fortaleza y suavidad, para que el bien no sea vencido por el mal.
Fuentes: Fortea, Signos de estos Tiempos

miércoles, 31 de julio de 2013

Habla el padre Amorth, exorcista de Roma: «El demonio se descontrola de rabia cuando coloco algo que refleja la presencia de la Virgen»

«El demonio se descontrola de rabia cuando coloco algo que refleja la presencia de la Virgen»
Una mañana de 1985, el cardenal Ugo Poletti, vicario de Juan Pablo II como obispo de Roma, llamó a un sacerdote paulista nacido en 1925, el P. Gabrielle Amorth, para encomendarle una misión: ser el exorcista de la diócesis de Roma. 

En estos veintisiete años, el padre Amorth reconoce haber realizado más de cincuenta mil exorcismos. Por tanto, nadie mejor que él en todo el mundo para explicar qué este ritual del exorcismo, en un momento en el que, en la práctica, está olvidado incluso en el seno de la Iglesia.

-Padre Amorth, ¿qué es un exorcismo?
-El exorcismo es una oración pública de la Iglesia que se hace con la autoridad de la Iglesia, porque la hace un sacerdote designado por el obispo; es una oración de liberación del demonio, de su influencia maligna o del mal provocado por él.

-En la actualidad hay muy pocos exorcistas, ¿No son necesarios?
-Durante trescientos años la Iglesia ha abandonado los exorcismos. Los motivos son diversos y los explico en el libro Habla un exorcista. Sin embargo, en cada diócesis debe haber uno ¡como mínimo! Pero ¿cómo los va a haber, si la gente no cree en el Demonio, incluso gente de Iglesia, como sacerdotes y obispos? Es necesario saber que el obispo que no proporciona la ayuda espiritual necesaria a un fiel con un problema demoníaco está pecando gravemente.

-¿Por qué permite Dios una posesión o un mal demoníaco?
-Hay gente a la que he tratado que va a misa, reza y hace ayuno. Yo les pregunto: “Si no estuvieses poseído, ¿lo harías?”. Y me responden que no. Además, pregunto a los demonios mientras hago este exorcismo: “¿Por qué te empeñas en quedarte? Y me dicen: “No puedo irme porque Dios no me lo permite. Si me fuera de esta persona, se alejaría de los sacramentos, y estando así, acude a Dios y es ferviente su oración”. Luego es posible que para esas personas, esa cruz sea necesaria para su salvación y la de los que comparten esa cruz con ella: su entorno, su familia y sus amigos.

Ayuno y oración
-En el Evangelio, Jesús dice que algunos demonios sólo se van con ayuno y oración, pero existen casos en los que el exorcismo dura muchos años, o que incluso no llega a producir nunca esa liberación, aunque se recurra al ayuno y la oración. ¿Por qué?
-Hay ocasiones en que el Señor permite un caso de posesión en el que la persona no llegue a liberarse nunca. Yo los he tratado. El Señor invita a acudir al ayuno y a la oración para expulsar cierto tipo de demonios, porque hay varios. Igual que hay ángeles con diferentes funciones y misiones, con los caídos pasa lo mismo, pues también son ángeles. Pero como digo, en ocasiones nada funciona, ya que Dios lo permite para la salvación de muchas almas, no sólo de la persona poseída, aunque no es normal.

-Otra cosa incomprensible es cómo puede comulgar un poseído y que no se dé su liberación, siendo como es la Sagrada Forma el cuerpo vivo de Cristo. ¿Acaso no nos ha dicho la Iglesia que el demonio huye de Cristo como de la peste?
-Es cierto. No se aleja el demonio cuando la persona comulga. Se queda ahí quieto, aunque supongo que tremendamente incómodo. A veces, durante un exorcismo, coloco sobre la cabeza del poseído una forma consagrada y pregunto: “¿Sabes lo que tienes ahí?”.Y contesta: “Sí, está Él”, y ni se inmuta. 

Sin embargo, he descubierto algo curiosísimo: el demonio se descontrola en rabia desesperada cuando coloco algo que refleja la presencia de la Virgen, como un escapulario, o si rezo oraciones de la Virgen. ¡A María le tiene un odio impresionante! Entonces sí se revuelve, no lo puede soportar. ¡Huye como de la peste!

-¿Por qué?
-Porque se siente profundamente humillado. El saberse obligado a hincar la rodilla ante una mujer, la Madre de Cristo... ¡Ah! No puede con eso. Las oraciones a la Virgen durante un exorcismo son extraordinariamente poderosas a mi favor...

También ocurre con las reliquias que han pertenecido a algunos santos. Yo suelo utilizarlas con mucha frecuencia, porque no las puede soportar. Suele ‘salir’ despavorido por la misma razón: la humillación de la obediencia a la que le obliga Nuestro Señor, que le induce a doblegarse ante un hombre, no ante un ángel o ante Dios mismo: ante un hombre que ha sido santo.

Me ocurre mucho con las reliquias que utilizo del padre Pío de Pietrelcina, a quien tengo especial devoción. Sale huyendo ante las oraciones y las invocaciones que hago sobre él. ¿Sabe que lo conocí siendo yo muy jovencito? ¡Le tiraba de la barba y él se partía de risa! Yo le adoraba, era una persona de una bondad hiperbólica, un hombre de Dios de pies a cabeza. Un gran santo de nuestro tiempo.

Objetos de metal
-Usted cuenta que durante los exorcismos un poseído puede expulsar por la boca objetos de metal, cristal y cosas así.
-Es curioso, ocurre a veces. Esos objetos no están dentro de la persona físicamente, se materializan en la boca, al ser expulsados. Los he cogido con mi mano, incluso cuchillas de afeitar. Tengo una caja enorme llena de estos objetos. La guardo para demostrar físicamente lo que ocurre durante la expulsión de un demonio. Es muy difícil de creer, pero están ahí. 

Una vez, una persona sobre la que oraba me escupía todo el rato y yo esquivaba sus salivazos como podía. Una de ésas veces, le vi que me iba a escupir y puse mi mano ante su boca. Fue todo muy rápido, pero cogí al vuelo un clavo enorme y estaba seco. No tenía saliva ni nada. Se había materializado en el momento de salir de su boca.

-Usted cuenta que una sola sesión de exorcismo puede ser durísima.
-Se necesita una enorme fuerza psicológica para asistir a un exorcismo y no distraerse de la oración con nada, diga lo que diga o haga lo que haga el demonio. La fatiga puede ser muy grande.

-¿Cómo nos protegemos para que nunca nos suceda algo así?
-El mejor remedio contra el demonio es la oración y la confianza en la Misericordia. Con oración y siendo fieles a los regalos infinitos de la Iglesia: los Sacramentos. Dios jamás abandona a un hijo fiel. Lo protege, lo ama con locura, lo mima con sus regalos. ¡No debéis tener miedo jamás!

-¿Usted no ha tenido miedo nunca?
-El mismo día que me nombraron exorcista me encomendé a la Santísima Virgen. Le pedí que me arropase y me protegiese cada día con su manto materno. Además, tengo una profunda devoción a mi ángel de la guarda, al que me encomiendo cada día y antes de cada exorcismo. Por lo tanto, creo que es el demonio, por la gracia de Dios, el que se echa a temblar cuando me ve aparecer y empiezo a rezar.

Juan Pablo II
-¿Es cierto que usted exorcizó junto a Juan Pablo II?
-Le cuento una anécdota de ese impresionante santo. Estaba yo exorcizando a una pobre muchacha joven, a la que llevaba muchos años intentando liberar. El exorcismo esa mañana había sido durísimo y tanto ella como yo estábamos agotados. Entonces nos fuimos los dos a una misa que celebraba el Papa en San Pedro.

Ella estaba tranquila, con unas ganas tremendas de estar en la Misa y de ver al Papa. Todo iba bien hasta que el Papa entró en la basílica, con todos los ropajes, preparado para celebrar. En cuanto esta muchacha le vio, se puso fatal: alaridos, convulsiones, etc. Estaba claro que el demonio no soportaba la presencia de ese hombre tan de Cristo. El Papa la miró lleno de compasión y dio la orden de que la alejaran un poco, pues los gritos que profería y las palabrotas iban a ser un incordio para la celebración.

Cuando finalizó la Misa, el Papa se acercó a ella, que seguía con una inquietud horrorosa. Le impuso las manos, comenzó a orar y la muchacha se puso fatal. Así estuvo el Santo Padre un buen rato, hasta que se calmó un poco. Quizá logró expulsar un par de demonios. El caso es que, agotado, le dijo a su secretario: “Avise al padre Amorth. Que siga él”. Y ahí tuve que seguir yo, que había estado antes no sé cuántas horas con la pobre desdichada sin ningún fruto. Me reí: el Papa no lo sabía.

-¿Le obedeció?
-¡Por supuesto! Yo quise muchísimo a Juan Pablo II.

Medjugorje
-Hay un elemento muy fuerte en el mundo actual en la lucha contra el demonio, un fenómeno que el Papa Juan Pablo II amaba mucho como ha revelado el postulador de su causa de beatificación, que es el fenómeno de Medjugorje. ¿Qué opinión le merece?
-Medjugorje es un lugar de gran fortaleza contra Satanás. Nuestra Señora dijo en Medjugorje el 14 de abril de 1982: “Dios ha permitido que Satanás ponga a prueba a la Iglesia durante un siglo”, pero añadió que no la destruiría: “Este siglo en el que vivís está bajo el poder de Satanás, pero cuando sean realizados los secretos que os he confiado, su poder se quebrará”.

Estas palabras nos dicen que Satanás está hoy trabajando, pero a la vez que él, también está la Virgen. Ahí están los frutos de Medjugorje. Son ya más de 30 años de buenos frutos y el Evangelio es claro sobre cómo discernir los acontecimientos que suceden. Al árbol se le conoce por sus frutos, y los de Medjugorje son tan claros que a mí me da pena que se ignoren. Incluso creyentes, laicos y consagrados, que sin haber estado si quiera allí, ya tomaron su decisión de rechazarlo. Pero bueno, de lo poco que sabemos de los secretos confiados a los videntes de Medjugorje es que cuando se realicen, el dragón será derrotado y el reino de la luz triunfará.

-¿Qué recomienda a una persona que quiera ir al cielo sin pisar el purgatorio y sin saber nada de Satanás?
-Hijo mío, yo también quiero ir al cielo. Agárrate a los sacramentos y sobre todo a la Virgen María. Ella jamás te abandonará.

martes, 23 de julio de 2013

Los exorcismos realizados en Argentina por el exorcista de confianza del Papa Francisco

exorcista argentino carlos mancuso

Los casos de expulsión de demonios más recordados.

Al padre Carlos Mancuso, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, le derivaba los casos de posesión demoníaca más graves:
“Como nosotros hacemos en La Plata todas las semanas una tanda de exorcismos, cuando Monseñor Bergoglio era arzobispo de Buenos Aires nos enviaba los casos que le llegaban. A veces venía algún sacerdote en nombre suyo, y alguna vez alguien nos comentó que Bergoglio decía ‘Bueno, cuando me toca un caso así, yo lo mando al padre Mancuso y chau’. Es que él no tenía en Buenos Aires un sacerdote preparado para esta finalidad”, cuenta Mancuso.

exorcista argentino carlos mancuso

Mancuso fue mas de  más de treinta el párroco del templo de San José, ubicado en la calle 6 de La Plata, Argentina. Tiene autorización de la Iglesia Católica para practicar el ritual del exorcismo y es un estudioso de la psiquiatría, la parapsicología y la demonología.
Realizó decenas de exorcismos y ecomienda que la película más realista sobre exorcismo es “El exorcismo de Mary Rose”. El relata 3 de sus más sonados exorcismos.
UNA MONJITA LE AVISA EN SUEÑOS SOBRE MANCUSO
A Miguel se le aparecía en sueños una monjita que le señalaba el rostro de un hombre. En su desesperación, Miguel soñaba que esa mujer piadosa y consagrada le decía, sin palabras,
“este hombre puede salvarte del averno”.
Miguel vivía en Entre Ríos y trabajaba con un miembro de una secta satánica que lo pretendía en amores. Se había resistido a ese requerimiento, había probado alimentos que el mago le había cocinado a modo de galante obsequio y, a partir de entonces, había sufrido convulsiones, violencias y toda clase de fenómenos autodestructivos.
Lo habían tratado médicos y psiquiatras, y un sacerdote local le había diagnosticado “posesión diabólica”. Al borde del suicidio, creyendo verdaderamente que estaba tomado por el demonio, llegó a la provincia de Buenos Aires y buscó, por medio de unos parientes alarmados, a un exorcista.
Carlos Mancuso en ese momento era el párroco del templo de San José, sobre la calle 6, y el cura autorizado por el obispado de La Plata para realizar el ritual más misterioso y estremecedor de la liturgia católica. Cuando Mancuso examinó en su despacho al paciente y comprobó que no se trataba de un asunto meramente psiquiátrico, Miguel reconoció en sus facciones la cara del hombre providencial que le señalaba, en sueños, aquella monja ignota.
El exorcismo se produjo en el 2007 en esa iglesia cerrada, sobre una frazada y con ayuda de cinco hombres que sostenían al poseso, mientras Mancuso trabajaba con las oraciones en latín, el crucifijo y el agua bendita.
En la realidad, los exorcismos son mucho menos espectaculares que en la ficción. No hay levitaciones, telequinesis, multiplicidad de voces ni pronunciación de distintas lenguas. Al menos, el padre Mancuso, que lleva veinte años cumpliendo ese ritual asegura que jamás vio semejantes piruetas o clichés del folklore.
No por eso la ceremonia resultaba menos aterradora. Miguel se sacudía, gruñía, pateaba, insultaba y de vez en cuando miraba el fondo de los ojos del exorcista y le hablaba en nombre de otro.
“Tu Dios no existe”, le dijo en un momento.
“¿Ah, no? -respondió Mancuso-. ¿Y a vos quién te mandó al infierno?”
Miguel, o su ardiente inquilino, pasó de la negación al lamento: “Dios me ha abandonado”.
El sacerdote tiene orden de su obispo de no confraternizar ni entrar en diálogos, pero no pudo en esa ocasión evitar la ironía:
“Ah, claro, ahora resulta que te abandonó”.
Miguel se movía con una fuerza impresionante, y era doblegado una y otra vez por los auxiliares y atacado con las armas del ritual.
En un momento, exhausto por el esfuerzo, sonrió de un modo escalofriante:
“Bueno, ahora podemos negociar”, le dijo al cura.
No había negocio posible. Y al final se entregó. Lo hizo adoptando un alivio absoluto, una paz nueva, un silencio limpio. Regresó a casa de sus parientes con la sensación de que había vuelto a ser él mismo después de tanto tiempo.
Y antes de viajar a Entre Ríos, fue a escuchar misa y a darle gracias a Dios a la catedral de La Plata. También visitó distraídamente la santería y entre todas las estampitas vio una de sor María Ludovica, una mujer legendaria que realizó una gran tarea en el Hospital de Niños de la ciudad y murió en 1962.
Esa era la monjita -aseguró Miguel, alelado- que se le aparecía en sueños mostrando la cara redonda pero seria del padre Mancuso.
LA CATEQUISTA ENDEMONIADA
El primer caso de posesión que Carlos Mancuso vio de cerca ocurrió en los años 80 y la protagonista del evento resultó ser una catequista. La chica estaba de novia y todo marchaba bien, directo al casamiento, a pesar de que la inminente “suegra” pensaba que ella no era un buen partido y que la relación era un error.
Al parecer, la mujer consultó un brujo y pagó por un maleficio. El mago le dio un preparado especial y le pidió que lo mezclara con frutillas e hiciera con ellas una torta para la catequista. Se trataba de un “trabajo” importante, y la madre del novio siguió las indicaciones al pie de la letra.
Después de comer varias porciones, la chica comenzó a vomitar y a perder la conciencia, cambió radicalmente su personalidad y entró en un túnel de insultos y reacciones demenciales que duró días y días, y que ningún médico atinaba a frenar. El ángel se había convertido en un demonio.
Y el cura de su parroquia, cuando la cosa se volvió inmanejable y escuchó que ella misma aseveraba tener dentro una presencia maligna, fue a buscar a Mancuso.
Era una noche de luna y el cura de la calle 6 caminó por un largo pasillo y tocó a la puerta de la casa. Lo hicieron pasar y vio que la catequista estaba en cama, con su madre a un lado y un sacerdote, amigo de la familia, del otro. Inmediatamente entró, la chica le gritó a Mancuso:
“¡Fuera, basura!”. Y comenzó a escupirlo.
Mancuso le acercó el crucifijo y le advirtió: “Este te va a vencer”.
La catequista respondió, con voz ronca: “A ése yo ya lo vencí”.
Al día siguiente Mancuso visitó al padre Antonio Sagrera, un sacerdote español que tenía 85 años y que era el exorcista oficial de la diócesis. Sagrera estaba trabajando en el jardín y en cuanto Mancuso empezó a relatarle los detalles del caso de la catequista, sin dejar de cortar los brotes con su tijera, el veterano guerrero de la oscuridad dictaminó:
“Está endemoniada”.
Lo hizo sin pestañear y sin dejar de podar su parra. Mancuso quedó impresionado por la seguridad de su maestro. Luego también él adquiría ese ojo clínico.
En aquel entonces, para practicar un exorcismo en la zona había que pedir permiso a monseñor Antonio Plaza. Luego el obispo Héctor Aguer le dio permiso especial a Mancuso para llevar a cabo esas ceremonias según su criterio: y confía absolutamente en sus razonamientos.
Plaza le dijo a Mancuso:
“Háganlo pero con mucha prudencia, tal vez no se trate de una poseída sino de una enferma”.
Los familiares de la catequista la trajeron a la rastra a la iglesia a las diez de la mañana. Cerraron el templo al público y pusieron una manta en el suelo. Pese a que Sagrera dirigía la operación, Mancuso se adelantó y les dijo a los auxiliares:
“Agárrenla entre todos”.
La catequista lo miró con sorna:
“Ah, me tenés miedo”.
A órdenes del padre Antonio comenzaron los ritos y las unciones, y su sucedieron los pataleos e insultos procaces.
En un momento pararon para descansar y uno de los auxiliares le dijo:
“La bronca es con usted, Mancuso”.
Era cierto, Sagrera manejaba el exorcismo, pero el odio de ella no se concentraba en el maestro sino en el aprendiz.
“Fue como un aviso - dice Mancuso-. Una premonición y un aviso por todos los combates que libraríamos él y yo a partir de entonces.”
Después de luchar y resistirse, después de un escándalo de voces y forcejeos, repentinamente todos escucharon una voz:
“Abandono”.
Y la chica volvió dolorosamente de su furia ciega a sus cabales. Un estudiante de medicina, que presenciaba las maniobras, la había examinado en el pico máximo de tensión: la catequista registraba los valores vitales normales. En medio de la ira sin límite y los puñetazos tenía sólo 72 pulsaciones, como si estuviera tomando una apacible siesta.

El crecimiento del ocultismo y la magia negra, la proliferación de sectas satánicas y las cofradías secretas, la multiplicación de hechiceros, curanderos y adivinadores, y la progresiva experimentación del espiritismo han sido el principal caldo de cultivo de los pacientes que el padre Mancuso ha venido atendiendo. La mayoría proviene de la provincia de Buenos Aires y de la Capital.
EL EXORCISMO DE GONZALO
El caso más resonante del exorcista de la calle 6 vino de Santiago del Estero. En 1985 un joven de veinte años llamado Gonzalo entró en una secta y firmó un pacto diabólico. Se les prometía, a quienes pactaban, placeres y dichas a cambio de ofrendas cada vez más exigentes.
A Gonzalo le pidieron, en una escalada final, la vida de un ser querido: que asesinara a un sobrino de ocho años. El joven no pudo cumplir con ese sacrificio y comenzó a tener comportamientos perversos, a manifestar que cargaba con una venganza infernal y que llevaba en su interior un espíritu demoníaco.
Lo revisaron siquiatras y médicos, y lo trajeron a La Plata en ambulancia: allí vivía su madre, que lo hizo ver en institutos de alta tecnología médica. Gonzalo cometía locuras en períodos irregulares y de manera intermitente. Lo ingresaron finalmente en un manicomio y, después de unos días de observación, un psiquiatra encaró a la familia:
“Llévenlo a un sacerdote especializado para que lo curen de la parte espiritual”.
Un jueves de ceniza un párroco de la zona, atribulado por el caso, recurrió a los exorcistas. Mancuso examinó detenidamente el asunto y decidió que harían la ceremonia. El y sus auxiliares ayunaron durante unos días y estuvieron en oración permanente. Luego se reunieron con parientes de Gonzalo y con un médico catedrático de la Universidad de La Plata, que quería presenciar el exorcismo, y partieron hacia la zona de Lisandro Olmos.
Gonzalo estaba viviendo solo en una casa humilde. Los vecinos decían haberlo visto masticar vidrios, tragar cuentas de rosario y destruir crucifijos. Había intentado pegarle a su madre, había tratado de estrangular a un hombre, había roto ventanas y dormía en el piso como un animal. Tenía, sin embargo, lapsos de lucidez y por lo tanto de congoja.
Mancuso entró en la casa y alzó su crucifijo, rodeado de su grupo de ayudantes, y Gonzalo se acercó en cuatro patas gruñendo como un cerdo y se detuvo, echó a correr en sentido contrario y se lanzó afuera por una ventana. Corrió a campo traviesa sin que pudieran alcanzarlo. Y tuvieron que volver a la parroquia con las manos vacías. Pero, después de almorzar, les avisaron a los sacerdotes que lo habían finalmente apresado y que lo llevaban maniatado en una camioneta hasta la Iglesia de San Cayetano.
El exorcismo se realizó en esa misma iglesia, con el apoyo de una veintena de personas, que lograban sujetar a Gonzalo a duras penas. El joven tenía una fuerza inverosímil y cuando Mancuso intentó ungirle la frente se sacudió con violencia. Lo dieron vuelta y lo pusieron boca abajo para que no pudiera lastimar a nadie ni zafarse, y los curas comenzaron el ritual en latín y no lo acabaron hasta que Gonzalo se aplacó y pudieron sentarlo en una silla. Allí terminaron los alaridos y extraños balbuceos.
Estaba ahora calmado y abatido, y narró el acuerdo diabólico que había firmado y por qué se había producido la posesión. Y luego, en señal de arrepentimiento, pidió que lo llevaran en andas hasta el sagrario y allí besó los pies de Jesucristo: todo había terminado.
“Gonzalo murió veinte años después, hace poco – dice Mancuso-. Muerte súbita. Le falló el corazón.”
Supongamos que un tipo cree estar endemoniado pero no lo está y ustedes le realizan un exorcismo.
“No siempre podemos estar seguros de que no simulan la posesión -confiesa encogiéndose de hombros-. Pero si la persona se va de acá mejor, hemos hecho un bien, ¿no cree?”
“Al infierno van aquellos que dicen que no existe el infierno”.
Fuentes: La Nación, Signos de estos Tiempos